Tuesday, October 20, 2026

LA CRUZ DE CELIA. Estampas de CUBA (1 de 2)

Por María Argelia Vizcaíno

«Cuba tiene una cruz en su vestido. Celia tiene una cruz en su apellido». LUIS MARIO «Antología sin tierra»

Durante décadas he escuchado a algunas personas que tienen a su alcance medios de comunicación, tratando de pisotear la gloria de Celia Cruz, por eso hoy deseo defender con justicia a una de las mujeres más extraordinarias de nuestro país, porque no sólo nos ha honrado llevando una vida artística con decencia en un medio que la mayoría no sabe controlar los excesos y la promiscuidad, paseando con su voz espectacular los principales géneros de la música cubana popular por todos los rincones del mundo, sino que ha sabido defender con dignidad su postura anti totalitaria, amante de la paz, y jamás se ha doblegado ante el chantaje familiar que le impone la dictadura a sus desterrados.

Empecemos por recordar lo que la mayoría ya sabe. Celia de la Caridad Cruz Alfonso, hija del trabajador ferroviario Simón Cruz y Catalina Alfonso, nació en una modesta vivienda que especifica el Dr. Cristóbal Díaz Ayala en «Del Areyto a la Nueva Trova» que estaba en la esquina que forman las calles Flores y San Benigno, en la barriada de la Víbora, La Habana. Inscripta el 21 de octubre de 1925 en el registro civil de Santo Suárez, según el Dr. Héctor Ramírez Bedolla, colombiano con el título de «sonomatancerólogo» que viajó expresamente a Cuba para obtener la inscripción. En el «Diccionario de la Música Cubana» de Helio Orovio, (donde fue vetada en su primera edición) se dice que vio la luz en 1924 y «se inició en el canto en Radio García Serra», en el programa para aficionados La Hora del Té; especificando Enrique C. Betancourt en «Apuntes para la historia» que era la emisora CMCU en los 1,285 kilociclos desde la Víbora. El documentado Rosendo Rosell aclara en el tomo I de «Vida y Milagros de la Farándula en Cuba» que Celia «debutó en el cabaret Faraón, en Zanja casi esquina a Belascoaín, lugar en que (el cantante Wilfredo) Gallito Curbelo tenía su orquesta, alternando, si mal no recuerdo, con el Conjunto Niágara. Allí la llevó Bienvenido León (voz segunda y maracas del Septeto Nacional), donde Luis Ardison, que era el dueño, la puso cantar en su estilo tanguero». Aquel primer tango fue Nostalgias, de Cadícamo y Cobián.  Posteriormente entre Curbelo y el catalán Daniel Vila que era su manager y entre otros «la convencieron para que adoptase el estilo afro, que empezó con Facundo de Eliseo Grenet».

Desde entonces donde quiera que ha cantado se ha robado el público que la ha escuchado y por eso ha recibido más de un centenar de premios, como aquellos que ganó como aficionada en la Corte Suprema del Arte, Radio-CMQ, cantera de brillantes artistas cubanos, y el concurso de «Reina de la Conga», convocado por Mario Lavín propietario de Radio Lavín-Mil Diez, donde obtuvo otro primer título firmado por un distinguido jurado integrado por nada menos que Rita Montaner, Miguel Matamoros, Gonzalo Roig y Eliseo Grenet. 

Al integrar en 1950 la Sonora Matancera, encuentra en el trompetista Pedro Knigth el amor duradero y los reconocimientos que continuaron son incontables: una estatua de cera en el archifamoso Museo de Cera de Buena Park, California; una estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood, California y otra en la Ciudad de Miami; Doctorado Honoris Causa de la Universidad de Yale y después en la Florida International University; Medalla Nacional de las Artes en 1994 de manos del presidente de EEUU; decenas de nominaciones al Grammy, obteniendo su gran premio en 1990; más de veinte discos de oro, de plata y platino; hasta grabó en 1973 con el pianista judío norteamericano Larry Harlow el tema Divina Gracia para la primera ópera latina Hommy a Latin Opera, adaptación de la ópera de rock Tommy del grupo The Who, a lo que el excelente investigador Nicolás Ramos Gandía en www.noti-salsa.com ha dicho que después de esta grabación «la Fania promovería a Celia como la reina de la Salsa». 

Celia Cruz con la Sonora Matancera

En su carrera artística ha incursionado además en telenovelas mexicanas como «Valentina» y «El alma no tiene color» de gran audiencia; ha tenido papeles en películas de Hollywood como en The Mambo King, Salsa y The Perez Family, pero su vida es cantar  como dice en su álbum que ocupa el número 76 de toda su carrera, editado en el año 2000, por algo ha logrado más producciones disqueras que años cumplidos; incluso es la primera cubana que ha puesto a bailar nuestra música hasta la más alta aristocracia de Mónaco, como en el tradicional Baile de las Rosas celebrado en el Sporting Club de Monte Carlo a principio del 2000 y públicos como los japoneses y finlandeses que sin entender lo que dice en sus letras, estiman el torrente de su voz y el dominio de la escena.

Contar en una estampa la larga trayectoria de esta indiscutible estrella artística es imposible, por eso después de un simple recuento les traigo la parte menos comentada, lo que representa la verdadera cruz de Celia. La que sufrió calladamente por estar condenada por la inquisición castrista, que no sólo prohibió su música en la isla esclava, sino la obliga a la separación de sus seres queridos, que le impidió estar al lado de su querida madre en sus momentos finales, convertida en una víctima más de la confabulación de los mediocres mercenarios de la doctrina de Marx en el ámbito mundial. 

Lo más cerca que he estado de Celia ha sido a través de un teléfono celular, cuando mi hija Dayamí que es una de sus mayores Fans, presenciando un concierto que dio en West Palm Beach, me llama emocionada para compartir conmigo ese inolvidable momento y para que yo también la pudiera escuchar en vivo. Sin embargo, cuando he oído o leído las injusticias contra esta inigualada mujer, me he sentido muy junto a ella y la defiendo con orgullo.

Si esta novela sacada de la vida real que les relato a continuación no cambia alguna mala opinión que los comunistas han querido se propague sobre Celia Cruz, definitivamente hay que darle el mérito al que nos ha robado la patria por casi medio siglo, que le ha otorgado una cruz a cada uno de los millones de cubanos, a los que han atrapado con sus falacias y a los que, como Celia, vagamos por el mundo sin regresar a la patria oprimida, pero sin doblar la cerviz. Ellos calumnian a los que disienten de su doctrina porque algo queda, somos nosotros los que conocemos sus tretas los que no podemos ser cómplices de su divulgación.

Continuará.

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