Friday, August 26, 2022

Notas sobre el 25 aniversario del PEN Club cubano en el exilio

 La palabra en libertad, el PEN Club de Escritores Cubanos en el Exilio cumple 25 años

POR LUIS FELIPE ROJAS ESPECIAL/EL NUEVO HERALD 25 DE AGOSTO DE 2022 2:52 PM
De muy poco o de nada sirvieron las mordazas, los golpes, el calabozo y la puerta cerrada que los lanzó fuera de la patria que los vio nacer. El PEN Club de Escritores Cubanos en el Exilio cumple 25 años y lo está celebrando con la antología Patria y cultura, que reúne textos de casi medio centenar de autores en los géneros de artículo, ensayo, poesía y narrativa. El empuje del poeta y ex preso político Ángel Cuadra apoyado por Octavio R. Costa y Reinaldo Bragado Bretaña (ya fallecidos) junto a Indamiro Restano y Armando de Armas llevó a la fundación del PEN en agosto de 1997 tras una sesión del PEN Internacional. “Si se intenta medir el trabajo del PEN Club de Escritores Cubanos en el Exilio a lo largo de estos 25 años de trabajo, habría que tener presente su lucha constante por la cultura y la defensa de la libertad de expresión en Cuba. Ambas vertientes forman parte del propósito esencial del PEN Internacional, que sustenta esa intención desde su fundación en 1917”, indica la reseña distribuida a la prensa por la organización. 
La antología-celebración reune textos Julio Hernández Miyares, Eduardo Lolo, Ángel Cuadra, Ana Rosa Núñez, Raúl Rivero, Gladys Zaldívar, Matilde Álvarez, Rafael Bordao y Amelia del Castillo, así como de Luis de la Paz (actual presidente), Pedro Corzo, Teresa Fernández Soneira, Manuel C. Díaz, Ofelia Martín Hudson, Rodolfo Martínez Sotomayor y Rolando Morelli, entre otros. Además de tertulias, presentaciones de libros y otras celebraciones, el PEN se mantiene en activo denunciando la represión en Cuba, “donde prevalece una dictadura de 63 años, reprimiendo, acosando, encarcelando y forzando al destierro a los escritores, artistas, periodistas y blogueros, que se expresan libremente en la Isla”, señala el texto.
El encarcelamiento de escritores, el acoso contra artistas contestatarios y la solidaridad con creadores no solo de Cuba sino del entorno más cercano en la región también ocupan parte de la vitalidad de un gremio que aboga por la libertad de expresión y prensa a partir de las imposiciones y el autoritarismo que han sufrido sus propios miembros. El sábado 27 de agosto el PEN realizará su celebración central, con la presentación del libro a las 3 pm, en la Biblioteca Regional de Westchester, situada en el 9445 Coral Way, Miami.




Escritores cubanos en exilio celebran sus 25 años junto al PEN Internacional

 
Miami, 25 ago (EFE).- El PEN Club de Escritores Cubanos en el Exilio, filial del PEN Internacional, celebra este sábado su 25 aniversario con un nuevo libro sobre su historia y llevando a cuestas el “estigma” de ser una “organización política” financia por EE.UU., algo que según su presidente, el poeta Luis de la Paz, “es una falacia”.

“Nuestra organización responde a los estatutos del PEN Internacional de escritores, pero estos 25 años hemos tenido que luchar contra una campaña agresiva del Gobierno cubano que nos tilda de escritores ‘de segunda’, de organización política y de estar financiados por la CIA y por el Gobierno americano”, dice a Efe De la Paz en una entrevista.

Según el PEN Internacional, una de las primeras ONG del mundo fundada en 1921 por la británica Catherine Amy Dawson Scott, “los Centros PEN son las voces de la literatura y la libertad de expresión en sus respectivos países”.

La organización, con sede en Londres y presidida actualmente por el novelista kurdo Burhan Sönmez, está presente en más de 100 países.

“Fuimos la primera organización mundial y de escritores en hacer hincapié en que la libertad de expresión y la literatura son inseparables”, declara la organización.

Su nombre fue concebido como un acrónimo en inglés de Poetas, Ensayistas, Novelistas (PEN), que luego se amplió a poetas, dramaturgos, editores, ensayistas y novelistas.

EL EXILIO CUBANO TOMA EL TESTIGO

La historia del PEN cubano de escritores se remonta a 1945, cuando el periodista Jorge Mañach, autor de una de las biografías más polémicas sobre José Martí, “Martí el apóstol”, fundó la filial.

Luego se vio interrumpida “largos años”, dice De la Paz, al llegar el Gobierno de Fidel Castro y crearse instituciones culturales como las estatales Casa de las Américas y la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac), que lo “desplazaron”.

El PEN cubano, según De la Paz, deja de funcionar por las medidas tomadas por el Gobierno a partir de “Palabras de los intelectuales”, discurso que pronunció Castro en la Biblioteca Nacional en 1961, poco después de llegar al poder, en el que dijo la frase: “Dentro la revolución todo, contra la revolución nada”.

“Comenzó la censura y muchos tomaron el camino del exilio”, explica su presidente.

“Fue en el 64 Congreso del PEN Internacional, celebrado en 1997 en Edimburgo, Escocia, cuando, por votación unánime, se aprobó la creación del PEN Club de Escritores Cubanos en el Exilio, con sede en Miami, la capital del exilio cubano”, recuerda De la Paz, también periodista, radicado en Florida.

El poeta y exprisionero político Ángel Cuadra (1931-2021), junto a otros escritores del exilio, fue quien reactivó el centro PEN cubano, en 1997. Durante su cautiverio, Cuadra había sido Miembro de Honor del PEN sueco.

Para el escritor cubano Rolando Morelli, “el Pen Club en el exilio debe ser considerado, propiamente hablando, como una continuación del fundado por Mañach”.

“Nos exiliamos para preservar y conservar fuera de la plataforma insular una Cuba ideal, es decir, símbolo y encarnación de lo mejor de nuestras tradiciones”, añade Morelli a Efe desde Filadelfia (Pensilvania), donde dirige la editorial La gota de agua, que, según adelantó, prepara un dossier sobre el escritor cubano exiliado en España Gastón Baquero (1914-1997).

“Naturalmente, me siento honrado y satisfecho de ser parte de una institución que es referente a nivel mundial, y local, de compromiso con la libertad y su defensa de los escritores”, señaló Morelli, miembro del PEN cubano en el exilio.

De la Paz, por su parte, está orgulloso de presentar este sábado en Miami un libro que recoge toda esta historia: “Patria y cultura, 25 años del PEN”, a cargo de la poetisa Sara Martínez.

“EL GOBIERNO TE INVITA A QUE TE VAYAS Y NO TE DEJA REGRESAR”

En septiembre próximo, De la Paz y Morelli viajarán a Uppsala, Suecia, para participar en el 88 Congreso de PEN International, que tendrá lugar del 27 de ese mes al 1 de octubre.

Allí presentarán una resolución donde “se denuncia el encarcelamiento arbitrario de escritores y artistas plásticos y la persecución cada vez mayor hacia los intelectuales”.

“En el exilio no tenemos problemas mayores con la libertad de expresión, pero sí abogamos por la falta de ella en la isla. Están forzando al exilio a artistas como Tania Bruguera y Yunior García Aguilera. El Gobierno cubano antiguamente intentaba evitar que te fueras; ahora te invita a que te vayas y no te deja regresar, eso es lo que ocurre ahora”, matizó De la Paz.

Jorge I. Pérez

Thursday, August 25, 2022

“Se necesita imaginación para hacerse una vaga idea de lo que fue Cuba”*

Portada de “Hoy como ayer”, memorias de Antonio Guedes (Foto: Cortesía)

 Por William Navarrete


MADRID, España. – Figura imprescindible en el exilio cubano de Madrid en las últimas tres décadas, Antonio Guedes, amigo de muchos de mis amigos en esa ciudad es alguien de quien siempre había oído hablar con especial cariño. Sabía que no solo había asistido a muchos de ellos desde la práctica de su profesión, sino que ha estado y sigue implicándose en actos, plataformas y acciones para denunciar los atropellos del régimen castrista.

Los últimos 22 años de vida en Cuba después de 1959 hasta su salida hacia España estuvieron repletos de sinsabores y zozobras. En condiciones adversas comenzó a estudiar en el Seminario de San Carlos y San Ambrosio de La Habana y, aunque no terminó sus estudios de sacerdocio, se mantuvo siempre muy apegado a la Iglesia de la que continuó siendo parte activa como laico en una época en que este tipo de actividad era muy reprimida en Cuba. 

Asistió al lento e inexorable desangramiento de la familia cubana, fue expulsado de sus estudios de Medicina y vivió en la cuerda floja que este tipo de régimen tiende en la vida diaria de cada ciudadano. Vio partir a muchos, caer presos a otros y, sobre todo, atestiguó la destrucción del mundo que con tantos esfuerzos sus padres y abuelos habían forjado.

Como en el mundo cubano siempre hay alguna conexión entre las personas, me asombró enterarme de que una muy buena amiga de mis años de estudios secundarios y preuniversitarios, Mariángel Salesa Guedes, era hija de Amalia Guedes Delgado, prima hermana del entrevistado. Al padre de esta amiga le decían Mario “El Polaco” y fue el sastre que le confeccionó a Antonio Guedes, obrando milagros, el traje con forros de sacos de yute para que saliera definitivamente de Cuba rumbo a Madrid. Mariángel murió con 50 años, hace poco, en Miami, en donde había trabajado en la librería Universal de Juan Manuel Salvat, una ciudad a la que había llegado con sus padres a finales de la década de 1990. 

A todos los que fuimos sus amigos de estudios nos consternó la noticia de su fallecimiento. Recuerdo que a pesar de que era una de las alumnas más aventajadas de las aulas por las que pasó, nunca fue aspirante de la Unión de Jóvenes Comunistas ―contrariamente a otros― ni propuesta para tal cosa, porque sus padres eran católicos practicantes y en su casa, sita en la calle 11 entre 60 y 62, Playa, había una gran imagen del Sagrado Corazón de Jesús.

Ya retirado, “Tony” Guedes ―como todo el mundo le llama― vive rodeado del amor de su esposa y sus dos hijas en Madrid; continúa siendo el médico, ya retirado, de muchos de sus pacientes y amigos y sigue ocupándose de personas que acuden a él. Para que sus nietos nacidos en España sepan su historia y la de su Isla ha escrito unas memorias muy detalladas que rompen aquel día de 1951 en que vio la luz en el pueblo de Unión de Reyes, en la provincia de Matanzas.

―Como a todos los entrevistados voy a pedirte que comiences hablándonos de tus orígenes y primeros pasos por la vida.

―Nací en Unión de Reyes, un pueblo de la provincia de Matanzas, un año antes del golpe de Estado de Fulgencio Batista de 1952. Mi padre se llamaba Antonio Rafael Guedes Padrón y era pesador en el Central Conchita (Puerto Rico Libre cuando lo nacionalizaron) cuando conoció a Eva Sánchez Ruiz, mi madre, nacida en Jovellanos y maestra de primer grado en el pueblecito de Bermejas y luego en Alacranes. 

De toda esa geografía de los llanos entre La Habana y Matanzas vienen mis ancestros inmediatos, pues como sabemos era región de mucho asentamiento de canarios y peninsulares. Mi abuelo paterno, por ejemplo, era de Sabanilla del Encomendador y su esposa, María Padrón Quintero, era nieta de Blas Padrón y Juana Febles, que habían venido de Canarias. Por parte de mi madre mis abuelos eran de Güira de Melena y de Guamutas. La familia era enorme y es por eso que en Hoy como ayer, mis memorias publicadas recientemente por la editorial Betania, en Madrid, decidí estampar un árbol genealógico para reflejar las diferentes ramas.

Mi primer grado lo hice en el colegio Emilio Sorondo, de Alacranes, y tuve el privilegio de que mi propia madre fuera mi maestra. Luego seguí mis cursos en Unión de Reyes y recuerdo perfectamente a cada uno de mis maestros. Ya en esa época mi padre había comprado en Unión de Reyes una bodega, que es como en Cuba le llamamos a las tiendas de comestibles, a la que puso “Casa Ñico”. Pero siempre íbamos al Central Conchita, en donde vivía y trabajaba como jefe del taller de locomotoras mi abuelo Rafael Sánchez. Recuerdo perfectamente que en el central había de todo: una bodega, una tienda de ropas, una cafetería-restaurante, farmacia, biblioteca, sala de cine, terreno deportivo e, incluso, una fábrica de galletas marca Brilla, que pertenecía a una familia gallega de Lugo de apellido Pastoriza. ¡Todo aquello existía en la década de 1950 en un pequeño central azucarero cubano!

―También Unión de Reyes, pueblo mítico por el célebre rumbero al que llamaban “Malanga”, forma parte de tu imaginario de la infancia. Lo evocas como un sitio de ensueños y tanto que parece una fábula.

―¿Fábula? ¿Qué fábula puede ser un lugar del que puedo mencionar todos y cada uno de los muchos comercios, instituciones, empresas e infraestructuras que existían? En Unión de Reyes, por ejemplo, en su Teatro-Cine Unión (luego López), vi de niño actuar a los primos de mi padre Guillermo y Eloísa Álvarez Guedes. También al célebre dúo de Olga Chorens y Tony Álvarez. Era un pueblo de unas 7 000 almas y así y todo tenía varias academias de estudios, cinco médicos, tres dentistas, un laboratorio clínico y una casa de socorros, tres ferreterías, varias carnicerías, dos tintorerías, la mueblería de Alberto Abdemur (que llamaban “El Moro”), más de 30 bodegas como la de mi padre, tres panaderías, una fábrica de dulces y conservas, dos hoteles (El Louvre y Unión), dos imprentas (La Central y El Relámpago), dos semanarios (El Pueblo y La Hora), la mercería de Los Polacos, la quincallería de Teté, la sastrería de Máximo Gutiérrez, la talabartería de Fata “El Italiano”, varias peluquerías y barberías, un banco y hasta calles pavimentadas, acueductos y un sistema completo de electrificación.

¿Imaginación dices? ¡Imaginación es la que se necesita hoy día para hacernos una vaga idea de lo que realmente fue Cuba! Ha sido tanto el destrozo y el abandono que la Isla entera es como Pompeya: hay que hacer arqueología para dar con los vestigios. Figúrate que frente a mi casa estaban los Talleres Fundición Perret que pertenecían a Alberto Enrique Perret Baltz, de padre sueco. De allí salían piezas para todos los centrales de Cuba y para la exportación. Fidel Castro se los quitó; rebautizaron a aquella próspera empresa “Primero de Mayo” y en poco tiempo se convirtió en una montaña de chatarra en ruinas, inservible e improductiva hasta su desaparición total.

A mí quien me diga que todo esto es fruto de mi imaginación le cito nombres y apellidos, le muestro fotos y papeles. Y es cierto que de Unión de Reyes era el famoso José Rosario Oviedo, más conocido como “Malanga”, rumbero mayor, que bailaba con un vaso de ron en la cabeza y dentro de un círculo de botellas que ni siquiera rozaba mientras hacía increíbles giros y movimientos. Murió envenenado en Camagüey. Una canción que dice “Unión de Reyes llora / porque Malanga murió” puso a nuestro pueblo en los labios de todos los cubanos y rebasó las fronteras marítimas de la Isla.

Antonio de Guedes de niño, con su padre Ñico Guedes y los primos de este Fito, y Guillermo Álvarez Guedes (Foto: Cortesía)

―¿En qué situación te sorprende el triunfo revolucionario de 1959?

―Yo tenía 8 años de edad, pero lo recuerdo perfectamente. Como Unión de Reyes tenía estación de trenes y por allí pasaba el tren de Oriente a Occidente tengo aún la imagen de aquella gente barbuda, vestida con uniformes de milicianos y enardecida que pasaba por allí. A una de las fondas del pueblo, por ejemplo, llegó una tarde el propio Che Guevara, andrajoso y sucio, camino de no sé dónde, en una de esas giras que daba por la Isla. ¡Qué se puede esperar de un individuo que fue capaz de escribir en un mensaje dirigido a la OSPAL en 1967 “el odio es el elemento central de nuestra lucha”!

En el momento que llega esa fatídica fecha para Cuba, mi tío político Reinaldo González Medina era alcalde de Unión de Reyes y mi padre se había convertido en concejal (desde 1954). Ambos fueron inmediatamente suspendidos de sus cargos e incluso a mi tío le confiscaron enseguida el automóvil porque dijeron que pertenecía al Ayuntamiento, lo cual no era cierto.

Poco a poco el mundo familiar se fue desmoronando. No pasaba un mes sin que nos enterásemos de que un familiar o amigo se largaba del país. Por supuesto, cuando un adulto presentaba la salida tenía que esperar hasta que le autorizaran emigrar en un campamento de trabajos forzados. Esto a partir del momento en que comenzaron los llamados “Vuelos de la Libertad”, tras un acuerdo entre Fidel Castro y el gobierno estadounidense de Johnson. A esos campamentos criminales el pueblo les llamaba jocosamente “las becas Johnson” y por ahí desfilaron muchos de nuestros familiares y conocidos. 

―¿Por qué no salieron de Cuba en ese momento?

―Como muchos recuerdan Fidel Castro instauró el Servicio Militar Obligatorio en 1963. Yo tenía 12 años y todavía mi padre conservaba su bodega en Unión de Reyes porque las nacionalizaciones finales de la pequeña propiedad no se hicieron hasta 1968 que fue el año que llamaron “de la gran ofensiva revolucionaria”. Existía la esperanza de que el régimen cayera y todos los días en casa se decía que a “aquello” no le quedaban ni seis meses. El caso fue que, de seis meses en seis meses, iba pasando el tiempo y no sucedía nada. 

Cuando mis padres decidieron pedir el permiso de salida del país ya yo estaba muy cerca de la fecha en que cumpliría los 15 años. Así y todo, se arriesgaron y el resultado fue que le confiscaron la bodega. A mi madre la expulsaron inmediatamente, el 7 de enero de 1967, de la escuela en que era maestra y a mi padre lo enviaron a un campamento de trabajos forzados o granja en Camagüey. La salida nunca llegó y yo cumplí la edad militar. Y mi padre prefirió seguir haciendo trabajos forzados por si acaso cambiaban la ley y autorizaban mi salida.

En esas condiciones empecé a estudiar en Matanzas, a hacer el bachillerato (preuniversitario le llamaban ya) en el antiguo Instituto de esa ciudad, entonces rebautizado, como todo, José Luis Dubrocq. Recorría a diario los 34 kilómetros que separaban a Unión de Reyes de la capital provincial. 

―Siempre estuvieron, tanto tú como tus familiares allegados, muy cerca de la Iglesia Católica. ¿Fue eso lo que influyó en tu decisión de entrar en el Seminario?

―Nunca, ni siquiera en los momentos más difíciles y de mayor represión, dejamos de ir a la Iglesia y de relacionarnos estrechamente con esta. Incluso en el Preuniversitario, durante las llamadas Escuelas al Campo, recibía la comunión que me traían escondida en cajitas de fósforos (cerillas, en otras partes). Antes de entrar en el Seminario San Carlos y San Ambrosio de La Habana, estudié un año de Pedagogía en la escuela para estos efectos en Matanzas. Una de las decisiones más fallidas de mi vida. Pero ya en septiembre de 1969, con 17 años, comencé como alumno interno del Seminario, sito en la Avenida del Puerto de La Habana y del que era rector entonces Carlos Manuel de Céspedes García-Menocal, sobrino bisnieto de un presidente de la República y tataranieto del “Padre de la Patria” y también presidente, pero de la República en Armas, en el momento de la primera guerra por la independencia de Cuba.

¿Cómo fue tu vida en el Seminario y por qué lo abandonaste?

―Era una auténtica hermandad. Yo estudié tres cursos completos, entre 1969 y 1972. Entonces se estudiaban cuatro años de Filosofía y cuatro de Teología. En ese periodo tuve como compañeros a Emilio Aranguren, Carlos Balandrón, José Conrado, Norberto López López, Sabino Estrada, entre otros que son hoy sacerdotes, obispos o frailes. Se trabajaba y estudiaba mucho porque además de los cursos, los rezos y el tiempo de meditación, nos ocupábamos, turnándonos, de la limpieza, el mantenimiento, la cocina, la preparación de la capilla y de todo lo relativo a la vida dentro del Seminario. Los fines de semanas íbamos a las pastorales en las parroquias de pueblos cercanos a la capital y, a veces, en algún momento libre hacíamos alguna salida, por ejemplo, al cine o para ver alguna función de teatro. En el Seminario recibíamos visitas, pero siempre en los salones preparados para esto en la planta baja y de manera poco invasiva. Los fines de semanas podíamos ir a nuestras Diócesis, o sea, al sitio de donde veníamos y en donde vivía nuestra familia.

Fue justamente a partir de estos viajes que empecé a relacionarme con Lourdes, que era de Jagüey Grande, y con quien terminé casándome en 1975. Antes de nuestra boda, y al darme cuenta de que estaba enamorado de ella y de que deseábamos formalizar nuestro noviazgo, hablé con el padre Carlos Manuel de Céspedes y le planteé mi decisión. El padre habló entonces con los hermanos del Sanatorio de San Juan de Dios, en el barrio de Los Pinos, el único hospital privado que había sobrevivido a las nacionalizaciones del castrismo, y los hermanos de allí me aceptaron para que trabajara como ergoterapeuta, una profesión para la que me había preparado a lo largo de mis diferentes formaciones en las que no estuvieron excluidos los estudios de psicología y cuyos conocimientos había ido adquiriendo entre pito y flauta. Para alejarme de Unión de Reyes y evitar que me llamara el Servicio Militar el padre Carlos Manuel de Céspedes me dejó vivir en la parroquia de Jesús del Monte, en su casa parroquial, durante varios años.

En el Sanatorio me ocupaba de personas de todas las edades y patologías dándoles apoyo psicológico, pero también organizaba actividades para distraerlos. Recuerdo, por ejemplo, que, en una ocasión, años después y en mi segunda etapa en esta institución, pudimos traer a la vedette Rosita Fornés para que actuara para ellos. Durante todo ese tiempo no perdía de vista mi intención y deseos de estudiar Medicina, y por eso me inscribí en la Facultad Obrero Campesina que era la única manera de terminar el bachillerato que había interrumpido cuando entré en el Seminario.

Por cierto, no era porque estudiábamos para sacerdote que no fuimos a cortar caña. Tal vez pensando en ganar pequeños espacios de libertad y tolerancia, el padre Froilán Domínguez, entonces rector del Seminario una vez que Carlos Manuel de Céspedes cesó en esta función, aceptó que participásemos en la descabellada cosecha azucarera, la famosa Zafra de los Diez Millones. Hay una foto mía cortando caña que fue publicada en la revista Cuba Internacional. Entonces nos pusieron en albergues con militantes del Partido Comunista y muchos agentes que intentaban infiltrarnos, pero como ellos tenían una formación muy mediocre no lograban mantener un diálogo con nosotros que teníamos muy sólida formación intelectual. Siempre terminábamos enredándolos con mucha facilidad. El caso fue que, en el reportaje para esa revista, aparezco no como Antonio Guedes Sánchez, sino como Antonio Sánchez, y el periodista me hizo nueve preguntas, pero a la hora de publicar las respuestas, las cambió, recortó y dejó frases sueltas de modo que lo que yo decía no correspondía en lo absoluto con lo que realmente le había dicho.

Antonio Guedes cortando caña mientras estudiaba en el Seminario. Foto publicada por la revista “Cuba Internacional” (Cortesía del entrevistado)

―¿Cómo sobreviven una vez casados, Lourdes y tú, en un medio tan hostil, siendo católicos practicantes y con intenciones de irse un día del país?

―Mis padres nunca pertenecieron a ninguna de las organizaciones de masas (CDR, FMC, etc.) creadas por el castrismo para controlar, vigilar y manipular a los ciudadanos. Lourdes y yo no nos casamos hasta 1975 porque esperábamos encontrar una vivienda. Yo quería estudiar Medicina y la única forma de entrar en ese momento, para alguien con una historia como la mía, era vinculándose con el ámbito de la Sanidad. Por esa razón fue que estuve trabajando cuatro años en el Sanatorio San Juan de Dios hasta que en 1976 pude comenzar los estudios de Medicina, pues para la fecha había acumulado experiencia en el Sanatorio y tenía ya el bachillerato completo por haber terminado la Facultad Obrero Campesina.

―¿Logras entonces hacerte médico en Cuba?

―¡Qué va! ¡Eso no fue más que una quimera! Cuando Lourdes y yo nos casamos empezamos a vivir con Eladia Iglesias del Valle, una feligresa que vivía sola y que se relacionaba con el padre Arnaldo Fernández, quien había sido prefecto de disciplina del Seminario. Eladia había sido directora del colegio de las Damas Catequistas y cuando el comunismo cerró el colegio, se quedó viviendo sola en la casa principal de las monjas, sita en Miramar, cuidándola para no perderla, ya que todos los religiosos y religiosas de esta institución habían tenido que abandonar la Isla. Allí vivió hasta 1969 pues el gobierno le informó que iban a ocupar la casa, de modo que le propusieron varios apartamentos para que se mudara y, al final, después de muchos lugares prácticamente inhabitables, terminó por aceptar uno, pequeño, en la calle 3ra entre 96 y 96-A, en Miramar. A ese apartamentico fuimos a vivir Lourdes y yo por gestión del padre Arnaldo y porque Eladia aceptó recibirnos. Al fin, pudimos casarnos, por lo civil primero y por la Iglesia después, siendo el padre Carlos Manuel de Céspedes el sacerdote que hizo de testigo en nuestra boda.

Como anécdota de ese periodo, puedo contar que conseguimos, gracias a una feligresa de nuestra iglesia, 15 días en el Hotel Riviera para nuestra luna de miel. Allí, en la piscina, conocimos a Margarita, la esposa de Ricardo Alarcón de Quesada, embajador de Cuba ante la ONU, quien venía a pasar temporadas en la Isla y se hospedaba cada vez en ese hotel con su hija y la abuela de esta. Un día la piscina estaba sucia y bastó con que la tal Margarita chasqueara sus dedos y diera órdenes para que inmediatamente la limpiaran. Nos hablaban de sus compras en Nueva York y desayunaban, almorzaban y comían en el L’Aiglon, el restaurante de ese hotel, que era considerado el más lujoso entre los restaurantes que habían sobrevivido a la hecatombe del castrismo.

Evidentemente, para poder vivir en casa de Eladia y estar inscritos en una libreta de abastecimiento que daba la OFICODA, tuvimos que ser miembros del CDR de esa manzana, con todo lo que eso significaba: guardias, trabajos voluntarios, reuniones ideológicas. Hasta ese momento habíamos escapado de esto, pero además era requerimiento para que pudiera entrar en la escuela de Medicina. Lourdes ya era técnica de Oftalmología, trabajaba en el hospital de Diez de Octubre (antigua La Dependiente) y yo empecé los estudios de Medicina en 1976. Nuestra primera hija, Beatriz, había nacido ese mismo año, y no podíamos prescindir de lo poco que vendían por la mencionada libreta o cartilla de racionamiento.

Bautizo de Beatriz, hija de Antonio Guedes y Lourdes, por el padre Carlos Manuel de Céspedes, en La Habana (Foto: Cortesía del entrevistado)

Yo cursé entonces cuatro años de Medicina, pero en junio de 1980 fui expulsado, mediante un juicio sumario, de la Facultad. Se me achacó que recibía familiares de Miami (en efecto, a partir de 1979 empezaron a venir, por autorización del propio Gobierno, cubanos exiliados a través de la llamada “Comunidad”, y una tía política, colombiana para más detalles, había venido a Cuba y habíamos salido con ella). También que regalaba artículos o prendas extranjeras (que eran de las que me había traído mi tía), que me relacionaba con extranjeros en mi barrio (pues en efecto, una pareja de canadienses que frecuentaba la iglesia del Corpus Christie en el Country había simpatizado con nosotros y nos invitaba a cenar a su casa con cierta frecuencia). Para colmo, el cuarto elemento en que basaron mi expulsión fue que yo era católico y lo había ocultado. Imagínate, cómo podían decir esto, si yo había sido seminarista, me había casado por la Iglesia católica con más de 10 sacerdotes entre padrinos y testigos, asistía semanalmente con Lourdes a la iglesia de San Agustín (barrio de Almendares) en donde ayudábamos al cura, y no dejábamos de celebrar, públicamente, las fechas del calendario litúrgico. En un país repleto de chivatos como Cuba era imposible que no lo supieran, amén de que yo mismo lo decía siempre.

Cuando le comuniqué a mi padre mi expulsión, este dijo algo que para mí fue una enorme recompensa: “Hijo, que te hayan expulsado de esa escuela es el mejor título universitario que te han dado”.

―¡Entonces llega la tan añorada salida definitiva de Cuba!

―Primero ocurren los sucesos de la Embajada del Perú y del puente migratorio del Mariel. Un año después, el 23 de diciembre de 1981, fuimos, ¡al fin!, expulsados del Infierno, como digo en mis memorias, en el vuelo de Iberia que nos condujo a la anhelada libertad. Antes, al quedar fuera de la escuela de Medicina y no poder trabajar en nada que perteneciera al Gobierno (y en Cuba prácticamente todo pertenecía al Gobierno), volví al Sanatorio de San Juan de Dios, cuyo superior era el hermano Ramiro Berrade, quien enseguida me dio trabajo, una vez más como ergoterapeuta. Al final, luego de muchos intentos frustrados, conseguimos una visa para España gracias a una sobrina de Eladia, quien, para asombro nuestro, también dijo que estaba dispuesta a salir del país con nosotros. 

Te voy a ahorrar todos los sobresaltos y temores que vivimos hasta que despegamos del aeropuerto de Rancho Boyeros rumbo a Madrid. Hubo que conseguir la baja de Lourdes de su trabajo, sacar a la niña del círculo infantil o guardería, tomar precauciones para que no faltara nada tras el inventario obligatorio que el gobierno te hacía de tus propias pertenencias, ocultar el embarazo de Lourdes que llevaba ya en el vientre a nuestra segunda hija, darnos prisa para que esta no naciera en Cuba. Incluso, el cónsul, cuando ya lo teníamos todo repartido y medio mundo sabía que nos íbamos, nos negó la visa. Gracias a María, una feligresa española que asistía a la iglesia del Corpus Christie y cuyo esposo, también español, tenía un puesto diplomático en la embajada en La Habana, se pudo alertar al embajador, quien nos recibió y ordenó al cónsul que estampara finalmente las cuatro visas.

―En España inmediatamente te integras a la vida del país. ¿Cómo logras hacerte médico?

―Todo no ha sido coser y cantar. Primero trabajé acompañando a ancianos en sus paseos por las manzanas en que vivían. Inmediatamente convalidé tres años de estudios, aunque tuve que pasar una asignatura de primer año, Física Médica, que en Cuba no se estudiaba. Me gradué en 1986 de la UCM y el Hospital Clínico San Carlos de Madrid. He hecho los 32 créditos del doctorado en pediatría y puericultura. Por supuesto, fue un largo proceso porque durante cuatro años mi estatus migratorio (y el de Lourdes) era el de “Permanencia”. Esto significaba que teníamos que ir cada tres meses a la Comisaría de nuestro barrio para prorrogar ese estatus y validarlo, pues obtener la “residencia” costaba Dios y ayuda y era casi imposible.

Como yo quería trabajar en el sector sanitario público, una de las condiciones era ser español. Entonces, empecé los trámites para adquirir la ciudadanía española en 1985, además de estar colegiado y me hice ciudadano un año después cuando ya iba a graduarme. En esa época la ciudadanía la daban con cierta rapidez.

Por supuesto todo esto ha tenido un alto precio pues estuve separado de mis queridos padres durante 13 años. Una hermana, que quedó en Cuba, los acompañó varios años después de nuestra partida, pero ella también terminó marchándose al exilio. No fue hasta 1994 que logré sacar a mis padres del país. Una semana después de estar en Madrid, por las emociones y porque venía ya muy descompensado, falleció mi padre. Yo siempre recalco en mis memorias que todas estas desgracias tienen un solo responsable: el comunismo. Si nada de esto hubiera sucedido no hubiéramos tenido que padecer tantas calamidades, necesidades, temores, incertidumbres y dolores. El comunismo los entrenó a aguantar el dolor de ver partir, poco a poco, a todos sus seres queridos; el comunismo les enseñó a preferir que sus seres queridos vivieran en libertad antes que tenerlos cerca; pero el comunismo también les fue robando salud, vida y alegría. Ellos eran personas de compromiso y durante todo ese tiempo no dejaron de ser el brazo derecho de la iglesia de Unión de Reyes y de participar activamente en la vida parroquial.

―Eres primo de un grande del mundo artístico cubano, Guillermo Álvarez Guedes, del que todos quienes lo conocimos y tratamos guardamos muy gratos recuerdos. ¿Qué recuerdos tienes de él?

―Guillermo y su hermano Fito se largaron de Cuba en 1961, apenas les confiscaron el sello discográfico Gema que con tan excelente catálogo musical habían fundado. Desde entonces, se convirtió en una estrella del exilio de Miami y en gran humorista. Su hermana Eloísa Álvarez Guedes, casada con Armando Rabilero y simpatizante del castrismo, se quedó en Cuba. Una tía abuela mía, Josefina, que vivía al doblar de nuestra casa en Unión de Reyes fue a verla a La Habana para despedirse pues se iba del país. Entonces Eloísa trató de disuadirla para que se quedara. Por eso, y no por otra cosa, fue que pudo seguir trabajando en la Televisión oficial (la única) y actuando mientras tuvo la capacidad para hacerlo. 

―A partir de 1990 comienzas a participar activamente en la vida del exilio cubano en Madrid. ¿Puedes contarnos un poco sobre esto?

―A partir de 1990 comencé a participar en la Unión Liberal Cubana, presidida entonces por Carlos Alberto Montaner y de la que he sido vicepresidente y también presidente. En esa época, dado que acababa de caer el muro de Berlín, se funda en Madrid una Plataforma Democrática de las diferentes fuerzas políticas del exilio en la que nosotros participamos. Por otra parte, integro el Comité Pro Derechos Humanos que fundó también en Madrid la Dra. Martha Frayde. De ella fuimos parte los editores Víctor Batista Falla, Felipe Lázaro y Pío Serrano, el escritor Mario Parajón, el historiador Leopoldo Fornés-Bonavía Dolz (por cierto, medio-hermano de Rosita Fornés), los pintores Waldo Díaz-Balart y Andrés Lacau, Helen Díaz-Argüelles, Javier Fernández Olano, Aurora Calviño, Manuel Fernández, e incluso la arquitecta Irma Alfonso Rubio, recientemente fallecida en Madrid, con quien tú y yo tuvimos una gran amistad, además de que era mi paciente. También he sido presidente de la Asociación Iberoamericana por la Libertad y he colaborado mucho con la Asociación por la Paz Continental (Asopazco).

Me he mantenido siempre activo en todo lo que representa denunciar al régimen cubano, tanto en el ámbito internacional como en España. Durante todos estos años hemos hecho todo lo posible por comunicar a todos los niveles la realidad de Cuba. Y creo que seguiré haciéndolo hasta el último minuto de mi vida, si Dios me lo permite.


*Tomado de Cubanet

Wednesday, August 17, 2022

NOTA DE PRENSA: 25 Aniversario del PEN cubano en el exilio

Este mes de agosto del 2022 se conmemora el 25 aniversario de haber sido acreditada la filial del PEN Internacional, para los escritores cubanos en el exilio.
Fue en el 64 Congreso del PEN Internacional, celebrado en Edimburgo, Escocia cuando por votación unánime fue aprobada la creación del PEN Club de Escritores Cubanos en el Exilio, con sede en Miami, la capital del exilio cubano.
A ese congreso asistió el poeta Ángel Cuadra, ex preso político, quien fuera Miembro de Honor del PEN Sueco durante su cautiverio, en representación del grupo inicial, que firmaron la solicitud de ingreso al PEN Internacional, Octavio R. Costa, Ángel Cuadra, Reinaldo Bragado Bretaña, Indamiro Restano y Armando de Armas.
La historia del PEN cubano se recoge detalladamente en el libro PEN: Fundación, lucha y presente (en edición bilingüe) coordinada por Daniel I. Pedreira. Su origen se remonta a 1945 cuando el Dr. Jorge Mañach establece el PEN en Cuba, que fue dirigido en sus inicios por el propio Mañach, seguido por otros importantes intelectuales como Francisco Ichaso, Ricardo Riaño y Octavio R. Costa, quien fungiera como el último presidente de la institución hasta su fracturación y posterior desactivación al consolidarse el régimen castrista como dictadura totalitaria.
Tras la larga pausa se retoma el PEN en 1997, ya en el exilio, bajo el nombre de PEN Club de Escritores Cubanos en el Exilio.
Figuras como Ángel Cuadra, Armando Álvarez Bravo, Eduardo Lolo, José A. Albertini han ocupado la presidencia de la organización. En la actualidad, su presidente lo es el escritor Luis de la Paz.
Si se intenta medir el trabajo del PEN Club de Escritores Cubanos en el Exilio a lo largo de estos 25 años de trabajo, habría que tener presente su lucha constante por la cultura y la defensa de la libertad de expresión en Cuba. Ambas vertientes forman parte del propósito esencial del PEN Internacional, que sustenta esa intención desde su fundación en 1917.
Desde 1997 hasta el presente, el centro PEN de cubanos en el exilio, ha promovido actividades mensuales con sus miembros e invitados. Primero en el Kubeck Center, durante la etapa en que estuvo administrado por la Universidad de Miami, y posteriormente, en la Biblioteca Regional de Westchester, donde se continúan esos encuentros culturales mensuales.
Nuestra misión y trayectoria, ha servido también para denunciar en foros internacionales la precaria situación en Cuba, donde prevalece una dictadura de 63 años, reprimiendo, acosando, encarcelando y forzando al destierro a los escritores, artistas, periodistas y blogueros, que se expresan libremente en la Isla.
Para celebrar los 25 años de trayectoria del PEN Club de Escritores Cubanos en el Exilio, se ha publicado el libro Patria y cultura: 25 años del PEN, (Ediciones PEN, 2022), coordinado por la poeta Sara Martínez Castro, en el cual se recogen las voces de varios de los miembros activos del PEN, también de aquellos que pasaron por la organización y otros que han fallecido.
El índice, con cuatro secciones, ensayo, poesía, artículo y narrativa, incluye a Elio Alba Buffill, Julio Hernández Miyares, Eduardo Lolo, Armando Álvarez Bravo, José Corrales, Ángel Cuadra, Orlando Fondevila, Alina Galleano, Ana Rosa Núñez, Raúl Rivero, Gladys Zaldívar, Matilde Álvarez, Rafael Bordao, Amelia del Castillo, Roberto Cazorla, Belkis Cuza Malé, Ernesto Díaz Rodríguez, Rita Geada, Luis de la Paz, Luis Felipe Rojas, Orlando Rossardi, Manuel Vázquez Portal, Octavio R. Costa, Luis Aguilar León, Álvaro Alba, Pedro Corzo, Teresa Fernández Soneira, Reinaldo Bragado Bretaña, José Miguel González Llorente, Julio Matas, Matías Montes Huidobro, Armando de Armas, J. A. Albertini, Karla Barro, Manuel C. Díaz, Ofelia Martín Hudson, Rodolfo Martínez Sotomayor y Rolando Morelli.
Del libro se señala: “Patria y cultura, 25 años del PEN se propone ser un sólido muestrario de la labor de nuestros miembros, desde su fundación en 1997, hasta el presente. Escritores que desde el exilio, con sus valiosas obras, marcan e integran la vasta cultura cubana creada en ambas orillas. Como señala nuestro amigo y colega Juan Manuel Salvat en el prólogo de este libro: «Hay luz cuando se publican libros que cuentan nuestra historia cubana, el quehacer sin tregua por dejar constancia de la belleza de lo cubano». Ese es el gran legado de nuestro PEN y de los hombres y mujeres que crean, viven y sienten lo cubano lejos de su patria”.
La celebración por los 25 años del PEN de Escritores Cubanos en el Exilio y la presentación del libro conmemorativo, Patria y cultura, 25 años del PEN, se llevará a cabo el sábado 27 de agosto, a las 3 pm, en la Biblioteca Regional de Westchester, 9445 Coral Way, Miami.

Contacto: Luis de la Paz, 305 323-9671 y DelapazL@aol.com

Tuesday, August 16, 2022

"Nuestra hambre en La Habana" en Miami*

Foto: Luis Eligio Omni

Texto: Redacción Cuba Noticias 360

El escritor e historiador cubano Enrique del Risco presentó este viernes en la Feria del libro de Miami “Nuestra hambre en La Habana”, un texto de testimonio sobre la crisis económica en Cuba de la década de 1990, que recibió el eufemístico nombre de ‘Período Especial’.

Según Plataforma Editorial, de Barcelona (España), la obra, publicada este año y actualmente en gira de presentaciones con el autor, es “un libro de memorias personales de esa posguerra sin guerra que constituyó la Cuba de los años 90”, cuando mitos urbanos aseguran que “la gente comía gatos y frazadas de piso”.
Añade la editorial que “En tono tragicómico, el autor describe y explica la debacle que llevó a los gatos y las pieles de plátanos a la condición de manjares, a los cerdos a la de mascotas urbanas criadas en bañeras y a la práctica desaparición del transporte público, la gastronomía y las bebidas alcohólicas”.

Foto: Guennady Rodríguez

De acuerdo con Del Risco, “Para muchos, el ‘Período Especial’ fue la experiencia que definió nuestras vidas. Quise escribir cómo se asume aquella debacle, cómo logramos sobrevivir y cómo no nos rebelamos, porque, excepto ‘el maleconazo’, (protestas ocurridas en 1994) en Cuba se aguantó aquella crisis”, refirió la agencia Efe.

Para el también profesor de español, literatura y escritura creativa en New York University, se trata de “una historia contada desde abajo, desde los que lo sufrimos, no desde los que la organizaron”.

Al hacer referencia al denominado Período Especial, que a su juicio duró toda una década a partir de la caída del bloque socialista en Europa oriental, el nombre responde a “un eufemismo para ocultar la crisis violenta que hubo, no solo económica, sino política y social”.

“Para mí duró desde 1990 hasta octubre de 1995 en que me fui (de la isla), pero duró mucho más; yo creo que el periodo especial por lo menos en su etapa básica llegó hasta el ascenso de (Hugo) Chávez al poder (1998), que empezó a mandar suministros, petróleo y digamos que alivió un poco la situación económica en Cuba”.

Foto: Guennady Rodríguez


Durante una entrevista en el Koubek Center, de la universidad Miami Dade College, Del Risco afirmó que la citada etapa “Fue una de las crisis más completas de la historia de Cuba”, donde la gente “se bestializó y ejerció la violencia física sobre el prójimo”.

El escritor cubano agregó que los síntomas de hambruna en ese largo período fueron muy claros, tanto en el descenso del peso corporal, como en todas las enfermedades asociadas a estas circunstancias que aparecieron, como “el escorbuto, el beriberi, la polineuritis”.

Saturday, August 6, 2022

La bella cubana, - rostros de mujeres en la Cuba del siglo XIX*

Por Olga Connor

Al leer y ver las ilustraciones de La bella cubana, - rostros de mujeres en la Cuba del siglo XIX (Alexandria Library Publishing House, Miami, 2022), de Teresa Fernández Soneira, me sentí estremecida. Recordaba mis experiencias frente a la cámara, en los estudios fotográficos de La Habana, a los que mi madre me llevaba desde muy niña en cada fecha importante. Esta costumbre tradicional era para guardar una memoria exacta de la efigie en aquel momento. Al igual que se puede admirar en las de este libro, en el que hay 162 imágenes antiguas en colores, de niñas y niñeras, jóvenes y señoras casadas y abuelas, de varios tonos de piel, porque son de las criollas de la isla de Cuba en el siglo XIX y principios del XX. 

Se ve que Fernández Soneira ha experimentado esos mismos sentimientos de asombro que ella expresa tan bien en su libro, porque me ha contado cómo heredó su amor por este arte de su propia familia, y a aprender de ellos la fotografía. “La que fue fotógrafa profesional fue mi abuela Rogelia Fernández Santalices, al morir mi abuelo Manuel Fernández Losada”, declara. “Yo he hecho fotografía, sobre todo cuando escribía artículos de viajes para el semanario Éxito! y las fotos de mis libros las he preparado y montado yo”. 

“Mis abuelos paternos, Manuel, de Lugo, y Rogelia, de Orense [a quienes dedica el libro], eran fotógrafos profesionales en La Habana Vieja, desde antes de que mi abuelo se casara con mi abuela en 1918”, sigue recordando Fernández Soneira. “Mi abuelo había estudiado pintura en San Alejandro y luego fotografía. Cuando se casó con mi abuela ya tenía el estudio fotográfico. Cuando él muere yo tenía siete años y ella, que era una mujer liberada, se hizo cargo del negocio y siguió retratando hasta que salió para el exilio de Madrid con mi tío soltero en 1961”. 



“A veces yo de niña me pasaba los fines de semana en su casa y aprendí con ella a retratar, revelar y arreglar el salón para la fotografía. Desde entonces soy también fotógrafa, aunque últimamente he cambiado la cámara por la pluma”, concluye. Así es como muchas mujeres fotógrafas del siglo XIX aprendieron de manera artesanal con su familia. Y lo curioso es que en este caso Fernández Soneira se convirtió además en coleccionista, porque casi todas las fotos de mujeres en este libro son propiedad de la autora, menos algunas, por ejemplo, las de la Colección de la Herencia Cubana (The Cuban Heritage Collection at the University of Miami Libraries). 

Ella confiesa que las suyas las encontró en subastas por la Internet o en tiendas de anticuarios en España. Son “ambrotipos, ferrotipos, imágenes a la albúmina, daguerrotipos y otras técnicas fotográficas”, realizadas en la isla. Algunas son “cartes de visite”, parecido a las tarjetas de ahora, otras se ponían sobre soportes de vidrio o se colocaban en estuches forrados de terciopelo. Estos ejemplos se pueden admirar como el incipiente arte de fotografía que pronto se desarrolló en Cuba, como se puede constatar con el auge de europeos que se mudaban a La Habana para mejorar sus ventas en este negocio. 

E inclusive alguien como Federico Mialhe, dibujante, pintor y científico francés que le dio fama a la isla y a su nombre, cuando se mudó a ella, enviando sus litografías a Europa, como la titulada “El quitrín”, con bellas jóvenes viajeras, y reproducido en este libro. Con el invento de Daguerre, Mialhe tenía fotos inmediatas del natural para luego pintarlas sin tener que pasar días enteros haciendo bocetos. 

Toda esta información aparece en el admirable ensayo introductorio de Fernández Soneira, quien nos hace la historia de la fotografía desde Europa hasta nuestras costas. Nos lleva de la mano desde la antigüedad, con Aristóteles, y llegando a Daguerre en París, explica brevemente el desarrollo en Europa y las Américas, y cómo fue documentado el invento de Daguerre en el Diario de la Marina en 1839. 

Pronto la calle O’Reilly en el centro de la Habana se convertiría en “la calle de los fotógrafos”, porque allí se concentraban estos artistas y se anunciaban en los diarios, el Daguerrotipo de Arias era uno de ellos. Precisamente la primera mujer documentada en este oficio en La Habana fue Encarnación Iróstegui, de Bilbao, esposa de Pedro Arias, procedente de Galicia y dueño de ese negocio en el que participaban los dos y su hijo Vicente. La historia de Fernández Soneira continúa no solo con la de los fotógrafos, sino la de la vida social, costumbres y modas de la época que rescatan un ambiente señorial y criollo. 

Es de destacar la labor del editor Modesto “Kiko” Arocha, director de Alexandria Library Publishing House, quien diseñó y diagramó espectacularmente el libro, sobre todo teniendo en cuenta que es de naturaleza gráfica. El poeta y cantante Orlando González Esteva ayudó a la autora con los poemas y fragmentos narrativos que acompañan las imágenes, lo que le da un valor esencial, pues contienen una temática que nos lleva con nostalgia a esa tierra soñada, como si fuera en búsqueda de la edad dorada. 

Un ejemplo de esa ilusión es la de nuestra Gertrudis : ¡Salud, oh, tierra bendita!,/ Tranquilo edén de mi infancia/ Que encierras tantos recuerdos/ ¡De mis sueños de esperanza!/ ¡Salud, salud, nobles hijos!/ ¡De aquesta mi dulce patria!.../ ¡Hermanos que hacéis su gloria!/ ¡Hermanas que sois su gala! (Gertrudis Gómez de Avellaneda, 1859). 

Esa literatura que le sirve de contexto a las imágenes está analizada por la excelente crítica, autora de varias obras y profesora de la Universidad de Florida del Sur, Madeline Cámara Betancourt, en su presentación de La bella cubana. Primeramente destaca el valor de las figuras femeninas en la novela Cecilia Valdés, algunas de las cuales parecen verse fotografiadas aquí. Luego se refiere a la novela Sab de la Avellaneda, y a otras escritoras que reflejan la sociedad de la época. Advierte que estos textos no aparecen cronológicamente, sino por su calidad estética. Y observa que son una forma de mantener el diálogo con las figuras. Pero destaca principalmente la importancia de esta literatura en nuestra historia. 

Y eso es lo que anima a Teresa Fernández Soneira, ver el papel que ha desempeñado la mujer y cómo ha influido en la cultura cubana, como demuestra su serie de Mujeres de la Patria, contribución de la mujer a la independencia de Cuba – (Volúmenes I, 2014 y II, 2018, Ediciones Universal). Solo hay que pedirle que siga cumpliendo con el mismo fervor esa labor incansable para los estudios presentes y futuros de los cubanos de ambas orillas. 

El libro ‘La bella cubana, - rostros de mujeres en la Cuba del siglo XIX’ (Alexandria Library Publishing House, Miami, 2022), por Teresa Fernández Soneira, se presentará el sábado 6 de agosto a las 10 de la mañana en la Ermita de La Caridad, salón Varela. 

A la venta en Amazon.com: teresa fernandez soneira, y el día de la presentación. Se puede hacer un enlace a la Presentación del libro «LA BELLA CUBANA» de TERESA FERNÁNDEZ SONEIRA por YouTube .

Al leer y ver las ilustraciones de La bella cubana, - rostros de mujeres en la Cuba del siglo XIX (Alexandria Library Publishing House, Miami, 2022), de Teresa Fernández Soneira, me sentí estremecida. Recordaba mis experiencias frente a la cámara, en los estudios fotográficos de La Habana, a los que mi madre me llevaba desde muy niña en cada fecha importante.

*Tomado de El Nuevo Herald