Friday, April 14, 2023

Este sábado en la biblioteca pública de West New York

 




CUANDO SALÍ DE CUBA: LOS NIÑOS CUBANOS DE MADRID

 

Centro Cultural Cubano de Nueva York
te invita al lanzamiento neoyorquino de


CUANDO SALÍ DE CUBA:


LOS NIÑOS CUBANOS

DE MADRID


por Remberto y María Pérez
Padre Camiñas recibiendo un grupo de niños a su llegada a Barajas.

Un episodio casi olvidado de nuestra historia:

el éxodo de más de mil niños a Madrid 

entre 1966 y 1970, acogidos por

el fraile franciscano cubano

Antonio Camiñas 




MARTES 25 DE ABRIL, 2023

6 PM


¡Con el testimonio personal de

JOSÉ MOYA y DAMIÁN DE ARMAS


COLUMBIA UNIVERSITY
School of International & Public Affairs
Conference Room 802
Amsterdam Ave. @ 118th St., NYC



ENTRADA GRATIS

ESPACIO LIMITADO 

Tuesday, April 11, 2023

De la india cubana Luisa Gainsa, hace un siglo, al ADN recién probado en sus descendientes de hoy.

Después de leer algunos comentarios sobre el libro Cuba indígena, sus rostros y ADN.

Por Vicente Morín Aguado.

El universo mediático Cuba está reproduciendo la noticia de que, mediante pruebas de ADN, se ha confirmado, ¡al fin!, la supervivencia hasta el presente de los aborígenes cubanos existentes cuando Cristóbal Colón encontró la tierra que le hiciera exclamar nunca tan hermosa cosa vido. Se trata del libro Cuba indígena hoy, sus rostros y ADN, firmado por 5 autores, de los cuales 4 son científicos cubanos y el 5to un fotógrafo profesional español.

Parafraseando un decir popular, vamos a comentar “sin perder la ternura”, porque el libro amerita leerse, más allá de las escasas páginas necesarias para dar a conocer una prueba de ADN. La controversia asalta cuando constatamos que algunos reportes sobre el suceso hacen borrón a la historia anterior o la sitúan en un estatus neblinoso, “que no es lo mismo, pero es igual”, repitiendo el estribillo de una conocida canción, también parte del fraseo cubano.

Puede afirmarse sin lugar a dudas, y vamos a demostrarlo, que la supervivencia hasta el presente de los agroalfareros cubanos, taínos y siboneyes, es algo conocido y probado más allá de toda duda razonable, antes de la conquista científica sintetizada en las letras ADN.

Estos aborígenes pertenecen a la etnia arahuaca, igual es lícito escribir Arawak, aún viva en la amazonía. Sus ancestros emigraron a las Antillas unos mil años antes que nos visitara el Gran Almirante de la Mar Océana, y Cuba fue el final obligado de esta emigración sucesiva, al cerrar el gran arco de islas que conforman un mediterráneo tropical.

Sin ir tan atrás en el tiempo, que nos obligaría a entrar en archivos propios de especialistas, es mundialmente conocida la foto de la India Gainsa, tomada por el arqueólogo estadounidense Mark Reymond Harrington en 1919, durante su extenso periplo del oriente al occidente de la mayor insularidad caribeña, auspiciado por la Smithsonian Institution.



No es una foto aislada, Harrington tomó otras igual de elocuentes, pero la mirada desafiante de esta mujer, auténtica sobreviviente del holocausto indígena, es impactante. Las imágenes captadas por el arqueólogo nos muestran una familia, mujer indígena, esposo de origen ibérico, otros niños y no falta una canoa hecha con un tronco de palma real, anclada en la rivera del Toa, el río de mayor caudal en Cuba, columna vertebral de la única selva tropical clasificada como tal en nuestro país, convertida en el parque natural Alejandro de Humboldt. El pie de foto escrito por Harrington es argumento y reto desde hace un siglo: The canoe did not desappear. (La canoa no ha desaparecido)

Durante el pasado 2018, el Centro Latino asociado al Smithsonian, abrió una exposición dedicada a este pasado que se niega a desaparecer no solo en nuestro gran archipiélago tropical y, las fotos antes comentadas se exhibieron durante largo tiempo.

Los estudios del mencionado arqueólogo norteamericano fueron publicados inicialmente en un libro de obligada lectura para quiénes se interesan por el tema que nos ocupa, bajo el título de Cuba Before Columbus (1921) (Cuba antes de Colón), fue traducida al español bajo el cuidado del ilustre etnólogo cubano Fernando Ortiz, de prolífica labor, a quien paradójicamente, le debemos buena parte de la controversia que estamos tratando.

El portal web Cubaencuentro, dándole justa bienvenida a Cuba indígena hoy, sus rostros y ADN, reproduce una entrevista telefónica del reportero Carlos Olivares al novelista y considerado etnólogo Miguel Barnet, conocido por el multi editado testimonio Biografía de un cimarrón, traducido al inglés como Biography of a runaway slave.

Luego de una larga carrera matizada por cargos políticos designados por el gobierno cubano y su partido comunista, a los 82 años Barnet preside la Fundación Fernando Ortiz, creada bajo su iniciativa y con el aval de haber sido discípulo directo del sabio que le da nombre.



Tal vez sea la edad, pero asombra esta valoración suya sobre el libro que nos ocupa:

“Este libro explora en la pervivencia y herencia legada por los habitantes originarios del archipiélago cubano: tierras de los indios taínos, siboneyes y guanajatabeyes, de quienes sólo se refiere que dejaron alimentos como la malanga y la yuca. El más respetado etnógrafo cubano, Fernando Ortiz, afirmaba que los indios se extinguieron con la llegada española a principio del siglo XVI: este libro rompe con ese mito que ha imperado durante más de 500 años.”

Una deducción simple acorta la pervivencia de tal mito a menos de un siglo de historiografía. Aunque figuras de tanto prestigio intelectual como Ortiz, ejercieron influencia para mantener la aseveración absolutista de la “desaparición de los indios”, antes de escribir su prolífica obra, en su tiempo y ya en su ocaso existencial, la tesis de Don Fernando fue rebatida con argumentos convincentes.

Se especula que la negativa a una conclusión justa respecto a la indudable existencia de indios en la Cuba contemporánea, derivada de los testimonios del Harrington traducido y publicado en Cuba por Don Fernando, pretendía preservar la pasión predominante en sus estudios, el indudable y por entonces soslayado aporte africano a la cultura cubana.

Sin embargo, en pleno apogeo de su vida intelectual, el gran etnólogo debió leer en Bohemia, la revista número uno de Cuba, de gran difusión en Latinoamérica, un reportaje firmado por el entonces joven espeleólogo, recién graduado Dr. En filosofía por la Universidad de La Habana, Antonio Núñez Jiménez, quien tituló su noticia “Con los últimos indios de Cuba” -año 1949-, relatando la presencia de descendientes aborígenes claramente identificados en Yateras, La Caridad de los Indios y Punta de Maisí, actual provincia de Guantánamo, así como en Ocujal del Turquino y Bella Pluma, Sierra Maestra, provincia de Santiago de Cuba.

En 1962 Núñez Jiménez, capitán del ejército rebelde de Fidel Castro, fue nombrado por su Comandante en Jefe Presidente de la recién creada Academia de Ciencias de Cuba, una de cuyas oficinas ocupó Fernando Ortiz.

En este lugar, debió confrontar, ya anciano, con el Antropólogo Dr. Manuel Rivero de la Calle, profesor de la Universidad de La Habana quien llegara a presidir la cátedra correspondiente. Rivero de la Calle estudió a fondo una muestra de población aborigen superviviente en Yateras, municipio de la provincia de Guantánamo, demostrando con el apoyo de las técnicas entonces existentes, el indudable ancestro indígena arahuaco de estos cubanos.

Los resultados de su investigación, además de publicarse en revistas científicas, aparecen sintetizados para el lector general en la obra Las culturas aborígenes de Cuba (1966), de cuyo contenido cito:

“El grupo que conserva más puras sus características aborígenes y, a la vez el más numeroso, se encuentra viviendo en el municipio de Yateras, provincia de Guantánamo. Se ha calculado que más de 1000 personas de esta región presentan esas características, y en algunas son tan evidentes los rasgos de nuestros primitivos aborígenes que se les conoce con el nombre de "indios" y nadie tiene dudas de quiénes son estas personas.”

Sobre la valoración de esta investigación, escribió posteriormente otro especialista en la materia, José Barreiro, Smithsonian Scholar Emeritus, quien ha dirigido numerosos proyectos de esta institución centenaria, siendo fundador además de la Red de Pueblos Indígenas. Su pasión le llevó a Cuba, buscando el extremo por donde primero sale el sol en el país, lugar que recorrió con un guía excepcional, el antropólogo Alejandro Hartman, historiador de la Ciudad de Baracoa, uno de los 5 autores del libro que es noticia.

“El estudio biológico de Rivero, realizado en dos etapas -1964 y 1972-1973- se centró exclusivamente en certificar la composición racial en una muestra de 300 personas de origen indígena del municipio Yateras. Su metodología incluyó mediciones antropométricas y observaciones somastópicas (siguiendo el Programa Biológico Internacional), características serológicas y genealogías familiares.” (Sitio Web: Cultural & Survival. Indios en Cuba, 2 de marzo de 2010).

Se trata de un conjunto de técnicas antropométricas evaluativas del cuerpo humano en toda su manifestación visible que excede en detalles al presente artículo: Estatura, hombros y caderas, mandíbulas, narices, pilosidad de la piel, cabellera, epicanto, oblicuidad de los ojos, iris, arcos superciliares, regiones glúteas, pelvis, pies y piernas, y coloración de la piel. Los resultados fueron comparados con la numerosa colección de restos humanos correspondiente a nuestros aborígenes, otros testimonios y estudios conocidos de la población arahuaca actual.

Las conclusiones que hemos citado, se reproducen actualizadas en una segunda obra de tan importante autor, esta vez firmada junto al profesor de la Universidad de La Habana y arqueólogo, Ramón Dacal Moure. Hablo de Arqueología aborigen de Cuba, de la editorial dedicada a la juventud Gente Nueva, La Habana, 1984.

Volviendo a Barnet, resulta inexplicable, por lo obvio, su errado comentario en torno al legado indígena cuando dice “de quienes sólo se refiere que dejaron alimentos como la malanga y la yuca.” Dejaron muchísimo más, es penoso que siendo este señor el asiento número dos de la Academia cubana de la lengua, desconozca el aporte de más de 200 vocablos claramente tainos al idioma que hoy se habla en Cuba.

El profesor José Juan Arrom, cubano de Mayarí con cátedra en Yale, escribió durante sus 97 años de vida enjundiosos ensayos sobre la cultura taina, de los cuales señalo Mitología y artes prehispánicas de las Antillas (1975) Estudios de lexicología antillana (1980) y El murciélago y la lechuza en la cultura taína, editado con Manuel A. García Arévalo (1988).

Por si fuera poco, el entrevistado para Cubaencuentro no puede desconocer a un colega suyo que también tiene asiento en la Academia Cubana de la Lengua, Sergio Valdés Bernal, autor de un texto en dos volúmenes titulado Las lenguas indígenas de América y el español de Cuba (1991-1993).

Inclusive, sin repasar los libros enumerados, bastaría andar por los campos del país, apreciando herencias indias tales como el bohío, humilde casa campesina, los caneyes, construcción mayor, muy difundida en las instalaciones turísticas, los recipientes elaborados con la yagua, el pan de yuca llamado casabe por los taínos y, una larga lista donde ocupa lugar especial toda una tradición asociada a la palma real, árbol símbolo nacional.

¿Habló a la ligera el autor de Biografía de un cimarrón? ¿Descuido del entrevistador, igual de ausente a conocimientos tan populares?

A sus 82 años, Miguel Barnet ha causado vergüenza ajena cuando, por ejemplo, justificó y minimizó la responsabilidad de Fidel Castro en la represión sistemática de los homosexuales durante la década del sesenta.

En cuanto al mito de la desaparición de los aborígenes cubanos a mediados del siglo XVI, interpretando el hecho en la calidad de conclusión general, puede darse por válido si consideramos que de una población estimada por expertos en tal vez 200 mil individuos, sobrevivieron quizás 5 mil. El genocidio del 97 % de una población es un acto de exterminio, aunque lo extraordinario está en quienes sobrevivieron para con su presencia denunciarlo. La mirada de Luisa Gainsa condena para siempre lo que jamás debiera repetirse.

Por tanto, es altamente pernicioso y totalmente anti educativo conocer que el libro de texto básico para enseñar historia de Cuba, contiene el este párrafo:

“Una cultura que llevaba diez siglos de evolución en Cuba-su llegada el tiempo coincide con la invasión bárbara visigoda de España y el fin del imperio romano occidental-desapareció pocos años después de la llegada a América, a fines del siglo XV, de los descendientes de los visigodos, los españoles.” (Eduardo Torres Cuevas, Doctor en Ciencias Históricas, autor de Historia de Cuba en 3 tomos.)

Tal cultura y sus habitantes, definitivamente no desaparecieron, inspiran a otros novelistas de dignidad manifiesta, en especial menciono a Daína Chaviano, cuya última obra se titula Los hijos de la diosa Huracán. Precisamente el catedrático emérito de Yale, José Juan Arrom, ha afirmado que fue Huracán la primera palabra india incorporada regularmente a la lengua española.

Un doctor en ciencias históricas cubano, conoce de seguro la existencia de los llamados “pueblos de indios”, resultado del decreto real que en 1542 puso fin a las encomiendas, declarando a los nativos americanos súbditos del monarca español. Esta ley demoró una década en hacerse efectiva, momento en que según señalamos antes, unos pocos miles de indios sobrevivían en precaria existencia.

Entonces fueron creadas varias comunidades bajo los derechos dados por el rey, de ellas, un ejemplo fue recordado por el periodista Osviel Castro Medel en el segundo diario de mayor circulación del país, Juventud Rebelde, 24 de enero de 2011. Se trata de Jiguaní, fundado el 25 de enero de 1701 por el indio Miguel Rodríguez, con el apoyo de un cura llamado Andrés Jerez, según confirma el historiador de la localidad, Hugo Armas.

Otro capítulo de especial interés es el testimonio del Lugarteniente General del Ejército Libertador, de hecho su segundo Jefe, Antonio Maceo Grajales, citado por José Barreiro:

“Antonio Maceo ordena, utilizando la actividad de una india yerbera/médium, conocida como Cristina, lograr poner a los indios al lado de la causa mambisa e incluso se formará una unidad de combatientes indígenas en la zona de Maisí que ha pasado a la historia como Regimiento Hatuey, el cual participó en numerosas acciones hasta el fin de la Guerra de Independencia en 1898 y entre ellas los historiadores resaltan la importancia de la batalla de Sao del Indio.” (Sitio Web Cultural & Survival )

Volviendo al libro de reciente publicación, Cuba indígena hoy, sus rostros y ADN, el portal web No. 1 del rating en internet si de nuestro país se trata, CiberCuba, incluye una nota con la siguiente aseveración:

“En 2019 el fotógrafo español Héctor Garrido, uno de los impulsores del proyecto, comentó a la cadena SER que existían pruebas científicas de la existencia de descendientes directos de los taínos y causó revuelo al afirmar que no se extinguieron, tal y como han planteado los historiadores cubanos”

Es perdonable en términos de historiar, esta imprecisa opinión de un fotógrafo español a quien hemos de agradecer su indudable protagonismo en el proyecto que dio a la luz el libro, junto a otros materiales audiovisuales de indudable valor. Sin embargo, ni Fernando Ortiz, ni el Dr. Torres Cuevas, menos aún el novelista Miguel Barnet, componen juntos a “los historiadores cubanos.”

Hay una pléyade de cronistas del pasado nacional de imperecedera memoria, cuyas obras ocupan un espacio imposible de borrar con algunas simples declaraciones mediáticas.

Quien escribe habla con pleno conocimiento de causa, me encontré con el catedrático Arrom durante su visita a Cuba en 1980, participando de un productivo almuerzo cargado de enseñanzas, en Trinidad, durante la IV jornada de la Cultura Aborigen, bajo la dirección personal del Dr. Antonio Núñez Jiménez. Con este último participé en varias expediciones por las cavernas de nuestro hermoso cocodrilo verde.

Desde entonces colaboré con Rivero de la Calle y Ramón Dacal, de quiénes fui alumno de postgrado. Ejerciendo la responsabilidad de Director del Museo Municipal de Historia de la Isla de Pinos, mal llamada Isla de la Juventud, realizamos una excavación arqueológica dirigida por el propio Rivero, en Punta del este, litoral sur pinero, conocido por la existencia en sus cavernas marinas de la más notable muestra de arte rupestre de las Antillas.

Años después conocí en Baracoa a Alejandro Hartman, historiador de la ciudad primada de Cuba, durante la siguiente jornada arqueológica nacional (1985).

Entonces volví a mi niñez en aquellos parajes selváticos, únicos de su clase en nuestra patria, porque mis padres enseñaron allí durante un lustro de sus vidas a los niños montunos, abundaban entre ellos los de clara identidad india, junto al Duaba, cuya desembocadura sirvió de rada para el desembarco del Titán Maceo el 1ro de abril del glorioso año 1895.

Está de moda en las redes sociales la expresión cambiar el mundo, asociada a hechos y personas que supuesta o realmente, en algo o mucho han ejercido influencia en la globalizada vida actual. La frase, de tanto usarla, ha degenerado y deben reprobarse los excesos que oscurecen con sus olvidos la continuidad de los procesos históricos, además, porque “honrar honra”, bien lo dijo el Maestro de la ética política e intelectual, José Martí.

Cuenta José Barreiro, destacado activista por los derechos de los pueblos indígenas de nuestro planeta, que durante su visita a La Punta de Maisí, mientras discutía con su colega, el historiador Hartman, sobre el grado de autenticidad de aquella cultura aún viva, desde el asiento trasero del auto, el indio Pedro Hernández, habitante de una comunidad allí radicada, cuyo padre y abuelo guiaron a Núñez Jiménez y Mark Harrington respectivamente, les interrumpió diciéndoles:

"Pero estoy aquí, indios o descendientes, es lo mismo. Ellos, los viejos taínos, estaban aquí. Ahora, nosotros, mi generación, estamos aquí. No vivimos exactamente como ellos, pero todavía estamos aquí".

Desde hace al menos un siglo, Luisa Gainsa viene diciendo lo mismo.

Monday, April 10, 2023

TODO LO INICIÓ UN COCUYO


Por Esteban Fernández

Mi primer recuerdo de Cuba fue una noche oscura, un solar yermo, estaba asustado hasta que por mi lado pasó un cocuyo iluminando mi camino…

Ese fue el inicio de un millón de reminiscencias. Hoy cierro los ojos y veo un Chevrolet del año 57, un Buick del 56 y mi mente retrocede 60 años en un segundo. Una pareja de Tomeguines del Pinar en una jaula casi sacan lágrimas a mis ojos.

Una vieja y destartalada bicicleta “Niágara” puede emocionarme. Un palo de trapear, un cielo estrellado, un poema, un arbolito de Navidad, un paisaje, el sabor de una guayaba verde con sal, ver a una persona tirando un cubo de agua para la calle un 31 de diciembre me llevan a recordar mi pasado cubano.

Una melodía de difuntos cantantes como Jose Tejedor y Lino Borges me montan en una “cápsula espacial” rumbo a Cuba.

Un trago de guarapo y “ya estoy en Cuba”. ¿Usted nunca se ha tomado una cucharada de melao de caña, y se siente como que ha retrocedido décadas atrás y se encuentra en medio de la campiña cubana o en los centrales Gómez Mena, Providencia o Amistad?

Un arco iris, los nombres de “Gaby, Fofó y Miliki”, me trasladan a Cuba.

Alguien dice “¿Dónde me pongo?” y mi mente sin darse cuenta recuerda al argentino Pepe Biondi y a Cuba.

Dígame la verdad ¿usted puede escuchar el trinar de un sinsonte, ver a un Colibrí, tomarse un Mojito, escuchar la palabra JUTIA, sin que le dé “un ataque" de Cubanía?



Mencione delante de mí al Stadium del Cerro, al Contramaestre , a la C.M.Q. , a la Manzana de Gómez, al Bidet de Paulina, al Cristo de La Habana, a La Virgen del Camino, al Aeropuerto José Martí , el Cauto, el Hanabanilla, Soroa, y mi corazón brinca de alegría.

Un Girasol, una paloma, una rosa blanca, una Ceiba, una palma, un cocotero, un helado de mantecado, un viejo y deteriorado televisor Admiral, un grillo, una carriola, unas canicas, una quimbumbia, una barra de dulce guayaba, una mata de mango, otra de aguacate, escuchar el grito de Tarzán, todo me recuerda la Cuba del pasado.

Un niño en un parque empinando un papalote, una gaviota volando sobre el mar, el canto de un gallo al amanecer, el zumbido de una abeja, una amenazadora avispa, una Montaña Rusa, un cachumbambé, un “tío vivo”, el olor a chapapote, una carroza en un carnaval, alguien tirando una serpentina, una cucharada de azúcar prieta, empinarme una lata de leche condensada, un simple buche de Malta Hatuey.

El humo de un Habano, las aguas cristalinas de un río, un aguacero, un rayo, un trueno, una lechuza, los dados de un cubilete, una guayabera, un machete, una maltrecha foto del Caballero de París y 14 mil cosas mas me recuerdan a Cuba. ¡Cuba, siempre en mi corazón, en mi alma y en mi cerebro.

Y todo comenzó con un cocuyo.

Sunday, April 9, 2023

Dos sábados de presentaciones en la Biblioteca Pública de West New York

BIBLIOTECA PÚBLICA DE WEST NEW YORK


425 – 60th. St.

West New York, NJ 07093

Phone: (201) 295 - 5135


Sábado, 15 de abril, 2023


11.00 am Presentación de los cuentos de Héctor Santiago


MORIR DE ISLA Y VIVIR DE EXILIOS


(Miami: El Ateje, 2021).

Por Octavio de la Suarée


11.45 am Presentación de la nueva Editorial el ateje

Por Luis de la Paz, Presidente

12.30 pm. Receso

1.30 pm. Presentación del estudio de Octavio de la Suarée


LA FAMILIA BORRERO: Crónica de tres generaciones de mujeres y hombres de letras que fueron el orgullo de Cuba.

Por el Dr. Jesse Fernández




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Sábado, 22 de abril, 2023



11.00 am FESTIVAL DE LIBROS CUBANOS.


Presentación de la novela “Cartas a Pedro”

Con la presencia de la autora Janisset Rivero

Presentador: Dr. Enrique Del Risco,

New York University.



12.30 pm: Receso



1.30 pm: HOMENAJE a la obra de Alcides Herrera

y presentación de dos de sus libros:

“Un día como hoy” y “La vuelta del mercado”.



Presentador: Manuel Sosa, escritor


¡ABIERTO AL PÚBLICO!

SEGUNDA EDICIÓN DE UNA OBRA DE EDUARDO LOLO

Acaba de aparecer la segunda edición de Un huésped no invitado: la voz tangencial del indio en la literatura hispana, de Eduardo Lolo, publicada por la Editorial de la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio, Corp.

En esta colección de ensayos, su autor busca poner de manifiesto la presencia de una voz india subyacente en muchas obras en español de referente indígena. Según la tesis que desarrolla, europeos y criollos han terminado en sus obras hablando por los indios, incluso cuando lo han hecho contra ellos. Los autores seleccionados como ejemplos son Bernal Díaz del Castillo, Hernán Cortés, Domingo F. Sarmiento, José Martí y Gregorio López y Fuentes, aunque los objetivos primarios de cada ensayo –en busca de la amenidad que aporta la variedad–sean diferentes. 

El Dr. Eduardo Lolo (1948) es profesor jubilado, escritor y bibliógrafo, con más de una decena de libros publicados; entre ellos, Las trampas del tiempo y sus memorias (Premio Letras de Oro en el género ensayo), La palabra frente al espejo y otros ensayos, y Para leerte mejor: publicaciones en español en los EE.UU. Miembro Numerario de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE) y, consecuentemente, Académico Correspondiente en los Estados Unidos de la Real Academia Española (RAE), así como Comendador Gran Placa de la Imperial Orden Hispánica de Carlos V de la Sociedad Heráldica Española. El Dr. Lolo fue uno de los fundadores de nuestra Academia y su primer presidente. En la actualidad es el editor del Anuario Histórico Cubanoameriano, principal publicación de nuestra institución.

Para más información sobre esta obra, haga click en el siguiente enlace:

Para más información sobre el autor, visítese el siguiente sitio: https://www.eduardololo.com/

 

Friday, April 7, 2023

Dos libros: "Morir de Isla y vivir de Exilios" y "La familia Borrero"




Hi Folks,

Unfortunately, we are forced to change the venue for the April 15th Book Presentations on Hector Santiago’s Morir de Isla y vivir de Exilios and Octavio de la Suarée’s La Familia Borrero due to plumbing issues in Union City.

We will now be holding these activities in the West New York Public Library (*), located at 425, 60th Street, West New York, New Jersey 07093 as follows:

11.00am, Hector Santiago’s Morir de Isla y vivir de Exilios.

Presentador: Octavio de la Suarée.

Luis de la Paz, Editor, El ateje Publishing, will speak about the

Editorial and the Author.



12.30pm Receso



1.30 pm, Octavio de la Suarée’s La Familia Borrero, crónica de 3

generaciones sucesivas de mujeres y hombres de letras,

orgullo de Cuba.

Presentador: Dr. Jesse Fernández, Professor Emeritus, SUNY

at Old Westbury.



Los autores estarán presentes.



!ABIERTO AL PÚBLICO!



(*) There is a Municipal Parking on 62nd St., behind Las Palmas Restaurant.

Also, meter parking is available on 60th St. and around, as well as on

Bergenline Ave.



(**) Library phone is (201) 295 – 5135; email: wnylibrary@gmail.com

Wednesday, April 5, 2023

De las armas y las letras: Un guerrero y sus memorias XV


Por Guillermo A. Belt


El 13 de septiembre de 1895 reuniéronse en el campo de Jimaguayú los Delegados del pueblo cubano en armas, protegidos por el regimiento de Caballería Agramonte y otras fuerzas a las órdenes todas del General en Jefe Máximo Gómez.  Esa misma noche hubo un cambio informal de impresiones para delinear el orden de los trabajos y acopiar los materiales necesarios.

Así relata Enrique Loynaz del Castillo el primer día de trabajo de la Asamblea Constituyente de Jimaguayú, un nuevo intento para conciliar “las mismas orientaciones antagónicas entre la fidelidad a los principios y el acatamiento a las necesidades militares”, en palabras de nuestro autor tras citar graves disensiones anteriores, aparentemente superadas por la Constitución de Guáimaro pero que en definitiva habían conducido a la destitución del Presidente Carlos Manuel de Céspedes.

En esta serie de resúmenes del libro de Loynaz conviene dejar constancia de los nombres de los delegados a la asamblea de Jimaguayú, tal como figuran en Memorias de la guerra:

1er Cuerpo de Ejército, Oriente, al mando de Antonio Maceo: Rafael M. Portuondo, Joaquín Castillo Duany, Mariano Sánchez Vaillant y Pedro Aguilera. 2º Cuerpo, Oriente, al mando de Bartolomé Masó: Rafael Manduley, Enrique Céspedes, Rafael Pérez Morales y Marcos Padilla. 3er Cuerpo, Camagüey: Salvador Cisneros, Lope Recio Loynaz, Fermín Valdés Domínguez y Enrique Loynaz del Castillo. 4º Cuerpo, Las Villas: Raimundo Sánchez, Santiago García Cañizares, Francisco López Leyva y Severo Pina. 5º Cuerpo, Occidente (en organización): José Clemente Vivanco, Francisco Díaz Silveira, Orencio Nodarse y Pedro Piñán de Villegas, designados por el general Serafín Sánchez.

Ejemplo de acatamiento del poder civil por un caudillo militar de bien ganado prestigio es el recogido por Loynaz:

El siguiente día, el 14, a la salida del sol, y ante el Ejército, en formación de parada, fueron presentados por el General en Jefe, y aclamados por las tropas, los Delegados a la Constituyente. Depositó solemnemente el general Gómez en la Asamblea Constituyente la autoridad suprema y los poderes por él recibidos de José Martí en Montecristi y ejercidos en la guerra.

Era de techo de techo de guano y de paredes de yaguas el Capitolio de la nueva República…Durante tres días, reunidos bajo la presidencia de Salvador Cisneros Betancourt, marqués de Santa Lucía, cuyos cabellos emblanquecidos en la tremenda guerra de la libertad ahora serían penacho de honra en la orientación de la República, abordaron los constituyentes dos tendencias opuestas: la de los orientales, que planteaban el predominio total del aparato militar durante la guerra, y la de camagüeyanos y villareños, partidarios de una organización republicana y democrática, y una autoridad militar para la dirección exclusiva de la guerra sin interferencia alguna del gobierno civil.

Los delegados de Oriente propusieron la unión de la autoridad civil y la militar en un solo cargo, el de Presidente de la República, agregando que éste podría recaer en Máximo Gómez. Los delegados resuelven consultar al General en Jefe y designan una comisión integrada por Fermín Valdés Domínguez, Raimundo Sánchez y Enrique Loynaz del Castillo. Gómez “nos recibió amable en su tienda de campaña, y de pie conferenciamos.” El general rechaza de plano el ofrecimiento, Loynaz se atreve a insistir con argumentos, y el viejo guerrero le contesta enojado:

“¿Usted se ha creído con bastante talento para convencerme a mí en asunto en que ya he dado mi opinión, que por ser mía es definitiva?”

El exabrupto, citado por Loynaz entre comillas, le brindó una gran oportunidad al joven ex redactor de varios periódicos dedicados a la libertad de Cuba, y elocuente orador por más señas. Recojo su propuesta en toda su lucidez.

Pedí la palabra para proponer que de la Constitución cubana se eliminara para siempre, sentado desde ahora el precedente como una advertencia de los libertadores a la posteridad, la Presidencia de la República, cumbre unipersonal, a cuyo escalamiento todas las ambiciones se encaminarían en el porvenir y de donde surgirían fraudes y violencias, odios y guerras civiles; que el Presidente de la República, dispensador de todas las dádivas, y de todas las proscripciones, amo del país, acabaría por convertirse en el núcleo de un régimen arbitrario enroscado como serpiente estranguladora al destino de la Nación. Que fuera espejismo funesto la contemplación del gran pueblo americano cuya cultura política, arraigada en la vida colonial, haría buena cualquier Constitución, aún la menos aplicable a Cuba; que teníamos que mirar hacia la América Española, la de nuestra sangre, la de nuestra cultura, la de nuestras inquietudes y romanticismos, la América nuestra, la desgarrada por un siglo de luchas fratricidas y sangrientas entre la realidad de los Presidentes omnímodos, y el ideal jamás alcanzado, ni en las farsas electorales, ni en los cruentos sacrificios; que lo previsor sería depositar el poder supremo en un Cuerpo de Delegados de la República – reducido número en la Revolución – pero en la paz un augusto Senado, de donde emanaran, responsables, los poderes públicos.

La proposición de Loynaz fue aprobada por unanimidad. Se creó un Consejo de Gobierno de seis miembros, tal como él lo propuso, con un presidente, un vicepresidente y cuatro secretarios de gobierno, a cargo de las secretarías de Guerra, Interior, Relaciones Exteriores y Hacienda.

La Declaración de Independencia, consignada en el preámbulo de la Constitución, fue aprobada por unanimidad, y por aclamación en los conceptos que redacté y escribí de mi puño y letra con todo el articulado de la Constitución, acordado por la Asamblea, en pergamino existente en el Archivo Nacional.

Saturday, April 1, 2023

De las armas y las letras: Un guerrero y sus memorias XIV

General Serafín Sánchez

Por Guillermo A. Belt

 

En la mañana del 25 de julio de 1895 Enrique Loynaz del Castillo estrena su cargo de jefe del Estado Mayor de la División del general Serafín Sánchez acompañándolo junto con los generales Carlos Roloff y Mayía Rodríguez en un reconocimiento del campamento de Punta Caney. Los generales lo consideran muy arriesgado por sus características geográficas y deciden trasladarlo a la playa de Tayabacoa.

Se ordena llevar el armamento y un lote de pesadas cajas de dinamita en “un bote abandonado por el vapor en la prisa de desaparecer”, en tanto que los oficiales y la tropa emprenden la marcha a pie, de madrugada, en dirección a Sancti Spíritus. Luego de acampar para el almuerzo en una finca, Loynaz obtiene “un puesto en la extrema vanguardia, con el propósito de conseguir caballo cuanto antes.” Logra su propósito esa misma tarde al avistar “una casa con algunos caballos amarrados a la cerca y muchas visitas dentro.” Al relatar lo sucedido el joven guerrero nos demuestra nuevamente que sabe mandar y también escribir.

Era el día de Santa Ana y se festejaba a una joven de ese nombre. Cuando menos podían esperarlo aparecía con mis hombres vestidos de kaki y armados hasta los dientes frente a la cerca del batey. “¡Alto!”, grité. “¡En nombre de la República de Cuba, pasen todos los hombres, ahora mismo, a cumplir el deber de incorporarse al Ejército Libertador!” Aquella gente que noticia ninguna tenía de la expedición ni sabía de la guerra sino que estaba muy lejana todavía, mostróse asombrada y aterrorizada ante los fusiles que les apuntaban. La joven comprendió que algo malo sucedía y rompió a llorar.

Los parientes e invitados de la joven Ana entregan sus caballos y ayudan a cargar algunas cajas de dinamita que venían en hombros de los expedicionarios, una vez que Loynaz les explica que estaban en guerra por la libertad de Cuba. Les aclara además que tan pronto como prestaran el servicio requerido quedarían en libertad de regresar a sus familias o incorporarse a los libertadores. “La familia quedó tranquila al final del llamamiento, aunque sólo quedaron las mujeres porque al viejo lo puse por delante de práctico.”

Los días 27 y 28 se incorporan a la marcha varios contingentes, de jinetes principalmente. A las seis de la mañana del 28 la fuerza expedicionaria se halla a tres leguas de Sancti Spíritus, acampada en lo alto de la sierra de Banao. “La expedición, en vez de alejarse del enemigo, se aproximó a marcha forzada a su núcleo principal.” El gran caudillo espirituano, como Loynaz nombra al general Serafín Sánchez, gozaba de gran ascendiente en la ciudad y en toda la región por su “merecida fama del valor, una atrayente simpatía personal y una reputación inmaculada de integridad moral.”

Durante la primera noche se incorporaron 800 hombres, y al salir de allí el 1 de agosto la columna contaba con 2,500 hombres. Una semana más tarde los expedicionarios asaltan el fuerte Taguasco, que toman al tercer día de combate al costo de doce muertos y ocho heridos. Loynaz queda impresionado por “la contemplación del sacrificio de aquellas jóvenes existencias por la Patria”.

El 12 de agosto, en Los Pasitos, cerca de Taguasco, Enrique Loynaz del Castillo enfrenta por primera vez el fuego de fusiles enemigos.

A lo lejos se divisaba, descendiendo la cuesta de la loma Siguaney, la columna española como una larga serpiente en la que móviles destellos reflejaban el sol de la mañana. A poco sus descargas, regulares y sucesivas, resonaban con sonoridad parecida a la de una lluvia de piedras sobre techado de hierro. Era un ruido metálico que a medida que se acercaba tomaba la forma acústica de estallidos de látigos. Eran las balas de máuser que por primera vez repercutían en nuestros oídos.

Los tres generales cubanos recorren la línea y prohíben disparar hasta nueva orden. Los fusiles Remington de los libertadores no tienen el alcance de los Mauser, “cuyas balas ya estallaban en los árboles que nos rodeaban.” Loynaz nos da su reacción con franqueza:

Durante tal espera, la más imponente de los combates, en la que las balas se reciben y no se contestan, debí palidecer algo; porque la procesión andaba por dentro, aunque el decoro se imponía, y debió notarlo el doctor Valdés Domínguez, que me alargó su cantimplora de ron.

Cuando el general Sánchez a su debido tiempo da la orden de cargar contra el enemigo, “allá nos lanzamos, a desenfreno de los caballos, en larga fila de un kilómetro de machetes y banderas sobre la asombrada tropa. A toda prisa refugióse ella en el monte inmediato donde formó cuadros al amparo de enmarañada arboleda.” Sánchez coloca frente al enemigo un regimiento recién organizado que rodilla en tierra hace fuego por descargas contra el bosque y los cuadros españoles.

La columna española se retira en cuadros escalonados y emprende el camino de regreso a Sancti Spíritus. Al recorrer la línea de jinetes desmontados, el general Sánchez y su jefe de Estado Mayor pasan frente a un soldado bien recordado por Loynaz como el que se puso a su lado, amartillando el fusil, para contener el intento de motín en el cayo Pine. De nuevo, en palabras del autor de Memorias de la guerra:

Al pasar frente al sargento Pablo Hernández le vimos caer destrozados los ojos, golpeándole las mejillas; se opuso a que le recogieran; sin una queja, ni debilidad, protestó: “Me quedan trece balas y tengo que dispararlas; apúntenme el fusil.”

Ascendido a capitán en el campo de batalla, Pablo Hernández pasaría años después a ser conocido en las calles de La Habana como el Ciego de Los Pasitos.

Thursday, March 30, 2023

La trampa Padilla

 


Por Enrique Del Risco


Mi primer encuentro con los versos de Heberto Padilla tuvo el dulce aroma de clandestinidad con que uno debe acercarse a palabras libres en un país esclavo: en una clase de la universidad, escritos a mano en la libreta de un condiscípulo, sin indicaciones de quién era el autor. Se trataba de “En tiempos difíciles” y mi la complicidad con aquellos versos fue instantánea. Yo era un creyente de aquella tiranía a la que todavía le llamaba “Revolución” pero, bastó el guiño irónico con que el poeta hablaba de las constantes exigencias de tiempo, mano, labios, piernas, ilusiones -y sobre todo de la legua- que se le hacía a "aquel hombre" a quien luego pedían que echase a andar, para que me identificara con él. En mi vida de creyente ya había experimentado de sobra la paradoja de un régimen que hablaba en nombre de la liberación de la humanidad y al mismo tiempo te pedía que le entregaras todo lo que te hace humano. Aquellos versos escritos a lápiz bastaban para demostrar que Padilla, como Sócrates, tenía la capacidad de corromper a la juventud y, por tanto, merecía darse un buen trago de cicuta.


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Antes de seguir con el "caso Padilla" dediquémosle unos instantes al poema “En tiempos difíciles”. En pocos sitios he visto tan bien sintetizados la tragedia del creyente, cualquiera que sea la fe de que se trate. Porque toda fe conlleva continuas mutilaciones: de la racionalidad, la libertad, los instintos. Peor aun resulta la tragedia de los creyentes de una fe que se pretende racional y liberadora. Peor incluso cuando se trata de seres que poseen algún talento creativo a quienes se les exige mutilaciones continuas con tal de que sus ocurrencias encajen en el canon estrecho y oportunista de un sistema político. No puedo pensar en una sola personalidad notable que haya intentado fructificar bajo esos sistemas sin someterse a penosas mutilaciones, incluso cuando las asumiera con todo el entusiasmo del mundo. Desde el pelotero que renunciaba a mostrar su talento en el mejor beisbol del mundo al cantautor que extirpaba de sus canciones su amor por el rock.

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Una confesión: leer la transcripción de la autocrítica de Padilla pronunciada la noche del 27 de abril de 1971 en la sede de la UNEAC fue una de las razones principales de mi salida de Cuba. La leí en las páginas de la revista Casa de las Américas. Para entonces no creía ni un ápice en aquella tiranía pero, a falta de otras evidencias, fue toda una revelación comprobar qué era capaz de hacer aquel sistema con un ser humano. No se trataba de que pudiera asesinar al poeta, como había hecho con tantos cubanos, porque adelantarte la muerte, algo que va a ocurrir de cualquier manera, será un incordio y una descortesía sobre todo cuando se tienen ciertas ilusiones sobre la vida, pero hay niveles de humillación que a la mayoría de los seres humanos nos son impensables. El hecho de que alguien se pudiera rebajar a los niveles a que llegó Padilla en su autocrítica -al punto incluso de denunciar a varios de sus amigos y a su esposa- me resultó nauseabundo. ¿Cómo se puede vivir después de eso? me preguntaba. “Hay un punto desde el que no hay regreso y ese punto puede ser alcanzado” advertía Kafka y yo no quería llegar a ese punto. Porque más disuasorio aún que la autocrítica fue leer el cuestionario que respondió Padilla en 1966 a propósito de Pasión de Urbino, la noveluca de Lisandro Otero. En aquella encuesta Padilla denostaba el libro del funcionario en favor de la novela de su amigo Guillermo Cabrera Infante sin la menor reserva, sin el más leve temor. Si a alguien capaz de tanta audacia -pensaba- pueden humillarlo como lo hicieron con Padilla en 1971 ¿Qué no podrían hacer conmigo, un pobre humorista a quien ni yo mismo tomaba en serio?

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Llegué a los alrededores de Nueva York en 1997, a tiempo para asistir a la presentación de la edición del treinta aniversario de Fuera de juego al año siguiente. En aquel lanzamiento me enteré por boca del poeta que lo que ocurrió en la UNEAC aquella noche de 1971 fue una trampa que le había tendido al régimen cubano. Allí no hizo más que aparentar una reedición habanera de los juicios de Moscú de 1937. Su miedo era, si no fingido, al menos exagerado para darles sus colegas dentro y fuera del país una evidencia clara de los extremos stalinistas a los que había llegado el régimen cubano. Más adelante tendría otros encuentros con el poeta en Nueva York y Nueva Jersey en ambientes más distendidos. Hablamos de temas que ya no recuerdo. Lo que sí me queda claro es que nunca le pedí cuentas por mi decisión de irme de Cuba. Ya para entonces había acumulado suficientes razones como para hacer innecesarias aquellas que encontré en su autocrítica. Y tampoco tenía sentido atormentar a alguien que debió sufrir mucho más de lo que yo era capaz de imaginar.
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En estos tiempos se hace mayoritaria la lectura de aquella autocrítica que le escuché a Padilla en 1998. Más que una retractación forzada se trata de una brillante trampa que le tendió Padilla a sus captores. Una burla, dicen. En 1971 el periodista argentino Rodolfo Walsh, tras leer la transcripción de la autocrítica, insinuó la posibilidad de que “Padilla, conocedor de la resonancia que un texto como el suyo iba a tener, haya elegido esa vía para librar una nueva batalla contra el Gobierno de su país”. El propio ex ministro de cultura Abel Prieto, funcionario especialista en hilar fino en cuestiones donde otros funcionarios del castrismo apenas pueden lidiar con sogas de barco traspasa la responsabilidad de lo que ocurrió la noche del 27 de abril de 1971 al propio poeta diciendo: “En realidad, en una actuación minuciosamente preparada, Padilla había representado una parodia caricaturesca de los procesos de Moscú de los años 30, que contenían, como ingrediente esencial, la confesión de las culpas del acusado y la denuncia de otros «traidores»”.

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Existen buenas razones para que gente tan dispar coincida en interpretar la autocrítica de Padilla como una trampa creada por el escritor. Por una parte, a los defensores del castrismo les permite presentar al régimen como víctima ingenua de las mañas del poeta. Por otra, le permitió tanto a Padilla como a sus valedores el consuelo último de exaltar la capacidad de un poeta y de sus palabras para desnudar a cualquier régimen, por poderoso que sea, en las circunstancias más adversas. Esta versión de los hechos, no obstante, contradice lo que declaraba el poeta a su salida de la isla en 1980. Según Reinaldo Arenas en un discurso que pronunció el poeta ese año en la Universidad Internacional de la Florida (FIU) “Padilla dijo, aludiendo a su obligada retractación, que tuvo que hacerla; "porque cuando a un hombre le ponen cuatro ametralladoras y lo amenazan con cortarle las manos si no se retracta, generalmente accede; ya que esas manos son más necesarias para seguir escribiendo”. La versión tardía del poeta que le escuché en 1998 contradice a su vez la manera terrible y devastadora con que impactó en su personalidad y conducta el hacer de Heberto Padilla en la noche que lo hizo famoso. La escritora Mabel Cuesta en su libro In your face, papi! habla de sus conversaciones con la poeta Lourdes Gil "en nuestros oscuros cubículos de Baruch College. Allí aprendí de la soledad y el llanto de Padilla, su arrepentimiento por el mea culpa entonado durante su comparecencia en la UNEAC". ¿Por qué arrepentirse de una jugada que le había salido tan bien? ¿A razón de qué llorar? Otros testimonios recogidos aquí y allá contradicen la leyenda hermosa pero falsa del poeta que consiguió burlar a sus captores.



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Hace años tuve la oportunidad de ver buena parte del metraje original de las tres horas que se filmaron de aquella noche infame. En aquella ocasión recuerdo que me impresionó la “actuación” de Padilla durante su autocrítica. La manera casi alegre y desinhibida con que se refería a ese otro Padilla que criticaba a la Revolución en privado. Me impresionó eso y el sudor copiosísimo que contradecía el entusiasmo con que se denunciaba a sí mismo y a sus amigos. Entonces entendí por qué el mismo régimen que no tuvo reparos en difundir el texto de la autoinculpación prefirió mantener bajo llave las imágenes: estas desmentían el tono apenado y contrito que le atribuiría a las palabras de Padilla cualquiera que las leyera. Si lo que quería mostrar el régimen era el arrepentimiento del poeta aquel tono jubiloso con que hablaba de sus fechorías terminaba por negarlo. Si lo que pretendía demostrar era que hacía su autocrítica con plena libertad y paz de espíritu, el sudor que le inundaba la cara y la camisa anulaba esa pretensión. (Lo otro que me impresionó de aquellas imágenes fue la declaración sosegada del poeta Manuel Díaz Martínez, miembro del jurado que premiara Fuera del juego en 1968, quien conminado por Padilla a imitarlo se atrevió a responsabilizar al régimen de haberse negado a dialogar con los intelectuales. Consolaba que en medio de tanta farsa y autodegradación alguien se atreviera a salirse aunque fuera mínimamente del guion que todos debían saberse de memoria. El guion que les había trazado el régimen desde las “Palabras a los intelectuales”: frente a la Revolución ellos no eran nada).

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En estos días la circulación extraoficial pero incontenible del documental El caso Padilla del realizador Pavel Giroud ha reabierto el caso y el debate. Son muchos los que tienen por primera vez acceso a la autocrítica del poeta, en su propia voz y animada por sus propios gestos. Muchos los que perciben en los gestos y la cadencia de la voz de Padilla una parodia descarada del mismísimo Fidel Castro. Ni el propio Padilla se atrevió a tanto cuando en 1998 quiso presentar su autohumillación como una burla al régimen. Los que ven en los gestos y la voz de Padilla en el documental una parodia del fundador del castrismo ignoran, como jóvenes que son en su mayoría, que en aquellos años todos, intelectuales o no, cuando se trataba de hablar en público con cierta autoridad, terminaban imitando a Fidel Castro. Así de invasiva era su presencia en el discurso público. Si, ya fuera de Cuba, alguien hubiera felicitado a Padilla por su imitación de Fidel durante su autocrítica sospecho que Padilla volvería a sudar tan profusamente como en aquella noche infame.

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Sobre la autoría de la puesta en escena del caso Padilla tanto la versión del poeta amenazado y torturado que repite a pie juntillas lo que le fue dictado como la de que Padilla consiguió burlarse de sus captores resultan insuficientes para explicar lo visto en las imágenes de archivo. Cierto que para mostrar un auténtico arrepentimiento hubiese convenido un Padilla menos histriónico, más apagado y dócil. Pero sospecho que si de Padilla hubiera dependido difícilmente habría escogido delatar a sus colegas, sobre todo al gran ausente en aquella cita, el poeta José Lezama Lima. Demasiado peso para llevar sobre su conciencia el resto de su vida. Todos los testimonios que existen sobre Heberto Padilla a su salida de Cuba coinciden en la profundidad de las lesiones que dejó aquella noche sobre su espíritu. En cambio, la actitud mostrada por el régimen tanto aquella noche como en las semanas siguientes lo muestran muy complacido con su resultado. Téngase en cuenta que a única muestra de descontento con lo ocurrido durante la confesión del poeta fue la del funcionario Armando Quesada -entonces 
director del Departamento de Artes Escénicas del Consejo Nacional de Culturaal interrumpir la defensa de Norberto Fuentes contra la acusación de contrarrevolucionario que le habían hecho. Quesada, revelándose como el director de escena de aquella representación, solo reaccionó molesto cuando uno de sus actores decidió apartarse del sumiso papel que les había asignado a todos.

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Hay que agradecer a Giroud que -aunque contra su voluntad- la circulación de su documental haya traído de vuelta el debate sobre ese repugnante capítulo de nuestra historia. Que lo que antes fuera conversación de catacumbas sea en estos días discusión pública y viral. También es de agradecer el cuidado que puso el director en dar el contexto apropiado para que dentro y fuera de Cuba se entendiera mejor el trasfondo y la resonancia de lo que estaban viendo. Pero en esa preocupación porque el documento mostrado fuera comprensible estriba -en mi opinión- la mayor falla del documental: no confiar lo suficiente en las imágenes que mostraba por primera vez y dedicarse a sobreexplicarlas. Es entonces cuando Giroud echa mano a toda la cacharrería documental al uso: desde la llegada de los rebeldes a La Habana, al Mayo del 68, la matanza de Tlatelolco o los bombarderos de Vietnam. O cuando pone a hablar a Guillermo Cabrera Infante (“la revolución en su primer año fue un año de extraordinaria libertad”, en referencia al año en que más alegremente se fusiló en la Cabaña) y al chileno Jorge Edwards ("las revoluciones cuando se sienten atacadas tienden a desarrollar un sistema de seguridad que en principio es necesario"). O al colocar los intertítulos casi finales que dicen “Heberto Padilla muere en Alabama en el año 2000, tras verse obligado a abandonar Miami”. Giroud intenta ubicar su “caso Padilla” en el contexto de las tensiones de la Guerra Fría y el debate ideológico de izquierdas y derechas sin considerar que el stalinismo no necesitó de bombardeos en Vietnam para para llevar a cabo los procesos de Moscú. Como la Santa Inquisición lo demostró en su momento, los chivos expiatorios y los mea culpa son parte de la dinámica interna de los cultos milenaristas, sean religiosos o ateos. Casos como el de Padilla son la aplicación del viejo sistema que Mao Zedong resumía como “Matar al pollo para asustar a los monos”. Giroud quiere dejar claro que no es hombre de derechas pero al insistir en insertar el caso Padilla en el contexto de la Guerra Fría y oponer Miami a La Habana parece olvidar que aquel evento fue solo un capítulo de la guerra sorda que el régimen establecido el 8 de enero de 1959 ha llevado a cabo para instaurar y mantener el control sobre la nación: los polos del conflicto cubano no están -como lo demostraron el 27N y el 11J- entre La Habana y Miami sino entre el gobierno y el pueblo. Pero tanto si la tesis del caso Padilla como episodio histórico de la Guerra Fría o la que lo considera parte del costumbrismo totalitario están en lo correcto la mejor opción -incluso artística- que pudo tomar Giroud fue confiar en la elocuencia de las imágenes de aquella noche de abril del 71.
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Paso a contradecirme y hacer algo de historia. Si se trata de darle contexto a los hechos, falta un elemento decisivo en aquella puesta en escena. Se trata de la comprometida situación en que se encontraba el régimen cubano desde el fracaso de la Zafra de los Diez Millones del año anterior. Dicho fracaso lo había empujado a abandonar ciertos aires de autonomía respecto al bloque soviético y asumir una posición más obediente y subalterna, renunciando a ciertas alianzas que mantenía hasta entonces con el mundo occidental, especialmente con su intelectualidad. El apoyo soviético que salvó al régimen de la bancarrota tras el fracaso de la zafra exigía renunciar a ciertas muestras de liberalismo exhibidas hasta entonces. Como no haber encerrado a Padilla por presentar el poemario Fuera del juego a un concurso nacional. O al jurado que se atrevió a premiarlo. La detención de Padilla y la consiguiente reacción de la intelectualidad occidental serían el pretexto perfecto para cortar lazos con aquellos que no estuvieran dispuestos a dar su apoyo más incondicional. Y una vez descalificados los que salieron en abierta defensa de Padilla el régimen se sintió más cómodo y libre para castigar a sus intelectuales más indóciles o menos comprometidos. Las palabras de Fidel Castro en el tristemente famoso Congreso de Educación y Cultura contra los que “creen que los problemas de este país pueden ser los problemas de dos o tres ovejas descarriadas que puedan tener algunos problemas con la Revolución” muestran su alivio al desembarazarse de una alianza tan incómoda. Son esos “señores liberales burgueses” a los que califica directamente de agentes de “espionaje del imperialismo”. El "caso Padilla" fue también detonante del famoso proceso de “parametración” que a partir de entonces expulsó a miles de artistas, intelectuales, maestros y estudiantes de los espacios culturales y educativos del país.

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Hablemos entonces de ese fenómeno complejo que llamo “la trampa Padilla”. El paso inicial en esa trampa lo dio el propio poeta al creer que le bastaba el uso de la palabra, de su inteligencia y de sus conexiones con el exterior para enfrentar a una maquinaria represiva tan implacable como aceitada y minuciosa. Pero incluso cuando comprendió que todas sus mañas de enfant terrible no bastaban para mantener saludable distancia de las celdas de Villa Marista pensó que podía salirse de estas huyendo hacia adelante: esto es, mostrando más miedo incluso del que ya tenía e interpretando exageradamente el papel del arrepentido, el sumiso, el abyecto. El delator. Al hacerlo -trataría de convencerse- infamaba a sus carceleros y de paso podría encontrar una salida a su situación. Demasiada sutileza para circunstancias tan brutalmente ciegas a los matices. La fingida cobardía de Padilla solo sirvió, de momento, para atribuirle a los agentes de Villa Marista mayor poder de intimidación del que ya tenían. ¿Qué poderes terribles -se preguntarían muchos en ese momento- ocultaban sus mazmorras para convertir al más atrevido de los intelectuales de la isla en esa piltrafa humana, sudorosa y temblona? El segundo paso hacia el interior de “la trampa Padilla” fue el que dieron muchos, entonces y ahora, al suponer que el poeta tenía muchas más opciones que la de actuar como lo hizo. Al creer que Padilla tendría otra libertad que la de inmolarse secretamente en las celdas de la Seguridad del Estado donde las cámaras del ICAIC no podrían recoger su hazaña. Algo tan iluso como la creencia del poeta de que podría salir de aquella farsa con el alma ilesa.

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Hubo valientes que resistieron torturas mucho peores que las que pudieron infligirle a Padilla. Como aquellos de los que da testimonio uno de los entrevistados en el documental Nadie escuchaba de Néstor Almendros y Jorge Ulla. Hablo, por ejemplo, de los prisioneros sometidos a un sistema de tortura conocido como “la gaveta”. Según contaba uno de ellos “la gaveta” consistía en una celda no más alta ni ancha que un ser humano y de dos metros de profundidad en la introducían de cinco a ocho prisioneros durante semanas o meses mientras se orinaban y defecaban encima por carecer estas celdas de servicio sanitario. Contaba el testimoniante que los prisioneros se empeñaron en resistir para convencer a sus captores de la impotencia de esa tortura para quebrantarlos y así evitar que se la aplicaran a alguien más. El testimoniante también contaba que, compadecido por el sufrimiento de los prisioneros, uno de los guardias accedió a sacar de la prisión el testimonio escrito de los prisioneros sometidos a las "gavetas". Y, sin embargo, al llegar al exilio la denuncia fue desatendida por inverosímil.

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La trampa Padilla es inmensa y nos puede engullir a todos. La trampa que empieza por creer que de haber estado en la situación de Padilla hubiéramos reaccionado de mucho mejor manera (y hasta nos creamos valientes por puro contraste entre nuestro yo imaginario y el Padilla real). Es una trampa mortal pensar que esa reacción imaginaria podría haber tenido algún impacto en el esquema general de las cosas. Como si las prisiones castristas (o las de la KGB o las de la Stasi) no hubieran conocido muestras de heroísmo de las que, si alguna vez se enteró el mundo exterior, siempre llegaron demasiado tarde como para influir en los acontecimientos. También Padilla -y con él muchos de nosotros- cayó en la trampa de creer que se podía pasar de listo frente a un poder totalitario. Que bastaba ganarle esta o aquella partida retórica a un poder que controla los medios de producción de realidad, y es dueño del bate, el guante, la pelota, el terreno y sobre todo del marcador. Padilla fue atrapado por el espejismo de que basta el buen uso de la lengua frente a un poder que controla miles de lenguas junto a un ejército de pistolas y estacas. Una trampa avalada por la falacia martiana de las trincheras de ideas, o de que bastaba una anunciada desde el fondo de una cueva para derrotar ejércitos porque Martí desconocía la potencia de un poder que consigue apropiarse de la Historia que es lo mismo que apropiarse del Tiempo. Pero la trampa se ensancha y nos envuelve a todos cuando creemos poseer la interpretación correcta del asunto -sí, como la que trato de desplegar acá- y que basta que esta resplandezca por encima de las otras para que al fin demos con la clave que derrotará al monstruo. Una creencia tan rotunda que terminamos convirtiendo a todo el que se aparte de nuestra versión en colaborador consciente o inconsciente del régimen. La trampa se expande cuando creemos que vale la pena pelearse eternamente por esta o aquella y razón porque siempre habrá tiempo para derrocar al poder cuyo único objetivo es dejarnos a los demás fuera del terreno donde el juego se decide. La trampa continúa ahondándose cuando vemos el caso Padilla como un evento que tuvo lugar una noche de 1971 y no como la rutinaria esencia del sistema. Esa que empieza llamarle voluntario al trabajo que no deseas hacer y que te hace negarle el saludo al amigo marcado como disidente. La trampa se activa al "filtrarse" un video que nos revela un supuesto acto de debilidad de un Luis Manuel Otero Alcántara o un José Daniel Ferrer y nos hace debatir hasta el infinito su condición de traidor a la causa. También está la trampa de tomar el asunto de la autocrítica demasiado en serio -más en serio que Padilla, por ejemplo- y atribuirnos culpas que nos superan como individuos y hasta como pueblo. Cierto que somos muchos los que hemos colaborado con lo que el poeta Jorge Salcedo llama "esta inmensa obra de cobardía". Pero la mayoría de nosotros somos apenas colaboradores part time que no podemos competir con los malvados y los cobardes a tiempo completo a menos que nos domine la soberbia. La soberbia del Bien y la Razón, quiero decir, que también existe y hasta en eso se debe ser humilde, sobre todo cuando nos escondemos tras las espaldas de todo un pueblo. Pero la mayor trampa de todas es que desviemos por un segundo la atención del hecho de que ha sido ese sistema montado en Cuba -al igual que en países muy distintos del nuestro- el máximo culpable -y no Padilla o Pavel Giroud- de que tantos seres humanos se hayan visto enfrentados a opciones tan terribles como las que tuvo frente a sí aquella noche el poeta. Y distraernos del hecho de que un régimen que solo ofrece la libertad de elegir entre el martirologio o la humillación cotidiana es tan inaceptable como difícil de desmontar.