Por Manuel Gayol Mecías

ENGLISH SUMMARY
The
essay reflects on why Cubans, after more than 60 years of dictatorship, have
not collectively risen to change the political system. The author argues that
the issue is not simply fear, but a deeper psychological and cultural passivity
shaped by history, exile, mythmaking, and a distorted national imagination.
«¿Quién
le pone el cascabel al gato?, si nadie quiere poner el muerto», como se ha
comentado entre bastidores. Pienso que en el fondo el problema es de pasividad
psicológica. Creo que el cubano, al menos el que ha pasado en la Isla este
proceso de más de 60 años, en cuanto a lo político, en general ha sido y es
pasivo, digamos, inerte. Y si esto, en algún momento, se ha llegado a afirmar
de una manera radical, no es porque sea un estereotipo, sino porque ha sido y
es una realidad palpable: la inercia de no querer cambiar al régimen, sino la
de irse, a todo costo y por cualquier costa, en busca del sueño americano, que
es como decir: «en busca del sueño cubano en otro país».
Es
la comodidad de querer llegar a un lugar ya establecido, con orden y estructura
hechos, pensados y organizados, y donde no hace falta buscar la libertad,
porque ya esta se encuentra implantada desde hace muchos años y hay una
seguridad histórica y constitucional. ¿Y, bueno, quién no lo quiere así?
Pero
también porque el cubano de la Isla ha creado su propio mito de Estados Unidos,
«donde todo está inventado ya» y «el dólar crece debajo de las piedras». En el
país del Norte, dicen, «en un año tienes tu carro, y hasta el último modelo»; y
así se veían (y todavía se ven) fotos de muchísimos cubichis que, al año de haber alcanzado esa tierra «prometida», ya
mandaban (mandan) esas fotos con sus carros y, los más osados, mostraban
(muestran) también el frente de «sus casas».
Es
una mezcla de verdades, medias verdades, falsedades y una imaginación
fosforescente que no tiene asidero real corpóreo alguno. Incluso, muchos,
muchísimos, al año (sin la residencia de inmigración aún), o a los dos años a
más tardar (con la residencia calentita en su mano), pronto estaban (y están)
viajando a Cuba, enseñando las fotos de sus supuestos negocios en Estados
Unidos, o las buenas prendas que exhiben (y que habían rentado en secreto con
el solo propósito de lucirlas, y crear a su alrededor una imagen de tipo duro,
para que todos en el barrio le envidien, le vean con ojos de asombro, como si
él o ella (bueno, más los hombres que las mujeres) hayan estado predestinados
para ser bendecidos por Obatalá o Yemayá, o si no aquellos que visitan la Isla
para darle gracias a sus santos por haberles dado tantas cosas, tantas
oportunidades de vivir la vida, porque «logré mi sueño de irme pa´la Yuma».
De aquí que no sea necesario «ponerle el cascabel al gato», si yo puedo rehacer
mi vida como yo quiero solo con llegar al país de los gringos, y después
regreso a la Isla como un triunfador.
Distinto
asunto este en la otra clase de cubano que se va porque, en realidad, quiere
salvar a su familia (esto es como una gran contradicción de la especie). Este
tiene que enfrentar las más inimaginables penurias, las más grandes
incertidumbres, pero se sobrepone, trabaja en lo que sea, trabaja, trabaja y
trabaja, ayuda a su familia en la Isla en lo que puede, pero asimismo crea su
base, su asiento firme y si es joven estudia, y si es mayor organiza su hogar y
emprende algo que le permita ayudar a sus hijos, que tienen que estudiar,
estudiar y estudiar, y que además aprenden a recordar su país, su patria y
toman conciencia de que se encuentran en un exilio histórico, porque algún día
irán a reconstruir su nación.
¿¡Es
tan complejo el cubano!? Existen los que se meten en la política y triunfan, y
todos ellos con la obsesión de Cuba, ¡hay que liberar a Cuba! Y crean empresas,
negocios increíbles, se hacen ceos,
presidentes, profesores y ocupan altos cargos en grandes corporaciones
americanas, y en otros lugares del mundo, y de alguna manera siguen pensando en
Cuba.
Por
todo esto, por generaciones tan contrastantes, acepto que podrían existir
ciertos condicionamientos, aparentemente genéticos en el cubano que, como ya he
dicho, proveen una buena dosis de actitud condicionada por la imagen de Cuba;
es como que la imagen de la Isla (fantasmagóricamente) propicia un determinismo
(no sé si, en verdad, genético o psicológico) que le hace añorar Cuba, por un
lado, y, por otro, le produce un vacío mental divorciado de su entorno; que no
le deja ver cuál es la verdadera realidad, social y política, que le rodea a él
y a la Isla. Tanto para el que se va y regresa con su vanidad a cuestas como
para el que se marcha de la Isla, imbuido de un enorme espíritu de superación
no solo por salvar a su familia, sino —y en buena medida importante— para algún
día ayudar a liberar a su «patria» (que, en realidad, hace años que cambió y no
es tal). Y ambos casos se reflejan por la historia social y política que nos
tocó después de 1959.
Complejamente
se juntaron varios aspectos y circunstancias. El cubano, por ignorancia, por
naturaleza o por lo que sea, ha sido un impresionista, y por ello sufrió un
verdadero asombro en el año 1959, cuando triunfó la rebelión inventada y
dirigida por Fidel Castro.
Fuimos
engañados, sí, pero también nos engañamos a nosotros mismos: aceptamos las
medias verdades que nos vendieron él y sus acólitos, y no vimos o no quisimos
tomar en cuenta las mentiras que venían envueltas, como si fueran en papel de
regalo. Fuimos «los crédulos de la aurora», como dijera alguna vez Guillermo
Cabrera Infante.
Dejamos
que el espejismo tomara fuerza; o peor, nos hicieron creer en el Espejismo, en
el que Alicia quedó afuera y nosotros metidos dentro del espejo, en una
dimensión realmente atípica. Las generaciones posteriores se fueron perdiendo
una tras otra, aplastadas, por la parte oscura de la fortísima generación
triunfante.
En
algún momento, la generación que tomó el poder en Cuba en 1959 se dividió
(debido a otro de nuestros posibles atributos: la división y el caudillismo).
El líder mayor se quedó en Cuba con el poder y la otra parte de la generación
se marchó para Estados Unidos, España y otros lugares.
La
parte de esa generación llegada a Estados Unidos se hizo fuerte y se convirtió
en la oposición del exilio, tenaz, firme y porfiada contra el castrismo. En la
Isla, las demás generaciones, de un futuro ya pasado, no pudimos hacer nada
para recuperar la patria, y poco a poco, nos fuimos adaptando, hasta que muchos
logramos llegar a Estados Unidos.
Por
su parte, Castro y su proceso fueron reduciendo nuestras esperanzas,
lentamente, envolviéndonos con hábiles mecanismos sociopolíticos, con promesas,
pero más que todo con el terror, tal como Hitler hizo con los alemanes y
los judíos, o Mussolini con los italianos, o Lenin con los rusos, o Mubarak con
los egipcios y las otras dictaduras de los países árabes (Pero en Cuba, al
igual que en todas las sociedades mencionadas, hubo largas e irresponsables
complicidades, que en el caso de nuestra Isla solo crean la posibilidad de un
final impredecible).
Ahora
bien, las causas que llevaron a estos pueblos a la sumisión son diferentes
entre sí, por supuesto. Porque todos los pueblos tienen su talón de Aquiles que
permite convertirlos en masas. Probablemente el nuestro se acercó un tanto al
de los rusos, pero tampoco llegó a ser igual.
Y
yo me pregunto: ¿cuál ha sido, es o será el tiempo límite de los cubanos, hasta
cuándo y por qué nuestro pueblo tiene que esperar a la muerte de los Castro y
de los demás octogenarios que tienen el poder?
La
respuesta puede ser diversa, con diferentes y fuertes razones. Este ensayo,
intuitivamente, intenta algo para llegar a esa respuesta (o sea, tratar de
descubrir lo que tuvo que ver la falsa imaginación del cubano para creerse los
mitos y el Espejismo que le presentaron. Una total predisposición para no ver
la verdadera realidad física a su alrededor).
En
mi caso, por ejemplo, mi solución fue la de irme y sacar a mi familia. Y
también ha sido la decisión de millones de cubanos que, de una manera u otra,
se han exiliado y desperdigado por todo el mundo. Otros miles están varados en
países desconocidos e inesperados (gracias al expresidente Barack Obama), y
otros millones se han quedado dentro de la Isla esperando su oportunidad para
entrar a EE.UU., aguardando asimismo a que sea Donald Trump, en estos tiempos,
quien se decida a darles una visa humanitaria de ingreso a este país o derrotar
de alguna forma al castrismo.
El
caso es que todavía, a más de 60 años de dictadura, unos cuantos cubanos dentro
de la Isla se deben hacer esta pregunta: ¿por qué el pueblo egipcio se rebeló
en masa a los 30 años y Cuba aún no lo ha hecho a los 60? (1).
Parece
que a muchos de una gran mayoría se le envolvió con pequeños poderes, por
ejemplo, el poder de un carnicero (el único que puede repartir la carne en el
barrio… cuando la carne llega, naturalmente); el jefe de un almacén que tiene
la potestad de distribuir artículos… si los hay; el jefe de cualquier cosa que
no tienen los demás; o el portero de un restaurante, digamos, que decide
cuántas personas van a comer allí y muchas veces quién entra al restaurante y
quién no.
Por
otra parte, con el Comité de Defensa de la Revolución envolvieron a la mayoría
de los cubanos, les enredaron y les involucraron en nuestro defecto de
interesarnos en la vida ajena, metiches,
como diría un mexicano, y de aquí les transformaron en vigilantes del otro; les
redujeron la sensibilidad de servir a las personas y les dieron la facultad de
espiar a ese prójimo, y además la oportunidad de burlarse de sus semejantes,
que nos viene del choteo demasiado repetido, continuado, incesante; se dejaron
quitar el respeto por la privacidad debido a su propio sentido del relajo: «la
vida es un relajo», dirían. Y se ha sido tan ligero que por el juego del
desdoblamiento lo han permitido todo y, lo peor, se acostumbraron, y aún mucho
peor, lo convirtieron en parte de su nueva cultura. Asimismo, nos hicieron
creer que podíamos (siquiera acercarnos a) ser centro del mundo, como si
—primero— América Latina, y después todo el orbe, tuviera que ver con nosotros
de una manera crucial. Y esto lo lograron por el afán relativamente
inconsciente de tener —por nuestras propias características genéticas,
históricas y culturales— una especie de reafirmación de identidad o
autosuficiencia positiva, que incluso podría provenir de nuestra historia de
criollo, la cual aprovecharon Fidel Castro y su gente para degenerar esa
característica y vendernos la idea de que éramos un pueblo llamado a un destino
glorioso (esto también podría venir de más atrás, de lo que el Dr. Coutín me
comentó alguna vez, acerca de esa dislocación mental que se ha venido a llamar
los «altos destinos», y que, repetidamente, aparece en cierta «literatura
antiimperialista» cubana de la primera mitad del siglo XX).
Todo
esto entra en esa imaginación positiva que teníamos de que, aun cuando sabíamos
que éramos (y somos) isla, nos imagin(áb)amos realmente como seres de tierra
firme, pero que en el proceso de la «Revolución» los castristas quisieran
proyectarse como potencia de varios nuevos aspectos «logrados» por esa «Revolución»:
potencia en la «educación», la «medicina», el «deporte», la «cultura de las
artes y la literatura». Pero en lo que, realmente, sí se convirtieron fue en
potencia militar, en llevar a cabo la conformación de un aparato de seguridad
del Estado y un Ministerio del Interior que, en su represión, nada más podía
ser igualado por Rusia, Alemania «Democrática», Corea del Norte e Irán. Y así
quisieron hacer creer que eran potencia en la «solidaridad internacionalista»
para ayudar a otros pueblos, imagen falsa que verdaderamente se llama: «invadir
a otros pueblos» (e interferir en los asuntos internos de otros pueblos).
A
partir de 1959 se fue creando, tristemente, una nueva cultura para el cubano
que con el tiempo ha venido acorralando dentro de nosotros los valores que
teníamos en nuestra historia social anterior; valores que sí hacían que
creyéramos buenamente en una supuesta cubanía. Pero, por todo lo anteriormente expuesto, la cubanía aquí se fue
como el papalote de nuestra mejor imaginación, al que se le partió el hilo, y se perdió en la infinita grisura de
un cielo tormentoso, que aún no ha pasado.
♦♦♦
Entonces
nuestra culpa fue por no superar el miedo, y habernos dejado arrastrar al
estercolero de la masividad, al insondable muladar de los círculos del infierno
o al mismísimo ano del Hades; y lo fue también por el hecho de haber tenido (y
tener aún) el complejo proceso de una imaginación exaltada, sin contar con el
sentido telúrico de nuestros pies sobre la tierra.
[Este trabajo, ligeramente actualizado por el editor en 2026, pertenece al subcapítulo 39 del icónico ensayo 1959. Cuba el ser diverso y la Isla imaginada de Manuel Gayol Mecías. Fue presentado por el autor como discurso de investidura a la membresía de la Academia de Historia de Cuba en el Exilio, el 19 de mayo de 2018, en la Biblioteca Pública del Este de Los Angeles, California]. Publicado en el Anuario Histórico Cubanoamericano # 2 (2018): 39-46.
(1) Consúltese a Yoani Sánchez: «Tan lejos del Cairo», en la sección «Tribuna» de El País (5 de febrero de 2011) [https://elpais.com/diario/2011/02/05/opinion/1296860405_850215.html].
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