Por Eduardo Lolo (**)
Se considera que la primera radionovela original de gran éxito fue El derecho de nacer (1948), de Félix B. Caignet (1892-1976) quien definió (y desarrolló) la dramatización radial como “espectáculos para ser vistos con el oído.”
Como ya he señalado en otras oportunidades, si el español fue la primera lengua europea en hablarse en lo que hoy llamamos Estados Unidos de América y la de uso más extendido hasta el siglo XIX en el vasto territorio de lo que sería esta gran nación, no es de extrañar que los primeros medios de comunicación hayan reflejado esa realidad lingüística. En efecto, los primeros periódicos y revistas editados en Norteamérica fueron en castellano, como antecedentes de esa pertinaz presencia hispana en la toponimia de un país en ciernes que se extendería de un océano a otro.
La metamorfosis de las diminutas trece colonias
británicas apretujadas en la costa este hasta convertirse en el coloso
independiente que hoy conocemos, hizo que el inglés se convirtiera en el
lenguaje de mayor uso en la nueva entidad histórica resultante. No obstante, el
español, nunca llegó a desaparecer de estos parajes. Aunque relegado a un
segundo plano, publicaciones periódicas y libros se siguieron editando en
castellano. Y en el siglo XX dos nuevos medios se encargarían de mantener y
hasta extender esa presencia idiomática de la hispanidad en los Estados Unidos:
la radio y la televisión. La inestabilidad política y/o económica endémica de
la mayoría de las repúblicas latinoamericanas se ha encargado de que nunca
falten nuevos hispanohablantes en estas tierras, ávidos por mantener su cultura
a través de su mayor exponente: el idioma que le sirve de vehículo e identificación.
Las primeras emisiones radiales en
castellano escuchadas en nuestro país aparecieron en la tercera década del
siglo XX poco después de sus homólogas en inglés. Y no era de esperarse otra
cosa, pues en definitiva los inicios de la transmisión inalámbrica están
íntimamente ligados a la hispanidad, ya que los mensajes de radio en España
comenzaron, de la mano de Julio Cervera Baviera, tan temprano como en 1902; o
sea, mucho antes que en los EE. UU.
Sin embargo, la radio en castellano
al norte del Río Bravo no está directamente relacionada con España, sino con
México. Comunicadores mexicanos residentes en los estados americanos
fronterizos con la nación azteca, conscientes del mercado potencial que representaba
la audiencia formada por sus coterráneos viviendo de este lado de la frontera,
comenzaron a comprar bloques habituales de transmisión a estaciones de radio
anglosajonas en horarios de poca recepción para emitir programas en nuestra
habla. También desde ciudades mexicanas próximas al territorio estadounidense
tales como Tijuana, algunas emisoras comenzaron a dirigir parte de su
programación a los ‘paisanos’, convirtiéndose con toda probabilidad en los
primeros ejemplos de transmisiones radiales binacionales en América.
Desafortunadamente, entre 1928 y
1929 se dio un paso hacia atrás en el desarrollo de la radio hispana en los
EE.UU. como consecuencia de la puesta en práctica de una política gubernamental
antinmigrante conocida como “Operation Wetback” (Operación Espaldas Mojadas)
que implementara la deportación de miles de mexicanos. Consecuentemente, muchas
estaciones comenzaron a reducir la programación en castellano debido a las
presiones de los gobiernos locales, así como por la promulgación de nuevas y
más severas regulaciones federales para la radiodifusión.
Habría que esperar hasta los años
cuarenta para que la radio en español en la Unión Americana reiniciara su
truncado ascenso. A mediados de la década ya emitían programas en nuestro
lenguaje 58 emisoras y salió al aire la primera estación en transmitir todo el
tiempo en castellano, establecida en San Antonio (TX) por Roaul A. Cortez en 1946.
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| Roaul A. Cortez (Al centro) y el equipo de trabajo de la emisora KCOR, (c.1940) @Wikipedia |
Los siguientes decenios presentan un
desarrollo vertiginoso de la radio hispanounidense. De unas docenas de
estaciones en la década del 50 se asciende a centenares a finales de siglo y a
casi mil (contando las retransmisoras) en los inicios del actual. El control
financiero y cultural mexicano sigue siendo preponderante, como corresponde a
la proporción demográfica de dicha nacionalidad en la población hispana general
de los EE.UU. Otros conglomerados menos numerosos han logrado abrirse paso en
la industria, como los cubanos exiliados, quienes extendieron a este país la
popularidad de las novelas radiofónicas y televisivas que previamente la
radiodifusión habanera pre-castrista había exportado con gran éxito a toda
Latinoamérica, convertidas en su desarrollo en un componente de suma
importancia de la cultura hispanoamericana.
Estas célebres dramatizaciones tienen sus más remotas raíces en las ediciones de novelas impresas por entregas (denominadas “folletines”) tan populares en España y sus colonias durante el siglo XIX. Las radionovelas nacieron de sus narraciones adaptadas al nuevo medio fónico que, dado el inesperado éxito alcanzado, ampliaron sus ofertas en calidad con la adaptación radial de obras famosas de la literatura universal. Al poco tiempo, como consecuencia del veloz crecimiento en popularidad de dichos programas dramáticos, se empezarían a escribir historias originales directamente escritas para la radio, con libretos que no estaban fundados en narraciones publicadas con anterioridad en forma de libros o folletos.
Se
considera que la primera radionovela original de gran éxito fue El derecho de nacer (1948), de Félix B.
Caignet (1892-1976) quien definió (y desarrolló) la dramatización radial como
“espectáculos para ser vistos con el oído.” La referida obra estuvo en el aire
en la radio cubana por un año (tiene 314 capítulos, originalmente transmitidos
en vivo de lunes a sábado) y fue llevada posteriormente a otras zonas de la
hispanidad con igual acogida del público, habiendo sido adaptada hasta el
momento dos veces al cine y en múltiples ocasiones a la TV, al menos en un caso
con hasta 600 capítulos.
Dicha novela narra las vicisitudes
de una madre soltera de la alta clase social que, a pesar de todas las
presiones, se resiste a abortar a su hijo, a quien no quiere le violen el
derecho de nacer. El abuelo de la criatura (Don Rafael del Junco) hasta orquesta
el asesinato del recién nacido, pero el encargado del infanticidio no se atreve
a ejecutarlo y permite que una nana negra huya con la criatura, informando al
malvado abuelo que los había matado a los dos. Con el tiempo, el niño se
convierte en un galeno que salva la vida de su abuelo sin que ninguno de los
dos supiera del parentesco. Contarles cómo se llega al final feliz luego de una
tan escabrosa como complicada trama nos llevaría casi tanto tiempo como estuvo
la obra en el aire.
Hay una anécdota de la extensa
novela que parece algo así como un elemento precursor del realismo mágico: el
actor que hacía el papel del cruel abuelo pidió aumento de sueldo y amenazó con
abandonar el programa si no se le otorgaba. El dueño de la emisora se resistió
a su demanda y ordenó al autor eliminar el personaje de la historia. Como esto
era imposible desde el punto de vista dramatúrgico, Caignet ideó el subterfugio
de que Don Rafael sufriera un derrame cerebral que le impidiera el habla. De
vez en cuando se oían ininteligibles sonidos guturales como si éste intentara
decir algo, balbuceos que hacía cualquiera de los otros actores presentes en el
estudio, no pocas veces el propio ingenioso autor de la exitosa narración. De
ahí que aquellos expectantes oyentes que se perdían alguno de los capítulos lo
primero que preguntasen a quien lo hubiera oído era: “¿Ya habló Don Rafael?”,
pues el desenlace de la trama dependía de una información que solamente él (y
los millones de radioescuchas) conocían. La importancia de El derecho de nacer ha sido tal que el libreto original (o sus
variantes tanto radiales como televisivas), se continúa emitiendo exitosamente
con asombrosa periodicidad en diferentes naciones de habla castellana a pesar
del tiempo transcurrido desde su estreno. Ninguna otra radionovela o telenovela
anterior o posterior a la ópera prima de Caignet ha superado su éxito
permanente. No resulta una sorpresa que en una encuesta hecha entre los
televidentes por la agencia Associated Press en el año 2008 El derecho de nacer quedara catalogada
como la novela más influyente en la radio y televisión en español de todos los
tiempos.
Las especializaciones temáticas de
las emisoras radiales hispanas en los EE.UU. son tan disímiles como las
potencias de sus transmisores: de una programación eminentemente musical de
carácter étnico o general, a otras de puro texto de opinión, educativo o
adoctrinador. En la mayoría de los casos comunicadores carismáticos se encargan
de mantener un contacto directo con la comunidad que los hace parte o voceros
de la misma. Puede decirse que un oscuro gueto se convierte en pujante
comunidad sólo cuando tiene su propia emisora de radio que lo extienda
cabalgando Hertzios más allá de sus fronteras, aun cuando el dueño sea un
‘gringo’ que no habla una palabra en nuestro idioma o pertenezca a una
corporación asentada en una lejana ciudad desconocida por los escuchas: el
coterráneo hablando su lengua, con su acento y los modismos traídos del
distante terruño añorado, es la única personalidad reconocida por los
radioyentes; él ‘es’ la estación radial. Hasta exitosos consorcios
anglosajones, conscientes de la creciente importancia demográfica de los
hispanos en los Estados Unidos, han entrado en el mercado de la radiodifusión
en español: CNN y ESPN sirven de ejemplos.
Un hecho curioso resulta ser la
extensión del nombre de algunas emisoras más allá de las frías identificaciones
oficiales. Supongo que dicha añadidura tenga su origen en un lema que sirviera
originalmente para anunciar el contenido general de la programación diseñada o
la radio audiencia en especial a la que estaba dirigida. Algunas de dichas
adiciones resultan del todo lógicas; por ejemplo: “Amor” y “Recuerdo”,
seleccionadas para nombrar una estación especializada en música romántica y
otra en éxitos del ayer, respectivamente. O “La Campesina” y “Radio Fe de
Excelencia”, la primera para identificar una emisora dedicada a oyentes rurales
y la segunda a radioescuchas religiosos. Otras hacen un extravagante uso de la
letra k con que se inician la mayoría de las denominaciones oficiales al oeste
del río Mississippi: “La Kalle” y “La Konsentida” ilustran este grupo. Algunos
de esos nombres nuevos resultan algo crípticos: “La Gran D” y “La Super Z”
sirven de muestras. Y hasta los hay que parecen ser sugestivamente
polivalentes: “La Qué Buena”, “La Bronca”, “La Caliente”, “La Mega”. El tema
bien que podría servir para la confección de un artículo costumbrista que, como
ya ofrecí en otra ocasión, dejo en las manos de cualquier interesado.
A la radio hispana en nuestra
república le siguió la televisión. A principios de su desarrollo comercial a
finales de la quinta década del siglo XX no se le prestó mucha atención al
público hispanounidense en los EE.UU., posiblemente por considerarse que, en
general, sus integrantes no contaban con los recursos financieros necesarios
para la adquisición de un televisor, tenido como poco menos que un costoso
artículo de lujo en los primeros años del medio. Luego, con la disminución del
precio de los receptores y el sustancial aumento de la colonia hispana en
múltiples estados, se comenzó a tomar en cuenta, paulatinamente, a ese
preterido segmento de la población estadounidense.
En un inicio, como sucedió con la
radio, se trataba de espacios alquilados a canales anglosajones durante
horarios de poca teleaudiencia. Pero no pasó mucho tiempo para que se fundaran
estaciones televisivas hispanas en los EE.UU. San Antonio, que fuera la primera
ciudad en tener una emisora de radio completamente en español, repetiría su
condición de primada de los medios de difusión hispanos en los Estados Unidos
al inaugurar el primer canal de televisión de programación total en
castellano en 1961. Un año después le seguiría Los Ángeles, a la que se unirían
con posterioridad Nueva York y Miami.
De canales individuales se pasaría a
corporaciones nacionales como las cadenas Univisión y Telemundo, las que
prácticamente controlan en la actualidad la industria televisiva estadounidense
en nuestro lenguaje. Conglomerados como Azteca América y Estrella TV, han
logrado sobrevivir en el aire, aunque muy lejos de poder competir con las dos
cadenas punteras citadas. Completan la nómina pequeñas estaciones locales como
Américatevé en Miami que, sin poder pugnar con los grandes consorcios
mencionados, tratan de cubrir necesidades específicas de sus comunidades con
programaciones contentivas de un sabor local que no logran brindar las cadenas
nacionales por la propia vasta extensión de sus objetivos.
Univisión basa sus ofertas
fundamentales en programas grabados en México gracias a sus nexos con Televisa,
mientras que Telemundo se inclina más a la programación de factura nacional y
suramericana. Por consiguiente, Univisión está dirigida, esencialmente, a la
teleaudiencia mexicana, al tiempo que Telemundo pone sus miras, básicamente, en
el público puertorriqueño, cubano y centro y suramericano. Telemundo fue
adquirida por el gigante de la televisión anglosajona National Broadcasting
Company (NBC) en el 2001 y Univisión ampliaría su imperio a la radio con la
adquisición en el 2003 de la Hispanic Broadcasting Corporation (HBC), la más
significativa corporación de emisoras de radio en castellano de ese tiempo.
Finalmente, Univisión Communications, Inc. sería vendida a Broadcasting Media
Partners en el 2007.
Todas ellas tienen como productos
básicos las telenovelas. La nueva versión del lejano “folletín” peninsular
decimonónico tendría un gran desarrollo, a partir de la evolución cubana de su
raíz, en otros países del continente tales como México, Venezuela y ‒en menor
medida‒ Colombia, desde donde sus producciones se importan a las demás naciones
hispanoamericanas y a los Estados Unidos. Dicha modalidad dramática ha logrado
imponerse tan marcadamente en la preferencia del público televidente
hispanounidense que hasta ha dado pie a importantes obras realizadas en nuestra
nación, muy en especial en Miami. También ha trascendido las fronteras
lingüísticas, con doblajes y versiones en más de una docena de idiomas y una
destacada elaboración brasileña y turca (que a su vez se doblan al castellano),
así como un reciente proceso de expansión en progreso a la TV anglosajona, con
piezas grabadas directamente en inglés. Luego del surgimiento del Modernismo
Hispanoamericano (el primer movimiento literario en castellano nacido fuera de
España) y más expansivo todavía (si bien sólo de difusión audiovisual), la
telenovela, a pesar de ser despreciada por muchos académicos que la catalogan
como sub-literatura por su cepa comercial, está quedando como el aporte hispano
por antonomasia a la cultura universal desde la segunda mitad del siglo XX
hasta inicios del actual.
Las telenovelas desarrollan,
fundamentalmente, tramas simples que tienen como argumento primario una
historia de amor que debe vencer un sinnúmero de obstáculos (con especial
hincapié en las diferencias entre clases sociales) para llegar al final feliz
que todos esperan y conocen de antemano. El nivel artístico-literario, en
sentido general, era mediocre en sus inicios, pues tal parecía que se producían
en serie, como en una fábrica de autos o refrigeradores: todas casi iguales, y
de ahí el despectivo calificativo de “culebrones” que se les endilgara. Pese a
esa pobre factura inicial, nada impidió ganar teleaudiencia como una secuela
plural de mal cosida hechura del colosal éxito de El derecho de nacer desde su primera entrega en 1948 como obra
radiofónica y sus notables prontas versiones televisivas y fílmicas.

Más recientemente la telenovela, además de distribuir ríos de lágrimas a domicilio, ha incorporado a su oferta mercantil riachuelos de risas y sonrisas, (como en Betty la fea, creación colombiana de 1999 escrita originalmente por Fernando Gaitán en nuestro idioma y célebre, incluso, en su adaptación anglosajona) y arroyos históricos e ideológicos como la española Amar en tiempos revueltos (2005-2012) de Josep María Benet i Jornet, basada en la catalana Temps de silenci, de 52 capítulos que terminaron en 2002. Es decir, que la hija de la sosa novelita rosa, por una sorpresiva evolución artística en su adultez y sin menoscabo de su tradicional provocación de sollozos romanticoides, ha añadido –gracias a la radio y la televisión modernas– lo mismo humor que conocimientos. De ahí la necesidad de un análisis profesional que trate de dilucidar el fenómeno de la telenovela tanto desde el punto de vista cultural como social. Es más, considero que sería interesante investigar cómo andan las cosas en otras culturas, tratando de identificar, por ejemplo, qué relación pudiera existir entre la telenovela y la “soap opera” norteamericana: sus diferencias, similitudes, posibles influencias, tendencias actuales, etc
Por otra parte, a principios de
este siglo un nuevo medio de difusión se ha sumado a la radio y la televisión
tradicional: las plataformas de transmisión por cable (streaming, en inglés),
alimentadas, esencialmente, por las llamadas series y evolucionadas de simples
arroyos a caudalosos ríos. En español han alcanzado notoriedad internacional
obras tales como El ministerio del tiempo
(2015) de Jaime de Armiñán, y La casa
de papel (2017) de Alex Pina adaptadas, incluso, a otras culturas tales
como a la inglesa la primera y a la coreana la segunda. Se diferencian de sus
homólogas en inglés que las precedieron en que el componente romántico
fundamental de las telenovelas, sin llegar a ser el más importante de los
argumentos en las series hispanas, es más que un substrato; antes bien, forman
segundas tramas paralelas no muy alejadas (y complementando) las principales.
Por lo anterior, ¿podrían considerarse las series españolas como un peldaño
superior en el desarrollo de las telenovelas?
Dejo a futuros investigadores del
tema de la telenovela esbozados en los dos párrafos anteriores a manera de una
tentadora puerta abierta para los que quieran y se atrevan traspasar su umbral.
| Esmeralda, de Delia Fiallo. Venevisión 1970. Esmeralda: Lupita Ferrer. Juan Pablo: José Bardina |
Un caso sumamente excepcional en la
historia de las narraciones radiofónicas y televisivas es el de Delia Fiallo
(1924-2021). Su dominio del libreto radial y el guion de televisión, la calidad
artística de su ficción, su prolificidad, y la resultante popularidad mundial
de sus creaciones, la hicieron la escritora más famosa del orbe en el campo
dramático que venimos tratando desde los párrafos anteriores. En ello puede
haber sido determinante el haber desarrollado y perfeccionado su vocación
literaria con una sólida formación académica en la Universidad de La Habana
(una de las más importantes de Hispanoamérica hasta la primera mitad del siglo
XX), donde obtuvo un doctorado en filosofía y letras en 1948. Su primera
incursión en la literatura fue en narrativa breve en edición impresa, habiendo
recibido en ese mismo año el entonces importante galardón Premio Internacional
de Cuentos Hernández Catá. Casi de inmediato pasó a la novela radial, en cuyo
subgénero escribió una docena de exitosas historias. Con el advenimiento de la
televisión, Delia Fiallo cambió de medio y escribió más de 20 telenovelas no
menos notables, la mayoría de ellas creadas fuera de su país natal al salir al
Exilio en 1966 ‒una vez implantado el Totalitarismo en Cuba‒ por sus ideales
democráticos anticomunistas. Entre sus melodramas más destacados basta
mencionar Leonela, Topacio, Lucecita, Esmeralda, y Cristal, esta última su entrega
postrera, que data de 1985. Sus obras se han transmitido en más de 180 países y
decenas de versiones de sus historias continúan repitiendo los éxitos de las
originales. Por todo lo anterior, se le considera la Madre de las Telenovelas y
la Mejor Embajadora del Español en el Mundo de su tiempo.
![]() |
| Delia Fiallo (1924-2021) |
El arribo de la televisión por cable hizo que el ciclo se repitiera: la compra de espacios en horarios de poca teleaudiencia, o la adquisición gratuita de segmentos dentro de canales de propiedad municipal, han permitido una pluralidad de ofertas en castellano en la nueva era televisiva que van del deporte a la religión, pasando por variantes culturales disímiles, la política, intereses gremiales o comunales, etc. Coincidentemente, algunos canales y empresas anglosajonas de temáticas específicas están intentando llegar al televidente hispano con ediciones de sus programas dobladas al castellano o personal hablando nuestro idioma. Entre ellos cabe destacar CNN, ESPN, History Channel, Discovery Channel y el conglomerado cultural no comercial Public Broadcasting System (PBS), el cual ya tiene su versión en español: VeMe. Todos están tratando de repetir con el público hispanounidense los éxitos alcanzados con el de habla inglesa; tendencia que es de suponer se incremente en el futuro a medida que nuestro peso demográfico sea mayor.

Muchas de las emisoras de TV son
repetidoras de la programación general de las cadenas nacionales, aunque
aquellas asentadas en zonas de mayor población hispana tienen sus propios
estudios de producción encargados de la realización de programas locales (básicamente
noticiosos) que alternan con los de carácter nacional. Otras carecen de
estudios particulares, como por ejemplo UniMás, cuya programación esencial se
basa en la transmisión de películas anglosajonas dobladas a nuestra lengua,
antiguas series humorísticas, viejas telenovelas, así como eventos deportivos.
Las emisoras de radio, por el
contrario, tienen sus propios estudios aun cuando formen parte de cadenas
nacionales tales como Univisión Radio y la Spanish Broadcasting System. Ello se
debe al hecho de que la radio sigue manteniendo su condición prístina de medio
de comunicación local, respondiendo a las necesidades y preocupaciones
concretas de las comunidades en que están ubicadas las emisoras. Los
radioyentes se identifican con las personalidades de los comunicadores que
‘sienten’ cercanos, en una repetición (o continuación) del antiguo caso de
Pedro González. La televisión, a pesar de su popularidad, no ha podido alcanzar
nunca esa relación tan íntima con el público que la radio logró hace casi un
siglo y ha sabido mantener hasta el presente.
El siglo XXI abriría con nuevos
retos tales como la pujante presencia ambivalente de las redes cibernéticas,
así como el deterioro de las formas tradicionales del español por efecto de la
influencia del inglés o la lejanía de las nuevas comunidades de inmigrantes
hispanos de sus zonas de origen. A ellas se uniría la marcada pérdida
lingüística de la segunda y tercera generación de hispanos nacidos en los EE.
UU. y, en el último decenio, la disminución del flujo migratorio como resultado
de las deportaciones masivas y las trabas a la inmigración.
En un intento por paliar los
mencionados efectos negativos y estar a la altura de los tiempos, tanto las
grandes cadenas nacionales de radio y televisión como las compañías de menor
importancia, han creado cibersitios que promocionan o complementan sus ofertas.
En algunos de ellos es posible escuchar y/o ver la programación en vivo
original o los programas ya emitidos. Sus secciones de noticias, por sus
periódicas actualizaciones diarias, hasta compiten con las publicaciones
noticiosas de difusión tradicional en la Internet. Con todo, todavía está por
ver si tal extensión cibernética resulte, a la postre, beneficiosa o
inconveniente, asfixia o aliento para los medios hispanos en los Estados
Unidos.
No obstante los aspectos
perjudiciales o irresolutos señalados, no vislumbro una crisis en la radio y la
TV en español como la que sufrió la primera a finales de los años veinte del
siglo pasado. Teniendo en cuenta el constante ‒si bien actualmente disminuido‒
aumento de la población hispana en los EE. UU., es de esperarse que los medios
no impresos de difusión en castellano continúen su ascenso cuantitativo en este
país. Estados donde los hispanos eran casi inexistentes hace 20 años, en la
actualidad presentan pujantes colonias de nuevos inmigrantes, cuyos miembros
están ansiosos por oír su idioma en el radio o ver en el televisor los rostros
de sus actores y actrices preferidos con quienes llorar o reír luego de la casi
siempre fatigante jornada laboral. Pues es el caso que gracias a la magia de la
radio y la televisión en español, el sol enceguecedor de México, Puerto Rico o
los llanos venezolanos, bien que puede caldear las montañas nevadas de Utah.
Y sí, finalmente, Don Rafael habló.
Incluso en todos (o casi todos) los estados de la Unión Americana. Gracias al
derecho de nacer de la radio y la televisión hispanounidenses.
(*) Ponencia presentada por el autor
en el II Congreso de la Academia Norteamericana de la Lengua Española [ANLE],
celebrado en la Biblioteca del Congreso de los EE. UU. en Washington, DC, en
octubre de 2018.
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(**) Catedrático de Lengua Española y Literatura Hispánica en el Kingsborough Community College de la Universidad de la Ciudad de Nueva York, donde también es coordinador de área en el Departamento de Lenguas Extranjeras.Entre sus publicaciones, destacan Las trampas del tiempo y sus memorias (1991); Mar de espuma. Martí y la literatura infantil (1995); Un huésped no invitado. La voz tangencial del indio en la literatura hispana (2001); Después del rayo y del fuego. Acerca de José Martí (2003); Platero y nosotros: estudio crítico (2007); Lo que quede de aldea. Más sobre José Martí (2011), y el compendio bibliográfico Para leerte mejor. Publicaciones en español en los Estados Unidos (2000-2012), editado en el 2013.




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