Por Luis F. Brizuela Cruz
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| Dentro de ese mismo pueblo condenado, aún apoyan a sus verdugos. |
La triste realidad de cada generación nacida en Cuba a
partir de 1959, cada muerte, cada encarcelamiento político, cada éxodo cubano
desde ese infame momento, han arrojado capas de la espesa arena de la cual está
hecho el olvido sobre la cultura cubana. El espeluznante experimento
sociológico al que por lo menos tres generaciones de cubanos han sido sometidas
puede haber causado un daño, a estas alturas, de naturaleza irreversible.
El pasado 21 de junio falleció a la edad de 94 años
Ramiro Valdez, asesino profesional al servicio del régimen castrista desde su
inicio y arquitecto del sistema represivo del mismo. Es lógico deducir que el
único individuo capaz de haber sobrepasado el récord de inmundicia, horror y
muerte del «Carnicero de Artemisa» pudo haber sido el Chancho de las Pampas,
Ernesto (Che) Guevara, pero afortunadamente este último dejó su pestilencia en
Bolivia a la temprana edad de 39 años.
Ya sea por desinformación, carencia de la misma,
programación, o simple y llanamente por rasgos ya inscriptos en la genética del
cubano de hoy, la muerte de Ramiro Valdez fue lamentada por gran parte del
pueblo en la isla en ruinas. Se sabe que muchos de los comprometidos con el
régimen están obligados a rendir tributo a una figura tan abominable dentro de
la espantosa historia de la robolución. Pero en los funerales y
tributos al verdugo, a lo largo de la isla, el pueblo lucía ingenuamente
compungido. Tal parece que cuando una sociedad se subdesarrolla por décadas -y
cuyos alicientes se han ido reduciendo más y más a las migajas otorgadas por la
dictadura- rendir pleitesía a uno de sus represores podría constituir un acto
de orgullosa sumisión.
Por otro lado, los actuales protagonistas y descendientes
de los actores de repudio de otras épocas se manifiestan con sus estómagos
vacíos y arremeten contra los que protestan los apagones, los arrestos, y las
ya casi inhabitables condiciones de vida en Cuba. Esta horda de zombis parece
nutrirse exclusivamente de la sangre y el penar de aquellos que aun tratan de
sobrevivir el apocalipsis cubano. A algunos de ellos también se les han visto
escarbando en las altas lomas de basuras en los pueblos en penumbras de la que
fuera la cuna del hombre nuevo.
A pesar de la crítica contra Trump y Rubio con respecto a la situación de Cuba por parte de auténticos peritos y los bulliciosos e improductivos «expertos de a pie» que claman y reclaman con urgencia una resolución al problema cubano, este gobierno trabaja afanado para rescatar a la isla ya casi insalvable. Reitero que esta presión contrasta satíricamente con la «etapa contemplativa» de más de medio siglo por parte de nosotros los cubanos en ambas orillas. Reitero además que la crisis cubana ha llegado a su punto de saturación y posiblemente haya rebasado ya el de reparación. Pero la falla actual ya no radica precisamente en la falta de atención histórica por parte de las administraciones estadounidenses. Por primera vez hay un gobierno en los Estados Unidos determinado a sanar el cáncer cubano y por consiguiente apagar el siniestro comunismo internacional, justo en el preciso momento en el que vuelve a ponerse de moda, particularmente aquí en Norteamérica, la idiotez populista.
La administración de Trump enfrenta la mayor y más
compleja crisis planetaria en la historia. Cuba está en la lista de
asuntos a resolver, pero por otro lado el mundo arde y es necesario apagar
otros fuegos antes de llegar al nuestro, donde un pueblo maltrecho y moralmente
vencido torna sus ojos atónitos en busca de la salvación, mientras otros, dentro
de ese mismo pueblo condenado, aún apoyan a sus verdugos sin saber ellos mismos
la razón. Si mañana se lograra el milagro, habría que contar con
otra serie de milagros a llevarse a cabo dentro de Cuba; entre otros el
redescubrimiento del sentido común, del patriotismo olvidado y la conciencia
del verdadero sacrificio. No el sacrificio paulatino exigido por la dictadura y
que le sirvió para anestesiar la voluntad del cubano por 67 años, sino el que
conllevaría a un genuino renacer.
Me gustaría pensar que al cierre de esta edición trimestral, concluida la copa mundial y nuestros carnavales -ilusoriamente isleños o abundantemente diaspóricos- ya no se haya festejado otro «26 de Julio» en la tierra que el tiempo condenó. Me gustaría imaginar una Cuba libre, no solo de la tiranía, sino también de las posiblemente incurables secuelas que casi siete décadas de catástrofe antropológica han producido. Y sí, nada me agradaría más que hablar de tantas otras cosas en el otoño.

Buen artículo
ReplyDeleteEspero que también con la nueva Cuba recuperemos nuestra nacionalidad original en todo lo concerniente al socialismo usurpados y eliminemos todo lo afro cubano latín cubano y todo sufijos que el gobierno comunista estableció en nuestro léxico y cerebros de las nuevas generaciones