Saturday, April 11, 2026

LA TORTILLA IMPOSIBLE: ROBESPIERRE, LA REVOLUCIÓN Y EL EPITAFIO DEL SOCIALISMO

Por Rafael Bordao. Ph. D

Fusilamientos en La Cabaña, Cuba.
@Fuente externa

Se dice que Maximilien Robespierre, en pleno fragor de la Revolución Francesa, justificó el terror con una frase que aún hoy provoca un escalofrío moral: «On ne saurait pas faire une omelette sans casser des œufs» ('No se puede hacer una tortilla sin romper huevos'). Más allá de su autenticidad literal, la sentencia condensa una lógica que ha acompañado a muchos proyectos políticos que se proclaman redentores: la idea de que el sufrimiento presente es un sacrificio necesario para un futuro luminoso. En nombre de esa promesa, la Revolución Francesa aceptó la guillotina como instrumento pedagógico, creyendo que la virtud podía imponerse a golpe de decreto y que la justicia podía brotar del filo de una cuchilla. La metáfora culinaria, tan doméstica y tan brutal, revela la facilidad con que ciertos líderes convierten a los seres humanos en materia prima, en ingredientes prescindibles de una receta que solo ellos conocen.

Esa misma lógica -la del huevo roto como requisito del porvenir- reapareció en los discursos de quienes, siglos después, diseñaron sistemas que prometían igualdad, abundancia y fraternidad universal. Pero si alguna vez el socialismo mereciera un epitafio final, podría ser este: aquí yace una artimaña ideada por sabelotodo que rompieron huevos con desenfreno, pero jamás lograron crear una tortilla. Se multiplicaron los sacrificios, se justificaron las carencias, se exigió obediencia en nombre de un mañana que nunca llegó. Los huevos -vidas, libertades, sueños, generaciones enteras- se rompieron sin medida, mientras la tortilla prometida permanecía siempre en preparación, siempre a punto de aparecer, siempre retrasada por un enemigo externo, un complot interno o una supuesta falta de fe del pueblo. El resultado fue un banquete vacío: mesas sin comida, discursos sin sustancia, y un pueblo obligado a aplaudir una receta que jamás probó.

La historia, sin embargo, no condena por decreto: invita a pensar. La frase de Robespierre y su eco en los experimentos sociales posteriores nos recuerdan que ningún proyecto político puede reclamar el derecho de triturar vidas en nombre de un ideal. Que ninguna tortilla vale la dignidad humana. Y que cuando un poder promete el paraíso a cambio de sacrificios interminables, lo más sensato es desconfiar: no por falta de esperanza, sino por respeto a los huevos que ya han sido rotos y a los que aún podrían romperse.

No comments:

Post a Comment