Friday, November 13, 2020

Cándido Camero, el último solo de congas


Por Ingeborg Portales 

En el año 2006 trabajaba para el Sentinel del sur de la Florida, y tuve la dicha de poder conversar con Cándido Camero a raíz del documental que sobre él realizara el cineasta cubano Iván Acosta: Cándido manos de fuego.

Digo dicha, y digo suerte, porque conversar con Cándido fue descubrir la verdadera grandeza de este genio de la música, más allá de sus palabras, en su silencio y su sonrisa. Quien conoció la sonrisa y las manos de Cándido sabe de que hablo.

Le celebré su sonrisa, que hacía honor a su nombre, y me contestó regalándome una sonrisa aún más amplia: “es que hago comerciales para la pasta Colgate”. Aunque también recuerdo que no podía apartar mi mirada de sus manos.

No quería quedarme apenas con unos comentarios sobre el recién estrenado documental, sino escuchar mucho más de este caballero chapado a la antigua, “señor dos veces, en el escenario y fuera del escenario”. Insistí en volver a conversar y él aceptó generosamente.

Solo bastaba un pie forzado para quedarme absorta, en silencio ante tanta sabiduría y humildad.

Esta conversación con Cándido pasó a formar parte de una serie de entrevistas que realicé en Miami a artistas cubanos: los músicos Cachao, Bebo Valdés, Generoso Jiménez y Paquito de Rivera, entre otros.

Cándido, ¿usted nació en la Habana?

Yo nací en 1921 en La Habana, en el barrio del Cerro, en la calle Churruca 77, entre Velarde y Washington, un viernes a las 6:30 p.m. Cuando uno pasa por una cosa así, no es fácil que se le olvide. (Risas).

¿Qué recuerdos guarda de su infancia?

Yo tenía como cuatro años, estaba en kindergarten todavía y mi tío materno Andrés Guerra, que era un bongosero profesional, me llevaba con él a todas partes. Él me preguntaba si me gustaba la música y si me gustaría aprender a tocar algún instrumento. Un día cogió dos latitas de leche condensada vacías y un pedazo de cuero y me hizo mis primeros bongos. Cuando yo venía de la escuela me ponía a tocar en la mesa, mientras mi mamá preparaba la comida. Mi papá me decía: “Te van a doler las manos, mira que eso no es cuero, es madera”. Y mi abuelo materno le contestaba: “Déjalo, que algún día él va a ser famoso”. Parece que eso fue de la boca de mi abuelo a los oídos de Dios.

¿Qué recuerdos guarda de sus padres en particular?

Cuando empecé a trabajar como músico, llegaba a la casa y mi papá me preguntaba: “¿Cuánto le pagaron hoy?”. Yo le decía: un peso. Y él me contestaba: “Bueno, de eso, 50 centavos para su mamá y 50 centavos para usted”. Después me olía las manos para saber si había fumado y me decía: “A ver, diga ja”. Y yo decía: ja ja ja. Entonces me contestaba que con uno solo ja bastaba para saber si tenía aliento a bebida.

He trabajado con los más grandes de la música americana y latina, he compartido el escenario con todos ellos y nunca me dio la tentación. Yo digo que lo que no es necesario, no me interesa. Gracias a Dios ya cumplí 85 años.

¿Desde cuándo se interesó por la música?

Desde niño. Yo esta siempre pegado al radio, oyendo música para aprender, y así tenía idea de lo que era bueno, regular y malo. A mi madre, Caridad, le gustaba cantar, y mi padre, Cándido, tocaba el tres. Mi papá me enseñó a tocar el tres cuando yo tenía ocho años, y mi abuelo materno me enseñó a tocar el bajo cuando tenía 14 años. A esa edad empecé a trabajar como músico profesional tocando en el Septeto Gloria Habanera, de Floro Costa.

En ese tiempo te pagaban un peso por tocar, así que tocábamos viernes, sábado y domingo, y ganábamos un peso por día. Floro Costa tocaba la flauta, yo era el bajista. Hacíamos una transmisión de radio para anunciar adónde íbamos a tocar el fin de semana. Por esa transmisión de radio nos pagaban diez centavos, para pagar el pasaje de ida y vuelta a la radio.

¿Qué recuerdo guarda de La Habana que usted conoció?

En La Habana todos los años, en el mes de febrero, eran los carnavales. Todos los barrios tenían su comparsa y competían por el primer, segundo y tercer premio. La comparsa de mi barrio, El alacrán, se llevaba siempre el primer premio. Yo era muy joven, tendría como 18 años, y tocaba el redoblante.

¿Usted era muy buen pelotero?

Cuando yo estaba en la escuela superior jugaba pelota, era cátcher y cuarto bate, eso que llaman limpiabases. Casi siempre que había tres hombres en bases yo bateaba de jonrón y las bases se quedaban limpias. Por eso me decían: “Ahora viene el limpiabases”. Quería decir que esperaban que yo diera un jonrón para que las bases se quedaran vacías.

¿Cuál fue su mayor influencia musical?

La influencia mayor para mí fue mi tío Andrés, al que yo admiraba mucho. Él me inició con cuatro años en el mundo de la música. Luego hay otros músicos cubanos que admiro mucho, como Bebo Valdés. Trabajé con él cuando comencé a tocar en el cabaret El Faraón, que quedaba en la calle Zanja y Belascoaín. Después trabajamos juntos como diez años en el cabaret Tropicana, cuando Armandito Romeu era el director artístico. Bebo era el pianista y yo era el bongosero.

¿Cuándo escuchó jazz por primera vez?

En La Habana, cuando era muy joven y vivía pegado a la radio oyendo música. Recuerdo que fue la Orquesta de Stan Kenton. Luego escuché a todos los demás: Duke Ellington, Louis Armstrong…

¿Y después ha trabajado con todos ellos?

Sí, tuve la suerte de trabajar y grabar con todos los grandes del jazz. Con lo único que soñaba era con verlos tocar algún día en persona. Pero nunca, nunca me imaginé que iba a trabajar con ellos, a grabar con ellos, y a viajar con ellos. Así que todo esto ha sido más que un sueño hecho realidad.

¿Cuándo tiene sus primeras congas profesionales?

En 1940, cuando estaba trabajando en el cabaret El Faraón, acompañando a la pareja de Carmen y Rolando; pero eran unas congas que estaban permanentes en el cabaret, no las llevaba a mi casa. En esos tiempos unas congas costaban como 10 pesos, ahora cuestan como 300 dólares. Las congas con las que llegué a Estados Unidos en 1946 vinieron de Cuba. Luego se las regalé a un aficionado. Aquellas eran fabricadas a mano. Las que tengo ahora son fabricadas por la compañía LP.

¿Cómo era el trabajo en la radio en aquellos años?

Trabajaba en CMQ, en el programa de Gonzalo Roig; él era el director del programa que se llamaba General Electric. Yo era el bongosero de la Orquesta de CMQ y acompañaba también a Cascarita. Por el día iba a tocar a la radio y por la noche al cabaret Tropicana.

En esa época en la radio todo se tocaba en vivo, nada de grabaciones. Ahí ya me pagaban un poco más por quincena, por programas. El programa de Gonzalo Roig era una vez a la semana, y el de Cascarita todos los días. Bebo Valdés también estaba ahí en ese tiempo, tocando el piano.

Cuando sale de Cuba, ¿ya tiene decidido quedarse?

Carmen y Rolando fueron los que me trajeron a los Estados Unidos, el 4 de julio de 1946; yo tenía 25 años. Nos presentábamos el día 7 de julio en el cabaret Habana Madrid. Las estrellas eran los comediantes Steve Martin y Jerry Lewis, y nosotros éramos parte del show. Cuando salí de Cuba pensé: “Si me va bien, me quedo”; y eso fue lo que sucedió.

Después pasamos al cabaret La conga; allí trabajaba Miguelito Valdés. Luego estuve como un año en el Downbeat. Cada dos semanas cambiaban los grupos, pero yo estaba fijo con el grupo de Billy Taylor. Por eso tuve la oportunidad de conocer a los mejores músicos de jazz y grabar con casi todos ellos, con orquestas latinas como la de Machito y sus Afro-Cubans, cuando el director musical era Mario Bauzá.

¿Nunca más regresó a Cuba?

Sí. Regresé en 1948, en 1952, y por último en 1955. Fue la última vez que vi a mis padres. Ellos fallecieron años después. Éramos cuatro hermanos en total: tres varones y una hembra; la única que queda viva en Cuba es mi hermana.

¿Se acostumbró a vivir en Nueva York?

Llega el momento que uno se acostumbra a todo, y más si a uno le gusta. Pero el frío me ha hecho mucho daño con la artritis. Cuando camino tengo artritis en las piernas, pero en las manos no me ha afectado, gracias a Dios. Yo digo que cuando camino es como si tuviera cien años, pero cuando toco estas congas me siento de veinte.

¿Cuál es su rutina diaria en Nueva York?

Cuando no estoy trabajando, estoy leyendo, oyendo música, o mirando televisión. Cuando quiero ensayar alquilo un estudio, para no hacer bulla aquí en la casa. Toco el tres y el bajo por afición, y los sigo tocando hasta hoy día. Cuando se presenta la ocasión, toco por las noches.

¿Conoció al Benny?

Al Benny lo conocí antes de que él llegara a La Habana, cuando cantaba con la Orquesta de Mariano Mercerón en Santiago de Cuba. El que era popular en esa época era Cascarita. Cuando Benny Moré llegó a La Habana estuvo cantando frente al Capitolio, en un restaurante que se llamaba El Floridita. Miguel Matamoros lo oyó y lo llevó a México, y se quedó allí. Después conoció a Pérez Prado y se hizo popular. A Dámaso Pérez Prado yo lo conocí en el cabaret Kursal, era el arreglista de Cascarita. Le cobraba diez pesos por los arreglos musicales. En México se hizo millonario.

¿Usted fue muy amigo de Mongo Santamaría?

Mongo y yo nos hicimos amigos cuando él trabajaba en el correo, de cartero. Yo lo ayudaba a repartir las cartas para que terminara más rápido y así poder empezar los ensayos más temprano. Teníamos un septeto que se llamaba Apolo; Mongo era el bongosero y yo era el tresero. En ese tiempo los conjuntos no usaban congas. El primer conjunto que usó conga fue el de Arsenio Rodríguez, en 1943. Hacíamos una trasmisión de radio y después tocábamos el fin de semana. Fuimos muy amigos hasta que falleció, en 2003.

¿Trabajó con Cachao en Cuba y después en Estados Unidos?

Cuando conocí a Cachao, él y su hermano Orestes López tocaban en la orquesta La Charanga de Arcaño y sus Maravillas. Cachao tocaba el bajo. Yo tocaba el tres con el septeto Bolero. En los bailes alternábamos, él con la orquesta y yo con el septeto.

Cuando Cachao llegó a los Estados Unidos trabajamos juntos en los cabarets Habana Madrid y Liborio. También grabó conmigo en el disco Brujerías de Cándido. Después se fue a vivir para Las Vegas, y de ahí para Miami.

En esa misma época, cuando trabajaba en el cabaret Liborio, también acompañé a Olga Guillot, a Rolando Laserie y varias veces a Celia Cruz. Yo llamaba a Celia señora dos veces: señora en el escenario y señora fuera del escenario.

¿Por qué una tercera conga?

Esa idea se me ocurrió cuando empecé a ir a los conciertos de la orquesta sinfónica aquí en los Estados Unidos. Yo veía al “timpanista” tocando con tres tambores, y hacía un redoble de acuerdo con la última nota de la pieza que estaba tocando. Los tres tambores estaban afinados de acuerdo con esa nota. Ahí fue que se me ocurrió esa idea.

En 1950 introduje la tercera conga; hasta entonces eran dos. Para poder tocar la melodía me faltaba una conga. Las tres congas tienen que estar afinadas en diferentes notas cada una. Las tres congas tocan la melodía, después el ritmo y después la improvisación, que es lo que llaman “el solo de congas”.

El solo puede hacerse en el momento que uno quiera, antes de la melodía o después. En mi caso, casi siempre lo hago después de la melodía, para cerrar, acompañar la nota del final de la pieza y hacer más fuerte el último acorde.

Si pudiera tocar en Cuba, ¿con que músicos le gustaría compartir el escenario?

Me gustaría tocar con los mismos músicos, aunque ya la mayoría han muerto: Bebo Valdes, Chico O’Farril, Chano Pozo, con quien trabajé cuando se inauguró el cabaret Tropicana. El show se llamaba Congo Pantera. Chano era la estrella del show y yo estaba con la orquesta de Armandito Romeu. Yo vine para Estados Unidos en julio de 1946 y Chano llegó ese mismo año, unos meses después.

¿Quién es el músico más grande que ha dado Cuba?

Ernesto Lecuona.

¿Sigue siendo cubano después de vivir 60 años en Nueva York?

Yo digo que un cubano puede estar fuera de Cuba, pero Cuba no puede estar fuera de un cubano. Sigo comiendo mucho arroz con frijoles negros, picadillo, plátanos maduros fritos, aguacate y yuca. Aunque lleve toda la vida viviendo en Nueva York, eso no se puede olvidar.


XIX Congreso anual del CCCNY

 



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PROGRAMA:

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¡Dos días de historia, cine, literatura,

gastronomía, arquitectura,

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Con énfasis en las principales

oleadas migratorias desde

la llegada de Colón a la Isla

hasta el presente:

Asturias, Galicia, las Islas Canarias,

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SÁBADO Y DOMINGO

21 y 22 de noviembre, 2020



Complementado en diciembre con tres espectáculos

exclusivos para los asistentes al Congreso:


EL PUNTO CUBANO Y EL SON 

LA INDIANA (Premiere Mundial)

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Cándido Camero, el inigualable rey de las tres congas



Por Luis Leonel León 

La madrugada del sábado 7 de noviembre falleció en Manhattan, New York, Cándido Camero, uno de los grandes instrumentistas cubanos de todos los tiempos y el único percusionista de la isla ganador del Jazz Master Award, que otorga National Endowment for the Arts, uno de los más altos galardones artísticos.

"Tuvo una muerte natural, mientras dormía, en paz, tal como él vivió. Sus amigos cercanos estamos muy orgullosos, no sólo de su inmensa obra musical sino también de su vida. Nos conocimos trabajando pero nos convertimos en una familia. Se ha ido un artista único y un ser humano excepcional", aseguró desde el barrio de Hell's Kitchen el dramaturgo y director cubanoamericano Iván Acosta, uno de sus más cercanos amigos.

Su abogado y también amigo Roberto Marrero reveló que "antes de acostarse, la noche anterior, estaba riéndose, con muy buen apetito como siempre, la mente la tenía muy bien a pesar de estar a punto de cumplir 100 años [los cumpliría en abril]. Su humildad, educación y buen carácter le hicieron rodearse de amor hasta el último de sus días. Le recordaremos siempre".

"Mi abuelo fue para mí un ejemplo en todo. Yo llegué a Miami en una balsa en 1991 y sólo le conocía por fotos”, declaró su nieto Julián Camero, desde New Jersey.

"Cuando de Emigración [tras la llegada del nieto a EEUU] le llamaron, él les dijo que estaría muy feliz de hacerse cargo. Me preguntó si yo quería quedarme con él y le dije que sí. Me fui a Nueva York y me consiguió trabajo, me enseñó muchas cosas, siempre me dio muy buenos consejos, prácticamente fue quien me formó porque cuando uno llega de Cuba viene con una ideología equivocada. Le debo mucho y siempre estará en mi corazón", expresó.

Reconocido como el padre de la percusión cubana moderna, Camero se convirtió desde hace varias décadas en una leyenda y una cátedra para congueros, especialmente en el espectro del jazz, el latin jazz y los ritmos afrocubanos. Parte de su legado ha quedado registrado en el documental Cándido manos de fuego, de Iván Acosta, exhibido en festivales de cine, eventos musicales y transmitido por televisoras de Estados Unidos y otras naciones. La productora Latin Jazz USA, de Acosta, produjo un disco homónimo, grabado al igual que el filme entre Nueva York y Miami. En amazon.com se encuentran el disco y la película.

Nacido en el barrio habanero de El Cerro el 22 de abril de 1921, Cándido comenzó a tocar el bongó a los 4 años, debutó profesionalmente a los 14 y con 25 se estableció en Estados Unidos, donde rápidamente fue contratado por el pianista Billy Taylor, luego por el trompetista y compositor Dizzy Gillespie, fue solista de la big band de Stan Kenton, y viajó con éxito por prestigiosos escenarios del país acompañado de su güiro e introduciendo el empleo de tres congas con diferentes afinaciones, en tiempos en que se solía tocar sólo una. Fue éste precisamente, uno de sus notables aportes a la música.

Para lograr sonidos específicos, Cándido volteaba las congas o tumbadoras afrocubanas, lo cual contribuyó a la formación de su estilo y a ser disfrutado no sólo como un talentoso instrumentista sino también como un showman. Fue el primer percusionista en popularizar las congas en el ámbito del jazz y la música popular en el mundo.

Realizó más de 700 grabaciones como instrumentista, compositor o arreglista, con muchos de los imprescindibles en la música del siglo XX. Charlie Parker, Miles Davis, Dizzy Gillespie, Billy Taylor, Tito Puente, La Lupe, Celia Cruz, Duke Ellington, Dinah Washington, Lionel Hampton, Mongo Santamaría, Buddy Rich, Billie Holiday, Clark Terry y su amigo Tony Bennett, son algunos de ellos.

El 4 de julio de 1946 llegó Miami, de donde partió a New York para acompañar a los populares bailarines Carmen y Rolando en un show donde Dean Martin y Jerry Lewis eran las estrellas. En la Gran Manzana estableció por más de 70 años su residencia y desarrolló la mayor parte de su obra.

Su último viaje a la Ciudad del Sol lo realizó para presentarse en el Adrienne Arsht Center en el homenaje a su amigo Cachao (The Master of Mambo, tributo al gran Israel “Cachao” López). En esa ocasión también ofreció un concierto en la galería de la emisora especializada en jazz WDNA, y asistió a presentaciones en la librería Books and Books de dos títulos de Iván Acosta (Con una canción cubana el corazón y El super. Edición 40 años) y participó en el rodaje de escenas de la película documental Cándido, el rey de las 3 congas.

En aquella ocasión declaró su amor por la Calle 8 de Miami: "Me gustaría vivir aquí lo que me queda de vida. Ver a tantos cubanos siempre me llena de emoción. Doy gracias a Dios por todo esto”.

El productor cubanoamericano Nelson Albareda, uno de los organizadores del homenaje a Cachao en que el tumbador Camero participó y actuó, tras enterarse del deceso del afamado instrumentista, declaró: “Para mí fue un inmenso placer haber podido trabajar con el legendario músico Cándido Camero: el último y valedero representante del afro-latin jazz. Digno ejemplo de elegancia y profesionalismo en su máxima expresión. ¡Que En Paz Descanse!"

Le sobreviven en New Jersey su nieto Julián Camero, de 51 años, y su bisnieta Juliett, de 10 meses. En Cuba, a donde se negó a regresar mientras imperara el régimen comunista, le sobreviven su hija Emérita y otros familiares. Todavía no se ha anunciado la fecha de los servicios fúnebres. Se espera que el anuncio se dé a conocer este lunes.

Thursday, November 12, 2020

Cándido Camero (1921-2020)

Cádido Camero con Dizzy Gillespie y Carlie Parker en 1950

 

Cándido Camero, leyenda de la música cubana y pionero de la percusión en la Isla, murió el sábado en Nueva York, informó a NPR WBGO, su nieto, Julian Camero, quien precisó que el conguero falleció tranquilamente en su casa.

La carrera profesional de Camero abarcó toda la historia del desarrollo del jazz latino en EEUU y Cuba. Fue uno de los primeros percusionistas cubanos en llegar y actuar en Nueva York con orquestas de baile y músicos de jazz asentados en Estados Unidos a fines de la década de 1940, señaló el medio.

Su larga y prolífica carrera incluyó colaboraciones con músicos de jazz como Charlie Parker, Dizzy Gillespie y Billy Taylor, el vocalista Tony Bennett, las orquestas latinas de Tito Puente y Machito, y también incluyó un disco de éxito durante la era disco de la década de 1970.

Sus logros pioneros incluyen ser uno de los primeros en tocar múltiples tambores de conga durante sus actuaciones, afinando notas específicas para poder tocar melodías.

Cuando Camero llegó a Nueva York en 1947, ya era un reconocido músico en La Habana como percusionista y también por tocar el tres cubano. Pasó ocho años tocando en la famosa discoteca Tropicana, respaldando a las mayores estrellas cubanas de la época y contaba con el joven Mongo Santamaría entre sus compañeros de banda.

Asimismo, fue contemporáneo del legendario Chano Pozo, otro percusionista e intérprete que introdujo la batería y los ritmos afrocubanos en el jazz a través de Dizzy Gillespie a finales de los años 40 en Nueva York.

Después de la muerte de Pozo en 1948, la demanda de ritmos cubanos en el jazz y la música de baile popular fue tal que Camero y otros cubanos contribuyeron a algunos de los primeros casos de cruce entre músicos latinoamericanos y estadounidenses.

Otra contribución al desarrollo de la música cubana en general fue la introducción de técnicas de percusión que le permitieron tocar más de un tambor de conga a la vez. Si bien ahora es algo común, los historiadores y compañeros músicos le atribuyen a Camero ser el primero en dominar esto.

NPR Music recuerda que en una entrevista en video con el músico Bobby Sanabria en 1996, Camero explicó que la necesidad fue la madre de la invención. Fue contratado para actuar en Nueva York con una revista popular de música y danza cubana que no tenía el presupuesto para llevar a todos los músicos de la compañía. Así que aprendió a tocar todas las partes de la batería él mismo en dos, y finalmente en tres. 

A medida que la tecnología de fabricación de tambores cambió, pudo tocar melodías en tambores afinados con notas musicales específicas.

"Venerado como pionero del género, innovador musical y por su aguda memoria, Camero fue la última conexión viva con un momento alquímico de la década de 1940 que dio origen a todo un género musical: el jazz latino", subrayó el medio.

Fue reconocido por eso cuando recibió el premio National Endowment For the Arts Jazz Masters en 2008 y un premio Grammy Lifetime Achievement en 2009.


Tomado de Diario de Cuba

Wednesday, November 11, 2020

Pluma y Plumero: Palabras y Papeles de Reinaldo Arenas

 

Desde su llegada a Nueva York como refugiados en 1980, Reinaldo Arenas y René Cifuentes formaron una íntima y jocosa amistad que duraría hasta los últimos años del escritor, con el cual colaboraría en diferentes proyectos, incluyendo la fundación de la revista Mariel. En su charla, Cifuentes intenta explicar esta amistad, plenamente documentada con fotos, grabaciones de llamadas telefónicas, notas y postales, ahora depositadas en la Cuban Heritage Collection (Colección de la Herencia Cuba), para conmemorar el 40 aniversario del éxodo de Mariel y los 30 años de la desaparición de Reinaldo Arenas.


Upon their arrival as refugees in New York in 1980, Reinaldo Arenas and René Cifuentes formed an intimate and playful friendship that would last through the writer’s final years. During that time, the two collaborated on multiple projects, including founding Mariel magazine. In his talk, Cifuentes attempts to explain this friendship, which is expansively documented with photos, telephone recordings, notes and postcards, now in the Cuban Heritage Collection, in commemoration of the 40th anniversary of the Mariel exodus and the 30 years since the loss of Reinaldo Arenas.
 

*El evento será presentado en español. / The event will be presented in Spanish.

Ver enlace aquí

Sobre el Presentador: René Cifuentes nació en Camagüey en 1953 y se trasladó a La Habana en 1971 para estudiar en la Escuela Nacional de Instructores de Arte. Mientras estudiaba en dicha escuela, intentó abandonar el país clandestinamente y fue condenado a tres años en cárcel. Exiliado en Nueva York en 1980, fue uno de los fundadores de la revista Mariel, y sus artículos y ficciones aparecieron en esa publicación y en varias otras en los Estados Unidos y América Latina. Está retirado después de trabajar 18 años en el Museo de Arte Moderno (MoMA), donde ahora ejerce como voluntario.

About the Speaker: René Cifuentes was born in Camagüey in 1953 and moved to Havana in 1971 to study at the National School for Art Instructors. While studying there, he attempted to leave the country illegally and was sentenced to three years in prison. Exiled to New York in 1980, he was one of the founders of Mariel magazine. His essays and short stories appeared there and in various magazines in the United States and Latin America. He is retired, after having worked for 18 years at the Museum of Modern Art, where he now serves as a volunteer.

Tuesday, November 10, 2020

Recordando a Juan Martínez

Por Alejandro Anreus 



El pasado 11 de octubre falleció en su hogar en Coconut Grove, Florida, el historiador de arte y profesor universitario Juan A. Martínez. Contaba con 69 años y llevaba casi una década padeciendo de una enfermedad muscular.

Nacido en Jaruco, Cuba, el 2 de septiembre de 1951, Juan partió al exilio siendo un adolescente con su familia por vía de España. Finalmente la familia se radicó en Miami, donde viviría el resto de su vida. Juan se doctoró en Historia de Arte en la Universidad del Estado de la Florida, donde su tesis fue transformada en su primer libro, el hoy clásico e indispensable Cuban Art and National Identity. The Vanguardia Painters, 1927-1950 (1994).

Ejerció la docencia primero en Miami Dade Community College, y en Florida International University, de donde se jubiló debido a las dificultades de su enfermedad. Tuvo dos hijos de su primer matrimonio (Natalia e Iván), y paso los últimos años de su vida con su segunda esposa, la maestra de arte y pintora Patricia Wiesen.

Estos son los hechos básicos que conformaron su vida, y que no nos dan una idea más allá de lo superficial. El hombre, el maestro y el intelectual que fue Juan Martínez van más allá de estos hechos materiales.

Un hombre sereno y alegre, Juan era como dice el poema de Antonio Machado, bueno "en el buen sentido de la palabra bueno". Sus alumnos y amigos lo llamábamos "profe" —sin duda un reflejo de su generosidad en compartir, enseñar, pero siempre con modestia.

Leí su importante primer libro con admiración en cuanto salió, y lo conocí en 1994, en la tercera reencarnación del Museo Cubano. Ambos, junto con Ricardo Viera, Lynette Bosch e Inverna Lockpez, habíamos sido invitados a formar parte de un comité de consejeros. Tristemente, nuestros "consejos" no tuvieron mucho impacto y el museo finalmente cerró. Juan, con la ayuda de Ramón Cernuda, salvó la modesta colección, la cual terminó en el Museo de la Universidad de Miami.

De ese encuentro inicial creció nuestra amistad, y la verdad que nos llevamos bien desde el primer instante. Compartíamos una pasión por el arte de Cuba y Latinoamérica, un sentido de humor irreverente, el compromiso con lo que Juan llamaba "una prosa franciscana y transparente" y, siendo productos del exilio cubano, un anticastrismo independiente y de izquierda.

Cualquier estudiante de Arte cubano que se acercaba a Juan, era recibido generosamente. Él daba consejos, presentaba coleccionistas y artistas, abría puertas y leía manuscritos. Fue un mentor generoso de eminentes curadores e historiadores de Arte como E. Carmen Ramos, Roció Aranda Alvarado y Abigail McEwen, y muchos más.

Ahí están sus libros y sus ensayos y las exposiciones que organizó: todas pioneras y esenciales en el arte de Cuba y del exilio.

Nos encontrábamos al menos una vez al año en la conferencia de historiadores de arte y artistas visuales (College Art Association) —en New York, Los Angeles, Chicago, Boston. Eran tres o cuatro días de intercambio intelectual, bromas, alegría y cervezas, visitas a los museos locales y quejas sobre el frío pues la conferencia siempre se daba en febrero.

En 1999, en Los Ángeles, Juan y yo presentamos el primer panel en College Art Association, exclusivamente dedicado al arte cubano. Recuerdo nuestras caminatas por el downtown, buscando un buen expreso, y visitando el recién abierto Getty Museum, donde quedamos deslumbrados por La entrada de Cristo en Bruselas, del belga James Ensor.

Juan me invitaba a participar en paneles en Miami, y así comencé a visitar la ciudad con frecuencia. Inevitablemente íbamos al Versailles a tomar café y comer pastelitos de guayaba o sopa de malanga. En un nivel profundo, a Juan le debo mi reencuentro y reconciliación con Miami y la aceptación de que es, para bien y para mal, la capital espiritual del exilio cubano. También le debo amigos esenciales como Arturo Rodríguez y Demi, y Ramón y Nercys Cernuda. Los verdaderos amigos siempre nos regalan sus buenos amigos y Juan hacía eso con frecuencia.

En 2002 ambos presentamos uno de los primeros paneles de arte latinoamericano en la conferencia anual de historiadores de arte del Reino Unido. Fue en la maravillosa Liverpool. Bebimos extraordinarias cervezas, comimos fish and chips, y nos empachamos visualmente con los cuadros de los prerrafaelitas y los "Glasgow Boys" en el Museo de Arte de la ciudad.

La última noche de la conferencia, después de la obligatoria y aburridísima cena oficial, salimos con un colega irlandés llamado McGuinness en busca de una taberna cuyo edificio había sido un banco Beaux Arts en el siglo XIX. El lugar tenía fama de tener la mejor cerveza oscura local, cosa que comprobamos generosamente hasta que cerró su puerta de madrugada. A esa hora ya no había autobuses y era muy difícil encontrar un taxi. Gracias al buen humor de un policía que nos encaminó con instrucciones hacia el dormitorio de estudiantes donde nos estábamos hospedando los conferencistas, salimos andando.

Creo que caminamos como una hora y media, atravesando partes de la ciudad de Liverpool. De pronto Juan se dio cuenta que estábamos frente al club donde los Beatles habían comenzado su carrera y en unos minutos cruzábamos Abbey Road.

Espontáneamente los tres nos pusimos a cantar la canción con entusiasmo, y la melodía cantada con acentos cubano e irlandés abrió un par de ventanas en el barrio y nos mandaron a callar. Minutos más tarde, ya sobrios y entrando en los dormitorios, Juan me dijo, "Alejo, la verdad que la calle no era nada del otro mundo, pero de nuevo el arte transformó lo ordinario en una melodía inolvidable".

En febrero de 2011 presentamos su monografía de María Brito —parte de la serie A Ver— en El Museo del Barrio de Nueva York. La presentación fue un éxito rotundo; se vendieron muchos libros y Juan estuvo brillante, chistoso y con su usual claridad. Prácticamente todas las figuras claves de la historia del arte latinoamericano y latino actual estaban presentes; desde Chon Noriega (editor de la serie A Ver) a Mari Carmen Ramírez, Robin A. Greeley y Andrea Giunta, Gustavo Buntix y Florencia Bazzano, Laura Malosetti y Rocío Aranda. Con su usual humor, Juan me comento: "Alejo, si alguien pone una bomba aquí, ¡el arte latinoamericano deja de existir!" Después del evento nos retiramos “los compinches” a celebrar en un restaurante mexicano en Spanish Harlem, donde bebimos bastante Negra Modelo y comimos mole.

Siempre recordare a Juan con una sonrisa —hasta en momentos de confrontaciones verbales en paneles, Juan se reía—. Me decía: "No te encabrones Alejo, no vale la pena. La vida es muy breve para encabronarse por cuestiones de arte". Tenía razón y la sigue teniendo.

Con los años siempre nos dábamos a leer mutuamente lo que escribíamos antes de publicar. Crítico y constructivo en sus comentarios, yo siempre aprendía de sus lecturas. Tuve el placer de leer en manuscrito su monografía sobre María Brito un par de veces, su magnífico libro sobre la vida y obra de Carlos Enríquez (su pintor cubano favorito), y en los últimos años su inédita monografía de Fidelio Ponce, al igual que prosas breves donde mezclaba la ficción con la creación de una obra de arte específica, fuera cuadros de Ponce o Enríquez o una foto cubana de Walker Evans.

Nuestros encuentros más inolvidables fueron los deliciosos almuerzos preparados por su mujer Patricia, con Arturo Rodríguez, Demi y María Brito, mi mujer y mi hija. Con afecto y humor, sentado a la cabeza de la mesa, Juan celebraba con nosotros el sacramento de la amistad.

Sobre las figuras claves de vanguardia cubana coincidíamos. Ambos éramos devotos de "los tres grandes": Peláez, Enríquez y Ponce, debido a sus visiones originales del mundo y su único lenguaje plástico. Y también nos gustaban los artistas excéntricos y marginales como Arístides Fernández y Rafael Blanco. Sobre los artistas de nuestro exilio también coincidíamos: los de "peso completo" eran Rafael Soriano y Gay García, seguidos por Roberto Estopiñán y Agustín Fernández, y de los cubanoamericanos igual: los importantes eran Arturo Rodríguez y María Brito, Luis Cruz Azaceta y Demi, Mario Bencomo y Juana Valdés, y los difuntos Carlos Macia, Fernando Luis y Juan González.

En noviembre del 2016 Juan me honró visitando (ya en silla de ruedas) la exposición de Cruz Azaceta que organicé para el Museo Cubano en Coral Way, Miami. Lentamente repasamos la muestra, pieza por pieza, comentándolas y haciéndonos preguntas mutuas. Nunca olvidaré esa experiencia.

Los últimos dos años fueron duros para él. Su cuerpo se deterioraba rápidamente, mientras su mente mantenía una hermosa lucidez. Nunca se quejaba, siempre era positivo, hablaba de su nueva nieta con júbilo, de un libro que había leído o película que había visto recientemente.

La última vez que hablamos a finales de julio, me dijo que los días eran bastante difíciles, pero que todavía tenía momentos buenos, gracias a Patricia y a sus hijos. Me habló de un sueño en que él, Carlos Enríquez y yo estábamos en la taberna de Liverpool, y que el pintor formó una bronca pidiendo ron Matusalén, pues los taberneros no lo tenían. Nos reímos, me pidió excusas pues se sentía cansado y terminamos de hablar. Prometí volver a llamarlo. Intercambiamos textos durante sus últimos meses de vida, pero no volvimos a conversar. Seguiré conversando con sus libros.


Friday, November 6, 2020

NUEVO LIBRO DEL ACADÉMICO FEDERICO R. JUSTINIANI

 


Acaba de ser publicado Apuntes para la historia de los hospitales de La Habana. Esta obra relata la historia de los hospitales de la capital cubana desde la época colonial hasta el advenimiento de la revolución comunista en 1959. Contiene un breve preámbulo con la historia de la asistencia médica ambulatoria en La Habana, comenzando en el siglo XIX, que prepara el escenario histórico para el contenido del mismo. Este está dividido en cuatro capítulos: las historias de los hospitales públicos, de los Centros Regionales Mutualistas, de las Quintas Semiprivadas del siglo XIX y de los hospitales privados. El libro contiene ilustraciones pertinentes que añaden un componente visual al texto. El propósito del autor al escribir este registro historiográfico ha sido complementar la historia de la medicina cubana que comenzara con la publicación de su anterior libro, Personalidades en la historia de la medicina cubana 1760-1959.

 

Apuntes para la historia de los hospitales de La Habana está disponible en Amazon.com en el siguiente enlace: https://www.amazon.com/dp/B08M255SF7

Monday, November 2, 2020

La invasión de Granada: una historia mal contada*



Por Luis Cino 

LA HABANA, Cuba. – A pesar de los años transcurridos, no he podido olvidar aquel día. Y no es para menos: las noticias de la invasión me estropearon completamente una noche que prometía ser muy especial.

Entonces, enamoraba a la que sería posteriormente la madre de mis hijos. Esa noche, para reconciliarnos por alguna desavenencia, habíamos ido a comer al Renacimiento, un restaurante en la calle Juan Delgado, en Santos Suárez, que no era una maravilla, pero no estaba mal para la época, pese a aquellos precios que entonces nos parecían excesivos y que hoy resultarían una ganga.

Al llegar a la casa, cuando ya nos disponíamos a amarnos con ganas, un adusto y bigotudo locutor vestido de miliciano leyó en la TV, con voz grave, un dramático comunicado oficial en el que se anunciaba que los cubanos que estaban en Granada enfrascados en la construcción de un aeropuerto se habían enfrentado a la 82 División Aerotransportada y habían muerto combatiendo. El comunicado concluía asegurando que el último de ellos se había inmolado abrazado a la bandera.

Mi novia lloraba a moco tendido. Se enfureció cuando dije que la culpa de esos muertos era de Fidel Castro, que había ordenado a los cubanos, civiles en su mayoría, que pelearan y no se rindieran. O sea, que se suicidaran.

Poco faltó para que se acabara nuestro noviazgo. No se acabó, pero esa noche no hicimos el amor. Mi novia prefirió irse a su casa para llorar a solas.

Unos días después nos enteraríamos del gran papelazo que había hecho el régimen al dar por hecho lo que suponía Fidel Castro que habría ocurrido a los cubanos en Granada si hubiesen cumplido sus órdenes. Afortunadamente, no las cumplieron, y así los muertos, en lugar de 700, fueron 25.

Los cubanos hechos prisioneros fueron devueltos a Cuba. Los 25 muertos también. Hubo un luto nacional riguroso de varios días. Parecíamos condenados a las banderas a media asta, los himnos revolucionarios y las canciones de Sara González, pero eso fue hasta que una semana después se apareció el venezolano Oscar de León en el Festival de Varadero y puso a bailar salsa a la mayoría de los cubanos, incluida mi novia, que desde entonces creyó menos en las informaciones del periódico Granma y el NTV.

Lo ocurrido en Granada en octubre de 1983 es una historia que nos fue muy mal contada a los cubanos, con tantas mentiras y distorsiones como hubo y hay en los medios oficiales cubanos.

Maurice Bishop, el premier socialista de Granada, no fue derrocado y asesinado por los soldados norteamericanos que invadieron su país, como pudiera suponerse a juzgar por lo que dicen –o más bien no dicen- Granma y el NTV.

Bishop había sido depuesto, semanas antes de la invasión norteamericana, por un golpe de estado de elementos ultraizquierdistas del Movimiento New Jewel, dirigidos por Bernard Coard y Hudson Austin.

Cuando las fuerzas norteamericanas invadieron Granada el 25 de octubre, hacía ocho días que Maurice Bishop estaba muerto. Bishop, su amante, la ministra de Educación Jacqueline Creft y otros 15 integrantes de su gabinete fueron ultimados por los golpistas en Fort Rupert el 17 de octubre.

No obstante, del modo que los medios oficiales cubanos y Telesur siguen contando la historia de lo ocurrido en Granada, parecería que los responsables del asesinato de Bishop y sus ministros fueron los norteamericanos y no los golpistas del Consejo Revolucionario Militar.

De no haber ocurrido la invasión norteamericana, ¿habría el régimen cubano apoyado al nuevo régimen instaurado en Granada? Es probable que sí, porque a pesar de las excelentes relaciones de Fidel Castro con Bishop, luego de su derrocamiento y posterior asesinato, no fueron evacuados los varios cientos de cubanos que había en Granada, la mayoría de los cuales trabajaba en la construcción de un aeropuerto en Point Salines, al sur de la isla.

El régimen cubano aseguraba que aquel aeropuerto sería destinado al turismo internacional, pero el gobierno norteamericano sospechaba que sería utilizado con fines militares por la Unión Soviética y Cuba, en momentos en que los conflictos en Centroamérica y Angola estaban en su apogeo.

Aunque el presidente Ronald Reagan alegó que la invasión se proponía salvaguardar las vidas de más de un centenar de norteamericanos que estudiaban en la Escuela de Medicina de la Saint George’s University, en realidad, su principal propósito fue impedir que el estratégico aeropuerto, con una pista de aterrizaje de más de 10 000 pies, se convirtiera en una especie de portaaviones soviético en el Caribe.


*Tomado de America 2.1

 

Las vidas robadas a los cubanos


www.CubaArchive.org

Las vidas robadas a los cubanos
Archivo Cuba documenta e informa sobre el costo en vidas de la Revolución cubana durante dos dictaduras desde 1952 (de Batista y de Castro) y de todos los lados del espectro político. Esto ilustra la imperiosa necesidad de que los cubanos puedan por fin vivir en un estado democrático bajo el imperio de la ley que proteja su derecho a la vida y todas sus libertades fundamentales.
 
No se trata de números
Con frecuencia nos preguntan sobre "los números." A la fecha, nuestra base de datos de casos documentados de muerte y desaparición tiene 11.303 casos. Sin embargo, este trabajo en progreso no se trata de números, se trata de personas, seres humanos reales cuyas vidas han sido robadas prematuramente por la violencia política, directa o indirectamente. Estas pérdidas, injustas y a menudo brutales, han impactado a muchas más personas: familiares, amigos, vecinos, compañeros, etc., y han repercutido ampliamente en la nación.
 
El testimonio en video de personas de carne y hueso
A continuación vea los enlaces a dos breves entrevistas en video de dos jóvenes fusilados por el régimen de los Castro. A la fecha, la base de datos documenta 3.045 fusilamientos. Ofrecen una visión personal de las vidas truncadas por un régimen que aún está en el poder cometiendo estos excesos. Vea una actualización del 31 de diciembre de 2019 que revela la diversidad de estos atropellos a lo largo de mas de seis décadas y que continúa.
 
Marta González recuerda a su primo Gerardo Fundora, fusilado el 22 de octubre de 1960 en el campo de tiro de Limonar, Las Villas.
Gerardo Fundora Nuñez, de 32 años, trabajaba en la fábrica Rayonera de Matanzas, estaba casado y tenía tres hijos varones. Era líder sindical, Secretario General del Sindicato de Trabajadores Textiles de Matanzas y miembro de la resistencia contra Batista; incluso, se había exiliado en México con los hermanos Castro cuando planificaban invadir Cuba. Pero se opuso a la traición de la revolución por parte del pequeño grupo radical liderado por los hermanos Castro y formó un pequeño grupo de resistencia en Palenque, Matanzas. Fue capturado con algunos miembros de su grupo, torturado en la prisión del Castillo de San Severino y ejecutado muy poco tiempo después sin celebrársele juicio. Lo acusaron de disparar contra una niña, que la familia insiste había sido muerta por milicias gubernamentales que viajaban en un jeep. Antes de fusilarlo, lo exhibieron por la ciudad de Matanzas en una camioneta para infundirle miedo a la población. Se le negó la visita de un sacerdote antes de su ejecución y fue llevado a un campo de tiro alrededor de las 5 de la mañana junto con el ataúd en el que colocarían su cadáver. Rehusó valientemente cubrirse los ojos ante el pelotón de fusilamiento. A la familia se le negaron los restos y al enterarse dónde lo habían enterrado, le llevaron flores y rindieron un homenaje. Los miembros de su grupo de resistencia que habían sido capturados fueron condenados a treinta años de prisión.

Araenis León Ruíz habla sobre el fusilamiento de su tío, Angel Moisés Ruíz Ramos, el 1ro de diciembre de 1961 en el cementerio Agramonte de Matanzas
Angel, conocido por su segundo nombre, Moisés, tenía solo 24 años y provenía de una familia humilde; trabajaba en la agricultura. Era líder de la resistencia de la provincia de Matanzas y fue traicionado por una persona cercana a él. En medio de la noche agentes del gobierno llegaron con capuchas a su casa, donde vivía con sus padres, y lo sacaron con una capucha en la cabeza. Al día siguiente la familia se enteró de que esa misma noche había sido ejecutado, sin juicio previo, con tres amigos de la resistencia: los hermanos Barrabí (Bernardo y Orlando) y Orlando Rodríguez Álvarez. La prensa oficial informó del fusilamiento en el cementerio de Agramonte, donde los enterraron en una fosa común. Antes de la ejecución, les habían extraído la sangre a la fuerza, ya que Cuba vendía productos sanguíneos en el mercado internacional. La familia intentó sin éxito obtener un certificado de defunción.