Por Enrique Del Risco
En mi
última visita a Puerto Rico en diciembre pasado pregunté por Cristóbal en todas
partes para comprender que en toda la isla no teníamos un solo amigo en común, y
que la próxima noticia que recibiría de él sería la de su obituario.
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| Cristóbal Díaz Ayala (1930-2026) @Fuente externa |
“Tienes que conocer a Cristóbal” me escribió mi amigo Arsenio Rodríguez Quintana cuando se enteró que andaba por Puerto Rico. No Colón por supuesto, sino el otro. Cristóbal Diaz Ayala, redescubridor de la música cubana. Arsenio me envió su número de teléfono y a la mañana siguiente estaba con el autor de Música cubana: del Areyto a la Nueva Trova (1993) y La marcha de los jíbaros: Cien años de música puertorriqueña por el mundo (1998) en su casa en Guaynabo, hablando como si fuéramos amigos de toda la vida, agradecido desde ya a Arsenio y a la idea de compartir por unos días la misma isla con aquel señor que a los 90 años era la encarnación del saber musical de Cuba y de Puerto Rico.
En aquella primera visita Cristóbal me hablaría lo que antes había referido en otras entrevistas: de su auspiciosa niñez temprana en el Hotel Vista Alegre donde le bastaba salir al balcón para oír de viva voz al Trío Matamoros y a Sindo Garay que animaban el café de los bajos o escuchar los domingos la banda municipal de Gonzalo Roig tocando desde la glorieta del parque Maceo; de su adolescencia viboreña donde conoció a Marisa, su novia de toda la vida; de sus estudios de derecho en la Universidad de La Habana; de los encontronazos con lo que irrumpió en la vida de todos con el nombre ostentoso de “Revolución Cubana”; de su exilio inicial en Miami donde fue dueño y dependiente de una bodega que pronto vendió y que con el tiempo se convertiría en el germen de la ahora famosa cadena Sedano’s; de su traslado a Puerto Rico para ser parte de una compañía que fue parte del boom constructivo de la isla; también me habló de sus programas de radio sobre música, de la tremenda colección de más de 60 mil discos que había donado a la Universidad Internacional de Florida (FIU) y de los proyectos que todavía lo obsesionaban en su décima década de vida como la reconstrucción de las relaciones entre la música y el café.
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| Café Vista Alegre. La Habana Cuba (ca. 1950) @Fuente externa |
Cristóbal era la
encarnación de ese arquetipo que abunda tanto en la literatura y tan poco en la
vida real: el del viejito sabio que -según entendí en su caso- es resultado de
una juventud feliz y una madurez plena, sin rencores ni resentimientos, aunque
no exento de grandes dolores (como la muerte temprana de uno de sus hijos).
Solo que en Cristóbal había un toque de frescura y picardía mental que conservaba
incluso cuando el tiempo insistía en doblegar su cuerpo.
En un encuentro
posterior Cristóbal me contó que siendo adolescente fue a una fiesta en El
Vedado y que al intentar sacar a bailar a una muchacha la chaperona de turno le
salió al paso y preguntándole de dónde era.
-De La Víbora.
A lo que la
chaperona respondió:
-El Cerro fue, El Vedado es y Miramar será. La Víbora no fue, ni es, ni será -cerrando toda posibilidad de que el intruso bailara con la muchacha a su cargo.
Al contar aquella
anécdota Cristóbal volvía a ser el adolescente furioso y humillado por los
protocolos habaneros que le asignaban valor a la gente de acuerdo a su barrio
de procedencia.
Nada más distante del espíritu de Cristóbal al emprender su historia de la música cubana. Cristóbal triunfa donde fracasa un Carpentier dominado por sus prejuicios musicales (que lo llevan a excluir del panteón musical a Lecuona o a los músicos populares del siglo XX) o la magnífica Cuba and its Music de Ned Sublette limitada por la convención de describir una república incapaz de engendrar la innegable maravilla musical que produjo. El amor incondicional y desprejuiciado de Cristóbal por la música le permitía ver genealogías y conexiones deslumbrantes donde otros intentan uncir ese caballo desbocado que ha sido la inventiva sonora de la isla a sus propias preconcepciones musicales o políticas.
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Cristóbal en sus libros deja la música fluir en todas sus variantes y direcciones e intenta, con la modestia y el detalle con que parecía emprenderlo todo, darnos las pistas esenciales para que podamos explicarnos la maravilla de su existencia. Su admiración -para mí incomprensible- por Esther Borja no le impedía apreciar la importancia esencial que el otro Arsenio, Ignacio de Loyola Travieso Scull, más conocido como Arsenio Rodríguez o el Ciego Maravilloso, tiene para la música del siglo XX. Ni la devoción de Cristóbal por los creadores musicales lo privaba de entender la contribución de productores, clubes sociales, estaciones de radio, estudios de grabación, cabarets y simples bares con victrolas a ese evento mágico que fue la explosión musical cubana en la primera mitad del siglo pasado. Cuando alguna vez le confesé que no había leído un mejor recuento de la música isleña que el suyo me respondió con su modestia incorrupta:
-Es que yo no escribo la historia de la música cubana como quien da una conferencia sino como quien le cuenta un secreto a un amigo al oído.
Cristóbal no tenía
grandes conocimientos de teoría musical y rechazaba que le llamaran musicólogo.
Su carrera como historiador de la música era la de un melómano excepcional que
desde sus limitaciones teóricas encontró sentido donde otros muchos se han
perdido en la manigua bullanguera de los géneros cubanos. Sospecho que si
insistía en iniciar su relación con la música en el balcón del Hotel Vista
Alegre era para arroparse con una mística personal frente a otros autores
supuestamente mejor preparados, y así lidiar con su propio síndrome del
impostor. Ni falta que hacía. El misterio de Cristóbal se resuelve de manera
sencilla si se ve como combinación de amor infinito por el objeto de estudio, y
una sistematicidad que rayaba con la manía a lo que se añade una clara
inteligencia y una gracia natural para relatar.
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| Marisa, CDA y el autor |
Hace un tiempo
quise homenajear a Cristóbal en una novela en la que todavía trabajo dedicada a
la vida neoyorquina del otro Arsenio Rodríguez, el Ciego Maravilloso. Allí
introduje un personaje que comparte su nombre de pila y muchas de las
características de Cristóbal. Lo imaginé más joven, estudiando derecho en la
Universidad de Colombia y a la vez coleccionista ávido de todo tipo de músicas
y asesor esporádico de la protagonista de mi libro, una estudiante de
antropología que hace su tesis sobre Arsenio. Lo recreé como no lo había
conocido, joven y con el apartamento atiborrado de discos, pero con el mismo
trato afable y la misma inteligencia que no se esfuerza por exhibirse. Pero
cuando le envié a Cristóbal el capítulo dedicado al personaje que él me había
inspirado, no me respondió. Temí lo que se teme en esos casos: que en Cristóbal
se había iniciado el declive definitivo del cuerpo y de la mente, ese que deja
sin palabras las despedidas.
En mi última visita a Puerto Rico en diciembre pasado pregunté por Cristóbal en todas partes para comprender que en toda la isla no teníamos un solo amigo en común, y que la próxima noticia que recibiría de él sería la de su obituario. Anoche por fin recibí la confirmación y reconocí que a pesar de la vida larguísima y plena de Cristóbal siempre es difícil despedirse de alguien que, además de bueno, supo transformar sus querencias y manías en obra inmensamente útil. Me queda estirar la conversación releyendo libros imposibles de encontrar y que merecen una reedición más cuidada. Pero créanme, no es lo mismo.
Tomado de Hypermedia magazine




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