Wednesday, June 12, 2019

Emilia Bernal o una historia de amor (segunda parte y final)*


Por Guillermo A. Belt

El primer exilio 
En el puerto de Nuevitas se les une el padre, quien ha reunido algún dinero para salir al exilio con su mujer y sus hijos. Deciden ir a Santo Domingo. De esta ciudad habían venido los antepasados Bernal cuando la Audiencia Real de Indias se trasladó a Puerto Príncipe. Resultaba lógico pensar que allí encontrarían buena acogida, pero pronto se desvanecieron las esperanzas de abrirse camino en el país vecino. Concepción no pudo obtener una plaza de maestra. Emilio Bernal intentó valerse de su talento de pintor para ganarse el sustento. Todos los esfuerzos fracasaron ante la difícil situación económica imperante en aquella tierra. Emilia recordaba, con gran sentido del humor, que ella y su hermano Calixto, con una peseta que le habían regalado a la niña por todo capital, fabricaron unos rudimentarios globos de papel de varios colores y los vendieron en menos de una hora. “¡Y fuimos nosotros los únicos de la casa que ganamos dinero en Santo Domingo!” (Betancourt de Hita 47).

Concepción publicó un artículo en “Listín Diario” con el título “Notas históricas sobre la inmigración cubana”. Quiso poner sobre aviso a los compatriotas que, desde Cuba, pensaban que había prosperidad en Santo Domingo. La realidad era muy distinta y ella trató de aclarar las cosas en beneficio de aquellos. Este artículo dio lugar a una campaña de prensa criticando la “ingratitud” de ciertos emigrados cubanos.


El regreso a Cuba y a la guerra


Para los Bernal la situación se había vuelto insostenible. La familia tuvo que regresar a Puerto Príncipe. La guerra en Cuba era cada día más feroz. El jefe militar español, el Capitán General Valeriano Weyler, sustituto del general Martínez Campos al reconocer éste el fracaso de su misión pacificadora, había implantado una política de reconcentración de campesinos para privar a los combatientes cubanos del apoyo que la mayoría de los habitantes del campo les brindaba. En su “Estudio político-social cubano”, Emilia Bernal explica los efectos de la medida:

Su Decreto de la reconcentración de los campesinos llenó las ciudades de desamparados y hambrientos. Las tropas españolas recogían en sus operaciones a todas las familias que encontraban a su paso y éstas que en el campo vivían pobremente; pero vivían, y al ser trasladadas a los pueblos donde no hallaban techo, ni pan, ni vestidos, iban sucumbiendo. La enfermedad y el hambre los acabó, se dio el más espantoso cuadro en la pródiga tierra de Cuba. Familias enteras, abuelos, padres, hijos y nietos, murieron, desesperados, bajo su cielo, a pleno sol… (Bernal. Cuestiones… 80).

La familia Bernal no fue reconcentrada pero sí sufrió otras consecuencias de la guerra. La madre solicitó la plaza vacante de maestra en el poblado de Las Minas. Le fue concedida y con sus hijos regresó a la casa donde habían vivido anteriormente. De nuevo se oían tiros en las noches y la familia tenía que echarse al suelo. La madre rezaba letanías a la Virgen María y la niña contestaba ¡Ruega por nosotros! A la inseguridad y el miedo pronto habría de sumarse el hambre. El gobierno dejó de pagar los sueldos y Concepción Agüero volvió a quedarse sin ingresos, como en Santo Domingo. Escaseaban los alimentos. Los mambises, como se conocía a los combatientes cubanos, quemaban los sembrados para causar daño al enemigo.

Anteriormente se ha citado otra fuente para corroborar afirmaciones de Emilia Bernal, no sea que el lector suspicaz quiera ver en algunas de ellas una exageración inspirada en su patriotismo. Acerca de los reconcentrados, la hambruna y la desolación abundan datos en el libro Cuba: The Pursuit of Freedom, de Hugh Thomas. La mayor parte de la isla, a comienzos de 1896, había sido definida como zona militar, dice Thomas, y por ende el decreto de Weyler, ordenando la concentración de toda la población de pueblos y caseríos en zonas militares, tuvo por consecuencia el establecimiento de un inmenso campo de concentración en Cuba (p. 329). 
Víctimas de la Reconcentración de Weyler
El historiador británico cita el censo levantado en 1899. La población de Cuba en ese año quedó registrada en 1.572.797. En 1895, al comenzar la guerra, se estimaba en 1.800.000. La pérdida de 300.000 vidas en la Guerra de Independencia, apunta Thomas, superaba con creces el diez por ciento de la población. Agrega que pocas naciones, antes de esa fecha, habían sufrido tan alta proporción de pérdidas humanas como resultado de una guerra. Según Thomas, las muertes en Cuba resultantes del combate y de la política de reconcentración son comparables, en términos porcentuales, a las ocurridas en Rusia en la segunda guerra mundial y en Serbia en la primera. Además, el terrible costo humano en Cuba probablemente representó el doble de la proporción que arrojaron las guerras civiles en Estados Unidos y España (p. 423).


La entrada de Estados Unidos en la guerra de 1895 


En el estudio sociopolítico citado, Emilia Bernal señala dos causas de la entrada de Estados Unidos en la guerra del 95: la opinión pública en ese país, agitada por los terribles sufrimientos de los reconcentrados, y la voladura del acorazado Maine, en el puerto de La Habana, adonde había llegado a pedido del cónsul estadounidense para proteger a sus ciudadanos ante los desmanes del cuerpo de voluntarios españoles. Emilia califica la explosión de la santabárbara del buque de guerra de “enigmática”, manifestando que “sorprende que a la hora de la catástrofe, la oficialidad del barco estuviese toda en tierra celebrando un banquete y que la marinería del mismo, que estaba a bordo, y que pereció, fuese, casi en su totalidad, mercenaria extranjera.” (Bernal, Cuestiones… 82).

Seguidamente, la autora expone en dos párrafos las consecuencias del hecho: el rompimiento de relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y España; la declaración del Congreso de aquél reconociendo el derecho del pueblo de Cuba de ser libre e independiente; la destrucción de la escuadra española por la estadounidense, en Santiago de Cuba, y la toma de esta ciudad; el armisticio y la firma del Tratado de París, que puso fin a la guerra y reconoció la independencia de Cuba. Esta sección termina así: 
“La bandera española debe recordar, eternamente, la hora en que se arrió, de nuevo, de los altos farallones del Morro. Los cubanos miraron, entristecidos, que en su lugar, siquiera fuese temporalmente, ondeó otra enseña que no fue la suya.” (Bernal, Cuestiones, 83).

Mucho más extenso es el tratamiento que da Emilia Bernal a lo que llama el hecho culminante de la ocupación del territorio de Cuba por el ejército de los Estados Unidos. Su análisis del significado y las consecuencias de la Enmienda Platt ocupa ocho páginas en Cuestiones cubanas (83-90). Teniendo en cuenta que el libro es de 1923, y que en 1934 fue derogada la enmienda impuesta a los representantes del pueblo cubano que redactaban la Constitución de la naciente república, no sería útil glosar aquí los argumentos de la autora, veterana de las dos guerras, la del 68 y la del 95, la heroína había dirigido el hospital de sangre más famoso de la lucha por la independencia.

Pronto se desvanecería la alegría de la victoria. La madre de Emilia padecía de tisis —enfermedad que había causado la muerte a varios miembros de su familia— pero había sentido alguna mejoría y se animó a emprender nuevamente su profesión de maestra. El interventor militar de Estados Unidos en Camagüey había abierto varias escuelas nuevas en la ciudad. Concepción solicitó una plaza, el militar le contestó que escogiera una, y ella pidió Nuevitas. Pero desde su llegada a la ciudad donde había conocido a su futuro esposo, donde se había casado y tenido su primera hija, Concepción Agüero de Bernal cayó en una crisis ininterrumpida. En una de sus últimas cartas a su esposo exclamó: “No puedo vivir…Paso las noches sin dormir… Me ahogo…Y en medio de esta tortura pienso en mi patria… ¡Oh Cuba, desde la cuna fui mártir contigo, y ahora que tú prosperas, gozas y aguardas, soy mártir también y me siento morir!” (Betancourt de Hita 53).

Con la muerte de la madre ejemplar terminó Emilia Bernal “El romance de cuando yo era niña”. Lo vino a escribir después de casarse muy joven, tener cuatro hijos, separarse del marido y trasladarse a La Habana. Pero no lo escribió en la capital de su amada patria. Layka Froyka brota de su pluma en Nueva York, en 1919. Una editorial de Boston acepta el manuscrito, siempre que sea traducido al inglés. Emilia carece de recursos para ello y tiene que esperar hasta 1924, cuando escribe el prólogo en La Alhambra de Granada, da el libro a la imprenta y éste se publica finalmente, en Madrid, en 1925. 


Emilia Bernal en La Habana (1910-1919) 


El autor de Emilia Bernal: su vida y su obra declara paladinamente que la cronología que esboza, a partir de la muerte de la madre hasta el viaje de Emilia a Nueva York en 1919, está basada en suposiciones, dada la incomunicación con la Cuba de hoy y las consiguientes dificultades para obtener documentación fehaciente. Sin embargo, resulta útil para dar una visión general del ambiente político y social en que se desenvolvió la poetisa durante su estadía en la capital de la muy joven nación.

Betancourt de Hita considera probable que el matrimonio de Emilia con Armando Labrada se haya celebrado tras la muerte de la madre y durante la primera intervención de Estados Unidos, o sea, entre 1898 y 1902. Los cuatro hijos nacieron en 1904, 1905, 1907 y 1908; el autor da las fechas exactas. La separación matrimonial la sitúa entre 1908 y 1910. En este último año Emilia ya está residiendo en La Habana, donde publica versos en las revistas El Fígaro, Bohemia y Social. En la Bibliografía Cubana del Siglo XX, de Carlos M. Trelles, publicada en 1916 (el mismo año de la publicación de Alma errante, el primer libro de poesías de Emilia Bernal), se cita 1914 como el año en que se recibió de Doctora en Pedagogía. Es probable que haya iniciado esos estudios en 1910 y posible que se haya desempeñado, simultáneamente, como maestra de instrucción primaria.

Alejada de su Camagüey, de sus amistades de la niñez y adolescencia, separada del marido cuando aún no había divorcio, La Habana no le habría parecido muy hospitalaria. Alejo Carpentier describe el entorno social y cultural capitalino en “Sobre La Habana (1912-1930)”. Afirma que La Habana pudiera haberse denominado una ciudad prácticamente sin mujeres debido a que, según costumbres heredadas de España, la mujer joven no tenía ningún tipo de convivencia con el hombre joven. Lo que era peor para Emilia Bernal, la mujer madura sencillamente se casaba y se relacionaba solo con su esposo, sus hermanos y los amigos de ellos. En las dos primeras décadas de este período no era costumbre que las mujeres trabajaran, con unas pocas excepciones. Una de ellas, la de maestra primaria, resultaba favorable a Emilia por ser su profesión. Carpentier cita la razón de ser de esta excepción: la atención al niño chiquito la podía prestar la mujer mejor que un hombre. ¿Qué diría al respecto la autora de la prosa “Paradoja”? (ver Emilia Bernal… 92.)

Emilia, al hacérsele imposible continuar ejerciendo de maestra, tuvo que salir de Cuba. No presenció, por tanto, la llamada Danza de los Millones, en mayo de 1920, cuando el precio del azúcar se disparó a 22.5 centavos por libra, de 7.3 en noviembre de 1919. Pero tampoco sufrió la caída vertiginosa del precio a 3.75 centavos, en diciembre de 1920. Como dice Alfredo José Estrada en Havana, Autobiography of a City, en un año Cuba pasó de la época de las “vacas gordas” a la de las “vacas facas”, en medio de las quiebras de azucareros y del pánico bancario. 

Emilia en Nueva York y en Europa


Algunos de los éxitos literarios de Emilia Bernal, muy bien examinados por Betancourt de Hita, se citan aquí para relacionar su fecunda actividad de divulgación de lo cubano con el acontecer patrio durante sus viajes por el extranjero. Mientras Cuba enfrenta fuertes altibajos de su economía, Emilia recoge en Nueva York los recuerdos de su infancia y adolescencia, en Layka Froyka; lee sus poesías inéditas en un recital que en su homenaje organiza la Unión Benéfica Española de la Ciudad de Nueva York; y traduce los Sonetos completos, de Anthero de Quental, del portugués al español.

En 1923 llega a París. La sociedad dedicada a la propagación de las lenguas extranjeras en Francia la invita a dictar varias conferencias. Emilia lleva a cabo intensas investigaciones en la Biblioteca Nacional de París. Al regreso de un viaje a Italia da cuatro conferencias en La Sorbona: las tres primeras sobre los poetas mártires de Cuba, y la cuarta sobre su ilustre coterránea, la poetisa Gertrudis Gómez de Avellaneda. En este año, en La Habana, comienza a formarse el Grupo Minorista, integrado por unos 40 o 50 poetas, artistas, abogados, periodistas y otros profesionales que celebran tertulias los sábados por la tarde en el café La Acera del Louvre. Uno de sus fundadores fue Alejo Carpentier y en él se destacaron el poeta Rubén Martínez Villena, el primer Historiador de la Ciudad de La Habana, Emilio Roig de Leuchsenring, y el abogado Jorge Mañach. Entre los pintores, casi todos graduados de la prestigiosa Academia de Bellas Artes de San Alejandro, en La Habana, figuraban Eduardo Abela, Antonio Gattorno y el más famoso de todos, Wifredo Lam.

En París Emilia Bernal escribió su Estudio político-social cubano y luego, en 1925, leyó un extracto en la Universidad de Coimbra. En este estudio ofrece una visión completa de Cuba hasta 1919, el año de su partida. Comienza con las leyendas sobre las relaciones de sus pobladores primitivos con pueblos vecinos; habla del mito de la Atlántida y la predicción de Séneca; y cuenta hazañas de antiguos navegantes. Seguidamente analiza el Descubrimiento, la conquista y la colonización españolas. Expone los ciclos históricos del país: los intentos por obtener la autonomía —la vía pacífica— y las guerras por la independencia cuando fracasan aquellos. Critica la imposición de la Enmienda Platt durante la primera intervención de Estados Unidos, como se ha mencionado anteriormente. 


En 1928, en la Universidad Central de Madrid, lee su ensayo “Resumen histórico de las letras cubanas, desde los tiempos más remotos hasta que la literatura se define”. Mientras tanto, en Cuba ha comenzado la lucha contra el presidente Gerardo Machado, que se ha hecho prorrogar en el poder. En ella participan mujeres y, según apunta Carpentier, comienzan a caer las barreras sociales y económicas heredadas de la antigua potencia colonial. En 1931 y 1932 se traslada a Mallorca, donde escribe incesantemente, mayormente en prosa, nos cuenta Betancourt de Hita, y su producción se recoge en un libro que lleva el nombre de la isla. Un año después, en agosto de 1933, Machado caía y salía de Cuba para siempre. Emilia Bernal, entretanto, no ceja en su labor de acercamiento interamericano. Desde agosto de 1935 hasta enero de 1940 recorre todo el sur del continente americano como Agregada Cultural, adscrita a varias representaciones diplomáticas de Cuba.

En marzo de 1940 está de regreso en La Habana, donde rindió informe de esta insigne labor en la Secretaría de Educación de la República. En Cuba se habían producido muchos cambios y, naturalmente, en La Habana también. La caída de Machado en 1933 no había dado paso a un gobierno estable. Pocas semanas después, el 4 de septiembre, un sargento taquígrafo del Ejército de Cuba, el cual contaba ya con oficiales formados profesionalmente, encabezó un golpe, apenas disimulado con ropaje democrático. Fulgencio Batista pasó a ser el poder detrás del trono. Emilia viviría ahora, in situ, los altibajos de la república que con grande y cruento sacrificio habían forjado sus mayores. 


No obstante, la poetisa, escritora y traductora continuó su tarea cultural, divulgando en Cuba lo que había encontrado en sus viajes por otras tierras americanas. Como escribe en el anteprólogo a su traducción al español del Martim Cereré, Emilia Bernal se dedicó a hablar del Brasil y a recitar sus poemas nacionales en los más prestigiosos centros habaneros y en viajes por el interior de la isla, en el empeño de acercar a los pueblos de la América hispana, labor desarrollada en sus viajes durante tantos años y que en los 40 y 50 continuó llevando a cabo en su propia tierra, cerrando el ciclo.

En el prólogo a Cuestiones cubanas para América, modestamente titulado “Disculpa”, la hija de poetas y patriotas señala los motivos que tuvo para publicar el libro:

¿Por qué publico este libro? Dos motivos tengo. Primero, hacer labor de interamericanismo. Nosotros, entre sí, casi nos ignoramos….De Cuba no se sabe nada o se sabe muy poco en el Continente de habla española. O lo sabe la élite, lo cual es como si no lo supiese nadie con relación a la tendencia de compenetración de pueblos que todo americano debe de perseguir. Del Continente iberoamericano, ¿qué saben nuestros isleños? Y mi libro es para estos pueblos.

Y el segundo motivo, lleno de amor por Cuba:

“Los mártires y los sacrificios, los héroes y los triunfos, son el elemento esencial que consolida el espíritu de una nación. Además, son necesarios sacerdotes de los mártires y sacrificios. Aedos que canten y cuenten los triunfos y las derrotas. El pueblo de Cuba está muy carente de ellos…” (Bernal, Cuestiones… 13-14).

Los puntos suspensivos al final de esta cita son de la autora, y fueron proféticos. Porque los héroes y mártires del siglo 19 no bastan, hoy por hoy, para rescatar al pueblo de Cuba del sufrimiento y de la opresión. Los héroes y mártires de los siglos 20 y 21, y sí que los hay, carecen de cantores épicos que canten la valentía de sus victorias y cuenten sus trágicas derrotas ante el poderío feroz de una tiranía institucionalizada. ¿Dónde encontrar los sacerdotes de mártires y sacrificios que reclama Emilia Bernal? En la vida de esta cubana por antonomasia no tuvo cabida la desesperanza. Por eso, estas palabras de Emilio Bernal Labrada, cerrando el prólogo del ensayo sobre su vida y su obra, las habría rubricado, con orgullo, la ilustre abuela: 
“Por pesada que sea la nube parda de la oscuridad reinante, siempre queda, un poco más allá del horizonte humanamente visible, la esperanza de un brillante renacer.” 


Referencias bibliográficas


Bernal, Emilia. Cuestiones cubanas para América. Madrid: Imp. G. Hernández y Galo Sáez, 1928.

------------------. Alma errante. América. Miami: Editorial Cubana, 1990.

------------------. Layka Froyka. El romance de cuando yo era niña. Philadelphia: La gota de agua, 2006.

Betancourt de Hita, Armando. Emilia Bernal: su vida y su obra. Miami: Ediciones Universal, 1999. 
Carpentier, Alejo. El amor a la ciudad. Madrid: Santillana, S.A., 1996.

Costa, Octavio R. Antonio Maceo, el Héroe. Miami: La Moderna Poesía, Inc., 1984.

Estrada, Alfredo José. Havana: Autobiography of a City. New York: Palgrave Macmillan, 2007.

Gómez, Máximo. Diario de campaña del Mayor General Máximo Gómez. La Habana: Centro Superior Tecnológico, 1940.

Jiménez Pastrana, Juan. Ignacio Agramonte: documentos. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1974.

Martí, José. Obras escogidas. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1992.

Olivera, Otto. Viajeros en Cuba (1800-1850). Miami: Ediciones Universal, 1998.

Thomas, Hugh. Cuba: The Pursuit of Freedom. New York: Harper & Row, 1971.

**Tomado de RANLE (Revista de la Academia Norteamericana de la Lengua Española). Agradecemos a su director Carlos Paldao la autorización para reproducirlo.

EMILIA BERNAL O UNA HISTORIA DE AMOR (Primera parte)*



Por Guillermo A. Belt 


"Leed viejos libros. Tened viejos amigos" 

ALFONSO X EL SABIO



En Cuestiones cubanas para América, el libro publicado hace casi un siglo con un estudio y varias conferencias de Emilia Bernal, prestado por un viejo y buen amigo, se recoge mucho del pensamiento de la poetisa sobre Cuba, a la que tanto amó y por la que hubo de sufrir, más de una vez y la última al final de su vida, las angustias, añoranzas e incertidumbres del exilio. Apartándonos del brillo de sus glorias literarias, repasemos la vida de la niña que nació siendo Cuba colonia de España, en medio de la desolación que siguió a la Guerra de los Diez Años; la adolescente que afrontó los peligros de la Guerra de Independencia y tuvo que marcharse con sus padres hacia tierras inhóspitas; la joven que asistió al nacimiento de la República y, ya adulta, padeció con ella los vaivenes de sus primeras décadas; la mujer casada y con cuatro hijos que se separó del marido, intrépida decisión en aquella época y en su medio. A comienzos del siglo 20 Emilia se aleja del entorno ancestral y se lanza a un mundo nuevo. Sale de Puerto Príncipe y se dirige a La Habana, donde comienza su trayectoria literaria. Publica sus primeros versos. El título de su primer libro, Alma errante, evoca y prefigura su vida. El paso por la capital apenas completa una década. Un funcionario gubernamental “me puso la proa”, recuerda, impidiéndole ejercer su profesión de maestra, y nuevamente se ve en la necesidad de salir al exilio, esta vez en busca de otros horizontes profesionales.

La joven Emilia Bernal
"La viajera de la palabra escrita", como la llamó Luis Mario en la introducción a Emilia Bernal: su vida y su obra, dedica varios años a contar la historia de su pueblo y de su patria en un recorrido por tierras europeas y americanas. En Cuestiones cubanas no falta —no podía ser de otra manera— un resumen histórico de las letras cubanas, con especial mención de los poetas mártires. 

La poesía y el amor a la patria: dos rayos de luz en esta vida extraordinaria.

Unos veinte años vivió Emilia fuera de Cuba. En 1940, cuando presentó en La Habana el informe de la misión cultural desarrollada en los cinco años anteriores en el sur del continente americano, regresaba al país con el aval de conferencias dictadas en la Universidad de París, la de Coimbra y la Central de Madrid; libros publicados en América Latina y en Europa; sus poesías, reproducidas en varias antologías; y con el aplauso de la crítica nacional y extranjera.

En Cuba se encontraba la poetisa al producirse la llegada al poder de Fidel Castro, el 1º de enero de 1959. El 15 de mayo de 1963, a los 79 años, acompañada de su hija Concepción salió de Cuba por última vez. Armando Betancourt de Hita, autor del galardonado ensayo Emilia Bernal: su vida y su obra, describe su partida: “Atrás quedaba el tesoro de su vida: sus libros, los recuerdos de su peregrinar por tantos países, con sus ensueños y sus versos. Pero todavía era mucho mayor la angustia que abatía su ánimo al pensar en el sombrío futuro que amenazaba a su patria. Era una expatriación que, por su ancianidad y quebrantada salud, habría de ser definitiva.” (Betancourt de Hita 96).

Repasemos las luces y sombras en la vida de Emilia Bernal, situándolas en el contexto político y social de una isla en el Mar Caribe cuyos mejores destinos, largamente anhelados por los que como ella allí nacieron y lucharon, están aún por realizarse. 


Emilia en la época colonial

La primogénita de Emilio Bernal y del Castillo y María Concepción Agüero y Agüero nació en 1884 en la provincia de Camagüey, donde se había asentado su abuelo paterno en el siglo 18. Pero no vino al mundo en la casona de los Bernal, en la ciudad de Puerto Príncipe, como habrían deseado sus padres, sino en Nuevitas, porque su madre, acompañando al marido en un viaje cultural por varias ciudades cercanas a pesar de su avanzado estado de gestación, tuvo que hacer una escala para dar a luz.

Cuando la niña empezaba a descifrar el habla de los adultos se posó en su frente la primera sombra. Su padre, sordo desde los diez años a consecuencia de un accidente, no pronunciaba palabras inteligibles. Entonces, Emilia creó una lengua propia y exclusiva para comunicarse con él, logrando superar el penoso impedimento físico. Betancourt de Hita relata que padre e hija dialogaban bajo la copa de los árboles del patio de la casa de extramuros, en la oscuridad de la noche. Emilia preguntaba cuántas puntas tienen las estrellas; el padre le enseñaba los nombres de las constelaciones. La niña quería saber cómo debería sentarse para no dar la espalda a Dios, ya que se encuentra en todas partes; no sabemos la respuesta del padre.

Estas conversaciones en lengua inventada despertaron el interés de la niña por los patriotas, poetas, juristas y guerreros que fueron sus antepasados, y en acontecimientos que entrarían en la historia de su pueblo, enfrascado en una lucha sin cuartel por la independencia.

Poeta y patriota fue su abuelo materno. Francisco José Agüero y Duque de Estrada, bien conocido por el seudónimo “El Solitario” con que calzaba sus colaboraciones en periódicos de la época, organizó en 1849 la Sociedad Libertadora de Puerto Príncipe para abogar por la libertad de Cuba. Dos años después pasa de las palabras a la acción armada. Con unos 40 hombres se une al alzamiento de Joaquín Agüero. Tras el combate de San Carlos, obligado a replegarse ante tropas españolas muy superiores en número, El Solitario conduce a la mayoría de sus hombres hasta el puerto de Nuevitas, por donde embarcan hacia el exilio en los Estados Unidos.

Joaquín Aguero
En el extranjero se entera de que ha sido condenado a muerte. No obstante, se esfuerza por organizar expediciones armadas que lo lleven de regreso a Cuba, en tanto que apenas subsiste dando clases de español y francés. Su familia, en la tierra natal, queda sumida en la pobreza cuando el gobierno español le conmuta la pena y ordena la confiscación de todos sus bienes. Fallido todo intento de regresar por la vía de las armas, ante la falta de apoyo y las muchas promesas incumplidas, y conmovido por la noticia de la muerte de su esposa en 1856, El Solitario solicita permiso para volver a la patria.

En 1857 está de nuevo en Puerto Príncipe, totalmente arruinado. Se dedica a enseñar literatura hasta que, en 1868, estalla la Guerra de los Diez Años. Los sufrimientos físicos y las decepciones espirituales han quebrantado su salud. En 1871 queda paralítico, en silla de ruedas. Estas son las palabras de Emilia Bernal sobre el triste final del abuelo: “Ángela recogía por las mañanas, de las casas de los ricos, lo necesario para sostener la vida de su padre…” (Betancourt de Hita 28). Así pasó sus últimos años El Solitario, hasta su muerte en 1892. Murió sin ver la independencia de su patria, por la que lo dio todo.


La Guerra de los Diez Años (1868-1878)


La tragedia familiar —hay más; aquí solo se alude a la del abuelo, a quien Emilia conoció en sus peores tiempos— tuvo fuerte impacto en el desarrollo emocional de la niña. Además, su niñez transcurrió en un cuadro de desolación general. Camagüey, la región más rica del país, había pagado un precio muy alto por la ansiada independencia. En toda Cuba la guerra del 68 cobró cerca de 200,000 vidas, divididas más o menos a partes iguales entre cubanos y españoles. En Camagüey la población se redujo en un 11 por ciento; en Puerto Príncipe quedaron 1,000 casas vacías. De 110 centrales azucareros, quedó uno; y solo 200 cabezas de ganado, de unas 350,000 que había al comenzar la contienda.

El heroísmo es una constante en la vida de Emilia. Su madre, hija de poeta y de patriota, poetisa ella también y defensora del ideal independentista, había sufrido prisión por motivos políticos. Tres de los tíos de Emilia habían combatido en la Guerra de los Diez Años. Y la figura cimera de la guerra en Camagüey, Ignacio Agramonte Loynaz, provenía de una familia muy parecida a los Bernal y los Agüero. Los padres de Agramonte, aunque no eran de las personas más ricas de la región, también se sentían orgullosos de su rancia estirpe criolla.

Siendo aún niña, Emilia habría oído relatos de las proezas de Ignacio Agramonte en los campos de batalla. El rescate del general Julio Sanguily, que llevó a cabo al frente de 35 jinetes en 1871, entraría en la leyenda aún antes de su muerte en el combate de Jimaguayú, a corta distancia de Puerto Príncipe, en mayo de 1873. El guerrero fue además un hombre de ideas liberales. En la redacción de la Constitución de Guáimaro, adoptada en 1869, logró que prevaleciera su visión de un régimen republicano. Agramonte vio en el levantamiento de los cubanos una fuente de derecho que llevaría al país a un gobierno representativo y democrático. En las conversaciones con su hija, la madre de Emilia destacaría esta faceta del héroe.

El orgullo de ser camagüeyana no despertó en Emilia solo por las conversaciones con sus padres. En aquellos años imperaba el regionalismo en la isla. “Se es de La Habana, de Puerto Príncipe, de Santiago, mas no se es de Cuba.” Así afirmaba el primer viajero extranjero en recorrer la isla de oeste a este y dejar constancia de ello en un libro, Jean Baptiste Rosemond de Beauvallon, cuyo relato, publicado en París en 1844, resume y comenta el profesor Otto Olivera en Viajeros en Cuba (1800-1850), atribuía el aislamiento entre los tres departamentos de la isla a los deficientes medios de comunicación, pero también al proverbial orgullo del carácter español, heredado por los criollos, y a su consecuencia, la superioridad que sentían los moradores de una provincia con respecto a los residentes de otras. La poetisa, en su plenitud, explica la hegemonía de su ciudad natal en el “Estudio político-social cubano” que figura en Cuestiones cubanas para América


Una ciudad interior en la isla de Cuba es centro del progreso y la oposición a los viejos moldes de la colonia. Las semillas de todas las rebeldías se sembraron allí. Su carácter hegemónico lo debió, acaso, a circunstancias geográficas. Tiene una posición territorial que la hizo orgullosa, valiente y conservadora de su genio no contaminado de corrientes exóticas. Situada en el corazón de Cuba, lejos de todo mar, se hallaba al abrigo de las invasiones piráticas, por eso a ella se trasladó la Real Audiencia de Indias, que provenía de Santo Domingo, desde 1800, para que sus archivos estuviesen resguardados de todo peligro de destrucción. (Bernal, Cuestiones 52). 

La Guerra de Independencia (1895-1898)


Sin perjuicio del legítimo orgullo que sentía por su suelo y por su gente, Emilia Bernal no escatimó elogios al referirse a héroes de la Guerra de los Diez Años que no eran camagüeyanos. Aunque las hazañas de la primera guerra por la independencia de Cuba solo las conocía por relatos escuchados de sus padres y otras personas, es evidente que desde niña sintió admiración por todas aquellas figuras legendarias. Refiriéndose al guerrero por excelencia del 68, el que no aceptó la paz que puso fin a aquella contienda, y a su regreso a Cuba al estallar la Guerra de Independencia el 24 de febrero de 1895, Emilia escribió: 


En Oriente, playas de Duaba, cerca de Baracoa, desembarcó la primera expedición que lanzó el grito de rebeldía, capitaneada por Antonio Maceo. Pocos días después, Máximo Gómez, el general de la última epopeya, y José Martí, el conspirador, desembarcaron sigilosamente en las mismas costas. Pero Maceo habría de ser el adalid de la revolución. Por mano divina estaba señalado para realizar el ideal que encarnara el apóstol Martí. (Bernal, Cuestiones… 77).

El 1º de abril de 1895, cuando Maceo pisa de nuevo el suelo patrio tras largo y azaroso exilio en varios países de América, Emilia está a punto de cumplir 11 años de edad. Ahora sí tiene noticias de acontecimientos contemporáneos. Su adorada provincia de Camagüey se había unido a la de Oriente, cuna de los Maceo, y a la de Matanzas cuando se dio el Grito de Baire. Maceo no tardaría en llegar a ella. Mucho se ha escrito sobre la marcha de Antonio Maceo de un extremo a otro de la isla.

El resumen que hizo la poetisa es un canto al orgullo patrio, que se eleva por sobre toda barrera geográfica, social, económica y racial.


Él empujó sus tropas desde la abrupta región oriental, burlando los ejércitos españoles, que se apostaban bravamente en la trocha de Júcaro a Morón, en la provincia de Camagüey, donde es en línea recta más ancha la isla. Él las condujo en marcha victoriosa a través de Las Villas y Matanzas, ganando combates dignos de la más alta gloria militar, hasta el arribo en la provincia de La Habana, de casi imposible acceso, adónde sólo podía llevar la revolución un genio como el suyo…Él pasó la trocha de Mariel a Majana, más difícil de atravesar que la de Júcaro a Morón, porque es una línea de sólo cuarenta kilómetros, donde se concentraba toda la vigilancia y la acción militar española… Él plantó su hueste en el extremo occidental de la isla, llevando la revolución redentora de triunfo en triunfo desde la punta de Maisí hasta el cabo de San Antonio. El 22 de octubre de 1895 había salido, como un símbolo, de las sabanas de Baraguá en Oriente. Y digo como un símbolo porque allí, en ese lugar, terminó definitivamente la guerra del sesenta y ocho, por el mismo caudillo, y al comenzar la del noventa y cinco en tal sitio, no parecía ser sino su continuación. El 22 de enero de 1896 llegaba al extremo occidental de Cuba. Tres meses exactos de marcha al galope sólo interrumpida para guerrear. (Bernal, Cuestiones… 77-79). 


Este recuento de la hazaña de Maceo no es producto de la imaginación poética. Véanse los datos que ofrece el historiador Octavio R. Costa en Antonio Maceo, el Héroe, biografía ganadora del concurso convocado por la Academia de la Historia de Cuba en 1946. Sobre la entrada de Maceo y sus tropas en el pueblo de Mantua, provincia de Pinar del Río, escribe Costa: 


Son las cuatro de la tarde del 22 de enero de 1896… La invasión se ha consumado. La empresa iniciada en los Mangos de Baraguá se epiloga gloriosamente en el pueblo más occidental de la isla… En noventa días se han recorrido victoriosamente cuatrocientas veinticuatro leguas. Han sido vencidas en setenta y ocho jornadas. Se ha peleado en veintisiete combates. Veintidós pueblos se han ocupado. Se han tomado al enemigo dos mil fusiles y ochenta mil cartuchos. Un maltrecho contingente de cuatro mil hombres, a través de un territorio angosto y largo, ha burlado, desconcertado y vencido a los poderosos ejércitos españoles, compuestos por más de doscientos mil hombres y provistos de todo lo necesario para la guerra. Todo lo ha podido el genio de un hombre respaldado por el heroísmo de unos soldados encendidos de fe y seguros de la grandeza del jefe. La guerra ha prendido en toda la isla… Cuarenta y dos generales no han podido detener a Gómez y a Maceo. (Costa, Antonio Maceo…241-242). 


A diferencia de Ignacio Agramonte, Maceo tuvo un origen humilde. Su padre no pertenecía a una familia de abolengo en Cuba, sino que era venezolano, llegado a la isla después de la victoria de Bolívar en su tierra natal. Su madre, Mariana Grajales, sí era cubana de nacimiento. Tuvo seis hijos varones y todos se unieron a las fuerzas insurrectas, así como Marcos, el padre. En esta familia de héroes lo que pudiese faltar en abolengo sobró en valentía. Poco después del 10 de octubre de 1868, día en que se inicia la gesta conocida como la Guerra Grande, Antonio, el mayor de la familia, y su hermano Miguel llegan a la casa paterna, en Santiago de Cuba, junto con un grupo de hombres armados. “Reciben por auxilio onzas de oro, armas diversas y caballos… En torno a Maceo y Mariana están los hijos. Se hace un silencio total… Y Mariana, magnífica, apostrofa a los hijos y recibe de ellos el juramento solemne de servir a la patria. Los Maceo tienen que morir peleando por Cuba.” (Costa 20). 

A Emilia le atrajo la figura de Maceo no solo por la cualidad que compartía con Agramonte: la bravura en el combate. Las ideas liberales del líder camagüeyano, referidas a la futura organización política de una Cuba independiente, encuentran un paralelo en el guerrero oriental. A Maceo le preocupaba la afrenta colectiva de la esclavitud, como lo revelan las cartas en su archivo personal, consultadas por Costa. La familia de Emilia también fue sensible al problema de la esclavitud. Sus padres habían cedido una residencia campestre para el uso, en su vejez, de esclavos liberados, a la que éstos llamaban Santa Rosa de los Negros Libres. Si es probable que la madre de Emilia le hablase de las ideas políticas de Ignacio Agramonte, también lo es que la niña admirase en Antonio Maceo al hombre que existía por debajo del héroe, en la expresión del autor de su mejor biografía.

La guerra de 1895 fue, para la niña camagüeyana, más que una serie de relatos de historias heroicas. Emilia sufrió en carne propia los rigores de una guerra en la que España se jugaba la última carta de su imperio, y los patriotas criollos ponían sobre la mesa vidas y haciendas en una última apuesta para ganar su independencia.

A comienzos de ese año Concepción Agüero solicitó una plaza de maestra rural. Lo había sido en Nuevitas, antes de casarse, y luego en Las Minas. En esta oportunidad se le asignó una escuela en un pueblo pequeño llamado Altagracia, adonde se trasladó con Emilia y sus hermanos. Tomó una casa típica del lugar, con paredes de tablas de palma y techo de guano, o sea, hecho con hojas secas del mismo árbol. Ese verano, cuenta Emilia en Layka Froyka, corrió la voz que pronto llegaría al pueblo el general Arsenio Martínez Campos, llamado “El Pacificador” por haber puesto fin a la guerra del 68, y ahora de nuevo al mando de las tropas españolas en Cuba. La niña, en quien ya apuntaban rasgos de una firme voluntad, insiste en ver la llegada del personaje y el padre se ve obligado a acompañarla. Cuando el general baja del tren militar y camina por entre la gente reunida en el andén —“una figura alta, elegante, fornida, con el aire del viejo tipo español… el pecho lleno de cruces…”— se detiene al pasar ante la niña y le dice: “¡Qué ojos tienes, morena!” (Betancourt de Hita 40).

Pocos días después de la llegada de El Pacificador la guerra llegaba a Altagracia. Allí se había instalado un destacamento de tropas españolas. Al tercer día, se escuchó de repente una descarga de fusilería. Los cubanos, al grito de ¡Viva Cuba libre!, atacaban y los soldados españoles contestaban el fuego. Al cabo de un largo rato los disparos se fueron espaciando, hasta que nuevamente se escuchó el grito de libertad y, seguidamente, toques a la puerta de la rústica vivienda donde madre e hijos se habían tendido en el suelo para ponerse a salvo de las balas.

Paquito Borrero, general del Estado Mayor de Máximo Gómez, el general en jefe de los cubanos, había caído muerto por un disparo hecho desde una de las casas de Altagracia cuando el combate ya había cesado. Máximo Gómez ordenó el incendio del caserío, ante la imposibilidad de identificar al autor del asesinato.

Si la represalia parece excesiva, téngase presente que pocos meses antes del combate en Altagracia Francisco Borrero había desembarcado, el 11 de abril, junto con Máximo Gómez y José Martí, y tres hombres más, en las costas de Oriente. Dando cuenta del accidentado arribo al suelo patrio, de noche y bajo fuerte lluvia, Martí, al comienzo de su diario de campaña, menciona a Borrero: “Bajan el bote. Llueve grueso al arrancar. Rumbamos mal. Ideas diversas y revueltas en el bote. Más chubasco. El timón se pierde. Fijamos rumbo. Llevo el remo de proa. Salas rema seguido. Paquito Borrero y el General ayudan de popa.” (En José Martí: Obras escogidas 529).

Los lazos de hermandad patriótica que unen a estos seis hombres los describe Martí en carta del 26 de abril. Comentando un combate de dos horas y la piedad que sintió por los heridos, dice, refriéndose a éstos: “Y no les he dicho que esta jornada valiente de ayer cerró una marcha a pie de trece días continuos, por las montañas agrias o ricas de Baracoa, la marcha de los seis hombres que se echaron sin guía, por la tierra ignorada y la noche, a encararse triunfantes contra España”. Y agrega: “No sentíamos ni en el humor ni en el cuerpo la angustiosa fatiga, los pedregales a la cintura, los ríos a los muslos, el día sin comer, la noche en el capote por el hielo de la lluvia, los pies rotos. Nos sonreíamos y crecía la hermandad.” (En José Martí… 573).

Así se comprende mejor la orden de Máximo Gómez. El general dispuso la previa evacuación de los moradores y sus hombres tocaron a la puerta de Emilia y su familia, conminándolos a abandonar la vivienda de inmediato. Betancourt de Hita, citando los recuerdos de infancia que Emilia recoge en Layka Froyka, escribe que cuando los Bernal se alejaban de la casa la madre gritó de repente: “¡Los papeles de mi familia!” Y continúa: 


Concepción se lanzó, corriendo, de vuelta hacia la casa, cuyas paredes ya comenzaban a arder. Algo rezagados, la seguían Emilia y sus hermanos. Del poblado solo faltaba por quemar el paradero del ferrocarril, por donde debería regresar la madre. Un jinete se disponía a quemarlo, disparando a una lata llena de combustible, situada en el andén. Emilia corrió a interponerse, gritándole al mambí: “¡No tire! ¡Mi madre está del otro lado!” (Betancourt de Hita 42). 


El combatiente cubano exige que le quiten a la niña de en medio. En ese instante llega la madre. El tesoro que aprieta contra el pecho no consiste en dinero, ni joyas, ni otros objetos de valor material. Ha puesto en peligro su vida y, sin quererlo, la de su hija primogénita para rescatar de las llamas los versos de El Solitario y los de los tíos de Emilia. Esa noche, Emilia, su madre y hermanos duermen en bohíos lejanos donde han encontrado temporal refugio. Allí les recomiendan tomar un tren que debe pasar por Altagracia rumbo a Nuevitas. Lo esperan junto a la vía. El tren se detiene y recoge a los habitantes desalojados de Altagracia. En él viaja el general Martínez Campos. Va de regreso de un fracaso: esta vez no ha logrado la pacificación de la “siempre fiel isla de Cuba”. No nos dice Emilia Bernal si en esta ocasión el general español se fijó nuevamente en la niña morena de los ojos bonitos. 

*Tomado de RANLE (Revista de la Academia Norteamericana de la Lengua Española). Agradecemos a su director Carlos Paldao la autorización para reproducirlo.

Tuesday, June 11, 2019

Arquitectura cubana: grupo Arquitectos Unidos

Tomado del blog Arquitectura Cuba*


En 1952, se funda en La Habana, el grupo: “Arquitectos Unidos”, - también conocidos como “Los Espaciales” – cuyos componentes eran principalmente jóvenes estudiantes de arquitectura, con inquietudes e influencias de la arquitectura más racionalista, el “estilo internacional”. Entre sus más destacados participantes, figuran nombres tan conocidos como Humberto Alonso, que hacia las veces de líder, también destacaba un joven Antonio Quintana, uno de los grandes maestros de la arquitectura moderna en Cuba y el único de estos que no se exilió de la isla luego del éxodo de profesionales a consecuencia de la revolución, también estuvieron allí Hugo Consuegra, Enrique Gutiérrez, Manolo Mesa, Osvaldo Tapia Ruano, Vicente Morales, Ursecino Otero, Pablo Perez, además nuclearon en torno a si y a unas tertulias que organizaban en la zona de La Rampa, en el Vedado, a pintores, como el grupo de “Los Once”, escritores y muchos otros arquitectos, sus propuestas abarcaban todo el escenario posible, cultural y político.


Volviendo a la arquitectura, vemos que uno de sus primeros encargos fue la ampliación del Instituto Edison de La Habana, en La Víbora, en el año 1954, del que era directora y propietaria, la madre de uno de los miembros del grupo: Enrique Gutiérrez. Un año después, en 1955 Humberto Alonso, en colaboración con Antonio Quintana, construyen un edificio de oficinas para alquiler, perteneciente al colegio de arquitectos. Edifico de marcado acento “miesiano”, que sufrió diversas transformaciones y la falta de mantenimiento inherente a todas la edificaciones cubanas en el último medio siglo, Hace pocos años el edificio pasó a ser la sede del “INRH”, y recuperarse -de alguna manera- este magnífico ejemplo del movimiento moderno cubano.



A pesar de la oposición abierta del grupo al gobierno de Batista y su vinculación a diversos movimientos revolucionarios, la mayoría de sus miembros, terminaron exiliándose, algunos en fechas muy tempranas, otros como el mismo Humberto Alonso estuvieron algunos años vinculados a la nuevas obras que se hacían bajo el gobierno revolucionario,. Los primeros trabajos en 1964 y las ideas generales de lo que es hoy la CUJAE, fue un proyecto de Humberto Alonso, que fiel a su estilo más racionalista, era el otro espejo, también muy valioso de la arquitectura cubana, que en aquellas fechas veía obras de estilos tan diversos. Alonso terminó saliendo también del país, y con él una época más que valiosa para la arquitectura cubana.
Por: RCI




Saturday, June 8, 2019

La homofobia de estado en Cuba: recuento de sus primeros años (cuarta parte y final)


Por Héctor Santiago
En 1964 como preludio de la UMAP, se celebró en La Habana un Congreso de psicología marxista, donde se presentaron ponencias condenando el homosexualismo y proponiendo curas, que iban desde los electroshocks hasta tratamientos de reconversión sexual, utilizando las teorías de los reflejos condicionados del ruso Iván Pávlov. Cuando finalizó el Congreso, se quedaron en La Habana un grupo de la Universidad Carolingia de Praga, psicólogos comunistas italianos, mexicanos, argentinos, y rusos, que se unieron a los miembros cubanos del Departamento de Psicología de la Academia de Ciencias, el Departamento de Sanidad Mental del Ministerio de Salud Pública y la Escuela de Medicina de la Universidad de La Habana. Entre todos crearon unos experimentos de choques a base de insulina, vomitivos y electroshocks, mientras se miraban fotos de hombres desnudos y actos homosexuales: para crearle a los individuos un rechazo interno. Después, en un ambiente relajado, con música, proporcionándoles sándwiches, dulces, café y cigarros, se les mostraban mujeres desnudas y actos sexuales heterosexuales, Junto con largas sesiones de terapia, fiscalizadas por grupos de psicólogos, sexólogos y psiquiatras. Para esto se escogía a los de aspecto más viril y que evidenciaran menos predisposición femenina, acumulando los puntos para ser curados.
Reportaje del periódico El Mundo del 14 de abril de 1966. En el subtítulo dice "Brillante iniciativa de cuadros militares. Fidel les dio el nombre" [Tomado de Cubaencuentro]
Pronto estuvo más que claro qué tipo de “representación masculina” se buscaba, y que con el progreso de los tratamientos se acortaban las sesiones. Se comenzó el travestismo de personificar al Macho. Montando y ensayando su expresión corporal, los tonos de voz, los gestos, lo sincero de su deseo de curarse para montarse en el carro de la revolución. Finalmente representado ante un grupo, para su visto bueno, la crítica, las correcciones y el sello de veracidad. Todas estas manifestaciones de resistencia, podían ser penalizadas como ofensa militar, contrarrevolución, delitos contra la Propiedad del Estado y Contra la economía de la Nación, la supresión del pase y las visitas familiares, ser enviados a la Seguridad del Estado, juzgados en los Tribunales Populares –al término del “servicio militar” cumplirían la condena–. Sufrir las sádicas torturas como “El Palo”, “El Trapecio”, “El Ladrillo”, “La Soga”, “El Hoyo”. Ser internados en las temibles mini celdas de castigo, llamadas ”Vietnamitas” o “Cajas de fósforos. 
Pero adueñándome de las palabras de Carlitos Marx: Solo había que perder las cadenas. Estos recursos eran un arma de desgaste de las víctimas, en perpetuo juego para vencer a los verdugos. Y nada provocaba una mayor impotencia histérica entre los oficiales, que pese a las torturas y los castigos, las manifestaciones artísticas continuaran. ¿Cómo era posible, que con una elaborada red de informantes, las constantes requisas, el cateo diario… no faltaran los vestidos de novias, las bikinis de las rumberas, los vestidos de las vedettes, y las escenografías. Estas últimas eran producto de otra manifestación teatral: la conversión de la barraca en el Gran Teatro del Mundo. 
Contra el militarismo se opuso la fantasía, la necesidad de embellecer el entorno y hacer la vida más duradera. Mirando hacia atrás a un lejano y perdido hogar idílico –que intuyéndolo perdido para siempre cobraba otra vida–, el entorno se representó como el ”Hogar Dulce Hogar”. Se adornaron las torres [literas] con cortinas domésticas, se bordaron las sabanas, les pegaron fotos de artistas recortadas de las revistas, los dibujos que se hacían, las botellas se tornaron floreros con flores de papel, se hacían cojines bordados, y alfombras. Las camas se convirtieron en carrozas representativas, los nidos de los matrimonios, los espejos de la ideal vida burguesa, donde solo faltaban los productos General Electric y la cocina para tener lista la cena cuando Él regresara: “¡Honey, I’am Home!” 
Para crear estos mundos se utilizaron los materiales al alcance. Los mosquiteros, las sabanas, las toallas y sus hilos, las gasas de las vendas médicas, los blancos sacos de harina, los sacos de yute del azúcar que coloreaban, con violeta genciana, mercurio cromo, azul de metileno, bijol, borra de café, tierra, cal, óxido de hierro y cobre, zumos vegetales. Deshilados y tejidos con la técnica del macramé. A estos les cosían, les pegaban con cola de carpintero, pegamento de zapatero, o almidón, los pedazos de espejos o ralladuras de sus azogues, el cristal triturado de las botellas de colores. Lo que faltaba se compraba en la bolsa negra, se robaba de la enfermería, de los almacenes de la cocina, o se sacaba de los materiales encontrados en el campo, y que se metían en el campamento con ingeniosas maneras.
Carnet de la UMAP [Tomado de Verdades ofenden]

Las sogas deshilachadas, los traperos de la limpieza, los deshollinadores: que se teñían para hacer pelucas y ristras de flecos. El caqui de los pantalones militares verde olivo y las camisas de mezclilla azul, se desteñían con lejía, cal viva, la potasa de los jabones amarillos, se hervían con fertilizantes de fosfatos. Las gorras militares y los sombreros tejidos de las fibras del yarey de las palmas, se transformaban en sombreros cabareteros con ayuda del celofán, el nylon, los papeles de china y las envolturas metálicas de los dulces, las plumas de aves encontradas en el campo, las hojas secas de la hermosa yagruma, el algodón de las ceibas. También se hacían manillas de flores silvestres. Los collares y adornos de semillas del campo como la Santa Juana –que por ser blancas podían teñirse y usarse como aplicaciones adornando los vestidos–, los mates, las peonías, los ojos de buey; agujereados con clavos al rojo. 
El maquillaje se negociaba en la bolsa negra por los útiles del campamento; toallas, sabanas, latas de comida rusa, etcétera. Se compraba a los familiares que venían de visita, los traían los internados del pase, se compraban a sobreprecio en las Tiendas del Pueblo de los pueblecitos cercanos, y se trocaba con los campesinos de los alrededores. También se recurría a los elementos presentes. Un ladrillo molido proveía polvos de distintos tonos –desde naranjas a colorados–, que al igual que las tierras y las arcillas se podían ligar con aceite creando una pasta, el talco ligado con mercurio cromo servía de colorete para los pómulos, los jugos de algunas flores silvestres servían como pintalabios, para las pestañas se mezclaban el hollín de las velas y del fondo de las cazuelas, ligándolos con sebo o manteca, y el betún de zapatos. Las sombras para los parpados se sacaban del óxido verde del cobre, raspando los espejos y las limallas de los machetes al ser afilados, aplicándolos ligados con grasa. Los rostros de geishas de “Sayonara” se lograron con loción de calamina y polvos de zinc. El respaldo musical se apoyaba básicamente en la percusión: tocando cajas de madera, bidones de petróleo, latas de aceite o manteca, golpeando las guatacas –los azadones–, las cucharas, las quijadas de vaca encontradas en el campo, las maracas hechas con latas de comida o güiros secos rellenos de piedritas, algún cencerro abandonado en el camino, claves hechas de palos de escoba, un coro de palmadas y, por supuesto, la voz humana. 
Las barracas variaban en cada campamento. Algunas habían sido vaquerías de elementos de cemento prefabricado y otras eran de madera –con o sin ventanas–, con una sola puerta de entrada dando al polígono central, los techos de las infernales planchas de zinc: que de día alcanzaban más de cien grados [Fahrenheit] de calor y por la noche sudaban por el frío de la campiña cubana. 
Según las posibilidades de cada campamento y la presencia de directores e intérpretes, podía variar la sofisticación de los espectáculos. Cuando se podía, al fondo se ponía, de pared a pared, una soga con sabanas o sacos de yute cosidos, que hacían de telón, convirtiéndose las torres cercanas en los camerinos. La escenografía se lograba con los arreglos de plantas y flores silvestres, cartones o telas pintadas. A un lado del telón se colocaban los músicos y en el pasillo se congregaba el público. En las puertas y ventanas se colocaban los vigilantes listos a dar la voz: “¡Los guardias!” o “¡Requisa”. Pero poco a poco el desgaste lo fue descomponiendo todo, y con tal de tener a los Umaps tranquilos para que cumplieran con la cuota de trabajo, se relajó la actitud ante los shows, siempre pendiente de los testículos en turno. 
Pidiéndole prestado el término a la izquierda militante. Este “teatro de los oprimidos”, fue una eficaz forma de mantener la sanidad psicológica, balanceó el desespero, ayudó en la espera de lo desconocido y suavizó la monotonía codificada de los campamentos. Si pasamos por alto los elementos sui generis de la realidad cubana, veremos que son las mismas manifestaciones que han aflorado en cualquier época y pueblos, donde el ser humano ha sido sometido a la salvajada de que somos capaces unos contra otros, justificándolas en nombre de la política, la religión, la moral, la patria, o lo que se ocurra. Aunque se siga ahondando en la historia de la UMAP, realmente continuarán escapando al entendimiento de todo tipo, las mismas preguntas que se han hecho en el Gulag o Auschwitz. ¿CÓMO NOS CONVERTIMOS EN ESTO? ¿POR QUÉ…?

Nueva York, 20 de agosto, 2008 Ampliado con nuevas investigaciones hasta el 10 de mayo, 2019


Friday, June 7, 2019

La homofobia de estado en Cuba: recuento de sus primeros años (tercera parte)

Por Héctor Santiago

Arte y cultura popular como resistencia en las UMAP

Desconozco si se ha hecho algún estudio desde el lado sociológico y psicológico de cómo el Sistema Comunista Caribeño acabó con la manera de ser del cubano, destruyó el entramado nacional de sus costumbres, sus éticas y comportamientos. Que explique cómo aquel pueblo –sin idealizarlo– que tenía una identidad nacional, era jovial, estructurado en la familia y la vida comunitaria… Pasó a ser una masa bailando por las calles y pidiendo la muerte por paredón para los que fueron sus amigos, se integró a los Comités de Defensa para delatar hasta a su familia, y con tal de sobrevivir y llegar lo más arriba posible, apedreó, le tiró huevos y apaleó a sus vecinos, cuando el Éxodo del Mariel. En una podredumbre que continúa hasta ahora. En el mini mundo de las UMAP, eso pronto fue evidente, como la Peste nadie fue indemne. Los comportamientos, el carácter y las personalidades, se transformaron por completo. Las victimas pasaban a ser parte de los victimarios. Otros pagaban el precio por no envilecerse. Para el resto quedaba una solución. Contraponer a la horrible realidad otra propia que les permitiera pasar de una a otra con una ordenada enajenación. 
Recorte de la prensa oficial [Tomado de Havana Times]

En medio del brutal trabajo de la caña y la agricultura: de las 4:30 A.M a las 5 P.M. –y hasta que se cumpliera con la cuota laboral–, las condiciones insalubres –piojos, chinches, pulgas, sarna, diarreas–. Las torturas, suicidios, depresiones, locuras, hambre, desnutrición, las humillaciones, la falta de cuidado médico y el inseguro futuro: “De aquí no sale nadie”, “El comandante botó la llave”. 
La necesidad de buscar formas de escapismo fue un urgente imperativo para sobrevivir. 
Las primeras manifestaciones fueron “Contar la película”. Una forma de entretenimiento traída de las cárceles magistralmente plasmada en la novela “El beso de la mujer araña” de Manuel Puig. Estas narraciones verbales fueron convirtiéndose en largos monólogos, donde el que contaba se desdoblaba en tres niveles: a) Los personajes. b) Narrador de la acción, su escenario, y musicalizador. b) Comentarista “desde afuera” que criticaba o ensalzaba el comportamiento de los personajes, y enfatizaba la moraleja de la historia. Pronto aunar en una misma narración a diversos “conocedores” de las películas, dio lugar a representaciones donde se repetían e improvisaban sus diálogos. Estas películas provenían de la Época de Oro del cine mexicano de los 40-50, tan populares en Cuba, algunas del cine melodramático argentino de la misma época, y del cine español tenían mucho éxito las películas de zarzuelas y las de los cuplé de Sarita Montiel. Muy en raras ocasiones el cine norteamericano con “Casablanca” y “Jezabel” de Bette Davies, aunque sí algunas de cowboy, de soldados de la Segunda Guerra Mundial y las de gánsters. Otra forma marcadamente subversiva de teatralidad, era la mofa ejecutada muy seriamente de las “bodas”, copiadas al calco del mundo heterosexual, no faltando los más veraces atributos del vestuario de la “novia”, el “novio”, “damas”, “invitados”, el sacerdote, músicos interpretando la “Marcha Nupcial” y el cantante del “Ave María”, además del entorno de adornos con flores silvestres, cortinas, buffet con la comida enlatada que se daba en el campamento, alcohol de la enfermería con melado o azúcar, licores de frutas fermentadas o el aguardiente de caña de los alambiques clandestinos, culminando con el “viaje de luna de miel” a un supuesto país, con cuyo nombre se bautizaba a la “torre” –las camas una encima de la otra–. Esto fue muchos años antes -y en el mundo aislado de la isla estalinista- de la parodia del mundo heterosexual que hizo famosa la película norteamericana “Paris is burning” en los ochentas creando la moda “Vogue” imitada por Madonna, donde en New York las llamadas “escuelas” competían recreando y compitiendo con esas imitaciones. También la “hiper mariconería” se utilizaba como un elemento teatral, que alcanzaba al lenguaje con el uso femenino de “la”, “ella”, “esa”, “niña”, “querida”, los gestos exagerados, que creaban unos personajes desmedidos y pocos reales, que pasaron a formar parte de la resistencia, mostrándolos a los soldados para retarlos y burlarse, a lo que no pocas veces respondían con golpes y castigos. 
Distintivo de las UMAP
En los campos los Umaps perdían la identidad, al ser deshumanizados sustituyéndolos por un número al que debían responder y obedecer. Su respuesta era la subversiva otroridad del “nombre de campamento”, pseudónimos copiados de las actrices, cantantes y rumberas de las películas mexicanas y la televisión cubana. A los que adicionaba el número del campamento: “Rosita Fornés la 66” “María Félix el 2” “Toña la Negra el 7”… Convirtiéndolo en un travestismo teatral, que como las muñecas rusas se escondían unas dentro de otras, pues además de imitarlas a la perfección, se adueñaban de sus personalidades, llegando a ser las Otras durante las veinticuatro horas y teniendo la “exclusividad” para interpretarlas. Lo que daba lugar a festivales de “competiciones”, donde se adjudicaban premios a la mejor representación. Pues a veces tras los traslados, coincidían en un mismo campamento dos “Ninón Sevilla”, tres “Tongolele” y hasta cuatro “María Antonieta Pons”. Lo que fue el preludio para los “shows” de cabaré. Que llegaron a ser la forma más perfecta y rebuscada del entretenimiento en los campamentos. 
Imagen en los campos [Tomado de Magnet]
Copiados del nocturno mundo habanero, los menos eran los que imitaban a los refinados cabarés, como Tropicana, Sans Souci, Montmartre, donde se entretenían las clases pudientes y mayormente blancas. Prefiriendo aquellos que eran los bastiones de la cultura popular y el kitsch. Como los pintorescos de la playa de Marianao: El Chori, El Niche, La Taberna de Pedro. Y entre los capitalinos el Rumba Palace, Las Vegas, el Sierra. Y de la televisión El Cabaré Regalías. De México los cabarets de rumberas como Los Globos, el Quinto Patio y los timbiriches tropicales de Veracruz. Los más elaborados eran preparados con meses de antelación. Y sirvieron para la integración de los artistas profesionales, como guionistas, coreógrafos, diseñadores, directores musicales y a veces de intérpretes. Copiando la tradición de La Cruz de Mayo, las Charangas de Bejucal y los carnavales, donde distintos barrios, agrupaciones y congas competían entre ellos. Estaban cada vez a cargo de diversos grupos, que trataban de superar a las “producciones” de los grupos rivales y entre las Divas.
Se puede medir la importancia que esto tenía, pues era una actividad paralela al agotador horario de trabajo, el esfuerzo pese al hambre siempre presente, el temor de que por una delación irrumpiera la guarnición con sus golpes. Se ensayaba entre los surcos de la caña durante la hora del descanso, en las duchas, en las camas, se confeccionaban los vestuarios escondidos debajo de los mosquiteros. O de madrugada cuando todos dormían. Apegados fielmente a la estructura del cabaret, contaban con un oppening, cantantes, vedettes rumberas, el declamador, bailarines, el coro de las modelos, el artista internacional invitado y el gran final. Básicamente compuestos en su totalidad con música cubana, algún tango o una mexicanada–tomados de los programas radiales–. Los más grandes se solían hacer para celebrar las fiestas nacionales como el 20 de mayo la fecha patricia, el fin de la zafra azucarera, la Nochebuena y el Año Nuevo. 
[Tomado de ReporteroCubano.net]
Y aunque eran reprimidos físicamente y con castigos, a veces lograban burlar el cerco de los espías y los soldados, disfrazándolos como “actos culturales”. Con una ironía que se les escapaba a estos, para celebrar el “26 de julio” o “El aniversario de la revolución”. ¡La misma que los quería exterminar! También se celebraban “rumbas de cajón”, “cumpleaños”, “toques de Santo”, sobre todo el 6 y el 7 de septiembre los días de la Virgen de la Caridad y la Virgen de Regla, las más famosas en el santoral católico nacional con grandes adeptos entre los homosexuales, en sus manifestaciones transculturales de Ochún y Yemayá en la Santería. Solían celebrarse los viernes o sábados pues al otro día no había trabajo y siempre después de la cena entre las 8 P.M. y el recuento a las 10 P.M. Y durante El Tiempo Muerto en que recesaba la zafra azucarera. 
En algunas unidades se organizaban carnavales que coincidían con los de La Habana. Y en una unidad en Chambas, existía una escuela de ballet dirigida por bailarines de cabarets y dos integrantes expulsados del Ballet Nacional bajo la guía de Alicia Alonso. Allí se montó en función de relajo “El Lago de los Patos” y “Gisela en Camagüey” –décadas antes del famoso “Ballet Trocadero” de travestidos–.
 Tratando de mejorar el nivel cultural, los escritores “cultos” organizaron lecturas de poetas, que devinieron en “noches de declamaciones”, donde el modelo actoral a seguir era Luis Carbonell, uno de los iconos gais de la Cuba republicana. De las cárceles se trajeron los libros de poemas que eran muy preciados, las libretas donde se copiaban y hojas de periódicos y revistas donde los publicaban. Además de que en las estaciones de trenes había vendedores de segunda mano o se traían de los pases. Aunque Lorca logró adeptos, el kitsch de Amado Nervo, José Ángel Buesa y Alfonsina Storni, proveyó los modelos a seguir entre los que comenzaron a escribir poesía y por la influencia campesina se usaban mucho las décimas. De esto surgió otro elemento de la cultura carcelaria: el escribano de poemas y cartas de amor –previo pago en dinero o mercancías–. 
Tomado de Diario de Cuba
Las lecturas y las lecturas representadas o comentadas, se nutrían de unas viejas Selecciones del Reader’s Digest, y de las que eran un verdadero tesoro que se intercambiaba o pagaba muy bien: las novelas rosas –donde Corín Tellado era la reina absoluta–. También se recrearon famosas telenovelas, como “El derecho de nacer”, “Soraya”, “Estrellita” y programas radiales como “La novela del aire”. Y se escribieron y representaron pequeños textos en el estilo del teatro bufo, basados en los “juguetes cómicos” de las carpas populares, los sketches del “Noticiero Nacional” de Manolo Alonso –representados por los comediantes Garrido y Piñero–, y de “La pequeña corte” de los famosos Pototo y Filomeno. También en la mejor tradición del choteo sainetero, se representaron unos hilarantes “Desfile de Modas de la UMAP” y parodias del programa televisivo de cocina de Nitza Villapol, la que en pleno racionamiento hacía malabarismos para ocultarlo. A estos la sorna los convirtió en recetas de “sueños de carne asada a la parrilla”, “tortilla de cascara de huevos”, “sopa de hojas de malanga”, “pelos de vaca en salsa”. Recuerdo uno escrito y actuado por Jorge Ronet, que era una joya de Eugene Ionesco: cómo hacer para que un boniato durara todo un mes para comerlo. Cocinando la tierra donde se sembró, las piedras, las lombrices, los insectos, la hierba alrededor, la raíz, la cascara, la sopa del agua donde se hirvió y tragar su humo: que literalmente hizo a todos orinarse de la risa –algunos reconstruidos los incluí en “El loco juego de las Locas”–. También se hicieron mini versiones de obras teatrales como “Sayonara” y “Romeo y Julieto”, sátiras alusivas a la vida del campamento y ridiculizando a los verdugos militares. 
Otra forma teatral era la representación de la obligada “Instrucción Política” donde se estudiaban los textos revolucionarios, el marxismo–leninismo, las noticias de la prensa oficial, y por supuesto: los discursos del Supremo. Y digo teatral, porque la lectura pronto se convirtió en una forma de actuación, donde el tono burlón, la imitación del dirigente revolucionario y el lenguaje corporal, se entremezclaban con la aparente lectura inofensiva. Creando una segunda realidad, donde se enviaban mensajes subliminales que todos comprendían, creando una gran comedia de apariencias bajo las mismas narices de los komisarios políticos. Juana Picadillo creó todo un estilo leyendo los discursos del Supremo dotándolos de un lenguaje corporal tan exageradamente afeminado, que el contraste con el mensaje dictatorial y guerrerista, era tan kafkiano que lograba un distanciamiento cómico y surreal.
Por el refinamiento que fueron adquiriendo y siguiendo toda una técnica, también eran escenificaciones teatrales el fingir las enfermedades –buscando unos días de descanso cuando no se quería recurrir a las automutilaciones–. Y el más complejo: fingir locuras buscando el licenciamiento. Estas escenificaciones se preparaban, ensayaban y analizaban, con la ayuda de un grupo de expertos y con absoluta meticulosidad, perfección y apego a los síntomas –incluyendo el poder comer tierra o excrementos–. Yo no creo que ningún grupo tenga la autoría del dolor, ni el salvajismo tenga gradaciones menores y mayores. Pero siempre he sostenido, que dentro de la UMAP se crearon métodos especialmente diseñados para dos grupos. Los Testigos de Jehová: que hasta el día de mi muerte se han ganado mi respeto incondicional –y a los que les debo haber visto el poder inquebrantable del espíritu humano–. Y los homosexuales –demostrándome que el desparpajo es la mejor arma contra la seriedad de los verdugos–.