Monday, September 19, 2022

“Si tanta gente no hubiera apoyado al castrismo lo hubiéramos podido vencer en sus inicios”*



Juan Manuel Salvat (Foto: Cortesía)


Por William Navarrete

MIAMI, Estados Unidos. – De Sagua la Grande, ciudad de la provincia central de Las Villas, eran el gran Antonio Machín y Rodrigo Prats (eminentes de la música), el urólogo Joaquín Albarrán, el pintor Wifredo Lam, el escritor Jorge Mañach y… el librero y editor cubano que durante más años ha ejercido esta profesión, Juan Manuel Salvat. Cincuenta y siete años al servicio del oficio, publicando a autores cubanos en Miami y 82 años desde que vio la luz en la llamada Villa del Undoso. “A los que nacimos en ese pueblo nos anima un sentimiento gregario porque siempre terminamos reencontrándonos y ayudándonos”, enfatiza.

La imagen del “Gordo Salvat” ―como siempre todo el mundo lo ha llamado cariñosamente desde joven sin que a él le resulte molesto ni ofensivo― será siempre la del afable amigo, sonriente y bonachón, vestido con la elegancia cubana de otros tiempos, sudando la gota gorda bajo el implacable verano floridano con las manos ocupadas por cajones de libros, pero con tiempo para detenerse, interrumpir su trabajo y ponerse a conversar con cualquiera de los clientes, amigos o conocidos que penetraba por la puerta de la librería que él mismo construyó en la esquina de la Calle Ocho y la 31 Avenida del South West de Miami.

Durante dos décadas fui visitante fiel y asiduo, además de contertulio, de su librería Universal. Cuando cerró en 2013 fue como si un pedazo ―otro más― de mis vínculos afectivos con esa ciudad y, por ende, con Cuba, desapareciera para siempre. Aquel espacio, creado en medio de la aspereza de una calle que se pobló con la premura de quienes pensaban permanecer solo de paso, representaba para mí lo que oía contar a los mayores sobre las librerías de La Habana. Es decir, un lugar de encuentros sorpresivos con amigos que no pensábamos ver pero que no por eso dejaban de ser amigos o, simplemente, con personas desconocidas que desde aquel primer encuentro nos acompañarían durante toda la vida. Perderse entre los muebles y anaqueles de la librería de Salvat era un viaje al corazón de Cuba (parafraseando el título del excelente libro de Carlos Alberto Montaner, recientemente retomado junto a Miguel Sales).

No por sonriente y bonachón, Salvat no ha sido “de armas tomar”. Nunca mejor dicho, porque antes de convertirse en el editor de la memoria de la otra Cuba, revólver en mano, intentó derribar la dictadura que todavía padecemos. Ni lo pensó dos veces para infiltrarse en la Isla, ni se le aflojaron las piernas cuando, en más de una ocasión, encaró públicamente al régimen que empezaba a violar las libertades individuales más elementales. Confieso que sabía algo de esto, pero que desconocía los detalles de esa etapa antes de convertirse en editor de Lydia Cabrera, Reinaldo Arenas, Enrique Labrador Ruiz, Rosario Hiriart, Luis Mario, Luis Aguilar León, Hilda Perera y muchos autores más.

―Como con todos los entrevistados vamos a viajar a los primeros pasos de tu vida en Cuba: la infancia, tus padres, la familia y los primeros recuerdos…

―La infancia fue una etapa de felicidad absoluta. En Sagua la Grande, el pueblo grande en el que nací, todo el mundo se conocía. Tenía unos 36 000 habitantes cuando terminé el bachillerato en 1957. Mi padre, Manuel Salvat Martínez, era del caserío de Sierra Morena, no muy lejos. Mi madre, Consuelo Roque Olivé, era de Quemado de Güines. Ambos tenían bisabuelos catalanes, pero desde varias generaciones éramos todos muy cubanos. Como mis abuelos paternos tuvieron nueve hijos, mi padre tuvo que empezar a trabajar desde la edad de siete años. O sea, que desde niño trabajó en la finca El Uvero, cargando caña en los vagones y las carretas con el güinche. Digo “empezó” porque al final terminó como administrador de aquella finca. Y cuando se casó con mi madre, montó una bodega, La Casa Salvat, sita en el Mercado de Sagua, que llamábamos “La Plaza”, en cuya planta baja se encontraban las tiendas de víveres y viandas y, en la segunda, los puestos de carnes y pescados.

Juan Manuel Salvat de niño en la bodega de su padre en Sagua la Grande (Foto: Cortesía del entrevistado)

En casa éramos tres hermanos: Gabriel (quien ya falleció en Miami), Teresa (que vive aún en Miami) y yo. De aquella época tengo recuerdos muy gratos, sobre todo de las temporadas de vacaciones en que pasamos los veranos en la playa El Salto. Pero también de las tertulias interminables en el parque principal del pueblo, de sus retretas y de la manera en que le dábamos la vuelta según nuestro estatus civil, casados o solteros.

―¿Dónde cursaste tus primeros estudios y qué recuerdos conservas de esta etapa?

―El preescolar y el primer grado en el colegio de las monjas del Apostolado. A partir del segundo me matricularon en el Colegio de los Jesuitas y ahí estuve hasta que terminé el sexto grado, pues en Sagua no tenían enseñanza secundaria. En el colegio jesuita recuerdo muy bien a profesores como el hermano Parada y el hermano Ibáñez, pero sobre todo al padre Altamira, que era un joven habanero que influyó mucho en todos nosotros, al punto que cuando dejamos la escuela primaria fundamos, gracias a su influencia, la Agrupación Católica de Sagua, para mantener los vínculos con el colegio. Teníamos incluso un programa radial dominical llamado “Justicia Social”. Fue él quien nos enseñó a no perder nunca la fe.


 
Colegio de los Jesuitas de Sagua la Grande (Foto: Tintín Collection)

Luego vinieron los años de estudios secundarios hasta finalizar bachillerato en el Instituto de Segunda Enseñanza de Sagua la Grande. De esa etapa recuerdo que tuve a un profesor de literatura extraordinario. Se llamaba Manuel Gayol y había conocido a Federico García Lorca cuando, tras su paso por Sagua, camino de Santiago de Cuba, se encontró con él. Nos contaba que Lorca le había dicho que usara sombrero para no quedarse calvo, y como nunca le hizo caso siguió sin usarlo y por eso era calvo.

En Sagua entonces había dos librerías, pero yo siempre iba a la llamada La Peña, en la calle Carmen Ribalta 115, cuyo dueño se llamaba Osvaldo Évora. Como era un gran lector me llevaba los libros y luego el dueño le enviaba la factura a mi padre. Tenía, además, a un gran amigo: Marcelino García, quien luego fue rector por 25 años del colegio de Belén en Miami pues se hizo jesuita. Marcelino leía sin parar e influyó mucho en mi aprendizaje como lector y como amigo.Panorámica de los alumnos y profesores del Colegio Jesuita de Sagua la Grande, 1951 

―Llegas a La Habana en 1957 para estudiar Derecho. El ámbito estudiantil era entonces un hervidero. ¿Cómo fueron esos dos años de tu vida en la capital antes de que triunfara la Revolución de 1959?

―Fíjate si todo estaba entonces en ebullición que la Universidad había cerrado. Por esa razón empecé mis estudios en la universidad de los Hermanos de La Salle que recién acababa de ser inaugurada. Tuve que esperar hasta 1959, cuando volvió a abrir la Universidad de La Habana, para entrar en la Facultad de Derecho, aunque en primer año pues no quisieron reconocer lo que habíamos cursado en La Salle. En esa época de estudiante vivía en la residencia que la Agrupación Católica Universitaria de La Habana tenía en las calles Mazón y San Miguel, muy cerca de la Colina.

Recuerdo perfectamente el primer discurso de Fidel Castro. La gente estaba entusiasmadísima con lo que había escuchado, pero a mí no me gustó en lo absoluto. Tengo que decir que, siendo estudiante en Sagua, había tenido la oportunidad de escuchar las conferencias que sobre el marxismo dio un sacerdote rumano llamado Stefanich. Aquello fue determinante porque enseguida me enteré de la realidad de esa corriente y de lo que padecían los pueblos que habían basado en ella sus gobiernos.

Entonces, desde nuestro grupo de estudiantes católicos, Alberto Muller, Ernesto Fernández Travieso y yo decidimos comenzar a publicar un periodiquito llamado Trinchera. Poco después, cuando las elecciones de la FEU ―a las que yo aspiraba como vicesecretario de nuestro grupo y que ganamos― empezamos también a publicar otro periódico llamado Manicato, que era un término taíno. Desde la Agrupación Católica intentamos contrarrestar a los comunistas, cada vez más fuertes dentro de la Universidad. En las elecciones ganamos en algunas facultades, como las de Ciencias Sociales y Derecho Público, la de Ciencias y otras.
La familia Salvat reunida en Sagua la Grande, en 1959 (Foto: Tintín Collection)

―¿Era la época en que Rolando Cubela dirigía la FEU? ¿Qué papel desempeñó entonces?

―Nosotros cometimos el gran error de apoyar a Rolando Cubela en las elecciones, en lugar de a Pedro Luis Boitel. Como todos saben sucedió lo contrario de nuestras previsiones. El que resultó ser un verdadero patriota fue Boitel, del que pensábamos tenía ideas marxistas pues había militado en el Movimiento 26 de Julio y que finalmente murió, tras una larga huelga de hambre, en 1972, a pesar de ya había cumplido su pena de prisión de diez años desde 1961.

En cambio, Rolando Cubela, al que apoyamos por haber sido del Directorio Revolucionario, fue quien terminó expulsándonos de la Universidad y colaborando ciegamente con el castrismo. Aunque a él también lo sacrificaron porque en 1966 fue acusado de participar en un complot para asesinar a Fidel Castro y lo condenaron a 30 años de prisión, de los cuales cumplió 13 hasta que lo liberaron en 1979 y salió rumbo a España donde vive todavía.

Sucedió que el Gobierno recibió en febrero de 1960 a Anastas Mikoyán, el viceprimer ministro de la Unión Soviética. Entonces, el Gobierno organizó una ceremonia en la que Mikoyán depositaría una ofrenda floral en la estatua de José Martí en el Parque Central. Nosotros no podíamos permitir algo así y respondimos con una protesta, la primera organizada contra el castrismo en Cuba, en la que unos 50 miembros de nuestra agrupación y otros estudiantes universitarios nos dirigimos al Parque Central con una corona que representaba una bandera cubana. La policía castrista intervino inmediatamente y nos encarceló. Recuerdo que Alberto Muller se tiró para que no me llevaran preso y resultó que también lo cogieron a él. Nos llevaron para las oficinas de la Seguridad del Estado, en Quinta Avenida y 14, en donde estuvimos toda una noche. A mí me interrogó Abelardo Colomé Ibarra, el tal “Furry”, y me defendí argumentando que yo no era comunista y que por eso me había manifestado, algo que todavía en aquella época podía decirse.

Recuerdo que vino a vernos entonces Octavio de la Concepción de la Pedraja “Tavito”, que había sido compañero nuestro en la asociación, y quien había estado en la Sierra donde había obtenido el grado de teniente. En esa época ya él había dejado nuestro grupo, e incluso estuvo con el Che en Bolivia después en donde murió en 1967. Pero en ese momento creo que tuvo cierta incidencia en que nos soltaran porque él vino a hablar con los mandos del G-2 durante nuestra detención.

―¿En qué momento y cómo Rolando Cubela los expulsa de la Universidad?

―Esto ocurrió de la forma más arbitraria del mundo, como todo lo que tiene que ver con el castrismo. Hubo una primera asamblea pública en la Plaza Cadenas de la Universidad en la que Cubela, al ver cuánta gente de los nuestros nos rodeaba, no se atrevió a amonestarnos. Pero en la siguiente, en que ya éramos menos numerosos, aprovechó para vociferar en público que no merecíamos estudiar en la Universidad. Entonces el grupo comunista empezó a pedir paredón para nosotros y nos cercaron gritando a voz en cuello que nos fusilaran. Quedamos acorralados y nunca más pudimos volver a la Universidad. Esta fue la primera vez, hubo otras en que vi la muerte de cerca, pues en la Cuba de ese momento ya se fusilaba al tutiplén, para usar un cubanismo, a todo el que les molestara.

―¿Qué hicieron entonces?

―Como sabía que iban a venir a buscarme tuve que esconderme. Me refugié primero en el Convento de San Francisco, en La Habana Vieja. Eso sucedió en mayo de 1960. De allí pasamos un grupo a casa de Alberto Alejo Munguía, el administrador de La Polar, casado con la hija de Nicolás Sierra, quien era el presidente de esa cervecera cubana que ya ni siquiera existe en la Isla pues creo que se la llevaron para Venezuela. La casona de ellos tenía la particularidad de que la mitad estaba ocupada por la embajada de Brasil, con lo cual nos era muy fácil hacer los trámites para salir de la Isla directamente en la embajada. El embajador brasilero de entonces, el Sr. Vasco Leitão da Cunha, nos dio enseguida los permisos que necesitábamos y nos escoltó personalmente hasta el aeropuerto de Rancho Boyeros en donde tomé el vuelo, junto a Alberto Muller y Ernesto Fernández Travieso, en aquel verano de 1960, rumbo a Miami.

―Pero tengo entendido que regresan todos a los pocos meses. ¿Cómo era posible?

―En aquella época todavía se podía regresar infiltrándose. Teníamos además la certeza de que podíamos acabar con el régimen y había mucha inestabilidad. Si tanta gente no hubiera apoyado al castrismo lo hubiéramos podido vencer en sus inicios. El caso fue que, ya en Miami, compramos un barquito de 30 pies para entrar en Cuba y empezar a luchar desde dentro. En ese momento habíamos fundado en Miami el Directorio Revolucionario Estudiantil (DRE), anticomunista y anticastrista.

Viajamos a Cuba en diciembre de 1960 y entramos por el Náutico, al oeste de La Habana. Viajábamos Rolando Martínez, al que llamábamos “Musculito”; Manuel Guillot Castellanos (que fue fusilado un tiempo después, en 1962, con 26 años de edad), Miguel García Armengol y yo. El piloto era Kikío Llansó. Ya Muller se había infiltrado un mes antes, de modo que nos reunimos todos en la Universidad de Villanueva y creamos las diferentes células del Directorio para empezar la lucha clandestina. A mí me tocó la sección de Propaganda, mientras que Alberto Muller y Luis Fernández Rocha eran los secretarios generales. En ese momento comenzamos a publicar nuevamente el periódico Trinchera que se imprimía en un “multilí” que manejaba Bernardo Peña. Por otra parte, Mario Albert, un judío cubano amigo nuestro, inventó unos aparatos pequeños y fáciles de manipular que lograban interferir el audio de los canales de televisión y nos permitían pasar nuestros mensajes al pueblo.

En esa época teníamos lo que llamábamos “casas de seguridad”, o sea, lugares en los que podíamos permanecer escondidos. A mí me llevaba de un lado para otro María Odoardo, miembro del Directorio, que se había destacado combatiendo a Machado, a Batista y, en ese momento, a Fidel Castro. Ella tenía auto, y yo no manejaba entonces. Creamos entonces un ejército clandestino a lo largo de la Isla y manteníamos contacto con la UR, el MRP, el MRR y otras organizaciones. Nuestra idea era realizar alzamientos en toda Cuba antes de que llegara la esperada invasión.

―Y la invasión llegó…

―Sí, lastimeramente. Y lo digo porque la idea era que nosotros recibiéramos previamente las armas y que fuéramos avisados con antelación al día de la invasión. Y no sucedió lo uno ni lo otro. Nos enteramos de la invasión como todo el mundo: por la radio y la televisión. Fue cuando ya estaban invadiendo que recibimos el mensaje telegráfico desde Estados Unidos. Se diría que lo habían hecho adrede, para que todo se frustrara.

En ese momento yo vivía bajo otra identidad, la de un tal Juan Sánchez Portela, en la casa de Rufino Moreno y de Julia del Valle, en Nuevo Vedado. Julia era de Sagua y como ya te dije los sagüenses somos muy gregarios y solidarios. Ellos tenían muy buena posición económica y conservaban todavía algo del estatus de antes. El 18 de abril de 1961 vinieron a hacerles un registro. Encontraron mi pistola y cuando intenté escapar me cercaron. Así llegué escoltado por los esbirros del castrismo a La Cabaña. Por suerte, en medio de la confusión, los del G-2 no lograron atar cabos y darse cuenta de que “Juan Sánchez Portela” era en realidad Juan Manuel Salvat. A mí me salvó el hecho de ser gordo y de que todo el mundo me llamara cariñosamente así. En La Cabaña, entre los presos, muchos me conocían, pero como me llamaban “Gordo” y no Salvat, entonces los oficiales no podían hacer la relación. Si no fuera porque para todos era “El Gordo” no estaría aquí haciéndote el cuento.

―¿Cómo logras salir de Cuba por segunda vez?

―La única vía segura era la Base Naval de Guantánamo. Me escondí primero en la Nunciatura Apostólica hasta que vino Julio Hernández Rojas a buscarme para llevarme a Santiago de Cuba. Allí él tenía contacto con los Kindelán que me consiguieron la persona que me llevara hasta la Base para brincar la cerca. Procedimos entonces así. Cuando vi la cerca me dije que no podía brincarla, pero con enorme esfuerzo y raspándome por todas partes, lo logré. Del otro lado había que quedarse quieto hasta que vinieran los marines en jeep a buscarte pues todo el terreno estaba minado y solo ellos sabían por dónde se podía pasar. Me llevaron a una de las galeras y, casualmente, allí me encontré con Rafael Quintero y Manuel Guillot, amigos del Directorio, quienes por su cuenta también habían tomado la misma iniciativa sin que los demás lo supiéramos. Así fue como, a los tres días, viajábamos en un avión militar rumbo a Key West.

―Pero tengo entendido que volviste a intentar infiltrarte en Cuba y llevar a cabo acciones para desestabilizar al régimen…

―En diciembre de 1961 intenté regresar por Pinar del Río. Nuestro enlace en Cuba era Juan (Juanín) Pereira Varela, quien era coordinador del Directorio en la Isla. Le correspondía enviarnos las señales luminosas desde la costa para que procediéramos al desembarco, pero al no recibirlas decidimos regresar a Florida. Juan había estudiado en el Colegio Baldor y era una de las personas más buenas que he conocido en mi vida. A nuestro regreso nos enteramos que lo habían capturado y, con apenas 18 años, lo fusilaron.

Entre tanto, me daba cuenta de que tenía que sentar cabeza pues me había casado con mi esposa, Marta Ortiz Iturmendi, quien también era de Sagua la Grande y con quien tenía noviazgo desde los 15 años (ella 13). Ella había venido para Miami con mi hermana a verme, pero regresó a Cuba antes de mi intento de infiltración, y volvió a salir después de la invasión de Girón, ya definitivamente. Estuvo viviendo con mis padres en Miami hasta que nos casamos.

Aun así, seguí con las actividades del Directorio y conseguimos donaciones para comprar un yate de 31 pies al que le pusimos “Juanín”, el nombre de nuestro amigo fusilado. Nuestra primera misión era infiltrar a Luis Fernández Rocha, pero la operación tuvo un final trágico porque teníamos a un espía dentro de la organización que se ocupó de desmantelarla. El espía era Jorge Medina Bringuier, llamado “Mongo”, quien, por cierto, vive todavía en España, después de haberse ido primero a Berlín Oriental. Era un infiltrado del G-2 pero nuestro compañero Julio Hernández Rojas lo había aupado y lo había metido de lleno en el Directorio dentro de la Isla. Aquello representó el fin de la organización.

―Sin embargo, participas después en una operación militar contra los rusos en Cuba, según he leído en una Cronología cubana hecha por Leopoldo Fornés-Bonavía. ¿Puedes hablarnos de esto?


―En efecto. Un día vienen a vernos José Basulto y Carlos Hernández, a quien llamábamos “Batea”, y nos cuentan que sabían de buena tinta que iba a tener lugar una fiesta de militares rusos en el hotel Rosita Hornedo, que ya habían confiscado y le habían puesto el nombre de Sierra Maestra, sito en la calle Primera de Miramar, cerca de La Puntilla. Entonces conseguimos un cañón de 20 mm y preparamos el viaje con el objetivo de ametrallarlos durante la fiesta. Recuerdo que el 24 de agosto de 1962, día de la operación, dijimos a nuestras esposas que nos íbamos a West Palm Beach. En el barco íbamos Enrique Torres “Quiquito”, Bernabé Peña, Albor Ruiz, Isidro Borja de capitán, Julián y yo. En ruta hacia a Cuba se nos acabó la gasolina, pero por suerte llevábamos un tanque extra. Nos acercamos al hotel y Basulto y Carlos hicieron fuego. Enseguida vimos como apagaron todas las luces. Durante el ataque yo tenía la misión de leer una declaración en la que denunciábamos la presencia de cohetes rusos en Cuba, pero con el nerviosismo no apreté el botón correcto y no pude amplificar la voz.

Regresamos a Cayo Marathon y nos reunimos en el restaurante Minerva, en el Downtown, probablemente el único restaurante cubano en aquel tiempo, y desde allí oímos por la radio que Castro acusaba a Kennedy de aquel ataque, cuando en realidad lo habíamos organizado nosotros solos sin ninguna intervención de la CIA ni del Gobierno estadounidense. En el exilio la gente recibió con mucha efusividad la noticia, e incluso el semanario Zig-Zag Libre, que se publicaba en Miami, nos dedicó varios artículos elogiosos.

―¿Esto puso fin a tus incursiones en el tema del activismo militar contra el castrismo?

―Los estadounidenses hicieron todo lo posible por pararnos. Incluso trataron de quitarnos el “Juanín”. Como nos tenían fichados y no podíamos hacer nada en Florida, entonces montamos una base en la isla Catalina, en República Dominicana, para que muchos del Directorio pudieran entrenarse. Aun así aquello no pudo durar mucho porque Washington presionó al Gobierno dominicano para que nos sacara de allí. A mí me pusieron entonces una orden de restricción que no me permitía salir del Dade County. Con esto, todos nuestros esfuerzos de derrotar al castrismo cayeron al agua y en 1965 cesaron las actividades de nuestro Directorio.

―¿Y qué hiciste?

―Yo tenía ya tres hijos y un hogar que atender. Estaba ya casado con Marta, quien desde entonces sigue siendo mi esposa 60 años después. Fue en ese momento, año 1965, que se me ocurrió vender libros por correspondencia. Y fundar una pequeña casa editorial que se llamó Universal. Mandaba libros a los amigos y les pasaba la factura, pero como ellos tenían mejor situación que yo no se disgustaban, aunque le pusieron a mis ediciones “La Cañona”. Al principio teníamos la oficina en el edificio José Martí, que está (o estaba, porque el otro día pasé por allí y miré sin poder encontrarlo), al comienzo de la Calle Ocho del otro lado de la I-95. Preparábamos desde ese sitio los paquetes para los envíos. Los encargos aumentaban pues teníamos entre nuestros clientes a La Rosa Mística, que hacía muchos pedidos y nos dimos cuenta de que necesitábamos un local.


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Bautizo de la primera librería Universal. En la foto aparecen Marta y Juan M. Salvat, el padre Barbeito, Miguel Suárez Fernández, Ana Remos y Ángel Fernández Varela (Cortesía del entrevistado)

Fue entonces que nos mudamos para la Calle Ocho, entre las avenidas 24 y 25, con un alquiler de $100 mensuales. Ese local es donde se encuentra hoy El Dorado de Manuel Capó, que en aquella época compró los edificios para levantar su negocio allí. De modo que nos mudamos por un tiempo para otro local frente al anterior. Poco tiempo después, mi padre recibió un seguro que había suscrito en Canadá y como acababa de cobrarlo me dio $3 000 y, por otra parte, Rufino Morales y Julia del Valle, aquella pareja en cuya casa de Nuevo Vedado había estado escondido, me prestaron $10 000. Con eso pude comprar el terreno de la Calle Ocho y la 31 en donde mandé a construir el edificio de la librería Universal que todos conocen.


 
La primera librería Universal, de Miami, Calle Ocho y avenida 24 (Foto: Cortesía del entrevistado)

―¿Entonces el local que yo conocí desde mi primer viaje a Miami a principios de los 1990, el de la Calle Ocho y la 31, vino después?

―En efecto, antes de que encargara a principios de la década de 1980 al arquitecto Juan Antonio Rodríguez Jomolga, alias “El Guajiro” (pues era del pueblo villaclareño de Rancho Veloz) y que conocía de mis años de estudiante en el Instituto de Sagua la Grande que me construyera la librería en ese terreno, que pude comprar gracias a un préstamo para negocios pequeños. En realidad, él construyó un edificio de una sola planta, pero como luego necesitamos ampliarnos le encargamos el segundo piso y la ampliación a Miguel Font.

Fue allí en donde comencé a publicar libros por consejo de Ana Rosa Núñez (quien realmente concibió el Fondo Cubano de la Biblioteca de la Universidad de Miami junto a Rosita Abella, y luego Lesbia O. Varona, Esperanza Bravo de Varona y Gladys Blanco). Incluso era ella quien me sugería el nombre de las diferentes colecciones. En aquella época recuerdo que trabajábamos hasta las 10:00 p.m.

―¿Qué o a quiénes publicaste primero?

―Lo primero que publiqué fue una Encíclica del papa Pablo VI y una antología titulada Poesía en éxodo de la propia Ana Rosa Núñez. Agradeceré eternamente a los abogados cubanos quienes, al llegar al exilio, comenzaron a trabajar como profesores de español en muchas universidades de todos los Estados Unidos. Fueron mis mejores clientes durante los primeros años del negocio. Por citar solo un ejemplo, a uno de ellos, José Sánchez Boudy, quien era profesor en la Universidad de Greensboro, Carolina del Norte, y a quien publiqué unos 100 títulos, entre ensayos, diccionarios, manuales de español, etc.

Al principio imprimía con mi tío Oscar Echevarría, que tenía una imprenta en Miami, en la 22 Avenida, y después conseguí con Francisco Gordo Guarinos publicar en su imprenta en Barcelona, un contacto que le debo a Carlos Alberto Montaner, que lo conocía. Esto fue antes de seguir imprimiendo en Miami.

En aquella época Lydia Cabrera, que vivía en Miami desde 1960, me llamaba “El bodeguero de la Calle Ocho”. Tenía mucho sentido del humor y vivía en un apartamento en Coral Gables, cerca de la 37 Avenida, con Titina Rojas. Ella también fue de las primeras que publiqué e iba mucho a visitarla con Celedonio González. En esa época publiqué a escritores, investigadores e historiadores como Rosario Hiriart, a Calixto Masó (que era profesor en Chicago), a Matías Montes Huidobro y Yara Montes (que eran profesores en Hawái), al historiador Enrique Ross, a la propia Ana Rosa Núñez, al coleccionista y crítico de arte José Gómez Sicre, antologías de Julio Hernández Miyares y Hortensia Ruiz del Vizo, a Rita Geada, Armando Álvarez Bravo, César Mena, Josefina Inclán, Luis Mario, Rogelio de la Torre, José Ángel Buesa, Amelia del Castillo, Guillermo de Zéndegui, Guillermo Cabrera Infante, Manuel Fernández Santalices, Luis Aguilar León, Jorge Mañach y más tarde a Cristóbal Díaz Ayala, Ofelia Martín Hudson, Olga Rosado, Uva de Aragón, René Touzet, al padre Miguel Ángel Loredo, Severo Sarduy etc.


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Librería Universal. En la foto: Marta, Juan Manuel y Martica Salvat con Guillermo Cabrera Infante y Myriam Gómez (Cortesía del entrevistado)

El catálogo fue creciendo con el tiempo, como sabes, pues incluso después del Mariel publiqué a Reinaldo Arenas, Lourdes Casal, Heberto Padilla, Nivaria Tejera, Carlos Victoria, Armando Chávez Rivera, Vicente Echerri, Carlos M. Luis, Carmelo Mesa-Lago, Rafael Rojas, Gustavo Pérez-Firmat, María Elena Cruz Varela, Esteban Luis Cárdenas, José Miguel González-Llorente, Concepción Alzola, Gladys Zaldívar, Ángel Cuadra, Roberto Valero, Luis de la Paz, José y Nicolás Abreu Felippe, y muchos más. Incluso saqué a la luz los últimos tres tomos inéditos de los nueve que conforman la valiosísima Historia de Familias Cubanas, de Francisco Xavier Santa Cruz y Mallén, conde de San Juan de Jaruco, y varios tomos de apuntes para la historia de la farándula en Cuba del compositor y presentador de radio y televisión Rosendo Rosell. Sin contar la gran cantidad de clásicos cubanos como La Edad de Oro y otras muchas obras de José Martí, Cecilia Valdés, Espejo de paciencia, Contrabando (de Enrique Serpa), Mi lucha (de Gerardo Machado), las poesías completas de Julián del Casal, la Condesa de Merlín, la Avellaneda, El Cucalambé, Carlos Loveira, Alfonso Hernández Catá, Emilio Bacardí, Luis Felipe Rodríguez, Virgilio Piñera y cientos más…

La librería Universal en Miami (1980-2013), Calle Ocho y avenida 31 (Foto: Cortesía del entrevistado)

―Vendes el edificio de la librería en 2013. ¿Sientes nostalgia de esos 47 años como librero? ¿Sigues publicando?

―Mucha nostalgia. La librería de la Calle Ocho y la 31 acogía además del espacio para la venta de libros y las oficinas, el almacén y un salón en la planta alta para las presentaciones. Por allí desfilaron, como sabes por haber sido tú mismo uno de los que presentó y fue presentado allí, todos los autores de paso por Miami, no solo los cubanos, sino también latinoamericanos y españoles. Fueron años de muy lindos encuentros, en que bajaba a la librería y me encontraba siempre con dos o tres amigos que venían a hacer tertulia.

Por allí pasaba todo el mundo porque estaba en un lugar muy céntrico. Un día, por ejemplo, estaba con Armando Couto, al autor de las muy famosas aventuras de Los tres Villalobos que empezó a transmitir Radio Cadena Azul en Cuba, en la década de 1940 y también de las historietas de Tamakún, el vengador errante, cuando vimos pasar por la acera a la gran poetisa cubana santiaguera Pura del Prado. El exilio y la ausencia de Cuba la habían afectado mucho, de modo que ya en esa época cometía algunas excentricidades involuntarias pues no estaba bien de los nervios y se paseaba sola por las aceras de la Calle Ocho de modo que no pasaba desapercibida.

―¿Qué hace Juan Manuel Salvat hoy día?

―Sigo publicando libros, no la misma cantidad que antes, pero en este año ya llevamos siete. Además de distribuirlos, según los pedidos, a universidades, instituciones y privados. También mantengo la conexión con la gente del Directorio, pues quedan como unos 150 vivos. Sirvo de enlace, enviándoles noticias de Cuba y, en ocasiones, firmamos un documento (como cuando la represión del 11 de julio de 2021 llevada a cabo por el régimen cubano, momento en que lanzamos un manifiesto). Según mi esposa me paso el día trabajando. También me reúno con grupos de amigos, ahora vamos a Casa Cuba, que acaba de abrir Felipe Valls, cerca de Sunset Drive. Sin contar que con mis cuatro hijos (Marta María, María Cristina, Juan Manuel y Miguel Ángel) la familia ha crecido, tanto en nietos como en bisnietos. En realidad, no me queda mucho tiempo libre y el poco del que dispongo lo empleo en leer, algo que siempre he hecho y haré hasta que Dios me llame.

*Tomado de Cubanet

Tuesday, September 13, 2022

El teatro latinoyorkino

Por PEDRO R. MONGE RAFULS


En el siglo XIX, la mayor parte del teatro neoyorquino (obras y actores) se encontraba dominada por el teatro inglés; sin embargo, aunque no reconocida oficialmente, la presencia latina se desarrollaba ampliamente en la ciudad a través de las distintas manifestaciones artísticas de los inmigrantes, principalmente cubanos y puertorriqueños, también de otros países latinoamericanos. Desde los primeros años de la segunda mitad del siglo XIX, los cubanos exiliados por la guerra independentista, muestran una presencia dominante en la escena. En Patria, el periódico de José Martí, aparecen datos sobre ese teatro de los exiliados independentistas, donde encontramos características interesantes que nos permiten perfilar la dualidad del teatro que se montaba: uno serio y otro, más ligero, siguiendo las pautas del vernáculo cubano, con música y picardía. En 1851, encontramos un dato importante históricamente: ya hay menciones de que existían espacios teatrales para el público que hablaba español. La mayor cantidad de representaciones se hacían con el propósito de recaudar fondos para la guerra que se libraba para alcanzar la independencia de España, y se llevaban a cabo en los clubes políticos, cívicos, o artísticos, de la variada comunidad de aquel entonces, como el Club de Damas Cubanas, y el Club Lírico Dramático Cubano; el nombre de este último nos invita a pensar que en New York había actividad continua de las artes escénicas en castellano, y que estrenaron obras que hoy, la mayoría, lamentablemente, como sucede en todos los países latinoamericanos, están pérdidas. Entre las referencias que han llegado a nosotros, se encuentran obras escritas por patriotas cubanos, a los cuales no les permitían estrenar o publicar en Cuba. 

Diego Vicente Tejera
En 1854 se publica Abufar o La familia árabe del gran poeta José María Heredia (1803-1839), a pesar de que había sido estrenada en 1833. Justo Eleboro es otro autor que en 1864 estrenó y publicó El rico y el pobre en New York. Francisco Víctor Valdés, en 1869 escribió dos cuadros de la insurrección cubana para la Junta de Señoras de New York. En 1874, Luis García Pérez estrena y publica El Grito de Yara. Un año después, en 1875, La muerte de Placido de Diego Vicente Tejera Calzado fue estrenada por el Club de Damas. El colombiano Joaquín María Pérez estrena, el 29 de diciembre de 1877, en el teatro Francés de New York, su epopeya en tres actos y en verso, El Moctezuma, en la cual, apreciamos dos características que continúan apareciendo en nuestros días, permitiéndonos hablar de particularidades y trayectoria en el teatro latinoyorkino: una obra escrita en New York para satisfacer los intereses de la comunidad hispana de ese momento, que incluía tanto a cubanos, como peruanos y colombianos; o sea, podemos notar, tal como sucede hoy, la mezcla creativa de artistas de distintos acentos por pertenecer a diferentes nacionalidades en la misma producción teatral: el autor de El Moctezuma era colombiano, el tema cubano, el productor peruano y los actores, se desprende lógicamente, de distintas nacionalidades, teniendo en cuenta que muchos puertorriqueños hacían teatro. “Según podemos darnos cuenta al leer sobre esas obras, la premisa de las mismas es clara, y su técnica de escritura teatral se realiza en su mayoría ‘mezclando la realidad con el romance sentimental y un final heroico’”. El estudio de cómo ha evolucionado la técnica de la escritura teatral está por hacerse.

Otra obra de la que se encuentra registro es La fuga de Evangelina, juguete en cuatro cuadros y en verso, por el periodista, escritor y pedagogo cubano Desidero Fajardo Ortiz (1852-1905), quien usó el seudónimo El cautivo. La obra fue escrita expresamente para el grupo de aficionados del club de niñas Las Dos Banderas, lo que introduce otro grupo teatral. Fue estrenada en el Carnegie Lyceum el 22 de enero de 1898. En el centro de la escenografía se mostraba la Estatua de la Libertad, lo cual causaba admiración. Esta obra fue publicada por la Casa editorial A. W. Howes. Kanellos habla de una presentación que se realizó a finales del siglo, en el Central Opera House el 16 de enero de 1899, con el propósito de recaudar fondos para el sepulcro de José Martí.

Está claro: las presentaciones teatrales se llevaron a cabo por gran parte del siglo, hasta el fin del mismo. Lamentablemente, nada, o muy poco, se ha documentado de la actividad de nuestros teatristas, novelistas, pintores y otros artistas del siglo XIX. Sirva esta breve introducción para considerar que no eran hechos aislados y que existe una trayectoria hasta hoy. En el siglo XX, además de las obras del bufo cubano y zarzuelas españolas, presentadas en Tampa en el XIX, que viajaban a New York, comienza la existencia de actividades culturales y teatrales de inmigrantes puertorriqueños, dominicanos y de otros latinoamericanos.



En los primeros años del siglo XX, comenzaron a inmigrar a New York cantidades de españoles, que “fundaron centros sociales y organizaciones para satisfacer sus necesidades culturales y sociales. (…) El pasar una noche en un centro era el participar en varias actividades sociales y culturales. Uno bailaba, pero también oía recitales de poesía, veía obras de teatro y oía conferencias”. Los españoles, reunidos en estos clubes según su territorio en España: El Centro Andaluz, El Centro Asturiano, etc., presentaban zarzuelas y comedias españolas. Debido al oscurantismo que se despliega sobre la gran cantidad de antillanos y sudamericanos, regularmente, antiespañoles, que estaban organizados social y artísticamente fuera del ambiente ibérico, como vimos en las actividades del siglo XIX, a los españoles, erróneamente, se les ha considerado como los “pioneros” de la cultura “hispana”, ignorando a todos esos latinoamericanos. Fue la temporada 1921-1922 cuando La Compañía de Teatro Español comenzó su historial en el Teatro Princess, en la calle 39, con El genio alegre de los Hermanos Álvarez Quintero. Surgieron importantes actores como Marita Reid, que llegó a actuar en Broadway, en inglés. Este movimiento español, mal nombrado por algunos como “El siglo de oro del teatro hispano en New York”, duró poco y desapareció a finales de la década del treinta, cuando finalizó la Guerra Civil Española y a principios de la Segunda Guerra Mundial. Otros dos actores famosos en la época fueron: el español Manuel Aparicio y el cubano Edelmiro Borrás, al que se llamó “Padrino del Teatro en Español”. Y el cambio se hace visible en la comunidad: la mayor población de habla castellana vuelve a ser caribeña, sobre todo, puertorriqueña; y, según se puede notar, no gustaba tanto de las comedias y zarzuelas españolas, sino de revistas musicales y piezas cubanas y puertorriqueñas, más abiertas tanto en el ritmo musical como en los temas, ambientes y la estructura de la puesta en escena. En la temporada teatral 1937-1938 se vendió medio millón de entradas en el Teatro Hispano en Harlem, teniendo en cuenta que la población de habla castellana era de 135,615 personas. 

En octubre de 1940, se presentó De Puerto Rico a New York de Frank Martínez. Era notorio el estilo popular antillano de las obras. Otros títulos: en 1940 se presentó La peluquera de Nicolás Ruilópez, bajo la dirección de J.V. Balbona; En marzo de 1941, Mutualista Obrera Puertorriqueña presentó La cuerda floja de José Echegoyen, bajo la dirección de Andrés De León y con la actuación del “aplaudido actor venezolano” Don Luis Mandret. El 17 de octubre de 1941, El Conjunto de Arte Hispano presenta dos obras: El negro que tenía la visión clara y La perla de las Antillas de Jesús Solís, dirigidas por Luis Mandret; en 1943, en el Chalet de D’Or, en el Bronx, se monta Juan José, original del “Escritor del Pueblo” Don Joaquín Decenta. Notemos la variedad de grupos que existían. Las obras se presentaban una sola vez y regularmente las funciones, como en el siglo XIX y los españoles de principio del XX, eran parte de un programa con baile o variedades. Alrededor de 1945, surge un acontecimiento transcendental que cambió al teatro latino: el actor dominicano Rolando Barrera fundó el Grupo Futurismo, que comenzó a hacer cuatro funciones los fines de semana, un hecho revolucionario. El Grupo Futurismo presentó obras europeas y piezas del mismo Barrera, quien era dramaturgo. Debido a las presentaciones del Grupo Futurismo, durante las décadas de 1940 y 1950, el Teatro Master en la calle 103 y Riverside Drive, se dio a conocer como el centro del teatro hispano en New York. En 1950, Edwin Janet y un grupo de actores, fundaron el grupo La Farándula Panamericana en el Teatro Belmont de la calle 48 en Manhattan.


Otro hecho importante ocurre en 1954 (en algunos datos, aparece 1953), cuando sobresale el buen teatro puertorriqueño, ya no el teatro de estilo popular, con la puesta en escena de La carreta de René Marqués (1919-1979), dirigida por el joven actor, director y dramaturgo Roberto Rodríguez Suárez (1923-1999). Fue un éxito total, porque creó el fenómeno de atraer a la comunidad puertorriqueña, que nunca antes había respondido al teatro que trata sobre la inmigración del campo boricua a los barrios pobres de San Juan y desde allí, a New York. Retrataba gran parte de la población boricua-neoyorquina del momento. Roberto Rodríguez se unió a la actriz puertorriqueña Miriam Colón (1936-2017) y fundaron el Nuevo Círculo Dramático, el primer grupo que tuvo un espacio propio con sesenta sillas. Sin embargo, después del éxito de La carreta y la presentación de varias obras cubanas, puertorriqueñas y españolas, fue cerrado por el Departamento de Bomberos a los casi cuatro años de fundado, por algunas irregularidades en el local. Entonces, Miriam Colón funda The Puerto Rican Traveling Theatre, cuyo propósito era representar en su espacio y viajar por parques de la ciudad. El hecho le da presencia y prestigio a la escena latinoyorkina. Miriam fue una de los actores latinos que actuó en el cine y la TV estadounidense.



A mediados de los años sesenta, con la llegada de varios directores y actores exiliados cubanos anticastristas se montan obras del repertorio habanero, surgen y desaparecen algunos grupos y llegan personajes como el reconocido director cubano Eric Santamaría, que comienza un nuevo movimiento cuando funda una escuela de actuación, la primera noticia que tengo de algo similar. De ese taller surgen algunos actores que adquirieron prestigio en el teatro latinoyorkino, muchas veces, trabajando en el teatro y la TV estadounidense. Es imposible mencionar a todos los que daban brillo a los escenarios entre los sesentas y los noventas: pero es necesario recordar a los actores: Miriam Cruz (Puerto Rico); Teresa Yenque (Perú); Mirtha Cartaya (Cuba); Margarita Martínez Casado (Cuba); Ilka Tanya Payán (República Dominicana); Elizabeth Peña (Cuba); Manolo Martínez (Cuba), Larry Ramos (Puerto Rico); Mateo Gómez (República Dominicana); Doris Castellanos (Cuba); Emma Vilvas (Cuba); Juan Carlos Wolf (Argentina); Olga de Carlos (Puerto Rico); Tony Díaz (Panamá); Víctor Fragoso (Puerto Rico); Milo Salazar (México); Cecill Villar (Ecuador); Marta de la Cruz (Puerto Rico); Virginia Rambal (México, premiada por un OBIE 1996), Juan Granda (Cuba); Juan –John—Monge (Cuba); Bimbo Rivas (Puerto Rico); Nelson Tamayo (Ecuador); René Troche Puerto Rico).

En 1966, varios inspirados teatristas cubanos y puertorriqueños –Oscar García, Antonio González-Jaén, Gladys Ortiz, Benjamín López, Frank Robles y Elsa Ortiz–, bajo la inspiración del cubano Max Ferrá, que estudió en el Actors Studio, se unen y fundan ADAL, que tiempo después cambió el nombre a INTAR (International Arts Relation, Inc.), quedando totalmente bajo la dirección de Ferrá, que en 1974 recibió el Premio del Estado de New York por su contribución al teatro. Audaz comenzó todo un movimiento teatral que repercutió en New York y en resto del país. Se fundaron más de quince grupos en español, en inglés y en spanglish, como fue el caso de los nuyorican, que marcaron un movimiento particular, incluyendo la publicación de dos antologías por el profesor John V. Antush. 
El empuje era constante: casi todos los grupos tenían un espacio propio; la ciudad, el estado y corporaciones privadas auspiciaban la intensa y variada actividad teatral (también había muchas actividades literarias y de artes plásticas). Cada obra se presentaba por un mínimo de doce funciones.Entre aquellos grupos que se presentaban bajo distintas miradas, según sus fundadores, que se incluyen en paréntesis, se encontraban: INTAR (Max Ferrá. Ver arriba); Repertorio Español (Gilberto Zaldívar, René Bush, Luz Castaño, Frances Druckers); Teatro Rodante Puertorriqueño (Miriam Colón, Frances Druckers, George Edgar, Stella Holt, José Ocasio, Aníbal Otero); Duo Theatre (Manuel Martín y Magaly Alabau); Centro Cultural Cubano (un grupo de artistas e intelectuales cubanos); Instituto Arte Teatral/IATI (Abdóm Villamizar); Latin American Theatre Ensemble/El Portón (Mario Peña y Margarita Toirac); Nuestro Teatro (Luz Castaño); Caras Nuevas (David Zúñiga); El Nuevo Teatro Pobre de América (Pedro Santeliz); Latin Insomniacs (Pedro Pietri y P. Meléndez); Nuyorican Poets Café (Miguel Algarín); Puerto Rican Bilingual Workshop (Carla Pinza); El Teatro Ambulante (Bimbo Rivas).  



Las actividades no se limitaban a Manhattan. En el Bronx se localizaban: Ricans Org. For Self Advancement Theatre (Rose Falcón); Tremont Art Group (Carmen Márquez) y Pregones Theater (Rosalba Rolón, Alba Colón, Jorge B. Merced); Hispanic Drama Studio (Roberto Maurano). En Brooklyn: TEBA (Héctor Luis Rivera). El grupo obtuvo un OBIE 1996. En Queens, en 1977 comenzó OLLANTAY Center for the Arts (Pedro Monge Rafuls) que contaba con una galería y programa de Literatura, además de teatro viajero que presentaba en los espacios de los centros cívicos de las distintas nacionalidades latinoamericanas.  Alrededor de 1981 Dumé Spanish Theatre (luego, llamado Thalia Spanish Theatre) fundado y dirigido por el reconocido director cubano Heberto Dumé en Manhattan, se radicó en Queens. 
Muchos grupos se salían del clasicismo para presentar obras de dramaturgos residentes en New York. Además, existían tres grupos de teatro infantil: El Quixote (Osvaldo Praderes), que presentaba teatro multicultural antes que se conociera el término; The Bubbles Player (Manolo Martínez, Myrna Colón) y The Hispanic Shadow Puppet Theatre of New York, que junto con un grupo estadounidense en Queens, era el único grupo de sombras chinescas de la ciudad. Su fundadora y directora, Nancy Delbert, había estudiado la técnica en China. Tenía un popular programa infantil en la TV cubana cuando se exilió de la dictadura castrista en New York. Además, The Tutti Frutti (Pablo de la Torre) fue, posiblemente el primer grupo Queer de la ciudad. Fundado por homosexuales versionando con tema Queer las zarzuelas y musicales, principalmente dirigido a la audiencia homosexual, aunque no discriminaban. Los grupos no solo presentaban teatro: INTAR tenía un taller de actuación, bajo la dirección de la cubana Doris Castellanos y un Playwrighting Workshop, bajo la dirección de la también cubana María Irene Fornes, reconocida en el mundo Off Off Broadway. Igualmente, existían Talleres de Actuación y Dramaturgia en Puerto Rican Traveling Theatre. OLLANTAY Center for the Arts, además de publicar una revista teatral, invitaba a conocidos dramaturgos de América Latina para dirigir su Playwrighting Workshop. De estos tres talleres salieron importantes dramaturgos de New York y de todo Estados Unidos. Lamentablemente, a mediados de la década de los noventa, los grupos, espacios y representaciones comenzaron a disminuir debido a la muerte o el retiro de los fundadores y directores de los grupos. En el 2022, las obras, como en los primeros años del siglo XX, se representan una sola vez en los varios festivales que se llevan a cabo para poder representar.


No podemos obviar otra actividad del teatro latinoyorkino: todos los latinoamericanos que han actuado o, de alguna manera, participado en Broadway o en Off Off Broadway de forma significativa, entre ellos: José Quintero (1924-1999), un director panameño que, en 1949, se convirtió en una figura importante de Broadway, cuando dirigió Summer and Smoke de Tennessee Williams (1911-1983). Dirigió las obras de Eugene O’Neill, dándole una mirada clave al dramaturgo y a su teatro. En 1951, cofundó Circle in the Square, un importante teatro que aún persiste y que fue el inicio de Off Off Broadway. Los cubanos Desi Arnaz, nacido en Santiago de Cuba, y Mel Ferrer, de padres cubanos, actuaron en Broadway, al igual que los puertorriqueños José Ferrer, Rita Moreno y Chita Rivera; la cubana venezolana María Conchita Alonso. En Broadway se han montado obras de latinos como Cuba and His Teddy Bear del cubano-puertorriqueño Reinaldo Povod, protagonizada por Robert De Niro. El puertorriqueño Miguel Piñero obtuvo éxito con Short Eyes, ganadora del Best American Play en 1974, otorgado por New York Drama Critics’ Circle y el OBIE 1974 por mejor obra americana. El nuyorican Nicholas Dante, coautor de A Chorus Line, ganó un Tony Award en 1976 y se convirtió en el primer latino ganador de un Premio Pulitzer de Drama. Luis Valdez, un chicano, vio su obra Zoot Suit en Broadway en 1979. En el 2003, el cubano Nilo Cruz presentó Anna in the Tropics. Emilio Estefan produjo On Your Feet!, en Broadway en 2015, un musical escrito por Alexander Dinelaris Jr., no por un dramaturgo latino, basado en la historia de amor con su esposa, Gloria.

La rica y variada historia del teatro latinoyorkino no termina, quizás alguien interesado en la memoria histórica del teatro, se dedique a rescatarla. Obligado por el espacio, estos apuntes incompletos terminan aquí.

*Tomado de Plenamar


Tuesday, September 6, 2022

Una bocanada de aire fresco*

 


Por Eugenio Yáñez


En su texto "El Gato Tuerto", Alejandro Armengol tocaba aspectos de aquella Habana que Guillermo Cabrera Infante magistralmente describió tantas veces.

Entre los comentarios a ese trabajo de Armengol, el de Blanca Acosta sobre Miriam Acevedo cantando Ponme la mano aquí, Macorina, en ese mismo gato con un solo ojo, frente a los de varios comentaristas que demostraban que algunos cubanos no tienen ni idea de aquella época, me pusieron a pensar en esa Habana irreverente, cálida, bohemia, elegante, popular, sofisticada, febril, sencilla, simplemente maravillosa.

Y hoy, como bocanada de aire fresco, al menos para mí, quiero contar un poco de mis recuerdos, sin orden ni concierto, y sin pretensiones intelectuales o literarias, ni de investigación histórica, sino simplemente de ‘descarga’, como se decía entonces. Y aunque mi intención no es politizar el tema, si quiero mencionar algunas cosas que vendrán a la mente de muchos, mostrar los “avances” de la llamada revolución cubana y cómo “perfeccionó” aquella deliciosa vida nocturna y diurna habanera.

No voy a hablar de La Habana anterior a 1959 -no tengo vivencias para ello- sino de la de los primeros años de la década de 1960, cuando La Bodeguita del Medio, en La Habana Vieja, no abría los domingos, y cuando se decía que La Rampa no era una calle en El Vedado, sino un estado de ánimo. Al decir del difunto Luis García, de El Rincón del Filin de Miami, durante los años 50 y 60 del pasado siglo, en una milla a la redonda, a partir de L y 23, La Habana concentraba más bares, night clubs y cabarets que todo el Estado de La Florida en esa misma época.

Y así fue. Siguió siendo la ciudad del vacilón, incluso durante las movilizaciones de enero de 1961, los combates de Bahía de Cochinos, o la Crisis de Octubre de 1962, que no impidieron que bares, night clubs, cafeterías, cabarets y restaurantes funcionaran como de costumbre, y los trasnochadores que salían de madrugada de tales emporios vieran milicianos con las “cuatro bocas” o los cañones antiaéreos con redes de camuflaje emplazados en las aceras del Malecón, desde el Hotel Riviera hasta La Punta.

Aquella Habana única e irrepetible fue capital del ambiente nocturno hasta la execrable Ofensiva Revolucionaria que en 1968 asesinó la ilusión, derribó La Gruta, convirtió a La Zorra y al Cuervo en milicianos, y al Gato Tuerto en militante del partido comunista. Aquella Habana para infantes difuntos, la Ofensiva Revolucionaria la convirtió en una Habana difunta para infantes, adultos y ancianos.

Piensen por un instante en la esquina de L y 23, cuando todavía no existía Coppelia y el actual cine Yara se llamaba Radiocentro. En el lujoso Hotel Habana Libre, antiguo Hilton, podía desayunarse, almorzar o comer en su cafetería de la planta baja, o disfrutar del variado menú en El Polinesio. En el piso 25, el Sugar Bar y el Cañaveral, después de la confiscación pasaron a llamarse Turquino y otro nombre que ahora no recuerdo. Allí se podía beber hasta altas horas de la madrugada oyendo tríos en vivo. En el segundo piso, junto a la piscina, se podía disfrutar de Las Cañitas, tomando cerveza, daiquirí o ron Collins.

O cruzar la calle L hasta el Ember’s Club, antiguo Café de Los Artistas, de Otto Sirgo (posteriormente nombrado Bulerías), y saborear una excelente pizza napolitana por 70 centavos y macarrones con jamón por 80. O bajar por la acera del Radiocentro hasta L y 21, donde estaba el edificio del Retiro Odontológico, con una excelente, iluminada y limpia cafetería-restaurant de autoservicio en la planta baja. Y un poquito más cerca del cine estaba La Cuevita, ideal para un excelente y económico almuerzo.

Bajando por 23, en la acera de enfrente del Habana Libre, estaban El Mandarín, especializado encomida china, la Cafetería CMQ, y el Bar Alaska. De la acera de enfrente, en las instalaciones del Habana Libre, la empresa Cubana de Música Indirecta hacia agradable el ambiente a quienes contrataran sus servicios, con música instrumental todo el tiempo, sin consignas ni “teques”, y otra emisora transmitía en idioma inglés.

Rampa abajo, a un lado de la calle se encontraban los bares-clubes Tikoa, La Zorra y el Cuervo, y La Gruta, este último abierto hasta las cinco de la mañana, los demás hasta las dos o las tres; las cafeterías Wakamba, Karabalí, Balalaika, y el magnífico cine Arte y Cinema La Rampa, al que se podía acceder desde la calle o desde la cafería que hacía esquina a su lado, y que estrenaba películas simultáneamente con el Arenal, en la calle 41, después del Puente Almendares, muy cerca del reparto Kohly. Y por si fuera poco, en 23 y M, al fondo del Habana Libre, la lujosa funeraria Caballero.

Por la acera de enfrente a la funeraria, bajando por La Rampa hacia Malecón, estaban el Pabellón Cuba, otro bar bajando escaleras en 23 y N, y el Club 23 un poco más alante. Después, la Casa de la Cultura Checa -oasis socialista de buen gusto y elegancia frente a la tosquedad de “los bolos”- y al final de la calle el centro comercial La Rampa, con nada que envidiarle a los actuales Malls de Miami. Mientras en calles cercanas, muy cerca del mar, reinaban los hoteles Capri, Nacional, Saint’s John, Vedado y Flamingo, con bares, shows y descargas fabulosas en los cabarets Salón Rojo del Capri, El Parisién del Nacional, El Caribe del Habana Libre y el Copa Room del Riviera.


Muy cerca, los elegantísimos restaurantes Monseigneur, donde tocaba y cantaba el inigualable Bola de Nieve; La Roca, con Frank Emilio en el piano; La Arboleda del Hotel Nacional; La Torre y El Emperador, los dos en el edificio FOCSA, así como el bar-club El Escondite de Hernando y el cabaret Las Vegas, cerca de Infanta. Otros de lujo estaban algo más alejados, como el elegante 1830, en la desembocadura del río Almendares, o Casa Potín, en Línea y Paseo. Más campechanos y cercanos, Rancho Luna, Montecatini y Club 21, y bares-clubes como La Red y El Rocco.

No pretendo mencionar ahora Tropicana, el paraíso bajo las estrellas; ni caminar por las calles Línea o Calzada, ni subir por 23 hasta 12, pasando por El Carmelo y El Castillo de Jagua; y mucho menos llegar a la zona del Parque Central, en el Prado habanero, y sus hoteles, bares y cabarets circundantes, incluidos el Sevilla, el Sloppy Joe’s y El Floridita. Ni recordar que muchos, tras salir de esos maravillosos centros habaneros que se encontraban por todas partes, iban a tomarse una sopa china, o a un Mar-INIT, a comer camarones con mayonesa y ketchup.

Ni irme por la calle 17 hasta el club Imágenes de Frank Domínguez, o al Cabaret Sierra en Cristina y Luyanó, o al mítico Alí Bar, en las afueras de La Habana, con Benny Moré y las inconfundibles voces que cantaban junto a él, como Fernando Álvarez, Orlando Vallejo o Celeste Mendoza. Ni a las más humildes descargas de la zona de bares y cabarets de la Playa de Marianao, como Pensilvania, Rumba Palace o Panchín, territorio por donde habían deambulado clientes como Marlon Brando, Ava Gardner, Agustín Lara y Errol Flynn, y actuaban leyendas cubanas como el timbalero El Chori.

Sin embargo, si de descargas se trata, es imprescindible mencionar las de Su Majestad Elena Burke, la Señora Sentimiento, con su guitarrista Froilán Amézaga en el Scherezada, a un costado del edificio Focsa, con cojines para sentarse en el piso, pues no había sillas.

Y las de madrugada en el Pico Blanco, en el piso 15 del Saint’s John, donde espontánea e intermitentemente desfilaban y compartían ratos maravillosos y tragos junto al piano figuras de la talla de José Antonio Méndez, César Portillo de la Luz, Pacho Alonso y Felo Bergaza, entre más.

O las otras descargas improvisadas en cualquier lugar nocturno de esa Habana vigorosa e incansable, donde podía encontrarse a Marta Valdés, Moraima Secada, Doris de la Torre, Myriam Acevedo, Omara Portuondo, Frank Domínguez, Martha Strada, Soledad Delgado, Marta Justiniani, Meme Solís o Blanca Rosa Gil.

¿Por qué hubo que destruir todo eso? ¿En función de qué? El régimen ha tratado de reconstruir algunos de esos centros emblemáticos, pero, como siempre, cada vez que lo intenta se queda corto y le falta “feeling”.

*Publicado originalmente en Cubaencuentro

Friday, September 2, 2022

‘La voz en el tiempo’, antología poética de Ángel Cuadra


 

POR MANUEL C. DÍAZ

ESPECIAL/EL NUEVO HERALD

28 DE AGOSTO DE 2022 11:00 AM

 

Justo al cumplirse un año del fallecimiento de Ángel Cuadra, ex prisionero político, poeta y uno de los fundadores del Pen Club de Escritores Cubanos en el Exilio, la Academia Norteamericana de la Lengua Española ha publicado, La voz en el tiempo, una abarcadora antología poética (preparada por el mismo Cuadra) que reúne su obra escrita entre los años 1957 y 2018.

Incluidos están, aunque no en un orden cronológico, tanto sus primeros poemarios -Peldaño (Talleres Ucar García, 1959), Tiempo del Hombre (Hispanova, 1977), Impromptus (Solar, 1977), Poemas en correspondencia (Ediciones Solar, 1979)- como los que siguieron: Esa tristeza que nos inunda (Playor, 1985), Las señales y los sueños (Premio Amantes de Teruel, 1988), La voz inevitable (Universal, 1994) y De los resúmenes y el tiempo (Universal, 2003).

Por su propia extensión, la obra poética de Ángel Cuadra ha transitado por los más variados estilos. Pero uno de ellos, el soneto, es el que predomina. Siempre he pensado que esta es una de las composiciones poéticas más complejas que existen. Sin embargo, leyendo los de Cuadra, no deja de sorprenderme cómo logra, con aparente facilidad que, en catorce versos endecasílabos, distribuidos en dos cuartetos y dos tercetos, el primero rimase con el cuarto y el segundo con el tercero, como hizo en Diez sonetos ocultos (Universal, 2000), cuando nos dijo: “Y trazará tu mano en el abismo/ los signos del amor con letras de humo;/ vivo silencio que habla, y que resumo/ en diálogo interior conmigo mismo. / Asomará en tu rostro el espejismo/ de un beso de ternura que presumo/ en demorada oferta, y que consumo/ en la pura estación del idealismo.”

La temática en su obra, como los estilos, también fue variada. Pero es el tema del amor el que siempre estuvo presente. No solo en los sonetos, como ya vimos, sino en sus versos libres por igual, como este que escojo al azar: “Fue el amor. / Fue después de esa cosa que no sabemos definirla/ sino con mirarnos las manos / y pensar que acabamos de apretar un lucero. / Mira, no sé mañana, / pero yo no te buscaré por otra parte/ sino por esos rumbos donde fuimos/ por ser los mismos, diferentes”. Aquí están también los poemas de La voz inevitable (Universal, 1994) escritos en el horror del presidio y que Octavio Paz definió de esta manera: “Estos poemas no pertenecen al turbio género panfletario, no son “poesía comprometida”, militante y al servicio de un partido o una ideología. Son poemas líricos que expresan una situación humana”.

Ha hecho bien la Academia Norteamericana de la Lengua Española en publicar este valioso libro que reúne en un solo volumen toda la obra de uno de los poetas más importantes del exilio cubano. Fueron muchas las personas que hicieron posible esta importante antología. A ellos, por su esfuerzo, nuestro agradecimiento: Guillermo A. Belt, Emilio Bernal Labrada, Julio Bariani, Alicia Fraiman, Mariela A. Gutiérrez, Eduardo Lolo, Maricel Mayor Marsán, Gerardo Piña-Rosales, Marco Antonio Ramos, Juana Rosa Pita, Orlando Rossardi, Cecilia Sarraff y Graciela S. Tomassini. Ángel Cuadra nació el 29 de agosto de 1931, en La Habana, Cuba. En 1967 fue condenado a 15 años de prisión por el delito de Conspiración contra la Seguridad del Estado. Adoptado como prisionero de conciencia por Amnistía Internacional, fue excarcelado en 1985. Tras ser liberado, viajó a Suecia y Alemania, los países que más habían abogado por su caso. Fue uno de los fundadores, en 1997, del PEN Club de Escritores Cubanos Exiliados. En 2017 ganó el Premio Nacional de Literatura Independiente de Cuba. Falleció en la ciudad de Miami el 13 de febrero de 2021.


Wednesday, August 31, 2022

Baruj Salinas: cuerpos astrales.


Por Janet Batet

La poesía es la anotación de una respuesta, pero la distancia entre esa respuesta, el hombre y la palabra, es casi ilegible e inaudible.

José Lezama Lima


En el libro IX del Corpus Hermeticus, Nous instruye a Hermes: “Concibe que estás en todos los lugares al mismo tiempo; en la tierra, en el mar, en el cielo; que aún no has nacido, que estás dentro del vientre, que eres joven, viejo, muerto. Concibe todas las cosas a la vez; tiempos, lugares, acciones, cualidades y cantidades; entonces puedes entender a Dios.” Esta sería mi recomendación para adentrarnos en la más reciente muestra de Baruj Salinas, abierta ahora al público en el American Museum of the Cuban Diáspora.


Integrada por más de cuarenta piezas que comprenden pintura, cerámica y libros de artista, Baruj Salinas: 1972-2022 es una exposición temática que abarca medio siglo de vida creativa.

Para Baruj, el acercamiento a la creación es un perenne viaje mental que procura, a cada paso, restaurar esa condición dual inherente al humano, a medio camino entre la tierra y el cielo y, para ello, el artista expande los limites de ese estado de consciencia reducido que impone la existencia diaria.

Los griegos distinguían muy claramente dos formas de conocimiento: episteme y gnosis, refiriendo el primero a ese cuerpo de ‘verdades’ adquiridas a través del conocimiento científico y el último, a la sabiduría intuitiva, de carácter espiritual. El primero podría ser entendido como el saber filtrado por lo racional, el segundo, como conocimiento vivo. Es en esta zona de activación de la existencia que se emplaza la obra de Baruj Salinas.



Curada por Adriana Herrera, Baruj Salinas: 1972-2022 propone tres zonas temáticas. Cada una de las salas, cualificada a partir de un color específico, presupone un estado anímico concreto y el visitante deberá, ante todo, renunciar a la idea de que se avanza en las galerías de un museo, para adentrarse así en espacios siderales, paisajes celestes y bosques imposibles que lejos de conducirnos por parajes desconocidos, nos acercan a nosotros mismos.

La primera sala, toma su nombre de la serie de The Torah Projet, partiendo de la serie homónima en que trabajara el artista entre 2014 y 2016 y que diera lugar a The Torah Project Chumash, libro en papel de algodón y cubierta de madera inspirado en el Pentateuco y que forma parte de la colección del Vaticano.

“En el año 2014 comienzo a trabajar en El Proyecto Torah -rememora Baruj. Extraje de los cinco libros lo que me resulto de interés para pintar. Estuve trabajando en los cuadros dos años para lograr crear el concepto de los cinco libros de la Torah. Las plagas, el éxodo, el inicio o Big Bang. La caligrafía la hizo un escribano especialmente para el libro. (…) El proyecto se concretó todo en Urbino, Italia. Todas las maquinarias del taller son del siglo XVII. Todo es manual. Nada es eléctrico y el trabajo que hacen allí es exquisito. Primero hicieron una litografía de la obra y, luego, le adicionaron serigrafía. La textura de la superficie de la obra es deliciosa.”

The Torah Projet es el origen. Constelaciones, nebulosas en plena gestación. El estado de expansión domina la sala. Mareas de galaxias, olas estelares en torbellino invadiendo el espacio sideral que ahora habitamos. Domina así el gesto espontáneo e intenso sobre el campo abierto sin límites; violentos trazos de color, salpicaduras donde la fuerza plástica trasluce la inmediatez de la experiencia pictórica en esa búsqueda desesperada por la armonía, donde destrucción y creación se concilian en un mismo universo.



“En la serie del Torah, hay cuadros muy oscuros. Dominan los colores oscuros porque se trata de crear la luz de la oscuridad, de la nada Aunque a medida que te adentras en los siguientes libros de la Torah, aparte del Génesis, el colorido va a cambiar.” Acota Baruj.

Al final del torbellino y precedida por Cosmos II y Espacio Sideral, sendas cerámicas cocidas y esmaltadas que anuncian el religare, nos espera Núcleo, 1972. Aquí el gesto agitado y los colores oscuros se reducen al centro del cuadro del que irradian, como música de esferas, círculos concéntricos expansivos. Núcleo es el perfecto estado de armonía.

Es este el pasaje hacia el segundo estado: Inhabitant of the Clouds.

Baruj Salinas nació en la Habana, en la calle Sol, en 1935. Su familia, procedente de Silivri, pueblo judío cerca del mar de Mármara, llega a la Habana en 1920: “Nací en una familia judía muy ortodoxa. Mi abuela, que provenía de Turquia, y vivió cerca de Grecia, me hablaba turno y griego, pero también escribía en español, lo cual para mí era fascinante.”

Después de graduarse de arquitectura en 1958, del Kent State University, en Ohio, Baruj reside un año en México. En 1959 abandona definitivamente su tierra natal y se establece en Miami donde recibe la beca Cintas en dos años consecutivos (1969 y 1970), permitiéndole al artista instalarse en Barcelona, donde vivirá por 12 años hasta su regreso definitivo a Miami en 1992. Esta será una etapa fundamental en el crecimiento de Baruj Salinas tanto por el vínculo histórico con la región, como por el contacto con creadores de primera línea entre los que destacan figuras de la talla de María Zambrano, José Ángel Valente, Michel Butor, Joan Miró, Antonio Tapies, Alexander Calder y Rufino Tamayo.


“A través de María Zambrano, con quien entable una entrañable amistad y a quien visitaba frecuentemente los fines de semana en Ginebra mientras yo vivía en Barcelona, empecé a explorar el blanco. Ella me venía a mi rodeado de blanco. Creía que yo podía utilizar más el blanco como color principal en mi pintura. Comencé a usar el blanco con fondos de grises, solamente para separar el blanco del resto de la obra. Luego, en Barcelona, encontré un libro que se titula El lenguaje de las nubes. Ahí comencé a introducir letras griegas, hebreas, o sea, diferentes alfabetos, pictogramas chinos, japoneses, escritura bráhmica. Incluso, en Peratallada, un pueblito de Cataluña, me encontré con un museo que recogía el legado de los pueblos iberos, más de 6,000 años. Ellos no tenían un alfabeto como tal sino sílabas. Allí estaban las diferentes sílabas y de ello también hice una serie.”

La escritura ha sido una de las inspiraciones constantes dentro de la obra de Baruj Salinas. La caligrafía, en tanto ente formal autónomo, poiesis, signo abierto contenedor de universos que lejos de petrificar significados se abren a nuevas significaciones y entrelazan en sugerentes palimpsestos que prometen el religare. En este sentido, su serie de las nubes está íntimamente ligado a la “razón poética” de Zambrano en tanto revelación del ser.

La estrecha colaboración de Baruj Salinas con escritores es significativa. En 1980, ilustra Tres lecciones de tinieblas, de José Ángel Valente. El libro, inspirado en la Kabala, contiene catorce letras hebreas, desde el Alef hasta Nun, donde transliteración, musicalidad e intertextualidad mítica son esenciales. Es este el espíritu que domina en Inhabitant of the Clouds donde los colores se hacen claros y la pincelada tiene una cadencia dulce que fluye en mareas blancas. Repetición, alternancia, simetría y ritmo se entrelazan de manera intuitiva en filigranas de escrituras ignotas, incluso asémicas, que como filamentos orgánicos pueblan el lienzo en lengua tan antigua que se regenera en una nueva lengua, contenedora de todas las posibilidades.

De la estrecha amistad con María Zambrano nacen tres libros, Antes de la Ocultación: Los Mares, 1983, Árbol,1987 y El Alba Cuajada Derramada, 2017. Árbol, que comprende 7 xilografías a color e incluido en la presente muestra, sirve como antesala a Claros del Bosque, también inspirado en un libro homónimo de Zambrano.

Claros del Bosque es la explosión de la luz. Bosques imaginarios donde la áspera corteza que cubre y protege, entre ráfagas de luz, anuncia ese viaje personal y único a través de la vida. Tránsito y ofrenda pero, sobre todo, la potencialidad del ser representado en la raíz que brota desde la profundidad del suelo y se proyecta hacia el infinito. Pasaje por la vida donde los claros rotundos, en medio de la espesura anuncian, la única trascendencia posible.

"Claros del bosque es un libro que escribió María Zambrano en el 1977. Tomé la idea del libro y comencé a pintar estos bosques imaginarios con bastante blanco. La idea central capturar la fuerza de las ramas que salen de la tierra. Me interesaba ese momento gestacional y me concentré en el tronco de los árboles dentro de un mundo blanco.”

La obra de Baruj Salinas es de profunda raigambre expresionista. Los trazos rotundos y agitados, las salpicaduras y preponderancia del gesto que sugiere y no sentencia, lo emparenta con el Expresionismo abstracto americano y el Informalismo europeo. La crítica ha perdido, sin embargo, otro paralelo esencial en la obra de Baruj. Su obsesión por elevar la caligrafía al estado de arte puro, lo asocia indefectiblemente con las búsquedas del icónico grupo Bokujinkai, movimiento japonés de postguerra interesado en elevar la caligrafía al mismo nivel internacional que la pintura abstracta. Como ellos, también, la obra toda de Baruj Salinas busca desde el gesto expresivo cargado de significación ese intercambio transcultural que, promete, acaso, la restauración del religare.



Janet Batet

janetbatet@gmail.com



La expo Baruj Salinas:1972-2022 fue exhibida En el American Museum of the Cuban Diaspora hasta agosto 14.

Tuesday, August 30, 2022

Goar Mestre en Argentina: “Si vamos a morir, lo haremos de pie”*


Por María Nöllmann
LA NACION

Goar Mestre conoció a Fidel Alejandro Castro Ruz mucho antes de que fuese reconocido mundialmente como “Fidel”, a secas. El joven revolucionario, entonces de rostro imberbe y pelo corto, se acercó una tarde de 1955 a la oficina del empresario mediático para rendirle gratitud. “Señor Mestre, le vengo agradecer lo que usted y sus hermanos hicieron por mí”, expresó él. Acababa de ser liberado de la condena que cumplía en prisión hacía dos años, por el sangriento asalto al cuartel Moncada, en el que había intentado detentar el poder del dictador Fulgencio Batista.

Los tres hermanos Mestre, propietarios del conglomerado mediático más importante de Cuba, habían sido en gran parte los responsables de la liberación de Castro. Mientras el revolucionario todavía estaba preso, ellos habían iniciado una campaña en sus medios de comunicación -nueve radios y siete canales de televisión- para exigir del liberación de quien consideraban un preso político.

“Mira Fidel, tu cabeza huele a pólvora. Yo que tú, me voy de Cuba”, le dijo Mestre en aquella primera reunión. Castro efectivamente se fue de la isla, pero no para abrirse de la lucha armada, sino todo lo contrario: desde el exilio, en México, junto a Ernesto “Che” Guevara, planeó el regreso a su tierra natal y la instalación de una base guerrillera en la Sierra Maestra.



“Éramos una familia feliz”, recuerda Ani Mestre, la hija menor de Goar y Alicia MartínFabian Marelli - LA NACION

En esos años de lucha constante, Mestre no solo apoyó la revolución, creyendo que restauraría la democracia, sino que también ayudó a financiarla, donando a la causa varios miles de dólares. Pero, apenas Fidel llegó al poder, el empresario se dio cuenta de que se había equivocado.

Para el tiempo en que ocurrió su segunda reunión, los roles se habían invertido. Ahora, era Castro, devenido en comandante, quien trataba de “tú” a Mestre. Desde una sala del Habana Hilton, el empresario le pidió que liberara a uno de sus periodistas, que había sido encarcelado por expresar su opinión. Pero el nuevo jefe no prestó mucha atención al reclamo: ya barbudo y con uniforme de fajina, se concentró, en cambio, a hacerle entender, con pocas palabras, cómo iban a ser las cosas de ahí en adelante. Tal como Mestre no se cansaría de repetirle a su familia desde el exilio, “era otro Fidel”. Al despedirse, Fidel tomó la birome Cross de oro que el empresario le había prestado momentáneamente y, con una sonrisa, remató: “Esta Cross es mía”.



Goar Mestre junto a su hija menor, Ani, en Cuba; "Mi padre trabajaba mucho. Pero cuando volvía a casa todas las noches nadaba y pasaba tiempo con nosotros", recuerda ellaFabian Marelli - LA NACION

“Lo primero que le sacó fue su birome -cuenta Ani Mestre (72), la hija menor de Goar-. A la Cross de oro le siguieron todas sus empresas”. Desde el living de su departamento, en Recoleta, la menor de los Mestre recuerda con una memoria inquebrantable la vida de su familia en Cuba, su riesgosa huida del régimen cubano y, especialmente, a ese hombre, su padre, fundador de Canal 13, bautizado en el mundo mediático como el “padre de la televisión latinoamericana”. Aquel hombre que sobrevivió a dos exilios y eligió reinventarse una y mil veces.

“Si vamos a morir, lo haremos de pie”

La hija menor de Mestre tenía 10 años cuando su familia huyó de Cuba. Fue entre 27 y el 29 de marzo de 1960, poco más de un año después del comienzo del gobierno revolucionario. Goar, la cara visible del emporio mediático del Grupo Mestre, sabía de antemano que, en algún momento, él y su familia tendrían que precipitarse al aeropuerto. Estaba preparado para ese día: había enviado a sus tres hijos mayores a estudiar a colegios pupilos de Estados Unidos y tenía un pasaje abierto a Miami guardado en su billetera.



La familia Mestre, a pleno, en el mar Caribe, poco antes de abandonar definitivamente CubaFabian Marelli - LA NACION

“La situación se puso cada vez peor. Hubo reforma agraria, fusilamientos, censuras a los medios…Me acuerdo que había milicianos armados fuera de casa. Mis padres hablaban las cosas importantes en el jardín, porque tenían miedo de que nos estuvieran grabando”, retrata Ani.

“Si vamos a morir, lo haremos de pie”. Esa fue la postura que decidieron tomar los hermanos Mestre cuando un periodista de CMQ, su canal más escuchado, les pidió permiso para anunciar que el programa siguiente desenmascararía la verdadera ideología del comandante Castro. Al próximo día, el periodista fue impedido de estacionar frente al noticiero: en la calle, frente al canal, se habían instalado decenas de manifestantes alineados con el gobierno, que arengaban sin cesar: “CMQ confiscación”; “CMQ intervención”.

Tras el exilio, Ani, ex presidenta de la Cooperadora de Acción Social (COAS), volvió cuatro veces a Cuba; “La isla era y es divina, más allá de la destrucción que causó el régimen”, diceFabian Marelli - LA NACION

Era Viernes Santo. Los tres hijos mayores de Goar, la cara visible del Grupo Mestre, habían viajado a Cuba para pasar el receso escolar. En dos días, y sin que el gobierno se enterara, su padre y su madre, la argentina Alicia Martín, prepararon la huida familiar. “Mi viejo se jugó a que el vuelo saliera antes que la noticia de su arresto. Nunca pensamos que nos íbamos para toda la vida. Estábamos seguros de que el gobierno ese no podía durar mucho, estando a 90 millas de Estados Unidos”, acota Ani. En su departamento guarda una colección de marfiles de sus padres, unas de las pocas pertenencias que sobrevivieron a la huida de Cuba. “Cuando se murieron mis viejos, con mis hermanos decíamos que los objetos como estos, además de un precio de tasación, tenían un valor extra, porque eran salvados del naufragio”, suma ella, con una sonrisa.

Goar huyó en el mismo avión que dos de sus hijos, que ya tenían un pasaje para volver a sus internados en Estados Unidos, el domingo de Pascua. Dos días después, ya con las cuentas bancarias congeladas, viajaron su esposa y sus otras dos hijas. Antes de subir al avión, las desnudaron: tenían que controlar que no llevaran consigo más dinero del permitido: 5 dólares por persona.


Los primeros medios de los Mestre en ser intervenidos por el régimen fueron Circuito CMQ y Radio Reloj, el 12 de septiembre de 1960; para el 5 de octubre, todo su patrimonio había sido confiscado

A la Argentina Goar llegó con 48 años. Pero, lejos de pensar en abandonar el mundo mediático, como hizo su hermano Abel al llegar, días más tarde, a Miami, él decidió empezó de cero en el rubro. Desde antes del exilio, el empresario mediático ya había empezado un negocio en la Argentina. Cuando llegó, tenía todo preparado para fundar, junto a socios argentinos, la productora televisiva Proartel, que vendía contenido a Canal 13. Al tiempo, fue nombrado presidente de la productora y director del canal.

“Era un osado. La plata que papá tenia afuera de Cuba la invirtió entera en Canal 13. Por suerte, el canal empezó a ganar plata enseguida”, suma Ani. Su padre nunca más volvió a Cuba después del exilio. Ella y sus hermanos, en cambio, viajaron varias veces. La primera vez que lo hicieron fue a 25 años de su exilio. Para hacerlo, tuvieron que afrontar meses de trámites y hasta una entrevista en la Embajador de Cuba en la Argentina, quien intentó convencerlos de que, al llegar, notarían en seguida los “logros de la Revolución”.

El segundo exilio

14 años después de haberse instalado en Buenos Aires, Goar y su mujer enfrentaron un segundo exilio, esta vez sin sus hijos, que ya eran mayores y tenían sus propias familias. La mudanza a Uruguay ocurrió después de que el gobierno de María Estela Martínez de Perón lo despojara de Canal 13 y Proartel, en 1974.

Mestre ya había tenido problemas con el peronismo incluso antes de vivir en la Argentina. De viaje en Buenos Aires, en 1948, durante una Asamblea de la Asociación Internacional de Radiodifusión -Mestre era parte del consejo directivo- el empresario caribeño escribió una carta dirigida al entonces presidente Juan Domingo Perón destacando la falta de libertad de expresión que existía en el país y explicando los problemas que ello implicaba para el correcto funcionamiento de una democracia. A los pocos días, fue citado por el canciller Bramabuglia, quien, luego de una larga discusión, lo habría amenzado: “Váyase de Buenos Aires lo antes posible porque, si se queda, lo puede pasar mal”.

Era de esperarse que con el regreso de Perón al poder, en 1973, siendo ya Goar Mestre el empresario mediático más importante de la Argentina, la relación entre ambos se volviera a tensar. Fue finalmente tras la muerte del mandatario, en 1974, que la flamante presidenta terminó de poner fichas en el asunto. Luego de reiterados conflictos e intervenciones, el titular del Comité Federal de Radiodifusión se presentó en las oficinas de Canal 13 y Proartel para oficializar la estatización de las dos empresas, acompañado de oficiales policiales y de militantes, que, con bombos y pancartas, coparon la zona.

“Papá se fue a su casa a iniciar las acciones legales -recuerda su hija menor-. Nunca más recuperaron las empresas. En la Argentina, la guerrilla y los secuestros estaban bravos. Entonces, él se fue con mi mamá para Uruguay. Durante años no volvieron”.

Goar, de ya 61 años, se recluyó con su esposa en su casa de verano, en Punta del Este. Pero, aunque hubiese sido lógico que él decidiera, en esa instancia, poner un punto final a su vida profesional, no lo hizo.

Años antes de partir de la Argentina, el empresario se había preparado para ello. En 1962, tras presenciar el golpe militar al presidente Arturo Frondizi y el combate en las calles de las dos fracciones de las Fuerzas Armadas, azules y colorados, Goar tomó la decisión de dejar de apostar 100% en la Argentina. Según escribiría Pablo Sirvén en El Rey de la TV, Mestre inició un “operativo audaz de autosalvataje”, al desprenderse de parte de sus acciones de Proartel, para obtener efectivo y poder resguardarlo en un lugar lejano y seguro.

“El tiempo que estuvieron en Uruguay no fue tanto. La Argentina estaba convulsionada, pero no fue un exilio como el de Cuba. No fue tan duro, aunque le habían vuelto a sacar su canal, que era su pasión”, suma su hija, quien define a su padre como un hombre de principios, inteligente, emprendedor y sumamente simpático.

En Uruguay, Mestre se asoció al grupo constructor Safema. Junto a ellos, empezó a construir edificios en Montevideo y Punta del Este. No era un rubro desconocido para él. En su cuba natal, también había sido socio de una constructora. “Los de Safema le dieron la sorpresa de ponerle nombres que hicieran referencia a Cuba a algunos edificios , como Malecón y Varadero. Después el grupo siguió y él se abrió. Pero estuvo muy entretenido”, recuerda Ani.

Goar Mestre falleció en Buenos Aires en marzo de 1994, a los 81 años, siete días antes que su esposa.

*Tomado de La Nación