Wednesday, December 20, 2017

Dos joyas recientes de estudios sobre el Siglo XVI en América (II)

Por Alejandro González Acosta

La cosecha del pasado 2015 tiene otro fruto más, especialmente digno de celebración, que no desdice del anteriormente reseñado.
Este se lo debemos a la muy activa Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE), fundada en 1973 por Don Tomás Navarro Tomás y otros prominentes hispanistas en EEUU, y hoy ágil e incansablemente dirigida por el proteico Gerardo Piña-Rosales, secundado en la actividad editorial por el eficiente y puntual Carlos E. Paldao. La política de expansión y diversificación de la ANLE con esta Directiva en ejercicio, es sin dudas un ejemplo y una invitación para las corporaciones hermanas en el ámbito hispánico.
Felizmente, los hispanistas podemos celebrar con justa alegría que al cabo de tantos años de espera haya aparecido -¡por fin!- la edición que en 1993 presentó como su tesis doctoral la profesora Alexandra Elisabeth Sununu, sobre el poema La Florida*, de fray Alonso Gregorio de Escobedo.
No albergo la menor duda cuando afirmo que con esta obra, Sununu cubre amplia y suficientemente la deuda espiritual y cultural con su primera patria y se ubica con derecho propio en el Parnaso crítico cubano. No podrá obviarse su nombre cuando se elabore un auténtico repertorio de los numerosos estudiosos cubanos que debieron asumir el exilio como única posibilidad para continuar su propia aventura de pensar, investigar, escribir y publicar en condiciones de libertad, no siempre fáciles y gratas, sino muchas veces de sordera e invisibilidad, si no de franca incomprensión y hasta oposición. Sununu forma parte de una nómina amplia y refulgente en el medio universitario estadounidense; por sólo citar algunos de los mayores: Jorge Mañach, José Manuel Carbonell, Emeterio Santovenia, Francisco Ichaso, Félix Lizaso, José Juan Arrom, Georgina Sabat de Rivers, José Amor y Vázquez, Elektra Arenal, Raquel Chang-Rodríguez, Rosa Perelmutter, Roberto González Echeverría, José Olivio Jiménez, Eugenio Florit, Armando Álvarez Bravo, Gastón Baquero, Eduardo Lolo, Emilio Bernal Labrada, Gustavo Pérez Firmat, Carmelo Mesa Lago, Raúl Marrero-Fente, Antonio Benítez Rojo, y muchos más, cuya ausencia aquí en esta breve relación no se debe a carencia de méritos, sino a flaqueza de mi memoria. Y esta brillante sucesión continúa hasta hoy, con nuevos nombres que siguen constelando la vida universitaria internacional, como una pléyade de grandes maestros. Pero no hay ningún otro país iberoamericano -ni siquiera España, creo- que pueda exhibir semejante nómina de figuras tan notables en la academia norteamericana actual.
La historia de este manuscrito es por demás azarosa: ha sido varias veces “descubierto”, y otras tantas vuelto a “olvidar”. El mérito extraordinario que tiene el regalo crítico de Sununu, es que por fin ya se podrá consultar y estudiar este monumento histórico–literario que, entre otros muchos valores, tiene el de incluir la primera alusión poética a la isla de Cuba, aún antes del llamado Espejo de Paciencia (1608) presuntamente compuesto por el canario Silvestre de Balboa y Troya de Quesada, haya sido o no escrito en el territorio insular. Se alinearon todos los planetas propicios de forma feliz, para lograr que este estudio, inicialmente dispuesto en dos gruesos volúmenes, no continuara durmiendo el injusto olvido de los inéditos sobre un oculto estante polvoso, y se pusiera finalmente en manos de todos los interesados en las expresiones literarias que ocurrieron en América entre los años finales del siglo XVI y los primeros del XVII, cuando se supone fue escrito este extenso poema con más de 22,000 versos endecasílabos en octavas reales, como era lo usual de las composiciones de aliento épico en su momento, aunque Sununu, con criterios de peso, prefiere considerarlo un “poema narrativo métrico” más que una epopeya tradicional.

“... con el cual nuestra gente castellana
entró por la ciudad jamás rendida,
cuyo famoso nombre es La Habana,
que no fue a yugo ajeno sometida,
donde el galán y dama cortesana
gozan de temporal y alegre vida,
esperando la eterna, y yo entretanto,
doy juntamente fin al libro y canto”.
 (Vol. II, Canto 23) Folio 291 (v) p. 504.

No era exagerado Escobedo con lo de “jamás conquistada”, pues a pesar de su reciente fundación, la villa ya había sido objeto de varios ataques de piratas, que no la pudieron ocupar. Y la imagen placentera de “el galán y dama cortesana”, aunque se presta a varias interpretaciones –puerto de mar, sitio de desfogues propicio para marinos abstenidos por fuerza mayor- no deja de ser simpática para los que ven desde ese principio un destino para la ciudad otrora despreocupadamente placentera.
La editora, después de considerar varias propuestas de fechado (en las páginas 36 a 38 de su extensa “Introducción”), calcula que fue escrito entre el 13 de septiembre de 1598 y 1615. El estudio sobre el poema es macizo y preciso, con un gran rigor al exponer las diversas versiones críticas y realizar la comparación entre ellas. El tema de la datación es sumamente importante en una pieza de este tipo, por la preeminencia que discute en cuanto a los textos españoles en América, y sus referencias contextuales, como el caso de la isla de Cuba. El erudito y esclarecedor “Prólogo” de Raquel Chang-Rodríguez contribuye para resaltar los brillos del trabajo realizado por Sununu, y lo inserta dentro de la tradición de las crónicas del descubrimiento, conquista y colonización, tema en el que Rodríguez la prologuista es una reconocida experta mundial.
Sin embargo, sin que ello reste ni un mínimo quilate a su espléndido trabajo, la editora incurre en una leve imprecisión, cuando señala:
“Ente otras selecciones de La Florida cabe recordar la Antología de la poesía cubana de José Lezama Lima de 1965 rescatando el fragmento dedicado a Cuba en las dos últimas estrofas del canto segundo de la segunda parte, el canto tercero y las catorce primeras del cuarto. Existe una reedición al cuidado de Álvaro Salvador y Ángel Esteban (Madrid: Verbum, 2002)” (p. 58)
En la edición aludida, de Verbum, los editores Salvador y Esteban en realidad incluyeron por primera vez los fragmentos de La Florida que nunca colocó Lezama Lima (pues muy presumiblemente este no conoció el poema, ni siquiera su existencia, pues de haber sido así, de seguro lo hubiera incorporado). Y en esa parte, los Editores (Salvador y Esteban) advierten, en el “Prefacio” de su edición:
“Se ofrece respetuosamente aquí el conjunto del proyecto de Lezama, tal como él lo concibió. Sólo una variante es preciso hacer constar, que compete al presente primer volumen de la obra: hemos incluido en un Anexo una parte de La Florida, de Fray Alonso de Escobedo (¿1598-1600?), poema extenso no tenido en cuenta hasta ahora. Si todas las historias y las antologías de la literatura cubana comienzan con el Espejo de Paciencia (1608), como hace Lezama, hemos adelantado en algo la cronología” (p. XI).
Y en el Anexo (curiosamente al principio de la edición), los Editores agregan sobre el punto de discusión, después de una breve descripción de los fragmentos señalados y una apretada sinopsis:
“Finalmente, queremos dejar explícito nuestro agradecimiento a Alejandro González Acosta, quien nos dio noticia del poema, y a Pedro Correa, que nos ha facilitado el texto y algunos datos sobre el mismo” (p. XV)
Como este punto me compete directamente, y atañe a la obra que reseño, debo informar para contribuir a la historia del texto editado por Sununu, que en 1997, encontrándome en el ejercicio de un año sabático en la Universidad de Granada, conocí por mediación del catedrático Don José Antonio Sánchez Marín a un probo y laborioso profesor de Instituto, hombre tan erudito como modesto, quien nunca buscó una cátedra universitaria, Don Pedro Correa, con quien de inmediato disfrutamos amenas y provechosas charlas, en una de las cuales salió a relucir el poema de Escobedo, que él venía consultando directamente en sus frecuentes visitas a la Biblioteca Nacional en Madrid.
Cuando Correa me comentó sobre la pieza, y compartió conmigo el texto, advertí y se lo hice notar, la importancia que tenía especialmente para la literatura de tema cubano, la cual –según Lezama y el resto de la crítica- comenzaba a partir del debatido poema Espejo de Paciencia, del cual nunca se han podido encontrar rastros de su manuscrito ni de su primera noticia impresa, la cual es tardía (hasta mediados del siglo XIX) y fragmentada, lo cual ha sustentado las sospechas de algunos estudiosos y literatos[1] de tratarse de un pastiche literario. Se han debatido intensamente, con sólidos y eruditos argumentos de ambas partes, la autenticidad o no del Espejo, pero hasta ahora, la prueba reina, el manuscrito original (s. XVII) o en su defecto el trasunto (s. XVIII), no han sido aportados.
Cuando supe después que mis amigos Ángel Esteban y Álvaro Salvador habían emprendido el reto de reeditar la antología de Lezama y pensaban añadirle un cuarto volumen, que diera cuenta del estado de la poesía cubana hasta la contemporaneidad (Lezama lo había concluido con José Martí como capítulo aislado y final), compartí con ellos la noticia del poema de Escobedo y de inmediato despertó su interés y atención crítica, con el propósito que me compartieron de incluirlo en su edición, en la cual generosamente me concedieron el crédito por mi modesta y circunstancial participación.
La noticia llegó a la isla cuando ambos profesores españoles fueron a presentar la edición allá, que facilitaron entre otros a Luis Suardíaz, quien de inmediato publicó un par de comentarios sobre la misma[2], pero obviando no sólo mi leve intervención (explicable por su visceral exclusión ideológica), sino la justa mención del ya fallecido Pedro Correa y su decisiva participación.[3]Supe mucho más tarde que otro amigo y colega cubano, el admirado profesor Raúl Marrero-Fente, también le había transmitido la noticia a Ángel Esteban de la existencia de la tesis inédita de Sununu con la edición del poema, después de publicarse la nueva edición de la Antologíade Lezama.
La noticia contemporánea más antigua sobre este manuscrito todavía inédito es la de J. Riis Owre[4], de 1964, con quien Sununu declara haber tenido conocimiento del poema; sin embargo, como ella misma relaciona, se conoce desde mucho antes en este curioso y hasta cierto punto perverso proceso de apariciones y desapariciones del texto. Los primeros que guardaron la noticia de la existencia del poema fueron los historiadores franciscanos como Anastasio0 López, O.F.N.[5]Pero propiamente, la genealogía crítica de La Florida comienza desde el benemérito archivista Don Julián Paz, quien realiza la primera descripción en forma del manuscrito en 1933[6], aunque antes, de pasada, ya Marcelino Menéndez y Pelayo lo había mencionado apenas; al año siguiente de Paz, el crítico norteamericano Maynard Geyger publica su primer acercamiento a la obra[7], a la cual volverá a referirse más adelante[8]. Ecos de este interés llegarán hasta México, cuando Lino Gómez Cañedo, el devoto historiador eclesiástico, publica “Somes Franciscan Sources in the Archives and Libraries of America[9]. En los 40 hubo algunos brotes de interés sobre la obra, como los de Fidel Lejarza[10], que supongo atemorizó por su ingente volumen a los historiadores y la complejidad de su edición: si en algo concordaban todos los que la examinaron, era en la urgente necesidad de que fuera editada... por otros.
Pero no fue hasta que con el empeño de la meritoria Alexandra Elisabeth Sununu finalmente sale a la luz, de forma consultable[11]esta edición, pues aunque la tirada es suficiente (600 ejemplares, según me informa gentilmente Carlos E. Paldao, ya que no lo registra en el colofón) quizá por el interés que despertará sin duda quizá deba pensarse en una reimpresión cercana. Alexandra E. Sununu sabe muy bien de todo esto, por el esfuerzo y constancia demostrados. Y, sin embargo, dedicó gran parte de su vida a la edición de ese invaluable manuscrito que hoy por fin podemos consultar.


*Alonso Gregorio de Escobedo, La Florida. Estudio y Edición anotada: Alexandra E. Sununu. Prefacio: Raquel Chang-Rodríguez. New York, Academia Norteamericana de la Lengua Española, 2015. Colección Plural Espejo, 4. 758 pp. ISBN: 978-0-9903455-8-9





[1]Entre estos, por ejemplo, Leonardo Padura, en su obra narrativa La novela de mi vida, sobre José María Heredia, donde se lo atribuye a Domingo del Monte y su tertulia de amigos conocida como “Grupo Delmontino”. Padura continúa una antigua tendencia crítica cubana que sospecha de la autenticidad de ese texto, y como aún no ha aparecido una prueba totalmente fehaciente al respecto, como podría ser el manuscrito original de Balboa, o al menos, el trasunto manuscrito del Obispo Morell de Santa Cruz en su Historia de la Isla y Catedral de Cuba, pues la interrogante subsiste. Recomiendo decididamente para el estudio de la obra y compleja personalidad del animador cultural cubano decimonónico, Domingo del Monte y su tiempo (La Habana, Ediciones UNIÓN, 1997), de Urbano Martínez Carmenate. Y para un resumen actualizado de la cuestión, véase: Ángel Esteban, “<Si no lo veo no lo creo>: en busca del manuscrito perdido (Sobre La Florida de Escobedo y el Espejo de Paciencia)”. En: La Literatura Hispanoamericana con los cinco sentidos. Editora: Eva Valcárcel. A Coruña, Universidade da Coruña-Servicio de Publicaciones, 2005. pp. 205-210.
[2]Luis Suardíaz, “Hallazgo singular. Hubo poesía en Cuba antes del Espejo de Paciencia.” Granma, Viernes, 19 de Abril de 2002. En realidad, Suardíaz estaba equivocado desde el principio, pues no debió afirmar eso de “poesía EN Cuba”, sino sobreCuba, pues La Florida no fue escrita en la isla.
[3]Luis Suardíaz, en su artículo antes citado, sólo dice que Álvaro Salvador y Ángel Esteban lo “hallaron en la Biblioteca Nacional de España...” y tramposa y aviesamente escamotea el resto. Y esto, según los mismos Esteban y Salvador, no es cierto, pues declararon muy clara y honestamente el proceso como dispusieron de la obra. Finalmente, Pedro Correa Rodríguez publicó un interesante comentario sobre el tema: “Cuba en el poema La Florida del padre Escobedo”, Revista Portuguesa de Humanidades, Vol. 11, Nº 2, 2007, pp. 181-198. Seguramente Sununu no conoce este estudio, porque no lo incluye en su nutrida bibliografía.
[4]J. Riis Owre, “Apuntes sobre La Florida de Alonso de Escobedo”, Actas del Primer Congreso Internacional de Hispanistas. Coords. C. A. Jones y F. Pierce, Oxford, The Dolphin Books, 1964.
[5]Editor. Relación histórica de la Florida escrita en el siglo XVII. Madrid: AIA, 1931.
[6]Catálogo de manuscritos de América existentes en la Biblioteca Nacional. Madrid, Tipográficas de Archivos Olozaga, I, 1933.
[7]“An Early Poem on Florida”. The Fortnightly Review, 41 (1934) 271-71.
[8] The Early Franciscans in Florida. Washington, D.C., George Washington UP, 1936, yThe Franciscan Conquest of Florida, 1537-1618. Washington, D.C. Catholic University of America, 1937.
[9]Americas, 13: 141-74 (19556).
[10]“Rasgos autobiográficos del P. Escobedo en su poema La Florida”. Revista de Indias 1-2 (1940), 35-69.
[11]Existe, y la menciona escuetamente Sununu, una edición anterior de 110 ejemplares: La Florida, Introducción y notas de Hermenegildo Zamora Jambrina, OFM. Córdoba (España), Ediciones El Almendro, 2008. 830 pp. Quizá la estudiosa había terminado ya su edición cuando conoció esta obra, muy cercana. Por sus numerosas contribuciones, el autor fue un dedicado y prolífico investigador franciscano sumamente dedicado a su callada labor, de tal modo, que no ha gozó de la notoriedad que merecería. Me atrevo a suponer que esta edición suya de La Florida ha circulado en el ámbito especial de las bibliotecas y centros franciscanos, pero no más allá. Buscando más información sobre este historiador, encuentro la triste noticia de que fray Hermenegildo falleció apenas el 9 de abril de 2014 en el Santuario de Nuestra Señora de Loreto en Espartillas, Sevilla, a la edad de 87 años, después de una fructífera vida dedicada al estudio y la investigación.

Tuesday, December 19, 2017

Dos joyas recientes de estudios sobre el Siglo XVI en América (I)

Por Alejandro González Acosta

2015 fue un año que merece destacarse en el territorio de los estudios del siglo XVI en América, pues en él aparecieron al menos dos obras notables que constituyen, cada una de ellas, sólidos aportes para el mejor conocimiento de la significación y características del primer siglo de la colonización española. Los estudiosos del tema americanista en el siglo XVI, podemos celebrar ese año como portador de una excelente cosecha de contribuciones muy sustantivas para los intereses que nos ocupan.
En realidad, fue apenas en el 2016 cuando empezaron a circular y conocerse los dos libros, que fueron impresos a finales del año anterior, pero ya constituyen, cada uno, obsequios investigativos con un sólido y perdurable valor, y sin pretender abusar del manido adjetivo, quizá resulten históricos. Sin embargo, todavía ahora, ya finalizando el 2017, apenas han recibido la justa atención de la crítica que merecen.
El primero de los libros es el sustantivo aporte que una profesora sevillana establecida en la Universidad de Zaragoza ha hecho con impecable y ejemplar dedicación, y era algo muy necesitado desde mucho tiempo atrás: la edición paleografiada y anotada del que quizá sea el más antiguo testimonio jurídico hispanoamericano conservado hasta hoy, escrito por un escribano autóctono en América: El Libro de protocolo del primer notario indígena (Cuzco, siglo XVI). Cuestiones filológicas, discursivas y de contacto de lenguas (Madrid, Iberoamericana-Vervuert, 2015)*, de la doctora Rosario Navarro Gala. Que yo conozca, no tiene siquiera un equivalente cercano.
La importancia de este aporte es difícil de reseñar. Se trata de una pieza que hasta por lo que ahora sabemos, no cuenta con parangón en su época: el rescate, aunque fragmentario, de lo que quedó de un testimonio escrito con alto valor documental, de un instrumento muy importante para la vida y la práctica judicial en una comunidad indígena específica, en una tan temprana fecha como las tres últimas décadas del siglo XVI, referida a una comarca periférica como Cuzco, es sin duda un hallazgo de valor incalculable. La “fortuna” de la investigadora –que no es tal, sino la pericia, la perseverancia y el dominio de los instrumentos de investigación- le permitió encontrar un tesoro en medio de una jungla de papel, dentro del conjunto de documentos indebidamente clasificados del valioso y todavía poco explorado Archivo Regional del Cuzco, antigua capital del imperio incaico.
Una obra como ésta, nos permite conocer con mayor detalle la compleja organización de la sociedad indígena, multiétnica –no hay que olvidar que allí  ya convivían indistintamente los pueblos originarios quechuas y aimaras dentro de un vasto imperio andino, y después se añadieron pobladores foráneos, españoles y de otras procedencias, según veremos- a partir de instrumentos jurídicos -testamentos, compra-ventas y legados- así como la riqueza vital de esa comunidad, y posibilita trazar, documentadamente, un perfil más preciso de lo que fue la vida de los indígenas bajo las condiciones de la colonia temprana en el Perú virreinal.
La obra se divide en dos Partes. En la Primera realiza una prolija y precisa descripción de las condiciones socioculturales del Cuzco criollo –ya refundado por los españoles- y los primeros tiempos de esa ciudad, así como el personaje Pedro Quispe, ese “escribano público de cabildo indígena”, quien es, sin dudas, un sujeto excepcional digno de estudio. La autora no se limita a reunir, descubrir y exponer, sino además analiza con cabal propiedad las prácticas discursivas y las estrategias de comunicación que se muestran en el conjunto documental, dentro de las múltiples modalidades de las piezas jurídicas que ofrece, así como la progresiva apropiación de la lengua impuesta por los españoles, por un sector minoritario en principio, pero creciente, que representa fielmente el indígena letrado Pedro Quispe, con su progresiva inserción en las nuevas condiciones planteadas por la realidad histórica. Esas variantes y peculiaridades del castellano temprano en su variedad andina, resultan minuciosamente estudiadas por Navarro Gala, así como los aspectos fonéticos, fonológicos y morfosintácticos.
Las dos terceras partes del grueso volumen (442 páginas), están dedicadas en la Segunda Parte a ofrecer el valioso documento con una sagaz paleografía y transcripción cuidadosa, enriquecidas además con anexos oportunos y láminas muy adecuadas para visualizar el documento, sin reserva alguna, memorable.

Esta obra interesa, pues, a historiadores, antropólogos, lingüistas, juristas y toda una dilatada sucesión de especialistas muy diversa y es, que sepamos y hasta nueva prueba que venga a desplazarla de ese sitial, el documento testimonial jurídico indígena transculturado más antiguo conservado hasta ahora en toda la región americana. El libro de Navarro Gala creo dará mucho para tratar, pues ella nos obsequia una pieza con múltiple riqueza temática, lo cual sin duda moverá la atención de los numerosos estudiosos involucrados con estas disciplinas.

[Continuará]

*Rosario Navarro Gala, El Libro de Protocolo del primer notario indígena (Cuzco, siglo XVI). Cuestiones filológicas, discursivas y de contacto de lenguas. Madrid, Iberoamericana-Vervuert, 2015. 442 pp. ISBN: 978-84-8489-875-7 (Iberoamericana), 978-3-95487-415-6 (Vervuert).


Monday, December 18, 2017

Condolencias

El PEN CLUB  de Escritores Cubanos en el Exilio lamenta profundamente el repentino fallecimiento del Dr Salvador Larrua, destacado académico, autor e intelectual cubano. El Dr. Larrua, al momento de su deceso era miembro de la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio y de otras prestigiosas instituciones académicas y culturales. Reciban, familiares amigos y colegas nuestro mensaje de apoyo y condolencias.
Por la Junta Directiva del PEN-CLUB
                                                                                                     
José Antonio Albertini
Presidente                                                                       

Luis de la Paz

Secretario         

.....................................

Estimado Dr. Lolo
He tenido noticias a través de la RAHA del triste fallecimiento del Dr. Salvador Larrúa. En la Academia Hispanoamericana estamos todos consternados. La historiografía hispana pierde realmente a uno de sus más ilustres investigadores, aunque siempre nos quedará su obra. Quisiera transmitirle mis más sentidas condolencias que hago extensiva a todos los Académicos de la Academia de la Historia de Cuba en el exilio y a los compañeros de la ANLE.
Desde Cádiz un fraternal abrazo

María Felicidad Rodríguez Sánchez
Real Academia Hispanoamericana de Ciencias, Letras y Artes             

Sunday, December 17, 2017

JUAN ABREU: “UNA FUERZA ARROLLADORA, UNA ALEGRÍA FEROZ”

Como adelanto del primer número del Anuario Histórico Cubanoamericano que edita la Academia de Historia de Cuba en el Exilio les presentamos la entrevista que le hiciéramos al escritor Juan Abreu como parte del dossier que dicho número le dedicara al también escritor Reinaldo Arenas.

JUAN ABREU: “UNA FUERZA ARROLLADORA, UNA ALEGRÍA FEROZ”
Por Enrique Del Risco
Juan Abreu (La Habana, 1952) es pintor y escritor. En 1980 salió de Cuba hacia la Florida como parte del éxodo del Mariel y desde hace dos décadas reside en Barcelona. Ha publicado cerca de una veintena de libros de diverso pelaje pero la misma intensidad, la misma rabia, la misma irreverencia insobornable. En febrero de 2017 exhibió sus retratos de fusilados por el régimen cubano en la sede del Parlamento Europeo, en Bruselas. Juan Abreu conoció a Arenas en los años setenta y junto a este y a sus hermanos José y Nicolás organizaba reuniones literarias en el Parque Lenin. “Ellos me estimularon para que yo reescribiese la novela” Otra vez el marcuyo manuscrito original había sido destruido. Luego, en los meses finales de 1974 en que Arenas se dio a la fuga y se escondió en las inmediaciones del parque fue uno de los que asistió al perseguido con vituallas de todo tipo. Según cuenta el propio Arenas en su autobiografía en aquellos días “la vigilancia sobre la casa de los Abreu era enorme; todos sabían que ellos eran mis mejores amigos”. Los encuentros clandestinos en el Parque Lenin entre Reinaldo y Juan son materia principal de una suerte de diario que el segundo llevaba en aquellos días. Aquellas impresiones aparecieron publicadas por primera vez en 1998 bajo el título de A la sombra del mar. Jornadas cubanas con Reinaldo Arenas y resultan una inmersión personalísima en el momento más negro del Quinquenio Daltónico. Arenas a su vez se le había anticipado incluyéndolo a él y a sus hermanos en varios de sus libros ya fuera usando sus nombres reales o bajo el apelativo conjunto de las hermanas Brontë.
Vienes de una familia en que tres hermanos se dedican a la literatura, algo poco usual en cualquier circunstancia. Háblanos de tus primeros años de vida y de tu formación.
Que seamos escritores es algo insólito. No hay, hasta donde sé, ningún antecedente, digamos literario, en mi familia. Mis padres apenas habían ido a la escuela. Éramos muy pobres y hasta que mi hermano José no comenzó a interesarse por los libros, los libros no eran un asunto relevante en nuestra realidad. Todo empezó con mi hermano mayor, él es  responsable de que la literatura, la imaginación y el amor por la imaginación y por la narración del mundo, comenzaran a formar parte de nuestras vidas. Yo soy escritor por eso y a él se lo debo, fundamentalmente. Fue el guía que necesita todo niño y todo adolescente, el guía del que habla Rilke. Tener alguien que vaya por delante y señale el verdadero camino es  crucial, evita que pierdas tiempo y más importante evita que te extravíes en los bosques de la fatuidad o de la intrascendencia.   

Me da la impresión que el desencanto con el régimen cubano –si es que alguna vez hubo encanto- se produjo bastante pronto en tu vida. ¿Cómo te diste cuenta de que el régimen y tú no tenían nada que ver? ¿Quién se dio cuenta primero? ¿El régimen o tú?
Nuestra familia nunca fue fidelista. No recuerdo haber escuchado jamás en casa ninguna defensa del fidelismo. Todo lo contrario. Mi padre y sobre todo mi madre miraban aquel enamoramiento masivo con Fidel Castro, que de súbito poseyó a los cubanos, con desconfianza en el mejor de los casos. Yo no tengo memoria de haber simpatizado nunca con el régimen, hasta donde puedo recordar siempre fui (y sigo siendo) su enemigo.
¿En qué circunstancias conociste a Arenas? ¿Qué impresión te causó al principio?
Mi hermano me llevó a conocerlo al famoso cuarto de criadas donde vivía, en casa de una tía siniestra. Yo era muy joven y Reinaldo me impresionó profundamente. Poseía un carisma inmenso y de él emanaba una especie de fuerza arrolladora, una suerte de alegría feroz. También me impresionó mucho su biblioteca, llena de libros prohibidos o muy difíciles de conseguir en la isla. Intenté que me prestara Paradiso (aquel mítico ejemplar dedicado por Lezama), sin éxito, naturalmente. De su cuarto nos fuimos al Patricio Lumumba (qué nombre espantoso, ¿no?) a bañarnos en el mar. Toda nuestra amistad futura con Arenas estuvo vinculada al mar, ser amigo de Arenas era como ser amigo del mar.
En un medio tan homofóbico como era el cubano en aquellos años era raro concebir una relación “normal” entre un homosexual declarado como Arenas y un heterosexual no menos declarado como tú. ¿Cómo se desarrolló la relación de ustedes en medio de tanta “rareza”?
De forma muy natural. Nunca fue un problema, nuestra amistad estuvo más allá del sexo desde el principio, me atrevería a decir. Por aquella época yo era un macho típico pero su homosexualidad, visto retrospectivamente, creo que me ayudó a civilizarme un poco. Era mi amigo y yo lo respetaba y lo admiraba y lo quería, y lo que hiciera con su pito o su culo no afectaba para nada mi respeto, ni mi admiración ni mi cariño. El sexo es algo ajeno a la moral, creo que en esos tiempos ya empecé a comprenderlo.  Por otra parte, lo de la homofobia cubana es un asunto curioso porque si bien esta homofobia es real, simultáneamente, todos los cubanos son un poco maricones, según mi experiencia.
Ya habías empezado a escribir antes de conocer a Reinaldo. ¿Qué impacto tuvo en tu literatura la influencia de su personalidad y sus textos?
Un impacto enorme. Con Reinaldo pasaba como con Lezama, si caías en su órbita terminabas siendo un satélite, un satélite más o menos grande o bonito. Pero un satélite. No hay vida literaria original en las cercanías de Arenas o Lezama. Sólo hay espacio en el universo de la literatura para un Lezama y un Arenas. En cuanto me percaté de eso empecé a alejarme, porque comprendí que si no combatía su encanto monumental no sobreviviría como escritor. Espero haberme distanciado lo suficiente.  
Durante la famosa fuga de Arenas en el Parque Lenin tú eras prácticamente su único contacto amigo. ¿Por qué crees que haya sido así?
No. Hubo otros amigos. Recuerdo un muchacho que vivía cerca del Parque Lenin y lo visitaba, lamento no acordarme de su nombre. Pocos, sí. Pero en ningún caso sólo yo. No sé por qué fue así. Supongo que el fidelismo ha envilecido a los cubanos tanto que ya por entonces la mayoría de ellos (sobre todo los habitantes de eso que conocemos como el mundo de la cultura) habían olvidado que a un buen amigo no se le abandona cuando tiene problemas. A mí eso me lo enseñaron en casa. No seas nunca un mierda, me decía mi madre. Y de eso va la vida, de no ser un mierda.  
Ya en los años cubanos alrededor de Arenas se formó un círculo literario. ¿Se puede hablar de eso? ¿Cómo funcionaba? ¿Quiénes eran sus principales integrantes?¿Qué influencia tuvo Arenas sobre ellos? ¿Y viceversa?
Me parece exagerado hablar de un círculo literario. Éramos un pequeño grupo, gente muy joven y desconocida para el ambiente cultural (creo que eso nos salvó, tal vez); mi hermano José que era como el jefe de la pandilla, Luis de la Paz, Marcos Martínez, y los tres hermanos Abreu, y además estaba Arenas, claro. Básicamente, un grupo de jóvenes y de adolescentes que amaban los libros y amaban escribir. Arenas fue muy generoso, él ya era un escritor reconocido, incluso famoso fuera de la isla, y se reunía con nosotros como si fuéramos sus iguales a leer y comentar sus obras y las nuestras. Y aceptaba de buen grado cualquier crítica. Y las hacíamos; la juventud es audaz, como se sabe. Fue en general una época luminosa, a pesar de la dictadura, la de nuestras tertulias en el Parque Lenin. Competíamos a ver quién leía más libros a la semana ¡a la semana! y era una vergüenza no conocer a un autor que alguien del grupo hubiera leído. Si en alguna tertulia se mencionaba a un autor desconocido para alguno de nosotros, el ignorante salía disparado a leerse todo lo que encontrara del autor en cuestión. Con mi hermano José sigue siendo así. Si mi hermano me habla de un autor que no conozco, salgo disparado.
Háblanos de la salida de ustedes de Cuba durante el éxodo del Mariel. ¿Coordinaron algo juntos o cada cual escapó por su propia vía? Arenas cuenta haber escapado de Cuba gracias a la falsificación de su carnet de identidad cambiando su apellido de “Arenas” a “Arinas”. ¿Crees que Reinaldo consiguió engañar a las autoridades o estas simplemente decidieron desembarazarse de él?
No coordinamos nada. Mi hermano Nicolás entró en la embajada peruana con su mujer y luego tuvo la suerte de salir de la isla con el famoso salvoconducto que entregaban a los que abandonaban la embajada cuando ya no podían soportar más el hambre y la sed. Yo había estado internado en una granja de castigo y con la carta de libertad de aquel campo de trabajo forzado, me expulsaron de la isla. Mi hermano José fue el menos afortunado, cuando iba a salir fue detenido por el DSE, que le retiró el pasaporte y lo condenó a varios años de trabajo supervisado en granjas agrícolas. Arenas engañó a las autoridades, la eficiencia de la policía cubana es un mito. Son bastante ineptos. Yo mismo serví de guía a un joven francés y lo llevé a visitar a Reinaldo al Parque Lenin, cuando Reinaldo ¡era el fugitivo número uno del país! Se exagera mucho la  eficacia de la policía cubana. La dictadura no quería que Arenas saliera de Cuba. Varios amigos le contaron más tarde que cuando la embarcación que lo sacó de la isla ya estaba en alta mar, llegaron los agentes del G-2 al Mosquito, buscándolo.
¿Cuáles fueron las primeras impresiones que tuvieron a su llegada a los Estados Unidos? ¿Alguna decepción o sorpresa que en aquellos primeros instantes?
Maravilla absoluta. Los colores, la vida. Para mí fue como salir de un lugar oscuro y muerto y llegar a uno vivo y lleno de colores. Era libre. Yo no sabía lo que era la libertad porque en Cuba nunca fui libre, siempre fui un esclavo del fidelismo. Ser libre por primera a los veintiocho años fue algo simplemente maravilloso. Nunca podré agradecer bastante a los Estados Unidos por darme  la oportunidad de vivir en libertad.  
Impresiona que a pesar de las dificultades que implica la adaptación a un nuevo país se recompusiera tan rápido el círculo literario que habían formado en Cuba. ¿Por qué crees que ocurrió?
Por la energía y la furia de Reinaldo, fundamentalmente. Él era la fuerza aglutinadora y la fuerza inspiradora. Nosotros lo seguíamos como quien sigue la luz. No fue exactamente una recomposición de nuestro grupo en Cuba, se unieron muchos escritores que yo no conocía en la isla, Carlos Victoria, Roberto Valero, Miguel Correa, Reinaldo García Ramos, René Ariza, Guillermo Rosales, por mencionar sólo algunos. Pero el elemento aglutinador era Arenas. Sin él aquella confluencia no hubiera sido posible.
Háblanos de la aventura que significó la revista Mariel. ¿Cómo funcionó la revista? ¿Cuál fue el papel de Arenas en la revista? ¿Y el tuyo? ¿Cuáles fueron los héroes y heroínas “secretos” de la revista, esos que aparecen en letra pequeña o no aparecen pero sin la que no hubiera podido funcionar?
Fue una aventura formidable. Por fin podíamos expresarnos libremente y eso hicimos. Sin Arenas no hubiera habido revista. ¿Mi papel? Uno más del grupo. Respecto a las heroínas de la revista, yo siempre digo y me gustaría repetirlo aquí, que sin el trabajo y la dedicación de Marcia Morgado, que era la única que tenía experiencia porque había trabajado en revistas norteamericanas, todo hubiera sido más difícil para nosotros. Su ayuda fue muy valiosa. Por otro lado, escritores consagrados como Lydia Cabrera, Enrique Labrador Ruíz o Eugenio Florit, nos dieron apoyo moral. Sobre todo Lydia, que fue una especie de ángel tutelar de nuestro grupo de marielitos.  
¿Cómo se desarrolló la relación entre ustedes en Estados Unidos?
Bien. No hubo mayores fricciones, diría yo. Lo normal entre escritores, que ya sabes que somos gente tortuosa y difícil.
¿Era realmente tan antagónica la relación de Arenas con Miami? ¿Y con Nueva York? ¿Qué le hacía preferir a una ciudad sobre otra?
No creo que prefiriera una sobre la otra. Tal vez por un tiempo. Decía horrores de Miami o de New York alternativamente, iba por épocas. Estaba en su naturaleza, perennemente insatisfecha. Arenas pensaba (cito) que el mundo era un lugar inhabitable. Me lo dijo muchas veces. Miami o New York o la Atenas de Pericles al final daban lo mismo, terminaría hablando pestes de cualquier ciudad.  
¿Qué impacto tuvo la generación de Mariel en el exilio de la época? ¿Puedes dar ejemplos concretos de ese impacto?
No lo sé. Es un poco petulante atribuirse supuestos impactos sobre tanta gente.
Conociste a Oneida Fuentes, la madre de Arenas. ¿Cómo era ella? ¿Cómo era su relación con el hijo?
Conocí a Oneida. Era una buena madre y una buena persona.  Una madre amantísima, tal y como la definió su hijo. Nunca aceptó la homosexualidad de Arenas, y creo que eso marcó la relación que tuvieron hasta el final.  
¿Cómo te enteraste de la muerte de Arenas? ¿Qué impresión te causó?
Estaba en casa, en Miami, cuando me dieron la noticia. Me puse a llorar. Qué otra cosa podía hacer. Y al otro día, como del más allá me llegó Viaje a la Habana, la edición de Mondadori que acababa de publicarse. Recuerdo que poco tiempo antes habíamos hablado por teléfono y yo le había dicho que tenía la edición de Universal, muy fea y difícil de leer. Supongo que entonces me puso la hermosa edición de Mondadori al correo. Aquí tienes una edición más legible,  escribió en la dedicatoria. Siempre hasta al final los libros y el amor por los libros del primer día.
Luego del éxito inicial de sus dos primeras novelas a su salida de Cuba no consigue publicar en las grandes editoriales de la lengua hasta su muerte. Sin embargo al morir su autobiografía, Antes que anochezca, se convierte en bestseller. ¿Crees que ese éxito póstumo, aunque merecido, fue una manera de malentenderlo, de poner su autobiografía y el tono que predomina en ella (distinto del resto de su obra) por encima de su obra de ficción?
La izquierda norteamericana y española, y toda la izquierda mundial a fin de cuentas, le hicieron la guerra a Reinaldo. Y ya sabemos lo eficiente que es la izquierda para ese tipo de censura. Es una vergüenza que su obra maestra El color del verano, por poner un sólo ejemplo, no encontrara editor. Los últimos años de su vida hablamos bastante de eso, de la siniestra censura que padecía, y que él atribuía, con razón creo yo, a su anticastrismo. En España, por ejemplo, para hablar de un mundo editorial que conozco bien, no se publicaba a anticastristas hasta hace relativamente poco. El fanatismo y la miseria moral de los editores españoles respecto a los escritores enemigos de Castro ha sido repugnante y vil. Por suerte la situación ha ido cambiando. Yo soy un ejemplo. Pero Reinaldo sufrió esa censura abyecta y eso añadió amargura a sus últimos años. Por otro lado, no creo que el tono de Antes que anochezca sea muy distinto del resto de su obra.
Apareces en varios libros de Arenas como personaje y hasta en la película de Julian Schnabel Before Night Falls (en ese caso como un amigo iletrado de Arenas que ni siquiera sabe qué es la Ilíada). ¿Qué se siente al ser la ficción de otros?
Estar en los libros de Arenas es un orgullo para mí, naturalmente. En cuanto a la película de Schnabel, qué puedo decirte, me pasé dos días en su casa de San Sebastián hablándole de Arenas, a su pedido, pero no creo que haya escuchado nada de lo que le dije, a juzgar por la película.   
¿Cómo valorarías el impacto que tuvo Arenas sobre ti como persona?
Ese impacto fue, y sigue siendo, decisivo.

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Friday, December 15, 2017

Galardón



La AHCE se complace en anunciar que su presidente el Dr. Eduardo Lolo fue galardonado en semanas pasadas por la Imperial Orden Hispánica de Carlos V, de la Sociedad Heráldica Española con la Medalla Conmemorativa del V Centenario del Emperador. Junto a este el también historiador Robert Lima fue investido Comendador de dicha Orden. Abajo transcribimos el comunicado que lo anuncia:
COMUNICADO DE PRENSA: GALARDONADOS EN ESPAÑA DOS ACADÉMICOS HISPANOS DE LOS EE.UU.
La Imperial Orden Hispánica de Carlos V, de la Sociedad Heráldica Española, galardonó a los doctores estadounidenses Robert Lima y Eduardo Lolo en sendas ceremonias celebradas recientemente durante la reunión otoñal de la Orden. Ambos son miembros numerarios de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE) y académicos correspondientes en los Estados Unidos de la Real Academia Española (RAE), entre otras importantes distinciones. Los dos se han caracterizado por promover los estudios hispánicos en América con destacadas obras de historia y crítica literaria, al tiempo de desarrollar largas y exitosas carreras pedagógicas a nivel universitario.
El Dr. Robert Lima fue investido, mediante el rito denominado “cruzamiento”, como Comendador. Recibió el Juramento y procedió a llevar a cabo la ceremonia Don Enrique de Borbón, Gran Maestre de la Orden, al tiempo que el Padrino de Investidura fue su colega el Dr. Eduardo Lolo. El acto tuvo lugar en uno de los históricos salones del Alcázar de Segovia y contó con la presencia de numerosos caballeros de la Orden, sus familiares y público en general. Una vez investido, el Dr. Lima expresó que había quedado “muy emocionado al ser recibido en la Imperial Orden Hispánica de Carlos V como Comendador en un impresionante acto. Me siento parte de la gran historia que representa esta Orden al ser cruzado por el Maestre de la Orden, el Excelentísimo Príncipe de Borbón.”
Más tarde, en una nutrida Cena de Gala, el Dr. Lolo fue galardonado con la Medalla Conmemorativa del V Centenario del Emperador, creada en el seno de la Orden para celebrar bien y cumplidamente la efeméride y recompensar con ella los méritos de los caballeros de la Orden que hayan demostrado fehacientemente una ejemplar conducta en el cumplimiento de sus deberes. La medalla le fue impuesta por el mismo Gran Maestre.
El Dr. Lolo, luego de recibir la distinción, expresó que “a la satisfacción personal de haber sido condecorado con esta medalla, se une el haber fungido como Padrino de Investidura del Dr. Lima, con lo que ya sumamos dos los miembros de la Academia Norteamericana de la Lengua Española que hemos recibido el título de Comendador de la Imperial Orden Hispánica de Carlos V. Lo cual prueba que nuestros esfuerzos en América en la promoción de la cultura hispana son cada vez más reconocidos en la propia cuna de esa cultura.”
La Imperial Orden Hispánica de Carlos V fue creada oficialmente como distinción honorífica por la Sociedad Heráldica Española y tiene como objetivos fundamentales conmemorar la Hispanidad y divulgar la vida y obra de Carlos V. En sus ordenanzas la entidad se define como “una hermandad de Caballeros, unidos por su devoción a Santa Bárbara, el recuerdo del César Carlos y la obra Universal de España.”

Thursday, December 14, 2017

“El parque” (1963), un documental de Fernando Villaverde

Tomado del blog de Néstor Díaz de Villegas en el que presenta documental del cineasta cubano exiliado Fernando Villaverde:
Gracias a la bondad de ciertos extraños, puedo ofrecerles hoy el estreno (o reestreno) mundial de El parque (1963), de Fernando Villaverde, una pieza clave del documentalismo cubano producido por el ICAIC en los primeros 60.
Como acompañamiento del filme, publico una entrevista que Miñuca y Fernando han tenido la gentileza de concederme.
Próximamente podrá accederse aquí a Una vez en el puerto (1963), de Alberto Roldán, en el que Miñuca (con apellido de soltera) también colaboró.
Las razones de la desaparición de Alberto Roldán de los anales del cine cubano –no muy distintas de las que pudieran aducirse en el caso de Fernando y Miñuca– las da el crítico Juan Antonio García Borrero, en una nota necrológica de su blog, La pupila insomne: “Su obra, a estas alturas, es injustamente una de las menos estudiadas del cine cubano, y es obvio que en ello ha influido su ruptura con el ICAIC en 1969, su salida de la isla en 1981, y la militancia anticastrista que mantuvo hasta el final de su vida”.
“Ruptura”, “salida” y “militancia anticastrista”, y no la dictadura y sus políticas de exclusión, son responsables de la injusticia. El cineasta es el único culpable de su propia desgracia, y no hay necesidad de citar influencias externas, lo cual complicaría demasiado las cosas. Tratándose de Argentina o Chile, estoy seguro que Juan Antonio hablaría simplemente de desapariciones, aún cuando el mismo fenómeno (sin desdorar ajenas tiranías) no tuviera consecuencias tan destructivas para las culturas de esos dos países.
Las desapariciones en Cuba fueron (siguen siendo) mucho más criminales por haberse extendido casi seis décadas y diezmado la cultura a lo largo de múltiples generaciones. Las obras que presento –hay otras, como El mar, de Miñuca y Fernando, que se perdieron para siempre– son la prueba del crimen. Nuestros desaparecidos todavía esperan por el estudioso que se atreva a llamarlos por su nombre.
Por último, no olvidemos que si los intelectuales cubanos disfrutan hoy de cierta latitud expresiva y de un mínimo de independencia (lo que les permite, entre otras cosas, mencionar en público los nombres malditos de Roldán y los Villaverde), se debe, en no poca medida, a la actitud frente al Poder de aquellos precursores.
La negativa a colaborar con la camarilla artística de la incipiente dictadura castrista pudo haber parecido entonces insensata y autodestructiva, pero cometeríamos una injusticia mayor si dejáramos de reconocer en ella el fundamento de las conquistas democráticas de la oposición actual, tanto de la declarada como de la que pasa por debajo del radar, nadando siempre cerca de la orilla. 
[Seguir leyendo aquí]

NOTAS DE CONDOLENCIA POR EL FALLECIMIENTO DEL DR. SALVADOR LARRÚA

Reproducimos a continuación un resumen de algunas notas recibidas con relación al fallecimiento de nuestro insigne miembro.

          Apreciado Dr. Lolo:
Acabo de leer con gran consternación y dolor el fallecimiento de nuestro común y buen amigo, Dr. Salvador Larrúa. Descanse en paz y que el Señor le acoja en su seno.
 Guillermo Torres-Muñoz, Canciller
Imperial Orden Hispánica de Carlos V
  -----------------------------Excmo. Sr. D. Eduardo Lolo:Mi estimado amigo:Triste noticia la que nos transmite. A pesar de la distancia, Salvador Larrúa era una persona muy querida entre nosotros. No hace mucho, precisamente, recibíamos su último libro sobre la figura de Juan de Miralles. Sus deferencias hacia la Academia eran continuas. Descanse en paz.En nombre de la Real Academia Hispano Americana y del mío propio, le ruego transmita a sus compañeros académicos y a su familia, nuestro sentido pésame.
Un afectuoso saludo Manuel Bustos Rodríguez, Director
Real Academia Hispano Americana de Ciencias, Letras y Arte.
  -----------------------------(Fragmento del mensaje del notable historiador español José A. Crespo-Francés)
Salvador era un hombre de Fé, rebelde frente a la injusticia y adalid y defensa de nuestra Historia, como un acantilado, firme frente a la tormenta, sin estar dispuesto a dar un paso atrás. Era un valiente faro anclado a la roca y adentrado en océano frente a la costa, dando luz y solidez a todos los que le mirábamos. Hoy Nuestro Señor se lo ha pedido, que diera ese paso, el último pero no hacia atrás, él nunca lo haría. Ha dado un paso al frente como humilde Soldado de Cristo ante su llamada, y nosotros debemos cerrar filas, cubrir su hueco y seguir adelante en su lucha. José Antonio Crespo-Francés
Aranjuez
  -----------------------------Estimado D. Eduardo: Muchas gracias por confirmar tan triste noticia que, al resultarme inesperada, me causa todavía más pesar. No tuve el gusto de conocer personalmente a D. Salvador pero sí de mantener una comunicación siempre cordial, amena y sincera, entre dos personas unidas por comunes valores e ideas. Nuestra relación se remontaba a 2014 y tuve el placer de proponerle para una condecoración del Capítulo Noble. Por su parte, él había obsequiado a la corporación con diversos ejemplares de algunas de sus obras. A través de las mismas pude corroborar lo que ya me constaba por nuestra correspondencia. Que se trataba de un hombre culto hasta la erudición, profundamente católico, inspirado por hondas convicciones y enamorado de la historia de su país, de la de España y de la cultura hispanoamericana. Me es muy triste recordar en este momento aquellos debates históricos que manteníamos, siempre reivindicando la grandeza de España y de sus países hermanos. Por todo ello, le tenía en gran estima y estaba a punto de tratar con él un tema de la corporación. Con el mayor merecimiento se hizo acreedor de la Cruz de Oficial de la Orden de Isabel la Católica, que en su día le fue concedida por Su Majestad. Lamento mucho su pérdida, de la que informaré a la Diputación del Capítulo Noble. A título personal no dejaré de recordarle en mis oraciones. Le ruego que, por favor, traslade a su viuda, hija y demás familia, la más sentida condolencia de la Diputación, a la que hago especialmente extensiva la mía propia. De nuevo, gracias. Reciba un cordial saludo desde España. Atentamente,
 Federico de Montemayor
Secretariado
Capítulo Noble de Fernando VI
  ----------------------------- ¡Qué triste noticia, por la pérdida irreparable que implica! Como expresión de respeto y homenaje la circularé entre la comunidad de amigos y trataré que se publique la nota en Diario de Cuba y Cubaencuentro, que son periódicos digitales muy leídos por los cubanos del exilio y de la isla. Deposito mi esperanza en que encuentre descanso eterno y que esos 5 tomos con la historia de la Iglesia en Cuba se puedan publicar, por cuestación pública.
Resignadamente, Alejandro G. Acosta
Miembro Correspondiente en México
Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE)
Academia de la Historia de Cuba en el Exilio, Corp.
 -----------------------------
Estimados amigos:
     Con profundo dolor lescomunico el fallecimiento de uno de nuestros distinguidos miembros, el querido Salvador Larrúa-Guedes.
Que en paz descanse.
0ctavio de la Suarée



Sunday, December 10, 2017

Muere en Nueva York la poeta cubana Alina Galliano

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Diario de Cuba publicó la noticia días atrás:
La poeta cubana Alina Galliano falleció el pasado jueves en Nueva York a causa de una infección intestinal, informaron sus amigas, la también poeta Magali Alabau y la escultora, pintora y fotógrafa Gladys Triana.
Galliano, con más de 20 poemarios publicados, nació en Manzanillo, Granma, en 1950. Salió de Cuba a los 16 años para España. Más tarde viajó a Nueva York, EEUU, donde residía actualmente.
Entre los títulos de poesía publicados por Galliano se encuentran Entre el párpado y la mejilla (1980) y Hasta el presente (Poesía casi completa) (1989).
[Seguir leyendo aquí]

Saturday, December 9, 2017

FRANCISCO MORÍN, NUESTRO PROMETEO

Por Norge Espinosa*

A casi cien años de edad acaba de morir en Nueva York el teatrista cubano Francisco Morín, uno de los nombres más importantes de la escena nacional en el siglo XX. Fundador del grupo Prometeo, así como de la revista de igual nombre, a fines de la década del 40, fue uno de los más persistentes defensores de un teatro de arte en la capital de la Isla. Alumno de la generación inicial que se graduó de la Academia de Arte Dramático de La Habana, estudió allí junto a Adolfo de Luis, y otras figuras no menos cruciales en la búsqueda posterior de un teatro moderno entre nosotros, que se alejara del espíritu de lo sencillamente comercial o siguiera patrones ya gastados. A él se debe, entre otras cosas, el estreno de Electra Garrigó, la pieza de Virgilio Piñera que instauró la modernidad en nuestro ámbito escénico, y que desató una polémica en las páginas de la propia revista Prometeo que visibilizó las nuevas y viejas tensiones de nuestra cultura hacia lo nuevo, la tradición y el rol del crítico.
Morín insistía en que hubiese o no público, la representación no se suspendiera en la pequeña sala de Prometeo, donde siempre tuvo como importante colaborador al diseñador Andrés García. Muchos actores y actrices se forjaron con él, y con montajes como Las criadas, de Jean Genet, en 1954, consiguió elogios y reconocimientos que lo destacaban en aquel panorama en el que se hacía este tipo de teatro con mucho sacrificio. Berta Martínez, Myriam Acevedo, Ernestina Linares, Eduardo Moure, Helmo Hernández, Dulce Velazco, la española Adela Escartín, Lilian Llerena, Asseneh Rodríguez, Roberto Blanco… fueron algunos de los intérpretes que aparecían en el elenco de Prometeo, en piezas de autores tan exigentes como Camus, Coccioli, O´Neill, o cubanos como Virgilio, Carlos Felipe o Antón Arrufat, de quien dirigiera El vivo al pollo. Su teatro llamaba la atención por reducirse a los elementos estrictamente necesarios: un teatro esencial, dijo él para calificar su búsqueda, en la cual la figura central era siempre el actor.
En 1970, tras desencantarse del proceso revolucionario, abandona Cuba rumbo a España. Desde ahí continúa su exilio hacia Estados Unidos, donde finalmente se radica. No dejará de hacer teatro durante un tiempo, y en Miami, una de sus más fieles discípulas, Teresa María Rojas, animó durante años un nuevo Teatro Prometeo. A instancias de amigos y conocidos, redactó sus memorias: Por amor al arte, que apareció en Ediciones Universal, y que se convierte en un libro imprescindible para seguir el día a día de varias décadas de trabajo escénico, entre 1940 y su fecha de salida de la Isla. Libro fiel a su carácter, es un retrato al mismo tiempo de esa época y de quien lo escribió. Cuando le conocí, en una fría mañana de New York en la que, a pesar de sus años, insistió en ir a verme en lugar de que yo me acercara a su casa, podía citar con precisión fechas, anécdotas y nombres. El teatro era su mundo, el teatro cubano que él vio y animó. Creo que hasta el momento de su muerte, con 99 años, siguió siendo fiel a ello.
Con Morín la cultura cubana pierde a un veterano de sus batallas teatrales. De él aprendieron Roberto Blanco, Berta Martínez y muchos más. Su legado, a favor de un teatro donde la calidad del libreto fuera importante, y donde el trazado sicológico de los personajes no fuera opacado por otros elementos, perdura en el misterio que alimentó otras poéticas a través de esos discípulos. Quiso que en La Habana se vieran las obras más interesantes y curiosas, lo mismo que en París, New York o Buenos Aires. Con él llegaron a nuestra cultura, por vez primera, importantes obras de la postguerra. Fundó, animó y siguió siempre dando sus criterios, a veces tajantes, sobre lo que pensaba. Cuando muchos le daban ya por acabado, en los años 60, sorprendió a todos con una puesta que hizo decir al no menos tajante Virgilio: “Morín sigue teniendo duende”. Ese duende acaba de morir. Pero como las imágenes a las que mucho tiempo después Roberto Blanco rindió tributo con su montaje de Electra Garrigó, nos alientan desde una escena que no puede prescindir de su legado.

*Escritor y dramaturgo cubano.

Friday, December 8, 2017

NOTA DE DOLOR: FALLECE EL DR. SALVADOR LARRÚA GUEDES

Salvador Larrúa (izquierda) momentos antes de que Eduardo Lolo presentara uno de sus libros en 2016.
Por Eduardo Lolo

El Dr. Salvador Larrúa Guedes, uno de los historiadores cubanoamericanos más importantes de las últimas décadas, falleció en la ciudad de Miami al mediodía del 7 de diciembre. Había nacido en la ciudad de Camagüey el 29 de mayo de 1942 y se caracterizó por una prolífera obra historiográfica y una sólida fe religiosa católica que le valió la persecución del gobierno castrista, a resultas de la cual partiría finalmente al exilio.

En Cuba fue periodista a cargo de la Sección de Economía de la revista Palabra Nueva (órgano del Arzobispado de La Habana), colaborando con temas de Historia, Historia de Cuba, e Historia de la Iglesia. Fue, simultáneamente, Profesor del Seminario Mayor de San Carlos y San Ambrosio de La Habana, así como Director, profesor y fundador de la Cátedra de Humanismo y Sociedad del Convento Dominico de San Juan de Letrán, de la misma ciudad.

Como investigador histórico, ya desde su país natal se caracterizó por un profesionalismo de alto calibre, como demostró en la ampliación y reconstrucción del Archivo Histórico de los PP. Dominicos, la catalogación y clasificación de la Biblioteca de la Iglesia Merced, su Museo y su Archivo Histórico, la reconstrucción y ampliación del Archivo Histórico de la Casa Central de los Padres Paúles en Cuba y del Archivo de la Delegación Franciscana de Cuba, etc.

Una vez en el exilio, fue Director del Centro de Estudios de la Florida Colonial Hispana y de su Archivo Histórico (el mayor Archivo Histórico Colonial de EE.UU.) y Director de la Revista Herencia Colonial de la Florida. Se destacó, asimismo, como Miembro y asesor histórico de la Comisión de Canonización de los Mártires de la Florida. (Martyrs of Florida Missions).

Como escritor, Larrúa fue autor de casi medio centenar de libros, la mayoría de ellos de temas históricos relacionados con la Iglesia Católica en Cuba y la temprana y determinante presencia hispana en la Florida. Entre ellos cabe destacar Grandes Figuras y Sucesos de la Orden Franciscana en Cuba, Historia de la Virgen de la Caridad del Cobre, Reina, Madre y Patrona de la Isla de Cuba e Historia de la Florida Colonial Hispana. Su última obra publicada se titula Juan de Miralles. Biografía de un Padre Fundador de los Estados Unidos, con la que continuaba su esfuerzo por dar a conocer la presencia determinante de los hispanos en el país que lo acogía. Al morir deja inédita, entre otras obras, una voluminosa Historia de la Iglesia Católica en Cuba de 5 tomos.


Su importancia en el campo de la historiografía hispana fue reconocida allende los mares. De ahí que haya sido condecorado con la Cruz Oficial de la Real Orden de Isabel la Católica, investido Comendador de la Imperial Orden Hispánica de Carlos V, y electo Académico Correspondiente en los EE.UU. de la Real Academia Hispanoamericana de Ciencias, Artes y Letras, entre otros muchos premios y distinciones.


Le sobreviven su esposa Noemí García, su hija Vivian Larrúa y varias nietas. A todas ellas, nuestras condolencias y los deseos de un descanso eterno para Salvador. Cuba, la Florida y el Catolicismo pierden con su partida a uno de sus más destacados y fecundos estudiosos.