La huella de Haití en la cultura cubana
Por Antonio
Gómez Sotolongo
La noche del 14 de agosto de 1791 se produce, en Saint-Domingue, un
gravísimo acontecimiento. Suenan los tambores del vodú en Bois Caimán. Bajo una
lluvia torrencial, doscientos delegados de dotaciones de la Llanura del Norte,
llamados por el iluminado Bouckman, beben la sangre tibia de un cerdo negro,
juramentándose para la rebelión.
Así describe Alejo
Carpentier, en «La Música en Cuba», el inicio de la Revolución de Haití, un
acontecimiento que estremeció el Caribe y que tuvo enorme influencia en la
conformación de la cultura cubana, sobre todo en la región oriental de la isla.
Las terroríficas degollinas que realizaron los esclavos haitianos contra sus
amos franceses y la destrucción del magnífico emporio que entonces era la
economía haitiana provocaron la estampida de miles de colonos franceses y
negros criollos haitianos, muchos de los cuales llegaron a Santiago de Cuba en
la más desoladora miseria.
Los criollos
haitianos, arrastrados junto a sus amos por fidelidad o en calidad de esclavos
domésticos, cargaron con sus hábitos, cantos y danzas y con una lengua propia
conocida como creole o patois, resultantes de un proceso de
transculturación, y se les conoció como «franceses», incluso se le llamó
«francés» a todo su entorno.
A pesar de que hubo
algunos que con el tiempo se desplazaron por toda la isla, en su mayoría se
establecieron en la región oriental, donde permanece la huella de su cultura.
Según algunos historiadores fue el precio de la tierra la causa de que los
«franceses» se arraigaran en esta región. Afirma Julio Le Riverand, en su
Historia económica de Cuba, que mientras en Oriente la caballería de tierra
valía 100 pesos, en La Habana no bajaba de 1000 y según los datos existentes se
sabe que la hacienda Santa Catalina, propiedad del Marqués de Jústiz,
localizada en la región de Guantánamo, fue vendida a colonizadores franceses
emigrados de Haití, al precio de 20 pesos la caballería.

Tumba Francesa La Caridad de Oriente @Fuente Externa
Descendientes de
estos criollos haitianos, interesados en conservar sus costumbres y protegerse
unos a otros, crearon las sociedades de Tumba francesa, las que según el Dr.Olavo Alén, «constituyeron y constituyen aún hoy, una fuente constante de
elementos culturales de ese folklore primario o antecedente cuya interacción
conformó los primeros rasgos de la cultura cubana».
A principios del
siglo XXI, se mantenían tres de estas sociedades, dos de ellas en zonas urbanas
y una en un poblado campesino. La Sociedad Tumba Francesa La Caridad de Oriente, fundada el 24 de febrero de 1862 con el nombre de Sociedad La Fayette
y declarada por el Fondo de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la
Cultura (UNESCO) Patrimonio Intangible de la Humanidad en 2003, está ubicada en
el número 501 de la calle Los Maceos, esquina a San Bartolomé, en el barrio Los
Hoyos, en Santiago de Cuba.
Uno de los eventos más significativos de estas sociedades son las fiestas en las que se baila en parejas sueltas, con figuras que rememoran gestos y actitudes de los bailes del Cabo y Port-au-Prince, y se entonan cantos afrohaitianos acompañados por tambores, que se denominan: premier o redoblé, sécond y bula o bebé, catá tambora, chachá o maruga.
Estos instrumentos
son anchos y chatos y se tocan con baquetas, muy semejantes a los del vodú
haitiano. Los cueros, según se afirma en el Diccionario de la Música Cubana, de
Helio Orovio, «se tensan por medio de cuerdas y tarugos ganchudos, yendo
algunas cuerdas ensartadas en el aro, del cual descienden diagonalmente a pasar
por debajo de una estaca o cuña y ascienden otra vez al cuero, formando
ángulos».
El
cinquillo cubano
Fernando Ortiz, en
su libro «La africanía de la música folklórica de Cuba», la recoge como una de
las siete células rítmicas afrocubanas más importantes y la considera como la
«célula rítmica africana del Danzón, llamada cinquillo». También utilizada en
las antiguas contradanzas cubanas y que se diseminó en casi todos los géneros
de la música popular cubana.
«Al ser introducido en la isla –nos comenta Alejo Carpentier-, el cinquillo se hizo uno con la contradanza oriental. Las orquestas de baile se apoderaron de él para salpimentar sus ejecuciones». Y para el danzón, a finales del siglo XIX, se convirtió en la célula rítmica medular, algo que se puede apreciar desde el que se considera el primero en su género: Las Alturas de Simpson, de Miguel Failde.
Está muy difundido
en la historiografía cubana el suceso que protagonizó el compositor catalán
residente en Santiago de Cuba, Juan Casamitjana y Alsina, y que diera un enorme
impulso a la difusión de los cantos de los negros «franceses». Según se cuenta,
cierta noche de 1836, el músico, que había compuesto un buen número de
canciones cubanas, pudo escuchar, al paso de una comparsa, los cantos del Cocoyé.
Anotó las coplas y los ritmos y compuso una partitura que muy pocos días
después colocó en los atriles de la banda del Regimiento de Cataluña. En esa
oportunidad, la retreta, en la que habitualmente se escuchaban los clásicos del
repertorio universal, se convirtió en una invaluable difusora de los cantos y
ritmos afrohaitianos y dio un verdadero impulso a la mezcla de éstos con las
células rítmicas afrocubanas.
Las coplas y los
ritmos del Cocoyé (o Cocuyé), con sus cinquillos, transitaron por las
partituras de un buen número de compositores, incluso llegaron a las salas de
conciertos en obras de muy diversos compositores; entre ellos, el pianista y
compositor Louis Moreau Gottschalk, nacido en New Orleans y radicado por
temporadas en Cuba, quien compuso una obra titulada El Cocoyé Op. 80 (Grand
Caprice Cubain di Bravura) y Amadeo Roldán quien compuso las obras Obertura
sobre temas cubanos, y la Oriental, de «Tres pequeños poemas».
La cultura
afrohaitiana, con el paso de los siglos, sufrió en Cuba una nueva
transculturación, marcó su huella indeleble, y se convirtió en una de las
fuentes que contribuyeron a la conformación de la cultura cubana.

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