Monday, January 23, 2023

De las armas y las letras: Un guerrero y sus memorias II

 Por Guillermo A. Belt

De casta le viene al galgo

 

            

La primera parte de Memorias de la guerra, que lleva por título El libro del exilio, comienza así:



Una noche de espléndida luna sobre las tranquilas aguas de la bahía de Nuevitas, un hermoso pailebot izaba las blancas velas al terral suave y cálido de cercanas colinas. Levantaba el ancla cuando un bote se le acercó en sigilo, y desde él subió por la escala un grupo de pasajeros de evidente distinción, saludados en la cubierta, sombrero en mano, por el joven capitán, propietario de la nave.

El encuentro del grupo de distinguidos pasajeros con el joven capitán ocurre el 10 de octubre de 1868: En el centro del camarote, adosado al fondo, un estante escritorio, cuya abierta tapa descubría, sobre alineados libros, un almanaque con la fecha del día 10 de Octubre de 1868…La veloz goleta, matriculada en el puerto de Nassau con el nombre “Galvanic”, había sido adquirida el año anterior mediante el pago de 5,500 pesos por “un joven de veintitrés años altamente estimado en la sociedad de Nassau por su laboriosidad y sus austeras virtudes.” Enrique Loynaz y Arteaga, hijo del hacendado Carlos Loynaz y Fuentes y de doña Josefa de Arteaga y Agramonte, “de familia intensamente apasionada por la Patria”, con anterioridad a este viaje había conducido a su primo el general Manuel de Quesada y Loynaz, oculto en el “Galvanic”, a una entrevista en Camagüey con el marqués de Santa Lucía “y otros esclarecidos precursores de la guerra inevitable.”

En esta ocasión, según nos cuenta el autor de Memorias de la guerra, la goleta

Llevaba al exterior una familia prócer, muy comprometida en la conjura revolucionaria: era el grupo sigiloso recibido en la cubierta del ‘Galvanic’, sombrero en mano, por el capitán Enrique Loynaz…Luego, anotó en el diario del barco los nombres de aquellos pasajeros: don Martín del Castillo y Agramonte (propietario de los ingenios Monte Obscuro y el Cercado), su esposa, doña Teresa de Betancourt y Agramonte … y las bellas hijas de aquel matrimonio, Loreta, Juana, Teresa, Angela y Javiera del Castillo y Betancourt.

Familia prócer, sin duda. Apellidos todos ellos vinculados con las guerras por la independencia de Cuba, especialmente en Camagüey. Unos dirán que fue el destino; otros, que era natural que sucediera lo que con acento romántico relata el devoto de las armas y aficionado a las letras. En medio de una súbita tormenta, de las que suelen darse en mares tropicales, esta escena:

Por la proa una ola como montaña se acercaba…La marejada inundaba y revolvía la cubierta, a tiempo que pasaba dando órdenes la gentil figura de un hombre, envuelto en el amarillo impermeable de los marinos, en los ojos y en la voz la autoridad del valor…

…Impertérrito bajo los chorros de la lluvia, a la luz de los relámpagos, lo vieron desde el ventanillo de la cámara unos ojos angustiados. Juanita, la linda hija de don Martín del Castillo, contemplaba por primera vez un héroe.


Inmediatamente después de llegar a Nassau tras superar el temporal, don Martín del Castillo pone manos a la obra armando a sus expensas la primera expedición. Adquiere una pieza de artillería ligera para la proa del “Galvanic”, dos mil fusiles Enfield, 150 carabinas Spencer, machetes y cuantiosas municiones. Los hermanos Loynaz no se quedan atrás. Enrique deja su barco a la República de Cuba en armas y se une a la expedición con el grado de capitán del Ejército Libertador. Su hermano Diego trae en el vapor “Morro Castle”, desde La Habana, a expensas de la Junta Revolucionaria, a 62 jóvenes que irán en la expedición al mando del general Manuel de Quesada y Loynaz. Además, ante la denuncia por el cónsul de España del destino del “Galvanic”, Diego presta la fianza requerida de 10,000 pesos y hace posible que se lleve a cabo la misión.

El 27 de diciembre de 1868, al amanecer, desembarcan los expedicionarios de la goleta fondeada en la bahía de Guanaja. Los torreros del faro Maternillo han avistado un bote auxiliar de la goleta, arrebatado de su cubierta por una tormenta, que lleva el nombre de ésta y dentro, desafortunadamente, una bandera de la flamante República de Cuba. Las autoridades españolas despachan dos cañoneras que salen de Nuevitas para apresar a los expedicionarios. El combate termina así:

Al mando del capitán Loynaz, y en el mástil la bandera de una nueva República,

el “Galvanic” las recibió a cañonazos. Los expedicionarios, atrincherados en la playa, entre grandes tosas de madera allí acumuladas, a la voz del general Quesada rompieron nutrido fuego de fusilería. Una bala de cañón derribó en la trinchera la bandera de Cuba, a cuyo lado, de pie, en objetiva lección de serenidad, estaba el general Quesada. Su ayudante, Julio Sanguily, se lanzó fuera de la trinchera, recogió el amado símbolo de la Patria, y lo fijó con su pañuelo al roto mástil. Las cañoneras, averiadas, retrocedieron. En el palo mayor del “Galvanic” flotaba invicta la Bandera de la Estrella Solitaria.

Este devoto de las armas y las letras era “capaz de cincelar un párrafo con elegancia casi clásica o llevarnos a presenciar un combate con el dinamismo de una cinta cinematográfica.” Lo escribió Dulce María Loynaz, y no sólo por amor de hija.



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