Tuesday, March 28, 2023

CUATRO DÉCADAS DE POLÍTICAS CULTURALES*

 Por Pío E. Serrano

 

          Cualquier acercamiento a la historia reciente de Cuba habrá de partir del rechazo de considerar la revolución castrista como un todo único que conserva su identidad ajena a cambio o mutación algunos. La Revolución cubana, mientras duró, y el régimen totalitario que la siguió (1), habrán de ser consideradas como una sucesión de etapas sujetas a múltiples identidades al servicio de una estrategia común -la preservación del poder omnímodo en manos de Castro-, sabiamente llevadas a la realidad mediante diferentes tácticas, adecuadas a las necesidades de cada momento. Ninguna circunstancia mejor para comprender este proceder que un repaso a las distintas políticas cul­turales con las que el régimen (estrategia + tácticas) se representa a sí mismo (2).

 

1959-1961: La luna de miel


Benny Moré con la actriz Odalys Fuentes en el III Festival Papel y Tinta del periódico Revolución, el 6 de enero de 1963

           Los tres primeros años de la Revolución fueron los de una mayor creación cultural en libertad. Es el período conocido como de luna de miel entre los creadores y la Revolución. Con certeza orgánica, el crítico oficial José Antonio Portuondo lo caracterizó por su "espontaneidad y desorientación" (3). La espontaneidad correspondería al ambiente de libertad (libertad entendida restringidamente desde la aceptación de la Revolución) y la desorientación, a la falta de definición ideológica expresa; ideología que, por otra parte, aún no existía oficialmente y cuya ausencia habría de llamar la atención a Jean-Paul Sartre durante su visita a Cuba en 1960.

          Con el acceso de la Revolución al poder se genera un discurso nacionalista, antiimperialista, de profundas reformas sociales y económicas, pero que cuidadosamente se mantiene alejado de cualquier adscripción doctrinaria y de toma de partido en el enfrentamiento de los bloques. La primera división de las aguas se manifiesta entre los "revolucionarios" y los "reaccionarios". Los que aceptaban, y era la inmensa mayoría, el proceso tal como se presentaba y los que, cautelosos, se distanciaban del entusiasmo enfervorecido que primaba. Sin más.

          Entre los primeros, los revolucionarios, existían también diferencias sustanciales que cobraron vida en polémicas abiertas. De una parte, se encontraban los creadores agrupados en torno al suplemento cultural Lunes, adjunto al periódico Revolución, órgano del Movimiento 26 de Julio, cuyas señas de identidad las ofrece Guillermo Cabrera Infante, su director: "Teníamos el credo surrealis­ta y en cuanto a estética, al trotskismo, mezclados, con malas metáforas o como un cóctel embriagador" (4). Y de la otra, los intelec­tuales procedentes de una militancia comunista histórica, escindidos, a su vez, en un sector dogmático (Blas Roca y Edith García Buchaca, entre otros) y otro más tolerante (Alfredo Guevara), pero unidos en el mismo propósito de poner fin a la experiencia incontrolada de Lunes. Las desavenencias entre los creadores quedaban limitadas, por tanto, entre los que se declaraban partidarios de la Revolucción pero cuya interpretación de la realidad revolucionaria y de la función del creador en la misma resultaban totalmente enfrentadas. El resto se marchaba del país o quedaba silenciado por la fuerza de los acon­tecimientos.

          Durante este período la publicación no institucionalizada conoce un notable auge. Desde una mar­ginalidad independiente Lezama Lima da a conocer Dador (1960) y Ediciones El Puente publica una docena de títulos de jóvenes autores. El mismo carácter tuvieron las Ediciones La Tertulia, al cuidado del poeta Fayad Jamís. Pero son las Ediciones R, extensión de Lunes, las que habrían de mantener una más sostenida presencia. Novelas de corte existencial que exploran las frustra­ciones de la vida republicana, de autores como Humberto Arenal, Edmundo Desnoes y Juan Arcocha, se unen a volúmenes de relatos que muestran una mayor preocupación por recuperar la historia más inmediata como Cabrera Infante, Luis Agüero y Calvert Casey, entre otros. La poesía, testimonial o de raigambre surrealista, está presente en los libros de Rolando Escardó, José A. Baragaño, Roberto Fernández Retamar o Manuel Díaz Martínez. Ediciones R publica también el Teatro completo de Virgilio Piñera, un texto marcado por una profunda angustia existencial y el peculiar sentido del humor cubano, con un tratamiento cercano al del teatro del absurdo. Sin que faltasen libros de carácter testimonial, como Cuba Z.D.Z de Lisandro Otero y Con las milicias de César Leante.

          En 1961 se crea el Departamento de Literatura y Publicaciones del Consejo Nacional de Cultura, dirigido en sus inicios por Jose Lezama Lima, con el propósito de rescatar lo más representativo de la literatura cubana de los siglos XVIII y XIX.

          Paralelo a estas publicaciones, el gobierno revolucionario comienza a crear aparatos editoriales desde los cuales fijar una impronta diferenciadora. Primero fue la Imprenta Nacional, creada en marzo de 1959 y dirigida por Alejo Carpentier, pero cuya efectividad se alcanza en 1960 con la nacionalización de los diarios nacionales, cuyas rotativas habrían de ponerse a su servicio; más adelante fue la creación de la Editora Nacional, en 1962. Después de una tirada millonaria de El Quijote y de algunos clásicos de la literatura universal estas editoriales imprimieron masivamente Los diez días que estremecieron al mundo de John Reed, La carretera de Volokolamsk de Alexandre Beck, Canción de gesta, un volumen de poesía épica encargado a Pablo Neruda y lo que un visitante extranjero, sim­patizante de la Revolución, describe como "los libros nuevos: Marx, Engels, Lenin. La trilogía autobiográfica de Gorki, novelistas soviéticos de la actual generación, literatura progresiva (sic) de diversos países" (5).

          No ha de extrañar que desde los comienzos del proceso revolucio­nario sus dirigentes se preocuparan -en un primer momento, de manera velada- por provocar una transformación profunda en la conciencia nacional. Una obsesión de la que no escaparon estos primeros años de permisividad. El cambio que lenta y gradualmente se produce en la conciencia de la población cubana no es espontáneo, es el resultado de esta obsesión primera de sus dirigentes, fundamental­mente el propio Castro y el Che Guevara. Desde el año 1959, Fidel Castro comienza a insistir en que su interés mayor está en el cambio de la conciencia nacional, y en 1961 Guevara profundiza en su lucha contra el individualismo y en favor de la formación ideológica. En declara­ciones a K. S. Karol asegura: "El primer deber y la más urgente necesidad de la revolución es la educación política e ideológica de nuestro pueblo" (6). Para ellos no era suficiente la apropiación de los medios de producción y de las instituciones del Estado si ésta no iba acom­pañada de la forja de una conciencia revolucionaria. Era el germen de la concepción del "hombre nuevo". Para lograr estos fines la Revolución necesitaba expropiar la totalidad de los medios formativos de la sociedad: la escuela, la educación superior, el movimiento editorial, el cine, el teatro, la prensa, los medios radiofónicos y televisivos... La educación ideológica debía disponer de todos los recursos para un solo y único propósito.

          En 1959 se hacen con el control de la Federación de Estudiantes Universitarios (FEU). En 1960 imponen una "limpieza" entre el profesorado que pierde cerca del 80% de sus docentes y se crea el Consejo Superior de Universidades, a cuyo frente se pone a Juan Marinello, intelectual militante del Partido Socialista Popular (PSP, comunistas históricos). Entre 1959 y 1960 se estatalizan los medios de comunicación privados y en enero de 1961 se clausura la influyente revista católica La Quincena. En 1961 se nacionalizó la escuela privada, al tiempo que fueron expulsados del país todos los sacer­dotes extran­jeros. La iglesia católica sufrió un airado acoso del que tardaría en reponerse.

          Por otra parte, una masiva campaña de alfabetización redujo notablemente los índices de analfabetismo, notable en la población rural. Cuando se ha querido minimizar la importancia de este acontecimiento se acude al razonamiento de que las cartillas alfabetizadoras eran propagandísticas y que se enseñaba a leer sólo literatura revolucionario. Una reflexión, cuando menos, ingenua, sino burda. Cuando se entrega un arma, no se sabe contra quien va a disparar.

          El alto desarrollo de los medios de comunicación en Cuba favoreció el empleo de la moderna tecnología en la pedagogía social que se implantaba. Para lograr sus propósitos supieron conciliar la vieja fórmula de arte más ideología igual a propaganda. Habían aprendido la lección de Gramsci sobre la función del intelectual orgánico y se dispusieron a su ejecución desde los nuevos centros culturales que se creaban, desde la agencia de noticias Prensa Latina, hasta las minuciosas elaboraciones de la Comisión de Orientación Revolucionaria (COR), verdadero ministerio de la propagan­da, dirigido por el veterano comunista Aníbal Escalante, pasando por el Consejo Nacional de Cultura, creado en 1961.

          El Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográfica (ICAIC), fundado en 1959 bajo la dirección de Alfredo Guevara (antiguo miembro del PSP), sería uno de los pocos instrumentos culturales de la Revolución, que desde sus inicios se pone al servicio de una interesa­da proyección partidista. Como Lenin, los dirigentes cubanos sabían que "de todas las artes, la más importante para nosotros es el cine". Como lo supo también Goebbels. Desde sus primeros filmes (Historias de la revolución o El joven rebelde), el ICAIC fomenta la mitología guerrillera y en su excelente producción de documentales funda una eficaz escuela de propaganda.

          Mientras, el teatro, minoritario por definición, continuó un desarrollo ascendente comenzado en la década de los 50. A la labor de los grupos dramáticos independientes (Talía, Prometeo, Las Máscaras, Idal, El Sótano, Hubert de Blank, etc.) se unió la promocionada por la Dirección de Teatro del Consejo Nacional de Cultura, cuyo logro máximo fue la creación del grupo Teatro Estudio, centro experimental de Vicente Revuelta. Durante este período se pusieron en escena magníficas representaciones de lo mejor del teatro universal y nacional. No obstante, el empuje institucional comenzaba el cerco al teatro independiente. Francisco Morín, el creador del teatro moderno cubano, expresa los temores del año 1961: "Los teatristas que habíamos luchado a brazo partido para hacernos de un lugar donde cultivar nuestro arte, veíamos como todos nuestro sueños y logros se deshacían, despedazados por una utopía que sólo servía a los políticos en su afán desmedido de adueñarse de vidas y haciendas" (7).

          En abril se produjo la invasión de Playa Girón, en la bahía de Cochinos. En el funeral por las víctimas provocadas por el ataque aéreo previo a la invasión, Fidel Castro, en contra del criterio de los soviéticos, que lo consideraban prematuro, declaró el carácter socialista de la Revolución.

          En este contexto la polémica entre Lunes de Revolución y los propósitos culturales del poder habría necesariamente de desembocar en una ruptura. La ocasión la constituyó una excusa menor. Todo comenzó con la prohibic­ión por parte del ICAIC de P.M., un documental producido parcialmente por Lunes en mayo de 1961. Se aducía que el corto -23 minutos de duración-, filmado por Sabá Cabrera Infante y Orlando Jiménez Leal, era licencioso y obsceno, y que, para mayor escándalo, difundía imágenes del pueblo trabajador dado a la bebida y a la francachela. Un funcionario cultural de la época habría de asegurar "que mostraba a cierto lumpen en sus diversiones noctur­nas" (8). No bastó que sus autores aseguraran que su propósito había sido reflejar un fragmento de La Habana de noche, una Habana cercana al puerto, en el que, efectivamente, trabajadores negros también se divertían, que se trataba de un breve experimento de free cinema como se hacía en cualquier capital del mundo. Durante un largo debate en la Casa de las Américas, después de pasar el cortometraje, el fotógrafo hispano-cubano Néstor Almendros defendió arduamente el derecho a que fuera exhibido, pero sus alegatos resultaron inútiles ante la violenta respuesta de Mirta Aguirre (miembro del PSP, funcionaria del Consejo de Cultura y crítica de cine del periódico Hoy, órgano del PSP), quien denunció el experimento cinematográfico con el terrible estigma de "contrarrevolucionario", sin olvidar mencionar que debilidades como aquélla habían propiciado movimientos reaccionarios en Polonia y Hungría. A esas alturas resultaron inútiles las doscientas firmas de intelec­tuales que apoyaban públicamente el derecho a existir de P.M..



          El 26 de junio, Carlos Franqui, director de Revolución, la redacción de Lunes y los creadores más sobresalientes del país fueron convocados al salón de actos de la Biblioteca Nacional y, durante varias sesiones, Fidel Castro fijó lo que sería la primera política oficial expresa del proceso: "¿Cuáles son los derechos de los escritores y artistas revolucionarios o no revolucionarios? Dentro de la revolución: todo; contra la revolución: nada /.../ Nosotros apreciaremos siempre su creación a través del prisma del cristal revolucionario". Una incierta sentencia que cada exégeta debía interpretar al mayor beneficio de su propia supervivencia como intelectual en activo de la Revolución. Sin embargo, junto a la ambigüedad del discurso llegaron las irrefutables certidumbres de los hechos. La víctima propiciatoria, como se sospechaba, no resultó ser P.M.. Como resultado del encuentro se dictó el cierre de Lunes -cuyo último número apareció el 6 de noviembre de 1961- y, posteriormente, de Hoy Domingo, el suplemento cultural del diario del PSP, y se decidió la creación de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), dotada de dos publicaciones, La Gaceta de Cuba y Unión. Como presidente de la UNEAC se designó al poeta Nicolás Guillén, miembro del PSP.

          La clausura de Lunes significó la dispersión de sus colabora­dores, sospechosos, cuanto menos, de debilidades ideológicas. Frente a lo que era considerado como hegemonía de lo efímero y represen­tación de la decadencia, el proceso apostaba, abierta y francamente, por los fetiches polvorientos de la línea dura, que proclamaba el compromiso sin fisuras.

          Mientras, la ideología ascendente cobraba vida en el orden institucional. Hacia finales de 1961 se crearon las Organizaciones Revolucionarias Integradas (ORI), donde se fundieron todos los grupos  políticos que lucharon contra la dictadura de Batista. Era el primer paso para borrar la identidad de cada uno de ellos. Al frente de su dirección se puso al prominente miembro del PSP Aníbal Escalante.

          La luna de miel había terminado.

         

1962-1970: La convivencia inquietante

 

          Este es un período contradictorio y paradójico. Los vaivenes que se sucederán en el orden cultural y político responderán a una pugna por el poder que se sucede en una doble escala: nacional e interna­cional. En el orden nacional, Castro deberá enfrentarse a los veteranos miembros del PSP -implementados por él para asegurarse el apoyo de la Unión Soviética y para estructurar disciplinadamente el nuevo orden interior-, en quienes descubre una ambición que pone en precario su propio liderazgo; en el orden internacional, Castro, sobre todo a la caída de Jruschev y con el ascenso de Brezhnev, se enfrentará a la URSS en la defensa de su política de expansión guerrillera en el continente americano, incómoda para Moscú, y por la obtención del reconocimiento de su liderazgo en el universo comunista, solidario, pero autónomo, de los designios del Kremlin.

          En medio de esta pugna, los creadores cubanos habrán de conocer desconcertantes contrastes.

          En 1962 Aníbal Escalante es expulsado de la dirección de la ORI acusado de sectarismo. En 1963 la ORI es sustituida por el Partido Unificado de la Revolución Socialista (PURS), ensayo general del Partido Comunista de Cuba, fundado en 1965, en cuyo Comité Central no aparecería ninguno de los antiguos miembros del PSP. En el camino habían quedado severamente desprestigiados los veteranos militantes comunistas, arrastrados por el ingrato papel que los soviéticos impusieron a Castro durante la Crisis del Caribe, por el juicio a Marcos Rodríguez y por la represión a la llamada "micro­fracción". Castro tomaba como chivos expiatorios a los viejos comunistas cubanos en respuesta a los agravios recibidos de los soviéticos.

          En esta pugna los creadores cubanos se vieron favorecidos por una política cultural abierta -dentro de la Revolución- que alentaba un distanciamiento de los cánones soviéticos. La estética soviética propugnaba en su aspecto formal la defensa del realismo socialista y en cuanto a contenidos, lo que Zhdanov fijaba como objetivo ideológi­co para transformar la conciencia de los trabajadores en el espíritu del socialismo. La política cultural cubana, defendida por Castro y por Che Guevara, se opuso frotalmente al realismo socialista y a cualquier limitación formal; pero sin renunciar a lo que, al menos por esas fechas, se entendía como la vía cubana para la construcción de una conciencia socialista.

          Sin que una nueva formulación supliese la política cultural expresada en las palabras de Castro a los intelectuales en 1961, la nueva política cobraba cuerpo en la realidad. En 1963 Alfredo Guevara sostiene una dura polémica con el viejo comunista Blas Roca sobre la conveniencia de proyectar en Cuba La dulce vida de Fellini. El director del ICAIC defendía la madurez del pueblo para asimilar críticamente el filme y rechazaba cualquier tipo de paternalismo dirigista. Por otra parte, desde el Departamento de Filosofía de la universidad de La Habana y su revista, Pensamiento Crítico, el régimen estimulaba posiciones heréticas con respecto al marxismo soviético. La creación en 1967 del Instituto del Libro, puesto en manos de un ex profesor del Departamento de Filosofía y atendido directamente por Castro, puso en marcha un plan de publicaciones sorprendente en el área socialista. Ediciones de Proust, Kafka, Thomas y Heirich Mann, Marcel Schwob, Solzhenitsin (Un día en la vida de Iván Denísovich), Trotski, I. Deutscher, Althuser, los principales título de la novela policiaca inglesa y nor­teameri­cana, entre otras, se pusieron en circulación en mayor o menor medida.

          A los críticos defensores del dogmatismo, como José Antonio Portuondo, les responden, desde posiciones más abiertas, otros como Edmundo Desnoes y José Rodríguez Feo. El primero afirma: "El arte como instrumento de propaganda, o como profesía tiende a desvirtuar su naturaleza: es un arte enajenado. La literatura sólo puede estar al servicio de la visión del artista" (9). El segundo, observa: "...el realismo socialista no parece haber sido del agrado de la mayoría de nuestros escritores" (10). En la creación se podían apreciar igualmente las dos posturas, mientras Lisandro Otero (La situación, 1963) opta por la literatura entendida como escenario de la lucha de clases; Edmundo Desnoes (Memorias del subdesarrollo, 1965) dibuja su protagonista como un matizado anti-héroe procedente de una burguesía desca­lificada. También hubo espacio para la novela existencialista (Virgilio Piñera, Pequeñas maniobras, 1963), la ciencia-ficción (Oscar Hurtado, La ciudad muerta de Korad, 1964), la novela-tes­timonio (Miguel Barnet, Biografía de un cimarrón, 1966) y el realismo mágico (Antonio Benítez Rojo, Tute de reyes, 1967). Pero el que marcaría el rumbo de finales de los 60 y de la siguiente década sería el relato épico o de la violencia, representado por Los años duros (1966) de Jesús Díaz y Condenados de Condado (1968) de Norberto Fuentes, de una gran efectividad narrativa, puesto al servicio del discurso dominante.

          Este dejar hacer -dentro de la Revolución- permite que en la poesía se observen resultados semejantes. Desde el panfleto olvidable a la cotidianeidad revolucionaria (Fernández Retamar, Con las mismas manos, 1962), al canto épico (Pablo Armando Fernández, El libro de los héroes), pasando por las reflexiones críticas (Antón Arrufat, Repaso final, 1964) y la exploración filosófica (Armando Alvarez Bravo, El azoro, 1964). El teatro y el cine mantienen una postura semejante a la del anterior período y las artes plásticas se mueven entre la experimentación formal al servicio de la revolución (Raúl Martínez), un inquietante expresionismo (Antonia Eiriz) y la búsqueda de lenguajes propios (Fernando Luis y Servando Cabrera Moreno).

          En un esfuerzo por contrarrestar lo que se entendía por el carácter elitista del arte, la Revolución genera un movimiento masivo para la formación de "nuevos" artistas. Así surgen las Escuelas para Instructores de Arte, la Escuela Nacional de Arte (para la que el arquitecto Ricardo Porro construye una provocadora e imaginativa ciudadela) y, posteriormente, el Instituto Superior de Arte. Instituciones de donde habría de brotar en las décadas del 80 y del 90 algunas de las actitudes más contestatarias a las concepciones culturales del régimen.

          A partir de 1965 la dirigencia tomó una serie de medidas que dejaron ver que no todo estaba permitido aun dentro de la revolución. La creación de la Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP) fue el punto culminante de una actitud presente en los años ante­riores. La UMAP sirvió como verdaderos campos de concentración contra toda actitud desviada, sexual o ideológicamente­(11). Miles de jóvenes revoluciona­rios y no revolucionarios fueron enviados a la UMAP y decenas de creadores se vieron forzados al exilio. Entre las primeras víctimas de esta política terrorista estuvieron los directores del grupo El Puente (José Mario y Ana María Simo) y miembros de la generación anterior (Calvert Casey). Las atrocidades de la UMAP fueron denunciadas en el filme documental, Nadie escuchaba, de Jorge Ulloa y Néstor Almendros en 1988.

          Para ocupar el lugar de El Puente entre los jóvenes se crea en 1966 El Caimán Barbudo, suplemento de Juventud Rebelde, órgano de la Unión de Jóvenes Comunistas, bajo la dirección del narrador Jesús Díaz (12). La operación fue diseñada por el ministro de Educación José Llanuza, una de las figuras más nefastas de la política cultural del régimen.

          Con la publicación en 1965 de El hombre y el socialismo en Cuba, Che Guevara siembra el desasosiego entre los creadores cubanos. Para Guevara, los intelectuales cubanos estaban marcados por el "pecado original" de no haber acudido a la lucha contra Batista y su autenticidad revolucionaria quedaba bajo sospechas. El sentimiento de culpa sembrado por Guevara habría de amainar las actitudes críticas y producir funestos resultados artísticos en la década siguiente.

          En 1966 la publicación de Paradiso de Lezama Lima, habría de poner a prueba la permisividad del régimen. Considerada pornográfica, alentadora del homosexualismo y católica, la obra no gozó del aprecio de los que consideraban el arte como una vanguardia de la Revolución. No obstante, la opción todavía fue tibia. Se optó por publicar la obra en una tirada limitada y recoger rápidamente los ejemplares sobrantes. Habría que esperar hasta 1991 para que la novela se reeditase.

          El año 1967 trajo la polémica entre Heberto Padilla y Lisandro Otero -vicepresidente del Consejo Nacional de Cultura- a causa de la controversia por la concesión del premio Biblioteca Breve a la novela de Cabrera Infante Tres tristes tigres, favorecida por Padilla frente a Pasión de Urbino de Otero. La polémica aireada en las páginas de El Caimán Barbudo, y a pesar de la toma de partido del suplemento por las posiciones oficiales de Otero, dejó el saldo de la sustitución fulminante de su junta editorial. Al año siguiente Padilla volvió a poner a prueba la política cultural del régimen. Esta vez se trataba de su libro Fuera del juego, premio de poesía UNEAC, recibido con acusaciones de individualismo y espíritu contrarrevolucionario. Las acusaciones partieron de la revista Verde Olivo, órgano de las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Firmaba los ataques Leopoldo Ávila, seudónimo que para los investigadores encubría al crítico José Antonio Portuondo, antiguo miembro del PSP. Desde sus páginas se fustigó severamente a otros escritores, como Antón Arrufat, premio de teatro UNEAC por su obra Los siete contra Tebas, Virgilio Piñera, José Rodríguez Feo y, por supuesto, a Cabrera Infante, ya en el exilio.

          Un nuevo hecho marcaría las pautas de la política cultural puesta en marcha. El enfrentamiento del régimen con las posiciones de los intelectuales negros que pretendían encontrar un espacio propio en la identidad cultural cubana. El resultado fue una dura represalia contra los más activos -Alberto Pedro, Rogelio Martínez Furé, Eugenio Hernández, entre otros. La Revolución quería dejar claro cuál era el sitio que ella fijaba a los negros y que no había lugar para otras propuestas. "Lo que los negros pensaban adquirir mediante la lucha política, antesala de un proyecto económico y cultural de larga dimensión, se les otorgó -mínimamente- como un regalo del que tenían que estar agradecidos, y del que se esperaba una fidelidad. De nuevo se quedaban sin voz." (13)

          Todavía en 1967 Castro pudo exhibir una última provocación a las posiciones de Moscú en el orden cultural. Para ello convocó en La Habana al Salón de Mayo francés, una desbordante muestra de los más arriesgados experimentos del arte moderno. Organizado por Carlos Franqui, poco antes de su exilio, el acontecimiento se desarrolló en un espíritu festivo y carnavalesco. Los complacidos visitantes extranjeros no sospechaban, o preferían ignorar, la situación real de los escritores cubanos (14).

          Sin embargo, la incapacidad del régimen para alcanzar una mínima autonomía económica habría de someter a los creadores cubanos a una nueva vuelta de tuerca. En 1968, prisionero del generoso subsidio soviético que permitía la sobrevivencia del país, Castro se vio forzado a reconocer las tesis de Moscú sobre el aplastamiento de la primavera de Praga. A continuación, la rígida postura de Brezniev impuso a Castro un incómodo proceso de institi­tucionalización al que sirvió de modelo la experiencia soviética. El fracaso de la "zafra de los diez millones", en 1970, habría de poner la rúbrica definitiva a la dependencia cubana de los soviéticos. Con el cierre del Departamento de Filosofía y de su revista Pensamiento Crítico (1971) se ponía fin al experimen­to de un socialismo "a la cubana". El sometimiento al modelo soviético habría de clausurar la experiencia revolucionaria cubana para dar paso a un régimen totalitario. Una actitud más rígida y dogmática ante la cultura en­sombrecería la década siguiente.

 

1971-1989: un largo túnel oscuro

 

Escena de la retractación de Heberto Padilla: De izquierda a derecha Padilla, Norberto Fuentes, Armando Quesada y José Antonio Portuondo

          El 20 de marzo de 1971 Heberto Padilla fue detenido y forzado, veintocho días después, a una grosera autoinculpación. La confesión de Padilla, gracias a su inteligencia, se convirtió en una es­cenificación de los procesos de Moscú y en una advertencia al mundo de lo que en realidad sucedía en Cuba (15). Su autocrítica pondría al descu­bierto, en palabras de un observador privilegiado, Jorge Edwards, que "En Cuba, después del `caso Padilla`, el sistema sovié­tico, que ya dominaba en los demás sectores del país, acabaría también por implantarse en el mundo de la cultura. Fue un paso decisivo, y la habilidad de los que manejaron los hilos del conflicto consistió en hacer creer que sólo envolvía al poeta Heberto Padilla y un par de amigos suyos" (16). La autocrítica de Padilla, como él había previsto, provocó una airada respuesta entre los intelectuales extranjeros que, hasta entonces, habían mantenido una actitud de simpatía con la Revolución.

          Como afirma Edwards, el caso Padilla fue sólo el inicio de una represión que habría de silenciar largamente a la mayor parte de los escritores cubanos. Decenas de escritores fueron enviados a la cárcel -entre ellos, Manuel Ballagas y José Lorenzo Fuentes-, a otros, con más suerte, se les situó en puestos burocráticos anónimos y habrían de esperar entre doce y veinte años para volver a publicar. Sin embargo, el grupo que sufrió una mayor represalia fue el del teatro. Sometidos a lo que se llamó el "parametraje", fueron sometidos a una comisión de evaluación que expulsó a una gran cantidad de actores y directores, acusados de "conducta impropia". Parte de los perseguidos apelaron a los Consejos de Trabajo y después de una enconada lucha, lograron que el Consejo Nacional de Revisión los reintegrase a sus labores.

          La primera respuesta institucional al caso Padilla fue el Primer Congreso de Educación y Cultura, celebrado entre el 23 y el 30 de agril de 1971. En su discurso de clausura, Fidel Castro estableció la nueva política cultural que habría de sustituir su anterior mensaje a los intelectuales. Su primera consigna resume con bastante eficacia las restantes: ""El arte es un arma de la Revolución". A esta sentencia siguió la afirmación de la cultura como una actividad de las masas, el reconocimiento del marxismo-leninismo como el instrumento único para interpretar la realidad y la apelación a la creación de un arte altamente ideologizado.

          Llamado "el quinquenio gris" por el crítico oficial Ambrosio Fornet, la etapa habría de extenderse por una década.

          En enero de 1974 se aprobó la ley contra "propaganda enemiga" que castigaba con penas de entre tres y doce años de prisión a quienes atentaran contra el orden socialista de manera oral o escrita. En 1979 esta ley fue reemplazada por el Artículo 108 del Código Penal y, en el Código vigente por el artículo 103. Una muestra de la eficacia de esta legislación se puede apreciar en las memorias de Reinaldo Arenas, Antes que anochezca (17).

          En 1975 el primer congreso del Partido Comunista de Cuba reafirmó la nueva política en sus resoluciones sobre la cultura, donde se condenaba expresamente "cualquier intento para usar el arte como instrumento o pretexto para difundir o legitimar posiciones ideológicas contrarias al socialismo" (18). La aprobación de una nueva Constitución en 1976, proclamaba igualmente que la creación artística quedaba supeditada a los intereses de la sociedad socialista.

          Con la creación en 1976 del Ministerio de Cultura, a cuyo frente se puso a un mediocre dirigente histórico, Armando Hart, comenzó un período intermedio de aparente apertura, pero cuyos resultados reales fueron considerados por John Reed, como de una "prisión de ter­ciopelo". En 1978, con motivo del Segundo Congreso de la UNEAC, Hart apeló a la "conciencia revolucionaria" de los creadores y dejó establecido un pacto no escrito de "tolerancia" y autocrítica para favorecer el desarrollo de una cultura socialista. El pacto puso en marcha el ejercicio generalizado de lo que Lisandro Otero, en una serie de artículos publicados en El Nacional de Caracas, calificaría como la "autocensura". Los jurados para los premios internacionales fueron sometidos a una rigurosa selección y proliferó el género policíaco, laudatorio siempre del Ministerio del Interior en su lucha contra toda desviación.

          Lezama Lima moriría oscuramente en 1976, y todavía entre 1976 y 1978 Virgilio Piñera será molestado por la policía política, hasta su muerte, igualmente anónima, en 1979. El período de "tolerancia" abierto por Hart, continuó enviando a la cárcel a escritores, periodistas y otros agentes de la cultura (19).

          Con la toma de la embajada del Perú y la salida masiva, de creadores entre otros sectores sociales, por el puerto de El Mariel, el año 1980 pone en evidencia la angustia insoportable de la esxistencia en la Isla.

          Para reafirmar el movimiento cultural de masas se crearon las Casas de la Cultura, los Talleres Literarios y se estimuló el movimiento de aficionados. Se abrieron nuevos espacios culturales, siempre oficiales, para descentralizar las actividades culturales. Así surgieron el Centro de Estudios Martianos, el "Alejo Carpentier", el "Wifredo Lam" y el "Juan Marinello". Generadores todos ellos de un dinamismo cultural que escapó de los objetivos oficiales. La política de apertura supo rescatar la "nueva trova cubana", en­cabezada por dos espléndidos creadores, Pablo Milanés y Silvio Rodríguez, perseguidos en la década del 60.

          Sin embargo, es justo reconocer que la política de Armando Hart de suavizar los controles para obtener una mayor obediencia produjo efectos contrarios, como se pudo apreciar en el movimiento indepen­diente de artistas plásticos, ciertas producciones del ICAIC y algunas creaciones literarias. La nueva generación de artistas plásticos abordó con crudeza una renovadora lectura crítica del país, su historia y su realidad inmediata. Desde el ICAIC se abordaron críticamente las estructuras de poder (Alicia en el pueblo de Maravillas), la corrupción generalizada (Techo de vidrio), la crsis de la vivienda (Se permuta), la propia incompetencia de la industria cinematográfica (¡Paff!). Dos escritores, militantes del Partido Comunista, evidencian en sus críticas, quizá sin proponérselo,

que hay algo que no funciona en el sistema (Cuestión de principio de Eduardo Heras León y Las iniciales de la tierra de Jesús Díaz). Otros autores renuncian al llamado de crear una literatura al servicio del socialismo y dan a conocer obras apolíticas, imaginativas e indepen­dientes de cualquier consigna.

 

1989... El reino de la doble moral

 

          A partir de la caída del bloque socialista y de la grave crisis económica que padece la Isla, el régimen ha optado por sostener la opción del modelo socialista y concebir una legislación cada vez más restrictiva de la libertad de expresión. Paralelo al discurso oficial, desbordado por problemas de subsistencia y debilitado en su capacidad de un control total efectivo, los creadores han ido tomando posiciones cada vez más avanzadas y temerarias. El terror de las décadas pasadas parece no hacer mella en un movimiento virtualmente disidente que busca su expresión de los modos más imaginaticos.

          Suprimida la subvención soviética el régimen pone al desnudo su tradicional incapacidad para generar riqueza. En el contexto de esta crisis la corrupción se ha generalizado y la moneda nacional es sustitida por el dólar. Aquellos artistas capaces de generar entrada de divisas son tolerados, al tiempo que ellos hacen como que toleran al régimen. Se vive en un impasse, ganando tiempo a la espera del ineludible cambio que habrá de producir el "hecho biológico" aguardado por todos.

          Los creadores cubanos saben que viven en un indeterminado proceso de transición y avanzan sus fronteras de libertad de expresión todo lo que el sistema no puede detener. Aun desde las páginas de las revistas oficiales se han podido leer textos denun­ciadores de la represión, de la autocensura, de la censura, de la homogenización de la cultura. Sin avanzar hasta la franca disidencia, paso que han dado algunos como el poeta Raúl Rivero, los escritores se posicionan en unos límites difícilmente tolerables en condiciones normales (20).

          Paradójicamente, quizá se viva en estos momentos en la Isla uno de sus momentos creadores más ricos y en unos arriesgados márgenes de libertad, ignorando la legislación represiva del propio sistema, impensados en décadas anteriores (21). Lo que no significa que el régimen abandone la elaboración de una legislación cada vez más represiva. Pero son pocos los que creen y muchos los que han perdido el miedo.

          La retórica de la rec­tificación no hizo más que regresar a los modelos autoritarios y voluntaristas. Todavía en 1990 el Partido Comunista cubano llamó a un amplio debate nacional... presidido por la ratificada dirigencia monolítica de un partido marxista-leninista.



          Sin embargo, en mayo de 1991 un pequeño grupo de escritores cubanos mostró públicamente una actitud contestataria con la "Declaración de los intelectuales cubanos". Firmada por diez escritores de reconocido prestigio -entre ellos, Manuel Díaz Martínez, Manuel Granado, María Elena Cruz Varela y José Lorenzo Fuentes-, pidieron elecciones libres, derecho a emigrar sin restric­ciones, la reapertura de los mercados libres campesinos, la amnistía a los presos políticos. Con este documento, la brecha entre los intelectuales y el régimen se hacía insalvable.

          Los jóvenes creadores se organizan de manera independiente. Dan a conocer sus inquietudes en publicaciones de vida efímera. Después de unos pocos números son clausuradas. Pero vuelven de nuevo. El lenguaje de los artistas plásticos de la segunda mitad de los 80 y del 90 desarrolla estrategias de resistencia al tradicional mono­polio cultural (económico e ideológico) del Estado, imponiendo un discurso que se hace narrativo y fragmentario, irónico y paródico, al tiempo que tímidas experiencias alternativas se hacen de un sitio en el mercado del arte. Los perio­distas, economistas, abogados se organizan en agrupa­ciones indepen­dientes que no son reconocidas por el régimen. Algunos van a las cárceles, pero no se amedrentan, continúan su lenta labor de abrirse espacios alternativos. Una insipiente sociedad civil autónoma, unas veces de manera descubierta y hostigada, otras enmascarada y disimulada, pone al descubierto el fracaso de los objetivos culturales de la Revolución.

          En un informe al Buró Político del PCC, en 1996, Raúl Castro fustigó airadamente a los que llamó "quintacolumnistas". Llegó a denunciar a los Centros de Estudio adscritos al Comité Central por haberse dejado tentar por el enemigo.

          Durante el VI Congreso de la UNEAC, en noviembre de 1998, el nuevo ministro de Cultura, Abel Prieto, renovó la política de tolerancia de Armando Hart, e incluso anunció nuevos espacios de participación no ideados por el ex ministro. Sin embargo, con motivo del juicio y condena de Vladimiro Roca, Marta Beatriz Roque, Félix Bonne y René Gómez Manzano, culpables de la autoría de un texto, "La Patria es de todos", el régimen anunció una nueva y más rigurosa legislación ("Ley de Protección de la Independencia Nacional y la Economía de Cuba") en contra de la libertad de conciencia.

          Como en toda postrimería, algo nuevo se fermenta en las contradicciones actuales. Son muchos los creadores cubanos que han renunciado a la idea de marcharse del país. Entre los mayores se ha recuperado la dignidad y los jóvenes se muestran temerarios. Algunos son forzados al transtierro, otros viajan al extranjero por breves temporadas para aliviar la miseria del "período especial". Desean permanecer en la Isla y preservar lo salvable de estas cuatro décadas. ¿Qué puede ser salvado? Sólo a ellos y al resto de la población cubana en la Isla, co­rresponde definir el espacio de una nueva sociedad. Con razón, se muestran reacios a un regreso a la Cuba de los 50; con razón también rechazan las huellas del totalitarismo.

 

 

-----------

Notas:

1 Para ampliar esta interpretación ver: P. E. Serrano, "De la revolución al modelo totalitario", ABC, Madrid, 16 agosto de 1998, p. 60. Reproducido en el Boletín del Comité Cubano de Derechos Humanos, nº 27, Madrid, Otoño 98, pp. 28-29.

2 Para un estudio pormenorizado de las políticas culturales de la Revolución, ver Roger Reed, The Cultural revolution in Cuba, Ginebra, Latin American Round Table, 1991. Se trata, quizá, de la única monografía sobre el tema. Una extensa bibliografía consultada y entrevistas a más de un centenar de creadores cubanos, dentro y fuera de la Isla, avalan el rigor de esta investigación. En más de un sentido este ensayo es deudor de la obra de Roger Reed.

3 José Antonio Portuondo, "Corrientes literarias en Cuba", Cuadernos Americanos, 26, nº 4, México, Julio-Agosto 1967, p. 197.

4 Guillermo Cabrera Infante, "Mordidas del Caimán Barbudo", Mea Cuba, Barcelona, Plaza & Janés, 1992, p. 78.

5 Cita de Jesús Izcaray, en Pamela María Smorkaloff, Literatura y edición de libros, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1987, p. 117. Un título adecuado para consultar la versión oficial.

6 K. S. Karol, Les guérrilleros au pouvoir, París, Robert Laffont, 1970, p. 55.

7 Francisco Morín, Por amor al arte, Miami, Ediciones, Universal, 1998, p. 282.

8 Lisandro Otero, Disidencias y coincidencias en Cuba, La Habana, Editorial José Martí, 1984, p. 108.

9 Edmundo Desnoes, crítica sobre Un día en la vida de Iván Denísovish, Casa de las Américas, 4, nº 24, en-abr., 1964, p. 635.

10 José Rodríguez Feo, prólogo a Aquí 11 cubanos cuentan, Montevideo, Arca, 1967, p. 9.

11 Una pormenorizada encuesta sobre los homosexuales en Cuba se puede ver en Ian Lumsden, Machos, maricones and gays. Cuba and Homo­sexuality, Philadelphia, Temple University Press, 1996. Una denuncia explícita fue también el documental Conducta impropia (1984) de Néstor Almendros y Orlando Jiménez-Leal.

12 "Entre otras cosas, Jesús Díaz arguye que Ediciones El Puente fue 'empollada por la fracción más disoluta y negativa de la generación actuante (se refiere a movimiento de los 60). Fue un fenómeno erróneo política y estéticamente. Hay que recalcar esto último, en general eran malos artistas'. La Gaceta de Cuba, nº 50, abril-mayo, 1966", en León de la Hoz, La poesía de las dos orillas (1959-1993), Madrid, Libertarias-Prodhufi, 1994, cita 30, p. 57.

13 Enrique Patterson, "Cuba: discurso sobre la identidad", Encuentro, nº 2, p. 65.

14 Para una interpretación sobre la compleja relación entre los intelec­tuales extranjeros y la revolución cubana, ver Jeannine Verdès-Leroux, La lune et le caudillo, París, L'Arpenteur, 1978.

15 Para mayor información sobre el "caso Padilla", ver: Lourdes Casal, El caso Padilla: Literatura y revolución en Cuba, Miami, Universal, 1971; Seymour Menton, Prose Fiction of the Cuban Revolution, Austin,  University of Texas Press, pp. 145-156; Roger Reed, ob. cit. pp. 99-122; Jeannine Verdès-Leroux, ob. cit., pp. 508-414. Para la versión oficial: Lisandro Otero, "La fabricación de Heberto Padilla" en ob. cit., pp. 80-95.

16 Jorge Edwards, Persona non grata, Barcelona, Grijalbo, 1975, pp. 398-399.

17 Reinaldo Arenas, Antes que anochezca, Barcelona, Tusquets, 1992. Para el clima en que se vivieron estos años, ver su texto paródico, El color del verano, Miami, Universal, 1991, edición española Barcelona, Tusquets, 1999.

18 Tesis y Resoluciones: Primer Congreso del Partido Comunista de Cuba, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1978, p. 468.

19 Entre otros, al novelista Reinaldo Arenas, al dramaturgo René Ariza, al guionista de televisión Rafael Saumell, al historiador Ariel Hidalgo, al profesor de filosofía Elizardo Sánchez, a los periodistas Amaro Gómez y Rafael Cartaya. En la cárcel política, mientras, se desarrollaba dificultosamente un movimiento literario en­cabezado por Jorge Valls y Angel Cuadra, entre los que sobresa­lieron Ernesto Díaz Rodríguez y Miguel Sales.

20 Ver José Prats Sariol, "Index librorum prohibitorum" en Erótica, La Habana, Letras Cubanas, 1988; Iván de la Nuez, "El cóndor pasa", La Gaceta de Cuba, jun. 1989; Osvaldo Sánchez, "La autocensura nuestra de cada día: Elogio de Poncio Pilato", El Caimán Barbudo, jun. 1988, p. 17; Wilfredo Cancio Isla, "El 'boom' de Virgilio Piñera", La Gaceta de Cuba, abr. 1990; León de la Hoz, "Anatomía del debate cultural", La Gaceta de Cuba, jun. 1990, p. 16.

21 Para una reflexión sobre la nueva temática de la narrativa joven cubana, ver Francisco López Sacha, "La casa del sol naciente", prólogo a La Isla contada, Donostia, Gakoa, 1996, pp. 21-24.

 

* Publicado inicialmente en la REVISTA HISPANO CUBANA, Nº 4, Primavera-Verano, 1999, pp. 35-54

Friday, March 24, 2023

Vida pasión y muerte de la pelota cuadrada

Por Enrique Del Risco

 “En un stadium no se juega el destino del país, pero sí su nostalgia” nos recuerda Emilio García Montiel pero cuesta trabajo compartir el aplomo, la lucidez del poeta, como cuesta sustraerse al peligro de creer que cada partido trae consigo una moraleja definitiva. Preferimos actuar como si en un juego se cifrara el destino de la nación para que luego, tras la victoria o derrota de nuestro bando, todo siga más o menos igual que antes. (Excepto en Argentina claro, donde la última copa del mundo conquistada bastará para estar celebrando hasta el 2060. Pero hablo de seres humanos, no de argentinos, que ni siquiera ellos consiguen ser argentinos todo el tiempo).

                                                ………………………

Si no era su destino ¿Qué nostalgia se jugaba Cuba en su juego el domingo contra Estados Unidos? Ah, la nostalgia de cuando ganaba campeonatos mundiales sin parar. De cuando generaciones de magníficos peloteros, arrinconados en el potrero del “deporte revolucionario” nunca tuvieron la oportunidad de enfrentarse a los mejores representantes de su deporte. De demostrarse el peso exacto de su talento. Fue la época de la invención de la pelota cuadrada donde los cubanos eran los únicos profesionales contra equipos armados con estudiantes, carpinteros, constructores o contadores públicos que en su tiempo libre jugaban béisbol y representaban su país sin mayores consecuencias. Pero eso no importaba. En realidad, el deporte nunca le importó a los inventores de la pelota cuadrada. Lo que importaba era que jugara una bandera contra otra bandera y gracias a ello se derrotara al imperialismo una y otra vez en el terreno de béisbol. Cada campeonato era Girón deportivo.

                                                ………………………

Entre tantos deportes ninguna cumplía a la perfección ese simulacro guerrero, de esta katá antimperialista, que el béisbol. ¿No era ese el pasatiempo nacional del enemigo? Pues se le derrotaba allí mismo donde más le dolía, sin importar que el aficionado norteamericano promedio, entretenido como estaba con el espectáculo de las grandes ligas, no tuviera la más leve idea de que el destino de su civilización se estaba jugando en alguna ciudad japonesa o italiana. El béisbol era perfecto porque además no entraba en los intereses de las hermanas repúblicas socialistas y no había que derrotar, en la lucha por el campeonato, a selecciones soviéticas o búlgaras. La cuestión quedaba entre los imperialistas yankis y nosotros.  

 

                                               ………………………

Casi siempre las victorias contra los norteamericanos traían una victoria adicional. Era cuando a un jugador cubano se le ofrecían millones por jugar en las grandes ligas. O mejor, un cheque en blanco donde se suponía que pusieran una cifra acompañada de todos los ceros que se quisieran. Al rechazar la oferta se derrotaba al imperialismo donde más les dolía: en su pretensión de que el dinero podía comprarlo todo. Siempre la misma heroica respuesta de que, a los millones que les ofrecían preferían otros: los millones de compatriotas que profesaban amor incondicional por sus hazañas.

                                                ………………………

 

En la década del 90 empezó a resquebrajarse el hechizo de la pelota cuadrada. Por un lado empezaban afluir jugadores profesionales a los campeonatos donde Cuba se permitía competir. Equipos que empezaban a explicarle a las selecciones cubanas a qué sabía la derrota. Por otro lado, comenzaron las fugas a cuentagotas de jugadores que demostraban al menos dos cosas. Una era que la lealtad a la pelota cuadrada era menos firme de que pretendían tantas historias de cheques rechazados: los jugadores fugados, explicaban en las entrevistas, querían probarse en la pelota redonda y ser remunerados por ello. Los fugitivos, como siempre, no solo debían cargar de por vida con el san benito de “traidores” y “desertores” sino que se arriesgaban a no volver a ver más a su familia, amigos o admiradores locales. Estas fugas eran acompañadas por pequeñas o grandes hazañas en los terrenos de grandes ligas que consiguieron destruir la inconfesada superstición nacional de que los jugadores cubanos solo podían brillar en la pelota cuadrada. Y que podían ganar millones sin perder la admiración de millones de compatriotas, aunque esta tuviera que circular entre susurros.

 

                                                ………………………

Fue con las primeras grietas de la pelota cuadrada que apareció el Clásico Mundial de Béisbol y contra todo pronóstico Cuba se logró colar en la final contra Japón. Un equipo que habían preparado como quien va a enfrentar al enemigo que va a saquear su casa y violar a su familia sorprendió a los profesionales que venían de vuelta al trabajo después del parón invernal y traían sus propias supersticiones. Como que la superioridad infinitesimal en el sueldo garantizaba la victoria en el terreno. Pocas veces una derrota ha sido tan celebrada. A los japoneses se les podía perdonar que nos derrotaban. Al menos ellos no eran imperialistas como los otros, los innombrables que quedaron por debajo en la tabla de posiciones. Una derrota que permitía asumir que las victorias de la pelota cuadrada no habían sido un espejismo. Y a eso se le añadía una victoria moral aún mayor: ya fuera por sugestión mental o por la habilidad con que los custodiaban los rancheadores del equipo ningún jugador se atrevió a escaparse durante aquel campeonato.

                                                ………………………

 

La dulce derrota ante a los japoneses en el 2006, no obstante, tuvo consecuencias funestas a largo plazo para la pelota cuadrada: sirvió para convencer a cada vez mayor número de jugadores de que tenían posibilidades de brillar en el mundo de las pelotas redondas. Los dueños de la pelota cuadrada para contener la hemorragia de jugadores tuieron desde entonces que suavizar el control sobre sus jugadores permitiéndoles jugar en México o Japón a cambio de una tajada de sus ganancias. Incluso llegaron a acariciar la posibilidad de alquilarle sus jugadores a los equipos de grandes ligas a un precio razonable pero tal negocio, a causa del criminal bloqueo, no fructificó.

                                                ………………………

Luego de la dulce derrota del 2006 se repitieron las derrotas de la selección nacional, aunque no la dulzura. La selección cubana perdía competencias cada vez más insignificantes. El mayor éxito de los últimos años fue el campeonato conseguido en la Serie del Caribe de 2015 (competencia a la que Cuba regresó tras 54 años de ausencia). Lo que abundaban eran derrotas cada vez más bochornosas en contraste con los éxitos obtenidos en los últimos años por los jugadores escapados hacia las grandes ligas. Fue entonces que en un alarde de flexibilidad y tolerancia se permitió que integraran el equipo asistente al Clásico Mundial de Béisbol de 2023 jugadores que se desempeñaban en las grandes ligas. No todos, por supuesto. Mientras el resto de los países participantes revisan el árbol genealógico de cada jugador valioso para poder incorporarlo a su selección bajo el pretexto de alguna conexión genética Cuba, selectiva, se permitió discriminar a los jugadores por su nivel de compromiso político con el gobierno. Por su obediencia vale decir. A diferencia de otras selecciones a los creadores y dueños de la pelota cuadrada más que ganar les importa dejar bien claro que ellos deciden quién representa el país, con independencia de lo duro que lance la pelota o la golpee con el bate.

                                                            ………………………

Cuba ha tenido suerte con los organigramas de los Clásicos. En lugar de topar de entrada con países del Caribe -la región geográfica con mayor tradición beisbolera fuera de Norteamérica- usualmente le ha tocado enfrentarse con naciones donde el béisbol es un deporte minoritario, prescindible. Así y todo, hasta ahora había conseguido sonadas derrotas contra países como Holanda o Israel. Este año, pese al refuerzo de los jugadores de grandes ligas, parecía seguir por el mismo camino luego de las derrotas iniciales contra Holanda e Italia. Algo pasó a mediados del juego contra Panamá que luego de ir perdiendo 4 a 2 en el sexto inning se despertó de su estado zombi para aplastar a los panameños y luego a los taiwaneses en el juego siguiente. La victoria contra Australia en cuartos de final la llevó a semifinales por primera vez desde 2006. Cuba, el equipo y buena parte de la afición, luego de tanta frustración, se sentían reivindicados. Como en el chiste que se ha hecho sobre varios políticos norteamericanos privilegiados desde la cuna, Cuba había nacido en segunda y se creía haber bateado un doble.

                                                            ………………………

Es hora de un pequeño aparte sociológico. Desde la invención de la pelota cuadrada, o sea, a partir de que el deporte se convirtiera en propiedad privada del régimen y asunto de Estado la selección nacional dejó de ser la representación más o menos unánime del país. Por un lado estaban los que se identificaban con el régimen en diferentes grados y veían al equipo como su brazo deportivo: desde el fanático que seguía la serie nacional cada día hasta el miembro del partido que no tenía tiempo para tales distracciones pero no se perdía un enfrentamiento entre los locales y los juveniles representantes del imperio. Por otro estaban los que resentían el régimen el diversos grados y pocas cosas les hacían disfrutar tanto como las escasas derrotas de la selección nacional. Más si era a manos de los norteamericanos, algo que al gobierno le creaba especial urticaria. Daba igual que fuera en un campeonato mundial o en un tope amistoso. Y mientras veían el juego insistían en que pelota era la de antes, cuando los buenos de verdad llegaban a grandes ligas y la pelota nacional se repartía entre Almendares, habana, Marianao y Cienfuegos. La crisis de los noventas trajo, entre muchas cosas un repunte nacionalista instigado por el propio gobierno, pero no reducido a este. Una equivalencia algo menos férrea entre ideología y nación (que en el plano artístico produjo la consigna “la cultura cubana es una sola”) le permitió al cubano, incluso si era “gusano” de toda la vida, apoyar el equipo nacional sin sentirse que con ello apoyara el sistema. Aunque el régimen no dejara de usar los cada vez más escasos triunfos deportivos para alimentar su propaganda esta era algo menos enfática a la hora de atribuírselos como empresas políticas. El régimen aprendió a ser algo menos burdo con tal de usar el júbilo como muestra de unidad de la nación. Después de todo “Nación” era uno de los apodos del régimen. Con el amago de tolerancia que representó aceptar en el equipo los peloteros más dóciles que juegan en grandes ligas unos cuantos se fueron con la de trapo sin tener en cuenta que el equipo volvía a conformarse no como se funda un pueblo sino como se "manda un campamento". Militar o de la escuela al campo, que el cuarto bate cubano se ufanaba de que habían abofeteado a uno de los pitchers llegados de grandes ligas tras lo que el abusado declaró que el equipo era una familia. Sirva de paso para llevarnos una idea de los valores familiares que promueve el castrismo.

                                                            ...................................

Siempre existirá quien cuando de pelota se trata no ve otra cosa que el deporte, actitud tan respetable pero a la vez tan rara como la del esteta puro, que también los hay. Pero incluso al fanático puro le costaría entender cómo el equipo no fue conformado por parámetros estrictamente deportivos. (Se sabe, por ejemplo, que el pelotero Yasmany Tomás fue excluido al poner como condición no participar en actos políticos). Lo cierto es que era raro encontrar quien no le convoyara algún significado extradeportivo a su deseo de ver ganar o perder al Team Asere. Muchos en la diáspora insistían en que su apoyo o rechazo al equipo obedecía no a sus propios deseos sino a los de quienes permanecían en la isla. En la Cuba extramuros hubo quien por generosidad o condescendencia deseaba que el equipo cubano ganara y así los cubanos de la isla "los pobres" tendrían alguna satisfacción en medio de la miseria. Otros, ya fuera por falta de sensibilidad o por espíritu pedagógico deseaban que el Team Asere perdiera para que los cubanos de la isla aprendiesen de una buena vez de qué estaba hecha la propaganda castrista. Ambos asumían demasiadas cosas. Una: que todos los cubanos en la isla deseaban que su equipo ganara y necesitaban un chutazo de euforia o una lección. Otra: que la escuadra nacional requería ser derrotada para que el cubano de a pie se enterase que el gobierno le mentía. Y hasta que, indignado, se rebelara contra el castrismo. Unos y otros le atribuían demasiado poder a la pelota, aunque viendo el entusiasmo con que los argentinos siguen celebrando el último Mundial uno empieza a pensar en la omnipotencia del deporte.

 

                                                            ………………………

Luego de las dos primeras derrotas en el Clásico de 2023, la milagrosa clasificación del equipo  primero y el avance a semifinales después fueron la señal para que los inventores de la pelota cuadrada insistieran en asociarse al éxito parcial de la empresa. En un acto inédito de populismo un régimen que suele ser tan indigente de casi todo como elitista en su trato con la gente común bautizó o confirmó el bautizo de la selección como Team Asere. Sí, el mismo gobierno que lanza decretos contra la vulgaridad, trata de antisociales y marginales a los que protestan contra él y solo autoriza el uso oficial de la palabrita cuando está en boca de algún personaje delincuencial, usó el saludo popular para tratar de confundir su entusiasmo con el del pueblo llano. En un gesto que replica la visita pública a altares afrocubanos tras las protestas del 11J la Primera Dama habló de usar cascarilla para asegurar la victoria cubana. Esta vez se enfrentarían a los Estados Unidos. Vale decir: se enfrentarían por primera vez a una selección nacional norteamericana integrada por jugadores de las ligas mayores. Y no era que Díaz Canel se viera muy convencido de la victoria. Por eso dijo el día anterior que “ya ganaron” como sugiriendo que, salvo un milagro, debían conformarse con lo obtenido hasta el momento.

                                                            ………………………

 

El fin de semana fuimos testigos del hecho asombroso de que los creadores de la pelota cuadrada acusaran al exilio de politizar el deporte. Como si no fueran políticos los criterios para integrar los equipos, administrar su desempeño y manipular sus resultados. O expulsar al mejor jugador del momento del deporte al encontrarle 80 dólares regalados por un colega extranjero. Nada más político que la pelota cuadrada diseñada exclusivamente para encajar en el repertorio propagandístico del régimen. Poco importa que acepten ahora jugadores de grandes ligas si condicionan su participación a la obediencia política y a su silencio cívico. O si dentro del equipo se mantiene el mismo apartheid con que se controla al resto de la sociedad. O si sigue interviniendo en la conformación y manejo de la selección nacional como ninguna otra dictadura del continente, pasada o presente, se ha atrevido a hacerlo.

                                                            ………………………

Hablemos por un instante de béisbol. Un viejo dicho deportivo afirma que ningún equipo es tan bueno como luce cuando gana ni tan malo como luce cuando pierde. Sin embargo, luego de anotar solo una carrera en un primer inning que iniciaron con las bases llenas sin outs era evidente que el equipo tenía muy poco que hacer en el terreno del LoanDepot park frente a la escuadra norteamericana. Aunque el desenvolvimiento de los yankis durante la ha sido cualquier cosa menos un paseo, frente a los cubanos parecían un equipo adulto enfrentando adolescentes. Adolescentes con fuerte tendencia a la obesidad, vale decir, y no especialmente talentosos. Los bateadores cubanos lucían desorientados contra pitchers que no son los más destacados de las grandes ligas mientras los lanzadores isleños hacían lucir a los contrarios como si estuviesen de práctica de bateo. Visto lo ocurrido sobre el terreno el marcador de 14 carreras a 2 parece un acto piadoso. Pudo ser aún peor.

                                                            ………………………  

 

Las gradas replicaban la confusión que parecía reinar en la mente de los jugadores cubanos. Repletas con un público que, según la profusión de banderas cubanas, estaba compuesto en su mayoría por compatriotas, jaleaban lo mismo las discretas amenazas de los visitantes como la demoledora artillería local. Resuelto el partido cuando apenas empezaba la ocasión se convirtió en multitudinaria protesta contra los creadores de la pelota cuadrada, no contra sus pobres representantes en el terreno. Nada demasiado alentador si nos atenemos a la frivolidad de quienes en los últimos tiempos se han erigido en voceros del exilio: nunca quedó tan clara como esa noche su condición de faranduleros con ínfulas vagamente políticas. Y los carteles que alzaban detrás de home, como las penas de aquella canción, eran tantos que se atropellaban. Intentos individuales, heroicos pero aislados trataron de romper la monotonía del juego y de las protestas, de darle un mínimo de drama a algo que se parecía a la fatalidad, ya fuera el juego de pelota o el régimen dueño del equipo perdedor. El exilio no ganó ese juego. El único exiliado que jugó en el torneo fue Randy Arozarena y lo hizo por México. Pero la pelota cuadrada recibió la derrota más humillante de su historia.

 

                                                            ………………………

 

Muchos exiliados se fueron a dormir felices esa noche como, sospecho, lo harían no pocos cubanos en la isla. Una felicidad incómoda, desazonada. Porque después de todo ¿qué se había ganado? ¿Y quiénes? (A excepción de la escuadra yanki, claro). La dictadura no se había movido un milímetro. Los presos siguen presos. El hambre y la represión siguen asolando la isla sin siquiera el consuelo de que al menos Cuba es primera en algo. Porque, debemos reconocerlo, por muchas quejas que haya sobre el deporte nacional este funciona bastante mejor que el resto del país. Ya quisiera Cuba quedar en cuarto lugar mundial de producción de alimentos o de zapatos. O el cuarenta. La reacción eufórica del Granma ante la derrota (“El Team Cuba, asere, la partió”, “Cuba cumplió, no se achicó”) nos recuerda que pudo ser mucho peor. Que de ganar Cuba, o incluso de perder de manera menos escandalosa, la propaganda que deberían soportar los compatriotas en la isla habría durado meses. Tan o más abrumadora que aquella que cundió en los días de la pugna por el balserito Elián. Eso, por supuesto, es apenas un consuelo. Si como decía el poeta, en los stadiums no se juega el destino de un país sino su nostalgia el domingo la nostalgia perdió por paliza. Y ya no queda nada donde reposar la añoranza “de esta ciudad podrida, remendada con boleros y con tristes anuncios que ya no significan nada”.

Wednesday, March 22, 2023

Una proclama reveladora

Por Ernesto Fumero

Tras seis semanas de censura de prensa, impuesta por el régimen batistiano a raíz de la insurrección armada en Oriente, esta había sido levantada a finales de febrero de 1957. Así en el número de Bohemia del 10 de marzo de ese año aparecían varios artículos sobre la realidad política del país, incluídas algunas columnas de opinión. En una de estas se analizaba una proclama emitida por el Movimiento 26 de Julio desde la Sierra Maestra. Su autor era Leopoldo Pío Elizalde, Ministro de Trabajo en el Gobierno de Batista. Lógicamente, este autor era crítico con la proclama pero sorprendentemente lograba hacer un análisis detallado y sobrio de su texto a partir de lo que se anunciaba en ella.

Según Pío Elizalde la proclama tenía su cuota de patrioterismo y palabrería hueca, pero de ella podía sacarse conclusiones sobre el programa del movimiento de Fidel Castro con claridad. Lo primero que analiza en el manifiesto es el programa político y los cambios judiciales que se planifican. De ahí concluye: “¿Puede haber duda de que los párrafos e ideas preinsertos , traducidos a un simple y realista lenguaje, prometen la organización de un gobierno absolutista, dictatorial, de duración indefinida basado en el terror?” 

A continuación analiza los planes económicos y sociales y dice: “Claro que en este amasijo de propósitos hay algunos que anhelamos todos los cubanos aunque ese deseo unánime no lo hace fácilmente accesible; otros, sin embargo, avivarían la discordia civil o retrasarían nuestra evolución económica.” Más adelante muestra su preocupación por la educación, la libertad de prensa y el peligro que pasarían incluso aquellos que apoyaron al movimiento en algún momento. La columna es, sin lugar a dudas, el análisis de un enemigo político que mira la proclama con los peores ojos posibles pero es curioso cómo, a partir de su propio programa, pudo preveer las consecuencias de lo que podía venir: dictadura sin límite de tiempo, estancamiento económico, control de la educación, falta de libertad de prensa y cárcel o muerte para buena parte de los antiguos partidarios del movimiento. Desgraciadamente acertó en todos sus malos augurios.

















Monday, March 20, 2023

De las armas y las letras: Un guerrero y sus memorias XIII

Por Guillermo A. Belt


Serafín Sánchez
Al anochecer del 22 de mayo de 1895 el general Serafín Sánchez avisa a Enrique Loynaz del Castillo que en la playa del Este, en la Florida, le esperan treinta y tres revolucionarios para partir hacia el cayo Pine, del grupo costero de ese estado. En breve, le dice Sánchez, allí se reunirán él y el general Carlos Roloff junto con doscientos hombres. Mientras tanto, Loynaz quedará al mando del campamento.

En Memorias de la guerra Loynaz describe las primeras horas en el cayo Pine.

Y de madrugada, guiados por Severiano desembarcamos y ocultamos en los parajes más solitarios las numerosas cajas de parque y dinamita y fusiles.

Luego puse en formación toda la fuerza expedicionaria incluyendo la anteriormente acampada en el lugar; leí la orden del día con las disposiciones para acampar, las reglas de conducta, tan severas como las exigían las circunstancias y el estar acampados en tierra extranjera, la organización completa de una compañía de infantería al mando de Julián Sierra a quien di el grado provisional de capitán y el cargo adicional de instructor militar, la designación de oficiales y clases de la compañía, de las guardias del campamento para su vigilancia y la del mar, y la disposición de seis horas diarias de instrucción militar y ejercicios.

Recordemos que Loynaz, a los catorce años y con permiso de su padre, se había ofrecido para acompañar al general Sánchez en una expedición. El general lo aceptó con gusto; su esposa le confeccionó la chamarreta y su primer pantalón largo, prendas que serían su uniforme, y sólo el hecho de haberse frustrado el plan le impidió estrenarse como combatiente en aquella ocasión. Buen ojo tenía Serafín Sánchez, como quedaría demostrado en el cayo Pine.

A la primera semana de espera comenzó a escasear la comida. Luego de pasar un día entero sin ningún alimento “surgieron gritos de descontento y señales de motín.” Al recibir la falsa noticia de la llegada del vapor expedicionario Loynaz había armado a todos los hombres. Por consiguiente,

Ante la necesidad de actuar con máxima energía, saqué mi revólver y apuntando a los que habían proferido los gritos, antes de que pudieran moverse les intimé silencio. Obtenido éste de momento, anuncié que oiría las quejas y los invitaba a todos a sugerir medios de alivio a nuestros males pero que no comprometieran de ningún modo la expedición. Agregué que al salir de Cayo Hueso lo hicimos para sufrir todas las penalidades, y la muerte misma por Cuba, que esta expedición era necesaria para la Independencia de Cuba y que antes que perderla en mis manos, si ellos desertaban de su deber, me daría allí mismo, en su presencia, un balazo.

Al gesto dramático responde Pablo Hernández, quien poco después, en Cuba, perdería los ojos en combate y pasaría a ser conocido como el ciego de Los Pasitos. Se coloca al lado de Loynaz, y le siguen varios expedicionarios hasta completar la mitad de la fuerza. Dominado el brote de motín,

Aunque ya podía usar la fuerza, apelé a la persuasión con los restantes, y a media hora de la crisis nos retirábamos todos, hambrientos pero felices, a reposar en nuestro círculo de fuego.

Vale aclarar que Loynaz había dispuesto la diaria recogida de leña y su colocación circular alrededor del sitio destinado a dormir “para defendernos de la horrible plaga de mosquitos que día y noche infestaban el cayo” y que eran “tan bravos que un burro traído por Severiano murió a la primera noche de su residencia en el islote.”

El 8 de junio Loynaz entrega formalmente su compañía de infantería a los generales Roloff y Sánchez, llegados la noche anterior. Estos organizan la fuerza expedicionaria, ratifican las medidas adoptadas por Loynaz y éste es nombrado jefe del estado mayor de la división del general Sánchez. Se suceden nuevos brotes de inconformidad en la tropa y se producen algunas deserciones. El 5 de julio de incorpora a la expedición el general José María Rodríguez.

Carlos Roloff

El ansiado arribo del vapor expedicionario se produce el 17 de julio. A las dos y media de la madrugada del 18 de julio toda la expedición está a bordo del vapor de ciento cincuenta toneladas y ciento nueve pies de largo, inmediatamente bautizado “José Martí”. Navega hacia el oeste, internándose en el Golfo de México y evitando los cruceros españoles que seguramente esperan en la costa norte de Cuba. El vapor pone rumbo al este directamente a la costa entre Trinidad y Tunas de Zaza. Se quiso desembarcar en la comarca espirituana para aprovechar el ascendiente del general Sánchez en el suelo donde nació y pasó diez años combatiendo.

Loynaz, atento al significado histórico, nos recuerda que se conmemora el natalicio de Bolívar ese 24 de julio cuando echan ancla en aguas cubanas. Nuestro autor cierra así este capítulo:

La expedición del vapor “José Martí” desembarcada el 24 de julio de 1895 en Punta Caney, inmediata a Tunas de Zaza fue la más grande que en toda la guerra llegó a los campos de Cuba. Iban bien armados y pertrechados los expedicionarios y conducían para brazos cubanos 50 rifles más…La memorable noche del 24 de julio de 1895 transcurrió sin incidentes, con los expedicionarios durmiendo en el suelo de Cuba Libre sobre la arenosa playa del desembarco.

Wednesday, March 15, 2023

De las armas y las letras: Un guerrero y sus memorias XII



Por Guillermo A. Belt

Abrumados por el desastre de Fernandina llegamos a Tampa Enrique y Tomás Collazo y el autor de estas Memorias.

Así comienza Enrique Loynaz del Castillo el recuento de la nueva misión encomendada por Martí: anunciar el firme propósito de empezar de nuevo, sin tardanza y sin tregua. Los Collazo quedan en Tampa mientras Loynaz se dirige a Cayo Hueso donde el joven se dedica a la “ímproba tarea” de reunir fondos para la expedición del general Serafín Sánchez, acumulando las pequeñas contribuciones voluntarias, separadamente de la obligación semanal consistente en un día de trabajo de cada seis.

En esta labor visita al millonario señor Eduardo Hidalgo Gato, que me regaló para mi uso personal un revólver Smith 44 y un rifle Colt y accedió gustoso a que le visitara sus talleres…

Respondió el patriotismo de los tabaqueros del Cayo con clamorosas asignaciones.

Con Gonzalo de Quesada organiza una reunión en el teatro San Carlos, y ambos hacen uso de la palabra ante la gran concurrencia, que incluye a varios generales y patriotas cubanos. A mediados de febrero de 1895 lo vemos acompañando al general Sánchez en su trabajo de escoger tabacos. El general gana cuatro pesos diarios por medio día de trabajo y contribuye con esa cantidad a los fondos para la Causa a la que iba a ofrendar también su vida.

Loynaz del Castillo no se conforma con esta actividad imprescindible. Cuando estalla el júbilo en Cayo Hueso el 24 de febrero, los expedicionarios que habrán de acompañar a los generales Roloff y Sánchez se impacientan. Loynaz se decide a armar una pequeña expedición con una veintena de amigos. Su padre le ha enviado algún dinero producto de lo que pudo obtener de la venta de las dieciocho acciones del tranvía de Camagüey, que el joven había pagado cuando intentó introducir el armamento escondido bajo los asientos de su proyectado tranvía.

Además de los veinte amigos, Loynaz cuenta con cuarenta rifles, cuarenta machetes, veinte mil balas, polainas y correajes que su primo Carlos Recio ha puesto a su disposición, además de otros veintiocho rifles que en distintas ocasiones me regalaron para mi uso mis amigos cubanos. Viaja a Nassau y allí consigue una goleta, pequeña pero de mucho andar, capaz de atravesar en una noche el canal que separa las islas inglesas de Bahamas de la costa camagüeyana.

Todo está listo pero le faltan quinientos pesos, el precio de recoger a los expedicionarios en Cayo Hueso para la travesía a la costa norte de Camagüey por los alrededores del río Máximo. Acude a Benjamín Guerra, provisional sustituto de Martí. Pero los generales Roloff y Sánchez, reunidos con Guerra para estudiar el pedido de fondos, resuelven impedir a todo trance la salida de mi expedición, por entender que dejaría un rastro muy grande y estorbaría los planes de la que estaban preparando ambos generales. Seguidamente se le ordena incorporarse con todo su armamento a dicha expedición, si bien con la promesa de devolvérselo en Cuba.

   Poco después el general Sánchez le ordena embarcar junto con treinta y tres expedicionarios hacia el cayo Pine, en la Florida, donde me encargaría del campamento hasta la llegada del resto de la expedición con los generales Roloff y Sánchez. Nuevos retos enfrentaría allí el joven e impaciente revolucionario. Los recordará nuestro autor en un capítulo próximo, y en estos episodios haremos otro tanto. Por ahora, un botón de muestra.

De noche llegamos al cayo Pine, de desolado aspecto, rocoso, sin otro árbol que melancólicos pinos, a cuyo rumor solemne se unía el zumbido infernal de miríadas de mosquitos. Víctima de sus ataques inmisericordes, yacía un burro muerto.


Editorial Betania comparte su archivo digital


Presentamos el archivo de la Colección Digital de Betania (2011-2023) que contiene 37 ebook (PDF) que pueden ser leídos y descargados de forma gratuita en nuestro blog EBETANIA: http://ebetania.wordpress.com

Este archivo se puede ver en la Ventana CATÁLOGO 2022 (debajo de MÁS VENDIDOS).

Los ebook (PDF) se pueden leer y descargar en las ventanas EBOOK, pinchando el título del libro.

Felipe Lázaro