Saturday, July 13, 2019

En el 25 aniversario del hundimiento del remolcador "Trece de marzo"

Por Enrique Del Risco

En la mañana del 13 de julio de 1994 la radio cubana anunciaba con una celeridad extraña cuando de noticias importantes se trata: “Zozobró embarcación robada por elementos antisociales. En la madrugada de hoy, elementos antisociales sustrajeron por la fuerza una embarcación del puerto de La Habana con el fin de abandonar ilegalmente el país”. En los días siguientes la propaganda oficial se enfocó en los términos “robo”, “antisociales”, “naufragio”. A la semana del hundimiento del remolcador “Trece de Marzo” en un noticiero televisivo presentaron a uno de los sobrevivientes declarando que los únicos culpables del naufragio de la nave era eran él y los que lo acompañaron en la fuga al escapar en una embarcación demasiado vieja como para resistir la navegación en alta mar.


Ya para entonces radio Martí llevaba días difundiendo declaraciones de sobrevivientes que se habían comunicado por teléfono desde La Habana. Gracias a eso supimos que de las 72 personas que viajaban en el “Trece de Marzo” se habían ahogado treinta y siete, diez de las cuales eran niños entre seis meses y doce años de edad. Que los que huían no eran antisociales sino trabajadores del puerto. Que precisamente ellos en los meses previos se habían encargado de reparar y poner a punto la embarcación. Y que el remolcador había sido hundido intencionalmente por cuatro naves que estaban esperándolo a la salida de la bahía y tras perseguirlo embistieron al “Trece de Marzo” y les lanzaron chorros de agua para hundirlo.


La más detallada información oficial sobre el hundimiento del “Trece de Marzo” la dio Fidel Castro en persona. Ya el hecho era suficientemente escandaloso como para que no bastaran las versiones de los amanuenses de turno. En la suya Fidel presentaba a un grupo de obreros del puerto que en su afán por recuperar su instrumento de trabajo -el remolcador- chocan accidentalmente con el remolcador y lo hunden. No menciona los chorros de agua, reconocidos en una versión oficial anterior y justifica a los responsables directos del hundimiento diciendo: “El comportamiento de los obreros fue ejemplar porque trataron de que no les robaran su barco”. Descarta cualquier posibilidad de enjuiciarlos por la muerte de casi cuatro decenas de personas diciendo “¿Qué les vamos a decir ahora? ¿Que dejen que les roben los barcos, sus medios de trabajo? ¿Qué vamos a hacer con esos trabajadores que no querían que les robaran su barco, que hicieron un esfuerzo verdaderamente patriótico, pudiéramos decir, para que no les robaran el barco? ¿Qué les vamos a decir?”.  


Fidel Castro pudo desentenderse de los que hundieron el remolcador, cuestionar su decision de perseguirlo. Pudo incluso haber simulado un juicio y un castigo. Pero con ello habría anulado el objetivo principal del hundimiento del remolcador: advertirle a todos los cubanos de lo que les esperaba si insistían en escaparse de la isla.


La versión de Fidel Castro terminaba confirmando, aunque sea indirectamente, la de los sobrevivientes. Todo el que conozca el funcionamiento de Cuba sabe lo impensable que resulta que un grupo de trabajadores del Estado asuman la iniciativa de tomar cuatro barcos del Estado para perseguir otro en fuga. Que de ser sorprendidos durante el asedio al barco prófugo su mayor preocupación consistiría en demostrar que no intentaban escapar junto al remolcador.


Los detalles mencionados en todas las versiones, oficiales o no, hacen pensar que todo sucedió más o menos así: alertado de que un buen grupo de personas tenía un plan para escapar de la isla usando un remolcador del puerto de La Habana Fidel Castro en persona decide poner en marcha un plan. No se trataba de detener a las 72 personas mientras abordaban la embarcación. Ni luego, mientras salían de la bahía. Se trataba de hundirlos en alta mar con discreción suficiente como para que pareciera un accidente aunque no tanta sutileza como para que el resto de los cubanos no captaran la advertencia: A partir de entonces no habría contemplaciones con nadie ni se detendrían ni ante mujeres o niños.


Pero para llevar a cabo el plan no usarían a las tropas guardacostas, que serían la opción más lógica, sino a los trabajadores del puerto. Para que pareciera una acción de la clase obrera en defensa de los intereses. Fidel Castro tenía debilidad porque sus actos represivos parecieran iniciativa espontánea del pueblo. Ese mismo pueblo al que había privado de toda capacidad para tomar sus propias iniciativas políticas. Había empleado esa táctica incontables veces antes del hundimiento del remolcador y también después. Como al crear las llamadas Brigadas de Respuesta Rápida, supuesta organización popular espontánea destinada a reprimir a la oposición. O al usar un contingente de obreros de la construcción en labores represivas cuando en realidad disfrazaba a la policía secreta de constructores para repartir golpes a nombre del pueblo trabajador. Tal recurso puede parecer ridículo pero al menos para el que tenga suficientes deseos de creérselo, funciona.


Por eso quien quiera que haya organizado la operación (y algo de esa envergadura en aquellos días solo podía tener un nombre) debió hacer apostar los barcos en las afueras de la bahía. Para que todo ocurriera en alta mar, sin testigos ni sobrevivientes. Eso explica que no se detuvieran cuando las mujeres les mostraron que viajan con niños. O que no les bastara con embestir el barco o dispararle con cañones de agua y que incluso una vez hundido el remolcador los barcos atacantes dieran vueltas alrededor de los sobrevivientes para terminarlos de ahogar. De acuerdo con estos solo fueron rescatados por un barco guardacostas que apareció milagrosamente al aproximarse un barco mercante al lugar del hundimiento.


Un crimen perfecto. Al menos si en tu idea de la perfección encaja la muerte de casi cuarenta personas y, entre ellas, diez niños.

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