Por: Rafael Bordao, PhD.
Hay dos fuerzas que gobiernan al
régimen: el orgullo, que impide reconocer el fracaso del modelo; la vergüenza,
que impide admitir la necesidad de un cambio profundo.

La idea de que el gobierno cubano
intenta deslizar al país hacia un capitalismo administrado, inspirado en el
modelo vietnamita, circula desde hace años en análisis académicos, debates de
economistas y conversaciones populares. No se trata de una reforma declarada,
sino de un movimiento subterráneo, casi vergonzante, que intenta conciliar dos
fuerzas incompatibles: la supervivencia económica y la preservación del
monopolio político.
Un país exhausto y un poder que no
quiere soltar el timón-
La crisis económica ha dejado al
Estado sin margen para sostener el viejo modelo. La escasez, los apagones, la
improductividad y la emigración masiva han erosionado la legitimidad del relato
revolucionario. En ese contexto, sectores del propio aparato reconocen la
necesidad de introducir mecanismos de mercado, ampliar el espacio privado y
atraer inversión extranjera. Pero estas aperturas no buscan democratizar la
economía, sino administrar la escasez sin ceder el control. Es un capitalismo
vigilado, un mercado con correa corta, una apertura que no se atreve a
pronunciar su nombre.
El contexto internacional como cortina
de humo-
Mientras Estados Unidos concentra su
atención en conflictos externos -como la guerra con Irán-, el gobierno cubano
percibe un respiro. La presión diplomática disminuye, la mirada global se
desplaza, y La Habana aprovecha ese intersticio para maniobrar. En ese silencio
relativo, el régimen intenta reacomodarse: negocia discretamente con actores
extranjeros, flexibiliza ciertos sectores económicos, y refuerza su narrativa
de resistencia para justificar cada contradicción. Es una estrategia de
supervivencia: avanzar sin que parezca avance, reformar sin admitir la reforma,
cambiar sin que el cambio amenace la arquitectura del poder.
Orgullo y vergüenza: los dos fantasmas
que gobiernan-
El discurso oficial oscila entre dos
polos que se anulan mutuamente: El orgullo de proclamarse bastión
antiimperialista, guardián de una épica que ya no alimenta a nadie. La
vergüenza de un país que se desmorona, donde la justicia social se ha vuelto un
recuerdo y la igualdad se reduce a la igualdad en la carencia. Ese vaivén
produce un gobierno que camina sobre una cuerda floja: demasiado orgulloso para
admitir el fracaso del modelo, demasiado avergonzado para reconocer que las
reformas llegan tarde y mal.
El espejismo vietnamita-
Vietnam logró combinar un sistema de
partido único con un capitalismo dinámico. Pero Cuba no es Vietnam: no tiene su
demografía, no tiene su geografía, no tiene su inserción en Asia, no tiene su
cultura empresarial, y no tiene su relación con las potencias vecinas. Aun así,
el gobierno cubano intenta imitar la fórmula, como quien copia un mapa ajeno
sin entender el terreno que pisa. El resultado es un híbrido inestable: mercado
sin libertad, reformas sin transparencia, modernización sin derechos.
La distancia creciente con la justicia
social-
Mientras el discurso insiste en
“preservar las conquistas”, la realidad muestra un país donde la desigualdad
crece, la pobreza se profundiza y la vida cotidiana se vuelve una carrera de
obstáculos. La justicia social -bandera histórica del proyecto revolucionario-
se ha convertido en una sombra que ya no acompaña al Estado, sino que lo acusa.
El país que avanza de espaldas-
Cuba parece caminar hacia adelante
mirando hacia atrás, como si el porvenir fuera un territorio prohibido y solo
el pasado pudiera ofrecerle legitimidad. En ese extraño movimiento, el gobierno
intenta deslizar reformas económicas que recuerdan al modelo vietnamita: un
capitalismo administrado, vigilado, casi clandestino, que permita oxigenar la
economía sin alterar la arquitectura del poder. Pero este avance no es un
proyecto, sino un pudor. No se anuncia: se filtra. No se proclama: se insinúa.
Es el gesto de un Estado que sabe que debe cambiar, pero teme que el cambio lo
desnude.
La política como teatro de sombras-
En el escenario internacional, la
guerra entre Estados Unidos e Irán funciona como una cortina de humo. Mientras
las potencias se distraen, La Habana mueve piezas con la cautela de quien teme
ser visto. No es la audacia de un estratega, sino la astucia del que sobrevive.
El Partido Comunista intenta preservar lo que llama “conquistas”, aunque muchas
de ellas se han vuelto ruinas simbólicas. Y sin embargo, insiste en defenderlas
como si fueran reliquias sagradas, como si admitir su desgaste fuera traicionar
la épica que lo sostiene. La política cubana se ha convertido en un teatro de
sombras: figuras que se mueven, discursos que se repiten, gestos que simulan
firmeza mientras el suelo tiembla bajo los pies.
Orgullo y vergüenza: los dos
guardianes del abismo-
Hay dos fuerzas que gobiernan al
régimen: el orgullo, que impide reconocer el fracaso del modelo; la vergüenza,
que impide admitir la necesidad de un cambio profundo. Ese doble filo produce
un poder que no puede avanzar ni retroceder, un poder que se sostiene en
equilibrio sobre una cuerda que se desgasta con cada día de apagón, con cada
éxodo, con cada silencio que se vuelve insoportable. El orgullo impide la
autocrítica. La vergüenza impide la transparencia. Entre ambos, la justicia
social -esa promesa fundacional- se ha vuelto una resonancia que ya no responde
a nadie.
El espejismo vietnamita-
Vietnam es el modelo que se invoca en
voz baja: un país que mantuvo el partido único mientras abrazaba el mercado.
Pero Cuba no es Vietnam. Su geografía, su historia, su relación con el mundo,
su tejido productivo, su cultura económica: todo es distinto. El intento de
imitarlo se parece más a un espejismo que a una estrategia. Es como copiar la
sombra de un árbol sin tener el árbol. El resultado es un híbrido: mercado sin
ciudadanía, apertura sin pluralismo, reformas sin reforma.
El país que se deshace en la boca del
discurso-
Mientras el gobierno habla de “actualización”, “perfeccionamiento” y “transformación”, la vida cotidiana se hunde en una precariedad que ya no puede ocultarse. La justicia social -esa bandera que alguna vez iluminó a millones- se ha convertido en un argumento vacío, repetido por inercia, como un mantra que ya no convoca fe sino cansancio. El pueblo vive en un presente que no promete futuro. El Estado vive en un pasado que no puede revivir. Y entre ambos se abre un abismo que ninguna consigna logra cerrar.
La política como acto de respiración-
Lo que ocurre hoy en Cuba no es solo un proceso económico: es un drama existencial. Un país que intenta reformarse sin reconocerse, un poder que quiere cambiar sin transformarse, una sociedad que resiste sin esperanza clara. La política, en este punto, deja de ser un sistema y se convierte en un acto de respiración: inhalar lo suficiente para no colapsar, exhalar lo justo para no perder el control. Pero toda respiración tiene un límite. Y cuando el aire se vuelve escaso, incluso el silencio se convierte en una forma de protesta.
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