Wednesday, April 5, 2023

De las armas y las letras: Un guerrero y sus memorias XV


Por Guillermo A. Belt


El 13 de septiembre de 1895 reuniéronse en el campo de Jimaguayú los Delegados del pueblo cubano en armas, protegidos por el regimiento de Caballería Agramonte y otras fuerzas a las órdenes todas del General en Jefe Máximo Gómez.  Esa misma noche hubo un cambio informal de impresiones para delinear el orden de los trabajos y acopiar los materiales necesarios.

Así relata Enrique Loynaz del Castillo el primer día de trabajo de la Asamblea Constituyente de Jimaguayú, un nuevo intento para conciliar “las mismas orientaciones antagónicas entre la fidelidad a los principios y el acatamiento a las necesidades militares”, en palabras de nuestro autor tras citar graves disensiones anteriores, aparentemente superadas por la Constitución de Guáimaro pero que en definitiva habían conducido a la destitución del Presidente Carlos Manuel de Céspedes.

En esta serie de resúmenes del libro de Loynaz conviene dejar constancia de los nombres de los delegados a la asamblea de Jimaguayú, tal como figuran en Memorias de la guerra:

1er Cuerpo de Ejército, Oriente, al mando de Antonio Maceo: Rafael M. Portuondo, Joaquín Castillo Duany, Mariano Sánchez Vaillant y Pedro Aguilera. 2º Cuerpo, Oriente, al mando de Bartolomé Masó: Rafael Manduley, Enrique Céspedes, Rafael Pérez Morales y Marcos Padilla. 3er Cuerpo, Camagüey: Salvador Cisneros, Lope Recio Loynaz, Fermín Valdés Domínguez y Enrique Loynaz del Castillo. 4º Cuerpo, Las Villas: Raimundo Sánchez, Santiago García Cañizares, Francisco López Leyva y Severo Pina. 5º Cuerpo, Occidente (en organización): José Clemente Vivanco, Francisco Díaz Silveira, Orencio Nodarse y Pedro Piñán de Villegas, designados por el general Serafín Sánchez.

Ejemplo de acatamiento del poder civil por un caudillo militar de bien ganado prestigio es el recogido por Loynaz:

El siguiente día, el 14, a la salida del sol, y ante el Ejército, en formación de parada, fueron presentados por el General en Jefe, y aclamados por las tropas, los Delegados a la Constituyente. Depositó solemnemente el general Gómez en la Asamblea Constituyente la autoridad suprema y los poderes por él recibidos de José Martí en Montecristi y ejercidos en la guerra.

Era de techo de techo de guano y de paredes de yaguas el Capitolio de la nueva República…Durante tres días, reunidos bajo la presidencia de Salvador Cisneros Betancourt, marqués de Santa Lucía, cuyos cabellos emblanquecidos en la tremenda guerra de la libertad ahora serían penacho de honra en la orientación de la República, abordaron los constituyentes dos tendencias opuestas: la de los orientales, que planteaban el predominio total del aparato militar durante la guerra, y la de camagüeyanos y villareños, partidarios de una organización republicana y democrática, y una autoridad militar para la dirección exclusiva de la guerra sin interferencia alguna del gobierno civil.

Los delegados de Oriente propusieron la unión de la autoridad civil y la militar en un solo cargo, el de Presidente de la República, agregando que éste podría recaer en Máximo Gómez. Los delegados resuelven consultar al General en Jefe y designan una comisión integrada por Fermín Valdés Domínguez, Raimundo Sánchez y Enrique Loynaz del Castillo. Gómez “nos recibió amable en su tienda de campaña, y de pie conferenciamos.” El general rechaza de plano el ofrecimiento, Loynaz se atreve a insistir con argumentos, y el viejo guerrero le contesta enojado:

“¿Usted se ha creído con bastante talento para convencerme a mí en asunto en que ya he dado mi opinión, que por ser mía es definitiva?”

El exabrupto, citado por Loynaz entre comillas, le brindó una gran oportunidad al joven ex redactor de varios periódicos dedicados a la libertad de Cuba, y elocuente orador por más señas. Recojo su propuesta en toda su lucidez.

Pedí la palabra para proponer que de la Constitución cubana se eliminara para siempre, sentado desde ahora el precedente como una advertencia de los libertadores a la posteridad, la Presidencia de la República, cumbre unipersonal, a cuyo escalamiento todas las ambiciones se encaminarían en el porvenir y de donde surgirían fraudes y violencias, odios y guerras civiles; que el Presidente de la República, dispensador de todas las dádivas, y de todas las proscripciones, amo del país, acabaría por convertirse en el núcleo de un régimen arbitrario enroscado como serpiente estranguladora al destino de la Nación. Que fuera espejismo funesto la contemplación del gran pueblo americano cuya cultura política, arraigada en la vida colonial, haría buena cualquier Constitución, aún la menos aplicable a Cuba; que teníamos que mirar hacia la América Española, la de nuestra sangre, la de nuestra cultura, la de nuestras inquietudes y romanticismos, la América nuestra, la desgarrada por un siglo de luchas fratricidas y sangrientas entre la realidad de los Presidentes omnímodos, y el ideal jamás alcanzado, ni en las farsas electorales, ni en los cruentos sacrificios; que lo previsor sería depositar el poder supremo en un Cuerpo de Delegados de la República – reducido número en la Revolución – pero en la paz un augusto Senado, de donde emanaran, responsables, los poderes públicos.

La proposición de Loynaz fue aprobada por unanimidad. Se creó un Consejo de Gobierno de seis miembros, tal como él lo propuso, con un presidente, un vicepresidente y cuatro secretarios de gobierno, a cargo de las secretarías de Guerra, Interior, Relaciones Exteriores y Hacienda.

La Declaración de Independencia, consignada en el preámbulo de la Constitución, fue aprobada por unanimidad, y por aclamación en los conceptos que redacté y escribí de mi puño y letra con todo el articulado de la Constitución, acordado por la Asamblea, en pergamino existente en el Archivo Nacional.

1 comment:

  1. Súper interesante! Gracias Guillermo 🙏

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