Friday, August 16, 2019

El exilio cubano en México en el siglo XX y XXI


Por Alejandro González Acosta

En el siglo XX en México hubo varios exilios políticos: el primero fue el ruso, o mejor, el soviético, con los desplazados por el comunismo en el antiguo imperio zarista. En este estuvieron Trotsky, Serge y Vlady y varios más. Vladímir Viktorovich Kibólchich Rusakok (Petrogrado, 15 de junio de 1920 – Cuernavaca, 21 de julio de 2005) o simplemente “Vlady” fue un pintor soviético, hijo de los comunistas soviéticos Víktor Serge y Liuba Rusakova, estenógrafa en francés de Stalin. Ambos fueron recluidos en un gulag en Siberia cuando el hijo era muy pequeño y más tarde por las privaciones allí sufridas la madre enloqueció y primero fue recluida en un manicomio controlado por la policía política de Stalin, y finalmente murió en un asilo de dementes en Francia a edad muy avanzada; Stalin los consideró lo suficientemente inocuos cuando los desterró en 1936: pasaron por Bélgica, Francia, Martinica, República Dominicana, Cuba y llegaron finalmente a México en 1943, poco tiempo después del asesinato de Trotsky. En cierta forma el caso de Vlady resulta simbólico para muchos exiliados cubanos hoy en México, pues su exilio fue originado por el comunismo que lo sometió a represión, persecución, privaciones y otros daños, pero persistió en su identificación y simpatía por esa ideología contra toda lógica y explicación racional.
Después vino un primer exilio cubano, de origen antimachadista, con Julio Antonio Mella, Teté Casuso, Porfirio “Piro” Pendás, Juan Marinello y otros. Después el gran exilio republicano español (que tropezó aquí con una nutrida comunidad española previa con la cual no siempre hubo relaciones cordiales, salvo excepciones), luego la segunda oleada cubana, la originada por Batista (Pendás, Marinello, Raimundo Lazo y ocasionalmente Nicolás Guillén y otros), y luego comenzó la tercera oleada cubana, la originada por Castro, que a su vez se subdivide en varias marejadas sucesivas. El exilio cubano a partir de 1959 resulta excepcional por varios motivos: primero, su prolongada duración, de hoy 60 años. Si tomamos 15 años la duración de una generación, hoy ya son cuatro de ellas las que han tomado el camino del exilio. Otra característica ha sido la relativa proximidad de sus destinos de exilo: Estados Unidos, República Dominicana, Puerto Rico y México, además de España y otros países.
El cansancio del prolongado exilio y la tentación de la cercanía del paraíso perdido, ha provocado que cada día se vayan abriendo grietas en la estructura exiliar. Lo que primero fueron casos excepcionales y puntuales de excepción, contadísimos y poco conocidos, luego indicaron la conveniencia de que se convirtiera en una política de Estado, con los famosos “diálogos con la comunidad cubana en el exterior”, acompañados por las famosas Brigadas “Antonio Maceo”. A partir del derrumbe de la Unión Soviética, lo que era conveniente se convirtió en urgente, por el peso económico que temía para la subsistencia del régimen tiránico en la isla, que, utilizando su antigua y bien probada y eficaz práctica de “dividir para vencer”, comenzó a segmentar el exilio, desde los políticamente aceptables a los más irredimibles y pertinaces. Esto abrió una profunda huella entre el llamado “exilio histórico” (que a su vez se divide al menos en dos bandos: batistianos y los otros, de pasado castrista o al menos fidelista) y el “nuevo exilio”: los hijos todavía nacidos en la isla y los nietos ya nacidos en otro país, que mantienen sus lazos con la isla en función del respeto a sus ancestros, pero en un drama que cada día les resulta más naturalmente ajeno, aunque se solidaricen con sus mayores.
Teté Casuso

A la luz de esta diversidad y la prolongación del conflicto, así como la legislación sobre la emigración y el exilio ha evolucionado en la isla, también debe proceder en reciprocidad la legislación norteamericana –principal fuente de recibo y sustento de los exiliados- para adecuarse a las nuevas circunstancias. No resulta legítimo, aunque pueda considerarse humanitariamente explicable, que el exiliado goce de un status privilegiado y de excepción cuando él mismo no asume su propia condición exiliar. Esa distinción, además, constituye no sólo una piedra de escándalo, sino que es motivo de fricciones y rechazos por parte de otras nacionalidades que se ven excluidas de esa legislación especial y privilegiada, lo cual le merma apoyo y credibilidad al exilio político cubano. Hoy el status migratorio debería estar condicionado al tipo de exiliado que en cada caso se declare. Todas las ventajas y prebendas y otras granjerías eximentes deben estar directamente condicionadas a ello. No se puede reclamar el beneficio de una excepcionalidad cuando al mismo tiempo se reniega de ella según la conveniencia y las circunstancias: sencillamente, se es o no se es.
Estas no fueron tan bien aceptadas como las anteriores, por la intensa propaganda del régimen comunista de la isla y sus colaboradores y simpatizantes nacionales en México y recibieron numerosas e intensas presiones para dejar México en los años más duros de la desbandada, invitándolos e incitándolos a que abandonaran el país para irse a Estados Unidos. La hospitalidad mexicana en esto no fue tan efectiva, sobre todo en los gobiernos originados por el PRI que siempre se presentó como un partido “amplio, pero de izquierda nacionalista”. Esto trajo incluso problemas para gobiernos mexicanos como los de López Mateos y Díaz Ordaz. Pero siempre México, desde 1959 hasta hoy (y algunos dicen que desde el siglo XIX), ha manejado las relaciones con la Cuba de Castro como un comodín o moneda de cambio con los sucesivos gobiernos de la Unión Americana. No hay que despreciar la consideración de que la plaza mexicana, por su importancia continental y su ubicación estratégica, siempre ha sido, pero especialmente en los años más álgidos de la “guerra fría”, una plaza muy estratégica para el espionaje de ambos bandos y han operado aquí las estaciones más importantes tanto de la CIA, como el KGB y el G 2, y los gobiernos y autoridades mexicanas, con Luis Echeverría Álvarez, Fernando Gutiérrez Barrios y muchos otros, han operado en ese juego con ambivalencia un juego doble, al prestar servicio a distintos organismos de inteligencia y espionaje, lo cual ha sido secundado también por parte de la izquierda mexica y la derecha mexicana: Gilberto López y Rivas, viejo militante comunista mexicano y fervoroso fanático de Castro lo ha declarado al ser desclasificados documentos secretos del KGB en la antigua Unión Soviética, y otros, desde el otro bando, como Manuel Calvillo, Elena Garro y Emilio Uranga también jugaron papeles como informadores de la inteligencia norteamericana.
México recuperó su talente hospitalario, aunque vigilado y controlado, en la Constitución de 1917 y fue “tierra de asilo”: fueron recibidos lo mismo los libaneses, que los armenios huyendo de su shoah, los soviéticos frustrados por Stalin como Trotsky, Víctor Serge y Vlady. Sin embargo, fueron levemente restrictivos con los judíos en principio, antes de Pearl Harbor, cuando EEUU entró en la guerra con el eje, al igual que en cuba –como cuenta la historia y dos novelas recientes- y fue en cambio un caudillo dictatorial como Rafael Leónidas Trujillo y otro venezolano como Marcos Pérez Jiménez, quienes abrieron las puertas irrestrictamente… Los republicanos españoles derrotados, y luego, en los sesenta, los sudamericanos de las dictaduras de derecha, chilenos, uruguayos, argentinos, guatemaltecos (desde Jacobo Arbenz), peruanos, brasileños, panameños, salvadoreños, que eran irónicamente recibidos por un presidente como Echeverría que como servidor subalterno y como presidente luego, había reprimido con mano dura los movimientos revolucionarios del 68 y el 71. Parafraseando a Goya, “la política tiene motivos que la razón no entiende” …
Si el meritorio exilio intelectual español ha gozado en México, por ejemplo, de la creación de una “Cátedra de Maestros del Exilio Español”, quisiera ver cuándo en Estados Unidos, Europa o algún país iberoamericano, se crea una que lleve el nombre de “Maestros del Exilio Cubano”. Habrá que sentarse cómodamente para esperar, pero tarde o temprano llegará. Porque esta demanda es real y es justa.
Pero en ese voluntario desconocimiento o “ninguneo” para expresarlo con un término muy mexicano, ha pesado la larga mano de la dictadura castrista, que ha movilizado recursos y agentes para demonizar a los exiliados y condenarlos a un ostracismo silencioso y anónimo, pero que hoy se va quebrando poco a poco en la misma medida que se desintegra el régimen dictatorial en la isla. México ha sido, aún desde antes de 1959, un enclave muy importante para la estrategia y la geopolítica castrista, por sus planes de dominio y expansión continental e internacional. Y en especial el medio académico y periodístico ha tenido una atención especial y generosa por parte de los ideólogos del poder en Cuba, que han empleado medios diversos para cooptarlos, coartarlos, controlarlos y utilizarlos en beneficio de sus manipulaciones. La “izquierda mexicana” tradicionalmente –con contadísimas excepciones más recientes, como Carlos Monsiváis- se ha plegado gustosamente a esta marginación y encapsulamiento de los opositores cubanos democráticos en México, cumpliendo así una inclinación y vocación natural y los servicios a una estrategia partidista ideológica.
El régimen del Caudillo español fue mucho más benigno que el del Comandante cubano: varios académicos españoles siguieron ocupando sus cátedras aún en el exilio durante el franquismo, y continuaron perteneciendo a sus corporaciones como la Real Academia Española y la Real Academia de la Historia y otras, conservando sus escalafones y hasta contando sus ausencias forzadas como asistencias, todo lo contrario de Cuba, donde fueron cuidadosamente exterminados de las listas, borrados de los anales y pretendieron reescribir una historia falsa sobre sus nombres y obras suprimidos.[1]
Cualquier medio profesional e intelectual no tangible –con esto me refiero a que sus resultados no son de índole pecuniaria relevante ni otorgan extraordinario poder- resulta altamente competitivo: lamentablemente son frecuentes las descalificaciones, las zancadillas, los “ninguneos”, las descalificaciones viscerales, los ataques ad personam de gran virulencia, sin que esto reporte –como en el caso de los agresivos agentes de bolsa o empresarios importantes- grandes beneficios económicos. En el mundillo intelectual se discuten muchas veces minucias de vanidad, excesos de egolatrías, susceptibilidades y rencores miserables. Pero la mezquindad, diría yo, casi “normal” del medio, en el ambiente académico cubano es especialmente mezquina y bajuna: siempre he vacilado en atribuir su causa a una esencia política e ideológica, o si ésta es sólo el pretexto para una actitud destructiva y excluyente. Es decir, no sé aún si quienes se dedican a tan innobles pasiones sirven a su propia ideología enfermiza, o si sólo ésta es el pretexto para expresar una condición personal tan deleznable y despreciable.
Esto ha ocurrido especialmente en el territorio de la Historia y es casi normal que sea así, pues se enfrentan dos visiones opuestas de la historia y especialmente miserable ha sido en lo que se refiere al estudio de la obra y la figura de José Martí. Aportes documentales de valor innegable realizados por investigadores cubanos exiliados, han sido ignorados, desvirtuados, descalificados o sencillamente silenciados, como los casos de Ángel Aparicio Laurencio, Carlos Ripoll y Jorge Camacho, por citar sólo tres. Esto es realmente lamentable y deprimente, pero además sumamente aburrido: los enviados martianos oficiales de la isla suelen –no todos, hay contadas excepciones- repetir el discurso oficial al pie de la letra, y resultan por tanto predecibles: nunca osan emprender y asumir esa deliciosa aventura que los del exilio conocemos apagando un precio muy alto, como es la de “pensar en libertad”. Aquellos infelices repiten consignas, fórmulas, definiciones taxativas –y algunas lavativas- con la puntual precisión de obedientes autómatas. Por ejemplo, un tema tan plausible como la disposición de José Martí para morir en un autosacrificio, tan sólidamente sustentada por sus propios textos y el estudio de su personalidad, es airadamente rechazada por los críticos oficialistas como si fuera un insulto personal a un miembro venerado de su familia, y lo consideran una agresión del enemigo y casi una misión destructiva secreta del imperialismo: absurdo.

Exilio nutrido y diverso
Empresarios, artistas, profesionistas diversos, intelectuales, obreros especializados y empleados cubanos, han enriquecido la vida mexicana en diversos renglones durante los últimos 60 años. Sin embargo, no existe un estudio realizado en México por ninguna institución pública o privada, que reconozca y estudie este fenómeno, y se atreva a analizarlo y valorarlo.
Existen sí, muchos estudios sobre los cubanos en México durante épocas anteriores, especialmente el siglo XIX y la primera mitad del XX, pero al llegar a la fecha de 1959 todo se detiene y enmudece. Hay obras realizadas por historiadores mexicanos que estudian aspectos históricos, económicos, sociales, culturales y políticos de las relaciones entre ambos países, pero ninguna se aplica al estudio del exilio cubano en México asumiéndolo como tal, es decir, como una emigración de origen político como rechazo a la dictadura castrista en la isla, con varias oleadas.
Actualmente, a todos los niveles, cuando se refiere a la presencia de numerosos cubanos en México se habla de migración, pero se evade el término exilio, incluso oficialmente. Postura que discrepa radicalmente en lo referente a chilenos, argentinos, uruguayos y otras nacionalidades latinoamericanas, desplazadas por la situación política de sus países en épocas pasadas. En México, para los “intelectuales biempensantes”, sólo han existido y existen los exilios provocados por regímenes llamados “de derechas”: los originados por sistemas represivos “de izquierdas”, simplemente no existen.
Cabe destacar que desde 1959 el exilio político cubano en México -como en muchas otras partes- fue cuidadosamente demonizado por una activa, efectiva y constante campaña de descrédito, que quiso -y logró- identificar a todos los desplazados insulares con el régimen político derrocado en Cuba a partir del 1 de enero de 1959: todos eran batistianos y, además, sin juicio ni apelación posible, torturadores, sicarios y ladrones, que “huían de la justicia revolucionaria”. Gran parte de la prensa nacional y la casi totalidad de la intelectualidad mexicana (salvo muy contadas excepciones), apoyó eso, y a pesar de la injuria y la injusticia de la generalización, todavía no hay una disculpa expresa sobre esta discriminación, excepto casos individuales muy aislados. México, que ya había tenido su propia experiencia “revolucionaria”, ya sabía bastante en eso de demonizar a los opositores, como ocurrió primero con los porfiristas y luego la amplia gama de variantes caudillescas que se sucedieron anárquicamente en el poder en el país.
Se explica -pero no se entiende- que esta situación haya ocurrido cuando tomó el poder el amplio movimiento social que desplazó las instituciones republicanas cubanas, por la novedad y la simpatía que despertó internacionalmente en un principio, y la intensa propaganda que realizaron tanto la prensa cubana como mexicana, y también la norteamericana, a través de sus principales medios; pero posteriormente, con los sucesivos “desencantos” que provocó lo que finalmente se despojó de su máscara democrática y popular para convertirse en una descarnada dictadura totalitaria de partido único y de líder solitario en el poder, asombra que no haya ocasionado una revaloración y una rectificación adecuadas.
Prominentes figuras intelectuales de todas las épocas en México fueron variando su opinión (cada una en su momento, no todas al unísono), ante lo que inicialmente fue la llamada “revolución” cubana (Octavio Paz, Carlos Fuentes, Juan José Arreola, Eraclio Zepeda, Carlos Monsiváis, Fernando Benítez, Juan de la Cabada, Héctor Aguilar Camín, Jorge Castañeda y muchos más), los cuales se fueron escalonando en la misma medida que la “revolución” fue tocando y agraviando aspectos específicos y personales de cada uno de ellos, como por ejemplo la reacción de Monsiváis, no contra los fusilamientos sin juicio a miles de víctimas, sino la represión contra los homosexuales y el macabro engendro de las UMAPs. Varios transitaron de sus ópticas y valoraciones personales e individuales hacia otras más amplias y generales, pero partiendo de sus características específicas.
Hoy, en realidad, sin tratar de minusvalorar, sólo figuras muy menores persisten en apoyar la “revolución” y perseveran en una actitud totalmente irracional y puramente visceral en su absurdo y fútil empeño de tratar de tapar el sol con un dedo. Tal parece que con la repetición buscan suplir la carencia de argumentos y su carencia de una ética elemental humanista. Figuras tan prescindibles que ni vale la pena mencionarlas aquí, pero que se integran en organizaciones grupusculares -vinculadas por supuesto con la embajada castrista- se aferran, atraídas por la posibilidad de invitaciones, estancias médicas, publicaciones y premios politizados de parte del régimen cubano, contra toda lógica y razón, en negar las pruebas evidentes de la sistemática e implacable represión cotidiana de la dictadura, su carácter brutal y hereditario y el enorme atraso que ha significado para el país y su sufrido pueblo, al que le niegan siquiera la auténtica solidaridad de la denuncia, afiliados incondicionalmente a un gobierno represor que no querrían ni aceptarían (en los mejores intencionados) para su propio país.
Pero el mundo académico todavía es más retardatario y remiso a reconocer esto, y calla u oculta ese exilio cubano en México, como parte quizá de una conciencia negra que se rehúsa a reconocer su formidable error y hasta su criminal complicidad. Posiblemente hoy, con el drama venezolano, las instituciones mexicanas al parecer adopten progresivamente un cambio de actitud (por supuesto, la evidente torpeza madurista no puede competir con la innegable habilidad castrista), y quizá eso marque el comienzo de un cambio en su tradicional política exterior, groseramente manipulado según las conveniencias, embozada en la famosa “Doctrina Estrada” (1930), totalmente superada y rebasada por el mundo actual, globalizado e interactuante. Paradójicamente, son las autollamadas “izquierdas” mexicanas las que más se aferran a esta anacrónica “doctrina” implantada y sostenida por los gobiernos del PRI más conservadores y represivos, correspondientes a la etapa conocida como “Maximato” y la tenebrosa figura de Plutarco Elías Calles, quien al promoverla buscaba obtener impunidad para su represivo manejo de la política nacional. Antes predominó la “Doctrina Tobar” (creada por el Canciller ecuatoriano Carolos R. Tobar, en 1906, que defendía como prioridad condicionante la legalidad de origen de los gobiernos latinoamericanos).
 El exilio que nunca existió
Advertencia preliminar:
Por lo pronto, estas páginas son apenas sólo un primer acercamiento al tema y constituyen expresamente “apuntes provisionales”, por lo cual están sujetos -necesitados y agradecidos- del enriquecimiento que pueda brindar el intercambio de opiniones, la indagación de nuevos datos, y la imprescindible confrontación de pareceres que seguramente lo ampliará.
No se pretenda encontrar en estas páginas un análisis sociológico, ni un compendio estadístico, o un enfoque filosófico ni ideológico del exilio cubano en México, porque ese no puede ser ahora nuestro propósito y ni siquiera es nuestro interés. Este es más bien reunir noticias, notas dispersas, sucesos, hechos, documentos que faciliten en un futuro espero que cercano, se realice un estudio científicamente riguroso que pueda elaborar conclusiones, líneas de reflexión y especulaciones teóricas de mayores vuelos.
Etapas históricas generales del exilio cubano en México:
Para las condiciones específicas de la nación azteca y para poder medir mejor su impacto, a diferencia de los Estados Unidos donde los periodos presidenciales son de cuatro años, renovables una vez para un total de ocho con alternancia frecuente de partidos republicano y demócrata, para las circunstancias de México esto opera cada seis años, en los sexenios que de forma exclusiva retuvieron los gobiernos del PRI desde su fundación en 1925 como Partido Nacional Revolucionario hasta el año 2000. Así pues, esta periodización requiere ajustes específicos particulares y responde a una cronología peculiar distintiva. En México, a partir de 1959, y aún desde antes, ha habido ambos tipos de cubanos: una emigración neutra, en el mejor de los casos, tibia y hasta colaboracionista, con el régimen cubano imperante. Y otra, compuesta por oleadas sucesivas y cada una con matices diferenciadores, que pueden agruparse en períodos que propongo a continuación, conjugando no sólo sus orígenes insulares sino las circunstancias concretas de la política mexicana con cada mandato presidencial: 1959-1970; 1970-2000; 2000-2012, y en adelante.
La década de 1959-1969 responde a una primera oleada de asilados de origen netamente político, como exfuncionarios o personajes vinculados con el gobierno de Fulgencio Batista, pero de inmediato se agregan otros provenientes de la misma insurgencia triunfante. Corresponde a los períodos presidenciales de Adolfo López Mateos (1958-1964)[2] y Gustavo Díaz Ordaz (1964-1970). Ambos mandatarios tenían fuertes convicciones democráticas liberales, y especialmente el segundo rechazaba resuelta y sinceramente el credo comunista. La actitud de ambos mandatarios ante el régimen cubano fue de cierta relativa tolerancia, pero también de una sana distancia, manteniéndose en una prudente expectativa. A finales de este período (1969) ocurrió el affaire del diplomático mexicano en La Habana, Humberto Carrillo Colón, acusado de ser agente de la CIA por la Inteligencia cubana, imputación que nunca aceptó México. Aplicando por una parte la “Doctrina Estrada” y por otra con una motivación más pragmática –hasta se ha sugerido que por indicación de Washington- de ser el “puente” entre el régimen castrista y el resto de las naciones latinoamericanas, comenzó en esta época también el papel utilitario de la Cuba de Castro, como la carta “comodín” de la política exterior azteca para las situaciones de conflicto con la poderosa potencia vecina, con la que comparte una dilatada frontera.
Después, entre los años 1970-2000 se produjo el “matrimonio por conveniencia” entre el régimen priista y el cubano, que acordaron un “pacto de caballeros” donde uno respetaba al otro, sin interferir en sus formas de gobierno, reforzando en el caso mexicano la llamada “Doctrina Estrada” de “respeto a la soberanía y autodeterminación de los pueblos”, principio nodal de la política exterior mexicana priista, que sin embargo fue rota durante ese lapso en el caso del gobierno militar chileno de Augusto Pinochet y en la intervención azteca en el conflicto nicaragüense. Estos treinta años crearon un “estilo” de sólida colaboración entre ambas cancillerías y gobiernos, de apoyo mutuo en los foros internacionales y otras cuestiones estratégicas. Especialmente con el sexenio de Luis Echeverría Álvarez (1970-1976), el primer mandatarios mexicano en viajar a la Cuba castrista, y por interés político interno (para apaciguar y quizá atraer a la izquierda mexicana, lastimada con los sucesos de Tlatelolco y El Halconazo) y externo (para reforzar el perfil “antiimperialista” como campeón del Tercer Mundo que quiso proyectar Echeverría, con aspiraciones de ser Secretario General de la ONU, aprovechando los rasgos de vanidad y egolatría muy destacados del carácter del mandatario azteca), se impulsó un acercamiento “fraternal” con el régimen de Castro, al que se llegó hasta obsequiar gran parte de los terrenos del Conservatorio Nacional de Música para que se construyera la opulenta embajada cubana que aún ocupa uno de los predios más valiosos de la capital mexicana en la lujosa Avenida Presidente Massaryk. Se inició con Echeverría la costumbre de llamar familiarmente a Fidel Castro como “El Comandante”, eludiendo así con una irónica admiración reconocerlo como “El Presidente” (todavía Osvaldo Dorticós Torrado ocupaba sólo testimonialmente esa posición) o el más distante tratamiento de “Primer Ministro”. El de Polanco no fue el único presente propiciatorio: al monumental predio se añadió poco después un yate de lujo, “El Pájaro Azul”, expropiado a un notorio narcotraficante, que el mandatario azteca obsequió graciosamente a su colega antillano.
La entente cordial continuaría con su relevo, José López Portillo (1976-1982), aunque matizada por la innegable formación humanista y jurídica del dignatario, quien en su vista a la isla se atrevió a declarar en la Plaza que “la Revolución cubana había alcanzado la justicia social y la Revolución mexicana había logrado el respeto a la libertad”, como un velado reproche y con algo de autocrítica conciliadora hacia su anfitrión. Esta difícil fraternidad –donde competían dos egos superlativos- se enturbió cuando por imperativos de la geopolítica mundial, López Portillo (quien había sido su solícito anfitrión en mayo de 1979) se vio obligado a “desinvitar” a su colega cubano al famoso “Diálogo Norte-Sur” (por presiones de Ronald Reagan, que amenazó con no acudir al encuentro si asistía el cubano) dos años después, en 1981, ofreciéndole como atenuante y desagravio un cálido encuentro especial y privado en el balneario de Cancún y en el sitio de Tulum.
Termina la luna de miel:
El noviazgo cubano-mexicano se enfrió un tanto con el apacible y algo indeciso Miguel de La Madrid (1982-1988), el primer tecnócrata en el poder que decidió recuperar al país de la profunda ruina en que lo había dejado la megalomaníaca presidencia anterior con José López Portillo,, que extendió una invitación muy especial a Castro para que asistiera a la toma de posesión de su sucesor (y respaldara así los muy cuestionados resultados de las elecciones, que muchos adjudicaron al izquierdista Cuauhtémoc Cárdenas) pero luego reverdeció con Carlos Salinas de Gortari (1988-1992), quien muy hábilmente, al mismo tiempo que estrechaba lazos con Estados Unidos (logrando el TLC o NAFTA), también complacía la visión de una izquierda interna acentuando sus tratos con Castro y promoviendo las inversiones mexicanas en la isla, de las que él mismo tomó parte; pero esto comenzó a fracturarse con el mandatario siguiente, Ernesto Zedillo Ponce de León, quizá el presidente mexicano de origen más netamente proletario de todos (fue vendedor callejero de periódicos en su juventud), quien marcó un adusto y severo “hasta aquí” a Castro, ocasionando el primer sobresalto en una dilatada relación de mutuas complacencias, con el famoso incidente de “Mickey Mouse”, que en realidad comenzó desde mucho antes con el discurso franco y luminoso de Zedillo en la IX Cumbre Iberoamericana en La Habana (1999), donde cuestionó directa y claramente uno de los dogmas del régimen castrista: “No puede haber naciones soberanas sin hombres ni mujeres libres. Hombres y mujeres que puedan ejercer cabalmente sus libertades: libertad de pensar y opinar, libertad de actuar y de participar, libertad de disentir, libertad de escoger; esas libertades solo se alcanzan en una democracia plena”.
Poco antes de la Cumbre, Zedillo se había reunido en México con Carlos Alberto Montaner, reavivando la molestia de Castro, quien lo consideró un gesto agresivo, como cuando el propio Montaner y Carlos Más Canosa se reunieron en 1992 con el Presidente Salinas, por lo cual lo tachó de “ingrato”, al olvidar el apoyo moral sustantivo que le prestó al asistir a su cuestionada toma de posesión. Fidel Castro siempre se arrogó el derecho de admisión no sólo para él sino para sus colegas latinoamericanos. Además de prestar su “aureola revolucionaria” a los gobiernos del PRI, Castro prestó otros servicios sustantivos a la llamada “dictadura perfecta” por Vargas Llosa, reteniendo en Cuba, bajo el pretexto de “asilo político” a elementos guerrilleros mexicanos por expresa solicitud de los gobernantes mexicanos, como obsequió también a los gobiernos españoles con terroristas de la ETA y otras facciones violentas. En cuba estaban no sólo “protegidos” sino también “aislados y controlados”, bajo una vigilancia especial disfrazada de hospitalidad caribeña. Esto se sumaba a la expresa disposición de Castro desde 1959, por deferencia hacia sus apoyadores priistas, de no promover, ni apoyar, ni sostener guerrillas en México, a diferencia del resto del continente donde no dudó en organizarlas, financiarlas, entrenarlas y asesorarlas.
El dictador anfitrión tragó en seco, calló y se la guardó. Pocos días después acusaba que, como parte de una indigna política vendida al imperio, “los niños mexicanos conocían mejor a Mickey Mouse que a los héroes de la patria”. Esto derivó en una cadena de tensiones que, entre otras acciones, logró por primera vez en 40 años, que la Cancillería mexicana, a través de la Embajadora Emérita Doña Rosario Green, recientemente fallecida, convocara a contactos y consultas con una emigración política cubana exiliada en México, hasta entonces cuidadosamente apartada de contactos oficiales, gesto que nos colmó de esperanzas y buenos augurios de que algo al fin iba a cambiar.
Con altibajos (más altos que bajos) y oscilaciones, la relación entre Castro y los gobiernos del PRI compartieron como elemento estratégico el factor antimperialista y especialmente antinorteamericano como un naipe del juego político internacional, como contrapeso y coartada ideológica para un partido que siempre quiso presentarse como auténticamente revolucionario y de izquierda (incluso de izquierda más hacia la izquierda, dentro de la economía de mercado con Echeverría, quizá para purgar pecados personales recientes como Tlatelolco y El Halconazo). El tema cubano, para México, no ha sido sólo un tema de política internacional (su papel como “comodín” en la siempre compleja relación con los sucesivos gobiernos de EE.UU. desde 1847 para acá) sino de política doméstica (un partido que se autotilia de “izquierda” como el PRI, o de “centro-izquierda” más recientemente, pero siempre fiel a su origen y pasado revolucionario, ha sido aprovechado POR AMBAS PARTES para sus fines, propósitos e interese particulares) hasta muy cercana fecha.
Esto fue el vestíbulo para que el presidente siguiente, primero de la alternancia, Vicente Fox Quesada, expresara una actitud aún más coherente con los principios democráticos en su relación con Castro. Que llegó hasta el manipulado y muy mal conocido “Comes y te vas”, frase que nunca dijo Fox, pero que casi era el subtexto implícito de la difícil situación, como reconoció su Canciller Jorge G. Castañeda, que vio reeditada en sus tiempos la reticencia norteamericana que con Reagan enfrentó su padre, entonces en cargo idéntico con López Portillo. Irónicamente, la situación se repitió, pero el mundo de 2000 era muy diferente de 1981. Zedillo fue, a estos efectos, el Gorbachov mexicano, y Fox devino en el Yeltsin azteca.
Sin embargo, con el segundo gobierno panista, el de Felipe Calderón Hinojosa, hubo señales contradictorias: por una parte, se acentuó la precisión de postulados democráticos, pero por otro se suscribió un “Memorándum de entendimiento para la migración regulada entre Cuba y México” que, a pesar de sus presumibles buenas intenciones por parte de México, fue una afilada cuchilla para el exilio cubano en estas tierras, pues incluía formal y explícitamente, entre otras concesiones, el “intercambio de información” entre los órganos de inteligencia de ambas naciones sobre los ciudadanos cubanos residentes en México, lo cual fue, sin duda, una medida muy cuestionable del gobierno calderonista, que contribuyó con cierto grado de complicidad, en la vigilancia y control de los exiliados cubanos en el país, reforzando el temor ante la “muy larga mano” de Castro aún más allá de sus fronteras.
Debe tenerse muy presente que desde que Castro se inscribió en la órbita soviética (y contando con el abundante y generoso sostenimiento de la nueva metrópoli) cerró a cal y canto el país: de Cuba se salía para no regresar, y así se hacía constar impúdica e implacablemente en los documentos de viaje: “Salida definitiva del país”. Era un viaje sin regreso. Se suprimió el turismo internacional (antaño una de las principales fuentes de ingresos del país) por considerarlo oficialmente como un “vicio capitalista” fuente de todos las lacras y deformaciones. El turismo sólo sería, muy reducido y selectivo, con “los otros países socialistas”. Para viajar a Cuba se necesitaba imprescindiblemente una invitación oficial, para el caso de los artistas e intelectuales, de la UNEAC, la Casa de las Américas o del ICAP. Sólo las “organizaciones revolucionarias” y el gobierno podían invitar extranjeros, y el control era mucho más extremo y cuidadoso cuando venían de los odiados “países capitalistas”, México entre ellos, aunque siempre con una consideración “especial” en recuerdo al apoyo –tácito y expreso- a la “revolución cubana”.
La realización en 1978 del IX Festival Mundial de las juventudes (antiguo evento proselitista del comunismo internacional) en La Habana, primero, y luego la gradual y muy controlada visita por “motivos de reunificación familiar” entre los cubanos de la isla y sus parientes residentes en el exterior (fundamentalmente Estados Unidos), fueron en primer lugar una política que aparentemente buscaba ofrecer otro rostro de la “revolución cubana” pero tampoco era desdeñable el ingreso económico que representaba –y sigue representando- la “comunidad cubana en el exterior” (representados previamente por los llamados “dialogueros”), hasta entonces oficialmente calificada como “la gusanera”.  Por cualquiera de los motivos expuestos, la prohibición terminante de viajes al exterior comenzó a fragmentarse siempre dentro del estricto control oficial y ya para la época cuando Gorbachov, aparentando que iba a realizar un “proceso de apertura” a semejanza de su hasta entonces patrocinador URSS, Castro empezó a tolerar algunas salidas, siempre y cuando no implicaran gastos al Estado cubano y la persona favorecida asumiera todos los costos, lo cual creó una contradicción flagrante: los autorizados podían salir del país con una “invitación” pero debían adquirir sus boletos –de ida y vuelta, para obtener  el permiso- pagándolo en monedas duras convertibles, cuando al mismo tiempo la posesión y tenencia de “divisas” (dólares americanos fundamentalmente) era fuertemente penada con cárcel y en manos de particulares. Sin embargo, esas “cartas de invitación” fueron el codiciado y esperanzador salvoconducto para escapar de la isla-cárcel por muchos agraciados, que gestionaron así sus salidas.
Los cubanos así beneficiados que arribaban a México contando con una beca obtenida por concurso de oposición o en misiones “semioficiales” tenían un pasaporte cubano de color rojo, oficial y debían de inmediato registrarse en la embajada cubana y asumir, entre otras obligaciones, la de hacer guardias los fines de semana en su sede. En algún momento se manejó la posibilidad además de “donar” parte de sus ingresos como becarios para “contribuir a la causa de la Revolución”. En esa época las oficinas del Instituto Nacional de Emigración se encontraban aledañas al llamado Palacio Negro de Lecumberri (antigua cárcel mexicana ya convertida en sede del Archivo General de la Nación) por el apartado rumbo de San Lázaro, donde debían acudir cada seis meses (luego el plazo se amplió a un año) para justificar su presencia en el país –como muchos otros extranjeros- pero donde además contaban con la denigrante condición de “nacionalidad controlada conflictiva”, junto con los palestinos y saharauis. Perder la condición oficial (contrato empresarial, beca y otro) implicaba la deportación inmediata del individuo. Además, los funcionarios mexicanos entonces que aplicaban las leyes migratorias contaban con el recurso de la “discrecionalidad” para acceder o no a la solicitud, pues la legislación vigente los facultaba ampliamente. Esto ocasionó sistemáticos casos de corrupción, cohecho y extorsión o, sencillamente, venganzas personales. Algún cubano fue mandado encarcelar con amenaza de deportación por alguna funcionaria migratoria que argumentó “no entender” lo que decía el nervioso cubano tratando de explicarse, y prefirió asumir como graves ofensas personales algún vocablo de ambigua significación entre ambos países. Este fue el caso del entonces joven actor Mauricio Rentería, quien fue enviado a la Estación Migratoria (cárcel provisional para extranjeros en trámite de expulsión) por el empleo del vocablo “cuño”, que en México se utiliza más como “sello” y una funcionaria quiso entender que la insultaba cuando con dicción algo tropelosa y nerviosa por las circunstancias él le pedía le pusiera “un cuño” en sus papeles…
El perfeccionamiento del Instituto Nacional de Migración, adscripto a la Secretaría de Gobernación vino mucho después, así como la creación de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (28 de enero de 1992 y con autonomía del Estado desde el 13 de septiembre de 1999) y la apertura en México de una oficina de representación de la ACNUR (1982), la Ley de Refugiados (2011) y sólo muy recientemente, apenas en 2017, México califica como País de Refugio, pero esta adopción es más como una respuesta política a la progresiva clausura de la porosa frontera con los Estados Unidos, aunque se ha querido presentar políticamente como una generosa concesión del Estado mexicano, preocupado por los desvalidos migrantes que lo toman como territorio de paso.
A mediados de los años 80 no se contaba con ninguna de estas instancias de protección y salvaguardia. Y fueron muchos los cubanos en México que recibieron, sin audiencia previa ni otro procedimiento, el aviso perentorio para abandonar el país en el plazo de menos de 72 horas. Esto ocurrió con los cubanos desde el temprano 1959, como señalan varios testimonios, hasta la promulgación de la nueva Ley General de Población. Esta situación crítica para los cubanos exiliados se hizo especialmente dura durante el ejercicio de los funcionarios Fernando Gutiérrez Barrios y Patrocinio González Blanco Garrido al frente de la Secretaría de Gobernación, cuando el mandato presidencial de Salinas de Gortari.
Venían con distintos propósitos expresos (becas, invitaciones, competencias deportivas, etc.) y decidían quedarse en México, sabiendo que el regreso era entonces, por severo e inapelable decreto oficial, imposible: se cortaba toda posibilidad de concebir una visita al país de origen, y se pasaba a integrar las filas de la “gusanera”. Su correspondencia con familiares -aun cuando no estuvieran en el “Imperio” de EEUU- era vigilada y constituía un elemento en contra para su promoción y desarrollo social. “Cartearse con el enemigo” familiar, aunque estuviera en un país “amigo de la Revolución” como México, era visto como algo sospechoso y punible, y se condicionaba poder trabajar en ciertas instituciones y realizar estudios superiores (“gratuitos”) a no sostener intercambio con “familiares en el extranjero”, incluso en México. Esto comenzó a atenuarse -levemente- en 1979, con el inicio de los famosos y frustrados “diálogos con la comunidad cubana en el exterior”, que procedieron no sólo de EEUU sino de comunidades cubanas en otros países, como México.
Una primera dificultad para aceptar, reconocer y estudiar el exilio cubano en México, estriba en la circunstancia que este tema ha sido cuidadosamente orillado por otros investigadores, y por tanto se carece de una bibliografía nutrida para referenciar. Varios investigadores mexicanos han estudiado con profundidad la migración cubana en México desde el siglo XVI, pero cuando topan con la fecha de 1959 se detienen súbitamente.
Pero esto es común no sólo a especialistas mexicanos, sino cubanos y de otras nacionalidades. Es un tema tabú, que puede ocasionar problemas diversos por enfrentar a un sector de la academia comprometido con “lo políticamente correcto”, y que asigna con exclusividad el carácter de exilio político sólo a los migrantes con posiciones “de izquierda”. Y es que más que un fenómeno externo de relaciones internacionales, el caso cubano se asume y considera como un problema doméstico, no sólo por la cercanía geográfica, sino por la activa presencia de una “izquierda” que se pone al servicio del régimen castrista, sin ocultarlo, así como el de otros gobiernos progresistas.
Una muestra poderosa de la permisibilidad y tolerancia hasta cómplice que ha obtenido este sector de izquierda –que siempre se declara perseguido y acosado- es que aunque la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos (vigente desde 1917, con modificaciones) incluye el delito de traición a la patria por prestar servicios y recibir pagos por ellos a un gobierno extranjero, y hasta lo pena severamente, un notorio político de esa izquierda como Gilberto López y Rivas, ha declarado orgullosamente su condición de antiguo espía a favor de la extinta Unión Soviética” al resultar reveladas las pruebas que lo comprobaban en los archivos desclasificados de la antigua KGB, según se reseñó en la revista Proceso (Nº 2144, 8 de abril, 2000). Hasta la fecha no le ha pasado absolutamente nada y además ha ocupado varios altos cargos en partidos de izquierda en México y en el servicio público. En cambio, otros mexicanos sospechosos de vínculos con la CIA, han sido cuidadosa e implacablemente satanizados, perseguidos y pulverizados, como Elena Garro, Manuel Calvillo y otros más. El diplomático mexicano Humberto Carrillo y Colón (1934) que hoy disfruta tranquilamente de su retiro, después de muchas décadas dedicado al periodismo, fue acusado en 1969 por el gobierno cubano de espionaje, sin pruebas indubitables, las cuales ripostó puntualmente, como represalia de Castro por la expulsión de un diplomático cubano en México sorprendido con una gran cantidad de dinero y de armas para apoyar las guerrillas centroamericanas unos meses antes.
En el ámbito latinoamericano esto ha sido muy evidente y se ha contribuido a construir una imagen políticamente útil para reforzar el desempeño de esos exiliados, pero ha excluido implacablemente a los exiliados insulares que se ha osado calificar como “de derecha”, como los cubanos a partir de 1959, olvidando (o queriendo ocultar) que muchos de esos desterrados fueron de izquierda, antes, durante y después de los acontecimientos que culminaron en la isla en 1959 y años inmediatos siguientes, cuando el “proceso revolucionario” (ya no la “revolución libertadora” contra Batista) se “radicalizó”, es decir, abjuró por la voluntad y la decisión de su “máximo líder” de sus anteriormente expresados y promovidos principios democráticos y se convirtió, bajo la fachada de un “sistema socialista marxista-leninista”, en una descarnada dictadura personal, y ahora familiar, una anacrónica teocracia militar del siglo XXI donde conviven rasgos tan reaccionarios, anti modernos y de derecha como los del feudalismo, el esclavismo y el totalitarismo. Los que siendo participantes de ese “proceso”, ya como actores protagónicos y simples actores que se distanciaron u opusieron al desarrollo de los acontecimientos, han sido fácil y e injustamente calificados como “de derecha”, reaccionarios y, muy comúnmente, “gusanos”, “apátridas”, “desertores”, “contrarrevolucionarios” y “pro yanquis”, olvidando y ocultando que han sido precisamente los dueños del poder en la isla los que han sido más antipatrióticos al arrastrarse vilmente ante otros países como la URSS, Venezuela y ahora, en tiempos de Obama, increíblemente, EEUU, y con su necia actitud de oponerse a los cambios necesarios que reclama a gritos el pueblo cubano, han resultado los verdaderos contrarrevolucionarios, desertando de sus ideales antes publicitados y ahora, a través de una gerontocracia militar entregan la isla precisamente al odiado capital norteamericano.



[1] Vid. mi trabajo: “La Academia Cubana de la Lengua y la Real Academia Española: un vínculo hispanocubano en varios tiempos”. En: Madrid habanece. Cuba y España en el punto de mira transatlántico. Edición: Ángel Esteban. Madrid, Iberoamericana-Vervuert, 2011. pp. 251-268.
[2] Aunque en realidad, el contacto mexicano con la revolución cubana proviene desde su gestación, con los exiliados políticos que desde 1956 y hasta finales de 1957, cuando formaron la expedición del Granma, durante el gobierno de Adolfo Ruiz Cortines. Desde entonces recibieron diversos apoyos -a pesar de la reticencia del gobierno mexicano, que mantenía relaciones diplomáticas normales con Cuba y su presidente Fulgencio Batista- a través de personalidades como Lázaro Cárdenas, Fernando Gutiérrez Barrios y otros políticos, además de empresarios e intelectuales como el influyente Fernando Benítez (así lo reconoce Carlos Franqui, por ejemplo).

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