Por Pedro Corzo
Escribo por la necesidad de decir lo que pienso y contar
mis experiencias, para hacerles llegar a quienes de buena fe abrazan propuestas
disruptivas, la sugerencia de que se informen adecuadamente sobre los
promotores de soluciones mágicas; que investiguen a fondo quiénes son las
personas que promueven procedimientos expeditos, cambios radicales que
supuestamente dejarán satisfechos a todos, sugerencia válida, tanto para los
salvadores de la derecha o de la izquierda.
Y es que testimonios como el que expongo a continuación
demuestran cómo la ciudadanía de un país puede perder sus derechos y bienes,
mientras es sumida en la miseria espiritual y material por quienes usan sus
habilidades histriónicas para manipular los resentimientos y la envidia,
proclamando una falsa imparcialidad y una injusta justicia. Los tramposos
cuentan con numerosos recursos, el mayor, la estulticia y animosidad de sus
seguidores.
Los cubanos tuvimos muchas advertencias. No escuchamos ni
quisimos ver. Mi país no fue sometido por algún maleficio, sino por un
delincuente que supo manipular lo peor de nuestra sociedad colocándolos en una
situación en la que podían destruir todo lo que habían ambicionado sin haberlo
trabajado.
Para quienes éramos jóvenes en octubre de 1960 y hemos
sobrevivido estas casi siete décadas, estos días son inolvidables, fueron un
parteaguas en nuestras vidas y el fin de una quimera. Cierto que muchos nunca
fueron devotos del tirano, pero las descargas de fusil que no escuchamos
despertaron a los más soñolientos, pero alentados por un profundo sentido de
equidad.
Esos días están clavados en nuestras memorias de manera
indeleble, es un recuerdo que nos sacudirá siempre mientras no hayamos logrado
reivindicar los crímenes de los Castro, entre los que ocupa, para los
villareños, un lugar cimero aquellas primeras ejecuciones en la dolorosamente
recordada finca de «La Campana», Escambray.
Ocurrió un 12 de este mes. Fueron cinco los patriotas
ejecutados. Porfirio Ramírez Ruiz, presidente de la Federación Estudiantil
Universitaria de Las Villas, FEU, y capitán del Ejército Rebelde; Plinio Prieto
Ruiz, comandante del Ejército Rebelde; Sinesio Walsh Río, campesino y capitán
del Ejército Rebelde y José Palomino Colón y Ángel Rodríguez del Sol, ambos
trabajadores agrícolas.
El proceso contra estos hombres fue un espectáculo que
haría recordar el coliseo romano y los crímenes contra los cristianos. No
hacían falta pruebas, ni testigos confiables, tampoco se produjo sentencia, fue
la voluntad de Fidel Castro que utilizó como perro fiel a un comandante de
nombre Félix Torres, la mano que ejecutó aquellos viles asesinatos y que había
devastado la zona del Escambray con un funesto plan agrícola que afectó a todos
los campesinos, particularmente a los más humildes.

Aquel juicio reiteró lo que muchos habían podido apreciar
en los previos procesos judiciales de la revolución castrista. Fueron más de un
centenar de procesados, asociaron en un mismo encausamiento a personas que no
tenían vínculos de ninguna especie y por supuesto nunca contaron con una
defensa adecuada porque la gestión judicial era parte esencial de la campaña de
intimidación y represión que se estaba instrumentando, de la cual la mayoría de
la población no se había percatado.
A los que iban a ser ejecutados, reitero, nunca se dictó
sentencia en el espurio juicio, los acompañó el sacerdote Olegario Cifuentes en
el autobús que los condujo hasta el mismo paredón de la finca La Campana.
Testigos de la época afirman que cuando el autobús que transportaba a los
condenados pasó por la ciudad de Manicaragua, uno de ellos gritó con firmeza y
sin atisbos de temor, «nos llevan para La Campana para fusilarnos».
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| Fusilamiento de Cornelio Rojas (Santa Clara, Cuba 1959) |
El padre Olegario habló con ellos, les pidió que se
confesaran y se ofreció para llevar un mensaje a sus familiares, Plinio Prieto
le entregó una breve misiva para su esposa e hijos y dijo antes de morir con la
entereza que le caracterizó toda su existencia:
«Tengo fe en Dios y en los hombres».
La muerte de estos patriotas no amedrentó a quienes sus
convicciones los comprometían con la libertad y los derechos ciudadanos, todo
lo contrario, el sacrificio de estos cinco patriotas de tomar las armas contra
la utopía fidelista se extendió por todos los rincones del país, siendo la
región del Escambray la más fértil y el mayor escenario de la lucha de los
cubanos contra el totalitarismo.
Tomado de: La Prensa

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