
Actualidad
“Solo una religión anquilosada tiene entre sus ministros y fieles, individuos que cantan la gloria de Dios en el cielo, mientras pasan por alto las condiciones que hacen de la tierra un infierno para el hombre.”
La
Iglesia no está formada únicamente por
ministros ordenados, ni la Iglesia es solo su jerarquía institucional. La
Iglesia es también el conjunto de hombres y mujeres que, desde su fe vivida en
la sociedad, encarnan el Evangelio en medio de la historia, llamados todos,
como cuerpo visible de Cristo en la tierra, a iluminar la realidad cotidiana
con la verdad, la justicia y el amor al prójimo.
Como
cristianos hemos sido llamados a anunciar el evangelio y a acompañar al ser
humano en sus horas de dolor y en sus búsquedas más profundas de sentido, por
lo tanto, no podemos permanecer en silencio ante el sufrimiento de nuestra
nación, sino que estamos obligados moralmente a nombrar lo que vemos y a
recordar la verdad sobre el ser humano: toda persona posee una dignidad que no
proviene del Estado, ni de la historia, sino de haber sido creada a imagen de
Dios.
Este
texto no pretende hablar en nombre de toda la Iglesia, sino expresar la
reflexión y la conciencia de un grupo de cristianos que, dentro y fuera de
Cuba, desean acompañar el sufrimiento y la esperanza de nuestro pueblo.
El
pueblo cubano ha estado
viviendo en una tensión permanente entre la esperanza y la frustración. Hemos
sido testigos directos de familias divididas, jóvenes sin futuro, ancianos sin
alivio y ciudadanos privados de derechos fundamentales, así como el abuso de la
autoridad, la represión y graves violaciones, de las cuales muchos de nosotros
hemos sido objeto.
Es
desgarradora la pobreza extrema que asfixia a tantas familias en la isla, los
largos apagones que sumen al pueblo en la oscuridad y la miseria cotidiana que
brota de estructuras incapaces de sostener la vida dignamente, mientras que los
dirigentes viven vidas de lujo y alejados de todo el sacrificio que exigen.
Cuba
ha vivido en los últimos años la mayor ola migratoria de su historia. Muchos de
quienes han emigrado o se han visto forzados al exilio han sido privados de sus
derechos como ciudadanos, otros casos han sido impedidos de regresar al único
país del cual eran residentes y ciudadanos y otros, dentro de la isla, han sido
colocados en la categoría de “regulados”, lo que les impide salir del país sin
explicación pública ni garantías jurídicas claras, vulnerando también su
derecho fundamental a la libre movilidad.
En
Cuba permanecen encarcelados más de mil presos políticos por causas vinculadas
al ejercicio de derechos fundamentales como la libertad de expresión, de
conciencia o de participación cívica, junto a otras muchas personas que han
sido detenidas o sancionadas por causas injustas. Las detenciones arbitrarias,
los procesos judiciales sin suficientes garantías y las largas condenas han
dejado una profunda herida en numerosas familias.
A
lo largo de estos últimos 67 años, los dictadores que detentan el poder en
Cuba han sido requeridos para escuchar el clamor de su propio pueblo y para
abrir espacios reales de participación, protección jurídica y pluralidad; pero
nunca han escuchado ni actuado.
La
Biblia declara que “Cuando los justos gobiernan, el pueblo se alegra. Pero
cuando los perversos están en el poder, el pueblo gime.” (Proverbios 29.2)
y los dictadores cubanos han sido perversos con el pueblo. Cuando las vías
naturales de expresión y solución de los problemas de un país se cierran, la
historia demuestra que la solución termina llegando por caminos más difíciles y
menos deseables para todos.
Nosotros
no estamos pidiendo una concesión política, ni reformas dentro del sistema,
sino que estamos reclamando justicia, y un cambio que debería comenzar por la
decisión de marcharse y dejar el poder en favor de la libertad y de la
transición democrática inmediata. No nos anima la violencia ni la venganza,
pero les recordamos que la justicia transicional debe aplicarse sobre todos los
que han participado en actos represivos de cualquier naturaleza contra el
pueblo.
Cuba
necesitará sanar sus heridas y reencontrarse consigo misma. La reconciliación
de nuestro pueblo no puede construirse sobre el olvido ni sobre la negación de
la verdad, sino sobre la justicia, la memoria y el respeto a la dignidad
humana. Aspiramos a una nación donde los cubanos, dentro y fuera de la isla,
podamos volver a reconocernos como hermanos y trabajar juntos por el bien
común, reconstruyendo una patria donde nadie sea excluido y donde la libertad y
la dignidad de todos sean finalmente respetadas.
Hoy
hablamos también a nuestra Iglesia en Cuba, porque nuestro lugar no
puede estar fuera del dolor del pueblo. Nuestra responsabilidad moral no es
solo nombrar esta realidad como lo que es, sino acompañar a nuestro pueblo en
su anhelo de justicia, siendo luz en medio de las tinieblas.
Durante
todos estos años no han faltado en la Iglesia cubana voces que, con fidelidad
evangélica, han dado testimonio de la verdad y han acompañado el dolor de
nuestro pueblo, aun cuando ello ha significado cierres de culto, demolición de
templos, incomprensiones, presiones, marginación, expulsión de carreras o
trabajos, represión, cárcel, expulsión del país y exilio.
La
Iglesia cubana ha llevado esperanza, ha ayudado en las necesidades materiales y
ha atendido a personas vulnerables. Reconocemos también el testimonio valiente
que muchos pastores, sacerdotes, religiosos y laicos han dado a lo largo de
estos años, acompañando al pueblo cubano en medio de grandes dificultades.
Gracias a ese testimonio perseverante la conciencia cristiana no ha sido
apagada.
Cuando
cualquiera de ellos, desde su vocación y responsabilidad, ha alzado la voz por
la verdad o ha servido al pueblo que sufre, la Iglesia misma se hace visible y
presente, porque la Iglesia no es una realidad abstracta ni únicamente
institucional, sino el cuerpo de Cristo que camina en la historia a través del
testimonio concreto de sus hijos.
Pero
también es cierto que no siempre la Iglesia en Cuba ha alzado la voz con la
claridad que el sufrimiento de nuestro pueblo exigía, muchas veces el temor o
la prudencia excesiva han generado silencios interpretados consecuentemente
como indiferencia.
En
las circunstancias actuales que vive el pueblo cubano, el silencio
institucional de la Iglesia es injustificable. Una Iglesia que calla ante la
injusticia para preservar espacios, privilegios o tranquilidad institucional
corre el riesgo de convertirse en mera administración religiosa y deja de ser
signo de esperanza para su pueblo. La fe cristiana, cuando se vive con
fidelidad al Evangelio, muchas veces incomoda al poder, y ese riesgo forma
parte del testimonio al que estamos llamados.
El
Evangelio nunca ha sido neutral ante el sufrimiento humano. Cristo no bendijo
el silencio ni la prudencia que protege estructuras injustas. La Iglesia debe
anunciar la verdad de Dios sobre la dignidad humana, y denunciar las
injusticias que destruyen esa dignidad. Si la Iglesia no es voz para los que no
tienen voz, terminará hablando solo para sí misma y correrá el riesgo de
olvidar una dimensión esencial de su misión: su vocación profética. “Clama a
voz en cuello, no te detengas; alza tu voz como trompeta” (Isaías 58.1a)
La
participación cívica del cristiano no está reñida con su compromiso con el
Reino de Dios, sino que es una expresión concreta de su llamado a amar, hacer
justicia y caminar en verdad. Ser ciudadanos del Reino de Dios implica también
ser ciudadanos activos aquí y ahora, comprometidos con la justicia, la verdad y
la compasión, anunciando con acciones concretas que el Reino de Dios ya está
entre nosotros.
Llega
una hora en la vida de los pueblos en la que el silencio deja de ser prudencia
y se convierte en complicidad. Hablar deja de ser una opción y pasa a ser un
deber moral. Por eso, en este tiempo recordamos a nuestra Iglesia en Cuba, la
enseñanza apostólica que atraviesa los siglos y juzga a toda autoridad humana: “Es
necesario obedecer a Dios antes que a los hombres.” (Hechos 5:29)
Agradecemos
a gran parte de la comunidad internacional por su apoyo solidario y les
recordamos a otros que no basta con observar desde la distancia, mas bien les
instamos a que no ignoren el clamor de un pueblo que desea vivir con dignidad y
libertad. Su apoyo y su compromiso pueden contribuir a abrir caminos donde hoy
solo hay agotamiento histórico y pueden marcar la diferencia entre la
desesperanza y el renacer de una nación.
A
nuestro pueblo le decimos que el
tiempo de la espera no puede ser infinito. Lograr los cambios implica
sacrificios, al decir del maestro y apóstol de nuestra patria José Martí: “La
libertad cuesta muy cara, y es necesario o resignarse a vivir sin ella, o
decidirse a comprarla por su precio.” Los cambios profundos no nacen de
decretos, sino de decisiones valientes que abren caminos nuevos. La libertad no
nace de la resignación ni del miedo, sino de la verdad vivida con valentía.
Toda
sociedad llega a momentos en los que debe elegir entre preservar estructuras
agotadas o permitir que la vida renazca. Hoy Cuba se encuentra ante uno de esos
momentos. No podemos delegar en otros lo que pertenece a nosotros como cubanos.
Cada voz alzada, cada gesto de verdad, cada acto de dignidad, cada protesta
ante lo injusto y cada paso hacia la justicia va reconstruyendo la nación. No
podemos seguir indiferentes ante los abusos y atropellos. ¡Es hora de caminar
juntos, sin miedo!
Oramos
para que Dios conceda a nuestra nación la valentía para provocar y vivir el
cambio y a Su Iglesia la libertad interior para hacer y ser, plenamente, lo que
está llamada: anunciar el evangelio transformador y ser sal, luz y esperanza
para su pueblo. Desde cada uno de nuestros lugares acompañamos al pueblo
cubano, oramos por Cuba y caminamos con ella. Creemos firmemente que ninguna
noche histórica es definitiva y que cada día el amanecer está más cerca.
Dios
bendiga a Cuba.
Firman a título personal
1. Padre Alberto Reyes- Sacerdote católico, Cuba
2. Cándido Ochoa- Capellán y Pastor cubano de los Cuáqueros, Miami, Estados Unidos.
3. Carlos Raul Macías- Pastor Metodista cubano, Brasil.
4. Cesar Perez- Pastor Bautista cubano, Texas, Estados Unidos
5. Dairon Gavilan, miembro de la Iglesia Adventista y músico, Cuba
6. Diana Rosa Ramos- Capellana y Pastora presbiteriana cubana, Georgia, Estados Unidos
7. Elaine Espinosa- Pastora Bautista, Pinar del Río, Cuba
8. Gabriel Perez, laico católico y escritor, Holguín, Cuba
9. Joanna Columbie- Pastora Bautista y capellana cubana, Miami, Estados Unidos.
10. José Daniel Ferrer- Laico católico y coordinador de UNPACU, Miami, Estados Unidos.
11. Manuel Alejandro R. Yong- Laico católico cubano, España
12. Mario Felix Leonard- Pastor Bautista cubano, Maryland, Estados Unidos.
13. Orietta Millian- Laico católico, Santiago de Cuba, Cuba
14. Osvaldo Gallardo- Laico católico cubano, Miami, Estados Unidos.
15. William Chávez- Pastor Bautista, Pinar del Río, Cuba
16. Yaiset Rodríguez- miembro de la Iglesia Pentecostal Asambleas de Dios, Michigan, Estados Unidos
17. Yoaxis Marcheco- Pastora Bautista cubana, Maryland, Estados Unidos.
18. Yoe Suarez- Miembro de la Iglesia Bautista y escritor, Estados Unidos
Organizaciones firmantes
1.
Instituto Patmos
2.
Alianza
de Iglesias Cubanas No Registradas (Aicnor)
3.
Welcome to freedom
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continuación.
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