Tuesday, September 19, 2023

LOS GÉNEROS DE LA MÚSICA CUBANA: DEL LIBRE MERCADO A LA PROPAGANDA CASTRISTA

Por Antonio Gómez Sotolongo

Los géneros de la música popular profesional cubana creados durante la Colonia y la República fueron el resultado de largos procesos de prueba y error en los que el público tenía la última palabra y la educación la primera.

El público tenía la última palabra porque los compositores-intérpretes creaban modelos que se realizaban en el mercado y el público los compraba o no; y la educación tenía la primera palabra porque ese público aceptaba o no los productos de la música de acuerdo con los hábitos de escucha que había adquirido a través de la familia, la escuela, los medios de comunicación y el grupo humano en el que se había desarrollado.

Era la sociedad la que proponía sus modelos en los gustos de los individuos que adquirían los productos de la música popular profesional, y el mercado disponía de esos gustos para crear riquezas y multiplicar sus capitales.

Los géneros de la música folclórica fueron también el resultado de largos procesos espontáneos de grupos humanos en los que el público y el creador eran por lo general los mismos, o al menos todos los individuos participaban de algún modo en el hecho musical a través del canto y/o el baile, y no intervenía el mercado.

Dicho esto, la sociedad era la responsable de la educación musical de cada uno de sus individuos, y si esa sociedad era funcional o disfuncional así pudieron ser los gustos de sus individuos.

En la dictadura castrista, todos los géneros musicales se convirtieron en medios de propaganda del régimen. Los géneros de la música cubana que hasta 1959 tuvieron una inigualable explosión en los mercados por su variedad y calidad, quedaron congelados dentro de la Isla al abolirse la propiedad privada y destruirse la economía de mercado capitalista; y los géneros de la música folclórica, fuente principal de los géneros de la música popular cubana, al ser supervisados también por los ideólogos del PCC, perdieron toda espontaneidad y pasaron a formar parte de la propaganda del régimen.

Custodiados de cerca por el MINCULT, el MININT y el PCC, a través de las Casas de Cultura, escuelas y otras instituciones, todos los géneros de la música cubana creados durante la Era del castrismo quedaron bajo la supervisión de los ideólogos del Partido y dejaron de ser el resultado de largos procesos espontáneos de grupos humanos en los que intervenían el compositor-intérprete, la sociedad, el mercado y el público, a partir de entonces el Partido se colocó en el lugar que había ocupado el Mercado y la música dejó de ser un proceso espontáneo regido por las leyes del mercado y se convirtió en un proceso regido por las ideologías castristas. Y aunque en la larga carrera por vencer los dictados ideológicos el Hip-Hop cubano ha conseguido algunas importantes escapadas, aún no es suficiente, aún no consigue ningún género de la música popular cubana de la Era castrista colocarse en un nicho del mercado internacional como el que tuvieron hace ya más de 60 años; entre otros, la habanera, la criolla, la guajira, el danzón, el mambo, el cha-cha-cha, el bolero, y la conga. Santo Domingo,

Wednesday, September 13, 2023

Soy la hija de Martí


Por Manuel Vázquez Portal

Carmen Miyares fue la mujer definitiva, total de José Martí.
Arcón secreto de toda confidencia.
Verdadero reposo del guerrero.
Meretriz del lecho, dama del salón, compañera de ansias, amiga de agonizante cotidianeidad, timón de casa,
Palinuro de la familia, medicina del alma.
Madre de María.
¿Momento turbio del futuro apóstol? ¿Se aprovecho Martí de una familia en quiebra con un cabeza de familia desvalido?
¿Abusó “el Don Juan” de la vulnerabilidad de una mujer en crisis?
¿Codició el poeta la mujer del prójimo? ¿Traicionó al amigo?
¿Encontró Carmen Miyares algo grandioso en él que no tenía, o ella no le veía en Manuel Mantilla?
Veámoslo con los ojos del doctor Antonio de la Cova.
Apunta De la Cova:
<< Cuando el Apóstol cubano José Martí llegó a Nueva York el 3 de enero de 1880, se albergó en el hogar de su compañero del presidio político, Miguel Fernández Ledesma, en el 337 W. 31 Street. Pocas semanas después, se mudó para la residencia del matrimonio de Manuel Mantilla y Carmen Miyares, en el 49 E. 29 Street, en Manhattan, a seis cuadras de distancia.
Hasta ahora, los escritores han presentado una versión incorrecta y nebulosa sobre Manuel Mantilla. José Manuel Castañón, en Cuba: hablo contigo; sigo hablando contigo (2001) página 117, indica que “en el Centro de Estudios Martianos con Fina García Marruz, le informaron de la vida de Carmen Miyares, “mujer abnegada y luchadora que para mantener a su esposo paralítico y los tres hijos del matrimonio –Manuel, Ernesto, y Carmen, – puso una pensión en Nueva York, a donde fue a alojarse como huésped José Martí.
Tres años después, Rubén Pérez Nápoles, en Martí: el poeta armado (2004), página 230, describe a Manuel Mantilla como “un anciano achacoso y estaba inválido, por lo que en la práctica difícilmente funcionaban las relaciones normales del matrimonio”. El censo de Nueva York de 1880 y el certificado de defunción de Mantilla desmienten estas versiones propagadas durante más de un siglo.
El certificado de defunción No. 519022 de Manuel Mantilla confirma que cuando falleció al mediodía del 12 de febrero de 1885, tenía la edad de 42 años con dos meses y dos días. Por lo tanto, cuando Martí fue a residir en su hogar en 1880, Mantilla tenía 37 años de edad. El censo federal de 1880 lo confirma.
Pérez Nápoles se equivoca al decir que Mantilla era un anciano inválido que no podía tener relaciones matrimoniales. La columna 20 del censo de 1880 pregunta si la persona está “Mutilado, lisiado, postrado en una cama, o con discapacidad.” En la casilla que le corresponde a Mantilla, esta selección no está marcada como cierta.
El certificado de defunción de Mantilla indica que enfermó un año antes de morir, a principios de 1884, afectado por “enfermedad mitral del corazón” que fue la causa principal de su muerte. Como resultado de dicha condición, cinco meses antes de fallecer, Mantilla fue afectado por “congestión de los pulmones, riñón y el hígado.”
Carmen Miyares nunca tuvo que trabajar para “mantener a su esposo” como alega el Centro de Estudios Martianos. El censo de 1880 indica que Mantilla era comerciante a comisión y que su esposa era ama de casa. La familia Mantilla y sus dos huéspedes eran atendidos por una sirvienta alemana y un cocinero cubano. El certificado de defunción de Mantilla indica que estaba empleado como comerciante>>.
Despejadas estas primeras dudas veamos la otra parte que relata el doctor de la Cova,
<<El certificado de nacimiento de María Mantilla señala que ella nació a las 4:40 AM el 28 de noviembre de 1880. (José Francisco Martí Zayas-Bazán nació el 22 de noviembre. Puntería que tenía Martí para embarazar en febrero, y que sus hijos nacieran bajo el signo de Sagitario).
La fecha indica que, si Martí es su padre, la engendró en febrero, (como a su primogénito) pocas semanas después de conocer a la señora Carmen Miyares de Mantilla. (Deslumbramiento mutuo y fulminante que los llevó a la cama). Aunque el certificado de nacimiento señala a Manuel Mantilla como el padre, parece que él no fue quien dio la información ya que su edad de 40 años no es correcta y aparece como desempleado. También la edad de Carmen Miyares es errónea por cinco años, dando a especular, parece probablemente que la doctora Annie M. Brown, quien asistió el parto y firmó el certificado de nacimiento, fue quien anotó los datos. La residencia de la madre, donde ocurrió el nacimiento, es 243 Grand Avenue, Brooklyn, lo que significa que la familia Mantilla se había mudado de donde residían en Manhattan el 5 de junio de 1880, según la fecha del censo.
Todos los relatos históricos concuerdan que Martí vivía como huésped de los Mantilla en febrero de 1880. Sin embargo, cuatro meses después, cuando Carmen Miyares estaba en avanzado estado de embarazo, Martí ya no residía con los Mantilla. El censo federal de Nueva York del 8 de junio de 1880 demuestra que para esa fecha Martí se alojaba en la casa de huéspedes de Henry C. Beers y su familia, en el 345 Fourth Avenue de Manhattan, lejos de la familia Mantilla.
Cuando la esposa de Martí, Carmen Zayas Bazán llegó a Nueva York en diciembre de 1880 con el hijo de ambos, escuchó los rumores que su marido era el padre de María Mantilla. Al poco tiempo, Carmen volvió a Cuba con su hijo y obtuvo pasaporte sin el consentimiento de su esposo, valiéndose de la ayuda del cónsul español.
Tras la muerte de Manuel Mantilla, Martí regresó a vivir con Carmen Mantilla y su familia. El 22 de enero de 1895, el Ministro Español en Washington, Emilio Muruaga, envió un cable al gobierno norteamericano señalando a Manolito Mantilla como “el hijastro del Sr. Martí, el agitador cubano.”



En 1915, Carmen Mantilla viajó a La Habana y se hospedó con la familia Baralt. Allí entregó la biblioteca personal de José Martí al doctor Julio Villaldo.
Carmen Mantilla falleció el 17 de abril de 1925 y fue inhumada en el cementerio Woodlawn en el Bronx, donde posteriormente la acompañaron dos hijos.
Diez años después, su hija María Mantilla ofreció la evidencia más contundente que existe respecto a su paternidad en una carta de nueve páginas que le envió a su hijo, el actor César Romero, el 9 de febrero de 1935.
La misiva relata la vida de José Martí y afirma: “Yo quiero que sepas, querido, que él era mi padre, y yo quiero que tú te sientas orgulloso de eso. Algún día, hablaremos mucho sobre esto, pero claro, esto es solamente para tu conocimiento, y no para publicidad. Esto es mi secreto, y Papá lo sabe.
El 23 de enero de 2004, las nietas de María Mantilla, Victoria y Martí Romero, hijas de Eduardo Romero, viajaron a La Habana y donaron la carta original a la Fragua Martiana. La prensa oficialista castrista reportó la visita y el obsequio del documento, pero no identificaron a las hermanas Romero como las biznietas de José Martí ni tampoco mencionaron que María Mantilla se identifica en la misiva como la hija de Martí.
Por otra parte, un estudio antropométrico realizado por el antropólogo, arqueólogo, médico legal, espeleólogo e historiador doctor Ercilio Vento Canosa, explica, en una entrevista concedida al periodista Yamil Díaz Gómez, que hay un 74.3 % de compatibilidad entre José Martí y María Mantilla, lo que es un % muy por encima del índice de la casualidad.
Los que se desglosaría de la siguiente manera: Forma coincidente de la cara, 1. De las cejas, 2. Ojo, 9. Nariz 5. Labios ,3. Mentón y mejilla, 5. Pelo, 1. Orejas, 12. Manos, 5. Piel, 1. Espacio inter-naso-bucal, 2.
El propio Martí, aunque, como caballero de su época se llevó el secreto a la tumba, le escribe el 9 de abril de 1895: << Y mi hijita ¿qué hace, allá en el Norte, tan lejos? ¿Piensa en la verdad del mundo, en saber, en querer, ─en saber, para poder querer, ─querer con la voluntad, y querer con el cariño? ¿Se sienta, amorosa, junto a su madre triste? ¿Se prepara a la vida, al trabajo virtuoso e independiente de la vida, para ser igual o superior a los que vengan luego, cuando sea mujer, a hablarle de amores, ─a llevársela a lo desconocido, o a la desgracia, con el engaño de unas cuantas palabras simpáticas, o de una figura simpática? ¿Piensa en el trabajo, libre y virtuoso, para que la deseen los hombres buenos, para que la respeten los malos, y para no tener que vender la libertad de su corazón y su hermosura por la mesa y por el vestido? Eso es lo que las mujeres esclavas, ─esclavas por su ignorancia y su incapacidad de valerse, ─llaman en el mundo "amor". Es grande, amor; pero no es eso. Yo amo a mi hijita. Quien no la ame así, no la ama. Amor es delicadeza, esperanza fina, merecimiento y respeto>>.
Y aquí, a 1 mes y 10 días de su muerte, Martí no usa “hijita” como un apelativo cariñoso simplemente, sino, que lo eleva a la categoría de sustantivo legitimador de su paternidad.
En testimonio revelado a la escritora Nydia Sarabia, Maria Teresa Bances, (Teté) viuda de José Francisco Martí, años antes de su fallecimiento dijo: <<Yo no conocía personalmente a María Mantilla. Con mi esposo este tema era delicado y nunca se habló de la existencia de María. Pero llegó el Centenario de Martí en 1953. Como única hija política de Martí fui invitada a un banquete donde asistiría (Fulgencio) Batista que era entonces el presidente de turno…Al fin me convencieron y fui al banquete…Cuál no sería mi sorpresa al anunciar la llegada de María Mantilla. Cuando la vi por primera vez en persona y bastante cerca, me impresionó el parecido que tenía con Pepe Martí, mi esposo, ya fallecido…A medida que la veía conversar con los que la rodeaban, me percataba de que en sus ademanes, su sonrisa, su forma hasta de sentarse, aparte del parecido físico como la cara, las manos, eran tan iguales a las de Pepe Martí, que no pude por menos de convencerme que existía un parentesco entre ambos>>
Como última prueba, el cruce de cartas entre María Mantilla y Gonzalo de Quesada y Miranda, muchos años después. Dice María: <<Yo, como usted sabe soy la hija de Martí, y mis 4 hijos: María Teresa, César, Graciela y Eduardo Romero, son los únicos nietos de José Martí […] Y también quiero dar a conocer los nombres de los cuatro biznietos de Martí. Robert y Holly Hope –hijos de Graciela, y Victoria María y Martí, las hijas de Eduardo […] No me quedan muchos años más de vida, quiero dar a conocer al mundo este secreto que guardo en mi corazón con tanto orgullo y satisfacción>>.
A lo que Gonzalo de Quesada y Miranda responde: << Todos sabemos que usted lo es, y que si por ejemplo nosotros los Quesada nunca lo hemos expresado públicamente es porque no ha sido hasta ahora en que usted autoriza y hasta desea que se haga saber>>.

Monday, September 11, 2023

¿De mujer? Pues puede ser

Por Manuel Vázquez Portal


No niego que tengo cierto problema personal con lo impoluto. Lo hierático. Lo marmóreo. Lo solemne. Lo sacralizado. Lo intocable.
¡Que soy un irreverente! Eso no hay siquiera que discutirlo.
Me gustan los seres humanos con virtudes y miserias. Con valores y defectos. Con audacias y miedos. Con amores y odios. Con corduras y delirios. Con prudencia y desasosiegos. Con creencias e incertidumbres. Con contradicciones y coherencias. Con actitudes y consecuencias. Con criterios y dudas. Con aflicciones y regocijos. Con pudores y procacidades. Con mesuras y descomedimientos.
No creo en los fabricados de una sola pieza; a mi entender, dejan de ser humanos.
El Martí que reverencio, que venero, que admiro no es el del busto de la escuela, y mucho menos el de los panegíricos utilitarios de políticos y académicos; sino, ese otro tipo que acertaba y se equivocaba, que dudaba y arremetía, que elogiaba y fustigaba, que juzgaba y perdonaba, que se despeñaba y escalaba, que soñaba y ponía en práctica, que se fatigaba y renacía.
El Martí que reverencio, que venero, que admiro no es ese ser perfecto, inmaculado, santo (o diablo) que han fabricado las distintas tendencias ideológicas para usarlo o ponerlo a su servicio; sino, ese otro tipo maltrecho, y recompuesto, por un destino que no pudo evadir, y que lo condujo por los más abruptos senderos, por los más oscuros dédalos, por los más luminosos amaneceres. Un tipo que vivió a como sus circunstancias le impusieron, y que no se rindió.
Fue niño y emprendió malcriadeces y trastadas.
Fue adolescente y se masturbó desaforadamente escondido en un baño.
Fue joven y galanteó hasta a las mismísimas brujas.
Fue hombre y erró, y acertó, y gozó, y sufrió, y rió, y lloró, y amó, y odió.
Fue un ser humano antes que poeta, y héroe, y apóstol, y maestro, y gloria, y mármol.
No me le quiten ni me le pongan. No me le coloquen <<máscaras y vicios>> que él detestaba. Déjenme verlo con los trazos con que él mismo dibujó su ser y su imagen. No me lo adornen ni me lo desformen. Despójenmelo de leyendas negras y de mitificaciones áureas.
Aquellos que no puedan admirarlo con desinterés y bondad, por los menos, envídienlo con cortesía, pero, no intenten demeritarlo ni sobrevaluarlo, porque su propia vida los desmentirá.
¿Fue un patriota sin par?
Su historia lo prueba.
¿Fue un poeta extraordinario?
Sus versos lo evidencian.
¿Fue un visionario histórico?
Su legado teórico y práctico lo prueba.
¿Fue un beodo repugnante?
Sus contemporáneos lo niegan.
La leyenda negra partió de una caricatura enemiga en La Política Cómica, publicada el 25 de marzo de 1895, que lo dibuja en un lugar público, junto a una mesa con una botella y una mujer sentada en sus piernas.
Y sobrevino el mote de Pepe Ginebrita y la coña de que era un templón.
Mas, lo cierto es que Martí no bebía Ginebra. Solo bebía Mariani, una bebida estimulante y muy famosa en la época que, según se sabe, era preferida por el Papa León XIII, el presidente estadounidense William McKinley, la Reina Victoria de Inglaterra y Thomas Edison.
Martí gustaba del vino. Lo elogia en varios de sus poemas. Y hablando sobre la fabricación del vino que recién comenzaba en las américas nuestras, califica al vino de: <<culto pagado a las generosas uvas>>, y más adelante agrega: << Hay en la vid algo del espíritu del hombre. Los alcoholes abominables agobian y embrutecen. El vino, sano y discreto, repara las fuerzas perdidas>>. A ese texto también pertenece la célebre frase, <<nuestro vino es agrio, pero es nuestro vino>> que tanto repiten por ahí los citadores de oído, sin apenas saber de dónde coño salió.
Martí no era un curdonauta.
Sabía disfrutar, en las pocas veces que pudo, porque las más de las ocasiones no tenía ni dónde caerse vivo, de los excelentes sorbos de vinos reparadores.
¿Fue un Don Juan?
¿Un Casanovas?
¿Un Bradomín?
¿Un templón cubano?
Su historia de amor lo desdice.
Y esto requiere un poco más de calma.
Martí fue un hombre hecho de amor. Amor a todo lo existente. Al universo y a todas sus criaturas, realidades y sortilegios. Pero su amor mayor fue a la Patria, y la Patria, como ideal, ha sido la única que le correspondió a su altura, convirtiéndolo en eternidad. Luego Carmen Miyares, su gemela en sexo y espíritu. El resto fueron amores inacabados.
¿De mujer? Pues puede ser.
Solo amó con la intensidad de todo su espíritu a cinco de ellas. Y cinco no es siquiera un buen average para un supuesto Marqués de Bradomín.
Los Ligones baratos, los Templones aficionados, los Donjuanes, son proclives al disfrute de las cáscaras, sin detenerse a buscar la almendra, y sin comprometer la fibra honda de la fruta agridulce que es el amor. Y…
Perdónenme esta leve distracción, esta mínima subtrama, esta breve digresión.
Es que me ha venido, ahora mismo a la memoria, una escena que disfruté junto a mi abuelo Pablo Vázquez, quien cursó una escuela de 66 años casado con mi abuela Panchita Marín y murió junto a ella.
Era un plácido atardecer campestre. Abuelo Pablo, rodeado de muchos de sus nietos, derramaba sabiduría sobre nosotros. Y, está más que sabido, que, cuando un grupo de hombres está hablando “cosas de hombres”, es siempre sobre mujeres. Uno de mis primos mayores contó:
─Abuelo, lo hice tres veces anoche con Dorita, la vecina.
Abuelo lo miró hondo. Puso los ojos pícaros. Y de la voz le brotaron como sutiles tijeretazos que le desataron todos los amarres a la risa:
─ ¿Tan malos te quedaron los dos primeros que tuviste que repetir?
Juro que entonces no saqué conclusiones. Aún ni siquiera tenía muy claro por dónde le entraban las veces a Dorita. Pero no lo olvidé. Cuando el abuelo Pablo Vázquez decía cosas había que recordarlas por si se necesitaban en el futuro.
Y, pensando en lo Ligones, los Templones, los Donjuanes y Martí, he comprendido mejor al abuelo.
Martí no veía el amor como algo únicamente carnal y desechable una vez usado. No mentía para conquistar. No veía a la mujer como una mariposa que había que atrapar y luego abandonar. Mientras que el Don Juan siente compulsión irresistible a seducir, engañar y huir. El Don Juan es un esclavo de la cantidad. Es un adicto. Es desafiante. Es burlesco. Es desprecio a la mujer que, una vez conseguida, ha de abandonarse. Y quizás por eso, más que un Don Juan, como algunos quieren pintarlo, Martí fue un padecedor iterativo. Sobre tal detalle, Gonzalo de Quesada y Miranda apunta: <<Martí no fue ni nunca pudo ser el tipo del enamorado frívolo, del clásico Don Juan>>.
Y si acudimos a la parte exterior, no emocional del hecho, nos damos cuenta de que Martí no reunía las cualidades físicas del Don Juan típico. Tenía solo a su favor poseer el aura del rebelde heroico y la locuacidad suficiente para hechizar, pero, era chiquitico (apenas 5 pies y 46 centímetros, y unas 138 libras de peso), cabezón, patizambo, con las orejas tan separadas de la cabeza que asemejaba un SUV con las puertas abiertas, feas cicatrices de los grilletes en los tobillos y los párpados algo corroídos por la cal de las canteras. Y aunque el alma de la mujer es como el corazón con que Dios ve lo invisible, el refrán popular de “caballo grande ande o no ande” también juega su papel, y, según otra leyenda muy propia del imaginario popular cubano, Martí, lo único que tenía de equino no era visible a los ojos, y quizás por ahí le salía el agua al coco.
Por lo que les propongo que hagamos un recorrido ligero por los amores de Martí.
Según el propio Gonzalo de Quesada y Miranda, cuando Martí llega a esa edad en que el varón necesita amancebarse, y ello ocurre en la Zaragoza de 1870, tras la primera deportación que sufrió, se cuentan unas 14 aventurillas sin resultados. Pero que, en una de ellas, y en la cual ya el futuro apóstol juega en serio, han sido muchos los que dedujeron que con Blanca Montalvo se inició en el amor y en el sexo. <<Allí tuve un buen amigo, / allí quise a una mujer>>. El amigo era el joven pintor zaragozano Pablo Gonzalvo, y la mujer Blanca Montalvo.
Blanca Montalvo era la cuarta de una familia modesta de seis hermanos, de la que Martí, se enamora y, a pesar de la oposición paterna de la muchacha, la relación fue adelante y se veían a escondidas. Este fue, al parecer, el amor inaugural e inolvidable para el joven de 22 años que era el Martí de entonces, y por ello afirmará 20 años después: <<Amo la tierra florida, / musulmana o española, / donde rompió su corola / la poca flor de mi vida>>. Focalizo los dos últimos versos, porque esta confesión metafórica viene a corroborar la opinión de muchos de que, con Blanca Montalvo, Martí chocó con la bola por primera vez.

Todo indica que Martí nació para que el amor no le permitiera llegar a extra inings. El segundo gran juego, fue con la actriz mexicana Rosario de la Peña. Una mujer que sin ser escritora está ligada a la historia de las letras de su país en el Siglo XIX. A las tertulias en su casa asistía lo más granado de la intelectualidad de la época. Martí la conoció en 1875. Lo introdujo ante ella el médico y poeta Juan de Dios Peza.
Y ahí mismo el tipo se encalabernó de nuevo. Y volvió a chocar con el cinturón de castidad que aquella mujer interpuso a su pasión, y a la pasión de todos lo que quisieron quimbársela. ¿Sospechoso? Bueno. Habrá que averiguar sobre la sexualidad de la Charo.
No aceptó nunca a ninguno.

Rosario de la Peña y Llerena

La quisieron ligar Manuel Acuña, Ignacio Ramírez, Guillermo Prieto, Ignacio Altamirano, Justo Sierra, Manuel María Flórez, Juan de Dios Peza, y José Martí; y no fue hasta más de 50 años después, ya con 77 años de edad que Rosario confesó sus simpatías por Martí. Le respondió a un reportero:
─ ¿Cuál era el más simpático? ─ Preguntó el periodista.
─Pepe Martí, ¡Qué duda cabe! Era el Libertador un hombre agradable, en extremo insinuante y en los ojos traía todo el sol de su isla nativa.
Pero ya no se valía. Después que el Pepe había demostrado con su obra y con su vida que era un ser grandioso, todo el mundo lo halló simpático, atractivo y luminoso, pero antes de reventar tuvo pocas flores que comer,
Y hasta ahí las clases con la azteca sobre quien se conserva este escopetazo que el Pepe le metió a boca de jarro:
En ti pensaba, en tus cabellos
Que el mundo de la sombra envidiaría,
Y puse un punto de mi vida en ellos
Y quise yo soñar que tú eras mía.
Ando yo por la tierra con los ojos
Alzados ─ ¡oh, mi afán! ─ a tanta altura
Que en ira altiva o míseros sonrojos
Encéndiolos la humana criatura.
Vivir, ─Saber morir; así me aqueja
Este infausto buscar, este bien fiero,
Y todo el Ser en mi alma se refleja,
¡Y buscando sin fe, de fe me muero!
(29 de marzo de 1875)
¿Después?
Después: María García Granado, de quien hace unos días les chismee todo cuanto le he arañado a la historia. Amor letal. Tragedia griega. Mariconá del destino.
Y a renglón seguido:
Carmen Zayas-Bazán.
<<Es tan bella mi Carmen, es tan bella>>. A grandes trancos sobre su belleza y su fealdad: Martí y Carmen se conocen en México. En febrero de 1875 se hacen novios. En diciembre de 1877 se casan. En enero de 1887 viajan a Guatemala. A los once meses de casados tienen a su hijo, José Francisco Martí y Zayas-Bazán. Por entonces viven en La Habana. Martí vuelve a conspirar y lo vuelven a deportar. Y ahí empieza la gran candanga. Parece hacerse realidad aquello de que “cuando la pobreza entra por la puerta, el amor huye por la ventana”. Carmen le escribe:
<<Mucho más que tú tienen méritos esos hombres que lucharon y que hoy se rinden, no a un gobierno que combatieron sino a las necesidades de sus hijos no satisfechas… Sacrificar a todos y cantar purezas lejos del contagio, olvidando cuánto hay de más sagrado en la tierra, y más serio en la vida, ni es valor ni así se cumple con el deber>>.
¡Cómo para mandarla al carajo!
Sin embargo, viene Carmen a Nueva York. No hay arreglo entre ellos. Piensan distinto. Carmen no es la compañera que Martí necesita. La falta de comprensión, de amabas parte, hace que Carmen regrese a La Habana con Pepito, en marzo de 1885.
Carmen no volvió a Nueva York hasta mediados de 1891. Habían pasado seis años separados y ya era demasiado tarde para el matrimonio. Carmen Miyares estaba de pícher de relevo con las bolas de Martí.
Las amigas le contaron a Carmen Zayas-Bazán y la camagüeyana cogió un berrinche de Tínima y muy señor mío. A espaldas de Martí, y con la ayuda de Enrique Trujillo, se fue al consulado español para solicitar su regreso a La Habana. Lo que Martí consideró una traición.
<<Eva me ha sido traidora (la Zayas-Bazán) / Eva me consolará (la Mijares)>>. ─Aclaro aquí que Martí usa el nombre bíblico de Eva porque ambas se llaman Carmen y en el nombre de Eva resume al género, que, según él, es símbolo de pecado y consuelo a la vez)
Nunca más volvieron a verse la Zayas-Bazán y él, aunque se escribían periódicamente y Martí le siguió enviando regularmente una mesada.
Y así llegamos a la recta final del partido amoroso de Martí.
La santiaguera María del Carmen Miyares Peoli fue la mujer definitiva de aquella <<alma trémula y sola>> que llegó al noveno ining el 19 de mayo de 1895 con un relicario colgado al cuello donde guardaba amorosamente la imagen de María Mantilla, la hija que nunca reconoció, fruto de su doble play con Carmen Miyares, quien, al saber la noticia, escribió a su amiga Irene Pintó de Carrillo:
<<Figúrate que será de mi vida sin Martí, el afecto más grande de mi vida, toda la felicidad se ha ido con él: ya para mí el sol se eclipsó y viviré en eterna tiniebla. Martí se había fundido en nuestras almas de tal manera, que, a pesar de todas nuestras desgracias, éramos criaturas felices por el cariño tan grande y desinteresado que nos teníamos>>.
Martí no fue, no podía ser, un Don Juan.
Había demasiado amor, demasiada entereza y demasiado compromiso en él:
Yo sólo sé de amor. Tiemblo espantado
Cuando, como culebras, las pasiones
Del hombre envuelven tercas mi rodilla;
dejó escrito.

Wednesday, September 6, 2023

La habitacion propia de la negra cubana*

Por Yesenia Selier


A Inés María Martiatu, intelectual afrocubana que se plantó y me dijo, “Afrocubanas no sale para la imprenta hasta que no me mandes tu ensayo. Este libro no estará completo sin tu voz.”



La vilipendiada identidad afrocubana, escarmentada sangrientamente en La masacre del Doce, La masacre de la Escalera y la Conspiración de Aponte, se ha hecho a la luz, acompasándose también a las tendencias globales de la Diáspora Africana. Ella, aún tierna criatura busca horizontes y espejos en que mirarse. Para los que la pensamos ha habido un marco de referencia en el Movimiento de los Derechos Civiles, la figura y el movimiento de Malcom X y Black is Beautiful.

Aunque el postmodernismo ha colocado en el centro la otredad, implosionando el esencialismo de siglos enteros de pensamiento humano; lo negro continua siendo mayormente pensado por intelectuales blancos; reinventado por los poderes y saberes en cuanto aspecto sea posible imaginar. En esta dinámica no solo se expresan realidades coloniales, post-coloniales?, sino también una falta real, numérica, de producción intelectual desde la negritud.

Virginia Wolf hace casi un siglo, en el ensayo “Una habitación propia” (2005) reflexiona sobre las condiciones necesarias para que una mujer pueda escribir novelas de ficción. “500 libras al año y una habitación propia, donde pueda escribir sin interrupciones”. Y me pregunto si detrás del análisis subsecuente que pudiera derivarse, salvando las inmensas distancias, geográficas, históricas y temporales, pudiéramos encontrar acá, alguno de los dilemas de nuestra ausencia discursiva, puesto que el icónico ensayo, ilustra excelentemente los dilemas del sujeto subalterno para articular su experiencia, recrear, crear. La Woolf ratifica la necesidad de ser sujeto de sí misma, como premisa fundamental del creador, mujer en este caso, con una denuncia explícita de la constricción mental que para la mujer supone la sociedad patriarcal

El patriarcado, tábula rasa contra la cual se han rebelado las feministas de todas las épocas, ha sido un paisaje, remoto o , cuanto menos, inconstante, para las mujeres negras. Según bell hooks, las construcciones simbólicas sobre las mujeres negras, fueron creadas para enfatizar su condición de cuerpo sacrificable (hooks, 1992). Pensemos en Cecilia Valdés, María la O, “La mulata” del teatro bufo, modelos todas, más allá de sus cualidades, de mujeres disponibles, o de moralidad caída (Martiatu, 2008), pero por sobre todo, sacrificables. Una mujer negra, y ahí hablan más las estadísticas que los esterotipos, se encontrará en cualquier época, más probablemente, en el fondo del continuo de la pobreza, menos educada y con más hijos y carecerá, también, más probablemente, de proveedores masculinos, económicos y/ o afectivos. Así también, una mujer negra, en cualquier época ha sido más fácilmente usada y abandonada sexualmente; diana fácil de la violencia verbal y física y degradada de sus atributos femeninos; del marco de la fragilidad y del de la belleza, despertando, en fin, menos simpatías por sus penas,

La alienación del negro y de lo negro, y muy especialmente de la negra, es una constante en el vaivén de lo histórico y lo cotidiano; y en él se imponen nociones fundamentales, fundacionales si se quiere, convenientemente distanciadas de los umbrales de la ética: nuestras valoraciones sobre el arte y nuestras valoraciones estéticas. En las primeras, en las que no ahondaré por falta de “una habitación propia”. Apenas nótese la centralidad de la noción de “alta cultura”, denotada por los cánones artísticos occidentales en nuestra apreciación del arte. Es interesante que el contestado término afrocubano, es aceptado por los académicos cubanos por más de cincuenta años para clasificar la música de ascendencia africana. La definición orticiana, crea una válvula de escape para digerir la ruidosa y temible omnipresencia del tambor y la clave en lo cubano. Tenemos un cuarto aparte no solo para lo que los sacos de ébano, pertinazmente recrearon de África, sino también creaciones autóctonas como la rumba y la conga, y hasta el mismo son y sus subgéneros; imposibles sin la alternancia de sus creadores en el “alto” y “bajo” mundo. La necesidad de contener lo negro, se extiende como curiosa tendencia a lo largo de nuestra historia: en una cárcel, en la noción de lo “folklórico” o en una agencia de rap. En esa contención se expresa la tensión omnipresente de la cubanidad, ¿qué hacemos con el negro?

A la negra, eterna doméstica en el imaginario popular le toca el incontestable terreno de la estética. Pasa, bemba, ñata, “negra bonita”, “tremenda blanca se perdió” ...juicios de valor empotrados al sentido común cubano, es el telón de fondo, uno de ellos, sobre el cual se constituyen nuestras identidades. La concomitancia de la condición femenina con lo bello, y la centralidad de la apariencia, es otro. Aunque se ha abundado el tema de la estética negra en diferentes documentos culturales, líricas de rap, poesía y algún que otro escrito en Cuba, después de la década del noventa, este continúa siendo el punto álgido, irresuelto, para la mayorÍa de las mujeres negras de la Diáspora y el que más nos afecta en la vida cotidiana.

Más allá del charco, otro telón lo constituye el carácter agresivo, sutil colonizador de la subjetividad, del estado postmoderno globalizado. En el contexto del neoliberalismo se exageran el lugar y el valor de la opción personal, con un rechazo a la acción colectiva y un enfoque mayor en el éxito propio. Son los ecos del neo-conservadurismo, uno bien despierto, revitalizado con Viagra y sangre nueva, listo a enterrar cada conquista social de los años sesenta, presto a certificar la defunción del feminismo y la instauración de su impostor, el postfeminismo.

La autora del artículo durante un performance en Washington Square

  El infame postfeminismo enmarca, al menos, una serie de actitudes de las mujeres contemporáneas. Rechazo al feminismo en sí, como doctrina estigmatizante y androgénica, que aunque gestó nuevos grados de libertad para la mujer, no consiguió su felicidad, y una noción extendida de que la equidad está garantizada legalmente en las sociedades contemporáneas. Así se orquesta un retorno a la geografía corporal y a las presiones normativas sobre el cuerpo: disminuido de tallas, mejorado con cirugías, corregido con inyecciones; en una estandarización extrema de lo bello y de lo sexy. Flaca, retocada, esquilada como una oveja, una mujer postmoderna se prescribe: exitosa profesionalmente, una dulce esposa, pero no espantar las ganas del esposo y una madre abnegada, empoderada solo por el consumo. “Sex and the City”, es el súmmum de la conciencia femenina ideal, en el contexto postfeminista.

En un contexto donde el poder se iguala a la capacidad para el consumo, la tábula rasa de las afrodescendientes dista abismalmente de las mujeres blancas. En Estados Unidos, investigaciones muestran que mientras el patrimonio neto promedio (entendido como la diferencia entre los valores acumulativos y la deuda) de una mujer blanca soltera entre los 36-49 años es cuarenta y cinco mil dólares el de una mujer negra soltera en el mismo rango de edades ¡es de solo cinco dólares! En el país del cual ha trascendido una discusión intelectual por más de 200 años sobre los derechos de los negros y un exitoso movimiento por los derechos civiles en los 60 se contempla en la actualidad una involución de los valores conquistados hace 50 años.

En el cuerpo de las mujeres negras estadounidenses, ha muerto el pelo malo, y se impuesto el pelo muerto. Los fabulosos “tachos” y los míticos “productos” que han aguado la boca de las negras cubanas por decadas, admirando los productos del “brutal”, consisten en casi 90%, implantes de pelo natural. La clientela del implante fue expandiéndose silenciosamente, en principio solo para iniciadas que “entraban por la puerta de atrás para que nadie se enterara”, alcanzando en la actualidad niveles prácticamente normativos.

La estigmatización de cada rasgo de la fisionomía negra, fue una de las obsesiones de la modernidad. Más que grito de moda, el “vicio” del implante, reempaqueta la noción del pelo bueno y es el centro de la exploración del documental de Chris Rock, “Good Hair (2009). Mujeres de distintas edades, clases y niveles educativos confiesan a la cámara, sin el menor conflicto que “el pelo lacio, relajado, ayuda a que los blancos se relajen y uno luce más compuesto”. “Hacerse el pelo” es parte de lo que es ser una mujer negra, nos dice la actriz Nia Long, “un hombre negro debe acogerlo, aceptarlo”. Debemos según esta afirmación, hacernos el pelo, porque no tenemos uno; un hombre negro debe aceptar el absurdo gasto de que una mujer sea completada en su opresión. “Hemos venido a peinar la opresión y explotación cada mañana. Te la pegas o la superpones cada día. ¿Cómo vas a pensar claramente cuando sufres explotación todo el tiempo? Hay necesidad de un movimiento básico para recapturar el hecho de que no controlamos algo tan cerca de nosotros como el pelo en nuestra cabeza” , dice el reverendo Al Sharpton, sobre el desriz que ha usado por más de 20 anos.

Los hombres afroamericanos, con las dificultades estructurales e históricas para su integración a la sociedad americana, y la definitiva tendencia endogámica, son los conejillos de indias de este vicio. “El vicio del implante es una inversión más costosa que la educación de los hijos”, comenta Sharpton. Andre Harrell, empresario musical, agrega que “El precio de mantener una mujer es como el precio de mercado de bienes raíces en Nueva York, va por el cielo. El precio de una visita a la peluquera te puede dejar en bancarrota”. Por si esto fuera poco el implante impone bizarros límites a las relaciones personales e íntimas de las parejas. En cuanto a las opciones recreativas: ni playas, ni piscinas, el pánico a la lluvia y el traumático, “Do not touch” en la cama. “Si estás con una chica con implante”, concéntrate en sus senos, aconseja Harrel, jocosa y dolorosamente a un tiempo.

El documental incluye voces menos adormiladas por las presiones del capitalismo tardío, que impone y rinde a muchas mujeres a esta aberración íntima, estética y económica. Sheila Bridges, diseñadora interior, una mujer negra con alopecia, abraza en lo más hondo su condición y su diferencia afirma que las mujeres negras “usamos el pelo como si fuera una divisa (...) y nuestra autoestima esta atada a él. En la actualidad los standares son completamente irreales e inalcanzables para una mujer negra.”

Más allá de una villanía preconcebida, según Derrida (1997) la noción de humanidad es definida ante todo como hermandad, es un concepto en fundamentalmente falocéntrico. La hegemonía es además, invisiblemente blanca. Mujeres, blancas y negras en cada lugar del globo, hemos avanzado increíblemente en términos de nuestra educación, participación económica y social, con derechos ganados de jure y de facto, pero hay mucho camino por recorrer aun en términos de una equidad y respeto consistentes, en nuestra vida diaria.

Este escrito no pretende impugnar a mis hermanas desrizadas, pero como parte de asumir su diversidad y complejidad, la subjetividad negra, me ha parecido indispensable, abordar críticamente algunas de nuestras realidades. Nuestras opciones, aún las más personales, tienen consecuencias políticas, más allá de los cantos de sirena. La negra y el negro, desrizados o no, blanqueados o no, no adulteran las consecuencias sociales de la tecnología clasificatoria del racismo. Pero, como afirma una de las entrevistadas por Rock en “Good Hair”, “dejar el pelo en la textura en que sale de mi cabeza, es visto como un acto revolucionario y hay que tener convicción para llevarlo”.

Las negras cubanas, en la periferia del consumismo, desde el lugar en que se encuentre en el continuo del tejido social y educacional, libran sus batallas diarias también frente al espejo. Mientras cantamos “ La Bayamesa” y honramos el escudo nacional con la imagen de “La Cubana”, trigueña hermosa de cabellos largos, lacios, bajo el gorro frigio, carecemos de una habitación propia. El diez por ciento de la población de la ardiente Habana donde se concentra la quinta parte de la población insular, vive aún en grimosos solares y de ellos la mayoría son negros y negras. Invito entonces a que nos atrevamos todas, a tomar una habitación para nosotras, a recrearla cada mañana ante el espejo, a documentar en cualquier modo posible nuestra experiencia y a pelear, cuesta arriba como el salmón, los criterios negadores y opresivos de nuestra auténtica belleza.

 

Bibliografía:

 

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Derrida, Jacques: “The Politics of Friendship”.  Verso Books.  1997

 

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Dowd, Maureen: “What's a Modern Girl to Do?” New York Times Magazine, October 30, 2005.

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____''Selling Hot Pussy:Representations of Black female Sexuality in the Cultural Marketplace."

 ____“Madonna: Plantation Mistress or Soul Sister?”

          “Understanding Patriarchy” En “The Will to Change: Men, Masculinity and Love". Atria Books,   2004.

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Traywick, Catherine A. “How We’re Doing: Women and Wealth.” Refers  Pittsburg Post-Gazette. Marzo 15, 2010.

 

Moshenberg, Dan: “Protection: Women bear the brunt” En http://www.womeninandbeyond.org/ Noviembre, 2008.

Piepmeier, Alison “Postfeminism vs. the Third Wave” En http://www.electronicbookreview.com Marzo 17, 2006.

West, Cornell. Race Matters . New York:Vintage, 1994.

Woolf, Virginia, “Una habitación propia.” Seix Barral, Barcelona, 2005



*Publicado en Afrocubanas: historia, pensamiento y prácticas culturales. Edit. Daisy Rubiera Castillo, Inés María Martiatu. Editorial de Ciencias Sociales, 2011.

 

 

 

 

 

La bailarina española

Por Manuel Vázquez Portal

Ese título no existe en la obra poética de José Martí. Los versos que recrean las ondulaciones del cuerpo, los taconeos sobre el tablado de la soberbia gallega y la rosa en la provocadora boca de Agustina Otero Iglesias, sólo llevan sobre los octosílabos geniales un número diez a la manera romana, es decir, X.
Versos Sencillos, ese libro que el pueblo cubano recita de memoria desde la más temprana infancia y que parece una cédula de identidad, fue escrito ─diría el propio poeta─ <<como jugando>> y por ello se pregunta en su prólogo:
<<¿Por qué se publica esta sencillez, escrita como jugando, y no mis encrespados Versos Libres, mis endecasílabos hirsutos, nacidos de grandes miedos, o de grandes esperanzas, o de indómito amor a la libertad, o de amor doloroso a la hermosura>>.
Ninguno de los poemas que integra Versos Sencillos tiene título algunos, solamente los números.
Sin embargo, no es únicamente el X, el poema que ha sido arbitrariamente titulado; al número IX (nueve), se le llama, La niña de Guatemala; al XXXIX (treinta y nueve), Le dicen La Rosa Blanca, y otros más, como, Yo soy un hombre sincero, al número I (uno).
Pero no es sobre este delirio de renombrarle a Martí sus poemas que quisiera escribir sino sobre quién era esa bellísima bailarina gallega que el poeta se negó a aceptar que lo fuera y la calificara de <<divina>>.
Martí encontró a Agustina Otero Iglesias, quien más tarde se nombró Carolina Otero, pero que fue más conocida como La Bella Otero, una noche de invierno en un teatro de Nueva York donde ella actuó en más de una ocasión, y él pudo entrar porque, dice el poema, no estaba la bandera española.
El siglo XIX fue prolijo en cortesanas deslumbrantes ─lo que hoy llamaríamos en Cuba jineteras despampanantes. El París de por entonces, en particular, era la capital donde rutilaban las más hermosas, libres y osadas hembras de la Belle Epoque.
En la Ciudad Luz se codearon Cora Pearl, la fogosa pelirroja que convirtió la procacidad y el desparpajo en su santo y seña; la bellísima Liane De Pugy, quien vaciaba bolsas muy rentables por sólo dejarse ver mientras se bañaba y era masajeada por sus sirvientas; la aristocrática Cleo de Merode, quien arribó a Paris como bailarina de ballet clásico, y resultó una de las cortesanas más codiciadas de la ciudad; Emilianne de Alencon, una bisexual radiante que ─según la describen─ era dueña de perversidades como para competir con el Marqués de Sade.
Entre esa miríada de hermosuras que vivía de la más refinada prostitución y cuyos protectores eran los hombres más adinerados del orbe, comerciantes multimillonarios, afamados artistas, grandes políticos, príncipes y reyes, se encontraba una mujer por quien muchos hombres se suicidaron o se hicieron matar: Carolina Otero, La Bailarina Española.
Su nombre verdadero era Agustina Otero Iglesias, y había nacido el 4 de noviembre de 1868 en un pueblito pobrísimo de Pontevedra, España.
Hija de madre soltera y violada a los diez años, partió de la aldea con una compañía de cómicos portugueses que pasó por la localidad.
En Barcelona se hizo amante de un banquero que la promocionó como bailarina, y con él se fue a Marsella y después a París, donde, a los veinticuatro años, decidió cambiar su nombre, demasiado vulgar, por el de Carolina, y dio comienzo a su leyenda.
Carolina no solo se dedicaba a la danza, también podía actuar en el teatro y hasta cantar, al punto de que llegó a representar el protagónico de la ópera Carmen, de Bizet.
En la cúspide de su fama poseía su templo en el Folies Bergere de París. Visitó Nueva York, Europa, Argentina, Rusia y Cuba, entre otros países.
Como bailarina creó un estilo en el que se mezclaban el flamenco y el fandango con otras danzas exóticas, y danzaba envuelta en gasas transparentes bordadas con pedrería que insinuaban sus armoniosas formas.
Fue la primera artista española que logró fama internacional y a los treinta años amasaba una de las fortunas más importantes de su tiempo.


Cuentan que sirvió de inspiración a grandes artistas de su época ya que tenía medidas perfectas de busto, cintura y caderas; es decir, 97-53-92, y desplegaba una sensualidad de serpiente adiestrada.
Se dice que el célebre arquitecto francés Charles Delmas modeló las cúpulas del hotel Carlton, de Cannes, alucinado por la extraña forma de sus senos.
Hay quienes afirman que reunió un tesoro en joyas costosísimas, y uno de sus amantes, el Zar de Rusia Nicolás II, le entregaba en cada uno de sus encuentros una joya de la corona de su país, en tanto, un banquero alemán le obsequió un collar que había pertenecido a la reina María Antonieta.
Según el cotejo de algunas nóminas se ha llegado a la conclusión de que entre sus incontables amantes estuvieron Guillermo II de Alemania, Nicolás II de Rusia, Leopoldo de Bélgica, Alfonso III de España y el político Aristíde Brian, con quien Carolina sostuvo una relación hasta que él murió.
También fue amante de Cornelius Vanderbilt, uno de los más grandes multimillonarios norteamericanos de todos los tiempos y el poeta italiano Gabrielle D'Annunzio le escribía versos, y De Dion, célebre propietario de una firma automovilística, le regaló el último modelo de su coche.
Carolina envejeció, y la afición que siempre había sentido por los casinos devino patológica. Comenzó a vender todas sus propiedades hasta que se arruinó. Se dice que dejó sobre los tapetes rojos una fortuna de cuarenta millones de francos oro.
Terminó instalándose en una habitación alquilada en un edificio insignificante de Niza, donde apenas tenía los muebles indispensables para sobrevivir. Se dice que su familia gallega le ofreció ayuda, pero ella la rechazó.
Carolina Otero tuvo una larga vida, murió el 10 de abril de 1965.
A grandes saltos, y sin tener en cuenta cientos de relatos, y las propias memorias de la Bella Otero, aquí está la historia, vida y muerte de la mujer que deslumbró a José Martí, en una gélida noche neoyorkina, y que le arrancó uno de los más intensos poemas que se halle en su obra.

X
El alma trémula y sola
Padece al anochecer:
Hay baile; vamos a ver
La bailarina española.

Han hecho bien en quitar
El banderón de la acera;
Porque si está la bandera,
No sé, yo no puedo entrar.

Ya llega la bailarina:
Soberbia y pálida llega:
¿Cómo dicen que es gallega?
Pues dicen mal: es divina.

Lleva un sombrero torero
Y una capa carmesí:
¡Lo mismo que un alelí
Que se pusiese un sombrero!

Se ve, de paso, la ceja,
Ceja de mora traidora:
Y la mirada, de mora:
Y como nieve la oreja.

Preludian, bajan la luz
Y sale en bata y mantón,
La virgen de la Asunción
Bailando un baile andaluz.

Alza, retando, la frente;
Crúzase al hombro la manta:
En arco el brazo levanta:
Mueve despacio el pie ardiente.

Repica con los tacones
El tablado zalamera,
Como si la tabla fuera
Tablado de corazones.

Y va el convite creciendo
En las llamas de los ojos,
Y el manto de flecos rojos
Se va en el aire meciendo.

Súbito de un salto arranca:
Húrtase, se quiebra, gira:
Abre en dos la cachemira,
Ofrece la bata blanca.

El cuerpo cede y ondea;
La boca abierta provoca;
Es una rosa la boca:
Lentamente taconea.

Recoge, de un débil giro,
El manto de flecos rojos:
Se va, cerrando los ojos,
Se va, como en un suspiro...

Baila muy bien la española;
Es blanco y rojo el mantón:
¡Vuelve, fosca a su rincón
El alma trémula y sola!

Monday, September 4, 2023

La que no murió de amor

Por Manuel Vázquez Portal

Quien crea que María Cristina García Granados le arrancó a José Julián Martí y Pérez un solo poema, esta más perdido que el secreto que ella misma se llevó a la << bóveda helada>> de lo que verdaderamente ocurrió entre ellos.

María Cristina García Granados no murió de amor.
Parece ser que fue el choque de dos empecinados temperamentos atrapados en las normas morales de una época, y el resultado no pudo ser mas dramático. Ella se empecinó en no vivir sin él, y él lamentó profundamente no haber podido traicionar su palabra empeñada, romper con Carmen Zayas-Bazán y desbarrancarse delirio abajo con María García Granados.
María Cristina lo quiso gobernar. Y él le dijo que no, qué no. Y el destino les pasó la cuenta a ambos. Porque el destino sí que no anda creyendo en empecinamientos, torceduras, caprichos y rejuegos: es inexorable, y una vez dictado no hay Layo de Tebas que no muera a manos de Edipo.
─Hace seis días que llegaste a Guatemala, y no has venido a verme.
Dijo ella.
─Nunca más he vuelto a ver a la que murió de amor.
Se lamentó luego él.
Lo ocurrido con ella, indica que se suicidó.
Lo ocurrido con él, indica que, 17 años y 9 días después, se suicidó también.
Ella se adentró en el río, emperradisima, y murió el 10 de mayo de 1878.
Él se adentró en Dos Ríos, encojonadísimo, y murió el 19 de mayo de 1895.
Mayo fue para ellos el mes más cruel.
¿Razones de ella?
Desde concepción romántica de la honra, hasta perreta adolescente de joven consentida (sobradamente se sabe que procedía de una familia con fortuna y poder como para complacerle todos sus caprichos; no por casualidad, la llevaron en andas obispos y embajadores), por no conseguir lo que quería.
¿Razones de él?
Aberrado sentido del honor. Complejo de no participación. Le pidieron más que Abdala y el soneto 10 de octubre que escribió con apenas 16 años. Machismo cubano a pulso. ¿Quién cojones les dijo a Máximo Gómez y a Antonio Maceo que él era discursos nada más y que no tenía cojones para fajarse a tiros por sus ideas? Y ahí estuvo, cayendo de cara al sol, para demostarlo.
Pero mirémoslo con calma.
Primero lo supuestamente fáctico, según testigos de la época.
Luego, lo contra fáctico, lo especulativo, según la visión de nuestra época.
Versiones del tiempo de los hechos señalan que María padecía, como Margarita Gautier ─la dama de las camelias─ de tuberculosis, y no era esta, por entonces, sin vacuna y sin penicilina aún, una enfermedad que permitiera adentrarse en las aguas frías de un río: (Se entró de tarde en el río / La sacó muerta el doctor)
Un poema anterior al IX (La niña de Guatemala) de Versos Sencillos, hace sospechar que José Martí conocía el padecimiento de la joven ─según algunos datos, era una herencia familiar─ y lo escribió para consolarla y halagarla.
<<Terrestre enfermo, que a sus solas llora
El furor de los hombres, la extrañeza
De su comercio brusco, y su odiadora
Feral naturaleza,─
Siento una luz que me parece estrella,
Oigo una voz que suena a melodía,
Y alzarse miro a una gentil doncella,
Tan púdica, tan bella
Que se llama─¡María!>>.
Ello ocurre por los meses finales de 1877, poco antes de que Martí partiera para México, donde el 20 de diciembre se casaría con Carmen Zayas Bazán, y el poema IX de Versos Sencillos ─conocido como La Niña de Guatemala─ se publicó muchos años después, en 1891, y había sido escrito mientras el propio Martí se recuperaba de su flaca salud en una zona rural cerca de New York, quizás trabando ya amistad con la pelona.
El 26 de marzo de 1877 había arribado Martí a Guatemala, procedente de México. Porfirio Díaz había establecido una dictadura militar, y ello, provocó que Martí abandonara la tierra azteca. 

<< ¿Del tirano? Del tirano / Di todo, ¡di más!>>.

El poeta y prócer cubano conocería a María Cristina García Granados en La Academia de Niñas de Centro América, cuando fue invitado a impartir lecciones de redacción y composición. Él la descubrió disfrazada de dama egipcia en una fiesta del colegio y quedó fascinado con la visión.
María era hija del general Miguel García Granados, un patriota guatemalteco que había sido presidente del país y contaba con una ilustre y numerosa familia.
Miguel García Granados


El patriota y pedagogo cubano, José María Izaguirre, uno de los insignes bayameses que se uniera a Carlos Manuel de Céspedes, exiliado en Guatemala, tras diez años de guerra que concluyeran con El pacto del Zanjón, (tras el cual el mismísimo General Antonio Maceo, tumbó la mula para Santo Domingo), y donde el gobierno de José Rufino Barrios le dio oportunidad de instruir a la juventud, fue quien presentó al joven José Martí a la sociedad guatemalteca, entre la que se distinguía la familia García Granados.
Es el propio José María Izaguirre quien, para que hoy tengamos una idea de cómo lucía María Cristina García Granados, nos la describió con detalles precisos y lenguaje elegante:
<<Entre las hijas del General había una llamada María, que se distinguía de sus hermanas como la rosa se distingue de las otras flores. Era alta, esbelta y airosa: su cabello negro como el ébano, abundante, crespo y suave como la seda; su rostro, sin ser soberanamente bello, era dulce y simpático; sus ojos profundamente negros y melancólicos, velados por pestañas largas y crespas, revelaban una exquisita sensibilidad. Su voz era apacible y armoniosa, y sus maneras tan afables, que no era posible tratarla sin amarla. Tocaba el piano admirablemente, y cuando su mano resbalaba con cierto abandono por el teclado sabía sacar de él notas que parecían salir de su alma y que pasaban a impresionar el alma de sus oyentes>>
El retrato lo completa, muchos años después, la descendiente de José Joaquín Palma, Ana Eugenia Cintrón Palma, quien afirmara en una entrevista:
<<María Cristina era una mujer independiente, interesada en las letras, una mujer inquieta, con una personalidad carismática, sin ser bella, era muy atractiva, con un pelo ondulado, castaño oscuro largo (Nótese cierta contradicción entre esta descripción y la de José María Izaguirre), ojos muy lindos y con personalidad extrovertida>>.
Para cuando José Martí escribió Versos Sencillos, ya su matrimonio con Carmen Zayas Bazán andaba a tropezones y quizás aquel amor de juventud frustrado por la palabra empeñada, vino a su memoria con los matices de la idealización: <<Era su frente ¡la frente / Que más he amado en mi vida!>>
Carmen Zayas Bazán



Sin embargo, el requiebro escrito por María Cristina García Granados, casi una semana después de que él regresara de México, ya junto a Carmen, sobre quien Martí escribiría: <<Es tan bella mi Carmen, es tan bella /que si el cielo la atmósfera vacía /dejase, de su luz dice una estrella / que en el alma de Carmen la hallaría.>> parece desdecir lo afirmado por Martí, dice María en su esquela:
<<Hace seis días que llegaste a Guatemala, y no has venido a verme. ¿Por qué eludes tu visita? Yo no tengo resentimiento contigo, porque tú siempre me hablaste con sinceridad respecto a tu situación moral de compromiso de matrimonio con la señorita Zayas Bazán. Te suplico que vengas pronto, Tu niña.>>
Lo cual hace evidente que Martí fue un <<hombre sincero>>, que no le embarajó el tiro a la María. Y si la pasó o no por la piedra, fue sin engaños.
Es entonces José María Izaguirre quien viene a explicarnos, como testigo presencial, lo que realmente sucedía.
Asegura Izaguirre que María:
<<Tenía veinte años de edad, y hasta entonces había permanecido insensible a los tiros del amor. Su familia era su encanto y a ella consagraba los tiernos afectos de su corazón. Sin embargo, desde que Martí frecuentaba la casa, se notó en ella cierta tristeza que nadie se explicaba, así como el silencio en que se encerraba delante de él. Era evidente que algo pasaba en su interior; pero ese algo nadie se lo explicaba y quizás ella misma ignoraba la causa de lo que le pasaba>>.
También, Ana Eugenia Cintrón Palma, novelista, guatemalteca y tataranieta del poeta y prócer cubano José Joaquín Palma, explica:
<<No creo que pasara de lo platónico. Ella sabía desde un principio que él estaba comprometido en México y que se tendría que ir a casar. Pero aun así en sus anhelos de adolescente desarrolla por él un amor platónico muy profundo. Todos los relatos coinciden con que ella le producía a él una ternura inmensa, porque sabía que era un amor imposible, que era una niña a la que él no podía comprometer>>.
Y continúa Izaguirre:
José María Izaguirre


<<Lo que sí sabía ella era que cuando veía a Martí experimentaba un deleite supremo y que cuando él estaba ausente su tristeza aumentaba, su ansiedad de verlo era mayor y no cesaban estos tormentos hasta que él se hallaba de nuevo en su presencia>>.
Y aquí lo especulativo.
¿Le alcanzaron realmente a María Cristina las coyundas morales de la época para contrarrestar el empuje brutal, natural, y animal de sus hormonas desagüacatadas?
Solo ella nos lo podría responder. Y se fue con el secreto.
¿La extroversión, la información cultural y la tendencia a ser independiente, le sujetaron suficientemente las pantaletas frente a un seductor de alto calibre como era Martí?
Solo ella y él lo supieron.
¿Se adentra en las frías aguas de la tarde por simple rabieta de muchacha despechada, por soberbia, o con el fin de limpiar la honra que imponía una época donde el himen, más que una membranita insignificante, era el sello de garantía de la decencia y la compostura, al mismo tiempo que un estrecho cepo donde la mujer tenía que aprisionar sus instintos naturales?
Especulaciones van. Especulaciones vienen.
Y de que Martí hizo esfuerzos harto lisonjeros para impresionarla, dan cuenta estos otros versos que escribió poco después de conocerla vestida de dama egipcia en La Academia de Niñas de Centro América, muchos años antes de los Versos Sencillos:
Si en la fiesta teatral —corrido el velo—
Desciende la revuelta escalinata,
Su pie semeja cisne pequeñuelo
Que el seno muestra de luciente plata.
[…]
Quisiera el bardo, cuando al sol la mece,
Colgarle al cuello esclavo los amores;
¡Si se yergue de súbito, parece
¡Oh! Cada vez que a la mujer hermosa
Con fraternal amor habla el proscripto,
Duerme soñando en la palmera airosa,
Novia del Sol en el ardiente Egipto.
Amo el bello desorden, muy más bello
Desde que tú, la espléndida María,
Tendiste en tus espaldas el cabello,
¡Como una palma al destocarse haría!
Desempolvo el laúd, beso tu mano
Y a ti va alegre mi canción de hermano.
¡Cuán otro el canto fuera
Si en hebras de tu trenza se tañera!
El flechazo, para decirlo de manera cursi, fue mutuo y fulminante. Si ella logró sobreponerse al furor de sus hormonas, Martí tuvo que pujar contra sus alegres gónadas para respetarle la integridad, y eso seguirá siendo un enigma para el que la historia no nos da otras pistas para desentrañarlo.
También para los que de modo abyecto, retorcido, piensan que Martí se aprovechó de la intensa pasión que María Cristina García Granados sentía por él, el propio Izaguirre aclara:
<<Este sentimiento, desconocido para ella, fue creciendo de día en día hasta tomar los caracteres de una verdadera pasión, y aunque ella lo disimulaba por el recato propio de una joven educada en el amor a la honra, bien comprendió Martí lo que le pasaba. Caballero, ante todo, y ligado por igual sentimiento a otra mujer a quien había jurado ser su esposo, se abstuvo de fomentar con sus galanterías o con demostraciones de afecto aquella pasión que parecía próxima a tomar las proporciones de un incendio. Su papel se limitó desde entonces a tratarla simplemente como amigo, y fue separándose poco a poco para que María comprendiese que no debía entregarse al sentimiento que la dominaba, pues por más que él reconociese sus merecimientos, como los reconocía, y que simpatizase con ella, no podría corresponder a su pasión>>.
Sin embargo, la pasión, el amor desenfrenado, devino ceguera, y ante la imposibilidad de consumación tomó los rasgos del suicidio romántico y, olvidando los cuidados que debía mantener para con su enfermedad, María arrancó, muchos años después, el hondo lamento del poeta:
¡Nunca más he vuelto a ver / A la que murió de amor!
IX
Quiero, a la sombra de un ala,
Contar este cuento en flor:
La niña de Guatemala,
La que se murió de amor.

Eran de lirios los ramos,
Y las orlas de reseda
Y de jazmín: la enterramos
En una caja de seda.

Ella dio al desmemoriado
Una almohadilla de olor:
El volvió, volvió casado:
Ella se murió de amor.

Iban cargándola en andas
Obispos y embajadores:
Detrás iba el pueblo en tandas,
Todo cargado de flores.

Ella, Por volverlo a ver,
Salió a verlo al mirador:
El volvió con su mujer:
Ella se murió de amor.

Como de bronce candente
Al beso de despedida
Era su frente ¡la frente
Que más he amado en la vida!

Se entró de tarde en el río,
La sacó muerta el doctor:
Dicen que murió de frío:
Yo sé que murió de amor.

Allí, en la bóveda helada,
La pusieron en dos bancos;
Besé su mano afilada,
Besé sus zapatos blancos.

Callado, al oscurecer,
Me llamó el enterrador:
¡Nunca más he vuelto a ver
A la que murió de amor!

Saturday, September 2, 2023

Conferencia "1963: El año del cuero duro"

Esta conferencia conmemora el 60 aniversario de un año difícil para la resistencia cubana que la historia recoge como el "Año del Cuero Duro". 1963 fue el año más espinoso para nuestros heroicos patriotas cubanos que operaron en las montañas y llanos de Cuba durante años en contra del totalitarismo que se adueñó de la isla.



Ceremonias de investidura en Miami: Waldo González López, René Álvarez, Sam Verdeja y Alberto Müller

 


 

ACADEMIA DE LA HISTORIA DE CUBA EN EL EXILIO, CORP.

Email: directiva@academiahce.org

P.O. BOX 521364

Flushing, NY 11352

La Junta Directiva nacional de la AHCE invita a sus asociados en el estado de Florida y al público en general al Acto de Investidura de los siguientes Académicos Electos:

Waldo González López, René Álvarez, Sam Verdeja y Alberto Müller.

 

FECHA Y HORA:

Viernes 15 de septiembre de 2023 a las 6:00 PM

 

LUGAR:






4000 West Flagler Street.

Miami, FL 33134

 

Estacionamiento disponible.

 

 

¡QUEDAN TODOS INVITADOS!

 

Friday, August 18, 2023

Reflexiones quizá oportunas a propósito de un centenario (1898-1998) La independencia cubana en la oratoria de Francisco Pi y Margall.

Por Alejandro González Acosta

Introducción necesaria y actualizadora

 

Los centenarios y sus múltiplos tienen un indiscutido e irresistible atractivo sobre los hombres. No me explico aún por qué sucede esto exactamente en esas fechas, pues podría perfectamente evaluarse un acontecimiento a los 25, 50 ó 75, o a los 125 ó 130 años de ocurrido. O también no poderlo examinar con suficiente imparcialidad ni a mil años de distancia. Porque los sucesos verdaderamente importantes y trascendentes, si de veras se está dispuesto a estudiarlos, pueden evaluarse antes del centenario; y si no, díganlo las revoluciones francesa de 1789 y rusa de 1917: bastó mucho menos tiempo para que los historiadores -desde las más diversas tendencias- aportaran juicios meridianos sobre ellas.

1998 amenaza con ser una reedición, en España, de 1992: es decir, aunque con menos recursos financieros disponibles, la memoria colectiva (y su inconsciente junguiano) se apresta a celebrar, memorar y examinar de mil modos lo que fue 1898 como una fecha capital en la historia de la España actual. Noto -y advierto- que apenas saldrán de estos exámenes y ya tendrán que aplicarse en la celebración y estudio de los primeros 300 años de la Casa de Borbón en el trono español para el 2000, al mismo tiempo que los mundiales por el Tercer Milenio de Cristo y los 500 de la muerte de Carlos V. En 1998, además del centenario de la pérdida de sus últimas colonias americanas y asiáticas y de la Generación que se nucleó alrededor de ese año, van a celebrar también el doble primer centenario de Federico García Lorca (natalicio) y Ángel Ganivet (muerte), los 800 años de la construcción de La Giralda de Sevilla, y los 400 años de la muerte de Felipe II... En fin, que ya se sabe, España es un país de muchas celebraciones, pues siempre hay alguna fecha que necesita examen. Pero ojalá lo hagan de verdad.

1998 será sin duda un año de abundantes quejas y reclamos, expresiones de mejores propósitos -y hasta profesiones de enmienda-, y bastantes lamentos, los cuales subyacentemente se condensarán en la reiteración de una vieja frase, pero que se actualizará con insistencia hasta la obsesión: “Más se perdió en la Guerra de Cuba”, o en la otra variante también oída, “Más se perdió en Cuba”, pues ambas forman parte de las expresiones populares españolas de hoy, cuando se acepta melancólicamente como irremediable la pérdida de algo. Pero llama la atención que, aunque 1898 también fue el año de la “pérdida” de Puerto Rico y las Islas Filipinas, no existan ni hayan existido expresiones equivalentes para estas antiguas posesiones igualmente “extraviadas”. Así pues, por decisión natural de los españoles, 1898 será a no dudarlo el año de la reflexión sobre Cuba, “la perla de la Corona”, y se verterán como en 1992 -a propósito del “encuentro”, “encontronazo”, “descubrimiento”, “hallazgo”, “tropezón”, o como quiera llamársele, de América-  abundantes quejidos y quizá hasta alguna nostálgica lágrima. Apenas seis años han transcurrido desde que todos se lanzaron a evaluar el inicio de la conquista y colonia americanas, y ya se empeñarán ahora en examinar a poco más de un lustro su extinción definitiva. Bueno, si exceptuamos Ceuta y Melilla, porque España sigue siendo una nación colonial... de dos colonias, pero para el caso da igual. Un síntoma probable de esta situación puede ser un artículo que leí a principios de este año en un periódico provinciano español, donde se afirmaban, entre otras imprecisiones, algunos conceptos erróneos como que las guerras de Cuba y Filipinas “se iban prolongando más de treinta años apoyadas por USA”[1]: cualquiera medianamente informado en la historia cubana sabe sin duda alguna que los Estados Unidos -como otros países de la zona- se opusieron sistemáticamente a la independencia cubana, y la incautación del cargamento de armas y pertrechos que transportaba el barco expedicionario “La Fernandina” contratado por Martí, es sólo un ejemplo contundente y muy cercano a la entrada norteamericana en la guerra lo cual reforzaba una política tajante, y que involucró a otros países del área, como México, también de acuerdo en entorpecer la liberación isleña. Sin embargo, el mismo articulista que sufre esta distracción, es capaz de asumir críticamente y con cierta ironía la actitud que cubrió el rostro español de esa época, al calificar la situación como “un conflicto que finalizaba con un enfrentamiento internacional, desigual y tramposo. Pero éramos los héroes, las víctimas del mal y los defensores de la Hispanidad”[2]. El suceso marcaba -o debía hacerlo- una nueva etapa en la historia española, signada por la reflexión crítica y el examen del perfil nacional en el amanecer de un nuevo siglo y el ocaso de toda una época. Cien años después, España se enfrenta a la entrada plena en Europa y la adopción del euro como la moneda del bloque comunitario. Ahora vive en el futuro, pero hace un siglo residía en el pasado más superado. Posiblemente por esto se imponga hoy una reflexión tan crítica o más que la de hace una centuria, y si hubo entonces un grupo de reflexión nombrado como la “Generación de 1898”, hoy no sería ocioso desear que surgiera una “Generación de 1998” para visualizar ese pasado y ese futuro al cual hoy se encaran. Quizá así se contraponga la pasada conciencia agónica del XIX con la triunfalista del XX. La clase dirigente española resultó claramente incapaz para encontrar soluciones efectivas a la crisis colonial, aferrada a sus valores tradicionales provenientes de otra época histórica y miopemente paralizada para acordar las reformas urgentes que demandaba la situación. Uno de los pocos -si no el único- que trató de variar esta situación fue Francisco Pi y Margall, quien personificó lo mejor del impulso revisor español de su momento. Aunque no ha sido nunca contemplado como tal, a Pi habría que conceptualizarlo a la luz de lo que fue o debió ser lo mejor de la “Generación del 98”, a la cual precedió y en gran medida fecundó ideológicamente. No fue una “izquierda fallida” el 98, como se ha insinuado alguna vez[3]. Ojalá y la autotitulada “izquierda” española de hoy enfrente con seriedad el reto que supone no sólo interpretar ese pasado, sino relacionarlo con un presente que también necesita urgente revisión y acciones congruentes con el pensamiento auténticamente progresivo. Sin proclamarlo demasiado, Pi fue en su época un auténtico descifrador y compulsador, digno de imitación por sus actuales admiradores.[4]

  Este 98 resucita la “pena” por el otro 98, ante la “pérdida” de Cuba. Quizá será ahora el momento idóneo para decir que esto fue lo mejor que podía ocurrirle no sólo a Cuba, sino a la misma España, la cual así debió enfrentarse con una tarea siempre postergada: su propia revisión como nación (la Generación del 98, por una parte, y el Movimiento Regeneracionista, por la otra, no fueron sino eso) y conviene no olvidarlo, porque este 1998 amenaza -ojalá me equivoque- ser una reedición ampliada de lo mismo que siempre se ha dicho: “¡qué pérfidos son los yanquis!”

  Lo cierto y demostrablemente sucedido ese año ahora a un siglo de distancia, fue que España -ni aún con la tardada autonomía, parchecito emergente aplicado ya con el grano incontrolablemente afuera- no tenía nada para ofrecer a Cuba, sólo un decadente y atrasado feudalismo superviviente en sus más entretélicas estructuras sociales, políticas y económicas. La burguesía criolla cubana no sólo estaba arrinconada por los intereses españoles, sino por las crecientes inversiones norteamericanas en la isla, estimuladas por el desastre económico nacional que significó la guerra anterior, la de la década de 1868 a 1878, y la política de “la tea incendiaria” practicada por los insurgentes cubanos, no sólo como fórmula de hostigamiento contra el poder colonial, sino como estrategia de compulsión destinada a los indecisos propietarios rurales insulares.

Resulta comprobable que para 1958, en 50 y tantos años de precaria pero viable vida republicana, el sector empresarial cubano ya ocupaba con un amplio margen el control mayoritario de las principales riquezas e industrias de la isla. Y eso nunca habría sido posible con España (que lo demostró hasta la saciedad más exasperante), y sin Estados Unidos, no sólo su principal mercado sino su esencial fuente de inspiración progresista, de donde se tomaron tecnologías y algo más importante: el ejemplo democrático recibido en las estancias de los cada día más numerosos estudiantes criollos acomodados que iban a sus universidades y ya no a las españolas.

Creo que si de algo nos da la oportunidad 1998 es ver con nuevos ojos -no repetitivos y veraces- lo que realmente sucedió en 1898: quizá se atenúe o adelgace un tanto si así fuese, o al menos se modularía acolchadamente, ese “muro de los lamentos” compartido hasta hoy por considerables sectores españoles y cubanos ante la “pérdida” de la isla, y esto es también la expresión de un aterrador imperialismo y colonialismo supervivientes; imperialismo tanto más anacrónico cuando hoy todavía se presenta como parte de un sector de la democracia española, y vale recordar que en 1874 fue el propio José Martí, primero esperanzado y después frustrado, quien buscó sostener una conversación sobre la necesaria independencia de Cuba con un republicano español, Cristino Martos, y como balance de esta reunión sólo quedó una expresión lapidaria del enjuto y quijotesco cubano: “O ellos, o nosotros”. Lo peor de todo es que la relación no ha variado mucho en estos cien años... porque lo que es bueno para ciertos españoles, no tienen algunos de ellos que considerarlo bueno para los demás. Sobre todo, sus famosas “izquierdas”, “antiyanquis” a ultranza y contra todo razonamiento. ¿O sería mejor decirles “siniestras”?

De evitarse estos escollos anteriores quizá este 98 deje un saldo positivo, para poder terminarlo diciendo lo contrario de hace un siglo: “Más se ganó en la Guerra de Cuba”. Ojalá.

 

Viejas cuentas pendientes.

Hay varias “quejas” a la distancia de un siglo que han aparentado tener cierta razón:

Los cubanos no fueron invitados a firmar el Tratado de París.

*  Se refiere a la “exclusión” de “los cubanos” en la negociación de los acuerdos de paz en Washington y la firma del Tratado en París. Pero, ¿con cuáles cubanos podían dialogar los representantes de dos gobiernos constituidos como España y los Estados Unidos? Es bien conocido que para 1895 se había reproducido casi exactamente el mismo esquema divisorio entre las fuerzas insurrectas que en 1868: la disputa entre el poder civil y el militar de la “República en Armas”, el cual primero se dio entre Ignacio Agramonte y Carlos Manuel de Céspedes, casi se calcó entre José Martí con su Partido Revolucionario Cubano -sin base real en la isla, sólo en el exilio y bastante precaria, por cierto- y los caudillos Antonio Maceo y Máximo Gómez. Desaparecidos los dos primeros -en circunstancias nunca satisfactoriamente aclaradas a mi juicio- esto no simplificó sino complicó aún más el problema, pues el bravo dominicano quien hizo más por la libertad de Cuba que muchos cubanos, declinó quizá con excesiva prudencia y modestia ocupar el lugar que por sus servicios le correspondía[5], y dejó así abierta la puerta para la agudización -no el surgimiento, pues nunca habían cesado- de las contradicciones irreconciliables en el bando insurgente. ¿Habrá necesidad de recordar que la propia Asamblea Provisional, llamada del Cerro, le cerró el paso a Gómez y su ejército en el paraje habanero de Puentes Grandes? Y eso -dicen - que el dominicano cascarrabias se sacó la mala leche diciendo: “Voy a escribir la historia de esta Guerra sin mencionarlos a ustedes: prueben ustedes a hacerlo sin mencionarme a mí”. Pero en eso sólo quedó: en la frase. ¿Con quién podían “dialogar” los representantes de Estados Unidos y España si las facciones cubanas no querían ni verse unas a otras? ¿Con el caudillo militar cubano Calixto García? ¿Con los delegados civilistas constituyentes, por ejemplo, Tomás Estrada Palma o Domingo Méndez Capote, quienes ignoraron y callaron el desplante hecho por los norteamericanos a Calixto García, que antes los había cuestionado públicamente? ¿No resulta claro y evidente por los mismos hechos que ningún representante de un bando cubano habría sido bueno y aceptable para el otro? ¿Cuánto se demoraría la negociación entonces y cuánto tiempo se prolongaría la ocupación extranjera ante esta carencia de interlocutores legitimados por todos? Muy diferente -quizá- hubiese sido si todas las facciones, al menos coyunturalmente, hubieran cerrado filas con el gobierno civil, aunque después ya tuvieran tiempo de disputar internamente sus diferencias e intereses. Pero no fue así. Y lo peor es que hoy continuamos padeciendo el mismo síndrome el cual se ha hecho parte consustancial de nuestra identidad: ¿de qué asombrarse?

 

La guerra estaba ganada cuando entraron los yanquis.

*  Suponiendo que así hubiese sido al menos en las zonas rurales, debe tenerse en cuenta que para 1897 ya habían desaparecido dos de las principales figuras de la lucha, las cuales, al mismo tiempo, por extraña y aleccionadora paradoja, representaban también dos de los más grandes miedos: Antonio Maceo (el miedo al negro y a los militares) y José Martí (el miedo al exilio y a los civilistas). Pero si la situación en los campos estaba precariamente controlada por las fuerzas mambisas, ¿qué sucedía con las grandes ciudades donde se concentraban las principales fortificaciones y armamentos más poderosos del gobierno español? Con un decreciente suministro de avituallamiento y pertrechos desde el exilio -ya agotado y con la muerte de Martí falto del principal conseguidor de estos recursos- y sin una artillería poderosa capaz de romper las defensas militares y permitir el ataque de las infanterías: ¿existía alguna posibilidad real de que el Ejército Mambí venciera a los españoles en La Habana, Santiago de Cuba y otras ciudades? Varios estrategas han coincidido en negarlo, entre ellos un joven oficial inglés graduado con los más altos honores en Sandhurst, de paso entonces por la isla: Winston Churchill. Esto en cuanto a la tierra, pero ¿y en el mar? Peor aún: en el caso de una virtual independencia de la isla, a la república le era imposible enfrentar el decretado -ahí sí con todo rigor- bloqueo marítimo que impediría la llegada y salida de Cuba de las mercancías imprescindibles para sobrevivir. Los insurgentes carecían en absoluto de una flota de guerra. Por ello debe reconocerse que la “felona” intervención norteamericana proveyó al menos de la marina de guerra imprescindible para derrotar la flota española. Es un hecho sabido que ésta no contaba con poder para enfrentar a su adversaria norteamericana[6], pero sí tenía suficiente capacidad ofensiva para bombardear las más importantes ciudades costeras -La Habana, Santiago de Cuba, Matanzas y Cienfuegos- desde alta mar, e impedir la formación de un gobierno en esos sitios neurálgicos, altamente simbólicos y estratégicos. Y con ese poder, podían desembarcar cuando quisieran todas las tropas necesarias para mantener por mucho tiempo más el conflicto. La derrota naval española le hizo ver al gobierno español que la famosa consigna de Cánovas, “hasta el último hombre y hasta la última peseta”, había sido tomada muy en serio por los adversarios.

 

Los yanquis invadieron la isla.

*  El gabinete norteamericano, al decidir la entrada en la guerra hispano-cubana[7], había asumido explícitamente un compromiso jurídico internacional de entregar el mando de la isla liberada al gobierno que surgiera democráticamente electo en la misma, pero para ello había que organizar y crear previamente las condiciones necesarias, que no fueron sólo electorales, por cierto, sino hasta sanitarias y educacionales. Para empezar, algo básico y evidente, siempre pasado por alto: el Censo de Población de 1899. ¿Cómo organizar elecciones sin un registro de electores? ¿Y cómo preparar éste sin un censo de pobladores y ciudadanos?  Resulta elemental que, en una nación apenas nacida a la soberanía, se necesitaba un proyecto y quiénes lo llevasen a cabo; en este sentido y con toda una burocracia hispana automáticamente excluida ¿cómo realizarlo? Si ni para presentar un frente común en algo mucho más trascendente -como fue la selección de un representante- se habían puesto de acuerdo las facciones, ¿cómo esperar que sí lo hicieran para esto?

 

Balance.

Sin recursos militares ni sociales, y con una política española que había excluido sistemáticamente de la isla -como en la misma península, por cierto- toda preparación democrática y organizativa: ¿era tan viable la organización posterior de un estado, aun en caso del hipotético triunfo en solitario? Claro que algunos obcecados tienen siempre el recurso de afirmarlo voluntariosamente, para tratar de sustituir así, negándose a la razón y los argumentos, la historia que fue con la historia que hubieran querido que fuera. Pero eso ya rebasa y excluye cualquier análisis sensato. Y debo dejar en claro para algún “suspicaz” -el cual nunca faltará- que no hay nada de “anexionismo” en estas líneas. Creo más bien que quienes suelen afirmar lo contrario son -sin percatarse de ello por una insuficiente meditación sobre la trascendencia de sus argumentos- ingenuamente anexionistas: la única forma de sobrevivencia y viabilidad como nación independiente de la joven república cubana, era fortalecer la burguesía nacional como efectiva defensora de su soberanía, papel que ésta estaba desempeñando hasta 1959, cuando llegó otro “integrista intransigente” para poner nuevamente en condiciones de supeditación al país, y una vez más por la manipulación del “odio a los yanquis”. Ese mismo “integrista” furibundo terminó incluyendo un inconcebible y vergonzoso texto en la Constitución cubana que él decretó, de “agradecimiento” por la sempiterna “desinteresada ayuda” de la Unión Soviética: caso nunca visto en que el sometimiento de una nación “soberana” -bajo el pretexto de “gratitud”- se elevara a texto constitucional, ni aún en las repúblicas más sumisas al “imperialismo yanqui”, y nunca en la Cuba anterior a 1959. Ni la “Enmienda Platt” llegó a tanto. Y valga apoyar esto con los hechos: pocos años después de su imposición, el propio gobierno norteamericano negoció con su correspondiente cubano la derogación de la “Enmienda”, y para que se suprimieran de la Constitución de la República de Cuba las abyectas referencias ¡tuvo que desaparecer la misma Unión Soviética!, pues no fue hasta 1992 cuando se expurgó: duró más la segunda que la primera. Y esas son las funestas -e inevitables- contradicciones de los “nacionalismos” exacerbados. Por eso resulta amenazante hoy en día que con semejantes razonamientos estemos condenados a dar una vez más la vuelta en un cerrado, perfecto y decepcionante círculo de nuestra historia.

  Visto lo anterior, y como dijo Víctor Batista en memorable ocasión[8], no nos queda más que enfrentar esta interrogante de fuego: ¿realmente nos merecíamos los cubanos la independencia? Por lo menos, vale la pena preguntárnoslo a la luz de un pensamiento razonador y objetivo.

  Es por eso que la saludable reflexión se impone y con el pretexto de 1898-1998, y en las puertas de un nuevo milenio, se revalúe una situación que en sus posiciones tradicionales no ha variado esencialmente, y se recurra a lo mejor de ese pasado para tratar de iluminar o desentenebrecer -si se me permite- este presente nuestro. Y he pensado que son pocas las figuras mejores para esto que la de Francisco Pi y Margall, un excepcional político español quien tiene aún mucho para decir a los españoles -y a los cubanos- sobre su relación con Cuba.

Pi y Margall y la independencia cubana: una oratoria de servicio

Es innegable que la política y la actitud que tanto en la tribuna como en el gabinete y en la prensa sostuvo Francisco Pi y Margall (29 de abril, 1824-29 de noviembre, 1901) durante su vida de 77 años, impulsaron de alguna manera el reformismo y el autonomismo en Cuba, pues su posición era la mejor muestra de que en España, además de los integristas a ultranza, también habían políticos inteligentes e informados, quienes percibían el conflicto insular en su magnitud real y apoyaban una verdadera solución para él; así pues, las autonomistas no eran voces clamantes en el más desalentador desierto, sino que -aunque tenue, minoritario y precario- también encontraban algún eco y cierta disposición favorable para su proyecto en la misma España. Sin embargo, esta esperanza fue interrumpida por Cánovas del Castillo y Sagasta con la Restauración y la Regencia, lo cual constituyó un golpe estremecedor para el reformismo y el autonomismo cubanos. Así, cuando se hace el recuento de 1898, no es extraño que un historiador en fecha muy reciente invoque con palabras de justo elogio la figura señera -y solitaria- de Pi y Margall en relación con la coyuntura cubana[9]. Es cierto que la política del federalista catalán impulsó el reformismo y el autonomismo en Cuba, posibilidades canceladas por la política integrista y anticoncesionista de Cánovas y Sagasta.

Como escritor, publicista y orador, Pi y Margall ha sido calificado por diversos estudiosos que coinciden en señalarle -formalmente- la antítesis del orador español más común durante la segunda mitad del siglo XIX[10], debido a su concisión y claridad expresivas, a la vez que por el riguroso análisis lógico característico de sus discursos. Al estudiar esta etapa de la oratoria española, María Cruz Seoane ha destacado la estrecha vinculación de ésta con el periodismo[11], relación que se observa a través de toda la actividad pimargalliana. Sin embargo, esta autora apenas menciona a Pi, ni lo considera como orador: no lo incluye entre los “grandes” de la Generación de 1854 (Ríos Rosas, Castelar, Salmerón, Echegaray), ni lo tiene en cuenta aún como orador menor. Tampoco lo trata en su capítulo “Crítica de la retórica y ‘Vejamen del orador’ a fin de siglo”, donde sí estudia a Maura, Silvela, Vázquez de Mella y otros, etapa que caracteriza como de una oratoria de estilo sobrio, depurado y sencillo[12]. Por mi parte, no alcanzo a ver la razón de esta exclusión. Y agrego que estos criterios estilísticos singularizantes se podrían extender también a los conceptuales.

Ha sido destacado el valor que la palabra alcanza en esta época española conocida como “Sexenio Revolucionario” (1868-1874), donde se produce una fuerte lucha de diversas posiciones políticas en el debate ideológico nacional. Esto enriquece el vocabulario y, a la vez, aporta connotaciones variadas a las palabras en relación con los intereses en juego, pues, como ha señalado Marina Fernández Lagunilla, “las palabras no son meros útiles que el hombre emplea en función de sus necesidades comunicativas, sino que son expresión de actitudes, de posiciones ideológicas que van más allá del propio sujeto individual, y constituyen, al mismo tiempo, un medio de acción dotado de una gran fuerza. Si lo que hemos afirmado se puede constatar en cualquier sector del léxico, no cabe duda de que el de la política representa un campo especialmente abonado para ello”[13]. Sin embargo, esta autora no contempla en su estudio sobre el vocabulario político de los republicanos españoles el término independencia, que sí aparece en la oratoria de Pi y Margall y otros políticos de la época. Las voces más cercanas a ésta que considera, con diversas connotaciones, son revolución y autonomía.

Rafael Lapesa ha descrito la época en que vive y actúa Pi y Margall como de una oratoria cuando “la devaluación de las palabras por el abuso de que se las hacía objeto no era obstáculo para que perdurase la adhesión entusiasta a los ideales que encarnaban; por eso, a pesar de todo, conservaban vigencia como signo positivo”[14].

Los términos fundamentales del ideario pimargalliano son federación, pacto federal, independencia y separatismo. Pi recibe una influencia ideológica aún debatida en cuanto a sus fuentes. Antoni Jutglar plantea la “originalidad pimargalliana sobre el federalismo”, pues ya desde 1854 propuso la idea federal, antes que lo hiciera Proudhon, y apoya su tesis en los antecedentes protofederales catalanes como el caso de Ramón Xaudaró, quien en 1832 redactó las “Bases de una Constitución política o principios fundamentales de un sistema republicano”[15], y agrega que desde fecha temprana Pi habló de la dialéctica entre la libertad y el poder como antinomia para considerar en el establecimiento de un sistema político. Empero lo anterior, Juan Ferrando Badía señala que si bien es cierto que La Reacción y la Revolución (1854) es anterior a De la justice dans la Révolution et dans l’Eglise (1858), de Proudhon, no es menos cierto que esta obra de Pi muestra evidente parentesco con la Idée générale de la Revolution au XIX siécle, que publicara Proudhon en 1851. Y cita en su apoyo a G. Trujillo Fernández: “La idea central de ambas obras es la misma: institución del poder por el contrato. Sólo que en la obra de Pi |por diversos factores| se pretende aplicar el contrato a las relaciones políticas”[16]. Isidro Molas, en cambio, señala que “parece indudable que en estos años |1851| conocía ya los escritos de Proudhon y muy posiblemente a través de él, o gracias a él, los de Hegel. Casimir Martí deduce que posiblemente en 1850 había leído ya a Feuerbach”[17]. La raíz proudhoniana de Pi y Margall es enfatizada también por Charles A. M. Hennessy[18]. También es para tener muy en cuenta la simpatía expresada por Pi sobre Fourier y Esteban Cabet (autor de Viaje por Icaria), así como su discrepancia con Luis Blanc. En carta al duque de Solferino, Benet de Llanza, el 9 de octubre de 1852, dice Pi sobre Proudhon que éste “es la dialéctica personificada, el tamiz de la ciencia moderna, el gigante de la razón humana”, para terminar declarando que “Proudhon es hoy el verdadero representante de la revolución en el siglo XIX”. Isidro Molas ha apuntado que “falta por estudiar el pensamiento de los ‘socialistas utópicos’ españoles y las influencias que Fourier, Cabet, etc. ejercieron en la Península: posiblemente un estudio más riguroso de este tema podría ayudar a comprender a nuestra figura |Pi|. No existe hoy una determinación clara entre los conceptos de demócrata y ‘socialista utópico’”[19]. Rousseau es otra fuente del pensamiento pimargalliano. Jutglar señala este hecho citando a Pi, en La Reacción y la Revolución: “‘Entre entidades igualmente libres, la ley no puede ser más que la expresión de la libertad de todos’. De dicha afirmación, que recuerda, entre otras cosas, la proximidad de Juan Jacobo Rousseau, pasaba Pi a efectuar ya la defensa concreta de la fórmula propia, de la federación, entendida (...) como única solución posible, para él: como una realización viable, la única viable, para el funcionamiento de la libertad. Y, en esta defensa, no podrá menos que referirse, antes (y de forma concreta y clara) al hecho -para él fundamental y constituyente- de que tal solución federalista presupone, necesariamente, la realización profunda de un proceso revolucionario”[20].

Pi tiene una amplia labor, política y socialmente muy diversa. Desde los 20 años de edad hasta su muerte, mantiene una intensa actividad como publicista, orador y concertador de voluntades. Y a lo largo de todo este camino muestra un evidente proceso de desarrollo; sin embargo, éste se estructura alrededor de una idea fijamente sostenida, adecuada a sus diversas etapas de maduración, pero medularmente presente siempre: el federalismo. Por ser un un político e ideólogo contradictorio, en virtud tanto de su dilatada actividad como por los momentos por los cuales atraviesa, es apropiado exponer algunos criterios relacionados con el federalismo y la idea del pacto social en Pi, que después influyen tanto en su concepción sobre el problema colonial y su remedio. “La federación -apunta Jutglar- debía ser el resultado de la aplicación del pacto, concebido como garantía de libertad y, por ello mismo, tenía que pasar a convertirse en la solución lógica de las necesidades asociativas, de todo tipo, de los hombres; de todos los hombres, y consiguientemente, debía ser una auténtica fórmula solventadora de los problemas sociales”[21]. Manuel Tuñón de Lara destaca la labor y la personalidad de Pi, cuando señala que “en el mundo intelectual avanzado brillaba ya Pi y Margall, que publicó en 1855 su obra Reacción y Revolución, donde se reúnen ideas filosóficas, económicas y políticas. En ella defiende ya el sistema de República federal como medio de lograr la unidad peninsular respetando las particularidades locales y provinciales”[22]. La trascendencia del federalismo español en el panorama político de la época es de gran importancia, como ha desatacado Juan Ferrando Badía, el decir que “la aventura federal es un hito decisivo en la historia social de España. Separa netamente dos épocas del movimiento obrero español. Tras ella quebrará el socialismo utópico en España (...) Cuando en 1881 los obreros vuelvan a organizarse socialmente, no querrán saber nada del Partido republicano federal. Pero el federalismo (...) no será ajeno -y he aquí su verdadera trascendencia- a sus formas de acción y pensamiento. La aparición de una mentalidad proletaria española estará condicionada por la obra de Pi (...) En Pi está el anarquismo que se federa por regiones”[23].

Independientemente de las fuentes del pensamiento federalista pimargalliano, su concepción del pacto y la federación resulta el centro de toda su interpretación del Estado y la sociedad, así como de su análisis del problema de las colonias. En el “Prólogo” (“El Pacto”) a la tercera edición de Las Nacionalidades, había señalado que “el pacto es el legítimo origen de todas las relaciones jurídicas entre los hombres que han llegado a la plenitud de la razón (...); el verdadero lazo jurídico de las naciones, es preciso desengañarse, se encuentra en el pacto”[24]. Su concepción federal la había enunciado al decir que “la federación es un sistema por el cual los diversos grupos humanos, sin perder su autonomía en lo que les es peculiar, se asocian y subordinan al conjunto de los de su especie para todos los fines que les son comunes”[25]. Más adelante, Pi señalaría el carácter esencial de la asociación pues “los asociados han de ser y no otros, el origen de los gobiernos y de las leyes; las opiniones en ellos dominantes dentro de cada periodo histórico, las que dirijan los negocios públicos: el voto del ciudadano es la base de toda política”[26]. La utilidad de la federación como sistema de organización y conciliación de intereses (aplicable a las colonias) es destacado por Pi al señalar que “la federación es, pues, el mejor medio no sólo para determinar y constituir las nacionalidades, sino también para asegurar en cada uno la libertad y el orden y levantar sobre todos un poder, que, sin menoscabarles en nada la autonomía, corte las diferencias que podrían llevarles a la guerra y conozca de los intereses que les son comunes”[27]. A partir de estos y otros similares puntos de vista, se puede hablar de la relación entre el pensamiento de Pi y el de socialistas utópicos franceses como Fourier[28], y demócratas como Rousseau[29]. Algo esencial en toda la teoría federal de Pi es su carácter legalista, consustancial a su praxis democrática. Como ha señalado Jutglar, “el constitucionalismo pimargalliano -concebido como metodología y forma de apoyo para la transformación de la sociedad (es decir, como medio para la realización revolucionaria)- entraña el principio de la revisión permanente de la misma realidad constitucional”[30]. Es decir, una legalidad en permanente transformación, no estática, sino abierta al cambio. Otros autores, como Manuel Tuñón de Lara, señalan el carácter abstracto de la concepción pimargalliana, alejada de la interpretación histórica de la formación de las nacionalidades modernas: “Pi y Margall es mucho más el teórico de un federalismo que parte del individuo y de su autonomía y que sitúa el centro de gravedad social sobre ese individuo aislado y sobre cada grupo federado. Aunque en Las Nacionalidades defiende la tesis de un Estado compuesto por una federación de naciones ibéricas unidas por un pacto federal, llega a esta conclusión por efecto de una construcción racional más que por el reconocimiento del hecho histórico de una serie de entidades nacionales coartadas por el centralismo estatal de Castilla”[31]. Sin embargo, Jutglar enfoca el proyecto federal de Pi con una visión que trasciende el escenario ibérico y con aún más amplias connotaciones: “El planteamiento federalista pimargalliano no sólo supone (...) un proyecto original y revolucionario (...) en el ámbito español, sino que, además, se comprueba que el sustrato ideológico que anima dicho proyecto trasciende más allá de nuestras fronteras y llega a ir, incluso, más lejos de las propias concepciones pimargallianas”[32]. A la vez, el carácter esencial y básico del proyecto federal tiene un indudable sentido de renovación y replanteamiento de todo el sistema, que comprende igualmente el caso colonial, inevitablemente: Jutglar lo ha calificado como “un proyecto transformador situado (...) en una perspectiva revolucionaria, de verdad, respecto a la fundamentación concreta misma de la unidad de los hombres y los pueblos españoles”[33]. Más adelante comentaré los juicios, favorables y desfavorables, en cuanto al federalismo y la actuación de Pi, pero creo propio reiterar junto con Jutglar que este pensador “presenta el mérito indiscutible de haber sabido presentar y defender uno de los programas más originales y atrevidos de la contemporánea historia española”[34]. Dejando aparte la disputa sobre si su mayor legado proviene de Proudhon o Hegel (hacia el cual se inclina Jutglar), es importante reconocer que “es evidente que en la idea de Estado, fundada en el concepto y el papel de la revolución federal, la tentativa de aplicación del federalismo (...) significa el intento máximo de elaboración de un movimiento revolucionario democrático de raíz pequeño-burguesa, en España”[35]. Aunque también asumimos el criterio, vertido por historiadores como los ya citados Tuñón de Lara, Ferrando y Lida, de la responsabilidad de Pi ante el fracaso de la idea federal, por su temor de aceptar un federalismo ascendente desde abajo[36].

  Pi no es un pensador estático, como nadie puede serlo. A través de sus obras se aprecia la evolución ideológica, que va progresivamente abriendo nuevos puntos para el análisis e interpretación de su realidad. Es cierto que, desde muy temprana fecha, abrazó decididamente el ideal federal como solución particular de los problemas de España, y universal de los conflictos del mundo. Digamos que su doctrina federal y pactista es la columna principal de su edificio teórico. Pero es necesario apreciar también cómo se modifica en algunos puntos básicos a través de su desarrollo personal, lo cual se refleja en las obras que sucesivamente publica y que ayudarán a comprender más adelante su progresiva interpretación del problema colonial. Charles A. Hennessy ha señalado que “during the last twelve years of his life the Pi myth began to crystallize as, increasingly isolated by the developments of new parties representing sectional interests, he waged a lone campaign on behalf of unpopular causes. Foremost was his campaign in his own paper ‘El Nuevo Régimen’, from its foundation in 1891, on behalf of Cuban independence and his condemnation of Spanish colonial policy. This required considerable courage at a time where the violently jingoistic Spanish press universally condemned any talk of dismembering Spain’s remaining colonial possessions. During the war fever of 1898 his plea for sanity was drowned in the hysterical demands of frustrated national feeling for war with the United States”[37]. Sin embargo, la simpatía de Pi por la causa de transformación colonial es mucho más antigua de lo que supone Hennessy, pues se remite a la temprana fecha de los fallidos intentos reformistas de los criollos cubanos en los años previos al periodo 1868-1874, que ha definido Marina Fernández Lagunilla[38].

  Dentro de este panorama de transformaciones, dilaciones, tanteos y aciertos, la figura de Pi es destacada por numerosos autores debido a su excepcionalidad, por lo cual Jutglar no duda en calificarlo como “una figura que constituye una de las biografías más destacadas de la España contemporánea (tanto por su importancia intrínseca, como por su sensibilidad y honestidad), paradójicamente casi desconocida entre nosotros y que -por justicia y por fidelidad a los imperativos de la verdad histórica- debe ser colocada en el lugar señero que, por sus méritos, le corresponde”[39]. Para explicar la actividad de Pi, en ocasiones contradictoria, resulta apropiado tener en cuenta el carácter sumamente ecléctico de la Primera República Española[40], donde Pi viene a ser algo así como un “hegeliano de extrema izquierda”[41]. Otros autores, en cambio, lo consideran de forma diferente, pues “filosóficamente es un anarquista, políticamente un demócrata, socialmente, un reformista (...) pasó de la defensa apasionada de la soberanía individual a la estructuración lógica de su ideario político: la federación”[42]. Jutglar, después de preguntarse si Pi evolucionó desde posiciones ácratas hasta un socialismo más o menos concreto (utópico, democrático y pequeño burgués), para llegar a un radicalismo liberal federal, supone más lógico que estos precedentes pueden considerarse exponentes parciales del radicalismo liberal federativo vinculado al socialismo utópico[43]. Otros autores enfatizan el nexo   socialista de Pi desde la temprana fecha de 1854.

  Hay algunas obras de principal importancia en la comprensión del pensamiento político y social pimargalliano que muestran su desarrollo de la idea federal la cual, como ya dije, constituye la espina dorsal de su ideología. En una valoración general y sintética de sus obras, Tuñón de Lara ha señalado sobre Pi: “No es posible ignorar la acción de un Pi y Margall, que a la cabeza de los republicanos federales expresaba buen número de ideas de la pequeña burguesía republicana. Entre sus obras más importantes se cuentan La reacción y la revolución, de la época juvenil, publicada en 1855, donde dice: ‘no sólo es necesario acabar con la actual organización política, sino también con la económica’. Luego, en 1877, Las Nacionalidades, en que establece su doctrina federalista, y en 1884, Las luchas de nuestro tiempo. Publicista incansable, Pi y Margall insertaba su pensamiento en el positivismo agnóstico de la época cuya crítica vigorosa del orden existente no se hallaba siempre contrapesada por soluciones coherentes para su sustitución”[44]. Isidro Molas no duda en calificar La Reacción y la Revolución, junto con Las Nacionalidades, como los títulos más interesantes de la producción de Pi[45], y agrega sobre el primero que “a pesar de que anuncia la federación, todavía no desarrolla la idea. Se limita a señalar la meta y la senda por la que debe marcharse: la soberanía individual y las libertades democráticas. Por esta razón el libro puede ser calificado ideológicamente de anarquista y políticamente de reformista. Es el anarquismo político”[46]. Aunque siento un tanto absoluta esta definición, sí parece interesante tener en cuenta el criterio de Tuñón de Lara, quien define a Pi como un gobernante que fue más allá del liberalismo y, posiblemente, más allá de la influencia de Proudhon que suele atribuírsele[47]. Es en la respuesta a Echegaray sobre el librecambio -en 1870- cuando Pi desliza conceptos tales como: “Yo creo y sostengo que el trabajo es lo que principalmente crea el valor: que mientras una cosa es simplemente útil no tiene valor ninguno. Una cosa no empieza a ser valor sino desde el momento en que el trabajo del hombre ha entrado en ella”[48]. Molas insiste en calificar Las Nacionalidades como la madurez del pensamiento de Pi, quien veintitrés años antes había publicado La Reacción y la Revolución. Entre una y otra fecha, las vivencias se han acumulado fructíferamente en Pi: ha vivido el destierro, ha clarificado su teoría con nuevas lecturas, ha sido parte de la oposición y del poder y, sobre todo, “ha cambiado radicalmente la estructura social, mental y política de España”[49]. Al mismo tiempo que se produce una evolución en el pensamiento de Pi, también ha sido señalada una transformación en su estilo, que se vuelve más limpio y directo[50], pero sobre este aspecto me detendré después. Con su incesante actividad, Pi llega a convertirse en una leyenda viva, prototipo de honradez y admirado por todos, aunque casi solitario en su lucha.

El llamado “Sexenio Revolucionario” donde Pi desempeña tan importante papel con su mantenido credo federalista, se desarrolla bajo lo que Manuel Tuñón de Lara define como “contradicción esencial entre propietarios y no propietarios”[51], y se resume en el balance del periodo que Molas describe así: “Atacada la República por los carlistas, abandonada por la burguesía, reagrupándose los monárquicos, organizándose aparte la clase obrera, con la rebelión de la fracción más radical de los propios republicanos, los federales fueron víctimas de su propia debilidad como organización, de su propia contradicción como ensamblaje de fuerzas sociales entonces ya dispares. Más que un fracaso personal de Pi y Margall, fue un fracaso de los esquemas y los vehículos que la burguesía española había creado para tomar el poder. Así paradójicamente Pi y Margall, que había formulado y creado los andamiajes de la revolución democrática, se encontraba despegado de las clases que básicamente habían de sostenerlo, las cuales, temerosas de sus propios actos, se volvían atrás intentando buscar una solución pactista o de compromiso: la Restauración”[52].

En el complejo panorama de la Primera República Española, Pi representó entre sus dirigentes quizá la más sólida posición teórica, pero también la más contradictoria actuación desde el gobierno. Es lo que Jutglar denomina como su “constitucionalismo revolucionario”, de plataforma eminentemente legalista, que llevó a vías de hecho en un momento donde -realizado el balance de los años- hubiera sido más necesario, factible y útil, como él mismo lo reconoció después, una actitud menos ortodoxa en relación con la legalidad[53]. Pi y Margall, es un hecho, tuvo importantes y trascendentes errores y vacilaciones, cuya raíz resulta intrincado y casi estéril desentrañar hoy[54]. Son muchos los problemas que enfrentó Pi a través de su larga ejecutoria política[55], pero interesa en especial su actitud y actuación ante el problema colonial. Agudamente, Jutglar ha señalado que dentro del ideal federal pimargalliano “queda patente el hecho de que una posible Constitución federal para España, significaba no sólo una radical reordenación y reorganización del aparato político-administrativo del conjunto del país, sino que, además (y muy principalmente) tal reordenación llevaba aparejada, inexorablemente, la necesidad de revisar las estructuras básicas en que asentaban cada uno de los núcleos constituyentes de la Federación española...|lo cual| implicaba (...) una mutación general, e ineludible, de las estructuras económicas y sociales del conjunto de España”[56]. Esto conduciría, dentro de su concepción de la “unidad en la variedad”, a su ideal de “una España unida. Unida y variada. A una España que debía ser algo más que el mero ámbito de un mercado nacional. Una España, en fin, que, para poseer una auténtica unidad, debía realizar una reorganización revolucionaria de base”[57]. El problema es que, para Pi, en un inicio “su España comprendía las colonias, como provincias federales de Ultramar. No pudo apreciar, en temprana fecha, que “la península había dejado de ser una necesidad para determinados sectores cubanos, que cada vez se veían más vinculados a su propio continente”[58]. No es para extrañar, pues este espejismo fue muy común aún entre los criollos reformistas cubanos quienes solicitaron repetidas veces de las Cortes el reconocimiento de un estatus especial para la Isla, lo cual tuvo siempre como resultado el fracaso[59]. Y es que Pi apoya la independencia colonial dentro del marco constitucionalista, coherentemente con toda su ideología[60]. Mucho después de consumada la independencia de Cuba, Pi insistía en la solución federal, aplicada a tiempo, como panacea para el problema: “Con la sola aplicación de nuestros principios habríamos desarmado nuestras colonias. Las habríamos hecho autónomas al par de las regiones de la Península: y si ni aún con esto hubiésemos conseguido pacificarlas, las habríamos declarado independientes bajo las más equitativas condiciones, que no somos de los que reconocen el derecho de conquista, ni creemos que contra la libertad de los pueblos baste ni la prescripción de siglos”[61]. Sin embargo, aprecia la inevitabilidad de la separación de los territorios coloniales; es así que con un claramente visible aliento rousseauniano advierte: “Por la fuerza las adquirimos, y por la fuerza es natural que las perdamos. Tienden los pueblos todos a su independencia. Están compuestos de hombres y la libertad es en el hombre condición de vida”[62]. Es el mismo pensamiento de quien antes había aseverado, en Las Nacionalidades, que “los pueblos deben ser dueños de sí mismos”[63]. Evidentemente, como señala Jutglar y muy de acuerdo con el pensamiento positivista pimargalliano, “no cree en la existencia de factores de ‘ontología socio-política’ determinantes ni en la vocación ‘imperialista’ o ‘hegemónica’ de las naciones”[64].

  La prensa y la tribuna de esta época recogen suficientes muestras las cuales permiten afirmar que, dentro de todo el panorama español, “sólo los federales de Pi y Margall y los socialistas y anarquistas se mostraron contrarios a la guerra”[65]. En 1890, cinco años antes de estallar el conflicto que definitivamente separaría a España y Cuba, viendo que los problemas planteados aún estaban sin solución, y no se apreciaban tampoco intentos para ello, advierte Pi: “Sóis árbitros de vuestra suerte, les diríamos también mañana que venciéramos. Dictáos la Constitución que os plazca (...) os enviaremos por de pronto hombres civiles y aún fuerzas para llevar a cabo esa transformación profunda: haremos después cuanto podamos para borrar en vosotros hasta el recuerdo de vuestra antigua servidumbre”[66]. Al poco tiempo de estallar el Grito de Baire, Pi escribió: “Estoy decididamente por la independencia de Cuba. La aconsejan a la vez el derecho y la salud de la patria (...) No por patriotas, sino por los mayores enemigos de la patria tenemos nosotros a los que hoy tratan de llevar la nación a la guerra, poniéndole ante los ojos pasajeras y tal vez mentidas glorias y ocultándole el triste estado a que la ambición de sus reyes le condujo. No por la guerra, sino por la instrucción y el trabajo, hay que levantarla”[67], y consecuentemente con esto declaraba poco tiempo después que, si la cuestión de Cuba no podía arreglarse por medios pacíficos, había que ir al reconocimiento de su independencia, así como de la autonomía de las Filipinas. Esta proyección federalista de Pi hacia el caso colonial lo singularizó en la península y despertó entre los separatistas cubanos, si no total coincidencia de opiniones, al menos gran simpatía y respeto[68].

El federalismo de Pi se manifiesta ante el caso colonial, en principio, como un programa reformista que promueve la autonomía dentro de un sistema similar a la Mancomunidad Británica de Naciones -el ejemplo de Inglaterra aparece a cada momento-, hasta llegar a un reconocimiento caluroso y decidido por la independencia total, que proviene del irreversible fracaso de la política española y como lección histórica, lo cual utiliza ampliamente en sus escritos y discursos. Todo este proceso, dilatado por treinta años, atraviesa los vaivenes de la política peninsular y está repleto de matices, tonos e intenciones alrededor de su idea central, el pacto federal, como hemos visto antes.

La oratoria de asunto cubano de Pi tiene varios puntos de interés temático, formal e intencional. Es ejemplar la unidad de su pensamiento político, durante medio siglo de intensa actividad en la primera fila de la escena política española. Su estilo oratorio cambia; muchas apreciaciones formuladas inicialmente de una manera, van transformándose con el tiempo. Como escritor, publicista y orador, Pi fue destacado por sus “observaciones, silogismos y deducciones de una potencia lógica y un poder de convicción incontrastables por ningún sofisma metafísico”[69], al decir de alguno de sus contemporáneos. En general, su estilo expresivo reconoce una evolución señalada por Conangla Fontanills: “De joven, el estilo de Pi era florido, ampuloso, esmaltado de imágenes brillantes, lleno de digresiones oratorias. La influencia de los clásicos retóricos españoles y en gran parte de los románticos franceses, trascendía a su prosa. Pero a medida que sus estudios, sus luchas políticas y su experiencia le robustecieron el carácter, evolucionó su estilo; su prosa se hizo más concisa y clara, adquirió una serenidad y una sencillez de expresión que constituían el mejor ‘ejemplario’ de la pulcritud, de la fluidez, la perfección y la tersura literarias. Esta maestría insuperable se plasmó exquisitamente en sus campañas periodísticas de ‘El Nuevo Régimen’. No puede darse mayor precisión expositiva de los asuntos, proceso resumido en pro o en contra de los mismos y deducción sentenciosa del concepto que merecen (...) Cada uno de aquellos artículos era (...) modelo de claridad y bella expresión, exento de giros y contorsiones gramaticales, depurado de asonancias ásperas y de neologismos cursis; sobrio en adjetivos, pero palpitante de emoción en la defensa de sus ideas...|eran| verdaderas obras arquitectónicas de una armonía, una elegancia y una solidez de conjunto que en la literatura castellana, y sobre todo en el periodismo de más noble escuela, quedarán como modelos clásicos”[70]. Vera González, biógrafo de Pi, ha sintetizado la imagen de él como orador: “Es, en efecto, uno de los primeros oradores de España. No se abandona nunca al fuego de la imaginación; no se deja dominar por la palabra; aparece dueño de sí mismo, sereno, reposado, tranquilo; expresa su pensamiento con admirable propiedad y elegancia, y sus discursos pueden pronunciarse siempre como han salido de sus labios, sin que aparezca en ellos la menor incorrección. Fluido y espontáneo, noble, claro y lógico, desdeña las pompas vanas de la fantasía y fía su fuerza a la verdad, al peso de sus razonamientos, a la influencia incontrastable de su lógica (...) Es quizá el más mesurado de nuestros oradores: habla con convencimiento de la bondad de las ideas que defiende: e insensible casi por igual a los aplausos y a las censuras, parece dirigirse, no a la Cámara, sino al país. Su voz es dulce y suave. Su aspecto, digno y severo. Su dicción, persuasiva y correctísima. Su presencia, majestuosa y varonil”[71]. Más adelante en su obra citada, Conangla señala que “Pi probó que nuestra lengua puede tener toda la claridad y precisión del inglés, con el arte, la sencillez y la elegancia del francés, sin perder por ello su clásico sabor, ni su espíritu majestuoso. La ampulosidad, la rimbombancia, la vacuidad (...) atribuidas por algunos, a defectos del idioma, son faltas de los autores y no del castellano”[72]. Pi, definido por algunos como un “filósofo de la tribuna”, un “místico moderno” y también como “fraile franciscano de la política”, inició su carrera parlamentaria en 1869. Desde sus primeros discursos se reveló como un orador potente y cabeza indiscutible de los republicanos, dirigidos entonces por Figueras, Castelar y el propio Pi[73]. Desde esos momentos iniciales sus contemporáneos reconocieron en él la austeridad y la frialdad de carácter que lo convertían en el opuesto -de forma y fondo- de Castelar: “Es la antítesis de la pasión y verbalismo castelarinos -fuegos de artificio-. Decía Sardol: ‘el señor ministro de la gobernación, que ha elevado a una magistratura su alto cargo; el señor Pi, con la impasibilidad de los bancos de la oposición, cuando explanaba sus teorías filosóficas, así piensa hoy en el sillón del Ministerio”[74]. Reconocido como orador representativo de la llamada “Generación de 1854”[75], y uno de los “picos de mayor valía” de la oratoria republicana, ilustró todo un estilo muy personal dentro del grupo de tribunos, aunque calificado en alguna ocasión de “frío”[76]. Es cierto, como ha señalado Lapesa, que “para bien o para mal, la elocuencia era instrumento político indispensable, y para alcanzarla se acudía a los procedimientos de la retórica tradicional, que de rechazo influían en mayor o menor grado sobre la expresión escrita. Ésta alcanzaba mediante el periodismo una difusión incomparablemente mayor que la lograda en épocas anteriores. La prensa diaria, destinada a saciar el interés de un público extenso por las cuestiones de actualidad, intentaba orientar la opinión con sus comentarios acerca de ellas”[77]. Todo este proceso tiene su raíz en el antecedente inmediato de las Cortes de Cádiz y su intento democratizador. De hecho, Pi apoyaba su desempeño oratorio mediante manifiestos, circulares partidistas y diversos artículos que insistían en sus ideas sobre el federalismo. Marina Fernández Lagunilla, al analizar su connotación, ha señalado que “es federalismo, junto con toda la serie etimológica con él emparentada, uno de los vocablos donde se muestra de un modo más patente la impronta y aportación republicana al léxico político durante los años comprendidos entre 1868 y 1874. En efecto, a pesar de que el término no es nuevo en 1868, pues está documentado ya en las Cortes de Cádiz, es a partir de esa fecha cuando alcanza verdadero auge y adopta un significado moderno. Es de notar a este respecto que el Diccionario de la Real Academia Española no registra federalismo hasta 1852 (‘Espíritu o sistema de confederación entre corporaciones o estados’)”[78]. Esta autora también señala los diversos valores que adopta el término federalismo de acuerdo con la intención del que lo utilizara: así durante casi toda la primera mitad del siglo XIX, los liberales lo identificaron peyorativamente con provincialismo o particularismo, pero desde 1868 el vocablo va perdiendo su matiz negativo. Aparecen entonces estrechamente ligados los términos federación, confederación y federal, sustitutos en varios contextos del federalismo y ligados siempre a la noción de pacto como base de la unión[79], pues el sentido de ésta determina que se defina como federación (de arriba hacia abajo) o confederación (de abajo hacia arriba). Pi fue -y lo demostró- un partidario total de la federación de arriba hacia abajo, cosa que ya vimos al analizar su actitud frente a los levantamientos federales durante su presidencia de la República Española. Mucho más interesante resulta la connotación que adquiere federación entre los miembros del sector más conservador, quienes lo identifican como “despedazamiento de la patria”.

Como orador, Pi hereda la influencia cercana de la expresión neoclásica del siglo XVIII, más tarde matizada por el verbo y gesto románticos, de los pensadores y movilizadores liberales de las Cortes de Cádiz -quienes  marcan prácticamente todo el siglo XIX- al mismo tiempo que continúa una herencia española proveniente de Gracián y Saavedra Fajardo, e incorpora los grandes modelos de la oratoria revolucionaria francesa (Robespierre, Mirabeau, Danton, Marat, Saint Just), y del parlamentarismo británico (Palmerston, Disraeli, Pitt).

 El tema de Cuba y su problema colonial aparece en varias obras de Pi (artículos periodísticos, proclamas, manifiestos, circulares partidistas), y en un conjunto de discursos dedicados al análisis de la política interior y exterior de España. Estos constituirán el objeto de mi comentario, lo cual no excluye la posibilidad de que acuda a otros textos pimargallianos para esclarecer mejor su doble evolución oratoria, sobre la base del análisis cronológico de una muestra significativa de sus discursos.

Conceptualmente, Pi parte de una posición federal autonomista ante el problema colonial, hasta asumir el franco reconocimiento del separatismo independentista como única salida viable para el problema cubano. Formalmente, la oratoria pimargalliana va remozando sus recursos, haciéndolos más efectivos y punzantes, a partir de una simplificación del discurso, desde una herencia retoricista en un principio demasiado cercana a los románticos, hasta el empleo preciso de la palabra justa en el momento oportuno, sin adornos que obstaculicen el proceso de entendimiento y persuasión.

  En su extensa vida (77 años) Pi escribió alrededor de 358 textos sobre el problema colonial cubano. El primero de ellos que alcanzó amplia resonancia lo publicó cuando tenía 30 años de edad. Después se ocuparía de Cuba casi ininterrumpidamente durante poco menos de medio siglo. Su oratoria de tema cubano está compuesta por 13 discursos capitales, los cuales cubren un período desde 1870 a 1900[80]. De éstos, me detendré sobre tres en especial, que responden a momentos históricos y personales muy importantes en la actividad pimargalliana. Con el objeto de profundizar en las diversas implicaciones contenidas en estas piezas, acudiré igualmente al resto de sus discursos de tema cubano, así como a otros textos los cuales pueden ayudar a hacer comprender mejor el pensamiento de Pi, como es el caso de La Reacción y la Revolución, y los artículos “La cuestión de Las Antillas” y “Las elecciones municipales de Barcelona”.

Creo especialmente importantes y significativos dentro de la oratoria pimargalliana los discursos que pronuncia el 13 de junio de 1873, el 22 de junio de 1895 y el 14 de julio de 1897. Durante el periodo cubierto por estas oraciones públicas ocurren dos guerras de emancipación en Cuba (Guerra de los Diez Años: 1868-1878, y Guerra de Independencia: 1895-1898), y Pi participa activamente en la vida política española: Diputado a Cortes, Presidente de la Primera República Española, y más tarde Diputado durante varios años de la Restauración borbónica. Su pensamiento es el de un hombre de izquierdas, en el sentido que este término era entendido en España a mediados del siglo XIX, como herederas de las transformaciones jacobinas en la Francia revolucionaria, y lo respalda con su actitud, siempre dentro de un perfil legalista y constitucional[81], para llevar adelante su idea de la república federal, antepasado de la actual organización de las autonomías hispanas. El pacto federal al cual se refiere insistentemente durante toda su actuación política, se inspira en el pacto social expuesto por Rousseau, aplicado a las condiciones históricas y culturales específicas de las comunidades españolas.

  Desde que en 1870 interpela en el Congreso de Diputados al General Prim en relación con su actitud hacia el problema colonial, Pi muestra ya un estilo sobrio, depurado de pasados devaneos retoricistas provenientes de sus primeros años en la tribuna política. Al poner sobre la mesa el conflicto cubano, destaca un sentido de urgencia para que las Cortes tomaran en consideración el dilema, sin ambages ni dilaciones. Cree Pi en una posible solución reformista autonómica dentro de las condiciones legalistas parlamentarias, y todavía no tiene en cuenta la guerra emancipadora como el resultado de un proceso irreversible de desarrollo, la cual alejaba y separaba los intereses de las colonias de los de la Metrópoli. Se trataba, en la intención de Pi, de “desarmar” a los insurrectos mediante la concesión de “los derechos individuales para aquellas islas”. Aún no aparece en su vocabulario político el término “independentista”, que ya formaba parte de la terminología polémica en Latinoamérica desde fecha muy anterior[82]. Destaca entonces la inconsecuencia con los principios de la Revolución de Septiembre, y previene el peligro de disolver las Cortes sin elaborar antes una respuesta para el problema colonial. Su análisis del problema, lleno de buenas intenciones, aún resulta periférico y mediático.

El 13 de junio de 1873 Pi presenta a las Cortes españolas su programa de gobierno, como Presidente de la República. En todo el discurso utiliza el término integridad como oposición a separatismo, y concluye que las colonias no se podían conservar dentro del sistema entonces vigente, pues se había creado un círculo vicioso donde resultaba evidente el contrasentido de la actitud sostenida por los intereses antirreformistas, los cuales se escudaban detrás de un torpe subterfugio, aduciendo la imposibilidad de llevar a las “provincias americanas” (como denomina Pi a las colonias, siguiendo el argumento de sus opositores), las libertades reconocidas para los españoles peninsulares, “porque se creería que obedecíamos a la presión de los insurrectos ­|quienes| por su parte dicen que no pueden deponer las armas, porque la patria les niega las libertades concedidas a los peninsulares, libertades que son inherentes a la personalidad humana”. Y resume el sentido de esta actitud: “Por este camino no es posible llegar a ninguna parte”[83]. Es este un discurso donde el orador observa puntualmente una lógica razonadora, no exenta de calor y pasión, con partes bien diferenciadas de exposición, antítesis y síntesis, y frecuentes interpelaciones a un supuesto interlocutor. El alejamiento de las colonias lo señala Pi como un hecho mucho más que geográfico, pues apunta que los jóvenes criollos ya no van a educarse en las universidades españolas y se dirigen a Estados Unidos donde reciben, al mismo tiempo que la educación, “el aire de libertad que allí reina”, y agrega, con certero espíritu lógico: “¿Queréis luego que al volver a sus hogares vean con calma que allí domina un régimen completamente distinto?”[84] Por conceptos así, Pi se convierte en la mejor representación de la conciencia autocrítica española ante el problema colonial. Debe considerarse también el precio político que semejantes afirmaciones tenían para la posición del diputado, en una época donde la demagogia integrista señoreaba las tribunas.

Pi también aborda otro punto de interés dentro de su programa reformista autonómico para las posesiones españolas: la abolición de la esclavitud. Y esto supone un cambio de toda la estructura levantada sobre ese sistema. Era un punto cuidadosamente soslayado en los debates parlamentarios, por todo lo que implicaba y los intereses afectados dentro de él. Ni aún como “provincia de tercera clase” los legisladores españoles -en su enorme mayoría- estaban dispuestos a conceder cierta soberanía a Cuba y otras colonias. Por ello, este breve discurso -no era amigo Pi de perorar durante horas- sintetiza su posición (reveladoramente, desde el poder) ante el problema colonial y marca la huella que seguirá durante varias décadas posteriores, ya en la oposición. Esto explica su actitud ante el fin de la Guerra de los Diez Años, cuando en un discurso pronunciado el 27 de marzo de 1881 en Santander, cuestiona las vías utilizadas por España para terminar temporalmente con la guerra de Cuba. La manipulación sagazmente realizada por el general Arsenio Martínez Campos de las divisiones internas entre las fuerzas independentistas no solucionó el conflicto, de raíz mucho más honda, y la paz conseguida resultaba superficial. Pi lo aprecia y advierte: “El fuego está oculto debajo de la ceniza. Un ligero soplo puede renovar el incendio. Hemos prometido mucho; no hemos cumplido nada”[85]. Todavía Pi muestra una explicable actitud paternalista hacia las colonias, las cuales pueden esperar aún de España su “soberana protección”, quien “podría defenderlas” para garantizar “su paz y su reposo”.

Esta posición continúa en otros discursos sobre el tema cubano durante toda la etapa de entreguerras, la llamada “paz turbulenta” de 1878 a 1895[86]. Muestras de esto son sus intervenciones el 19 de junio de 1881 en Valencia (donde denuncia el virtual “estado de sitio” impuesto por España en Cuba y otras colonias, y exige  incorporación con plenos derechos al estatuto jurídico español), y el polémico discurso en el Congreso de Diputados, el 8 de julio de 1886, contra la monarquía y las supuestas bondades de la Restauración borbónica, la cual ha dejado sin solución los verdaderos problemas de España, agravados por un esclerótico conservadurismo. Para esta fecha el proyecto federalista ha madurado en las convicciones de Pi, y lo sostiene no sólo como una solución nacional, sino regional e incluso universal. Esto lo convierte de hecho en uno de los pioneros españoles de la moderna federación europea que apenas ahora está empezando a cristalizar, y es un acto de estricta justicia recordarlo.

Cuando en 1895 estalla nuevamente la guerra que anunció, Pi publica su artículo “La cuestión de las Antillas”. En éste justifica el retraimiento de los delegados cubanos ante los órganos legislativos españoles, los cuales negaron antes la aplicación de la nueva ley electoral a los dominios de ultramar. El anacronismo español, que mantenía en las colonias una legislación arcaica desde 1878, es puesto en evidencia por Pi. Califica las reformas concedidas como “ilusorias e hijas de la desconfianza” y anuncia los desastres sin ser atendido. Aún expone como única salvación su propuesta autonomista, pues desconoce que las contradicciones entre Cuba y España habían llegado al grado de resultar irreconciliables con un estado de mayor o menor dependencia relativa hacia la metrópoli. Pi no aprecia las diferencias entre el carácter de una y otra guerra independentista: el estallido de 1868 no tuvo suficiente preparación, careció de un programa coherente y presentó objetivos contrapuestos, respondiendo a los intereses de diversos sectores sociales minoritarios; en 1895, en gran parte la actividad coordinadora de José Martí había sido elemento primordial para la creación del Partido Revolucionario Cubano, unificador y concertador de muchas voluntades dentro de una estrategia de mayor alcance y profundidad social, aunque no puede decirse -por la misma constitución del movimiento independentista cubano- que estuviera unánimemente aceptada, como después se puso en evidencia cuando finalmente estallaron las contradicciones a duras penas contenidas, al desaparecer el principal movilizador del empeño liberador.

En junio de 1895 las operaciones militares en Cuba entre españoles e insurrectos promovieron que el tema colonial se tornara aún más candente. En ese mes Pi pronunció tres discursos sobre el asunto. Aunque me referiré en especial al segundo de ellos, no puedo dejar de comentar el precedente y el siguiente, pues forman parte de un mismo estado de conciencia y se encuentran íntimamente vinculados. El primero, pronunciado el 8 de junio de 1895 en el Congreso de los Diputados, denunciaba implacablemente lo absurdo del empeño colonial y destacaba que “de esa deplorable guerra tiene en gran parte la culpa nuestra anticuada política”[87]. La torpe reserva y la dilación en conceder las reformas habían conducido a un nuevo enfrentamiento y, no satisfechos aún con el despropósito, el orador alertaba que “insistimos aún en negarles la autonomía a que tienen derecho”. Ya aparece aquí el vocablo separatista en Pi: “De esas reformas, ¿cómo pudísteis creer que no se burlaran los separatistas? ¿Esas son todas las concesiones que habéis podido arrancar a nuestra generosa madre? pudieron preguntar a sus Diputados. Convencéos al fin de que sólo por la fuerza de las armas cabe conseguir la autonomía que deseamos”[88].

Este discurso sirve de precedente y raíz del que sintetiza la actitud de Pi ante el problema colonial en el momento, y su estado de evolución formal oratoria, pronunciado en el Centro Federal de Madrid el 22 de junio de 1895, y el cual constituyó toda una declaración de principios la cual casi parece tomada textualmente del Contrato social de Rousseau: “Debe trabajarse por restablecer los principios de justicia. Nación alguna tiene derecho a ocupar territorios que otros hombres pueblen, como éstos no se lo consientan. Si una nación los ocupa por la violencia, los vencidos pueden en todo tiempo combatirla hasta que la arrojen del suelo de su patria. No hay en esto prescripción posible. Ni prescribe ni puede prescribir nunca el derecho a la libertad y la independencia”[89].

 Este discurso es un modelo de precisión en las ideas, expuestas de forma clara, sin artilugios convencionales ni llamados a un falso honor patriótico. Es una muestra además del más coherente pensamiento liberal español en relación con el problema colonial. Más adelante reconoce un hecho muy importante que hasta el momento no había aparecido en la producción de Pi: la existencia de una identidad nacional diferenciadora en las colonias. La exaltación del sentimiento libertario español aparece parangonada en este discurso con el estado de conciencia en los criollos: “¿Han de ser calificados allí de bandidos los que aquí calificamos de héroes?”[90] Esta paradoja insoluble marca la política española durante todas las luchas por la independencia en las colonias. Es también el resultado de una estrategia nefasta, pues “debimos haberles concedido hace tiempo la autonomía a que tienen indisputable derecho; debimos haberlos dejado unidos a la península sólo por el vínculo de los comunes intereses: los nacionales y los internacionales”[91]. Aún piensa Pi en una autonomía, pero ya resulta prácticamente imposible de proponer y menos de aplicar. No hay inversión posible del proceso, pues se percata hasta dónde se ha agudizado el conflicto. Se perdieron las oportunidades que aconsejaban “la razón, el derecho, el propio interés, la consideración del vasto imperio”[92]. Son palabras y expresiones directas, sin matices, utilizadas por el orador para exponer razonadamente su criterio. Podríamos decir que se aprecia una intención didáctica para ofrecer enunciados temáticos al abordar cada idea central: “Si hay ahora una guerra en Cuba, nuestra y sólo nuestra es la culpa”[93]. Analiza argumentos contrapuestos relacionados con la concesión de la autonomía a la isla, pues siendo aún los más fuertes “no podrá achacarse nuestra generosidad a flaqueza”[94]. Era importante en ese momento que España revalidara sus antiguas aspiraciones continentales, sobre todo a raíz de una restauración monárquica y el inevitable proyecto europeo de ella. El matiz implícito no se entiende bien sin tener en cuenta el debate político enfrentado por Pi, pues el sector oficial defendía la quimérica idea de sostener la guerra al precio que fuera, en el lema desesperado y ampliamente difundido por Cánovas del Castillo: “Hasta el último hombre y hasta la última peseta”. Esto sirve de puente para el conocimiento del discurso siguiente, pronunciado en una velada necrológica del Centro Republicano Federal de Madrid, el 29 de junio de 1895, apenas una semana después del que ya examinamos antes.

Aquí insiste Pi en el tema, con el efectivo recurso de volver al revés los argumentos de la oposición pseudopatriótica. Es gráfica y sintética la imagen con la cual resume el drama: “Cuba es el sepulcro de nuestra juventud en sus deplorables guerras”[95]. Utiliza la ironía y el razonamiento ab absurdum para desbaratar los argumentos contrarios: “¡La soberanía de la Nación! ¿Es que la Nación, para ser soberana, ha de absorber la vida de los grupos que la componen? ¿Es que la soberanía lleva consigo forzosamente la servidumbre de las colonias? (...) Como si hubiese para una nación mengua en dar lo que de justicia se debe; como si no pudiera padecer más la honra continuando la guerra y saliendo vencidos”[96]. Esta actitud de Pi, calificada de derrotista y antinacional por sus opositores, demostró ser sensata y certera. Con la misma idea continúa en otros discursos, como el del 19 de octubre de 1895 y, muy especialmente, en la pieza pronunciada en el Centro Federal de Madrid el 14 de julio de 1897, por el aniversario de la toma de la Bastilla. Creo éste es el más representativo de la oratoria de Pi y Margall sobre el problema colonial, pues ningún otro aporta tantos elementos de análisis del conflicto, al mismo tiempo que es un discurso dentro del más depurado estilo pimargalliano de la concisión, la sencillez y la efectividad del razonamiento riguroso. No duda en afirmar desde el principio: “La cuestión que hoy más se ventila es la de Cuba”. A partir de aquí dedica unos momentos para analizar -casi diría, desmenuzar- los argumentos de sus contrincantes, así como las inconsecuencias de su acción política. De Sagasta dice que “olvida (...) que con la guerra ha cambiado el espíritu de los cubanos”, destacando así la irreversibilidad del proceso independentista. De Silvela señala que sólo ha presentado “soluciones hipotéticas”. Y muestra pruebas para afirmar que lo sucedido en Cuba no es una “insurrección pasajera y falta de base”, sino una lucha por la independencia con objetivos definidos. Ya aquí, después de una evolución que parte de utilizar los términos insurgencia, separatismo y otros parecidos, los cuales no abordaban la esencia del problema, Pi reconoce la independencia como parte de su vocabulario político: “Los cubanos en armas han resistido durante más de dos años el empuje de 200,000 españoles, el mayor ejército que ha mandado Europa a las regiones de América”[97]. Ni las pérdidas de Martí (“el alma del movimiento”, lo califica certeramente Pi) y Maceo, han quebrado la “sólida lucha, que despierta admiración y apoyo en todo el mundo”. Y agrega: “Las mujeres, aún más que los hombres, están allí porque salga Cuba del poder de España. De flores cubrirían el camino de Máximo Gómez si le viesen entrar vencedor en la ciudad de La Habana”[98]. Aquí se equivocó en parte, pues la entrada del caudillo dominicano en la ciudad distó de ser un hecho unánimemente celebrado, como ya señalé antes en relación con la suspicaz Asamblea del Cerro.

Es interesante considerar la posible influencia estilística de José Martí en Pi y Margall. Aunque no existen evidencias de un encuentro personal entre ambos durante la estancia del primero en tiempos de la Primera República (sí hay pruebas del encuentro del cubano con algunos republicanos españoles, como Cristino Martos), parece sumamente probable que hubiera una corriente de simpatía entre ambos, a través de sus obras. Martí leía y seguía a Pi (“Pi fuerte”, lo llama en alguna oportunidad), y aunque la mayor parte de la producción martiana permanece inédita o poco difundida hasta la primera década del siglo XX y muy especialmente en España, por razones políticas fácilmente presumibles (no olvidemos que otro gran escritor, el filipino José Rizal, fue ejecutado a pesar de la intervención de Pi en su favor), quizá hay ecos martianos en el giro novedoso y en la palabra sorprendente utilizados por el político catalán sobre todo en sus últimos diez años de vida. No en vano había ocurrido una renovación modernista, de herencia clásica, pero con raíz latinoamericana, la cual transformó la expresión en lengua castellana.

  En el mismo discurso Pi califica de “vaga” la actitud de los republicanos, y resume su idea al plantear que ya las reformas resultaban inaceptables. Recuerda la historia, como lección para el presente: “Empecemos hoy por donde entonces acabamos”, refiriéndose a 1878. Intenta, coherentemente con su sólida convicción federal, un gesto más, el último: “A Cuba no la queremos unida con la metrópoli sino por el vínculo de los comunes intereses: los intereses nacionales y los internacionales” -idea que ya había vertido antes- pero agrega, viendo la crisis en su punto más alto: “Si con todo no la aceptaran |la autonomía|, nosotros que miramos la guerra como el mayor de los males y encontramos aceptables todos los medios que puedan conducirnos a ponerle término, llegaríamos sin vacilaciones a la independencia. ¿Cómo no, si nosotros negamos en nuestro programa el derecho de conquista, y reconocemos en las gentes conquistadas el derecho de arrojar en todo tiempo de su territorio a los invasores sin que baste a quitárselo la prescripción de siglos?” Y sintetiza la contradicción: “Del fondo de las mismas declaraciones de Silvela y Sagasta surge la independencia”[99]. La noción colonialista, todos los subterfugios de tutelaje invocados como legitimadores de la conquista, también los cuestiona cuando dice: “Si algo puede legitimar este derecho, es la inferioridad de los conquistados y la conveniencia de educarlos. Educados ya, ¿con qué título cabe mantenerlos bajo el yugo? Son las colonias para las naciones lo que los hijos para los padres”. Aquí introduce la imagen de la relación padre-hijo = metrópoli-colonia, como un supuesto aceptado para después demolerlo, previendo una respuesta de sus oponentes, recurso evidente de la mayéutica, apoyado por un constante y efectivo contrapunteo de preguntas y respuestas: “Mayores las colonias hacen, o aspiran a hacer, otro tanto. ¿No es ya mayor Cuba? Si no lo fuese ¿de quién sería la culpa sino nuestra? ¿Ni con cuatro siglos de coloniaje habríamos sabido educarla?”[100]

Después de analizar los fracasos coloniales españoles desde el siglo XVII, sintetiza todo el sentido de su discurso en una serie de apotegmas que refuerzan la legitimidad de la independencia cubana, pues “así como el forjador no aprende a forjar sino forjando, los pueblos no aprenden a hacer buen uso de la libertad sino a fuerza de usarla”, de lo cual bien pudo poner como ejemplo a los propios españoles de su momento. Pi percibe esa reticencia hispana tan antigua y extendida para aceptar en sus dominios la libertad la cual asumían y disfrutaban en la península como derecho inalienable.

Hasta el último instante de su vida, Pi y Margall sostiene esta actitud crítica, exigiendo de sus compatriotas una posición consecuente en relación con Cuba. No lo logrará. En discursos posteriores realizará el balance de toda la etapa como un necesario proceso de aprendizaje el cual sirviera para conducir por rumbos nuevos la política española. Estos son los casos de las piezas oratorias pronunciadas en la sesión del Congreso (17 de julio de 1899) y en un acto del Centro Federal de Madrid (11 de febrero de 1900). En este último dice: “No bastan los ejércitos a salvar las naciones”, y ante la perplejidad por la quiebra colonial, señala que “no nos explicamos bien las causas porque perdimos la Isla de Cuba, y no es difícil apreciarlas. Allí era donde estaba más vivo el sentimiento de la Patria. No los insurrectos sino la isla toda nos era enemiga. Favorecían todos los cubanos la insurrección, cada cual, a su modo, y hasta los maestros inculcaban a sus alumnos el odio a España. Enardecíanla con sus entusiasmos la mujer, con sus cantos el poeta. ¿Qué había en cambio en nuestros soldados? A su llegada a Cuba la triste noción del deber: cuando se habían batido, un más o menos ardiente deseo de venganza. Por esta razón no pudieron contra 30 ó 40,000 insurrectos 200,000 españoles”[101].

En 1900 pronuncia Pi otro discurso, el último donde habla públicamente sobre Cuba y recuerda que de haber concedido a tiempo las reformas, España gozaría entonces de una mejor relación con la antigua colonia, que se traducirían en unas relaciones comerciales mutuamente beneficiosas, pero al persistir en su actitud cerrada, el imperio había clausurado las puertas para ese intercambio y lanzado a la isla a los brazos de su vecino y más poderoso competidor, los Estados Unidos. Aunque como periodista ya había publicado Pi varios artículos sobre la presencia norteamericana en la isla. Imbuido profundamente por su idea federalista, Pi aprecia en los Estados Unidos en principio, el ideal de su república, pues están organizados como una entidad federativa, consagrada por el uso y el éxito nacional e internacional. De hecho, justifica la intervención de ellos en la guerra hispano-cubano apoyado en la ayuda que España brindó a Inglaterra cuando la guerra libertadora de las Trece Colonias, o cual en su entender constituye un precedente jurídico que legitima la acción norteamericana en Cuba. Esta es su posición inicial[102], pero el desarrollo mismo de la guerra le hace tomar otro camino a sus opiniones[103]. Figura solitaria en el escenario político español de su época, quizá el único político “de izquierdas” congruente con sus ideas, Pi asume durante el conflicto la actitud no sólo de advertir los peligros, sino se levanta como el único valedor de la independencia cubana en la escena política española, actitud peligrosa por cuanto transgredía el concepto del “honor nacional” tan manejado por los partidarios de resistir a toda costa. Asume una posición auténticamente molesta e irritante ante una delicada situación como el fusilamiento del emisario español Ruiz, por haber llevado un mensaje autonomista cuando el Gobierno en Armas dirigido por Máximo Gómez había condenado con la pena máxima cualquier proposición de este tipo[104].

Crítico del sistema desde dentro, Pi no incurre en el engaño por el espejismo de estabilidad proyectado por la Restauración como rasgo definidor de su imagen histórica. Con ironía y precisión, resume que la intención de ésta ha sido “no matar el fanatismo, sino vivificarlo”[105]. Y agrega: “Nada bueno nos ha traído esa restauración; sí mucho malo”[106]. Realiza un análisis de las condiciones materiales concretas, con sólida base económica, que han separado los intereses de la metrópoli y Cuba: “Las dos principales producciones de Cuba eran el azúcar y el tabaco. Cuando el valor del azúcar menguaba porque lo hacían de remolacha y sorgo otras naciones dando primas a los que lo fabricaban, nosotros le imponíamos nada menos que 31 pesetas por cada 100 kilogramos, a fin de sostener y favorecer las fábricas de Andalucía, como si Cuba no fuera parte de la nación. Derechos de exportación imponíamos también sobre el tabaco, cuando el valor del tabaco decrecía. En los tejidos era disparatada la diferencia que había entre los derechos de los productos peninsulares y los de los extranjeros”[107].

En su último artículo[108], dictado seis días antes de morir, Pi realiza un paralelo entre la guerra cubana y el movimiento catalanista, como un último eco de la lección recibida y aún no aprendida. El gobierno sigue el mismo cauce de errores, dudas y equivocaciones que cuando la crisis de Cuba. Pi aplica un modelo a otro -quizá un tanto rígidamente y con una cierta peregrina aproximación de diferentes contextos- a través del prisma federal, y promueve la solución que ha mantenido inalterable durante su vida: “Si los gobiernos fueran previsores, lejos de combatir esos partidos |se refiere a los regionalistas, catalanistas y federales|, los favorecerían, usándolos como barrera contra toda aspiración a la independencia”[109]. Pi enumera encadenadamente sus ideas, en contacto con la historia reciente y remota, para demostrar el sostenido error de la política española, a la cual califica como imprevisora y absurda, atenida al unitarismo nacional. Y advierte, en sus últimas palabras escritas: “Piénselo el gobierno y cambie de conducta”[110]. No cambiaron.

Francisco Pi y Margall, analista y partícipe de su tiempo, y figura principal de la Primera República Española, recorre el inevitable camino marcado por los acontecimientos históricos, evolución que puede seguirse a través de su obra, en especial, para el caso de este comentario, en los discursos y escritos sobre el tema colonial, a partir de la muestra de tres de ellos los cuales responden a momentos importantes de su trayectoria ideológica y estilística. Su pensamiento se va radicalizando dentro de las mismas circunstancias: directamente relacionado con su ideal federalista y pactista, aboga en principio por las reformas autonomistas como solución al problema de las colonias, cuando todos defienden una política férrea negadora de cualquier concesión. Es un crítico dentro del sistema mantenido por España: en eso estriba su mayor grandeza moral. A partir de esta posición inicial, comprende paulatinamente que para el problema sólo existe, en última instancia, la independencia como solución drástica, en relación directa con la errónea política sostenida hasta entonces. Al mismo tiempo, su oratoria se hace más efectiva, depurada de adornos inútiles y efectismos impresionistas. Busca ante todo razonar, convencer, abrir nuevas vías para el conocimiento, apelando a la capacidad de discernimiento más que a la pasión manipulada, sin ser por ello frío o insensible. Todo lo destaca, y en especial dentro del tema colonial, como exponente de una manera de asumir la acción política desde la tribuna española del momento, que en él se caracteriza por la exposición metódica contrapuesta al retoricismo predominante en la época. No podía ser de otra manera: su mensaje de renovación debía vestirse con el ropaje novedoso de una época de cambio, ante la ciega resistencia de admitir los nuevos tiempos.

 



[1]  Armando Segura, “El invento político del 98”. Ideal (Granada), 17 de enero de 1998. p. 25.

[2]  Ídem.

[3] En el mismo artículo anterior, por tomarlo como referente a la mano, puede leerse: “Es entonces cuando cobró fuerza y valor de uso, la generación del 98, único expediente ideológico para crear una izquierda burguesa, radical, social-liberal, que mantuviera los intereses extranjeros en España, bajo la cobertura más locuaz, la de una españolidad de postal, cartón piedra, hoja de calendario, zarzuela a ritmo de esperpento e inteligencia teatral, factura de calvas hondas y miradas en lo infinito.” No es justa esta apreciación, porque desconoce algo fundamental: esa generación que se trata de caricaturizar sí emprendió una revisión sobre la realidad española, que ojalá otras “izquierdas” más “combativas”, “decididas” y “auténticas” hubieran emprendido en su momento.

[4] Un triunfal candidato del PSOE a unas futuras elecciones para la presidencia del gobierno español, ha declarado en medio de la euforia del éxito, que ya es hora que España vuelva a tener un presidente catalán: clara alusión al segundo presidente de la primera república, Francisco Pi y Margall. Pero el “catalanismo” no basta como programa político, y alarma que se vislumbre desde ahora una posible alianza entre ese virtual líder del PSOE, con el anquilosado y atrabiliario estalinista de viejo cuño Julio Anguita, ex “Califa Rojo” de Córdoba y hoy melancólico coordinador de Izquierda Unida, nombre que postula la mejor negación de lo que es realmente esta agrupación caracterizada por su atomización.

[5] Quizá no fue sólo esto e influyó más su conocimiento (y padecimiento) directo y reiterado de las peculiaridades del “carácter cubano”. Recuérdese la carta a su mujer, “Manana”, donde después de contarle un incidente, sentenciaba: “Estos cubanos, o no llegan, o se pasan”.

[6] Y no precisamente por falta de advertencias en este sentido, pues el mismo almirante Cervera más que pedir, rogó muchas veces al gobierno español, modernizara y pertrechara adecuadamente la flota española, la cual ya estaba completamente obsoleta en su época. El colmo es que, aunque más tarde absuelto, Cervera fue sometido a juicio militar después de la derrota en Santiago de Cuba por la acusación de no haber defendido suficientemente el honor español en esa batalla naval: la misma lógica de Stalin o Castro.

[7] A pesar que durante muchos años la explosión del acorazado “Maine” fue señalada como una autoprovocación norteamericana y pretexto para tomar parte en la guerra -punto de vista sostenido por algunos españoles y la historia oficial en Cuba desde 1959- hace suficientes años que los Departamentos de Estado y Marina de los Estados Unidos reconocieron que fue causado por un accidente debido a error humano de uno de sus tripulantes.

[8] En la misma oportunidad que menciono en la nota siguiente.

[9] Así lo realizó don Enrique Pérez Cisneros, historiador cubano, al presentar su libro sobre la Guerra de Independencia cubana de 1895, en la madrileña tertulia del “Café Central”, que anima el entusiasmo y la persistencia de Víctor Batista Falla, el 4 de enero de 1998.

[10]Vid. Josep Conangla Fontanills, Cuba y Pi y Margall. La Habana, Editorial Lex, 1947. Cap. VI, pp. 53-58. Aquí pueden consultarse varios juicios de contemporáneos de Pi sobre su estilo. En adelante, sólo CONANGLA.

[11] María Cruz Seoane Couceiro, Oratoria y periodismo en la España del siglo XIX. Valencia, Castalia, 1977. pp. 302-327.

[12] Ibídem, p. 338.

[13] Marina Fernández Lagunilla, Aportación al estudio semántico del léxico político: el vocabulario de los republicanos. Hamburgo, Helmut Buske, 1985. p. 13.

[14] Rafael Lapesa, “Ideas y palabras: del vocabulario de la Ilustración al de los primeros liberales”. Asclepio, XVIII-XIX (Homenaje a Pedro Laín Entralgo). Madrid, 1966-1967.

[15] Antoni Jutglar, El constitucionalismo revolucionario de Pi y Margall. Madrid, Ediciones Taurus, 1970. Cuadernos Taurus, No. 92. p. 22.

[16] Gumersindo Trujillo Fernández, “Pi y Margall y los orígenes del federalismo español”. En: G. Berger, El Federalismo. Madrid, 1965.

[17] Isidro Molas, Ideario de Pi y Margall. Madrid, 1966.

[18] Charles A. M. Hennessy, The Federal Republic in Spain. Pi y Margall and the Federal Republican Movement (1868-1874). Oxford, 1962. Existe una versión en español: La República Federal en España. Pi y Margall y el movimiento federal (1868-1874). Madrid, 1967.

[19] Isidro Molas, ob. cit.

[20] Antoni Jutglar, ob. cit., pp. 26-27.

[21] Ibídem, p. 50.

[22] Manuel Tuñón de Lara, Francisco Pi y Margall y el federalismo español.

[23] Juan Ferrando Badía, El estado unitario, el federalismo y el constitucionalismo español. Madrid, Tecnos, 1986.

[24] Francisco Pi y Margall, Las Nacionalidades, art. cit.

[25] Ibídem.

[26] Ibídem.

[27] Ibídem.

[28] Las relaciones entre los falansterios propuestos por Fourier recuerdan en mucho la organización federal defendida por Pi y Margall.

[29] El sentido del pacto social que defiende el filósofo ginebrino en su Contrato social puede tomarse como la base del ideario federalista pimargalliano.

[30] Antoni Jutglar, ob. cit., p. 47.

[31] Manuel Tuñón de Lara, ob. cit.

[32] Antoni Jutglar, ob. cit., pp. 14-16.

[33] Ibídem, p. 14.

[34] Ibídem, p. 12.

[35] Ídem.

[36] Esta fue una de las preocupaciones más constantes de Pi y Margall en su conceptualización del ideario federal, pues sospechaba que la disolución extrema de los lazos sociales derivara hacia el caos, pero se afirmaba con su “fe” federal en que una política adecuadamente aplicada soslayaría este peligro.

[37] Charles A. Hennessy, ob.cit.

[38] Marina Fernández Lagunilla, ob.cit.

[39] Antoni Jutglar, ob. cit., p. 85.

[40] Ibídem.

[41] Ibídem.

[42] Ibídem.

[43] Ibídem.

[44] Manuel Tuñón de Lara, ob.cit.

[45] Isidro Molas, ob.cit.

[46] Ibídem.

[47] Manuel Tuñón de Lara, ob.cit.

[48] Francisco Pi y Margall, Ideario federal.

[49] Isidro Molas, ob.cit.

[50] Ibídem.

[51] Manuel Tuñón de Lara, ob.cit.

[52] Isidro Molas, ob. cit.

[53] Antoni Jutglar, ob. cit.

[54] Algunos estudiosos han especulado en lo que hubiera sucedido si Pi y Margall hubiese tenido, por ejemplo, una actitud más decidida en relación a la puesta en práctica de sus convicciones, desde la posición de poder que le brindaba la presidencia de la república, pero pasan por alto entre otros aspectos, las circunstancias tan difíciles y provisorias por las que atravesaba el primer intento republicano español. Es fácil señalar, a la distancia de los años, lo que debió hacerse, pero con la ventaja a su favor de poder ver la historia como se desenvolvió.

[55] Sin duda alguna fue el político español más visionario de su momento y el más entregado a sus convicciones, aunque no siempre congruente con las mismas, por las propias necesidades que le imponía el desempeño de sus diversas responsabilidades y, sobre todo, su misma conciencia de respeto hacia las instituciones que había acatado.

[56] Antoni Jutglar, ob. cit.

[57] Ibídem.

[58] Ibídem.

[59] Fueron varios los intentos de los promotores reformistas insulares para lograr que España acordara una legislación más razonable a la isla; incluso los republicanos defensores de conquistas para los ciudadanos peninsulares se mostraron invariablemente reticentes para la concesión de estas reformas.

[60] El político catalán procedía con lógica: al considerar todas las regiones españolas dentro de su sistema federal, las colonias estaban comprendidas en este proyecto y por tanto resultaba apresurada para él la aplicación de un programa de reformas que pudieran demorar o entorpecer la aplicación del mismo en las zonas del dominio español.

[61] Francisco Pi y Margall, ob. cit.

[62] Francisco Pi y Margall, ob. cit.

[63] Francisco Pi y Margall, Las Nacionalidades.

[64] Antoni Jutglar, ob. cit.

[65] Ibídem.

[66] Francisco Pi y Margall, ob. cit.

[67] Francisco Pi y Margall, ob. cit.

[68] “Pi fuerte, Pi grande” lo llamó en alguna ocasión José Martí.

[69] Conangla, ob. cit.

[70] Conangla, ob. cit.

[71] J. Vera y González, Pi y Margall y la política contemporánea.

[72] Conangla, ob. cit.

[73] Es indiscutible el papel protagónico que desempeñó Pi en la primera república española, a pesar del aislamiento al cual quedó reducida su tesis federalista, incomprendida por los más, burlada por algunos e ignorada por todos.

[74] Conangla, ob. cit.

[75] Pi y Margall tenía un estilo oratorio que tanto en la forma como en el fondo mismo de sus piezas, lo distinguía del resto de sus colegas parlamentarios. Con los años estas diferencias fueron acentuándose, no sólo porque continuó la depuración de sus recursos expresivos -cada día más atenido a la lógica de las argumentaciones- sino porque su ideario federalista se concentró con el paso del tiempo, pasando de intuiciones a convicciones profundas.

[76] Conangla, ob. cit. La “frialdad” de la oratoria pimargalliana era la manera como sus contemporáneos calificaron su lógica expositiva, extraña en la tribuna ibérica de entonces, donde se acudía con uso y abuso a la persuasión efectista lograda por el gesto y el tono más que por la fuerza de los argumentos. Por ejemplo, el humor le resultaba totalmente ajeno a Pi, al contrario de los parlamentarios de la época, quienes lo utilizaban como recurso de descalificación de sus oponentes.

[77] Rafael Lapesa, ob. cit.

[78] Marina Fernández Lagunilla, ob. cit.

[79] Ibídem.

[80] Todos estos discursos aparecen en la recopilación realizada por Conangla Fontanills (Vid. Nota 10), en el siguiente orden: *Contra Prim, en el Congreso de Diputados, 1870, p. 165; *Presentación a las Cortes del Programa de Gobierno, 13 de junio de 1873, pp. 165-166; *Santander, 27 de marzo de 1881, pp. 166-167; *Valencia, 19 de junio de 1881, pp. 167-168; *Contra la Monarquía, en el Congreso de los Diputados, 8 de julio, 1886, p. 168; *Madrid, 8 de junio, 1890, pp. 168-169; *Congreso de los Diputados, 8 de junio de 1895, pp. 181-182; *Centro federal de Madrid, 22 de junio de 1895, pp. 182-184; *Velada necrológica en el Centro republicano federal de Madrid, 29 de junio de 1895, pp. 184-185; *Centro federal de Madrid, 19 de octubre de 1895, pp. 201-203; *Centro federal de Madrid, 14 de julio de 1897, pp. 367-370; *Sesión del Congreso, 17 de julio de 1899, pp. 652-653; *Centro federal de Madrid, 11 de febrero de 1900, pp. 660-661. También en esta obra aparecen fragmentos de La Reacción y La Revolución (pp. 161-165), y los artículos “La cuestión de las Antillas” (pp. 169-170), y “Las Elecciones municipales de Barcelona” (pp. 697-699).

[81] Vid. Antoni Jutglar, ob. cit. pp. 22-23.

[82] Desde principios del siglo XIX, cuando Bolívar escribe la llamada “Carta de Jamaica”, y aún antes, el término independencia formaba parte del léxico político hispanoamericano, pero en la península -aún por los más liberales- era considerado un vocablo disolutivo.

[83] “Presentación a las Cortes del Programa de Gobierno”, 13 de junio de 1873, CONANGLA, p. 165.

[84] Ibídem, p. 166.

[85] Ídem.

[86] Vid. José Luciano Franco, Hombradía de Antonio Maceo. La Habana, Instituto Cubano del Libro, 1977.

[87] “Congreso de los Diputados”, 8 de junio de 1895. CONANGLA, p. 181.

[88] Ibídem, p. 182.

[89] Vid. Juan Jacobo Rousseau, El contrato social. México, Dirección General de Publicaciones de la Universidad Nacional Autónoma de México, 1969. Cap. VI, “Del pacto social” (p.20): “En tanto que un pueblo está obligado a obedecer y obedece, hace bien; tan pronto como puede sacudir el yudo, y lo sacude, obra mejor aún, pues recobrando su libertad con el mismo derecho con que le fue arrebatada, prueba que fue creado para disfrutar de ella. De lo contrario, no fue jamás digno de arrebatársela...” Nótese la cercana proximidad de estos conceptos con los de Pi citados en el texto.

[90] “Discurso en el Centro Federal de Madrid”, 22 de junio de 1895. CONANGLA, p. 183.

[91] Ídem.

[92] Ídem.

[93] Ídem.

[94] Ibídem, p. 184.

[95] “Velada necrológica en el Centro Republicano Federal de Madrid”, 29 de junio de 1895. CONANGLA, p. 185.

[96] Ídem.

[97] “Centro Federal de Madrid”, 14 de julio de 1897. CONANGLA, p. 367.

[98] Ibídem, p. 368.

[99] Ídem.

[100] Ibídem, p. 369.

[101] “Centro Federal de Madrid”, 11 de febrero de 1900. CONANGLA, p. 660.

[102] Sobre la posición que asume inicialmente Pi ante la presencia norteamericana en la guerra hispano-cubana, cfr. “La Guerra de Cuba” (11 de diciembre de 1897), CONANGLA, p. 410, y “El mensaje de Mac Kinley” (también del 11 de diciembre de 1897), CONANGLA, p. 407. En ambos artículos, Pi muestra su simpatía por la participación norteamericana en la contienda, la cual de alguna forma venía a confirmar sus predicciones tantas veces desestimadas.

[103] Los acontecimientos de la guerra y la actitud del Gobierno de Ocupación de prolongar su estancia, al mismo tiempo que con las disensiones profundas en el campo cubano maniobra para la imposición de la “Enmienda Platt” -que establecía el derecho de intervención norteamericana en casos de urgencia en Cuba y que resultaba dolorosa para la dignidad nacional, aunque el derecho internacional vigente entonces consideraba legales ciertas formas de tutelaje, como la practicada por Inglaterra y Francia en algunas posesiones-, hacen que Pi reconsidere su actitud y se percate de ese otro carácter de la presencia norteamericana en la Isla. Cfr. “Cuba” (22 de junio de 1901), CONANGLA, p. 688; “Cuba” (10 de agosto de 1901), CONANGLA, p. 691; “Cuba” (6 de julio de 1901), CONANGLA, p. 689; y “Cuba” (21 de septiembre de 1901), CONANGLA, p. 694. Los artículos citados bajo el nombre genérico de “Cuba”, forman una serie que sobre el tema aludido comenzara a publicar el autor en 1889.

[104] Ante este lamentable suceso, Pi adoptó una postura de loable rectitud que le ocasionó fuertes ataques por parte de los sectores reaccionarios y de otros engañados por un falso y manipulado concepto del honor nacional. Como argumento para apoyar la decisión de Máximo Gómez, Pi acude a la historia española reciente: durante el sitio de Gerona, a principios de 1808, el general español Mariano Álvarez de Castro decretó: “Será pasado por las armas el que profiera la voz de capitular o de rendirse...” Vid. Francisco Pi y Margal, “Lo de Ruiz y Aranguren”, CONANGLA, p. 413. Tbn. Francisco Pi y Margall, “Menos pasión, más calma”, CONANGLA, p. 414, ambos del 25 de diciembre de 1897.

[105] CONANGLA, p. 660.

[106] Ídem.

[107] Ídem.

[108] “Las elecciones municipales de Barcelona”, art. cit.

[109] Ibídem, p. 697.

[110] Ibídem, p. 699.