Por Rafael Bordao. Ph. D

Fusilamientos en La Cabaña, Cuba.
@Fuente externa
Esa misma lógica -la
del huevo roto como requisito del porvenir- reapareció en los discursos de
quienes, siglos después, diseñaron sistemas que prometían igualdad, abundancia
y fraternidad universal. Pero si alguna vez el socialismo mereciera un epitafio
final, podría ser este: aquí yace una artimaña ideada por sabelotodo que
rompieron huevos con desenfreno, pero jamás lograron crear una tortilla. Se
multiplicaron los sacrificios, se justificaron las carencias, se exigió
obediencia en nombre de un mañana que nunca llegó. Los huevos -vidas,
libertades, sueños, generaciones enteras- se rompieron sin medida, mientras la
tortilla prometida permanecía siempre en preparación, siempre a punto de
aparecer, siempre retrasada por un enemigo externo, un complot interno o una
supuesta falta de fe del pueblo. El resultado fue un banquete vacío: mesas sin
comida, discursos sin sustancia, y un pueblo obligado a aplaudir una receta que
jamás probó.
La historia, sin embargo, no condena por decreto: invita a pensar. La frase de Robespierre y su eco en los experimentos sociales posteriores nos recuerdan que ningún proyecto político puede reclamar el derecho de triturar vidas en nombre de un ideal. Que ninguna tortilla vale la dignidad humana. Y que cuando un poder promete el paraíso a cambio de sacrificios interminables, lo más sensato es desconfiar: no por falta de esperanza, sino por respeto a los huevos que ya han sido rotos y a los que aún podrían romperse.
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