Wednesday, October 14, 2020

Little Spain

 


No. No pienso dar un salto en el tiempo en el recuento de la historia de los latinos en Nueva York desde principios del siglo XX, para caer en el elegante mercado que ha abierto el chef José Andrés en Hudson Yards, donde unos churros te cuestan lo mismo que construir un kilómetro de carretera en Guatemala y los únicos españoles que te encuentras son turistas.

Con “Little Spain” me refiero al trozo de Manhattan —desde Christopher Street hasta la 26, entre la sexta y la novena avenidas— donde a principios del siglo XX se concentraba la emigración española. No porque España perdiera lo que le quedaba de imperio allende los mares a manos de Estados Unidos, sus hijos renunciaron a conocer nuevas tierras, fundar negocios y familias y dedicarse al más apreciado pasatiempo español: quejarse.

Quejarse de cualquier cosa: del clima, de los vecinos, las deudas o los políticos. Pero ¡qué mejor para un español que ir a quejarse del clima, de los vecinos, las deudas o los políticos… de otro país! ¡Más si es el país que los dejó sin imperio de qué presumir! Encima tienes, por primera vez en la vida, la oportunidad de hablar bien de tu país natal. Y hasta de extrañarlo.

Ya para 1920 los españoles eran 14, 659. Y 22,501 en 1930. No muchos, si se les compara con los italianos o los judíos pero recuerden que para emigrar los españoles tenían a Hispanoamérica, con mejor clima y un idioma que se parecía mucho al castellano. Los que se instalaban en Little Spain eran mayormente gallegos y asturianos, muchos de ellos empleados en los muelles cercanos.

Españoles en Nueva York los había desde antes. En 1868 eran suficientes como para fundar la Spanish Benevolent Society que subsiste hasta hoy como Centro Español. (Con el tiempo pasarían temporadas allí como artistas residentes Picasso, Dalí, Buñuel y Lorca). Y en 1902 el arzobispo Corrigan inauguró en el 229 W 14th Street la primera iglesia hispanohablante de Nueva York: Nuestra Señora de Guadalupe, nombre profético si se tiene en cuenta que hoy la mayoría de sus feligreses son mexicanos.

    Españoles al fin, tenían que dejar claro su origen regional —y hasta llegar a ofenderse si los llamaban “españoles”—creando la Casa Galicia, el Centro Asturiano, el Andaluz, el Aragonés, el Balear, el Círculo Valenciano y el Centre Nacionalista Catalá. Y los vascos, que tenían barrio aparte al otro lado de la isla, al pie del puente de Brooklyn, crearon el Centro Vasco-Americano.

    Sin embargo, cada julio todos se reunían a celebrar el festival de Santiago Apóstol, patrón de España, para recordar lo mucho que extrañaban su patria y lo poco que se querían entre sí. O viceversa. Eso era en la calle 14, núcleo de los comercios españoles: restaurantes, tabernas, bodegas, barberías, casas de huéspedes y hasta un Hotel Español.

    La comunidad creció lo suficiente como para animar al español Rafael Viera a que, en vez de una tienda de jamones, fundara el semanario La Prensa. Que siempre será más fácil hacer que la gente coma que convencerla de que lea. La Prensa se convertiría en diario cinco años después al ser comprado por José Camprubí hasta llegar a nuestros días fusionada con El Diario. (Si les suena el apellido Camprubí no es casualidad: José era hermano de la poeta Zenobia Camprubí y cuñado del futuro premio Nobel Juan Ramón Jiménez).

    Con Little Spain pasó lo que con buena parte de los barrios de Nueva York: los padres prosperaron, los hijos se mudaron, los alquileres subieron y entonces los hípsters llegaron con sus barbas y sus yogures, cervezas y croquetas artesanales. Queda, eso sí, en 239 W 14th St el Centro Español con el restaurante La Nacional. Y la profética Nuestra Señora de Guadalupe que, debido a su creciente feligresía, ha debido mudarse para la cuadra siguiente, en el 328 West 14th Street. Ahora se llama Our Lady of Guadalupe at St. Bernard’s.

    El fotógrafo del mundo elegante cubano. A 130 años del nacimiento de Joaquín Blez. Recuerdos y memorias

    Por Alejandro González Acosta 

    Entre los más gratos e imborrables recuerdos de mi remota infancia y temprana adolescencia, está la estampa de Joaquín Blez y Marcé (Santiago de Cuba, 5 de diciembre, 1886 – La Habana, 7 de abril, 1974), el famoso Fotógrafo de la Sociedad Cubana, o El Artista de la Lente de Oro.Mis padres habían decidido que nos mudáramos de El Vedado donde nací –en la Clínica Nuestra Señora del Carmen, hoy “ Hospital Camilo Cienfuegos”- hasta el centro de La Habana, por el trabajo de mi papá. Tenía yo entonces unos cinco años de edad, en 1958. Ocupamos una casa colonial amplia, de altos puntales, pisos de mármol blanco, arcos de medio punto con coloridas lucetas, espesas persianas y un comedor de losetas ajedrezadas, ubicada en Neptuno 212, entre las calles de Industria y Amistad, en los altos de una tienda llamada faraónicamente “Luxor”. Junto a ella, pared con pared, en Neptuno 210 y en los altos de “La Casa del Perro”, tenía su estudio y vivía Blez con su familia: la esposa, la bellísima  Lydia D’Otres de la Riva, y su hermana Olga. No tuvieron hijos. Se inició así un vínculo amistoso y vecinal, casi familiar, que se prolongó hasta mis 20 años de edad.

    Alejandro-Gonzalez-Acosta1-OtroLunes-41Blez poseía una silueta imponente: alto, elegante y refinado, ostentaba una cabellera abundante y rizada con un blanco níveo, vestía como príncipe y estaba perdidamente enamorado de su bella y segunda esposa, quien lamentablemente murió demasiado joven por una cruel enfermedad, en 1972, que lo dejó desolado. No sólo era una mujer de extraordinaria belleza, sino también su musa. Apenas la sobreviviría dos años, herido de tristeza.

    Entre ambas casas colindantes se mandó abrir una pequeña puerta –originalmente parece que las dos habían sido en algún momento una, según la tradición, perteneciente a un marqués español- para que yo pudiera pasar gran parte del día acompañando a Blez, quien me adoptó como un tío bonachón y consentidor. Me fascinaba revolver sus archivos y preguntarle la historia de cada una de las piezas que tenía en su casa, un verdadero museo del arte mundial. Con él también años después, ya adolescente, me iba de paseo los fines de semana, en su poderoso Buick Special de 8 cilindros, dorado y convertible, todo un acontecimiento que admiraba a quienes lo veían, y que guardaba en un estacionamiento de varios pisos en Galiano y Concordia, junto a la Iglesia de Monserrate, la cual era la parroquia que nos correspondía al barrio. Para ascender en este estacionamiento había que colgarse –literalmente- de un elevador en cinta que era toda una novedad modernista, residuo de La Habana de los años 50. Blez tenía una nutrida colección de fotografías de los diferentes automóviles que había conducido desde muy joven, auténticamente fastuosos. Ojalá se conserven esas imágenes en algún sitio.

    Solíamos ir a las ruinas del Ingenio Taoro, en las afueras de La Habana, hacia el rumbo de Jaimanitas, por la carretera de Cangrejeras cerca de la playita de Santa Fe, donde se había formado y gustaba congregarse el Club de Fotógrafos de Cuba –según me dijo Blez- y me contaba mil historias divertidas que había tenido en su inquieta vida de bohemio antes de casarse con Lydia. Guardaba en su archivo numerosos testimonios gráficos de las fastuosas fiestas que se realizaron en el Casino Español de La Habana, el Miramar Yacht Club, el Havana Yacht Club y las elegantes mansiones de la entonces muy divertida burguesía cubana, donde era presencia obligada y solicitada como el fotógrafo oficial de la gente “chic”. Recuerdo una foto en especial donde aparecía el joven Blez vestido como Poseidón sobre un velero colmado de flores, rodeado por una docena de hermosísimas mujeres con atuendos de sirenas, ninfas y náyades: sabía divertirse y tenía los medios para ello.

    Otras veces nos íbamos al antiguo Cafetal Angerona, también en ruinas, por el rumbo de Artemisa y cerca de Cayajabos. Generalmente almorzábamos en un  antiguo restaurante de madera levantado casi sobre la playa de Baracoa en Santa Fe, que creo recordar se llamaba “El Merendero de la Puntilla”, donde solía reunirse años antes el “Grupo Orígenes” en sus escapadas de Bauta (cuando no comían en el restaurante del “Hotel Hollywood”) con el sacerdote Ángel M. Gaztelu, también antiguo amigo de mi familia[1]. Allí todos los pescadores viejos saludaban con sincero afecto y admiración a Blez, quien siempre les llevaba algunos obsequios y les tomaba fotos.

    A mi “tío” Blez le debo el regalo de mi primera cámara fotográfica, que él apreciaba mucho y aún conservo, una formidable Rolleiflex con lente planar hecho por Carl Zeiss en Alemania, que es una pieza de colección muy celebrada por mis amigos fotógrafos, que la consideran de las mejores que han existido.

    Alejandro-Gonzalez-Acosta1-3-OtroLunes-41La madre de Blez fue Doña Felicia Marcé y Castellanos (1850-1941), viuda de su primer matrimonio con Oscar de Céspedes y Céspedes (1847-1870), segundo hijo varón de Carlos Manuel de Céspedes con su prima hermana, fusilado por los españoles pocos días después de su boda. Doña Felicia, entonces una joven prometida de apenas 18 años, confeccionó el 22 de octubre de 1868 la bandera cubana bendecida en el Te Deum de la Iglesia Parroquial Mayor de Bayamo, y es la que se exhibe en la Sala de Banderas del Museo de la Ciudad de La Habana o de los Capitanes Generales, pues las dos primeras no se conservaron[2]. Cuando murió en 1941, Doña Felicia –plenamente reconocida como autora material de dicha bandera- fue enterrada con honores militares correspondientes al grado de Coronel del Ejército Mambí, y recibió el título de “Libertadora Insigne”. Hoy es bastante desconocida en Cuba.[3]

    El padre de Blez fue un hacendado prósperamente establecido en la zona holguinera de Birán… Blez me mostró varios documentos originales de los juzgados holguineros, donde su padre demandaba en reiteradas ocasiones a un vecino colindante que se dedicaba por las noches a robarle ganado y recorrer las cercas entre sus propiedades: Ángel Castro Argiz. No sé dónde hayan ido a parar estos documentos, pero los vi y leí[4].

    De joven, Blez sintió una gran fascinación por la fotografía y entre su archivo –ahora por fortuna bien conservado en la Fototeca Nacional de Cuba gracias a la generosa donación de su cuñada, Olga D’Otres después de su muerte- había una foto borrosa por la que sentía un cariño muy especial: era sólo una pared con una grieta, bastante “movida” y fuera de foco. Me explicó así su afecto  por ella: “Esa foto la tomé en Kingston, Jamaica, en 1907, durante un terremoto horroroso, y era la pared de la habitación del hotel donde me hospedaba en el preciso momento cuando se estaba rajando y desplomándose junto con todo el edificio. Después de tomarla, salté por la ventana, desde un segundo piso”. Había ido a esa isla desde Santiago de Cuba, donde empezaba a trabajar entonces como aprendiz en un taller fotográfico, para conseguir imágenes por un sismo violento ocurrido unos días antes y lo sorprendió una de las réplicas.

    Otra serie de fotos curiosas que conservaba Blez correspondían al primer proyecto de construcción del Capitolio Nacional. Sobre ellas publiqué hace años en la revista Opina de La Habana[5], un artículo que creo fue el primero donde se mencionaba a Blez en la Cuba actual, pues durante muchos años se silenció su presencia, por ser “el fotógrafo de los ricos”[6]. De esa época se destacaba sobre todo oficialmente al artista Constantino Arias, “el fotógrafo de los burdeles”; por fortuna, ya no es así. Captan el momento preciso, en una secuencia tomada con varias cámaras sobre trípodes disparadas sucesivamente (no existían aún los obturadores automáticos), del instante justo cuando explotaba la primera cúpula construida del Capitolio, pues su altura no logró satisfacer a los constructores y decidieron hacerla de nuevo, tal como está hoy. En la frente, algo borrada por los años, Blez lucía una cicatriz: “Es que me acerqué demasiado para tomar esas fotos y me cayó un pedazo de granito en la cabeza”.

    Pero Blez guardaba además muchas preciosas joyas en su colección que compartió conmigo. Por ejemplo, una serie muy completa tomada por él mismo de los frescos eróticos de Pompeya cuando apenas se había abierto el sitio arqueológico a la visita de los curiosos. Aparecían ahí príapos voladores, belerofontes enhiestos y mil desnudos en imaginativas y explícitas posturas que incentivaron mi juvenil secreción hormonal.

    Libros no le conocí muchos, pero gustaba especialmente de dos autores italianos a los que trató personalmente: “Pitigrilli” (Dino Segre, Turín, 1893-1975) y Giovanni Papini (Florencia, 1881-1956), que eran sus estrictos contemporáneos.

    De Alemania guardaba un recuerdo muy especial: “Esos años de entreguerras en Berlín fueron gloriosos. El lujo y los placeres eran grandiosos. Había un frenesí desatado después de la Gran Guerra para vivir a toda velocidad y disfrutar al máximo. Los cabarets eran únicos: lo que parecía mármol, era mármol, y lo que relucía como oro, era realmente oro. ¡Qué mujeres! Había sitios con un sistema en que las mesas podían bajarse a un sótano para tener más privacidad…” Allí vio, en una cervecería de Múnich, subido sobre una mesa, gritando furioso y gesticulando como orate, un pálido joven de intensos ojos azules, quien hipnotizaba a la concurrencia: Adolfo Hitler. Luego buscó, compró y conservó los dos tomos de la primera edición de
    Mi lucha (1925 y 1928), que pude examinar.

    También, guardaba una serie de fotografías de juventud que le tomó a una enigmática princesa hindú, quien residió un tiempo en La Habana haciendo demostraciones de sus bailes exóticos. Parece que no era hindú ni bailarina, sino una aventurera muy similar a la famosa Mata Hari, y Blez me dijo que lo supo por confesión de ella, pues fueron amantes.

    Blez estudió diseño y composición en Florencia y procedimientos químicos en Berlín, cuando apenas finalizaba la Primera Guerra Mundial –la Gran Guerra, como se la llamó pensando que nunca habría otra barbarie semejante que le siguiera- y contaba regocijado la vida principesca que disfrutó en esa Europa devastada, pues provenía de la próspera Cuba con suficientes recursos para satisfacer sus necesidades y caprichos: entonces compró una enorme cantidad de objetos de arte y antigüedades que le sirvieron para montar su estudio fotográfico, considerado como el más elegante de Cuba en esa época. En medio de esa profusa escenografía se podían encontrar armaduras medievales, bargueños renacentistas, varios muebles firmados por Boulle, y un espléndido mueble de fina marquetería de tres cuerpos, con un gran espejo biselado central: “En ese mueble colgaron sus sombreros y sus paraguas los hombres más eminentes de Francia, hasta Napoleón III: era de Sarah Bernhardt”. En la mano solía llevar un anillo precioso, de delicada factura, cincelado por Benvenuto Cellini y que adquirió “por una bicoca” en Florencia, según me dijo.

    Alejandro-Gonzalez-Acosta1-4-OtroLunes-41Blez conservó su claridad mental y artística hasta los meses finales de su vida. Lo acompañé una de las últimas veces que salió de su casa, pues me propuso visitar la casa de un antiguo amigo suyo, Orestes Ferrara, ya convertida entonces en el Museo Napoleónico. Allí deambulamos y él recordó numerosas anécdotas de ese tiempo que ya se había ido, dejándolo a él como uno de los últimos sobrevivientes: era la gran época de los años 20 al 50 en Cuba, donde fue, cuando  no protagonista, muchas veces espectador –y memorialista- de primera fila. Varias de mis fotografías  infantiles fueron realizadas por Blez e ilustran este texto. Y en especial la última que creo tomó, pues a los pocos días ya cayó en cama postrado por una hemiplejia y murió un par de meses después, a los 88 años de edad, atendido amorosamente por su cuñada, la paciente Olga, que lo veneraba como un padre, y rodeado por sus sobrinos “Muñeca” y Pepito y todos los que le queríamos.

    En esa última foto estoy sentado en una banca del jardín del Museo Napoleónico, y llevo en la mano el bastón de Blez, una gruesa y ligera caña de Indias, con empuñadura de marfil y un monograma en oro donde aparecían entrelazadas sus iniciales, JBM: era el apoyo final de aquel artista de fama internacional, que fotografió toda una época, del que hay cuatro obras en el Museo de Arte Moderno de Nueva York y en el Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba, y quien se llevó a la tumba el secreto para sensibilizar la porcelana, el marfil y el terciopelo donde imprimía sus imágenes.

    Descanse en paz, en la gloria de su arte, mi “tío” Joaquín Blez, tesoro cubano por fin en vías de recuperación. Este 2016, el 5 de diciembre próximo, se cumplirán 130 años de su natalicio; sirva esta evocación como un sencillo pero sincero y emocionado homenaje anticipado. Debe estar ahora muy ocupado allá arriba, tomando fotos maravillosas de ángeles y santos, dándoles, con la magia de su lente, una reforzada inmortalidad dentro de la misma inmortalidad celestial.

    Notas del artículo

    1. Años después, regresé por esos rumbos precisamente con el Padre Gaztelu, para escribir un reportaje sobre la Iglesia de Nuestra Señora de la Caridad de Baracoa, con un diseño que recordaba a Le Corbusier, del arquitecto Eugenio Batista, con obras importantes de los pintores René Portocarrero y Mariano Rodríguez y el escultor Alfredo Lozano. Mi trabajo se publicó en la revista Cuba Internacional: “Dos iglesias, dos pintores”, Sección Contrapunto, La Habana, julio de 1983, p. 61. En esa época el Padre Gaztelu estaba muy marginado de la cultura oficial por su cercanía con José Lezama Lima (muerto en 1976). Al año siguiente -1984- se exilió en Miami, donde lo visité varias veces. Falleció en 2003.
    2. La primera bandera cubana, como se sabe, fue confeccionada apresuradamente, con materiales bastos y perecederos, por Candelaria Acosta Fontaigne, “Cambula”, hija del mayoral de Céspedes y, ya viudo este de su primera esposa, su amante; después, Isabel Vázquez y Moreno, casada con Pedro (Perucho) Figueredo y sus hijas (Candelaria, Eulalia, Blanca, Eloísa, Piedad y María) hicieron una segunda, con mejor resultado que la anterior pero aún imperfecta. Como ninguna de las dos cumplió con lo deseado por Carlos Manuel de Céspedes, le encargó a su futura nuera Felicia la confección de una enseña con materiales de primera y con arreglo a las normas de la heráldica. Fue cosida a máquina y con la estrella perfectamente delineada a compás, todo lo contrario de la de “Cambula”, cosida a mano, como puede demostrar cualquier sencillo examen directo.
    3. La página oficial cubana EcuRed dice: “aunque no se cuenta con datos fidedignos acerca de su aspecto físico, cabe suponer que haya sido una mujer blanca...” De su vínculo con el Padre de la Patria, su suegro, no se menciona nada. También está bastante errada la entrada “Bandera de La Demajagüa” del mismo sitio EcuRed, pues confunde los datos y afirma que la bandera hoy conservada es la de “Cambula”, punto que se aclaró hace muchos años no es así. También vinculan a Felicia Marcé casada con un coronel Manuel Milanés Céspedes, cosa que no es cierta.
    4. Conozco la existencia, pero no la he examinado, de una caja de documentos titulada “Blez Family Papers (1863-1941)” en la Cuban Heritage Collection de la University of Miami.
    5. “El Capitolio dinamitado”, Opina, La Habana, Nº 41, Diciembre de 1982, p. 23.
    6. Afortunadamente, la sensatez se ha impuesto finalmente y desde hace algunos años el arte de Blez se ha venido recuperando y estudiando por especialistas muy capaces. En la Fototeca Nacional de Cuba su obra ocupa hoy un merecido y durante mucho tiempo negado lugar de honor.

    Del Autor

    Alejandro González Acosta
    La Habana, Cuba, 1953. Doctor en Letras Iberoamericanas por la Universidad Nacional Autónoma de México. Investigador Titular del Instituto de Investigaciones Bibliográficas (Biblioteca y Hemeroteca Nacionales) y Catedrático de la División de Estudios de Postgrado de la Facultad de Filosofía y Letras, de la Universidad Nacional Autónoma de México. Especialista en historia, literatura y cultura virreinal mexicana y en literatura hispanoamericana y cubana del siglo XIX. Autor y coautor de numerosos libros editados en México, Cuba y España. Ingresó como Miembro de Número de la Academia Cubana de la Lengua y Correspondiente Hispanoamericano de la Real Academia Española, en 1983. Miembro de la Academia Cubana de la Lengua en el Exilio. Reside en México 

    Sunday, October 4, 2020

    EL VIRUS, LA VIOLENCIA Y LA AVARICIA

    Por Omar Torres 

    Indudablemente, los sueños tienen su propia realidad. Y dentro de ella, algo que reafirma su magnitud y capacidad de existencia es el hecho de que en los sueños se narran historias, o escenas o hasta fragmentos de vidas desconocidas, de que todo se cuenta mediante un narrador que, al mismo tiempo, es protagonista e, incluso, en ocasiones sabe que está soñando. Los sueños buscan comprender y dar salida a las sombras inconscientes de un pasado, pero que más que pasado viene a ser el origen que siempre nos asedia. A veces, en forma de símbolos; otras, a través de movimientos y acciones de una aventura, o de una historia loca o semicoherente, absurda o salvajemente onírica, pero siempre insistiendo en ser el trasfondo, o quizás la verdadera dimensión de una experiencia corpórea.

    En esta etiología de los sueños que siempre me ha obsesionado, hasta hoy me confundía si la exacta realidad de la vida (digamos, la primordial que creemos vivir) era la de la vigilia o no. Y digo hasta hoy, porque acabo de leerme el libro, novela o relatos, descargas o precipitado narrativo, titulado El tigre negro, de José Hugo Fernández, que para mí es inclasificable y crea una problemática con probable ofuscamiento para la bibliotecología.

    El tigre negro es el laberinto inescrutable de otro mundo, o de otros mundos (lo más que podemos hacer es acercarnos a su hondura) que, al mismo tiempo, de ser diferente al ámbito racional de la vigilia, se ramifica en numerosos senderos que, aun cuando se repiten en sus nombres capitulares, no son más que puertas de entradas a disímiles estados del alma, que es nuestro propio universo interior.

    El tigre negro es un salto al abismo, a lo insondable que siempre va a tener infinidad de respuestas y que solo el lector puede dar. Esta es una de las tantas características de la buena literatura: la diversa connotación para interpretar lo que se dice; la multiplicidad de la sugerencia; la compulsión de que, detrás de cada cosa, de cada hecho, de cada sueño, hay algo más. Y esto lo sabe ofrecer José Hugo Fernández.

    El surrealismo es la posibilidad de una parte del sueño, lo que no quiere decir que todos los sueños sean surrealistas, o también absurdos. Son una cosa y la otra, y asimismo tienen sus coordenadas y su lógica imaginaria, su emanación de historia en la que mucho queda oculto y solo nos deja ver el iceberg que aparece, en ocasiones, al despertar. Pero en este libro, el autor se descubre como un protagonista-narrador que busca entregarnos un poco de lo oculto de su vida fantástica. Y por sus narraciones, lo único que logramos saber es que su verdadera existencia es imaginaria. Es este volumen el que me ayuda a discernir que la Realidad es bidimensional: corpórea (visible, presente, táctil, auditiva, olfativa y soporífera) e imaginaria (invisible, presente-ausente, intangible, vaporosa, tenue, ligera y sutil) y termino dándome cuenta de que la Realidad del tigre negro es la sustancia que anda en la intimidad del autor. Al abrirse este sugerente cuaderno y nosotros leer, es como si visitáramos otros mundos e hiciéramos del desconcierto la normalidad de respirar un nuevo tipo de atmósfera.

    Uno de los principales aspectos de los sueños, entre tantas otras extrañezas, es el misterio de cómo se proyectan y por qué se presentan con un tema dado y con específicas escenas impredecibles. Por qué razón usa determinados símbolos y quién—dentro de uno— escoge esos símbolos, o los personajes que aparecen a veces, y que resultan ser totalmente desconocidos en la vida real de la vigilia. Aún para mí, esto es un misterio, no tengo respuesta ni racional ni intuitiva. En este caso, solo me queda leer y regocijarme con las historias, muy probablemente intuitivas, que José Hugo Fernández deja escapar en El tigre negro.

    En efecto, estoy seguro de que el autor aquí apeló a sus intuiciones, muy possible que haya dejado correr sus ideas de una manera automática, como reconociendo que las ideas creativas tienen sus propias vidas, y que siempre habrá, entre una y otra un hilo conductor secreto. En este sentido, la intuición contiene su propia lucidez para establecer los enlaces, y de ahí que haya que creer en la magia de la imaginación creativa. Con este grimorio, José Hugo demuestra que conoce muy bien los recursos de la imaginación. Sabe que los personajes y las situaciones tienen sus propias dinámicas, y que hay que dejarles “hacer”, que lo que se dice y se realiza en cada uno de los capitulillos es lo que realmente debe ser porque viene (y valga la redundancia) de la Realidad imaginaria. Por eso, en el argumento, el personaje principal tiene que soñar para poder sobrevivir, para encontrar su verdadera libertad de realización.

    Este desahuciado social y periodista —al decir de Ramón Fernández Larrea—, a quien a los 16 años, en el ejército, le casaron con una vaca, cuando lo sorprendieron haciendo zoofilia con esa res que, de hecho, nunca le miraba a los ojos, porque la contemplación de la mirada era su galimatías narrativo (el de él) y al bovino lo único que le interesaba era encontrar la mejor postura; perdón, quiero decir, el mejor pedazo de yerba, sin ponerle mucha atención a quien le hurgaba el onomatopéyico trasero que hacía chupulún, chupulún, como el sonido vaginoso ocasionado por alguien que ya era un expaciente psiquiátrico, audaz recluta que entraba en el paraíso onírico de un potrero, hasta ser sorprendido y obligado a unirse a la vaca y hacerla feliz en una ceremonia matrimonial ante todo el regimiento de la compañía. A partir de ahí, de su servicio militar, solo le quedaba soñar para sobrevivir.

    En Realidad los sueños tienen su vida propia, coexisten dentro de uno, son seres, cosas y mundos que le tienen a uno como recipiente, y cuando se llega a comprender que este mecanismo de la Realidad sirve para controlar a nuestros demonios, entonces logramos escapar, vivimos, existimos en nuestro propio interior. De muchas maneras (por ser los sueños infinitos caminos hacia la inmensidad, como diría Bachelard) el mundo onírico se convierte en una real libertad. Y este es el simbolismo mayor de El tigre negro. Los sueños aquí, a pesar de las pesadillas y los horrores que puedan darse, conducen a la liberación del ser.

    El ser (así, en cursiva) y los sueños proyectan una abismal diferencia con los otros animales (incluyamos también dictadores, lacayos y esbirros, entre otros especímenes). Recordemos que el humano logra entender y escribir su lenguaje intuitivo y asimismo simbólico, mientras que las criaturas inferiores nada más son instintivas, por lo que se comunican de una manera precaria y actúan mediante reacciones (hambre, sed, miedo, etc.). En cuanto al ser del humano, los sueños contribuyen a limpiar el subconsciente que, al mismo tiempo, provoca un mejor accionar y pensar de la conciencia. De ahí que en los sueños los demonios salgan, muchas veces en saltos inesperados, espontáneos, como energía creadora, hacia un contexto de historias escritas.

    Los demonios, en su existencia interior, logran escapar de las cardinales dimensiones arquetípicas y él (en este caso: el autor-protagonista) los contempla con la humorada de saberse por encima del bien y del mal, y les deja hacer, porque en definitiva, con ello, se despeja el alma, se limpia la conciencia de la basura exterior. Es el proceder lógico-espiritual de la mente, como he dicho anteriormente, “es lo que todavía evita el caos en el mundo”. Más cuando todo el libro está sazonado con una sonrisa maliciosa, de gran picaresca, y siempre, en su conjunto de todas las páginas, con una suave pero asimismo jacarandosa atmósfera festiva.

    Es comprensible que la época de los sueños sean los años 40 o los 50, y es porque en la intimidad del protagonista vibraba el regocijo de toda una pléyade de aspectos y divertimentos que hacían de la existencia en aquella época un mejor vivir. Por eso en muchos de los capítulos del libro encontramos grandes escritores de aquellos tiempos y de siempre, como Dashiell Hammett y el contrastable Félix B. Caignet, o Knut Hamsun, un escritor escogido de un archivo inmemorial. Y es que José Hugo combina el sabor de lo culto con lo popular de una manera natural, sabichosa. Se trata de una prosa exquisita que encuentra su realización con breve pero sorprendente eco del uruguayo Felisberto Hernández, aun cuando puedo asegurar que el desenfado de su estilo (me refiero al de José Hugo) es un poco más discreto que el de Felisberto, cuando hace que las escenas e imágenes estén un tanto más cargadas de un sutil humor cubano que, por momentos, se regodea con lo popular, con algún que otro modismo y con algún que otro personaje de la alta cultura o de la cultura pop.

    Tengo que insistir en que este autor, José Hugo Fernández, es un tanto peligroso para escritores como yo, porque desata una inteligencia contagiosa y pone en jaque mi sensibilidad cuando en este libro leo cosas que me hubiera gustado escribir. No es envidia, pero sí una advertencia que me hago a mí mismo ante los destellos constantes de sus sutiles ideas jocosas. Dice las cosas con un suave rumor de algo que, al mismo tiempo, se hace convincente, persuasivo. Es una lucidez, aparentemente sencilla, pero que siempre te deja una sonrisa, el cosquilleo de un gesto de raciocinio. Es como si José Hugo estuviera discursando con una pícara levedad (su manera de escribir, digo) entre Jorge Luis Borges y Felisberto Hernández.

    Al leer este libro, muchas veces podremos preguntarnos: ¿cuándo aparece el tigre negro? Pero, en Realidad, el tigre está en la expectativa, en el deseo de que pueda surgir como el recurso literario de un sueño aún invisible, o que sea no más el título del libro para que no se pierda o al menos para poder venderlo.

    Si en este discurso de José Hugo Fernández, querido lector, encuentras cierta mofa, a veces fina, otras esponjosa, es la esencia de toda esta miscelánea de 144 páginas de sueños. Al llegar el momento de cerrar el libro, vas a sentir que todo ha sido una burla deslumbrante, una broma de tersa naturalidad, reposada y apacible: en definitiva, una estupenda e inteligente ironía contra la dictadura castrista.

    Thursday, October 1, 2020

    NUEVO LIBRO DE MANUEL GAYOL MECÍAS


    Ya puede adquirirse en Amazon la obra Aurelio de la Vega: Impresiones desde la distancia/Impressions from Afar, de Manuel Gayol Macías, poeta, narrador y ensayista, y Secretario del Capítulo de California de nuestra institución. El libro consta de cuatro ensayos, unas Palabras Preliminares, y un Prólogo acerca de la obra, así como varios pasajes de la vida del Dr. Aurelio de la Vega, profesor emérito de la Universidad de Northridge, también miembro de nuestra organización, y un musicólogo y compositor clásico muy reconocido en el mundo entero. El libro es bilingüe: español e inglés y contiene más de 50 fotos, tanto de Aurelio como de José Lezama Lima. Esto último porque el cuarto ensayo viene a ser un paralelo músico-literario entre esos dos grandes autores cubanos. 

    En Amazon encontrarán dos ediciones con textos semejantes, uno con las ilustraciones en colores y otro en blanco y negro.

    A continuación reproducimos el Prefacio de la obra a cargo del Dr. Eduardo Lolo, actual presidente de la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio, Corp.


    PRELUDIO

    (Palabras preliminares al libro de Manuel Gayol Mecías Aurelio de la Vega: Impresiones desde la distancia, publicado en 2020).

    Por Eduardo Lolo

    Según el conocido texto bíblico, en un principio fue el verbo y el verbo estaba en Él. De haber sido así, también podría decirse que en un principio fue la música, la cual igualmente estaba en Él, pues el verbo es palabra y toda palabra se expresa mediante tono, ritmo, cadencia; mensaje sonoro que en su propia condición emitimos y recibimos musicalmente. Y como Él ‒según la misma fuente‒, nos hizo a su imagen y semejanza, todos nos expresamos asimismo con música, desde el grave gruñido amenazador de un hombre de las cavernas a los versos en arpegios agudos de una actual soprano de coloratura.

    Incluso una misma palabra muta o contradice su significado original de acuerdo a la intención del hablante, expresada mediante sus cambios de entonación y volumen; que es decir, sus variaciones melódicas. Hasta en un idioma en especial se aprecian destacadas diferencias musicales: por ejemplo, no es ni siquiera parecido el sonido del español en un argentino que en un mexicano. En dirección contraria, es de destacar que la música per se, en su condición de vehículo de sentimientos, sueños y pesadillas, es también palabra, aunque inefable y sin atadura idiomática alguna.

    La relación palabra-música no es, sin embargo, la única que puede identificarse artísticamente. Porque es el caso que las artes nunca andan solas, pues si bien es cierto que su creación suele estar circunscrita a una disciplina e, incluso, hasta a un género en especial, la recepción artística tiende a ser interdisciplinaria. En realidad todo autor es, antes que creador, un recipiente activo de arte. La acción creadora no es más que el reflujo del arte recibido –de todo el arte–, de regreso en una forma personal, de acuerdo a la vocación y las aptitudes del artista.

    El fenómeno que da vida a lo expuesto en el párrafo anterior es bien simple: el arte entra en el pecho del creador a borbotones; luego, sale a cuentagotas. Sin ese torrente múltiple de palabras, colores y melodías de entrada, poco o nada podría destilar el arte después en su salida. Así, en los trazos de los pintores hay música y vocablos a manera de substrato; en los versos de los poetas, sonidos armoniosos e imágenes cromáticas; en el encanto sólido de una escultura, frágiles destellos de luz, ecos de una siempre nueva sinfonía, y hasta susurros de locuciones emergiendo del metal o la roca liberada. Detrás de un verso puede estar agazapada una ópera a manera de génesis, o viceversa, pues del manantial creativo del artista pueden emerger, a partir de las fuentes instiladas, variantes disímiles en forma pero semejantes en su contenido en tanto que ‘respuestas’ a raíces similares. El alma del creador no es más que fragua de artes todas aunque su producto emerja únicamente a través de una especialidad en particular. ¿Acaso para la existencia de un grano de arena no se necesita como condición previa la del universo?

    El presente libro del ensayista, novelista y poeta Manuel Gayol Mecías comienza con cuatro ensayos sobre la obra del compositor Aurelio De La Vega, quien es para Gayol una figura creativa kaleidoscópica que abarca música, pintura y literatura. El escritor hace énfasis en la importancia que tiene De La Vega dentro del canon de la música cubana, así como su espiritual y casi metafísico espectro musical, que Gayol trata de modo fascinante en su tercer ensayo al establecer, según sus interpretaciones y análisis, una original relación entre De La Vega y Pitágoras, pasando por el ‘Platonismo’ de “La Música de las Esferas”. El último y quinto ensayo del libro – el más extendido de todos – establece un novedoso e históricamente necesario paralelo entre José Lezama Lima y Aurelio De La Vega, observando cómo se entrelazan las obras de ambos creadores y puntualizando lo que es común y distinto entre ellos. Los dos compartieron un mismo entorno epocal y fueron desfigurados durante mucho tiempo ‒por obra y (des)gracia del longevo totalitarismo castrista‒, a la condición de ‘no-persona’: el primero, en el ‘insilio’; el segundo, vistiendo los ropajes siempre raídos de historia del destierro. La innovación fue la constante en ambos, tal como la misma Isla en tanto que cultura de síncresis de lenguas y razas varias, ‘aplatanadas’ por efectos del sol de arrebato y el mar de gemas relucientes. En el ensayo de Gayol se mezclan los versos neobarrocos con música serial dodecafónica; Lezama y De la Vega tomados de la mano, fundidos en el arte. Ambos representan la cultura nacional cubana sedienta de universalidad, en viaje sin escalas del terruño al universo.

              Pero hay más: en esta obra la dicotomía asume ropajes de viejos y nuevos colores: su bilingüismo lleva su música a idiomas y oídos diferentes, en tanto que su confección se logra bajo el sello de dos casas hermanadas por primera vez: Palabra Abierta Ediciones y la Editorial de la Academia de la Historia en el Exilio, Corp. Tanto Gayol como De la Vega, así como Ángel Marrero (el diseñador gráfico del libro) son miembros numerarios de la entidad, a resultas de lo cual como que emerge abierta la Academia e histórica la Palabra.

              Sin embargo, ahí no se detiene la diversidad que quiero destacar como elemento fundamental de esta pieza. A ritmos semejantes que le dan unidad, van juicios nacidos del celuloide, ‒como en una especie de aporte ekfrástico‒, en la sección dedicada al documental de Camilo Vila sobre Aurelio De La Vega (Aurelio: Rebel with a Cause), mientras que en otra partitura (quise decir: a la vuelta de un recodo melodioso de páginas) Gayol acude a lo mejor del periodismo para brindarnos una entrevista de tan profundas respuestas como preguntas. Y aunque ensayo, reseña fílmica y entrevista vienen cabalgando palabras, no pueden ocultar una armoniosa esencia sonora. De ahí que yo no haya calificado estos breves párrafos introductorios como “Prefacio”, sino que decidí utilizar el término “Preludio”, por considerarlo más congruente con la atmósfera musical que permea la obra en su conjunto. Le sigue, como se comprobará a continuación, toda una sinfonía a escuchar con alma y pensamiento imbricados.

              Y hasta aquí mis compases de obertura en vocablos. No detengo más al anheloso lector y termino ‒por considerarlos vigentes‒ con unos juicios que hace tiempo hube de escribir para el programa de uno de los conciertos de Aurelio de la Vega. Dije entonces y ahora reafirmo:

     

    La cultura cubana siempre ha sido un concierto de angustias a dos voces en contrapunto: una parte en la Isla, sobreviviendo combativa la asfixia de la colonia o el totalitarismo, y otra en el exilio, soñando amaneceres. Al final de cada época histórica, una vez aire y luz reconquistados, lo mejor de los componentes del angustioso ente dicotómico se unen para dar lugar al legado del pueblo cubano con un excelso canto atemporal. Solamente unos pocos son capaces de ver la permanencia de sus nombres, inmunes al paso del tiempo, formando parte de ese codicilo. Aurelio de la Vega es uno de ellos. Su música es cubana por dos razones: porque acepta agradecida la herencia cultural recibida, y porque prevé el futuro musical de la cubanía, rebasando sus propias fronteras. En realidad, independiente de su irrefutable éxito actual, las composiciones de este gran creador recibe hoy los aplausos de pasado mañana. Es una música de futuro visitando el presente, permitiéndonos un anticipo de lo por venir en esa mezcla de tiempos y aleteos de almas que es el arte cubano en general y el de Aurelio de la Vega en particular. Gracias a artistas como él, los cubanos del exilio de hoy en día nos percatamos con regocijo que solamente el aire y la luz de Cuba nos faltan. Pues ya tenemos el canto.

    Nueva York, primavera de 2019.

    (Gayol Mecías. Manuel. Aurelio de la Vega: Impresiones desde la distancia. New York-Eastvale [CA]: Editorial de la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio-Palabra Abierta Ediciones, 2020. Págs. 19-23.)

    Friday, September 25, 2020

    Cubanos prominentes enterrados en el cementerio de Green-Wood, Brooklyn

     

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    Wednesday, September 23, 2020

    Manuel Rivero, un exitoso atleta y respetado profesor




    Por Ernesto Fumero

    El 21 de diciembre de 1930 aparecía una nota en la Revista Bohemia sobre “Manny” Rivero, un joven cubano que en aquellos momentos tenía gran éxito como jugador de fútbol americano en la liga universitaria del país del norte, donde competía por la Universidad Columbia de New York. La revista destacaba el hecho de que Rivero compitiera para la prestigiosa universidad a pesar de ser de raza negra y tener un origen humilde. Según Bohemia, un periódico neoyorquino había escrito que Manny “es uno de los jugadores más difíciles de lesionar. Cuando Rivero recibe un golpe, seis o siete de sus adversarios ya han sido puestos fuera de juego por el cubano.” A la revista le confesaba Rivero que aunque le gustaba mucho el béisbol, el fútbol americano era su deporte favorito pues en él siempre surgía “algo nuevo”, imprevisto.


    Manuel Rivero nació en la Habana en 1909 y era hijo de una cocinera del Vedado que Bohemia describía como “la palanca sólida del joven atleta”. En su adolescencia Manuel se fue a vivir con su madre a Estados Unidos. Durante sus estudios preuniversitarios en New York, comenzó a destacarse en béisbol y fútbol americano, siendo uno de los mejores jugadores a ese nivel en la ciudad. Tras terminar sus estudios Manuel fue aceptado como estudiante de ingeniería en Columbia University. Para ganarse un dinero antes de empezar la universidad Manuel se fue ese verano con los Cuban Stars en una serie de juegos de exhibición. Los Cuban Stars (East) era un equipo de béisbol profesional, formado por cubanos y otros latinoamericanos, que competía en la Liga Negra Americana. Ellos acostumbraban a pasar a comer por la casa de la madre de Manny cuando estaban en New York y aceptaron al joven atleta en sus filas durante algunas semanas.



    El recuerdo favorito de Manuel de esa temporada eran graciosos juegos que se jugaban sin pelota para divertir al público. De aquel verano Manuel no regresó con mucho dinero pero por suerte Columbia se enteró de su talento y lo registró como estudiante atleta lo que le garantizaba estipendios. Pronto fue enrolado en los equipos de béisbol y fútbol americano y aunque tuvo éxito con el primero, jugando en tercera base, campo central y como lanzador; fue como quarterback en fútbol donde llegaba al estrellato. En el artículo de Bohemia se mencionaba que ser negro no era un obstáculo para jugar en el fútbol americano universitario pero en realidad ser uno de los pocos jugadores de color de la liga no fue siempre fácil.

    En 1931 el equipo de Columbia iba en tren en camino a un juego con otra universidad cuando se enteraron de algo. Entre los entrenadores de la liga existía un “acuerdo de caballeros”: si un equipo con jugadores negros competía con un equipo que no tuviese ninguno, el entrenador no dejaría jugar a sus jugadores de color. Cuando los compañeros de equipo de Manuel se enteraron de aquello advirtieron al entrenador: si Manny no jugaba, ellos no jugarían tampoco. Fue muchas veces gracias a la solidaridad de sus compañeros que Manuel pudo seguir jugando.

    En 1933 se graduó Manuel Rivero de ingeniería. Hoy en día es difícil saber si su talento lo hubiera llevado a jugar a la National Football League (NFL). Lo cierto es que a partir de ese año la organización deportiva dejaría de tener jugadores negros, un veto silencioso que duró hasta 1946.

    Con Cuban Stars. Rivero es el tercero por la derecha
    Tras la graduación, Rivero jugó béisbol con sus viejos compañeros de los Cuban Stars durante algunos partidos. Allí compartiría con atletas de la talla de Martín Dihigo y Alejandro Oms. Pero ese mismo año Manuel fue contratado como entrenador de fútbol americano del equipo de la Lincoln University, una histórica universidad de afroamericanos en Pennsylvania. Paralelamente él continuaba sus estudios en Columbia de donde obtenía un master en Salud y Recreación en 1938. En la Lincoln Manuel trabajaría durante 44 años, hasta su retiro en 1977. Allí fundó, en 1947, el Departamento de Salud, Recreación y Educación Física que él encabezó. También en la Lincoln Manuel conoció a la que sería su esposa, Grace Hughes, quien era profesora de inglés.

    Durante todos esos años el profesor Rivero fue en diferentes épocas el entrenador principal de los equipos de fútbol americano, béisbol, atletismo, tenis y baloncesto de la escuela. En la Universidad Lincoln Rivero es recordado como un competidor fiero y como un entrenador y profesor estricto, pero hay otros aspectos que pueden describir su carácter. En 1938 se graduó de la prestigiosa universidad de Cornell Jerome “Brud” Holland, el único jugador negro de fútbol de esa escuela. Durante dos años consecutivos Holland había sido seleccionado al equipo “Todos Estrellas” de la serie pero, como ya se ha contado, una carrera en la NFL era imposible en el momento. Rivero contrató entonces a Holland como entrenador en su universidad. Con el tiempo “Brud” Holland continuaría su carrera académica y sería presidente de la Hampton University. En 1970 sería embajador de los Estados Unidos en Suecia.

    Muchos años después el nieto de Manuel Rivero recordaba la consistencia como el rasgo más marcado de su abuelo. Era alguien que miraba el mismo programa de televisión cada día (Wheel of Fortune) y también durante décadas ahorró dinero mes tras mes. Era de ese dinero ahorrado que ese nieto pudo pagar sus estudios en una de las universidades más prestigiosas del país. También recordaba el nieto algo que decía su abuela: que era la consistencia de “ese tal Rivero” lo que la había hecho escogerlo entre sus pretendientes. Durante las décadas de trabajo en la Lincoln Manuel Rivero ganó también una serie de premios y distinciones, entre ellos, Profesor del Año. En 1980, tras su retiro, fue hecho Profesor Emérito en Educación Física de la universidad. En 1986 el gimnasio de la escuela recibió su nombre. Manuel Rivero, natural de la Habana, murió en Rising Sun, Maryland, en agosto del 2001, a los 92 años. Lo sobrevivían su esposa, dos hijos, tres nietos y dos bisnietos.



    Sunday, September 6, 2020

    WHY CUBA MATTERS, A NEW BOOK BY ONE OF OUR MEMBERS


    Why Cuba Matters: New Threats in America’s Backyards,
    by Néstor T. Carbonell, was recently published by Archway Publishing.  Its author was born and raised in Havana, Cuba.  He comes from a prominent Cuban family that lefts its imprints on the island’s wars of independence and on the foundation and development of the republic.  He earned law degrees from the University of Villanueva in Havana and Harvard.  Forced into exile in June 1960, he played an important role in the anti-Castro movement’s resistance and diplomatic fronts.  He joined PepsiCo in 1967 as counsel, retiring in 2008 as a corporate vice president in charge of international government and public affairs.  He is a member and the Council on Foreign Relations and was recently elected as an academician by Academia de la Historia de Cuba en el Exilio, Corp.  He is also the author of several books, among them And the Russians Stayed: The Sovietization of Cuba and Los grandes debates de la constituyente cubana de 1940.

    In this book, as an eyewitness to Fidel Castro’s rise to power in Cuba and other key episodes, Dr. Carbonell sheds new light on how the ruler and his allies deceived and subjugated Cuban people and defied twelve U.S. presidents.

    The author draws on declassified documents and reliable unpublished testimonies, as well as personal experiences, to delve into the Communist takeover of Cuba, which he denounced while on the island.  He ponders the causes and consequences of the botched Bay of Pigs operation, which he joined as a refugee.

    From the battle to expel the Castro regime from the Organization of American states, which Carbonell helped to achieve, to the Congressional Joint Resolution on Cuba, which he tenaciously pursued; from the looming Missile Crises, which the author persistently flagged, to the myriad subversive activities he warned against and condemned, Néstor T. Carbonell debunks the myths and fallacies surrounding the longest-running subversive tyranny in modern times.

    For more information or to buy this book, click here:

     


    Wednesday, September 2, 2020

    Anatomía del infeliz*

    Por Gustavo Pérez-Firmat

    El cubano tiene la buena y la mala fama de ser un pueblo alegre, actualista, gozador. Como comprobación parcial, imparcial, ahí está la proverbial réplica, “Jodido pero contento,” que supedita la jodedura a la jodedera. O este otro dicharacho, “A mí me matan, pero yo gozo,” según el cual ni la muerte misma coarta la búsqueda de placer. No obstante, ese gozar a toda costa, a todo costo, a todo Castro, sólo dibuja una de las caras del cubano. Tal vez la más popular y rentable, la que se ha divulgado en innumerables libros, películas y cancionessobre todo extranjeroscon títulos como When It’s Cocktail Time in Cuba, Holiday in Havana,  I Came, I Saw, I Conga’d. Tal como afirma uno de los protagonistas de The Mambo Kings Play Songs of Love, la premiada novela de Oscar Hijuelos, Cuba es la tierra de rum, rump and rumba. Y no cabe duda de que el cubano, allá como aquí, propende a la alegría. Mas también es verdad que por debajo de esa alegría fluye una corriente de melancolía, una resaca de tristeza que arrastra a algunas de las figuras más representativas de la cultura de la isla: desde Luz y Caballero, Casal y Martí, pasando por Varona, Dulce María Loynaz y Jorge Mañach, hasta llegar a Carlos Victoria,  Manuel Díaz Martínez, Abilio Estévez y muchos más. 

    Hallando –o más bien, buscando– un reflejo de su propia melancolía en la de sus compatriotas, Mañach no se cansaba de afirmar que Cuba era un pueblo triste. Para el autor de la Indagación del choteo, la ligereza del cubano, su tendencia a tirarlo todo a relajo, no era sino una vistosa capa que le echamos por encima a nuestra íntima tristeza. De ser así, el cubano padecería de lo que hoy en día los psicológos llaman “bipolaridad”: entre el Polo Norte y el Polo Sur, el Polo Cuba, vacilando entre rumba y tumba, canto y desencanto, deseo y desgano. Esa disposición melancólica también se vislumbra en muchas sentencias de nuestro refranero: “Un gustazo, un trancazo.”  O en este otro dicho, que predica la misma lección:  “Como quieras que te pongas, tienes que llorar.”

    Dos de los tipos típicos del folklore cubano son el vivo y el bobo. Ya se sabe que todos los días sale un bobo a la calle, y que el vivo vive del bobo y el bobo de su trabajo. Pero hay otro personaje de nuestro folklore, protagonista tácito de incontables cuentos y chistes, que encarna el talante y talento melancólicos de la cultura cubana. Me refiero al infeliz. ¿Quién entre nosotros no ha dicho, explicando –y descontando– los infortunios de un amigo o, a veces, la maldad de un enemigo, “El pobre, es un infeliz”?  Rigurosamente, ser infeliz es carecer de felicidad. Pero esta definición no capta lo fundamental del tipo, ya que hay personas que, faltándoles la felicidad, distan mucho de ser infelices. Se puede ser desgraciado sin ser infeliz. Se puede estar descontento sin ser infeliz. La infelicidad del infeliz no tiene sólo que ver con la incidencia de episodios dolorosos en su vida. Cosas nos pasan a todos, pero el infeliz es aquel que padece por vocación, que sufre por gusto, aquel a quien los golpes que le pegan, le pegan. Lo que define al infeliz no es la infelicidad, sino lo que llamaría el infelicismo, cierta aptitud crónica para la infelicidad.    

    El infeliz es el tarrudo que del cielo le caen los tarros, el que sale de Guatemala y termina en Guatapeor, el que se ha sacado todas las papeletas en la rifa de la galleta, el que no deja de cogerse el culo con la puerta. En el infeliz encarna un ejemplar de la no tan rara especie del cubano sin suerte, a quien no lo salva ni el médico chino. Primo criollo del nebbish judío y del loser norteamericano, el infeliz no sabe por dónde le entra el agua al coco, ni tiene la menor idea dónde el jején puso los huevos. Y aunque a veces se confunde con tipos aledaños –el pesado, el guanajo y el comemierda– estos pueden ser felicísimos (es más, generalmente lo son) mientras que el infeliz es sólo siempre infeliz. Su antónimo es el feliciano, invulnerable a los embates del destino. Si el feliciano disfruta a pesar de todo pesar, el infeliz sufre a pesar de todo placer.  

    Cuando tildamos a alguien de infeliz, mezclamos la compasión con el desprecio. Los infelices nos dan lástima, sí, pero también nos molestan, tal vez por el temor de parecernos demasiado a ellos. El atribulado Liborio, emblema de la cubanidad, es un infeliz. En cambio, Tres Patines, el personaje hecho famoso por Leopoldo Fernández, es un vivo disfrazado de infeliz. Y nosotros los exiliados, por mucho que insistamos en negarlo, somos unos infelices disfrazados de vivos. Es más, después de sesenta años de dictadura, es posible que todos los cubanos –los de aquí, los de allá y hasta los del más allá– puedan hacer suyo el famoso lamento de Segismundo: “Ay, mísero de mí! ¡Ay, infelice!”

    *Fragmento del libro en proceso Saber de ausencia 

    Monday, August 31, 2020

    Susana Redondo de Feldman


    Por Perla Rozencvaig

    Conocí a Susana Redondo de Feldman en la Universidad de Columbia.  Ella dirigía entonces el Departamento de español en la Escuela de Estudios Generales (School of General Studies) de dicha universidad y yo era estudiante de posgrado en el departamento de francés.  Asistir a los cursos que dictaba sobre literatura hispanoamericana y conversar con ella durante sus horas de oficina sobre la evolución del romance del Siglo de Oro, sobre Rubén Darío o acerca del papel y la lucha de la mujer por ganarse un espacio en las letras de Hispanoamérica no solo fueron experiencias enriquecedoras desde una perspectiva académica sino que también despertaron  mi curiosidad de ahondar en las repercusiones históricas y sociales de la obra de algunas de estas grandes figuras. Para fines de los setenta, decidí declarar mi especialización en estudios hispánicos, y la profesora Redondo me ofreció enseñar cursos de conversación y gramática en el departamento. Visitarla en su oficina para informarle de cómo iban las clases era el pretexto perfecto para poder escucharla hablar con tanta pasión y tanto conocimiento de autores  que fui descubriendo paulatinamente a medida que avanzaban mis estudios.

         Había un grupo de estudiantes como Gladys Feijóo, Adoración Campis, Carlos Narvaéz, Diana Sorensen,  y  yo, entre ellos, que siempre tomábamos sus cursos para completar la maestría o el doctorado. Todos después llegamos a ser profesores de lengua y literatura en distintas universidades de los Estados Unidos. Cuando me estaba preparando para tomar los exámenes escritos como parte de los requisitos para el doctorado, la profesora Redondo se convirtió en una maestra dedicada por entero a ayudarme a organizar un plan de estudio eficaz  y bien estructurado que abarcaba desde el Diario de Colón hasta los autores contemporáneos españoles e hispanoamericanos que aparecían en la extensísima lista de lecturas preparada por el departamento.  Me guió a investigar a cabalidad las características  individuales  y colectivas de los distintos movimientos literarios y la contribución personal a cada género de las figuras más destacadas, prestándoles también la debida importancia al contexto histórico y cultural en que éstos se habían desarrollado.  La maestra abnegada me permitió llamarla amiga, una amiga entrañable con quien compartí momentos y experiencias muy ricas que me han acompañado toda mi vida.

        En una de mis visitas habituales a su oficina, me regaló un ejemplar de su libro José Martí: Antología Crítica publicado en 1968.  Me emocionó la dedicatoria al expresar que me unía a ella “su fervor martiano”.  Esta estudiosa del Apóstol recogió aquí algunas de sus mejores páginas para los alumnos, a fin de “facilitarles  la adquisición de un material de trabajo que les dé los conocimientos básicos sobre los temas del ensayo en América, los que después podrán ampliar según sus intereses e inclinaciones”.1 He aquí a la educadora que piensa primero en los estudiantes, a quienes quiere darles las herramientas necesarias para que a través de las páginas escogidas puedan internarse en el “espeso bosque de la ensayística americana”1  

    Susana nació en Camaguey el 13 de septiembre, 1913  en un ambiente rural, el central azucarero Jaronú. Era la mayor de varias hermanas.  Desde muy temprana edad, contaba, durante algunas de sus valiosas digresiones en clase, que sus padres le habían inculcado el sentido del deber, la responsabilidad de cumplir con el trabajo que se le encomendaba y el orgullo personal que siempre sentía al concluir la tarea asignada.  Para todos era un sutil recordatorio de lo que también esperaba de nosotros.  Aunque comprendía, siempre que estuviera respaldado por una causa muy bien justificada, que en ciertas circunstancias no se podía entregar el trabajo en la fecha marcada.  Con el paso de los años sus palabras repercutieron en mis relaciones con mis propios estudiantes ya que siempre les aclaraba que había situaciones en que había que pedir una prórroga para la entrega, pero que esto no podía aceptarse como una norma habitual sin que tuviera consecuencias en la nota final del curso. Así era la profesora Redondo: firme en sus convicciones, pero comprensiva y justa cuando tenía que hacer una excepción.

        Antes de la adolescencia ya está en la Habana y asiste a la escuela María Corominas cuyo nombre también era el nombre de una gran educadora cubana durante los años treinta.  Más tarde en la Universidad de la Habana estudia pedagogía.  Se casa, tiene una hija y sola con ella abandona su país por desavenencias conyugales.  Al llegar a Nueva York, a mediados de los cuarenta, solicita un trabajo de secretaria en el departamento de español de la Universidad de Columbia cuyo jefe era entonces el salmantino don Federico de Onís. No solo por su eficiente trabajo de secretaria, sino también por su conocimiento profundo de su propia lengua, la literatura y  la cultura españolas, su  jefe le recomienda que continúe sus estudios de posgrado, lo cual le facilita el que empiece  a dar clases de español en el departamento, destacándose  como profesora por sus conocimientos y por su personalidad.   Siempre me hablaba del profesor de Onís con el respeto, agradecimiento y admiración que despertó en ella. Jamás, a pesar de haber trabajado con él por tantos años,  se refirió  a él sin decir  “el profesor de Onís”.  Este siempre se mantuvo en su memoria como un maestro venerado.    Como su asistente en  la Revista Hispánica Moderna (RHM)  y su vigilante sagaz –no encuentro  una mejor forma de describir su compromiso con ésta y el Instituto Hispánico, ella siguió su trabajo de investigación, muy en especial  acerca  del romance en el Siglo de Oro y la influencia de los romances viejos en la tradición popular cubana, específicamente su relación con los romances encontrados en su natal Camaguey,  señala que mostró algunos ejemplos de las variaciones existentes entre ellos y las versiones encontradas en la provincia cubana. Su trabajo sobre el tema fue publicado en el número homenaje a Federico de Onís en 1968.  También escribió sobre la mujer en el mundo de las letras hispanoamericanas.  El trabajo apareció en América. Organo de la Sociedad de Escritores Hispanoamericanos y  también en otras publicaciones como El Sol de Quito, El nacional de México y Cuadernos por la libertad de la cultura de París entre otras.  En sus cursos de estilística, como se decía en los años ochenta, la profesora Redondo dictó varios cursos que se centraban en la obra poética de Gabriela Mistral, Gertrudis Gómez de Avellaneda o en textos en prosa de legendarias escritoras como la Pardo Bazán. 

       En la entrevista que le hiciera Flora Schiminovich  publicada en la RHM en el número homenaje a la profesora Redondo, ésta recuerda cuáles eran sus responsabilidades en sus comienzos como colaboradora de De Onís:  “Federico aprobaba los artículos y yo los editaba.  Los colaboradores eran por lo general, críticos y escritores reconocidos. Yo no me atrevía a corregir los manuscritos que algunas veces tenían irregularidades gramaticales.  Federico de Onís me decía: “Corríjalos usted”.  Yo respondía: “Pero Don Federico, el artículo es de un escritor de renombre, a lo que de Onís respondía: “Y qué? Ellos sabrán escribir, pero usted sabe muy bien su gramática.  Haga lo que crea conveniente.”2 

       A partir de ese momento, su criterio de selección de los mejores artículos recibidos fue el que prevaleció, facilitándole, así, la tarea de director a de Onís para que decidiera sobre su publicación.  También tenía a su cargo dos secciones de la revista: Noticias literarias” y “Notas sobre hispanismo” más la reseña de algunos libros que correspondían a su especialidad, que eran varias, como los libros sobre folklore y romanceros, incluyendo el teatro precolombino y la escritura de mujeres hispanoamericanas.

       Tuvo grandes profesores: Germán Arciniegas, Arturo Uslar-Pietri, Mariano Picón Salas, Angel del Río, entre otros, y como apoyo emocional, amigo y mentor Federico de Onís.  Su formación académica fue singular y los resultados de tan excepcional preparación se manifestaron ampliamente en todas sus funciones en la universidad durante más de cuarenta años de servicio a la institución.  Pese a la brevedad de esta biografía, me parece necesario destacar su encomiable labor en la Revista a través de todos esos años.

        La llenaba de orgullo el que la Revista fuera lugar de encuentro entre estudiantes y el profesorado.  En sus palabras “se destacaba por ser una de las publicaciones universitarias más abiertas al estudiantado con el empeño de lograr una viva relación entre académicos e hispanistas de muy diversas partes de América y de Europa”.

       Vale la pena mencionar cuáles eran, según ella, sus características más sobresalientes: “Publicar una numerosa y sostenida serie de monografías biográfico-críticas.  Eran secciones consagradas a un escritor moderno que solían comprender  un ensayo sobre la vida y la obra de los autores escogidos.  Seguían ensayos de crítica y comentario, una antología de textos del escritor y una bibliografía de su obra literaria y de la crítica sobre la obra.  Tenían, además, ilustraciones, fotos, cartas… La colección alcanzó gran resonancia y difusión.  La lista de autores incluía a figuras muy conocidas como Miguel de Unamuno, Federico García Lorca, Pablo Neruda, Rubén Darío, José Martí y muchos otros”.3

    Por muchos años la RHM se imprimió en Cuba en la imprenta Ucar, García y Co.  Pero la nota necrológica que escribiera Eugenio Florit a la muerte de Jorge Mañach ocurrida en Puerto Rico en 1961  decía que Mañach había muerto “de dolor de patria” lo cual causó que el régimen cubano se sintiera ofendido.  Para evitar otras dificultades, el director entonces Angel del Río, decidió que la Revista se imprimiera en España a partir del Vol. XXVIII en 1962.

         La profesora Redondo compartió la dirección de la Revista con distintos profesores del departamento de español de la Universidad de Columbia.  De colaboradora  de Federico de Onís en los años cuarenta trabajó,  como siempre incansablemente,  con los profesores Angel del Río, Eugenio Florit, Andrés Iduarte, Jaime Alazraqui y con Gonzalo Sobejano en los años ochenta.  Contra viento y marea, cumplió cabalmente la promesa que le hiciera a Federico de Onís de que cuidaría la Revista y el Instituto Hispánico, su obra. Obra que por casi cincuenta años la profesora Redondo abrazó como suya no solo para protegerla sino también para engrandecerla y salvarla de que desapareciera en momentos de crisis  financiera. La universidad, pese al prestigio del Instituto y de la  Revista, prestigio que revertía en la propia institución,  no siempre respondió con el requerido apoyo económico.  Me consta que en ciertas ocasiones había que buscar por otro lado los fondos necesarios para afrontar todos los gastos.  De todos modos, hasta su segundo retiro, como decía mi querida y admirada profesora Redondo, veló por ella hasta el último día que trabajó en su oficina  del cuarto piso de la Casa Hispánica en l995.

       En cuanto al Instituto Hispánico fundado en 1920 con el nombre original de Instituto de las Españas, la profesora Redondo también mantuvo su compromiso de organizar y coordinar las tradicionales  veladas culturales y sociales de los lunes.  Como conferenciante, disertó varias veces sobre la mujer en Hispanoamérica y las barreras sociales que se le presentaban en distintos aspectos de la vida tanto dentro del ámbito familiar como profesional.  En su curso de escritura, muy popular entre los estudiantes del college y de posgrado, no solo señalaba las estrategias textuales que utilizaban las escritoras que le servían de modelo sino que también realzaba como estas mujeres creaban sus poemas o ficciones con el firme propósito de combatir la desigualdad de género.

       En 1981, un poco antes de su primera jubilación, ya que continuó con sus labores editoriales hasta mediados de los noventa, el profesor Félix Martínez Bonati la nombró directora del Instituto Hispánico, y tomó las riendas de la Revista como directora asociada con el profesor Gonzalo Sobejano como director. 

    La profesora Redondo dejó constancia de su gran capacidad analítica, rigor crítico y sensibilidad literaria en un número de trabajos en los que destacan sus estudios sobre la evolución del romance en el Siglo de Oro y muy en particular sus estudios sobre “Romances viejos en la tradición popular cubana¨ Con Cuba siempre en el pensamiento escribe sobre la Avellaneda y es coautora con Anthony Tudisco de la serie El ensayo en América, en la que se incluye la antología crítica de José Martí  antes mencionada. También  escribió sobre la enseñanza del español y han sido muchos los valiosos premios y reconocimientos  recibidos durante su larga y fructífera carrera profesional.

         Yo seguí visitándola hasta sus últimos días en la universidad.  Un día estaba con ella la secretaria del departamento, entonces, Gloria Edelman, con quien solía almorzar frecuentemente, y no poca fue mi sorpresa cuando la escuché decirle que durante el fin de semana, Kenny, su esposo, y ella habían recorrido un largo camino por Fairlawn, NJ en su Harley - Davidson.  Además tenía el pelo suelto.  Confieso que todavía no sé realmente por qué me sorprendió tanto imaginarla montada en una motocicleta.  Pero lo cierto es que en el fondo me complació descubrir esa faceta de su personalidad.  Durante todos los años que la conocí siempre la había visto con el cabello recogido en un moño discreto y siempre vestida con elegante sencillez a la que acompañaba el buen gusto de su atuendo.  Sus ojos de intensa mirada alumbraban un rostro de facciones armoniosas que atraía muy fácilmente desde apenas conocerla. Su acento cubano de exquisita dicción e influido por sus constantes pláticas de tantos años con el profesor  Federico de Onís se escuchaba en un metal de voz fuerte, enérgico, agradable y suave a la vez.  Y, a su saludo cotidiano, siempre lo acompañaba una sonrisa amistosa que invitaba a la conversación.

       Aquí cito parte del poema de Kenneth Feldman (Kenny) que apareció en el número de homenaje a ella, el cual recoge en palabras de deliciosa sencillez la enorme trascendencia de su paso por la universidad. 

     

           I ‘have thought and thought, of what to say

                                        On your Revista final day,

                                        For in the years up to today,

                                         All accolades have come your way

                               ______________________________________

                                        Your Cuba loved, your tropic isle,

                                         Achievements many, honors earned

                                         Your time well traveled, rest a while,

                                         And first and always teacher learned.

             For you the saga did begin

                                          When in the year forty- five    

                                          Direct from Cuba, entered in

                                          The orbit of de Onís the wise

                                          Yes, wise he, for instantly,                           

                                          He recognized the gem he had;

                                          Sure, of her language, mastery,

                                          But more than that she worked like mad

                   __________________________________________

                                          And now that all these years have passed,

                                          It’s time at last to bear the fruit,

                                          Receive from all your friends at last

                                          This Revista issue your tribute.

                                                    LOVE, YOUR HUSBAND 4


    También la profesora y ensayista Rosario Rexach dejó constancia de su admiración y respeto por Susana Redondo en el mismo número de la Revista.  Al final de su trabajo se dirige a los alumnos de ésta, confiando en que no la olviden. Nunca tuve la oportunidad de expresarle a la profesora Rexach todo lo que Susana significó para mí durante mi vida de estudiante y el respaldo que me ofreció en mis primeros años de profesora.  Pero me atrevería a afirmar que quienes, como yo, tuvieron el privilegio de estudiar con ella, de apreciar su calidez y dedicación a sus estudiantes, no la han olvidado. Susana tuvo una larga vida.  Falleció el 1ero de julio, 2013. Hubiera cumplido cien años dos meses después de su partida. A mí solo me resta decir: por todo lo que le debo,  gracias infinitas, Susana. 


    Notas

    1. Susana Redondo y Anthony Tudisco. José Martí.  Antología crítica. (New York: Las Américas Publishing, 1968), p.1

    2. Flora Schiminovich. “Entrevista con Susana Redondo” Revista Hispánica Moderna, Año 49, No.2. Homenaje a Susana Redondo de Feldman (Dec. 1996) p. 211.

    3. Ibid. P. 214.   

    4. Kenneth Feldman. Ibid. P. 317.