Thursday, September 9, 2021

LA DESILUSIÓN DE CUBA SOCIALISTA POR NOTABLES INTELECTUALES EXTRANJEROS

…nada hay verdad, ni mentira: todo es según el color del cristal con que se mira,  Ramón de Campoamor

 

ADVERTENCIA:   El presente escrito representa solo una versión abreviada de la ponencia presentada verbalmente el sábado, septiembre 4 de 2021 ante la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio, en el Centro Cultural Musto, de Union City, New Jersey, EUA.  La versión más completa, con todas sus notas al pie adicionales, y la correspondiente Bibliografía, será publicada en el próximo ANUARIO de la AHCE, correspondiente al año 2022.  Como es mi costumbre, agradecería toda crítica constructiva.   

I— INICIO:(1)  De más estar decir que los sistemas autocráticos supuestamente disímiles, como los de Hitler, los hermanos Trujillo y los fraternos Castro comparten un sinnúmero de rasgos comunes.  Entre esos sobresale el pretender reescribir la historia insidiosamente a su favor, como lo enfatizó Eric Blair [aka George Orwell].  Peor aún, lo han hecho rutinariamente en complicidad con escritores extranjeros que ansían higienizar sus imágenes en el exterior con falsas narrativas (Aron, 1955; Hollander, 2006).  El régimen imperante en Cuba desde 1959 cuenta aún con ciertos apologistas que, cómodamente desde ultramar, continúan ensalzando y justificando la dictadura a pesar de sus calamitosas fallas y el alto costo humano, espiritual y socioeconómico (Holgado, 2020). 

    El dúo de los Castro, sin duda, disfrutó de gran apoyo popular inicialmente, pero fue disminuyendo a medida que ellos empinaban el país al fallido modelo soviético, lo que provocó un éxodo masivo de cubanos, un fenómeno sociopolítico sin precedentes en la Américas.  Fulgencio Batista, quien había llegado al poder por medio de un golpe de estado injustificado en marzo de 1952, abandonó Cuba el primero de enero de 1959, incluso bajo presión de EE.UU. 

   La lucha antibatistiana (1952-1958), esencialmente burguesa, fue una rebelión política civilista y proconstitucionalista (de la Cuesta y Alum, 1974; Thomas, 1971), y no una revuelta popular con tonos socioeconómicos nacionalistas.  Disfrazados de “revolucionarios humanistas”, los Castro llenaron el vacío de poder con la promesa de restaurar el ritmo constitucional.  Pero en vez, impusieron un totalitarismo orwelliano que sumió a los cubanos en la depauperación, excepto por los privilegiados “apparatchiks” de la “nomenklatura” criolla.  Se suplantó la relativamente breve dictadura autoritaria del exmilitar Batista de seis años y nueve meses por un longevo absolutismo hipermilitarista de carácter marxista-estalinista.  (Nótese, por cierto, que Batista ha sido el único jefe de estado de origen afrocubano). 

   Pero la tiranía castrista continúa todavía seis décadas más tarde con sus herederos designados a dedo —Miguel Díaz Canel sin jamás consultar con el pueblo por medio de elecciones libres.

Así y todo, la lista de los que han defendido al régimen “con los ojos ampliamente cerrados” desde fuera del país es larguísima (de la Nuez, 2007; Fontova, 2005; Hollander, 2006).  Pero, obviando nombres, prefiero enfocarme en “deconstruir” el mensaje común del coro de los fanáticos pro-oficialismo. 

    Ellos arguyen, por ejemplo, que los problemas socioeconómicos que afligieron a la Cuba republicana (1902-1958) fueron eliminados por el llamado Gobierno Revolucionario.  Porfían incluso que entre 1959 y 1991 Cuba era un “Edén”.  Según ellos, ese supuesto paraíso “exótico” solo se ha ido resquebrajando debido a la desaparición de los subsidios del otrora Bloque Socialista de la Europa Oriental dirigido por la Unión Soviética, que se desplomó en 1991 por su propio peso destructor, lo que dio comienzo en Cuba al tildado "Período Especial en Tiempos de Paz" (Holgado, 2020).

    Hay varios subtópicos por cubrir al respecto; pero me limito a citar, en contraposición, las impresiones recogidas en Cuba misma antes del colapso del bloque pro-soviético por varios observadores, también extranjeros, aunque más honestos intelectualmente que los apologistas. Estas narrativas cándidas desdicen las historietas viciadas de los revisionistas pro-dictadura.  Y recurro solo a extranjeros ya que los cubanos, tanto en el “insilio” (dentro del país) como en el exilio que opinan en disidencia son injuriados rutinariamente en los círculos académicos y mediáticos internacionales —incluyendo a Hollywood— con ataques calcados de las consignas de la propaganda oficialista (del Risco, 2019; Fontova, 2005).

 

II—CRITERIO:  Además de ser no cubanos, el criterio para escoger estos ocho escritores consiste en el:  A) haber sido inicialmente un defensor ideológico del gobierno de los Castro;  B) haber pasado un tiempo residiendo en Cuba entre 1959 y 1991;  y  C) el haberse desengañado del régimen a través de su propia experiencia personal, lo que considero equivalente al “estudio de campo” típico de la Antropología Sociocultural, “viviendo entre los nativos” (Abrams, 1974).  

    Esta es la dimensión que en la Antropología nos referimos también como la visión interna, o (en inglés) de la “emic”, semejante al concepto de la “epistemología personal”.  Figuran en esta lista de autores renombrados cinco estadounidenses, un chileno, un francés, y un ucranio-argentino-israelí, todos considerados de izquierda, políticamente hablando (aunque hay matices), y algunos de ellos hasta fueron víctimas directas del régimen castrista.

 


III—LOS OCHO DECEPCIONADOS

A)  Jules Dubois (1910-1966) fue un periodista corresponsal para Latinoamérica del CHICAGO TRIBUNE que visitaba a Cuba frecuentemente desde los años 50.  Considerado un liberal (aunque anticomunista, típico de la época), fue un crítico tenaz de la dictadura batistiana.  Conoció a Fidel Castro, a quien exaltó en sus despachos periodísticos y en su libro Fidel Castro (1959) <https://history.state.gov/historicaldocuments/frus1958-60v06/d317>.  Pero empezó a reprobar en sus reportes periodísticos la ruta anti-democrática que tomaba el gobierno, sobre todo la influencia que se percibía de comunistas notorios, incluso algunos ex colaboradores de Batista.  Como resultado de sus críticas, se le dificultó la entrada a Cuba y fue ridiculizado por el exparlamentario y periodista radial José Pardo LLada —entonces aún progubernamental quien le puso el mote de “el de la oreja peluda”, aunque irónicamente, luego se exilió en Colombia (marzo de 1961) <https://www.cubamilitar.org/wiki/Jos%C3%A9_Pardo_Llada>).


B)  Allen Ginsberg (1926-1997) era un poeta de Nueva Jersey, líder de la “Beat Generation”.  Un declarado drogadicto, gay y enemigo del capitalismo que viajó a Cuba en 1965 para “vivir la revolución”.  Pero fue expulsado del país cuando intentó abogar por los derechos de los gays y se quejó sobre los campamentos de la UMAP <https://en.wikipedia.org/wiki/ Allen_ Ginsberg>.(2)


C)  Oscar Lewis
(1914-1970) era un famoso antropólogo sociocultural estadounidense que, entre otras propuestas, ensayó someter a prueba en Cuba en 1969-70 su hipótesis de que la "Cultura de la Pobreza" no podía existir en un país socialista.  Inspirado por Marx, Lewis asumía que las condiciones socio-enajenantes que la generan solo se desarrollaban en sociedades capitalistas (Lewis, et al., Living The Revolution, 1977-78).  Empero, a pesar de que él y su asociado Douglas Butterworth habían sido recibido con beneplácito oficial, fueron expulsados del país súbitamente, acusados de ser “espías”.  Por cierto, ellos dejaron abandonado en la cárcel a su colaborador cubano, el académico Álvaro Ínsua, sobre quien he venido escribiendo por cuatro décadas <https://blogacademiaahce.blogspot.com/search/label/ Rolando%20Alum>.  Es más, su obituario en una publicación profesional de Antropología de mi autoría en inglés ha generado una polémica con una estadounidense aparentemente apologista del régimen <https://www.anthropology-news.org/articles/alvaro-insua/>.

D)  Douglas Butterworth (1930-1986) era el antropólogo asociado principal de Lewis, quien después de la muerte de su mentor reveló que el proyecto investigativo había encontrado incidencia de la “Cultura de la Pobreza”, lo que aparentemente explica la expulsión repentina.  Basándose en entrevistas a docenas de cubanos, Butterworth indicó en The People of Buena Ventura (1980) que a pesar de los vaivenes socioeconómico-políticos de la era republicana (1902-1958), dicha “Cultura de la Pobreza” no parecía haber estado arraigada antes de 1959.  Concluyeron que ese fenómeno sociocultural era producto del "nuevo orden socialista", lo que, además, refutó la hipótesis preliminar de Lewis.


E)  Maurice Halperin
(1906-1995) fue un académico estadounidense tan ultraizquierdista que se autoexilió en los años 50 al acusársele de espiar para los soviéticos, instalándose primero en México —donde, por cierto, se reunió con Oscar Lewis, y después hasta en el mismo Moscú.  Allí conoció al “Ché” Guevara durante una visita diplomática, quien lo invitó a mudarse a La Habana.  En 1962 Halperin se desempeñó como asesor del gobierno cubano, así como profesor universitario.  Sin embargo, defraudado, se marchó a Canadá cuando tuvo la primera oportunidad en 1967.  Luego visitó a Cuba en dos ocasiones y escribió artículos y tres libros (1973, 1981, y 1994).  En ellos afirmó que a pesar “del caos de los tres años revolucionarios iniciales”, La Habana de 1962 era aún “un París caribeño” que contrastaba con el monótono Moscú; pero que eso era gracias a que Cuba todavía era heredera de los “beneficios capitalistas” remanentes de la “Cuba de Ayer".  En su última visita en 1989 observó cómo Cuba ya se asemejaba más al "tétrico modelo soviético" que él conoció íntimamente en Moscú, por ej.: colas, penurias, escaseces, deterioro, abandono, prostitución; gente demacrada, quejosa y harapienta; y una obvia resistencia ciudadana reflejada en un vasto “mercado negro”.  Debo añadir que, paradójicamente, cuando se desclasificaron los documentos del llamado proyecto “Venona” en los años postsoviéticos, se confirmó que Halperin sí había espiado para los rusos en sus años mozos <https://en.wikipedia.org/wiki/Maurice_Halperin>.

F)  Jorge Edwards (1931--  ) es un prestigioso escritor chileno que sirvió como embajador de su país en Cuba, nombrado por el presidente marxista Salvador Allende en 1971 (luego derrocado por el golpista General Pinochet).  Paradójicamente, Fidel Castro mismo declaró a Edwards “persona no grata” debido a las relaciones amistosas que sostenía con autores que iban cayendo en desgracia con el régimen por su independencia de pensamiento (por ej., el poeta Heberto Padilla).  En Persona non grata (1973), Edwards relata su desengaño con el castrismo, que critica por imponer un estado policíaco opresivo y miserable que, a pesar de su status diplomático, solo pudo tolerar por apenas unos cuatro meses.    


G)  Pierre Golendorf
(¿-?), fotoperiodista, ex militante del Partido Comunista francés, se fue a Cuba en septiembre de 1971 para escribir un libro favorable al gobierno.  Pero, a medida que entrevistaba a los cubanos, se iba percatando del totalitarismo impuesto por los Castro.  Al expresar su desencanto, fue acusado de espiar para “la inteligencia norteamericana” y terminó cumpliendo 38 meses en prisión, que incluyeron torturas físico-mentales.  Describió su odisea —que llamó como “kafkiana en el trágico Gulag tropical”— en su libro 7 ans à Cuba (1976).

H)  Jacobo Timerman (1923-1999) fue un prolífero periodista ucranio-argentino-israelí reconocido mundialmente por haber denunciado las atrocidades de las dictaduras militares en Argentina y Chile de los años 70.  Pudo conducir ciertas entrevistas en Cuba en el verano de 1987, y relató sus decepcionantes impresiones en Cuba hoy, y después (1990).  En él, criticó el culto a la personalidad, "la nueva clase” gobernante privilegiada y nepotista, el horrible reino del terror, la falta de libertades básicas, la promoción del odio interhumano, el racionamiento controlador, y las escaseces, así como la sumisión a la remota Unión Soviética.

 

IV—ANáLISIS PRELIMINAR:   Estos ocho testimonios coinciden, de una manera u otra, en que el gobierno de los Castro no solamente no resolvió los problemas socioeconómicos tradicionales, sino que los exacerbó, y más aún, creó problemas peores, y a un gran costo humano y psicosocial, y algunos autores jóvenes también añaden “un gran daño antropológico”.

    Durante la primera treintena del régimen, la calidad de vida ya había desmejorado enormemente, tal como lo experimentaron en carne propia los ocho escritores internacionales mencionados aquí; por cierto, al menos cinco de ellos aparentemente eran de origen étnico judío.  Y hay muchos otros ejemplos de observadores extranjeros, hombres y también mujeres (como la francoestadounidense Susan Sontag), que en vez del proclamado "Hombre Nuevo", ya habían hallado una cultura de "miseria postrevolucionaria decadente” previo al Período Especial.(3)

    Permítaseme una anécdota personal:  En el verano de 1977, el distinguido sociólogo dominicano Frank Marino Hernández —mi mentor en Santo Domingo durante mi estadía allí— encabezó una delegación cultural de su país a Cuba.  A su regreso, su esposa, doña Elda (quien era salvadoreña), me contó que la propia “comisaria” asignada a vigilar a los visitantes le susurró que le pasara a escondidas, en el baño de damas, la ropa interior que llevaba puesta.      

    Más adelante, en 1988, el economista estadounidense Nick Eberstadt ya citaba a Cuba en The Poverty of Communism como ejemplo del binomio de pobreza+opresión que han acarreado los sistemas comunistas históricamente en diferentes países y continentes.  También notó similitudes sombrías entre Corea del Norte y Cuba, por ej., en la militarización de la sociedad, la subalimentación de la población, y el estilo dinástico de la élite gobernante autoperpetuada.   

 

V—COMPLEMENTO:   El discurso de los apologistas del castrismo ultramarinos —desmentido por los antes citados intelectuales tempranamente desencantados del régimen recurre a repetidas falacias estilo consignas excusadoras.  Entre otras, siguen culpando los fracasos del gobierno al “subdesarrollo del pasado”, al "coloso del Norte", y al Exilio. 

    A pesar de su bendecido clima y riquísimo suelo agrícola, Cuba ahora importa alrededor del 80% de sus comestibles, a diferencia de los años anteriores, cuando se autoabastecía y exportaba muchísimos productos agropecuarios (Comunicación Personal de mi exprofesor, el economista Carmelo Mesa-Lago, considerado “el decano de la Cubanología”).  El turismo se consideraba la segunda industria, después del azúcar; no obstante, más cubanos tenían el poder adquisitivo de viajar a EE.UU. y gastar más dinero aquí, que los norteamericanos en Cuba en los años 50. 

    Cuba jamás experimentó antes emigración en masa; al contrario.  Era un país de inmigrantes, donde hasta las españolas iban como sirvientas; incluso, más extranjeros residían en Cuba (sobre todo estadounidenses, abarcando también puertorriqueños) que cubanos en el exterior, incluyendo a EE.UU.  La isla-nación acogía a los exiliados prodemocráticos de toda Latinoamérica —especialmente antes del batistato de los 50, como lo enfatizara el escritor y político dominicano Juan Bosch (exiliado en Cuba) en su clásico: Cuba, la isla fascinante (1954).  Más aún, Cuba recibió al menos tantos refugiados judíos europeos en proporción a su población (per capita) como los mismos EE.UU. durante el hitlerato. 

    El nivel de vida cubano se consideraba superior al de casi toda Latinoamérica, y que España, Portugal y otros países europeos.  Contrario a lo que aducen los apologistas —y Hollywood, que a veces parece ser la fuente principal de información para muchos en la prensa y el mundo intelectual— los índices de calidad socioeconómicos iban acrecentando por día.  Y, por cierto, todas estas buenas noticias a pesar de, y no gracias al batistato de los 50 <https://2009-2017. state.gov/p/wha/ci/cu/14776.htm>.  Claro, habían muchas imperfecciones por remediar en apenas 57 años de independencia (fue la última colonia española en independizarse en el continente).  Pero, como lo han acotado tantos cubanólogos internacionales, intelectualmente honestos y respetados, los Castros no solo no las corrigieron, sino que las empeoraron, y además produjeron nuevas anomalías, es posible que ex profeso, en su obsesión de dominar el bello país antillano.  

   Mi enfoque es esencialmente en el ámbito de las libertades(4).  Pero quedan por describir muchos otros acontecimientos en lo que llamo “el pre-período especial” que ya reflejaban la naturaleza cruel y devastadora del régimen antes de 1991.  Entre esos se pueden citar el total control de los medios de comunicación y de la enseñanza, las detenciones masivas “preventivas” (ej., al iniciarse el desembarco de Playa Girón en abril/1961), el cambio de la moneda que empobreció fatalmente al pueblo cubano, la total estatización de la economía en 1968, la descabellada “Zafra de los 10 millones” de 1970, el episodio de la embajada peruana en La Habana y la consiguiente huida en masa por el Mariel en 1980, los balseros desesperados [y que continúan], etc. (AHCE, 2020; <https://diariodecuba.com/economia/1624878747_32228.html>).     

    En fin, contrario a lo que todavía proclaman los aduladores extranjeros del castrismo, las primeras tres décadas del régimen ya constituían una dolorosa "distopía", una triste antiutopía que aún perdura tres otras décadas más tarde, y que curiosamente sigue siendo justificada —

notablemente— en los mundos mediáticos y académicos internacionales, evidentemente, sin importarles para nada el sufrimiento del pueblo cubano.

  

                                                            NOTAS  SELECTAS

(1)  Agradezco humildemente el honor que me brinda la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio (AHCE) al invitarme a su membresía.  Esta ponencia constituye una continuación más extensa y profunda de mi previo breve artículo “Antes del Período Especial” publicado en DIARIO DE CUBA (01/01/2014).  Aplico el estilo de citas bibliográficas a la usanza en la Antropología.  Al igual que otros trabajos míos sobre temas cubanos, este no ha tenido el apoyo financiero, ni institucional, de ningún organismo.  También doy las gracias a los familiares y colegas que me han ofrecido comentarios a borradores anteriores de este y otros escritos afines.  Dedico este modesto ensayo a la memoria de:  (a) mis dos tíos abuelos mambises: Federico Alum [muerto en combate] y Emilio García [fallecido ya nonagenario en el Exilio en Miami];  (b) así como a mi tío materno, el legendario líder sindical antibatistiano y prodemocracia Pascasio Linera [también fallecido en el Exilio miamense];  (c) y a su hija, mi querida prima-hermana Caridad Linera [fallecida recientemente en Miami] <ralum@pitt.edu]>.  

 

(2)  Con relación a los campos de concentración de las llamadas Unidades Militares de Ayuda a la Producción (U.M.A.P.), donde no solo confinaban a los gays, sino también a practicantes religiosos, incluyendo a los Testigos de Jehová y de los cultos afrocubanos (como el Abakuá), ver: R. Núñez; R. Alum; & R. Nodal, 1985, "The Afro-Hispanic Abakuá", Orbis-Linguistique [Lovaina]:XXXI:263-284. 

 

(3)  Hay muchos otros exsimpatizantes, considerados pensadores de izquierda internacionales que se decepcionaron del régimen; e.g., el español Fernando Arrabal, el peruano Mario Vargas Llosa, el alemán Hans M. Enzensberger, el inglés Hugh Thomas (1971), el canadiense Leonard Cohen, el mexicano Octavio Paz, el portugués José Saramago, y el estadounidense Irving Horowitz, entre otros que han tenido el coraje de no temer ser tildados de “reaccionarios” y otros epítetos (del Risco, 2019).  Claramente, no hay que residir bajo un régimen para poderlo juzgar.  Ninguno de nosotros tuvo que sufrir los rigores de las infernales tiranías alemana Nazi o dominicana de los hermanos Trujillo para poderlas calificar como espantosamente insoportables <https://www.cubanet.org/opiniones/trujillo-republica-dominicana-cuba>.

 

(4)  A propósito, el régimen insulta a los expatriados habitualmente con epítetos vitriólicos ("antisociales, bandidos, escoria, gusanos, ‘Lumpen’, lacayos del imperialismo, mercenarios, reaccionarios,” y más recientemente, “de baja calaña”, etc.), insolencias etnocéntrico-políticas que repiten insensiblemente los seguidores foráneos del régimen (ver del Risco, 2019, y <https://deinospoesia.com/2021/08/28/dejar-la-isla-jose-abreu-felippe/>).  Aparte de eso, se refieren al Exilio como “la Mafia de Miami” (y a veces añaden, también “de New Jersey”).  Pero: ¿Qué más mafia que la misma familia de eurodescendientes dominando el país por seis décadas?  Irónicamente, es ese Exilio demonizado —incluso por la prensa extranjera y el mundo académico— quien subsidia con sus remesas y envíos de provisiones generosos a casi la mitad de la población en la isla (José Álvarez, economista, Florida: Comunicación Personal).

 

=*DATOS BIOGRÁFICOS:  Rolando Alum Linera  es Investigador “Senior” Asociado en Antropología del Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Pittsburgh, del cual es egresado; también recibió un Certificado Postdoctoral de la Universidad de Virginia.  Fue profesor en varias universidades de EE. UU., Puerto Rico y República Dominicana, y fungió como subsecretario de Educación de EE.UU. (Región Federal II), y como presidente del Comité Asesor al Censo.  Fue becario Fulbright y de la OEA en República Dominicana, e investigador huésped en la Hoover Institution (Calif.), y es un “Senior Fellow” de la Sociedad Para la Antropología Aplicada.  También ocupó cargos de subgabinete en el gobierno estatal de Nueva Jersey, y sirvió como regente de Ramapo College, y actualmente de DeVry University-N.J.  Es además vicepresidente del Comité Certificante de Psicoanalistas, y del estatal Centro Hispano Para Políticas, ambos de Nueva Jersey.  Sus más de 175 escritos han sido publicados —en inglés y español— en revistas académicas, libros, enciclopedias, y periódicos [ralum@pitt.edu].


Tuesday, September 7, 2021

LA FIRMA DE FIDEL


Por Emilio Bernal Labrada

            Era un sábado abrileño de 1959, con agradable estado del tiempo. La prensa de la capital había dado la noticia de que Fidel Castro, a quien el dueño y rector de la revista Bohemia Miguel Ángel Quevedo había calificado de “Máximo Líder de la Revolución” —aparte de retratarlo en la portada en pose nazarena—, llegaría a Washington en horas vespertinas, a pocos meses de haberse apoderado de nuestro país.

            Habiéndome establecido hacía poco en la capital norteamericana decidí, por curiosidad, dirigirme a la embajada cubana. Tal vez podría tomarle la medida al presunto líder, de quien tenía sospechas desde que, en el sangriento acto “putschista” del Moncada, había dado tales muestras de peligrosidad para la integridad política de la Isla que me instó a emigrar. Tuve el presentimiento, modestia aparte, de aciagos días para el suelo patrio si seguía suelto el personaje. Este había sido salvado por Monseñor Pérez Serantes y luego indultado por el gobernante Batista gracias a la “palanca” de su esposa Mirta Díaz Balart de Castro, cuyo parentesco con un ministro del “Guajirito de Banes” lo había sin duda impulsado a contraer matrimonio con ella. Castro acostumbraba, por astucia, hacer ambiciosos planes a largo plazo. Claro, nunca imaginé que esos planes cuajaran a tales extremos ni por tan dilatado tiempo.

            En todo caso, fui a la embajada con un par de compatriotas. Nos colocamos frente al edificio cerca de las seis de la tarde y en pocos minutos vimos que cruzaba la Calle 16 su abultada figura, sin la menor escolta, a saludarnos en persona. Vestía su conocido traje y botas de soldado, pero sin aire militar y dando muestras de cansancio. Como me adelanté a los demás, sentí un fuerte pisotón de su pesada bota —ya mala señal, pero hice caso omiso— y, estrechándole la mano, no sé por qué se me ocurrió decirle, sabiendo de sus inclinaciones de tribuno: “Dos palabras, Fidel”.

Bueno, ya dije más de dos palabras— me contestó sin mucho entusiasmo, como indispuesto. Evidentemente, se había percatado de que ese público de cuatro gatos no merecía una perorata de esas que gustaba ofrecer durante horas a mítines multitudinarios. Su expresión daba a entender que ya bastante había hecho con cruzar la calle a saludarnos. —Pero vengan mañana a la embajada, ya que habrá una recepción a la una de la tarde— agregó, dando media vuelta y alejándose sin más comentarios.

            Ni corto ni perezoso, me presenté en el hermoso edificio de la Calle 16 NW a la hora señalada, preparado con alguna documentación pero lamentando olvidar la camarita fotográfica que desde entonces siempre me ha acompañado. Había ya una muchedumbre, destacándose entre ella unos cuantos barbudos poco acicalados, como recién bajados de la Sierra. Intercambié algunas palabras con ellos, además de saludar a célebres compatriotas como Pedro Ramos y Camilo Pascual, admirados lanzadores para el equipo entonces llamado Senadores de Washington. En fin, había un gentío considerable que entraba libremente y se paseaba por todas las habitaciones del inmueble en esa época despreocupada de la “seguridad” hoy imperante.

            Entrando en una gran antesala que fungía como espacio de recepción en el segundo piso, me encontré a Castro arrellanado cómodamente tras un gran escritorio y, luego de un par de palabras de saludo, le ofrecí mi pasaporte cubano, pidiéndole su autógrafo.

            —Cómo no—, me dijo muy listo. Sacó un bolígrafo y, sin molestarse en buscar una hoja en blanco, abrió la página en que aparecían mi fotografía y filiación y, ante mis ojos atónitos, procedió a garabatear exageradamente su firma por encima del retrato y todo lo que allí estaba escrito. Incrédulo, vi que extendía su autógrafo de arriba abajo y de lado a lado a través de la doble hoja principal.

En ese momento, pensé que quien así trataba un documento oficial de la República era seguramente capaz de destrozar cuanto se encontrara en su camino: reglas, normas, instituciones, constitución, y obras físicas y simbólicas de todo tipo. Es decir, transmitía un clarísimo mensaje: este documento no tiene valor alguno —lo que importa aquí es mi firma—. Sin inmutarme, disimulé, le di las gracias y le extendí entonces mi carnet de la Universidad de La Habana, en que había cursado estudios hasta poco antes. Me dirigió entonces, sonriente, una inconfundible mirada de inteligencia, como diciendo “tú eres de los nuestros”.

Obedecía ello a que Castro había sido dirigente de la Federación Estudiantil Universitaria, FEU; lo que no supe a ciencia cierta sino más adelante era que había aprovechado su cargo para cometer toda suerte de atropellos, amenazas a profesores e incluso, según rumores, asesinar sin escrúpulos y por la espalda a un estudiante rival, Manolo Castro (idéntico apellido, pero no pariente). El joven Fidel, que entonces tenía apenas 32 años, se limitó esta vez a poner su firma de manera normal en un espacio en blanco (no era necesario repetir la peripecia). Luego, entre el fluir del gentío, saludé a sus acompañantes y les pedí que también autografiaran mi documento universitario para tener constancia. Aun cuando entonces no eran conocidos, alguno ha venido a ser más o menos tristemente célebre: Ramiro Valdés, Alberto León y dos más cuyas firmas son ilegibles.

            No volví a ver a Castro durante el resto de la recepción. Me imaginé que se habría retirado a hablar en privado con sus seguidores a fin de preparar su comparecencia del día siguiente en el programa televisivo “Meet the Press”, y su posible reunión en la Casa Blanca con Eisenhower. El presidente norteamericano, sin embargo, prefirió evitar el encuentro, seguramente por suspicacias y para no darle relieve a quien no era, formalmente, jefe de estado. “Ike” envió, en su lugar, al vicepresidente Nixon, quien sostuvo una entrevista con Castro de la cual no resultó sino una noticia anodina, desprovista de interés. Ello me pareció sospechoso, ya que Castro desaprovechaba así una valiosa oportunidad para afianzar las relaciones y obtener ventajas económicas que hubieran sido sumamente útiles para Cuba, cuya economía había sufrido durante todo el período guerrillero, con la caída del turismo, el terrorismo por él instigado y otros perjuicios.

De la comparecencia televisiva de Castro capté su hábil manera de expresarse, con indudables visos demagógicos. Hablaba con gran soltura, chamullando pobremente el inglés al hacer pronunciamientos pro democráticos y afirmar sus buenas intenciones —evitó cuanto fuera criticable—. Ateniéndome a lo que decía, pensé que si bien el futuro no estaba muy claro, había esperanzas, pero entretejidas de inquietud. Si alguna trampa urdía, el evidente calibre de su astucia no filtraba la menor señal capaz de revelar aviesas intenciones.

            Volviendo a la recepción en la embajada, se tornó un tanto desordenada, carente de organización. Viendo que muchos se apoderaban tranquilamente del micrófono para dirigirse a los presentes sobre la suerte de Cuba, aproveché la ocasión para pronunciar breves palabras, en español e inglés, respecto a la importancia de recaudar fondos para los niños de la Isla; el tema se había abordado de modo general pero sin que se llegara a ninguna conclusión o petición de donaciones. Otra oportunidad desaprovechada, pensé.

            Pasadas las cuatro de la tarde, me fui de la embajada un poco inquieto pero tratando de no darle demasiada importancia al encuentro fideliano. Al llegar a mi casa, le conté a mi esposa lo acontecido y guardé el pasaporte y mi carnet universitario en una gaveta. Ni siquiera me molesté en lo que hoy hubiera hecho sin vacilar: sacar copias fotostáticas de los documentos y, por si acaso, guardarlos en lugar seguro. Años después, comprobé que había desaparecido el pasaporte, sin duda sustraído por algún codicioso (¡qué tontería!, nadie sino el titular podrá jamás disponer de él). Aunque hasta hoy no lo he recuperado, sí conservo el carnet universitario con todas sus firmas, hoy varias veces copiado y puesto a buen recaudo en una caja de caudales bancaria. Al fin y al cabo, es cuestión de historia.

            Resumen: La atropellante firma de Fidel Castro, mucho antes de que revelara él sus verdaderas intenciones, ¡era un síntoma y símbolo que, en retrospectiva, lo retrataba de pies a cabeza! Nunca jamás soñé siquiera con tanta maleficencia, que —algún día lo sabrá todo el planeta—, engendró lo que algún día se conocerá como el holocausto cubano.

            En contraste, mi encuentro con Fulgencio Batista en 1952, en el Club Náutico de Varadero, fue de naturaleza muy diferente y abría otras perspectivas para Cuba, pese a la muy lamentable ruptura del orden institucional.  Pero esa es otra historia…  

Monday, September 6, 2021

General del Pino: Bombardeamos nuestras tropas en Girón por error de Fidel Castro*


Por Carlos Cabrera Pérez

El General de Brigada (r) Rafael del Pino Díaz (Pinar del Río, 1938) fue héroe de Playa Girón, neutralizando a la aviación enemiga que -hace 60 años- bombardeó tres aeropuertos militares cubanos y dio cobertura aérea al desembarco de la Brigada 2506 en Bahía de Cochinos.

En 1987 se fugó con parte de su familia a Estados Unidos, tripulando una avión Cessna, y hoy encabeza el Movimiento de Objetores de Conciencia que pide a militares que no repriman a los cubanos.

Del Pino, que habla con igual destreza que cuando pilotaba, incluso desde su bautizo aéreo en el cielo de Playa Girón, cuenta para CiberCuba sus recuerdos de aquellos días, incluido un error de Fidel Castro Ruz, ordenando -pese a su desconocimiento del teatro de operaciones- un bombardeo que causó numerosas bajas a las tropas cubanas.

La derrota de la Brigada 2506 en el sur de Matanzas, contribuyó a la mitificación y poderío de Castro, pero el general del Pino tiene claves de las postalitas de hace 60 años.


General, ¿qué recuerdos tiene de los bombardeos del 15 de abril de 1961?

Primero tengo que hablar de un encuentro que tuvimos con Fidel, un piloto de Sea Fury, Gustavo Bourzac y yo, unos días antes del bombardeo. Fidel fue a la base aérea de San Antonio para inspeccionar los armamentos soviéticos que estaban entrando por el Mariel y almacenados en la base aérea por sus cercanías a dicho puerto.

Bourzac me avisa que Fidel está allí y vamos a verlo. Estaba inspeccionando unos obuses de 122 mm y le preguntamos: comandante, ¿Y cuando llegan los Mig? Se viró para nosotros y pasándose la mano por la barba nos dijo: Así que ustedes quieren Mig, mig, mig. ¡Miiilll…vacas es lo que voy a traer aquí, para que coman yerba entre las pistas porque todos ustedes, los pilotos, se creen mejor que nadie y han estado criticando nuestras relaciones con la URSS. Además, cuando suene aquí la primera bomba van a salir corriendo.

Yo no pude aguantar ese insulto y le respondí - ¡Usted está equivocado comandante, nosotros si vamos a despegar pase lo que pase! Entonces, uno de los guardaespaldas se me aproximó y Fidel lo detuvo. Creo que se dio cuenta que nos había insultado, se me acercó, me puso la mano en el hombro y me dijo en voz baja – No te molestes que yo lo hago para levantarles la moral.

Allí terminó todo y el día del bombardeo Bourzac y Alberto Fernádez lograron despegar, pero no pudieron interceptar los B-26. Carreras y yo corríamos para montarnos en el T-33 número 715, y uno de los B-26 de la Brigada 2506 lo destruyó con los cohetes. Después supe que había sido René García, uno de los viejos pilotos de la Fuerza Aérea que se había exiliado, muy buen piloto que era.

Cuando Fidel Castro llegó a la base en horas del mediodía para ver los daños causados y pasó junto a nosotros no pude aguantarme y le dije: - Se dio cuenta comandante lo que le dije el otro día – nosotros íbamos a despegar bajo cualquier ataque y Bourzac y Fernández lo hicieron. Me ignoró y siguió de largo haciendo preguntas.

El 18 de abril, por una orden errónea de Fidel Castro, la aviación cubana bombardeó tropas propias; ¿Cómo se produjo esa trágica circunstancia?

El problema fue que Fidel Castro no estaba en realidad dirigiendo los combates, se limitaba a dar órdenes que aseguraran esto o lo otro y, el día 18, se le ocurre mandar un batallón, el 113 de las milicias, por un camino dentro de la ciénaga para tratar de cortarle la retirada a las fuerzas de la Brigada 2506, que habían desembarcado y que se encontraban en Playa Larga.

Lo único que se nos informa es que, a partir de dos kilómetros después de donde veamos los impactos de nuestra artillería, podíamos atacar todo lo que viéramos.

Cuando llegamos a la zona, incluso dejamos más de dos kilómetros sin tocar, fueron aproximadamente cuatro kilómetros y descubrimos unos camiones con tropas que estaban por un caserío llamado Soplillar y los atacamos, creándole muchas bajas a nuestras propias tropas.

¿Considera usted que la invasión de Bahía de Cochinos reforzó el poder y el mito de Fidel Castro?

De eso se encargó el absoluto control de los medios de información. Fidel se encontraba en el central azucarero Australia, a 52 kilómetros de la linea del frente de guerra.

Todas esas fotos de Fidel tirándose de un tanque T-34 o montado en otro tanque SAU-100, disparando contra el buque Houston, que ya estaba hundido por nuestra aviación, es pura pantomima. Esas fueron fotos para las postalitas creadas por los fotógrafos del régimen.

Cuando eso sucede ya no había nadie en toda el área, los invasores se habían internado en la Ciénaga de Zapata. Hace 60 años que están tomándole el pelo a los cubanos. Desgraciadamente con esa distorsión de la historia han influenciado en las nuevas generaciones que no conocen la verdad de lo ocurrido.

¿Mantiene usted contactos con pilotos de la Brigada 2506?

Si, como no, yo fui muy amigo de René García y de Gustavo Ponzoa, ya fallecidos, y mantengo amistad también con Matías Farias.

*Tomado de Cibercuba

Nadie se va del todo. Un libro sobre la diáspora musical cubana*


Por 
Ana Rivero

En ferias del libro en Cuba, a lo largo del país, se ha presentado un libro que nos revela, a los residentes en la isla, una parte de la geografía espiritual de nuestra patria que ha estado velada por mucho tiempo, un amplio territorio musical que se ha intentado estigmatizar o incluso desaparecer de nuestra historia reciente. Es un volumen muy especial sobre la diáspora musical cubana. Quizás muchos investigadores hubieran podido escribir un libro similar, pero el autor de Nadie se va del todo. Músicos de Cuba y del mundo (Ed. La Luz, 2017) es Joaquín Borges-Triana, un periodista melómano, dueño de una buena mezcla de conocimiento académico y «conocimiento de vida» que le ha servido para expresarse con toda autoridad sobre el tema en cuestión.

El propio título del libro es tentador. La diáspora musical cubana existe, aunque no se mencione de ese modo en los medios oficiales. Cuántas veces ha sucedido que, nada más haberse exiliado, un músico pasa a la categoría de «prohibido», tanto en la radio como en la televisión. Otros, que «no se han ido del todo», pero que han osado expresar alguna crítica no autorizada (a la sociedad cubana o a su gobierno), más bien están «marcados», o sea que los realizadores del espacio decidirán si se hacen notar demasiado o no en su trabajo. Y casi siempre deciden no buscarse problemas haciendo que «por su propia voluntad» el músico «marcado» también entre al grupo de «los prohibidos».

Pero el libro de Joaquín es libre y objetivo. No está escrito con el ánimo sectario que reparte elogios de acuerdo a las posiciones políticas de los artistas. Este libro está escrito desde el amor y el interés por la música cubana, sea interpretada en Barcelona, en Miami o en Reikiavik. Y por eso es revelador, porque con la información que aparece en Nadie se va… se despierta la curiosidad por los músicos que (prácticamente desconocidos entre quienes viven en la isla), han intentado continuar (o han iniciado) su carrera en el extranjero. Son los músicos «transterrados», como los llama Joaquín, y su labor, durante las dos últimas décadas del siglo XX y los primeros diecisiete años del actual, llena las casi trescientas páginas de este libro.

La lectura de Nadie se va… ayuda a esclarecer las diversas rutas que ha recorrido la música cubana y el modo en que la apropiación de una cultura cosmopolita ha influido en las nuevas producciones. De igual modo, es posible conocer el modo en que la industria musical también ha abierto las puertas a muchos músicos cubanos y lo complicado que puede ser un nuevo modo de trabajo con exigencias y horarios no comunes en la Isla.

Al adentrarse en este libro muchos escucharán por primera vez el nombre de músicos con larga carrera fuera de la isla, que a pesar de haber estado mucho tiempo lejos han logrado mantener su identidad cultural, aderezada con influencias de otras naciones y comunidades. Se sorprenderá el lector y melómano al descubrir que, en ocasiones, cuando se está lejos de Cuba más fuerte se vuelve la impronta de lo cubano, tal vez como una manera natural de mantener el vínculo con la patria en medio de la confusión y el drama de la emigración.

En este ambicioso volumen caben todos: salseros y jazzistas, cantantes líricos, rockeros y raperos, entre otros. Joaquín Borges-Triana nos muestra el modo en que, en sus recorridos por diferentes circuitos musicales del mundo, los cubanos han dejado entrar en sus producciones otros ritmos, algunos añejos, otros contemporáneos… lo que demuestra la interacción cultural que puede generar la diáspora, y que beneficia tanto al inmigrante como a la sociedad que lo recibe. En este libro Borges-Triana demuestra cómo el intercambio generado por estos músicos, alimenta y renueva la cultura cubana independientemente del sitio donde esta se muestre. La música ha ayudado a que Cuba no se cierre al mundo, y esto, tal como lo demuestra el autor, es algo que ha ocurrido desde siempre. Ahora es una cuestión más visible, pero a los músicos cubanos siempre les ha gustado experimentar, viajar, explorar, dialogar…

Caben todos y cabe todo, Nadie se va… contiene una parte valiosísima de la música y de la vida de hombres y mujeres perseverantes que tratan de desarrollar su trabajo y su pasión, en un medio a veces hostil, no solo por tratarse de inmigrantes, sino por ser músicos, muchas veces virtuosos, que insisten en no irse por lo puramente comercial. Entre estas páginas no podían faltar artistas como Celia Cruz, Willy Chirino, Arturo Sandoval, Gema Corredera, Pavel Urquiza, Mike Porcel, Lucrecia, Descemer Bueno, Boris Larramendi, Las Krudas y muchos otros que han aportado o siguen aportando a la cultura musical cubana, y a esa categoría tan compleja que trasciende posicionamientos metafísicos llamada "lo cubano".

Aparte de los datos puramente musicales Nadie se va… nos muestra la aventura que significa ser músico cubano en el extranjero. Para eso el autor se sirvió de su intercambio personal con varios amigos que le aportaron de primera mano datos sobre la vida cotidiana de los artistas, sus impresiones frente a un estilo de trabajo diferente al cubano, la cohesión de los grupos y las perspectivas de quien trabaja a solas ante las diferentes situaciones que se deben encarar. Al interesarse por la obra musical tanto como por el ser humano que la ejecuta, se trasciende la pura investigación para lograr, más que un libro, una conversación donde nos identificamos con las ilusiones, y también frustraciones, de otras personas que están tratando de salir adelante con lo que mejor saben hacer.

Es importante señalar que el espíritu crítico de Borges-Triana no se nubla solo porque esté hablando sobre músicos cubanos. Cuando hay que elogiar, elogia; cuando hay que amonestar, también lo hace. Es así como Pitbull no sale bien parado, «su obra no posee pretensión artística ninguna y solo es portavoz de una remarcada intención comercial». No todo puede ser diamante, sin embargo queda un buen sabor de boca al conocer sobre tantos músicos que han brillado gracias a su genio artístico. Es imposible mencionarlos a todos, pero no hace falta, porque al final del libro nos encontramos con una «Discografía esencial recomendada» (quinientos discos en total) que puede servir para tener una idea de lo diversa y valiosa que es la producción de la diáspora musical cubana. Esto, luego de diez capítulos de teoría, música, anécdotas, letras de canciones, historia y crítica de la mejor, donde, eso sí, abundan los aplausos que el autor argumenta acertadamente.

Este es un libro que debe estar en las bibliotecas de las escuelas de música y de las universidades de Cuba, pero hay un lugar donde sería sensacional que estuviera, y es en las librerías de los aeropuertos de la Isla, no solo por lo significativo del título como tal, sino por el fragmento de historia de la música cubana que contiene, más allá de estereotipos y de lo que comúnmente en materia de música se vende y promociona en estos sitios.

Nadie se va del todo… no termina en su última página, ni en el último disco de esa lista que, seguramente, a su autor le costó resumir. Este es un libro en constante evolución, pues los cubanos no paran ni de hacer música ni de buscar otros horizontes. Estos dos últimos años han estado llenos de noticias, grabaciones, presentaciones y talentos emergentes, al final, el tiempo dirá quienes conseguirán pasar la gran prueba, pero documentar todo cuanto se pueda sobre la diáspora musical cubana es una labor imprescindible para apoyar nuestra música, para reencontrarnos y reconocernos en el otro, sin que importe la distancia.


*Tomado de la revista Árbol Invertido.

Ana Rivero (La Habana, Cuba). Licenciada en Periodismo (Universidad de La Habana). Profesora, periodista y crítica de arte. Ambientalista y feminista. Reside en la provincia Mayabeque, Cuba

Sunday, September 5, 2021

La historia como sorpresa


Por Enrique Del Risco

Estudiar, reconstruir y analizar el pasado siempre ha sido tarea complicada. Cuentan que cuando a Zhou Enlai, primer ministro de Mao Zhedong le preguntaron en 1972 sobre la revolución francesa respondió que todavía era muy pronto para opinar. De poco valió que luego el político aclarara que se refería a las revueltas estudiantiles -entonces recientes- de mayo de 1968 en Francia y no a la ya distante revolución de 1789. Desde entonces la anécdota equívoca quedó como otro ejemplo de sabiduría oriental a la hora de enfrentarse al pasado. Como lección de que el pasado nunca nos queda lo bastante lejos como para analizarlo con imparcialidad y desapasionamiento. El pasado, por distante que parezca siempre encuentra un modo de hacerse relevante, presente. No hay pasado inocente. como tampoco hay pasado aburrido: solo hay profesores aburridos.

La importancia del pasado la entendieron desde un principio los regímenes totalitarios como el comunista o el fascista que hicieron de la Historia, con mayúsculas, su nueva religión. No por gusto tanto Adolf Hitler como Fidel Castro apelaron al final de sus respectivos alegatos de defensa al juicio de la Historia. Cuando Castro anunció que la historia lo absolvería no hacía más que resumir la grandilocuencia retórica del líder nacionalsocialista: “Aun cuando los jueces de este Estado puedan condenar nuestra acción, la historia, diosa de la verdad y de la ley, habrá de sonreír cuando anule el veredicto de este juicio y me declare libre de culpas” dijo Hitler. Pero, como todo aspirante a tirano debe saber, para controlar por completo el pasado hay primero que hacerse del poder. “Quien controla el presente controla el pasado y quien controla el pasado controlará el futuro” enunció con precisa ironía el escritor George Orwell en su novela 1984. Con no menor ironía los soviéticos resumían la continua manipulación del pasado con vista a ajustarlo a las necesidades del presente totalitario diciendo que nadie puede predecir el pasado que le espera.

Todo lo anterior debe darnos una idea de lo arduo de la tarea que nos ocupa a nosotros, miembros de la Academia de Historia de Cuba en el Exilio, preocupados por reconstruir el pasado cubano. A las naturales adulteraciones que el tiempo, la distancia o la falta de documentos se añade la labor de una maquinaria estatal que cada día acumula toneladas de falsificaciones sobre la realidad cubana de manera que no podamos conocer el pasado, comprender el presente, ni imaginarnos el futuro. El mismo Estado que monopoliza los archivos, la educación, las imprentas y hasta la opinión pública se encarga de sobornar o amenazar de diferentes maneras a los investigadores nacionales y extranjeros. Es cierto que no consigue construir una narración convincente del pasado y el presente del país, pero los enturbia lo bastante como para que generaciones de cubanos no sepan a qué atenerse cuando se trata de conocer y razonar su realidad.

Podemos repetirnos una vez y otra que la verdad está de nuestro lado pero nunca será suficiente. Tarea de los historiadores no es creerse poseedores de la verdad sino demostrar cada centímetro de esta con evidencias concretas, documentos, datos. Obligación de historiadores es no esperar a que el pasado nos venga a dar la razón sino escuchar, con toda la modestia posible, las lecciones que nos pueda dar. Porque la Historia es ante todo una gran lección de humildad. Al mostrarnos, sin mistificaciones, lo inconmensurables que son las tareas que cada época le pone a los seres humanos, nos ayuda a entender mejor la grandeza ajena y la pequeñez propia. La Historia es una lección de humildad también porque pese a todo lo que podamos saber de ella nunca será suficiente para entender el presente o predecir el futuro. Si acaso servirá para que los nuevos hechos nos sorprendan un poco menos.

Sin embargo, existe un peligro para la reconstrucción del pasado histórico igual o mayor que las falsificaciones creadas por el Estado totalitario y ese peligro es nuestro propio deseo de justicia. El peligro de que, queriendo compensar el dolor y la impotencia acumulados por tantos años, justifiquemos cualquier intento de compensar unas falsificaciones con otras de signo contrario. Una manera equivocada de entender la justicia, debo decir. Nada más justo con el sufrimiento de las víctimas que no exagerarlo. Si queremos que nos asista la razón esta debe nacer del apego estricto a la verdad. De eso y del convencimiento de que alguna conexión intocable debe existir entre la verdad y nuestra profesión. Por mucho que se defienda hoy el reemplazo de los hechos por los sentimientos y de la verdad por la postverdad —el nuevo nombre elegante de la mentira— debemos resistir esas tentaciones. Ser humildemente fieles a los hechos, sobre todo a aquellos que más le incomodan a nuestra idea del mundo, es el mejor modo de honrar a un tiempo la verdad y la vocación que alguna vez nos llevó a interesarnos por nuestro pasado común.

Saturday, September 4, 2021

Acto de investidura



Hoy sábado 4 de septiembre a la 1:00 PM tendrá lugar un acto de investidura de la AHCE en el William V. Musto Art Center, ubicado en 420 15th Street, Union City (NJ). En el mismo será investido el Dr. Rolando A Alum, quien ha impartido cátedra en universidades estadounidenses y latinoamericanas, fungió como Subsercretario de Educación de EE.UU. para la Región Federal II y otros cargos importantes. Sus muchos escritos han sido publicados en revistas académicas, libros, enciclopedias, etc. Coeditó con Leonel de la Cuesta el ya clásico Las constituciones cubanas (1974) y es autor de varios ensayos sobre temas históricos cubanos e hispanoamericanos.

 Su discurso tiene por título “Intelectuales extranjeros desilusionados de Cuba Socialista.” La respuesta al discurso del Dr. Alum estará a cargo del Dr. Octavio de la Suarée, Secretario de la AHCE y Editor del Anuario Histórico Cubanoamericano que publica nuestra organización. Entregará el correspondiente Diploma de Membrecía y hará las conclusiones de la actividad el Dr. Enrique Del Risco, Secretario de Publicaciones y Redes Sociales de la Academia.

Locos por la rumba

Habría sido interesante viajar en algún vapor de la línea Nueva York-Habana un siglo atrás. A la ida con el barco cargado de turistas yankis deseosos de escapar del frío invernal y de la Ley Seca todo el año.

A la vuelta, con esos mismos turistas, ya resacosos, desafinando con sus maracas de souvenir y, junto a ellos, músicos cubanos impacientes por llegar a Nueva York. No solo para dejar de oír esas maracas con arritmia sino también incorporarse a la entonces lenta pero imparable invasión de música latina a los Estados Unidos y convertirse en los bisabuelos musicales de Bad Bunny.

Al principio no debieron notarlos mucho. En esa época Nueva York, como Chicago, estaba llena de tipos con estuches de guitarras. Lo extraño era que al abrir los estuches sacaran guitarras y no ametralladoras Thompson como dictaba la moda. O botellas de whiskey destilado en bañaderas. Si algo traían en sus estuches aquellos músicos, además de guitarras, sería ron Bacardí.

Al fin y al cabo, su negocio era el de promover productos locales. De aquellos vapores desembarcaron el Sexteto Habanero, el Trío Matamoros, el Septeto Nacional, Don Azpiazú y su Orquesta y muchos más. Su misión: grabar sus canciones (urticantes y contagiosas como ciertas enfermedades, pero más divertidas) en los estudios de Columbia, la RCA Victor o de la Paramount en Manhattan o en la vecina Nueva Jersey.

En estudios gringos María Teresa Vera añoró sus “Veinte años”, Miguel Matamoros lloró sus “Lágrimas Negras” e Ignacio Piñero recomendó “Échale salsita”.

Una vez impresas aquellas canciones en discos de goma laca viajaban a la isla para enardecer a sus ávidos bailadores y causar conflictos laborales: se cuenta que cuando el empleador de Matamoros descubrió que era el autor de los sones que enloquecían a toda la república le regaló cien pesos con una nota que decía “un artista de su calidad extraordinaria merece mejor destino y no sería justo de mi parte tenerlo de chofer en mi casa”.

Pero el éxito de aquella música no se limitó al oasis alcohólico de los gringos.

Tanta viajadera a Cuba terminó haciéndolos adictos a algo más que al alcohol local: descubrieron que, de vuelta a su país, cuando escuchaban aquellas grabaciones el whiskey de bañadera les sabía a Bacardí tomado a la sombra de un cocotero. O algo parecido.

La consagración llegó el 13 de mayo de 1930. Ese día Don Azpiazú y su Orquesta grabaron en la voz de Antonio Machín el pregón “El manisero” de Moisés Simons.

Fue en el estudio de la RCA Victor en el 18 West de la calle 46, en Manhattan. Su éxito dejó chiquita la palabra “apoteósico”. De aquella grabación se vendieron un millón de copias que equivalen hoy al éxito de tres o cuatro “Despacito”.

Todos querían grabar “El manisero”. Hasta Louis Armstrong cambió el “maniiiii” por “Marieeeee” y una jerigonza que le iba muy bien a su estilo improvisatorio. Todavía tres años más tarde los hermanos Marx la tarareaban en su comedia surrealista Duck Soup.

A la adicción de los gringos por cualquier música vagamente caribeña se le llamó Rhumba Craze (Locura de la Rumba). “Rhumba” le llamaron a sones, guarachas y congas porque les sonaba exótico: a Bacardí a la sombra de un cocotero y aquella “H” metida en el medio era como la sombrillita del trago.

Luego los catalanes Enric Madriguera y Xavier Cugat se dieron cuenta de que el negocio estaba en lo exótico y lo convirtieron en fábrica de chicharrones tropicales con violines y maracas.

La locura por la rumba pasó, pero en el 2001 “El manisero” entró en el Salón de la Fama del Grammy Latino.

En 2005 fue incluida en el Registro Nacional de Grabaciones por estar entre las canciones que son “cultural, histórica o estéticamente importantes” para Estados Unidos.

Y por enseñarle a los gringos que había vida más allá del foxtrot, el charlestón y el whiskey de bañadera.

Monday, August 30, 2021

Fallece Amado Rodríguez*




*Nota tomada del sitio del Instituto de la Memoria Histórica Cubana contra el Totalitarismo 

Este jueves 26 de agosto aproximadamente a las 4.30 de la mañana falleció nuestro hermano, compañero de Presidio y activista incansable en la lucha por la libertad de Cuba y la defensa de los Derechos Humanos.

Amado, combatió al régimen de Fulgencio Batista, estuvo asilado en 1958 en Estados Unidos, regreso a Cuba y se incorporó al ejército rebelde, donde aprecio el sectarismo y persecución contra los efectivos militares que no simpatizaban con el comunismo.

Sostuvo un fuerte enfrentamiento con las autoridades militares y rápidamente empezó a conspirar contra el Totalitarismo, razón por la cual estuvo en prisión en dos periodos diferentes más de 23 años.

Salió de la cárcel en 1989 por numerosas gestiones internacionales, en su segundo exilio no se procuró una vida mejor, simplemente trabajaba para sobrevivir dedicando la mayor parte de su tiempo a la lucha por la libertad de Cuba.

A su llegada a Estados Unidos se puso a gestar una expedición armada a Cuba, después de gestiones infructuosas y apreciando la nueva situación se incorporó fielmente a la lucha cívica a través de la Solidaridad de Trabajadores Cubanos y la organización Human Rights in Cuba, posteriormente fue uno de los fundadores del Instituto de la Memoria Histórica Cubana contra el Totalitarismo y miembro de su Comité Ejecutivo hasta su deceso.

Escribió varios libros, entre ellos
Cuba Clamor del Silencio e impartió numerosas conferencias. Su obra póstuma “Resistencia” se encuentra en desarrollo.

Fue siempre un hombre austero, humilde y solidario. Solo dejo de trabajar cinco meses antes de su muerte porque el cáncer lo había atrapado irremediablemente.

A los 78 años de edad partió hacia la eternidad convencido que había cumplido con su deber y orgulloso de haber sido un preso político, al extremo que les pidió a dos de sus amigos seis días antes de su muerte “solo quiero que mis compañeros me rodeen, son mi familia”.

Monday, August 23, 2021

DOS NUEVOS ACTOS DE INVESTIDURA

En marzo del 2020, como consecuencia de las drásticas medidas instauradas a nivel nacional para combatir la pandemia del coronavirus, la Junta Directiva de la AHCE decidió implantar una moratoria de todos sus actos públicos, continuando sus funciones y actividades solamente de manera “virtual”. Más de un año después, en su reunión ordinaria de principios de julio de este año, dada la mejoría de la situación sanitaria en el país, la misma instancia decidió levantar dicha moratoria, aunque manteniendo las normas profilácticas locales contra el contagio viral que, como sabemos, cambian de un estado a otro. Por lo anterior, ya se encuentran programados para septiembre dos actos de Investidura con asistencia física de personas, uno en la Florida y otro en Nueva Jersey.

Sylvia Landa
En el primero de ellos será investida la Lic. Sylvia Landa, periodista, poetisa y conferencista especializada en temas culturales cubanos, autora del libro El tabaco y su acción en la Guerra de Independencia de España así como de numerosos artículos relacionados con la cultura cubana con los que complementa sus presentaciones en la radio y la televisión. Su Acto de Investidura tendrá lugar el viernes 3 de septiembre, a las 7:00 PM, en el Auditorio del New Professions Technical Institute, sito en 4000 Flagler Street, en la ciudad de Miami. El título del Discurso de Investidura de la Lic. Landa es “Gabriel García Galán: Historiador, pedagogo y patriota”, el cual será respondido por el Lic. Julio Estorino. El Emb. Armando Valladares, Presidente del Capítulo de la Florida de la AHCE, le hará entrega a la nueva académica del correspondiente diploma y el Dr. Eduardo Lolo, Presidente de la AHCE, pronunciará las conclusiones del acto que tiene como Maestro de Ceremonias al Lic. Luis Leonel León, Secretario del Capítulo de la Florida de la institución.

El segundo Acto de Investidura tendrá lugar el sábado 4 de septiembre a la 1:00 PM en el William V. Musto Art Center, ubicado en 420 15th Street, Union City (NJ). En el mismo será investido el Dr. Rolando A Alum, quien ha impartido cátedra en universidades estadounidenses y latinoamericanas, fungió como Subsercretario de Educación de EE.UU. para la Región Federal II y otros cargos importantes. Sus muchos escritos han sido publicados en revistas académicas, libros, enciclopedias, etc. Coeditó con Leonel de la Cuesta el ya clásico Las constituciones cubanas (1974) y es autor de varios ensayos sobre temas históricos cubanos e hispanoamericanos. Su discurso tiene por título “Intelectuales extranjeros desilusionados de Cuba Socialista.” La respuesta al discurso del Dr. Alum estará a cargo del Dr. Octavio de la Suarée, Secretario de la AHCE y Editor del Anuario Histórico Cubanoamericano que publica nuestra organización. Entregará el correspondiente Diploma de Membrecía y hará las conclusiones de la actividad el Dr. Enrique Del Risco, Secretario de Publicaciones y Redes Sociales de la Academia.

Thursday, August 19, 2021

Arsenio Rodríguez Quintana: "no existe casi nada igual al malecón"

 Por Enrique Del Risco

A Arsenio Rodríguez Quintana lo conozco de toda la vida y aún así no deja de sorprenderme. Poeta, historiador, ensayista, narrador, bloguero, editor, sus intereses son tan variados como su bibliografía: La caída y otros deseos (cuento), Síndrome de Ulises (poesía), El Curso Délfico y Confluencias Musicales de José Lezama Lima, Los Acuartelados de San Isidro.Crónicas sobre la disidencia Artística en Cuba 1961-2021, entre otros. Conoce Barcelona, ciudad donde reside desde hace más de veinte años, tan bien como a su ciudad natal. Puedo dar fe de ello. Su libro Historia del malecón habanero es un regalo para los muchos amantes de la capital cubana

¿Cuándo y cómo se te ocurrió la idea de escribir un libro sobre el malecón habanero?

Este libro comencé a escribirlo en 1995 en Cuba, donde investigué todos los archivos disponibles con información sobre la República cubana (1902-1959), pero sobre todo el Archivo Nacional de Cuba donde ejercía como historiador tras graduarme en 1994 en La Universidad de La Habana. En ese año la Junta de Andalucía hizo un asesoramiento técnico de la revitalización del Malecón y me encargó una investigación histórica sobre este conjunto arquitectónico que realicé para ellos, guiados por la oficina de Rehabilitación del Malecón de la Habana que estaba en Malecón, 17, en el edificio de Las Cariátides. Por encargo del director de esa oficina, el arquitecto andaluz José Ramón Morero, esto fue vital para comenzar la investigación del libro. Fue esta oficina la que me dio una carta y con este aval poder ir al ICAIC, y ver todos los filmes donde aparece el malecón. E ir a la Biblioteca Nacional y revisar todos los fondos a los que el público no tiene acceso.




Tengo entendido que el proyecto lo dejaste aparcado durante años ¿Por qué lo retomaste?

Bueno, comencé a investigar en 1995, y en 1999, llegué a París, luego Sevilla y al final Barcelona. Así es imposible una estabilidad y tú lo sabes. Cuando llegué a Barcelona comencé a leer y a escribir mucho publicando paralelamente en Encuentro de la Cultura Cubana invitado por Jesús Díaz, en 2005 publiqué Síndrome de Ulises, donde la nostalgia era el tema central. Dos años después leí un texto de Rafael Rojas donde hablaba de Heredia, Cirilo Villaverde, Cabrera Infante, Reinaldo Arenas y Jesús Díaz, donde desmontaba todo el tema de los escritores del exilio que no pierden su identidad, justo lo que yo creí que me pasaba. Así que retomé mi investigación sobre la historia del malecón habanero ya con nacionalidad española y trabajo estable. Era consciente de la exaltación velada que hago de la República cubana, no porque quiero sino porque así fue la historia de este muro: la Revolución Cubana nunca lo habría podido hacer. De hecho, en 62 años no han publicado un libro histórico sobre el malecón, pues saben que, desde el primer tramo, todos los dibujos son de ingenieros americanos. Y precisamente en las dos intervenciones americanas de 1906, y 1909, el impulso al malecón fue capital.

¿De cuándo data el primer proyecto del malecón? ¿Hasta dónde pretendía llegar en ese primer momento?

Si hablamos de proyecto, hay que citar a Francisco Albear, que hizo un proyecto en tiempos de la colonia, del gobierno autonómico, que no llegó a nada. Se tiene noticias de un proyecto para un “Malecón” que fue “concebido” o esbozado por encargo al ingeniero cubano Francisco de Albear en 1870, quien planeó hacerlo desde el Castillo de la Punta hasta la Calzada de Belascoaín, frente al mar, con unas 250 bóvedas y cañones y arcos que distan mucho del malecón actual.




Ahora, los ingenieros norteamericanos cuando llegaron a Cuba en enero 1899, hasta mayo de 1902, fueron quienes trazaron el primer paseo desde el Castillo de La Punta a la calle Crespo. Coordinado con Carlos J. Finlay quien ya había descubierto la terrible relación de las inmundicias que se arrojaban en esta zona, que era el basurero de La Habana -en el libro muestro fotos- y los mosquitos que hacían proliferar la fiebre amarilla. Desde que se comenzó a construir el malecón, los casos de fiebre amarilla en La Habana disminuyeron.

¿Cuáles fueron los principales hitos de la construcción del malecón?

Para mí el esfuerzo mayor que hicieron los habaneros republicanos para dejarnos esta joya emblemática de La Habana, fue cuando al francés J.N. Forestier (el mago de los jardines urbanistas de París ) se le ocurrió hacer en 1926, o trazar el malecón del puerto, o sea, La Avenida del Puerto, y esa zona era bahía, o sea agua de mar. Todas las piedras de la Loma del Castillo del Príncipe (detrás del Monumento de la calle G hasta la facultad de letras, la montaña se abrió en dos) fueron trasladas hasta esa zona de la avenida del Puerto para que hiciese línea recta con el trazado en curva que allí comienza. La pérdida de la Glorieta en el ciclón del 26 ayudó.

Otro tramo difícil fue rellenar la Caleta de San Lázaro que también hubo que rellenar para hacer el que hoy conocemos como parque Maceo.

Por eso, muchos historiadores del Archivo Nacional, amigos, nos opusimos a Eusebio Leal, que comenzó a romper La Avenida del Puerto para hacer un fragmento de muralla para que aquello pareciera la colonia española, con el trabajo que se pasó en los años veinte para rellenar eso. Un personaje detestable para nuestra historia que convirtió La Habana Vieja en una metáfora de la colonia, con negras esclavas paseándose por allí incluidas.



¿Cuál fue para ti el hallazgo más sorpresivo durante la investigación para este libro?

Los más de 100 dibujos y planos del muro y del trazado hasta el Almendares que hicieron desde ingenieros norteamericanos e ingenieros cubanos, 65 de ellos publicados en el libro, que encontré en el Archivo Nacional de Cuba, cuando me entregaron el Fondo para trabajar de las 5 mil cartas de la Presidencia de Tomás Estrada Palma (1902-1906). También saber que mi amigo, Cristóbal Díaz Ayala, “la biblia de la música cubana” que ya había reseñado la contracubierta de mi libro El Arte del Sabor, y nos leemos y enviamos proyectos de libros desde hace un tiempo, había vivido en el Malecón. Al leerse el libro me hizo un bellísimo texto sobre cada momento de su lectura que le emocionó, y a mí me dejó muerto, y me dio permiso para publicarlo como epílogo del libro, aquí un fragmento del maestro...

Acabo de leer tu libro, primera lectura....

Veo que de niño tuviste la dicha de vivir cerca del Malecón, visitarlo, usarlo como tu piscina... yo, más pequeño. Viví desde 1934 a 1938, (nací en 1930) En el hotel Vista Alegre, frente al Parque Maceo, con el mar en frente. Era un cuarto, séptimo balcón, de norte a sur... pero, además, me dormía mi padre, que se creía tenor. Empezaba siempre con La Paloma, pero me cantaba de Cuba, México, España...La farola del Morro en su círculo ininterrumpido, me iba durmiendo, hasta primero el fulgor, y después el estampido del cañonazo de las nueve, me llevaban al cuarto a la cama.

Como comprenderás, eso no se olvida, de ahí mi interés en tu libro…

Cristóbal Díaz Ayala, Puerto Rico.


El malecón es un lugar fundamental para la memoria afectiva de varias generaciones de habaneros ¿Cuál es para ti la importancia del malecón a la historia y la identidad de La Habana?

Primero que es la síntesis de los paseos marítimos de la misma que comenzó con La Alameda de Paula, en 1777. Para mí ahí comienza todo, asumir ese abrazo del mar como paseo en el siglo XVIII.

Mi libro comienza con una frase de Lezama: Es el abrazo del mar, es la “visión memorable “de la ciudad... el gesto creativo que la unifica y la hace “cantar.” En el libro mientras investigaba el carácter histórico del malecón, fui descubriendo que casi todos los escritores cubanos del siglo XX, habían citado el malecón en sus textos, y su grandeza como ícono de la ciudad era el imago de la misma, su referente. Virgilio Piñera, Alejo Carpentier. Luego me giré a la música, encontré canciones del malecón de todo tipo de géneros, transcribí Malecón de Isaac Delgado, y hay fragmento de "El Muro", de Varela o del hermano del autor del Manisero, Moisés Simons, Emilio, también compositor que un tiburón le comió parte de un brazo y una pierna en el malecón. Lo que me hizo advertir que no debería obviarlas y fue poniendo fragmentos, versos y poemas de algunos de los más importantes en el libro.

La importancia de un monumento emblemático de una ciudad viene dada no solo por su carácter de utilidad, sino su trascendencia en la memoria colectiva a través de la literatura. En los años que terminé de escribir este libro han sido los años que he visitado las capitales de los países más importantes de Europa, no solo continentales sino costeros, y créeme que no existe casi nada igual al malecón. Barcelona por citar una ciudad parecida, y mi segunda ciudad estrenó su paseo marítimo en 1992. Marsella, Cannes, Génova, todavía carecen de ellos.

¿Hubo intentos anteriores de historiar el malecón? ¿Cuál es la mayor contribución de este libro?

Que yo conozca, no. La oficina de rehabilitación del Malecón, que estaba bajo el mando de Eusebio Leal ha hecho folletos con varios autores, para afrontar una supuesta rehabilitación que no vemos, salvo el Hotel de Prado y Malecón, para mi criterio horrenda, que han hecho allí. Si haces una búsqueda en Google se advierte que solo aparece mi libro, y antes de él no hay otro.

Los primeros libros, de cualquier tema histórico que se escriba, siempre cargan con la ventaja de crear una referencia. Creo que ese es el primer valor. Al ser el primer libro tiene esa importancia. Además, entre las cartas de la república que tiene, algunas del Congreso, otras de la presidencia, además del mismo Estrada Palma, primer presidente de Cuba, junto a los dibujos y planos del muro de contención que ilustran la cubierta y son absolutamente desconocidos hasta la publicación de mi libro, son un gran aporte.

Luego, como historiador, y escritor, me tomé la licencia de poner muchos fragmentos de libros de ensayo arquitectónico, de novelas, de canciones, y sobre todo una cronología del sistema constructivo de todo el borde de la costa de la bahía hasta el Almendares que no creo que exista.

Creo que es un aporte a la historia de La Habana que era y es necesario y es claramente sublimado por La Revolución, pues no tuvo nada que ver en su desarrollo ni creación, y le da valor a una República denostada por ellos, que yo reivindico siempre.

El malecón ha sido vital en los dos estallidos sociales más importantes contra La Revolución cubana. Primero El Maleconazo, en 1994, el 5 de agosto, (que aparece en mi libro) y segundo, su réplica esta vez a nivel nacional el 11J, cuyas imágenes de Belascoaín y del Hotel Deauville eran casi calcadas, suceso que me impactó, pues viví en persona los sucesos de 1994, y ahí estaba el malecón para fijar estos sucesos en la memoria colectiva de los cubanos una vez más.