Un pedazo de la historia del exilio cubano…
Por
Julio Estorino
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| José María Heredia (1803-1839) |
Cuando se dice “la poesía en el exilio”, se habla de una poesía comprometida, en primer término, con el quehacer patriótico de aquellos que han tenido que irse de su patria forzados por las circunstancias políticas impuestas allí. Se habla también de nostalgia, de rebelión ante la injusticia, también de lo que algunos clasifican como “poesía de barricada”, aquella que exhorta al cumplimiento del deber para con la patria lejana, se habla de versos que desgranan anticipadamente la visión de la victoria, y el gozo del regreso, versos de la esperanza.
Entre nosotros, cae por su propio peso la cita del Cantor
del Niágara, el exiliado aquel que, maravillado ante la imponente cascada,
siente, sin embargo, que algo le falta al hermoso paisaje que tiene ante sus
ojos… “las palmas, ¡ay! Las palmas deliciosas / que en las llanuras de mi
ardiente patria / nacen del sol a la sonrisa y crecen / y al soplo de las
brisas del océano / bajo un cielo purísimo se mecen”… ¡Cuánto entendemos
nosotros, los cubanos exiliados del presente, la desazón de Heredia ante aquel
recuerdo, dulce y punzante a un mismo tiempo!
En el extenso catálogo de la poesía patriótica cubana,
existe algo singular, que no sé si se da también en la historia literaria de
otros pueblos y que pudiéramos llamar la poesía premonitoria del posible
destierro. Lo expresó Juan Cristóbal Nápoles Fajardo, El Cucalambé, al
final de las hermosas rimas de su poema Mi Hogar[1]:
¡Oh mi hogar! Yo
te saludo,
Yo te ensalzo y te bendigo,
Porque en ti seguro abrigo
Hallar mi familia pudo.
Ojalá el destino crudo,
Me niegue golpes impíos,
Y goce yo entre los míos
De vida apacible y larga,
Sin beber el “agua amarga
De los extranjeros ríos”.
Y, más cercano a nosotros en el tiempo, lo expresó
también el último, grande y legítimo Poeta Nacional de Cuba, Agustín Acosta y
Bello, en uno de sus hermosos poemas, “Jaculatoria final”, donde se
vuelca en toda sinceridad el temor profético del poeta al vislumbrar su futuro:
Señor: cuando yo sea una sombra tan solo,
En busca del sendero que me lleva hacia Ti,
Escucha el hondo ruego que te dirijo ahora:
¡no me alejes de aquí…
Déjame entre mis palmas, mis cumbres y mis ríos
-el claro paraíso en que siempre viví-
No me lleves a tierras extrañas y sombrías:
¡no me alejes de aquí… !
Si Tú me purificas cuando en tu luz me acojas,
Daré sus resplandores al suelo en que nací,
Quiero seguir amándolo como lo he amado siempre:
¡no me alejes de aquí…!
Y si es cierto que hay otras existencias: si es cierto
Todo cuanto en los libros sagrados aprendí;
Si es cierto que se nace más de una vez, recuérdalo:
¡quiero nacer de nuevo aquí… ¡
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| Agustín Acosta (1886-1979) |
Por esos misterios de la Omnipotencia que escapan al
limitado entendimiento de sus criaturas, Dios no complació al poeta, pero, nos
dio a sus compatriotas desterrados el gozo, el consuelo y el orgullo de tenerlo
entre nosotros. Y al pie de su tumba, en un camposanto de Miami, el ángel
Gabriel, el de las anunciaciones, espera un día que vendrá, para poder
anunciarle al Poeta, antes que a ningún otro cubano, que Cuba es libre ya, que
sus huesos ya pueden regresar a Matanzas.
Claro está que,
si hablamos de la Poesía en exilio, es para nosotros referencia inescapable, la
vida, el corazón y la pluma de un cubano que vivió en el destierro mucho más
tiempo que aquel que los tiranos de entonces le dejaron vivir en la patria suya
y nuestra. En su poema Domingo triste, José Martí, nos confiesa, sin
buscar atenuantes en el lenguaje, que él murió cuando lo arrancaron de su
patria:
Las campanas, el Sol, el cielo claro
me llenan de tristeza, y en los ojos
llevo un dolor que el verso compasivo mira,
un rebelde dolor que el verso rompe
y es ¡oh, mar! la gaviota pasajera
que rumbo a Cuba va sobre tus olas!
…Cáscara soy de mí, que en tierra ajena
gira, a la voluntad del viento huraño,
vacía, sin fruta, desgarrada, rota.
Miro a los hombres como montes; miro
…de la vida en mi torno: ni un gusano
es ya más infeliz: suyo es el aire,
y el lodo en que muere es suyo!
Siento la coz de los caballos, siento
las ruedas de los carros; mis pedazos
palpo: ya no soy vivo: ni lo era
cuando el barco fatal levó las anclas
que me arrancaron de la tierra
mía!
Los poetas no somos los congéneres
favoritos de la gente práctica, esos que prefieren un manual para ensamblar un
mueble antes que un poemario. Nos miran como a bichos raros y, que nadie
se entere: a veces pienso que quizás tienen razón. Son los que preguntan ¿para
qué sirve la Poesía? Y, más específicamente en nuestro caso, nos dicen que ni
poesías ni discursos, van a liberar a Cuba de sus presentes desgracias, algo
que sabemos, como también sabemos que, sin poesías ni discursos, la patria no
podrá alcanzar su verdadera liberación.
Para ilustrar esto, permítanme compartir con ustedes una anécdota personal, algo que me demostró en mi temprana y ahora distante juventud, el valor de la poesía, la fuerza de un poema escrito en el destierro.
En septiembre de 1962, a mis 19 años, estaba yo asilado en la Embajada de Uruguay en La Habana. Yo era uno entre casi cuatrocientos compatriotas que esperábamos un salvoconducto que la incipiente tiranía castrocomunista estaba obligada a darnos, en virtud de los entonces vigentes tratados interamericanos y que, en mi caso, demoró un año en llegar. Para el 8 de septiembre de aquel año, los asilados organizamos una procesión con una pequeña imagen de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, la Virgen Mambisa, procesión que se realizó de noche, con gran solemnidad y a la luz de antorchas que los empleados de la sede diplomática nos ayudaron a confeccionar y que, rezando el rosario, recorrió todo el perímetro de la embajada, junto a la sencilla cerca de alambre que nos separaba del territorio cubano. Al pasar frente a la garita donde los guardias del régimen custodiaban la entrada, estos rastrillaron sus metralletas con toda la mala intención de que son capaces los comunistas.
Llegamos al punto final de la procesión, un lugar que estaba cerca, precisamente, del lugar donde estaban los guardias, y allí nos detuvimos. Yo subí a una terraza que quedaba en un segundo piso y desde allí comencé a recitar una oración, escrita en pareados por el poeta exiliado en Miami Ernesto Montaner, poema que había llegado a mis manos en mis andares dentro de lo que llamábamos entonces, el clandestinaje cubano… Las doce campanadas de un año que moría / eran doce advertencias del monstruo que vendría / Eran doce rugidos de bronce, que, en el viento, eran doce llamadas por el advenimiento / del apóstol mentido, del falso redentor: / el corazón de Judas… / las barbas del Señor…
Lo maravilloso para mí no fue ver a aquellos trescientos y tantos cubanos y cubanas, mis compañeros de asilo, emocionados, sobrecogidos, emocionados hasta el llanto. Lo maravilloso para mí fue poder ver a aquella escuadra de milicianos que pocos minutos antes había rastrillado sus metralletas para amedrentarnos, extáticos, petrificados, tocados por la magia con la que los envolvía los versos de un poeta del bando contrario: un poeta exiliado.
Llegados a este punto, creo que se impone una exposición más amplia y generalizada sobre la obra de los poetas exiliados de estos tiempos, la constatación de esa obra y, al menos una ligera comparación, en conjunto, con los que nos precedieron, los poetas desterrados durante las luchas por la independencia. Un intento, tímido, por mi parte, de respuesta a la inquietante pregunta que espontáneamente aflora en nuestros pensamientos: ¿Han sido fieles los poetas exiliados del presente, al legado de sus predecesores, los poetas desterrados durante las luchas por la independencia de la patria que añoramos?
Sería pretencioso de mi parte tratar de dar una respuesta categórica a tan cáustica pregunta. El exilio cubano del siglo XIX duró 30 años, de 1868 a 1898 y fue interrumpido por breves períodos de mal llamada paz en la Isla. El nuestro va, prácticamente, desde mediados del siglo XX hasta el primer cuarto del XXI… ¡67 años! y, desgraciadamente, aún no cesa. El nuestro es también más numeroso y más extendido. Yo no conozco la obra de todos los poetas de nuestro destierro y aún cuando me refiriera solamente a los exiliados en el sur de La Florida, la respuesta a la pregunta que nos inquieta, carecería de la amplitud imprescindible para ser justa.
Debido a ello, me referiré solamente al grupo de poetas que mejor he conocido, los poetas de GALA, el Grupo Artístico y Literario Abril, agrupación cuyo nombre es en sí mismo una tarjeta de presentación que describe su membresía: escritores de todo género literario, pintores, escultores, recitadores, etc. GALA se gestó en Miami en 1977, se fundó en 1978 y existió hasta 1997, o sea, que tuvo diez años de excelente labor. Su motor impulsor fueron José Ferrer, un cubano españolizado que amaba las letras, sin que él mismo fuese escritor, y su hija, la valiosa poetisa Araceli Perdomo, a quien muchos de ustedes seguramente recuerdan de sus tiempos como responsable de las páginas de opinión de El Nuevo Herald.
Amelia del Castillo, nuestra querida y admirada Amelia del Castillo, fue, de principio a fin, el alma del grupo. Desde el primer momento, Agustín Acosta, muy mayor ya para entonces, fue escogido como su Presidente de Honor. Arístides Sosa de Quesada fue el primer presidente que nos dimos. Y los poetas… los poetas y las poetisas… ¿qué decirles? Tengo necesariamente que entrar en terrenos resbalosos, porque tengo que mencionar algunos nombres y dar unos pocos ejemplos para llegar a la respuesta que buscamos. Desde ahora les pido perdón por las inevitables omisiones.
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| Poetas y amigos de GALA. Arriba, de izq. a der: Dr. Angel Pío de la Portilla, Dr. Rodolfo Moreno, Blanca Rosa Pereda, Raquel Fundora, Aracely Perdomo, Dra. Delia Díaz de Villar, Esperanza Rubido, Dr. Arístides Sosa de Quesada, Miguel González y Dr. Rolando Espinosa. Abajo, en igual orden: Amelia del Castillo, José Borrell,Consuelo y Agustín Acosta. Pura del Prado, Dr. Demetrio Pérez Arencibia, Julio Estorino y Miguel González Pando. (Homenaje al Poeta Nacional de Cuba, Agustín Acosta.YMCA Internacional José Martí, Miami, 23 de mayo de 1976) |
Algunos de los poetas de GALA: Pura del Prado, mi querida Pura cuyo poema “!Aquí no, qué va!”, se convirtió prontamente en un himno para el destierro: El día que yo me muera / se va a morir Cuba un poco / porque mi espíritu loco / tiene zumo de palmera… / ¡Prométanmelo, soldados! / ¡Roto ese muro de hierro, / no dejen en el destierro / mis huesos abandonados!... / ¡Llévenme para allá! / Aquí, no. ¡Qué va!
Otros poetas en GALA: Mercedes García Tudurí, José Manuel Cuscó, Adela Jaume, Roberto Cazorla, Luis Mario, Norman Rodríguez: Norman Rodríguez, el más desconocido y uno de los mejores decimistas del idioma castellano, que, en los siguientes versos, nos demostró ser exiliado de cuerpo, pero no de alma: “Yo tuve patria. La tuve / y la volveré a tener. / ¡Que no se debe perder / el regalo de una nube! / Aquella paz donde anduve, / aquel cielo donde fui, / que Dios escogió por mí / y yo lo hice mi altar, / no me lo pueden quitar… / ¡porque me lo dio Martí!”
Juan Orlando García, Sergio Galán Pino, Uva de Aragón, Carlos Fojo, José Albertini, Alfredo Leiseca, Rosa Leonor Withmarsh, Jorge Antonio Doré, Fico López, Lucas Lamadrid… Lucas, que describió magistralmente el rigor de la represión contra los intelectuales no adeptos al régimen: “Fuimos a ver el crimen / que no ocurrió en la calle / sino entre las columnas / de un templo sin fervor y sin deidades. / Fuimos a ver el crimen / y allí estaba todavía el cadáver / del hombre asesinado… / ¡Un poeta obligado a retractarse!”
Héctor Maldonado, Francisco Henríquez, Pablo Le Riverend, Salvador Subirá, Orlando Rossardi, Ulises Prieto, Aurelio Torrente, una poetisa, tan honda y tan alta como la modestia que la acompaña: mi admirada Sara Martínez Castro, que, a sus catorce años de destierro, nos llamaba al cumplimiento del deber: “Por la puerta entreabierta del recuerdo / se asoma el corazón en una lágrima... / Catorce años de exilio / con el alma sin voz en las pisadas / con un paisaje huérfano en los ojos / con la emoción prendida de crisálidas. / Por la puerta entreabierta del recuerdo / se asoma el corazón en una lágrima... / ¡Hay que ponerse al cinto la vergüenza / y salir al rescate de la patria!
Termino esta apretada selección que he hecho de memoria, con quien, ya lo dije, fue el corazón de GALA: Amelia del Castillo y que hoy, a sus 105 años, mantiene viva su llama poética: su poema “Caminos”: Han marcado mis pies muchos caminos. / los sepias y dorados andaluces / paisajes de olivares y de cruces / El verde deslumbrante en las laderas, / el blanco de las nieves espumosas / el alpino despliegue de asombrosas / pinceladas en lagos y praderas. / Han marcado mis pies muchos caminos, / caminos que no saben de mis huellas, / que no tienen mi sol, ni mis estrellas: / errantes, extranjeros, peregrinos… / Magníficos y bellos… / ¡pero no mis caminos!
Debo añadir, como referencia final, que, en 1979, GALA instituyó un premio de Derechos Humanos, el premio “Pluma de Oro”, que se adjudicó en varias ocasiones, a poetas que eran entonces prisioneros políticos en Cuba, como Ángel Cuadra, Jorge Valls, Armando Valladares, Andrés Vargas Gómez, Ernesto Díaz Rodríguez, no recuerdo si algún otro. Todos ellos, una vez llegados al exilio, fueron miembros de honor de GALA.
¿Han honrado los poetas de nuestro destierro el legado hermoso de sus pares del 68 y del 95? ¿La patria los contempla orgullosa? ¿Se siente bien el alma cubana hoy, cuando se dice: la poesía en el exilio?
Modestamente, pero lleno de paz, tengo que decir ¡Sí! Hemos cumplido y estamos cumpliendo, pero la palabra final, la tendrá la historia. Que Dios nos ayude.
(*) Ponencia presentada en el Encuentro con el Libro Cubano, efectuado en la ciudad de West Miami, el 19 de julio de 2025. Se le han hecho algunas correcciones de estilo para su publicación en este blog.
[1] Nápoles Fajardo, Juan C. (El Cucalambé). 1938. Rumores del Hórmigo. Editado por Lorenzo Vidal y Miguel Lesasserier. La Habana: Talleres Seoane, Fernández y Ca. 103-107 En línea: Rumores del Hórmigo.




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