El abogado y escritor Néstor Carbonell estudia y
reflexiona con rigor acerca de las consecuencias de los dolorosos
acontecimientos de 1959
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| Ronald Reagan y Néstor Carbonell en la Casa Blanca @Fuente externa |
KEY BISCAYNE – En otros tiempos
hubiera conocido a Néstor Carbonell Cortina en
Cuba. Vivimos en el mismo barrio habanero de Miramar, a apenas una cuadra de
distancia. Eso no pudo suceder porque él salió de la Isla al exilio ocho años
antes de yo nacer. Lo más curioso es que las casas de sus padres y tíos,
colindantes unas con otras y en frente del monumento decorativo de La Copa en
la Quinta Avenida esculpido en piedra de Jaimanitas por José Oliva Michelena y
donado por Carlos Miguel de Céspedes fueron convertidas en los años posteriores
a la salida de la familia Carbonell y Cortina en una escuela de enseñanza
primaria. Esa escuela se llamaba Vo-Thi-Thang (y creo que ya tampoco existe),
en honor a una supuesta heroína vietnamita encarcelada y dada por muerta
durante la guerra hasta que reapareció después e, incluso, visitó aquel centro
educativo cuando yo todavía cursaba estudios en él.
La casa de Néstor y de sus tíos se
convirtió en aquella escuela que evoco y sus habitaciones en aulas. En la de su
tío José Manuel Cortina y su esposa Cusa Macías colocaron en el gran salón de
la planta baja un tablado con barras para las clases de danza y ballet. Como la
de su tío Humberto Cortina y su esposa María López Sánchez tenía una gran
terraza que daba al terreno trasero, en ese espacio instalaron el gran comedor
de la escuela. Y como la de Ileana Arango, en la de la esquina a la calle 42,
tenía un patio bastante grande tipo explanada, se realizaban allí los matutinos
y el izado de la bandera. Recuerdo que en el salón había una bonita chimenea,
algo que me llamaba la atención porque no abundaban en la ciudad las casas con
estas estructuras. Estos inmuebles se encontraban en frente de un restaurante
de comida vietnamita llamado Saigón, también confiscado y desaparecido tras la
Revolución, y convertido en Diplotienda o tienda exclusiva para diplomáticos y
extranjeros. A Néstor le resultó curioso que conociera tan bien su última
barriada en La Habana, aunque de su mundo ya no quedaba casi nada y del que
vino después nada conoció.
Me recibió junto a su esposa Rosa
Arellano de Cárdenas en su casa en Key Biscayne. Fue su prima Ileana Arango
Cortina quien insistió para que no quedara fuera de esta serie de entrevistas y
se lo agradezco. Conversamos toda una tarde y luego cenamos en el Key Biscayne
Yacht Club que conserva algo, tanto por el paisaje como por su clientela, de
aquellos antiguos clubes de La Habana que facilitaban los vínculos social,
profesional y recreativo entre miembros.
Quedé muy sorprendido por la excelente
memoria de Néstor, su locuacidad, vivacidad y, sobre todo, el brío con que
explica cada etapa de la Historia con mayúsculas que le tocó vivir. Es de los
pocos cubanos de otros tiempos que viven todavía, y son la sencillez y
elegancia natural sus rasgos distintivos. Tiene en su haber varios libros como
el reciente Why Cuba matters, que celebró
el actual secretario de Estado Marco Rubio.
En todos estos textos, Néstor
Carbonell estudia y reflexiona con rigor acerca de lo que sucedió en Cuba, las
razones y las consecuencias de los dolorosos acontecimientos de 1959. Lo hace
con precisión y ofrece siempre datos y pruebas fehacientes sobre todo lo que
revela. No se es vicepresidente de relaciones internacionales y abogado de
Pepsi-Cola durante cuatro décadas por pura casualidad. Su probada calidad
intelectual salta a la vista y así lo percibí apenas comencé esta entrevista.
Puedo afirmar que ha sido un auténtico lujo conocerlo.
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| Abuelos maternos de Néstor Carbonell, José Manuel Cortina y María Josefa Corrales con sus hijos y nietos @Fuente externa |
Nací en La Habana en 1936 (al igual
que mi única hermana, Maitá Carbonell Cortina, un año después), en un hogar muy
arraigado en la historia, la cultura y la política de Cuba. Mi padre, Néstor
Carbonell Andricaín, fue presidente de la Cámara de Representantes, senador y
vicepresidente del Partido del Pueblo Libre, que se opuso al golpe militar de
Batista y trató de evitar, por la vía electoral, la tiranía comunista de Fidel
Castro en 1959. Era hijo de América Andricaín y de José Manuel Carbonell
Rivero.
Mi abuelo paterno, José Manuel
Carbonell, fue impregnado de patriotismo por su padre, Néstor Leonelo
Carbonell, veterano de la guerra de 1868 contra la metrópoli española, y quien,
como presidente del Club Ignacio Agramonte en el exilio, invitó a Martí para
que se dirigiera a los numerosos emigrados cubanos en Tampa en 1891. Fue allí
que el apóstol pronunció sus célebres discursos Para Cuba
que sufre y Los pinos nuevos.
Impactado por Martí, mi abuelo José Manuel regresó a Cuba en 1896, cuando tenía
16 años, para luchar en la guerra final de independencia. Posteriormente, fue
embajador de Cuba en México, presidente de la Academia Nacional de Artes y
Letras, y autor de Evolución de la cultura cubana,
obra en 18 volúmenes.
Por el lado materno, mi madre fue
Esther Cortina Corrales, hija de María Josefa Corrales y de José Manuel Cortina
García. Este otro abuelo José Manuel, había nacido en San Diego de Núñez,
provincia de Pinar del Río, y era hijo de un agricultor de ascendencia vasca.
Fue abogado, periodista, representante de la Cámara Baja y senador. También
secretario de la Presidencia bajo Alfredo Zayas Alfonso, secretario de Estado
en el gobierno de Miguel Mariano Gómez (1936) y ministro de Estado en el
gobierno constitucional de Batista (1940-1942). En la Convención Constituyente
de 1940, bajo la presidencia de Carlos Márquez Sterling, fue líder de la
mayoría y dirigió la Comisión Coordinadora que tuvo bajo su mando la defensa y
redacción final de la Constitución de 1940. Cortina fue también colono y
ganadero, propietario de la finca La Luisa en Arroyo Naranjo, cerca de La
Habana, y de la hacienda Cortina en Pinar del Río, dedicada a la ganadería, la
siembra de tabaco y frutales y a la maderería. Fue en un valle de esa hacienda,
confiscada por el régimen de Castro, que el 15 de octubre de 1962 un avión de
reconocimiento U-2 de Estados Unidos fotografió la primera de las bases
soviéticas de misiles ofensivos en Cuba que desató la crisis mundial.
Curiosamente, mis dos abuelos nacieron
en 1880, se distinguieron en la cultura y la alta política uno como poeta y
faro intelectual, y el otro como tribuno y estadista y ambos murieron exiliados
en Estados Unidos, añorando el cielo de la patria libre.
¿Cómo fue tu infancia en Cuba?
Imagínate, rodeado de padres, tíos y
primos, en el seno de una familia muy unida en la que mi abuelo José Manuel
Cortina fungía como patriarca y en cuya residencia, en la calle 27 y K en el
Vedado (confiscada por el régimen de Castro y cedida a la Federación
Estudiantil Universitaria), nos reuníamos religiosamente todos los domingos
para almorzar en familia. Mi abuelo y los mayores conversaban sobre temas
históricos y de gran actualidad, evocando vívidas experiencias y muchas
anécdotas relevantes. Los muy jóvenes en la mesa escuchábamos con creciente
interés. Ya en la adolescencia, opinábamos e interveníamos directamente en los
debates. Para mí esos almuerzos fueron auténticos seminarios políticos y
culturales que complementaron mi educación y mis actividades deportivas y
sociales en los clubes. Asimismo, estimularon mi interés en la vida pública y
me prepararon para afrontar los enormes retos que surgieron a la caída de la
República. Pero por encima de todo, esas inolvidables sesiones de familia
grabaron en mi mente que con los privilegios van también las responsabilidades
cívicas, patrióticas y morales.
Nací en esa casa del Vedado. En plena
niñez, mis padres se mudaron a otra en la calle 14, entre 1ra. y 3ra., en
Miramar, y finalmente, para la manzana de Quinta Avenida, entre las calles 40 y
42, en la cual la familia fabricó cuatro casas. La nuestra era la de la esquina
en la calle 40 y Quinta Avenida, seguida de la residencia de mis tíos José
Manuel Cortina Corrales y su esposa Cusa Macías, que colindaba con la de mis
tíos Humberto Cortina Corrales y María López Sánchez y sus hijos Humberto y
Mara. En la misma esquina de la calle 42 y la Quinta Avenida, justo enfrente de
la marmórea La Copa, que dio nombre a esa parte de Miramar, se encontraba la
casa de mis tíos Enrique Arango Romero y su esposa Ofelia Cortina Corrales,
padres de Ileana Arango Cortina y de Ofelia y Eduardo Arango
Cortina.
La casa de la otra esquina de Quinta
Avenida y calle 40, manzana siguiente a la nuestra, era de mis abuelos José
Manuel Carbonell Rivero y su esposa América Andricaín.
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| Equipo de basquetbol del Habana Yacht Club. Néstor es el último de los jugadores de izquierda a derecha @Fuente externa |
¿Y tu escolaridad?
En Cuba, mi escolaridad primaria se
desarrolló en la academia Ruston, un colegio bilingüe inglés-español en El
Vedado, hasta que, llegado al bachillerato, mis padres me enviaron al
Graham-Eckes School de Palm Beach (Florida) para que me independizara, consolidara
mi inglés y ampliara mi cultura. Graham-Eckes era un colegio mixto, y sus
estudiantes tenían acceso a los principales centros artísticos y literarios de
la ciudad. Coincidieron conmigo en el colegio otros alumnos cubanos. Recuerdo
que entre ellos se encontraban Ramiro Montalvo, Francisco de la Cámara y
Rodolfo Nodal Tarafa.
¿Dónde te encontrabas cuando ocurrió
el golpe de Estado de Batista en 1952, y cómo reaccionaron tú y tu familia?
Yo estaba en Palm Beach finalizando
mis estudios en Graham-Eckes, muy preocupado cuando me llegó la noticia del
golpe de Estado y no pude comunicarme de inmediato con mi padre, senador por el
partido del gobierno depuesto de Carlos Prío Socarrás. Supe después que mi
padre se había reunido con el presidente Prío, días antes del golpe, en la
finca La Chata que este tenía en las inmediaciones de la capital para discutir
asuntos relacionados con las elecciones generales que debían celebrarse tres
meses después.
Para mi padre y otros líderes
vinculados al gobierno de Prío, el golpe militar fue una sorpresa que los
disgustó y alarmó por la ruptura constitucional que produjo y por sus graves
consecuencias. Mi padre decidió permanecer en La Habana abogando por una salida
pacífica y democrática a la dictadura de Batista. Habiendo fracasado los
intentos de conciliación que propiciaron el Diálogo Cívico en 1956 y la
Comisión Interparlamentaria en 1957, al igual que los fallidos complots
insurreccionales fraguados contra Batista durante ese período, mi padre y otros
congresistas apoyaron la iniciativa de fundar en 1958 el Partido del Pueblo
Libre (presidido por Carlos Márquez Sterling, con mi padre de vicepresidente),
para oponerse al posible continuismo de Batista con su candidato Rivero Agüero,
y evitar que Cuba cayese en el totalitarismo de Fidel Castro con sus nexos
comunistas. Fracasó este último intento electoral, en el que Márquez Sterling
figuraba a la vanguardia en las encuestas, por fraude de Batista y violencia desatada
por Castro para lograr la abstención de gran parte del electorado.
Interesante lo que el embajador de la
Argentina en Cuba, Julio Amoedo, le contó a mi padre sobre ese funesto
desenlace. Cuando el embajador y Fidel Castro volaban juntos a Buenos Aires en
1960 para asistir a una conferencia económica, Castro le dijo: “Nosotros nunca
nos fijamos en los demás adversarios nuestros. Era a Márquez Sterling a quien
le temíamos. Si él hubiera ganado, yo no estaría volando con usted.”
¿Qué hiciste tú después del golpe
militar de Batista en 1952?
Decidí regresar a Cuba después de
graduarme cum laude de bachiller en
Graham-Eckes, a pesar de ser admitido por Harvard para continuar mis estudios
universitarios, porque dada la situación en Cuba, deseaba poder ejercer como
abogado allí cuanto antes. Me matriculé entonces en la universidad privada habanera
de Villanueva y obtuve mi doctorado en derecho en 1957. Fue entonces que me fui
un año a Harvard para recibir una maestría en leyes (LL.M).
Recuerdo que, en 1956, cuando
estudiaba en Villanueva, hubo un encuentro frente a nuestra aula entre una
delegación de la FEU de la Universidad de La Habana y la nuestra. Pretendían
ellos, que habían provocado el cierre de su universidad para dramatizar la
repulsa a Batista y crear el caos, que hiciéramos lo mismo en la nuestra. Le
contestamos que nosotros estábamos contra la dictadura de Batista, y así la
habíamos manifestado por escrito y por radio, pero que no trataríamos de forzar
el cierre de nuestra universidad ni de crear disturbios allí. Continuaríamos
luchando sin dejar de estudiar. Esta decisión tuvo serias implicaciones para
nosotros poco después de la llegada de Castro al poder, como te comentaré
después.
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| Matrimonio de Néstor y Rosa María R. Arellano en San Juan, Puerto Rico, el 28 de diciembre de 1965 @Fuente externa |
¿Qué sucedió en el seno de tu familia
en enero de 1959?
Desde 1958, mis padres le habían
alquilado nuestra casa en Quinta Avenida y 40 al embajador de Argentina en
Cuba, Julio Amoedo, y nos habíamos ido a acompañar a mi abuelo Cortina en su
residencia, en 27 y K, en el Vedado. Al amanecer el 1ro. de enero de 1959, tras
la huida de Batista y parte de su gobierno, mis padres y yo logramos convencer
a Cortina de pasarnos esa noche, por precaución, en el Hotel Rosita de Hornedo
en Miramar, ya que su casa estaba muy cerca del epicentro revolucionario de la
Universidad de La Habana.
Ese día, mi abuelo fue invitado por el
general del Ejército Eulogio Cantillo Porras a una reunión de emergencia en el
Palacio Presidencial con el magistrado más antiguo del Tribunal Supremo, Carlos
Manuel Piedra, a quien de acuerdo con el artículo 149 de la Constitución de
1940, le correspondía asumir la presidencia provisional de la República en
ausencia del presidente, vicepresidente y del presidente del Congreso.
Presentes en esa junta estuvieron también otras distinguidas personalidades de
gran experiencia y limpio historial como Gustavo Cuervo Rubio, Raúl de
Cárdenas, Ricardo Núñez Portuondo y Enrique Loynaz del Castillo. El propósito
era constituir un gobierno provisional bajo Piedra que restableciese las
garantías constitucionales requeridas para poder celebrar elecciones generales
lo antes posible.
Solo faltaban en Palacio los otros
miembros del Tribunal Supremo para que Piedra tomase posesión del cargo bajo
juramento. Lamentablemente, sus colegas no aparecieron alegando que la
revolución era fuente de derecho y que, por lo tanto, la transición constitucional
no era aplicable. Se perdió así la última oportunidad de evitar el desplome
total de la República, incluyendo la rendición del ejército acéfalo. Este vacío
le permitió a Castro sentar las bases de su autoritarismo en un plazo muy
breve.
¿Crees que se conocían ya las
intenciones de Fidel Castro?
Muchos políticos sabían de sus
antecedentes gansteriles y de sus inclinaciones radicales, pero no de sus nexos
secretos con los comunistas y Moscú. Aun los mejor informados no estaban muy
alarmados. Me contó el hijo de Carlos Márquez Sterling, Manuel, que cuando su
padre trató de convencer al expresidente de Cuba Carlos Prío Socarrás de que
debería alejarse del movimiento castrista por el peligro comunista/soviético,
él le contestó que el radicalismo de Fidel era controlable y no llegaría a esos
extremos. “¿Y si fallas en tus cálculos?”, le preguntó Márquez Sterling. “Eso
no lo permitirían los Estados Unidos”, le contestó Prío. “¿Y si lo permiten?”,
insistió Márquez Sterling. “Entonces estamos jodidos”, respondió Prío.
Y en tu caso personal, ¿cuándo
empezaste a desconfiar de las intenciones de Castro y el nuevo régimen?
Aparte de mis sospechas iniciales,
acrecentadas durante su ataque al cuartel Moncada en 1953, corroboré su rumbo
autoritario, y lo sufrí en carne propia, a partir de su llegada triunfante al
poder en enero de 1959. Y es que una de sus primeras leyes, la No. 11, vino a
anular los títulos universitarios otorgados por Villanueva y otras
universidades cubanas después de que la FEU forzara el cierre de la Universidad
de La Habana. Como conté anteriormente, esa fue la venganza de Castro y sus
secuaces contra los que, como nosotros, nos opusimos a la clausura de
Villanueva.
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| José Manuel Carbonell y América Andricaín con su hija Lydia en la Embajada de Cuba en México @Fuente externa |
La intensa campaña de protestas que se
lanzó contra esa arbitraria medida, con el respaldo del Diario de la Marina y otras organizaciones, no dio
resultado. Es por eso que el Diario, enterado de
que el muy influyente arzobispo de Santiago de Cuba, monseñor Enrique Pérez
Serantes, que le había salvado la vida a Fidel Castro después del asalto al
Moncada, se encontraba de visita en La Habana, logró que nos recibiera a
Enrique Llaca Orbiz y a mí. En nuestra reunión privada con él, le explicamos
todo lo que había sucedido. El arzobispo escuchó atentamente nuestro relato y
nos dijo: “Todas las revoluciones, incluyendo las grandes como la nuestra,
cometen a veces excesos e injusticias, pero no por eso debemos condenarlas si
saben rectificar a tiempo. Déjenme ver lo que puedo hacer”. Varias semanas
después de esa reunión, el régimen dictaminó que, habiendo estado vigente la
ley por un tiempo, se daba ya por cumplida. Creo que ese fue uno de los pocos
casos en que Castro revocó una de sus leyes, y pudimos nosotros ejercer nuestra
profesión.
¿Tuviste otros problemas con el nuevo
gobierno?
Por supuesto. A la luz no solo del
incidente de la Ley 11, sino de los fusilamientos y las violaciones constantes
de los derechos humanos, me di cuenta de que el país había caído bajo la férula
de un gobierno autoritario. Por eso publiqué el 7 de marzo de 1959, en una
pequeña sección juvenil del Diario de la Marina,
un artículo titulado “La nueva República”, en el que esbocé dos temas
centrales: el imperio de la ley y la Constitución de 1940 como programa
revolucionario. A los seis días, el 13 de marzo, en un discurso frente a
Palacio, Castro aludió a esos puntos, sin mencionar mi nombre, afortunadamente.
Dijo él: “Nos hablan mucho de la ley, pero ¿de qué ley? Para la ley de antes
que hicieron los intereses creados, ningún respeto…. Para la ley de ahora que
vamos a hacer nosotros, todo el respeto”. De la Constitución (de 1940) podemos
hablar los que la hemos defendido… Pero si un artículo resulta inoperante o
demasiado viejo, nuestro Consejo de Ministros lo transformará, cambiará o
sustituirá…”. Aunque no muchos se dieron cuenta, el mensaje de Castro fue muy
claro: la ley era él.
Yo ejercía entonces como abogado en el
bufete Cortina en el Vedado que dirigía mi tío Enrique Arango, y estaba al
tanto del rumbo cada vez más totalitario del régimen. Esto lo pude comprobar
estudiando la Ley de Reforma Agraria publicada en mayo de 1959. Nos enteramos
después que esa ley no fue elaborada por el ministro de Agricultura Humberto
Sorí Marín, sino por el gobierno paralelo marxista de Castro.
Todos los sectores afectados por la
Ley de Reforma Agraria, incluyendo los hacendados y los colonos, se reunieron
por separado para analizar sus implicaciones. Yo asistí a la reunión de la
Asociación Nacional de Ganaderos el 24 de mayo, en representación de mi abuelo
Cortina que había sido presidente de la Asociación y se encontraba enfermo.
Observando en la sesión que no se acababa de precisar el verdadero propósito de
la Ley y sus nefastas consecuencias para el país, pedí la palabra y enfaticé
que lo que estaba en juego no eran caballerías de tierra más o menos. Lo que
pretendía el régimen era algo mucho más grave: la colectivización agraria, el
despojo y eliminación de la propiedad privada, así como la destrucción de la
libre empresa. Concluí mi análisis con esta exhortación: “Ganaderos de Cuba, de
pie, porque si no se yerguen, serán arrasados por la avalancha incontenible del
intervencionismo estatal”.
Muchos aplaudieron, pero algunos
insinuaron que yo era un agitador o alarmista. Saltó en mi defensa el
prominente ganadero camagüeyano Justo Lamar Roura, y con el apoyo de la
mayoría, la Asociación me pidió que redactase en su nombre una declaración pública
impugnando la Ley de Reforma Agraria.
Este episodio tuvo sus consecuencias.
A mediados de agosto de 1959, algunos ganaderos involucrados en la primera gran
conspiración contra el régimen de Castro, incluyendo al presidente de la
Asociación, Armando Caíñas Milanés, y mi primo Eduardo Arango Cortina, fueron
arrestados y condenados a prisión. Aunque no participé en la conspiración, fui
detenido y sometido a intenso interrogatorio en el Estado Mayor Conjunto del
Ejército por el fiscal Juan Nuiry Sánchez y dos ayudantes. Sostuve que yo no
conspiré ni oculté nada. Todos mis pronunciamientos en contra de la Ley de
Reforma Agraria fueron públicos y basados en la Constitución de 1940 que Castro
prometió cumplir. Lo cierto es que, al final, Nuiry me dejó ir, pero
advirtiéndome que en lo adelante me tendrían en la mirilla.
¿En qué momento decidiste irte de Cuba
y por qué?
Yo seguí escribiendo en contra del
régimen después de mi detención, pero sin divulgar mi autoría. En septiembre de
1959, escribí un ensayo titulado “Hacia dónde vamos”, comparando las medidas
recomendadas por Marx y Lenin para comunizar un país con las adoptadas por el
régimen de Castro durante los ocho primeros meses en el poder. Algunas
secciones de ese trabajo anónimo fueron publicadas después en El Diario de la Marina. Y en mayo de 1960, el ex
primer ministro de Cuba, Manuel Antonio (Tony) Varona, ya en el exilio, me pidió
que redactara las “Bases doctrinales para la lucha contra el régimen comunista
de Cuba”, que él incorporó en su manifiesto emitido en Caracas. Y fue el propio
Tony quien me pidió que me exiliara en Miami para ser su asistente ejecutivo.
Así lo hice el 17 de junio de 1960.
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| José Manuel Carbonell y América Andricaín con su hija Lydia en la Embajada de Cuba en México @Fuente externa |
¿Cómo fueron tus primeros años de
exilio y de qué manera continuaste luchando contra el régimen de Castro?
A mi llegada a Miami, me incorporé en
el Frente Revolucionario Democrático (FDR) de Miami, recién fundado por Tony
Varona (coordinador) y otros líderes anticastristas con apoyo estadounidense a
través de la CIA. Trabajé en la Comisión de Planificación del Frente encargada
de sentar las bases para la transición en Cuba pos-Castro, incluyendo el marco
constitucional basado en las partes aplicables de la Carta de 1940. Y en
febrero de 1961 me alisté en la Operación 40 de la Brigada 2506, cuya misión
era desembarcar en Cuba y ocuparse de la administración interina de las
ciudades que la brigada fuese liberando.
Recibí entrenamiento en un campamento
militar en Guatemala. Allí nos visitó José Miró Cardona, presidente del recién
fundado Consejo Revolucionario de Cuba, que logró integrar una gran coalición
con el Frente de Tony Varona y otras organizaciones. Miró Cardona me informó en
privado que el coronel Frank, jefe militar del campamento, le había asegurado
que la brigada tendría plena cobertura aérea durante el desembarco, y que
contaría con fuerzas militares adicionales de Estados Unidos y otros países
cuando el gobierno en armas del Consejo se estableciese en una cabeza de playa.
(Según Miró, esto le fue ratificado posteriormente por Adolf A. Berle,
designado por Kennedy jefe del Latin American Task Force).
¿Desembarcaron en bahía de Cochinos?
A principios de abril de 1961 todos
los brigadistas fuimos trasladados a Puerto Cabezas, Nicaragua, para abordar
los barcos que nos llevarían a Cuba. El mío, Lake Charles, con parte de la
Operación 40 y el equipo médico, que fue incluido porque el barco hospital
prometido nunca apareció, zarpó con retraso. Cuando llegamos a las
inmediaciones de la bahía de Cochinos, seleccionada para el desembarco de la
brigada porque Kennedy había rechazado a última hora el puerto de Casilda,
cerca de Trinidad, recomendado por la CIA y el Pentágono, nos ordenaron no
desembarcar hasta recibir nuevas instrucciones. La orden de desembarco nos
llegó dos días después, pero cuando aviones jets de Estados Unidos indicaron
que la playa estaba perdida por falta de municiones, la orden fue cancelada. El
abandono inexcusable de la brigada y la imposibilidad de varios barcos,
incluyendo el nuestro, de desembarcar, ocurrió teniendo los Estados Unidos en
las cercanías de bahía de Cochinos una armada lista para apoyar a los heroicos
brigadistas, que incluía dos portaaviones –el Essex con jets y el Boxer con
helicópteros–, más de 12 destructores y un submarino.
¿Vino entonces la retirada y el
regreso a Miami?
Nuestro regreso fue bastante
tormentoso por la falta de provisiones en el barco y los cambios súbitos de
dirección: primero rumbo a Puerto Cabezas, luego hacia la isla de Vieques,
finalmente a Puerto Cabezas. Por un instante pensamos que querían deshacerse de
nosotros. Algo similar les pasó a los miembros del Consejo Revolucionario, que
fueron encerrados e incomunicados en Opa-Locka durante la invasión a bahía de
Cochinos. Esto dio lugar a que Tony Varona les dijera a los guardias: “No sé si
seguimos siendo vuestros aliados, pero yo al mediodía salgo de aquí como sea”.
Pero lo que más me afectó a mí, aparte
del desastre de bahía de Cochinos, fue la noticia del fusilamiento de Manuel
Puig Miyar, casado con mi prima Ofelia Arango Cortina, y de Antonio Ramírez
Méndez, sobrino de mi abuela materna María Josefa Corrales de Cortina, así como
el encarcelamiento de mi primo brigadista Humberto Cortina, herido cerca de
bahía de Cochinos. Humberto coincidió en prisión con nuestro primo Eduardo
Arango Cortina y con Ramón Puig Miyar, esposo de nuestra prima Ileana Arango
Cortina. Desde el punto de vista estratégico, las consecuencias del descalabro
de bahía de Cochinos fueron gravísimas: se resquebrajó la resistencia interna
contra Castro, y este cobró fuerzas en todo el hemisferio por haber derrotado
al “imperialismo yanqui”.
¿Participaste después de bahía de
Cochinos en la Conferencia de Cancilleres de Punta del Este en la que se
expulsó al régimen de Castro de la OEA?
Sí, tras regresar a Miami y
recuperarme de una infección intestinal, Miró Cardona me designó representante
especial del Consejo Revolucionario de Cuba ante la OEA. Mi misión, con el
asesoramiento y apoyo de distinguidos compatriotas, incluyendo mis dos abuelos,
fue coordinar la estrategia diplomática para sancionar al régimen de Castro y
expulsarlo de la organización en la Conferencia de Cancilleres que se celebró
en Punta del Este, Uruguay, del 22 al 31 de enero de 1962. Esto resultó muy
difícil, porque tuvimos que contrarrestar la oposición de Argentina, Chile,
Brasil y México, que, con el beneplácito de Washington, solo aceptaron declarar
que el régimen marxista-leninista de Castro era incompatible con el sistema
interamericano, pero sin expulsarlo de la OEA, lo que le hubiera permitido
mantener todos los derechos y protecciones otorgados por el organismo regional.
Aun con el zigzagueo de Kennedy y su secretario de Estado, Dean Rusk, evitamos
esa farsa, logrando los 14 votos requeridos (dos tercios) gracias
principalmente al liderazgo del canciller de Colombia, José Joaquín Caicedo
Castilla, y al voto decisivo de Uruguay.
¿Cuál fue tu papel durante la Crisis
de los Misiles, y qué consecuencias tuvo el desenlace?
Representé al Consejo Revolucionario
en el Congreso, alertando a los legisladores de la creciente amenaza soviética
en Cuba. Pese a los informes alarmantes del director de la CIA, John McCone,
sobre los misiles soviéticos que estaban llegando a Cuba, Kennedy continuó
alegando que eran defensivos y suspendió los vuelos de reconocimiento sobre
áreas sospechosas para evitar una confrontación con Moscú. En esas
circunstancias, Tony Varona y yo sembramos la idea con un grupo bipartidista de
congresistas de adoptar una resolución conjunta para romper el impasse. La idea llegó a cobrar fuerza bajo el
liderazgo del presidente del Comité de las Fuerzas Armadas del Senado, Richard
B. Russell, y la resolución obligando a Washington a prevenir la instalación en
Cuba de toda base militar que pusiera en peligro la seguridad de Estados Unidos
fue adoptada como ley por el congreso y firmada por Kennedy el 3 de octubre de
1962. Esto obligó al presidente a autorizar el vuelo de reconocimiento que
fotografió la base de misiles soviéticos en la hacienda Cortina en Pinar Río
que, como comenté anteriormente, desencadenó la crisis y dio lugar al bloqueo
de Cuba.
Se pudo evitar una guerra nuclear,
pero debido a la tardía reacción de Kennedy, después de que la Unión Soviética
había emplazado en Cuba 42 misiles de alcance medio, y tenía más de 40.000
soldados y técnicos militares en la Isla, el Pacto Kennedy-Khrushchev que se
firmó tuvo graves consecuencias para Cuba y el mundo libre. Moscú retiró sus
misiles ofensivos de Cuba mientras que Washington retiró sus misiles Júpiter de
Turquía e Italia, se comprometió a no invadir a Cuba ni a permitir acciones
militares contra el régimen de Castro, y de hecho le permitió a la Unión
Soviética permanecer en la Isla y convertirla en una base para subvertir a las
Américas, África y otras regiones durante más de 50 años.
¿Qué hiciste después?
Presintiendo que, como resultado de
ese pacto funesto, se aplazaría indefinidamente la ansiada liberación de Cuba,
decidí explorar oportunidades profesionales en Nueva York. Comencé a trabajar
como abogado en la compañía farmacéutica Schering en Nueva Jersey en 1964, y
al año siguiente, conocí en Manhattan a Rosa Arellano de Cárdenas, cuyo abuelo
paterno, exvicepresidente de Cuba, era muy amigo de mi abuelo Cortina. Rosa
había salido de Cuba cuando tenía 14 años bajo el cuidado de varios tíos, ya
que su padre, Gastón Arellano, había fallecido y su madre Rosa María de
Cárdenas no pudo salir de la Isla durante varios años.
Pronto formalizamos nuestra feliz
relación y nos casamos el 28 de diciembre de 1965 en San Juan, Puerto Rico, a
donde Rosa se había mudado con sus tíos Mario Arellano y Josefina de Cárdenas.
Nuestro matrimonio ha sido bendecido con tres hijos: Rosa María, Néstor Gastón
y José Manuel, y con seis nietos: Néstor Rafael, Olivia Claire, Marco Carlos,
Maxwell Gastón, Cleo Cecilia y Lucas Manuel.
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| Néstor dando la bienvenida a Margaret Thatcher en un evento de PepsiCo en Venecia @Fuente externa |
¿Cuándo comenzaste a trabajar con
PepsiCo?
A fines de 1967, comencé en Nueva York
mi larga y provechosa carrera profesional con PepsiCo, inicialmente como
abogado y finalmente como vicepresidente de la empresa a cargo de relaciones
públicas y gubernamentales a nivel internacional. En mis funciones, Rosa y yo
viajamos por todo el mundo y residimos con la familia en México, Venezuela,
Reino Unido, Bahamas y, por supuesto, en Estados Unidos (en Greenwich,
Connecticut, donde anclamos nuestro hogar durante 40 años). Tuve la suerte de
conocer y establecer relaciones personales con múltiples personalidades,
incluyendo los tres puntales del mundo libre durante la Guerra Fría: Ronald
Reagan, Margaret Thatcher y el papa Juan Pablo II. Mucho aprendí de todos
ellos, dado mi interés en la historia y la geopolítica, y mi inquebrantable
lucha por la libertad de Cuba.
Mi relación con el papa surgió a raíz
de un artículo mío titulado “Resistencia o Reconciliación: el dilema de la
Iglesia en Cuba”, que publiqué en el Diario Las Américas en
Miami, a fines de 1997, unas semanas antes del histórico viaje del papa a Cuba.
En dicho artículo advertí, entre otras cosas, que Castro se beneficiaría del
viaje si el papa mantenía la oposición unilateral de la Iglesia al embargo de
Estados Unidos a Cuba sin recíproca oposición al inicuo embargo del régimen de
Castro al pueblo cubano. Poco después, el cardenal de Nueva York, John
O’Connor, se reunió conmigo para profundizar en los motivos de esa advertencia,
que él discutió personalmente con el papa en el Vaticano antes de su viaje a
Cuba. Gracias al cardenal, el papa repitió como leitmotiv en la Isla: “Que Cuba
se abra al mundo y que el mundo se abra a Cuba”. Y gracias también al cardenal,
el papa me honró a mí y a mi familia, recibiéndonos en su residencia de verano
en Castel Gandolfo a mediados de 1998, y otorgándome una condecoración papal,
que me fue entregada por el Cardenal O’Connor en misa solemne en la catedral de
San Patricio el 16 de octubre de 1998.
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| Néstor en PepsiCola @Fuente externa |
A pesar de mi trabajo intenso en
PepsiCo, pude escribir y publicar muchos de mis principales libros, en español
e inglés, sobre Cuba, incluyendo: Por la libertad de Cuba: Una
historia inconclusa; Grandes debates de la
Constituyente de 1940; La Cuba eterna, ayer, hoy y
mañana; Luces y sombras de Cuba; And the Russians Stayed: the Sovietization of Cuba;
y Why Cuba Matters: New Threats in America’s Backyard.
¿Nunca intentaste regresar a Cuba?
Nunca, salvo cuando traté de hacerlo
con la Brigada de Asalto 2506 en 1961. Mi sueño sería ir con mi familia cuando
alboree plenamente la libertad en Cuba y pueda de alguna manera ayudar a la
reconstrucción democrática del país. Quiera Dios que las esperanzas que hoy
flotan en el ambiente conlleven el cese completo de la actual tiranía y de la
ominosa intervención de potencias enemigas en la Isla, a fin de que renazca,
libre y soberana, la Cuba martiana con todos y para el bien de todos.
(*) Publicado originalmente en CubaNet








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