Saturday, September 11, 2021

Reflexiones sobre la violencia y los abusos de poder

Por Narciso J. Hidalgo

 University of South Florida

          Dos acontecimientos ocurridos recientemente en el Caribe, de capital importancia por la escalada de violencia que los caracterizó, ocupan mis reflexiones en esta edición.  El primero tuvo lugar en Haití el 7 de julio, con el asesinato del presidente  Jovenel Moïse. El segundo, en Cuba el 11 de julio, con manifestaciones espontáneas a lo largo de toda la isla. 


          Lo acontecido en Haití es todavía motivo de especulaciones de la prensa. Recientemente ha señalado la injerencia de perpetradores extranjeros --antiguos miembros de las fuerzas armadas colombianas--, en el asesinato del primer mandatario.  Su esposa, Martine Moïse, al referirse  a los hechos, declaró que se trata de una conspiración mayor porque los asaltantes –más de doce fuertemente armados— buscaban algo en la residencia y, para su desconcierto, la docena de guardias de seguridad que cuidaban al presidente, o bien los dejaron entrar, o habían abandonado sus puestos sin que ninguno resultase herido. La investigación oficial ha conducido al arresto de más de cuarenta sospechosos. Sin embargo sigue sin saberse el motivo o quiénes son los arquitectos del magnicidio.

          El asesinato, que agrava la crisis política que vive el país, pone de relieve, una vez más, el uso de la violencia para defender intereses políticos y partidistas. La corrupción y la lucha de poder han erosionado la sociedad civil por más de medio siglo, aparte de poner en crisis los valores institucionales, que por décadas fueron pisoteados por la dinastía Duvalier (François Papá Doc., 1957-1971 y Jean-Claude Baby Doc., 1971-1986).

El descontento de algunos sectores económicos, y sobre todo la frustración de la población mayoritaria, indican que la pequeña nación caribeña es un calvario de vicisitudes, que ha sufrido no sólo el impacto de la Pandemia, sino que también ha sido víctima de un terremoto con un saldo de mil trescientos damnificados, e inundaciones provocadas por la tormenta tropical Grace.

Pese a lo anterior, es imposible justificar la violencia con que fue ejecutado el mandatario como vía redentora de los conflictos que aquejan al país. En condiciones extremas se requieren medidas adecuadas para solucionar esas situaciones, sin que ello justifique el abuso de poder o impunidad para cometer delitos de suma gravedad como el ya mencionado.  Pero no puede pensarse que la violencia es una condición intrínseca de la sociedad. La jerarquía política que ha perpetuado el nepotismo y la brutal corrupción reinantes, han mantenido a las clases más desfavorecidas sobreviviendo por debajo de los niveles de pobreza. ¿Dónde fueron a parar los millones de dólares que desde 1995 los Estados Unidos han proporcionado a Haití? ¿Qué han hecho las élites haitianas con las ayudas internacionales?

          Si las relaciones del país caribeño con Los Estados Unidos ha sido objeto de debates y se ha culpado a la administración de Washington de condicionar dichas ayudas, no es menos cierto que el corolario del desarrollo de la nación ha estado en manos y ha sido responsabilidad de las élites gobernantes que engordan sus bolsillos sin escrúpulos, a expensas de la pobreza que  ha predominado en Haití desde su independencia (1804). La violencia, la intimidación y el abuso de poder han sido los sostenes para perpetuar la riqueza de las élites. Haití no ha conocido descanso, la estabilidad política y la posibilidad de desarrollo económico han sido una quimera que ha convertido “el país en el primer productor de desdichas y de zombis” como afirmara el poeta y escritor haitiano René Depestre (1926). 


         

En Cuba, el amanecer del 11 de julio sorprendió a sus gobernantes con una ola de manifestantes que desde el municipio de San Antonio de los Baños, al sureste de La Habana, se extendió a lo largo de toda la isla, hasta llegar a las provincias orientales. Para el régimen que gobierna desde 1959, no era la primera vez que la población cubana se manifestaba y expresaba abiertamente su descontento con las condiciones de vida existentes. Habría que recordar que durante el verano de 1994, en medio del Período Especial, la desangrada economía cubana fue testigo de las protestas de cientos de cubanos reunidos en el malecón de La Habana, que responsabilizó, correctamente, al gobierno por la falta de alimentos, de medicinas, y los constantes “apagones.” La crisis del “maleconazo” reflejo de la incertidumbre y las necesidades de cambio, provocó el enfrentamiento violento de los manifestantes con la policía y grupos parapoliciales que, a palos, acudió a apaciguar la protesta y acallar sus demandas.

Posteriormente en noviembre del año pasado, más de doscientos artistas e intelectuales cubanos se plantaron frente al Ministerio de Cultura de Cuba, para exigir sus derechos ciudadanos. El Movimiento de San Isidro dio a conocer entonces un texto en el cual expresaban:

Los artistas e intelectuales cubanos repudiamos, denunciamos y condenamos la incapacidad de las instituciones gubernamentales en Cuba para dialogar y reconocer el disenso, la autonomía activista, el empoderamiento de las minorías y el respeto a los derechos humanos y ciudadanos.

Posteriormente un nuevo manifiesto político, promovido por un grupo de artistas bautizados como 27N, exhortaba a la sociedad cubana a exigir libertades políticas, económicas y a que legalizara los medios de comunicación independientes. Los reclamos salidos de un grupo de jóvenes pacíficos, atrajo la atención de otros intelectuales que con carácter crítico cuestionaban la política social y cultural impuestas en todo el país. La negación de las autoridades culturales a establecer un diálogo con los manifestantes y las intimidaciones, los arrestos y la encarcelación de los participantes fueron los recursos del establishment para, una vez más, silenciar y minimizar los justos reclamos de una sociedad civil moderna.

No obstante, en 62 años de “Revolución” sus gobernantes no habían presenciado una manifestación general con quejas y reclamos de la magnitud del 11J. En esta ocasión, y sí por primera vez, las protestas superaban las ingentes necesidades económicas y las pésimas condiciones sanitarias para tratar a los enfermos de Covid, como algunos medios han señalado, minimizando el trasfondo político y el descontento de un amplio sector de la población, contra la dirigencia del gobierno, contra su presidente, y contra el sistema ideológico impuesto, que ha llevado a la mayoría de los habitantes a mal vivir en circunstancias precarias por seis décadas. Decenas de videos tomados con teléfonos celulares y exhibidos en las redes sociales son el testimonio irrefutable de lo aquí expresado. “Hay represión con la juventud”. “Cuba es de los cubanos” exclamaba una mujer negra en medio de la multitud que, a empujones, se enfrentaba a las fuerzas policiales.

Jóvenes, mujeres y personas ya adultas de diferentes poblados y ciudades avanzaban por las calles gritando “Viva la libertad y Abajo la dictadura.” Puede que la escases de alimentos y medicinas y el descontento con la falta de recursos para proteger debidamente a la población de la Pandemia hayan sido el detonador de las manifestaciones. Es difícil saberlo.

En la medida que las calles se abarrotaban de personas y los gritos de desaprobación se generalizaban, los agentes policiales comenzaron a golpear indiscriminadamente a jóvenes y sobre todo a mujeres, que con gritos de Patria y Vida, en contraste con el lema machacón de Patria o Muerte, se resistían a ser arrestadas.

La masividad y el descontento sin lugar a duda desacreditaban al liderazgo y la vigencia de un gobierno tiránico e inoperante. La respuesta oficial no se hizo esperar: la brutalidad policial, los golpes, los arrestos, las desapariciones, y el desplazamiento de agentes especiales vestidos de civil e infiltrados entre la muchedumbre fueron parte del recibimiento que dio el partido comunista de Cuba a los reclamos del pueblo.

El señor presidente, al parecer atemorizado, en una presentación televisada exhortaba a todos los “revolucionarios del país, a todos los comunistas” para que salieran a las calles a enfrentar a los manifestantes. Cubanos contra cubanos, jóvenes armados con palos para aporrear a los jóvenes, a las mujeres y a todo el que formara parte de la protesta.

El país que ha pregonado ser el “Primer territorio libre de América” ahora arremetía con toda fuerza y sin miramientos a otros cubanos, que sin armas y pacíficamente reclamaban derechos elementales.

Algunos estudiosos y los politólogos hablan del recrudecimiento del embargo estadounidense, de las recientes restricciones impuestas en la isla a la moneda norteamericana y los efectos de la pandemia como factores lacerantes en la sociedad cubana. Olvidan mencionar que la isla recibe alrededor de 29 mil millones de dólares en remesas enviadas por familiares residentes en el exterior. Olvidan que la esfera política cubana recibió entre el 2001 y el 2020 exportaciones estadounidenses en productos agrícolas, alimentos, medicinas y suministros médicos por un valor de más de siete billones de dólares. Al parecer, esos estudiosos, desconocen que las exportaciones cubanas sobrepasan los 5 mil millones de dólares anuales. Y que el gobierno venezolano le dio a Cuba entre el 2008 y el 2011, unos 18 millones de dólares en préstamos, inversiones y donaciones. Por demás los acuerdos Castro-Chávez han suministrado al país millones de barriles de petróleo (de 105,000 diarios en el 2012 a 47,000 en el 2017, reducción debida a la también crisis venezolana).

¿Puede entonces afirmarse que el embargo de los Estados Unidos tiene sumida a la población cubana en la mayor pobreza? ¿No será que la élite que se ha aferrado al poder por más de seis décadas ha demostrado su incapacidad para generar un crecimiento económico adecuado como afirma el economista Carmelo Mesa-Lago?

¿O es desacertado pensar que la ambición de poder y enriquecimiento de la clase dirigente, que ha llenado sus bolsillos sin ningún escrúpulo, ha elaborado un “embargo interno” que mantiene estrangulada a la sociedad cubana? Podrá decirse que son especulaciones contra el “envidiable sistema socialista cubano”. Pienso que no. Véase en los medios informativos cómo viven y disfrutan los hijos de los altos dirigentes cubanos, y luego podrán esgrimir eufemismos laudatorios, porque solo el nepotismo, el abuso de poder y las desigualdades pueden producir tanta riqueza como la industria farmacéutica norteamericana.

El 11J mostró al mundo la inconformidad de un amplio sector de la población cubana con un sistema totalitario, represivo y de vividores incompetentes. Las manifestaciones de aquel día evidenciaron, por demás, que los dirigentes actúan rápido y contundentemente contra cualquier expresión de disidencia, con tal de cuidar sus privilegios sin importar los métodos para conseguirlo.

Si todo ello no fuera suficiente, los gobernantes, de inmediato, pusieron en vigor otro “tapabocas”, el Decreto Ley 35 que sanciona

“a quienes publiquen en las redes sociales contenidos que expresen descontento con el régimen o cualquier tipo de denuncias que puedan ser consideradas como delito cibernético.” Esto es, totalitarismo cubano contra la libertad de expresión.

¿Será que la represión y la falta de derechos y de libertades civiles más elementales tienen que ver con el embargo?

Lo ocurrido recientemente en Haití y en Cuba es un viejo mal que aqueja a las naciones latinoamericanas. En ellas la corrupción, el nepotismo, la violencia y el abuso de poder han sido la norma dominante. Las élites con uniformes militares, o de cuello y corbata siguen estrangulando a los pueblos, con el amparo de discursos ideológicos, que hablan de bienestar para todos, cuando en realidad, sin escrúpulos y recurriendo incluso a la violencia, se apoderan de la riqueza de las naciones, como si se tratara de sus fincas privadas.

Thursday, September 9, 2021

LA DESILUSIÓN DE CUBA SOCIALISTA POR NOTABLES INTELECTUALES EXTRANJEROS

“…nada hay verdad, ni mentira: todo es según el color del cristal con que se mira”,  Ramón de Campoamor

 

ADVERTENCIA:   El presente escrito representa solo una versión abreviada de la ponencia presentada verbalmente el sábado, septiembre 4 de 2021 ante la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio, en el Centro Cultural Musto, de Union City, New Jersey, EUA.  La versión más completa, con todas sus notas al pie adicionales, y la correspondiente Bibliografía, será publicada en el próximo ANUARIO de la AHCE, correspondiente al año 2022.  Como es mi costumbre, agradecería toda crítica constructiva.   

I— INICIO:(1)  De más estar decir que los sistemas autocráticos supuestamente disímiles, como los de Hitler, los hermanos Trujillo y los fraternos Castro comparten un sinnúmero de rasgos comunes.  Entre esos sobresale el pretender reescribir la historia insidiosamente a su favor, como lo enfatizó Eric Blair [aka George Orwell].  Peor aún, lo han hecho rutinariamente en complicidad con escritores extranjeros que ansían higienizar sus imágenes en el exterior con falsas narrativas (Aron, 1955; Hollander, 2006).  El régimen imperante en Cuba desde 1959 cuenta aún con ciertos apologistas que, cómodamente desde ultramar, continúan ensalzando y justificando la dictadura a pesar de sus calamitosas fallas y el alto costo humano, espiritual y socioeconómico (Holgado, 2020). 

    El dúo de los Castro, sin duda, disfrutó de gran apoyo popular inicialmente, pero fue disminuyendo a medida que ellos empinaban el país al fallido modelo soviético, lo que provocó un éxodo masivo de cubanos, un fenómeno sociopolítico sin precedentes en la Américas.  Fulgencio Batista, quien había llegado al poder por medio de un golpe de estado injustificado en marzo de 1952, abandonó Cuba el primero de enero de 1959, incluso bajo presión de EE.UU. 

   La lucha antibatistiana (1952-1958), esencialmente burguesa, fue una rebelión política civilista y proconstitucionalista (de la Cuesta y Alum, 1974; Thomas, 1971), y no una revuelta popular con tonos socioeconómicos nacionalistas.  Disfrazados de “revolucionarios humanistas”, los Castro llenaron el vacío de poder con la promesa de restaurar el ritmo constitucional.  Pero en vez, impusieron un totalitarismo orwelliano que sumió a los cubanos en la depauperación, excepto por los privilegiados “apparatchiks” de la “nomenklatura” criolla.  Se suplantó la relativamente breve dictadura autoritaria del exmilitar Batista de seis años y nueve meses por un longevo absolutismo hipermilitarista de carácter marxista-estalinista.  (Nótese, por cierto, que Batista ha sido el único jefe de estado de origen afrocubano). 

   Pero la tiranía castrista continúa todavía seis décadas más tarde con sus herederos designados a dedo —Miguel Díaz Canel— sin jamás consultar con el pueblo por medio de elecciones libres.

Así y todo, la lista de los que han defendido al régimen “con los ojos ampliamente cerrados” desde fuera del país es larguísima (de la Nuez, 2007; Fontova, 2005; Hollander, 2006).  Pero, obviando nombres, prefiero enfocarme en “deconstruir” el mensaje común del coro de los fanáticos pro-oficialismo. 

    Ellos arguyen, por ejemplo, que los problemas socioeconómicos que afligieron a la Cuba republicana (1902-1958) fueron eliminados por el llamado Gobierno Revolucionario.  Porfían incluso que entre 1959 y 1991 Cuba era un “Edén”.  Según ellos, ese supuesto paraíso “exótico” solo se ha ido resquebrajando debido a la desaparición de los subsidios del otrora Bloque Socialista de la Europa Oriental dirigido por la Unión Soviética, que se desplomó en 1991 por su propio peso destructor, lo que dio comienzo en Cuba al tildado "Período Especial en Tiempos de Paz" (Holgado, 2020).

    Hay varios subtópicos por cubrir al respecto; pero me limito a citar, en contraposición, las impresiones recogidas en Cuba misma antes del colapso del bloque pro-soviético por varios observadores, también extranjeros, aunque más honestos intelectualmente que los apologistas. Estas narrativas cándidas desdicen las historietas viciadas de los revisionistas pro-dictadura.  Y recurro solo a extranjeros ya que los cubanos, tanto en el “insilio” (dentro del país) como en el exilio que opinan en disidencia son injuriados rutinariamente en los círculos académicos y mediáticos internacionales —incluyendo a Hollywood— con ataques calcados de las consignas de la propaganda oficialista (del Risco, 2019; Fontova, 2005).

 

II—CRITERIO:  Además de ser no cubanos, el criterio para escoger estos ocho escritores consiste en el:  A) haber sido inicialmente un defensor ideológico del gobierno de los Castro;  B) haber pasado un tiempo residiendo en Cuba entre 1959 y 1991;  y  C) el haberse desengañado del régimen a través de su propia experiencia personal, lo que considero equivalente al “estudio de campo” típico de la Antropología Sociocultural, “viviendo entre los nativos” (Abrams, 1974).  

    Esta es la dimensión que en la Antropología nos referimos también como la visión interna, o (en inglés) de la “emic”, semejante al concepto de la “epistemología personal”.  Figuran en esta lista de autores renombrados cinco estadounidenses, un chileno, un francés, y un ucranio-argentino-israelí, todos considerados de izquierda, políticamente hablando (aunque hay matices), y algunos de ellos hasta fueron víctimas directas del régimen castrista.

 


III—LOS OCHO DECEPCIONADOS

A)  Jules Dubois (1910-1966) fue un periodista corresponsal para Latinoamérica del CHICAGO TRIBUNE que visitaba a Cuba frecuentemente desde los años 50.  Considerado un liberal (aunque anticomunista, típico de la época), fue un crítico tenaz de la dictadura batistiana.  Conoció a Fidel Castro, a quien exaltó en sus despachos periodísticos y en su libro Fidel Castro (1959) <https://history.state.gov/historicaldocuments/frus1958-60v06/d317>.  Pero empezó a reprobar en sus reportes periodísticos la ruta anti-democrática que tomaba el gobierno, sobre todo la influencia que se percibía de comunistas notorios, incluso algunos ex colaboradores de Batista.  Como resultado de sus críticas, se le dificultó la entrada a Cuba y fue ridiculizado por el exparlamentario y periodista radial José Pardo LLada —entonces aún progubernamental— quien le puso el mote de “el de la oreja peluda”, aunque irónicamente, luego se exilió en Colombia (marzo de 1961) <https://www.cubamilitar.org/wiki/Jos%C3%A9_Pardo_Llada>).


B)  Allen Ginsberg (1926-1997) era un poeta de Nueva Jersey, líder de la “Beat Generation”.  Un declarado drogadicto, gay y enemigo del capitalismo que viajó a Cuba en 1965 para “vivir la revolución”.  Pero fue expulsado del país cuando intentó abogar por los derechos de los gays y se quejó sobre los campamentos de la UMAP <https://en.wikipedia.org/wiki/ Allen_ Ginsberg>.(2)


C)  Oscar Lewis
(1914-1970) era un famoso antropólogo sociocultural estadounidense que, entre otras propuestas, ensayó someter a prueba en Cuba en 1969-70 su hipótesis de que la "Cultura de la Pobreza" no podía existir en un país socialista.  Inspirado por Marx, Lewis asumía que las condiciones socio-enajenantes que la generan solo se desarrollaban en sociedades capitalistas (Lewis, et al., Living The Revolution, 1977-78).  Empero, a pesar de que él y su asociado Douglas Butterworth habían sido recibido con beneplácito oficial, fueron expulsados del país súbitamente, acusados de ser “espías”.  Por cierto, ellos dejaron abandonado en la cárcel a su colaborador cubano, el académico Álvaro Ínsua, sobre quien he venido escribiendo por cuatro décadas <https://blogacademiaahce.blogspot.com/search/label/ Rolando%20Alum>.  Es más, su obituario en una publicación profesional de Antropología de mi autoría en inglés ha generado una polémica con una estadounidense aparentemente apologista del régimen <https://www.anthropology-news.org/articles/alvaro-insua/>.

D)  Douglas Butterworth (1930-1986) era el antropólogo asociado principal de Lewis, quien después de la muerte de su mentor reveló que el proyecto investigativo sí había encontrado incidencia de la “Cultura de la Pobreza”, lo que aparentemente explica la expulsión repentina.  Basándose en entrevistas a docenas de cubanos, Butterworth indicó en The People of Buena Ventura (1980) que a pesar de los vaivenes socioeconómico-políticos de la era republicana (1902-1958), dicha “Cultura de la Pobreza” no parecía haber estado arraigada antes de 1959.  Concluyeron que ese fenómeno sociocultural era producto del "nuevo orden socialista", lo que, además, refutó la hipótesis preliminar de Lewis.


E)  Maurice Halperin
(1906-1995) fue un académico estadounidense tan ultraizquierdista que se autoexilió en los años 50 al acusársele de espiar para los soviéticos, instalándose primero en México —donde, por cierto, se reunió con Oscar Lewis—, y después hasta en el mismo Moscú.  Allí conoció al “Ché” Guevara durante una visita diplomática, quien lo invitó a mudarse a La Habana.  En 1962 Halperin se desempeñó como asesor del gobierno cubano, así como profesor universitario.  Sin embargo, defraudado, se marchó a Canadá cuando tuvo la primera oportunidad en 1967.  Luego visitó a Cuba en dos ocasiones y escribió artículos y tres libros (1973, 1981, y 1994).  En ellos afirmó que a pesar “del caos de los tres años revolucionarios iniciales”, La Habana de 1962 era aún “un París caribeño” que contrastaba con el monótono Moscú; pero que eso era gracias a que Cuba todavía era heredera de los “beneficios capitalistas” remanentes de la “Cuba de Ayer".  En su última visita en 1989 observó cómo Cuba ya se asemejaba más al "tétrico modelo soviético" que él conoció íntimamente en Moscú, por ej.: colas, penurias, escaseces, deterioro, abandono, prostitución; gente demacrada, quejosa y harapienta; y una obvia resistencia ciudadana reflejada en un vasto “mercado negro”.  Debo añadir que, paradójicamente, cuando se desclasificaron los documentos del llamado proyecto “Venona” en los años postsoviéticos, se confirmó que Halperin sí había espiado para los rusos en sus años mozos <https://en.wikipedia.org/wiki/Maurice_Halperin>.

F)  Jorge Edwards (1931--  ) es un prestigioso escritor chileno que sirvió como embajador de su país en Cuba, nombrado por el presidente marxista Salvador Allende en 1971 (luego derrocado por el golpista General Pinochet).  Paradójicamente, Fidel Castro mismo declaró a Edwards “persona no grata” debido a las relaciones amistosas que sostenía con autores que iban cayendo en desgracia con el régimen por su independencia de pensamiento (por ej., el poeta Heberto Padilla).  En Persona non grata (1973), Edwards relata su desengaño con el castrismo, que critica por imponer un estado policíaco opresivo y miserable que, a pesar de su status diplomático, solo pudo tolerar por apenas unos cuatro meses.    


G)  Pierre Golendorf
(¿-?), fotoperiodista, ex militante del Partido Comunista francés, se fue a Cuba en septiembre de 1971 para escribir un libro favorable al gobierno.  Pero, a medida que entrevistaba a los cubanos, se iba percatando del totalitarismo impuesto por los Castro.  Al expresar su desencanto, fue acusado de espiar para “la inteligencia norteamericana” y terminó cumpliendo 38 meses en prisión, que incluyeron torturas físico-mentales.  Describió su odisea —que llamó como “kafkiana en el trágico Gulag tropical”— en su libro 7 ans à Cuba (1976).

H)  Jacobo Timerman (1923-1999) fue un prolífero periodista ucranio-argentino-israelí reconocido mundialmente por haber denunciado las atrocidades de las dictaduras militares en Argentina y Chile de los años 70.  Pudo conducir ciertas entrevistas en Cuba en el verano de 1987, y relató sus decepcionantes impresiones en Cuba hoy, y después (1990).  En él, criticó el culto a la personalidad, "la nueva clase” gobernante privilegiada y nepotista, el horrible reino del terror, la falta de libertades básicas, la promoción del odio interhumano, el racionamiento controlador, y las escaseces, así como la sumisión a la remota Unión Soviética.

 

IV—ANáLISIS PRELIMINAR:   Estos ocho testimonios coinciden, de una manera u otra, en que el gobierno de los Castro no solamente no resolvió los problemas socioeconómicos tradicionales, sino que los exacerbó, y más aún, creó problemas peores, y a un gran costo humano y psicosocial, y algunos autores jóvenes también añaden “un gran daño antropológico”.

    Durante la primera treintena del régimen, la calidad de vida ya había desmejorado enormemente, tal como lo experimentaron en carne propia los ocho escritores internacionales mencionados aquí; por cierto, al menos cinco de ellos aparentemente eran de origen étnico judío.  Y hay muchos otros ejemplos de observadores extranjeros, hombres y también mujeres (como la francoestadounidense Susan Sontag), que en vez del proclamado "Hombre Nuevo", ya habían hallado una cultura de "miseria postrevolucionaria decadente” previo al Período Especial.(3)

    Permítaseme una anécdota personal:  En el verano de 1977, el distinguido sociólogo dominicano Frank Marino Hernández —mi mentor en Santo Domingo durante mi estadía allí— encabezó una delegación cultural de su país a Cuba.  A su regreso, su esposa, doña Elda (quien era salvadoreña), me contó que la propia “comisaria” asignada a vigilar a los visitantes le susurró que le pasara a escondidas, en el baño de damas, la ropa interior que llevaba puesta.      

    Más adelante, en 1988, el economista estadounidense Nick Eberstadt ya citaba a Cuba en The Poverty of Communism como ejemplo del binomio de pobreza+opresión que han acarreado los sistemas comunistas históricamente en diferentes países y continentes.  También notó similitudes sombrías entre Corea del Norte y Cuba, por ej., en la militarización de la sociedad, la subalimentación de la población, y el estilo dinástico de la élite gobernante autoperpetuada.   

 

V—COMPLEMENTO:   El discurso de los apologistas del castrismo ultramarinos —desmentido por los antes citados intelectuales tempranamente desencantados del régimen— recurre a repetidas falacias estilo consignas excusadoras.  Entre otras, siguen culpando los fracasos del gobierno al “subdesarrollo del pasado”, al "coloso del Norte", y al Exilio. 

    A pesar de su bendecido clima y riquísimo suelo agrícola, Cuba ahora importa alrededor del 80% de sus comestibles, a diferencia de los años anteriores, cuando se autoabastecía y exportaba muchísimos productos agropecuarios (Comunicación Personal de mi exprofesor, el economista Carmelo Mesa-Lago, considerado “el decano de la Cubanología”).  El turismo se consideraba la segunda industria, después del azúcar; no obstante, más cubanos tenían el poder adquisitivo de viajar a EE.UU. y gastar más dinero aquí, que los norteamericanos en Cuba en los años 50. 

    Cuba jamás experimentó antes emigración en masa; al contrario.  Era un país de inmigrantes, donde hasta las españolas iban como sirvientas; incluso, más extranjeros residían en Cuba (sobre todo estadounidenses, abarcando también puertorriqueños) que cubanos en el exterior, incluyendo a EE.UU.  La isla-nación acogía a los exiliados prodemocráticos de toda Latinoamérica —especialmente antes del batistato de los 50—, como lo enfatizara el escritor y político dominicano Juan Bosch (exiliado en Cuba) en su clásico: Cuba, la isla fascinante (1954).  Más aún, Cuba recibió al menos tantos refugiados judíos europeos en proporción a su población (per capita) como los mismos EE.UU. durante el hitlerato. 

    El nivel de vida cubano se consideraba superior al de casi toda Latinoamérica, y que España, Portugal y otros países europeos.  Contrario a lo que aducen los apologistas —y Hollywood, que a veces parece ser la fuente principal de información para muchos en la prensa y el mundo intelectual— los índices de calidad socioeconómicos iban acrecentando por día.  Y, por cierto, todas estas buenas noticias a pesar de, y no gracias al batistato de los 50 <https://2009-2017. state.gov/p/wha/ci/cu/14776.htm>.  Claro, habían muchas imperfecciones por remediar en apenas 57 años de independencia (fue la última colonia española en independizarse en el continente).  Pero, como lo han acotado tantos cubanólogos internacionales, intelectualmente honestos y respetados, los Castros no solo no las corrigieron, sino que las empeoraron, y además produjeron nuevas anomalías, es posible que ex profeso, en su obsesión de dominar el bello país antillano.  

   Mi enfoque es esencialmente en el ámbito de las libertades(4).  Pero quedan por describir muchos otros acontecimientos en lo que llamo “el pre-período especial” que ya reflejaban la naturaleza cruel y devastadora del régimen antes de 1991.  Entre esos se pueden citar el total control de los medios de comunicación y de la enseñanza, las detenciones masivas “preventivas” (ej., al iniciarse el desembarco de Playa Girón en abril/1961), el cambio de la moneda que empobreció fatalmente al pueblo cubano, la total estatización de la economía en 1968, la descabellada “Zafra de los 10 millones” de 1970, el episodio de la embajada peruana en La Habana y la consiguiente huida en masa por el Mariel en 1980, los balseros desesperados [y que continúan], etc. (AHCE, 2020; <https://diariodecuba.com/economia/1624878747_32228.html>).     

    En fin, contrario a lo que todavía proclaman los aduladores extranjeros del castrismo, las primeras tres décadas del régimen ya constituían una dolorosa "distopía", una triste antiutopía que aún perdura tres otras décadas más tarde, y que curiosamente sigue siendo justificada —

notablemente— en los mundos mediáticos y académicos internacionales, evidentemente, sin importarles para nada el sufrimiento del pueblo cubano.

  

                                                            NOTAS  SELECTAS

(1)  Agradezco humildemente el honor que me brinda la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio (AHCE) al invitarme a su membresía.  Esta ponencia constituye una continuación más extensa y profunda de mi previo breve artículo “Antes del Período Especial” publicado en DIARIO DE CUBA (01/01/2014).  Aplico el estilo de citas bibliográficas a la usanza en la Antropología.  Al igual que otros trabajos míos sobre temas cubanos, este no ha tenido el apoyo financiero, ni institucional, de ningún organismo.  También doy las gracias a los familiares y colegas que me han ofrecido comentarios a borradores anteriores de este y otros escritos afines.  Dedico este modesto ensayo a la memoria de:  (a) mis dos tíos abuelos mambises: Federico Alum [muerto en combate] y Emilio García [fallecido ya nonagenario en el Exilio en Miami];  (b) así como a mi tío materno, el legendario líder sindical antibatistiano y prodemocracia Pascasio Linera [también fallecido en el Exilio miamense];  (c) y a su hija, mi querida prima-hermana Caridad Linera [fallecida recientemente en Miami] <ralum@pitt.edu]>.  

 

(2)  Con relación a los campos de concentración de las llamadas Unidades Militares de Ayuda a la Producción (U.M.A.P.), donde no solo confinaban a los gays, sino también a practicantes religiosos, incluyendo a los Testigos de Jehová y de los cultos afrocubanos (como el Abakuá), ver: R. Núñez; R. Alum; & R. Nodal, 1985, "The Afro-Hispanic Abakuá", Orbis-Linguistique [Lovaina]:XXXI:263-284. 

 

(3)  Hay muchos otros exsimpatizantes, considerados pensadores de izquierda internacionales que se decepcionaron del régimen; e.g., el español Fernando Arrabal, el peruano Mario Vargas Llosa, el alemán Hans M. Enzensberger, el inglés Hugh Thomas (1971), el canadiense Leonard Cohen, el mexicano Octavio Paz, el portugués José Saramago, y el estadounidense Irving Horowitz, entre otros que han tenido el coraje de no temer ser tildados de “reaccionarios” y otros epítetos (del Risco, 2019).  Claramente, no hay que residir bajo un régimen para poderlo juzgar.  Ninguno de nosotros tuvo que sufrir los rigores de las infernales tiranías alemana Nazi o dominicana de los hermanos Trujillo para poderlas calificar como espantosamente insoportables <https://www.cubanet.org/opiniones/trujillo-republica-dominicana-cuba>.

 

(4)  A propósito, el régimen insulta a los expatriados habitualmente con epítetos vitriólicos ("antisociales, bandidos, escoria, gusanos, ‘Lumpen’, lacayos del imperialismo, mercenarios, reaccionarios,” y más recientemente, “de baja calaña”, etc.), insolencias etnocéntrico-políticas que repiten insensiblemente los seguidores foráneos del régimen (ver del Risco, 2019, y <https://deinospoesia.com/2021/08/28/dejar-la-isla-jose-abreu-felippe/>).  Aparte de eso, se refieren al Exilio como “la Mafia de Miami” (y a veces añaden, también “de New Jersey”).  Pero: ¿Qué más mafia que la misma familia de eurodescendientes dominando el país por seis décadas?  Irónicamente, es ese Exilio demonizado —incluso por la prensa extranjera y el mundo académico— quien subsidia con sus remesas y envíos de provisiones generosos a casi la mitad de la población en la isla (José Álvarez, economista, Florida: Comunicación Personal).

 

=*DATOS BIOGRÁFICOS:  Rolando Alum Linera  es Investigador “Senior” Asociado en Antropología del Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Pittsburgh, del cual es egresado; también recibió un Certificado Postdoctoral de la Universidad de Virginia.  Fue profesor en varias universidades de EE. UU., Puerto Rico y República Dominicana, y fungió como subsecretario de Educación de EE.UU. (Región Federal II), y como presidente del Comité Asesor al Censo.  Fue becario Fulbright y de la OEA en República Dominicana, e investigador huésped en la Hoover Institution (Calif.), y es un “Senior Fellow” de la Sociedad Para la Antropología Aplicada.  También ocupó cargos de subgabinete en el gobierno estatal de Nueva Jersey, y sirvió como regente de Ramapo College, y actualmente de DeVry University-N.J.  Es además vicepresidente del Comité Certificante de Psicoanalistas, y del estatal Centro Hispano Para Políticas, ambos de Nueva Jersey.  Sus más de 175 escritos han sido publicados —en inglés y español— en revistas académicas, libros, enciclopedias, y periódicos [ralum@pitt.edu].


Tuesday, September 7, 2021

LA FIRMA DE FIDEL


Por Emilio Bernal Labrada

            Era un sábado abrileño de 1959, con agradable estado del tiempo. La prensa de la capital había dado la noticia de que Fidel Castro, a quien el dueño y rector de la revista Bohemia Miguel Ángel Quevedo había calificado de “Máximo Líder de la Revolución” —aparte de retratarlo en la portada en pose nazarena—, llegaría a Washington en horas vespertinas, a pocos meses de haberse apoderado de nuestro país.

            Habiéndome establecido hacía poco en la capital norteamericana decidí, por curiosidad, dirigirme a la embajada cubana. Tal vez podría tomarle la medida al presunto líder, de quien tenía sospechas desde que, en el sangriento acto “putschista” del Moncada, había dado tales muestras de peligrosidad para la integridad política de la Isla que me instó a emigrar. Tuve el presentimiento, modestia aparte, de aciagos días para el suelo patrio si seguía suelto el personaje. Este había sido salvado por Monseñor Pérez Serantes y luego indultado por el gobernante Batista gracias a la “palanca” de su esposa Mirta Díaz Balart de Castro, cuyo parentesco con un ministro del “Guajirito de Banes” lo había sin duda impulsado a contraer matrimonio con ella. Castro acostumbraba, por astucia, hacer ambiciosos planes a largo plazo. Claro, nunca imaginé que esos planes cuajaran a tales extremos ni por tan dilatado tiempo.

            En todo caso, fui a la embajada con un par de compatriotas. Nos colocamos frente al edificio cerca de las seis de la tarde y en pocos minutos vimos que cruzaba la Calle 16 su abultada figura, sin la menor escolta, a saludarnos en persona. Vestía su conocido traje y botas de soldado, pero sin aire militar y dando muestras de cansancio. Como me adelanté a los demás, sentí un fuerte pisotón de su pesada bota —ya mala señal, pero hice caso omiso— y, estrechándole la mano, no sé por qué se me ocurrió decirle, sabiendo de sus inclinaciones de tribuno: “Dos palabras, Fidel”.

—Bueno, ya dije más de dos palabras— me contestó sin mucho entusiasmo, como indispuesto. Evidentemente, se había percatado de que ese público de cuatro gatos no merecía una perorata de esas que gustaba ofrecer durante horas a mítines multitudinarios. Su expresión daba a entender que ya bastante había hecho con cruzar la calle a saludarnos. —Pero vengan mañana a la embajada, ya que habrá una recepción a la una de la tarde— agregó, dando media vuelta y alejándose sin más comentarios.

            Ni corto ni perezoso, me presenté en el hermoso edificio de la Calle 16 NW a la hora señalada, preparado con alguna documentación pero lamentando olvidar la camarita fotográfica que desde entonces siempre me ha acompañado. Había ya una muchedumbre, destacándose entre ella unos cuantos barbudos poco acicalados, como recién bajados de la Sierra. Intercambié algunas palabras con ellos, además de saludar a célebres compatriotas como Pedro Ramos y Camilo Pascual, admirados lanzadores para el equipo entonces llamado Senadores de Washington. En fin, había un gentío considerable que entraba libremente y se paseaba por todas las habitaciones del inmueble en esa época despreocupada de la “seguridad” hoy imperante.

            Entrando en una gran antesala que fungía como espacio de recepción en el segundo piso, me encontré a Castro arrellanado cómodamente tras un gran escritorio y, luego de un par de palabras de saludo, le ofrecí mi pasaporte cubano, pidiéndole su autógrafo.

            —Cómo no—, me dijo muy listo. Sacó un bolígrafo y, sin molestarse en buscar una hoja en blanco, abrió la página en que aparecían mi fotografía y filiación y, ante mis ojos atónitos, procedió a garabatear exageradamente su firma por encima del retrato y todo lo que allí estaba escrito. Incrédulo, vi que extendía su autógrafo de arriba abajo y de lado a lado a través de la doble hoja principal.

En ese momento, pensé que quien así trataba un documento oficial de la República era seguramente capaz de destrozar cuanto se encontrara en su camino: reglas, normas, instituciones, constitución, y obras físicas y simbólicas de todo tipo. Es decir, transmitía un clarísimo mensaje: este documento no tiene valor alguno —lo que importa aquí es mi firma—. Sin inmutarme, disimulé, le di las gracias y le extendí entonces mi carnet de la Universidad de La Habana, en que había cursado estudios hasta poco antes. Me dirigió entonces, sonriente, una inconfundible mirada de inteligencia, como diciendo “tú eres de los nuestros”.

Obedecía ello a que Castro había sido dirigente de la Federación Estudiantil Universitaria, FEU; lo que no supe a ciencia cierta sino más adelante era que había aprovechado su cargo para cometer toda suerte de atropellos, amenazas a profesores e incluso, según rumores, asesinar sin escrúpulos y por la espalda a un estudiante rival, Manolo Castro (idéntico apellido, pero no pariente). El joven Fidel, que entonces tenía apenas 32 años, se limitó esta vez a poner su firma de manera normal en un espacio en blanco (no era necesario repetir la peripecia). Luego, entre el fluir del gentío, saludé a sus acompañantes y les pedí que también autografiaran mi documento universitario para tener constancia. Aun cuando entonces no eran conocidos, alguno ha venido a ser más o menos tristemente célebre: Ramiro Valdés, Alberto León y dos más cuyas firmas son ilegibles.

            No volví a ver a Castro durante el resto de la recepción. Me imaginé que se habría retirado a hablar en privado con sus seguidores a fin de preparar su comparecencia del día siguiente en el programa televisivo “Meet the Press”, y su posible reunión en la Casa Blanca con Eisenhower. El presidente norteamericano, sin embargo, prefirió evitar el encuentro, seguramente por suspicacias y para no darle relieve a quien no era, formalmente, jefe de estado. “Ike” envió, en su lugar, al vicepresidente Nixon, quien sostuvo una entrevista con Castro de la cual no resultó sino una noticia anodina, desprovista de interés. Ello me pareció sospechoso, ya que Castro desaprovechaba así una valiosa oportunidad para afianzar las relaciones y obtener ventajas económicas que hubieran sido sumamente útiles para Cuba, cuya economía había sufrido durante todo el período guerrillero, con la caída del turismo, el terrorismo por él instigado y otros perjuicios.

De la comparecencia televisiva de Castro capté su hábil manera de expresarse, con indudables visos demagógicos. Hablaba con gran soltura, chamullando pobremente el inglés al hacer pronunciamientos pro democráticos y afirmar sus buenas intenciones —evitó cuanto fuera criticable—. Ateniéndome a lo que decía, pensé que si bien el futuro no estaba muy claro, había esperanzas, pero entretejidas de inquietud. Si alguna trampa urdía, el evidente calibre de su astucia no filtraba la menor señal capaz de revelar aviesas intenciones.

            Volviendo a la recepción en la embajada, se tornó un tanto desordenada, carente de organización. Viendo que muchos se apoderaban tranquilamente del micrófono para dirigirse a los presentes sobre la suerte de Cuba, aproveché la ocasión para pronunciar breves palabras, en español e inglés, respecto a la importancia de recaudar fondos para los niños de la Isla; el tema se había abordado de modo general pero sin que se llegara a ninguna conclusión o petición de donaciones. Otra oportunidad desaprovechada, pensé.

            Pasadas las cuatro de la tarde, me fui de la embajada un poco inquieto pero tratando de no darle demasiada importancia al encuentro fideliano. Al llegar a mi casa, le conté a mi esposa lo acontecido y guardé el pasaporte y mi carnet universitario en una gaveta. Ni siquiera me molesté en lo que hoy hubiera hecho sin vacilar: sacar copias fotostáticas de los documentos y, por si acaso, guardarlos en lugar seguro. Años después, comprobé que había desaparecido el pasaporte, sin duda sustraído por algún codicioso (¡qué tontería!, nadie sino el titular podrá jamás disponer de él). Aunque hasta hoy no lo he recuperado, sí conservo el carnet universitario con todas sus firmas, hoy varias veces copiado y puesto a buen recaudo en una caja de caudales bancaria. Al fin y al cabo, es cuestión de historia.

            Resumen: La atropellante firma de Fidel Castro, mucho antes de que revelara él sus verdaderas intenciones, ¡era un síntoma y símbolo que, en retrospectiva, lo retrataba de pies a cabeza! Nunca jamás soñé siquiera con tanta maleficencia, que —algún día lo sabrá todo el planeta—, engendró lo que algún día se conocerá como el holocausto cubano.

            En contraste, mi encuentro con Fulgencio Batista en 1952, en el Club Náutico de Varadero, fue de naturaleza muy diferente y abría otras perspectivas para Cuba, pese a la muy lamentable ruptura del orden institucional.  Pero esa es otra historia…  

Monday, September 6, 2021

General del Pino: Bombardeamos nuestras tropas en Girón por error de Fidel Castro*


Por Carlos Cabrera Pérez

El General de Brigada (r) Rafael del Pino Díaz (Pinar del Río, 1938) fue héroe de Playa Girón, neutralizando a la aviación enemiga que -hace 60 años- bombardeó tres aeropuertos militares cubanos y dio cobertura aérea al desembarco de la Brigada 2506 en Bahía de Cochinos.

En 1987 se fugó con parte de su familia a Estados Unidos, tripulando una avión Cessna, y hoy encabeza el Movimiento de Objetores de Conciencia que pide a militares que no repriman a los cubanos.

Del Pino, que habla con igual destreza que cuando pilotaba, incluso desde su bautizo aéreo en el cielo de Playa Girón, cuenta para CiberCuba sus recuerdos de aquellos días, incluido un error de Fidel Castro Ruz, ordenando -pese a su desconocimiento del teatro de operaciones- un bombardeo que causó numerosas bajas a las tropas cubanas.

La derrota de la Brigada 2506 en el sur de Matanzas, contribuyó a la mitificación y poderío de Castro, pero el general del Pino tiene claves de las postalitas de hace 60 años.


General, ¿qué recuerdos tiene de los bombardeos del 15 de abril de 1961?

Primero tengo que hablar de un encuentro que tuvimos con Fidel, un piloto de Sea Fury, Gustavo Bourzac y yo, unos días antes del bombardeo. Fidel fue a la base aérea de San Antonio para inspeccionar los armamentos soviéticos que estaban entrando por el Mariel y almacenados en la base aérea por sus cercanías a dicho puerto.

Bourzac me avisa que Fidel está allí y vamos a verlo. Estaba inspeccionando unos obuses de 122 mm y le preguntamos: comandante, ¿Y cuando llegan los Mig? Se viró para nosotros y pasándose la mano por la barba nos dijo: Así que ustedes quieren Mig, mig, mig. ¡Miiilll…vacas es lo que voy a traer aquí, para que coman yerba entre las pistas porque todos ustedes, los pilotos, se creen mejor que nadie y han estado criticando nuestras relaciones con la URSS. Además, cuando suene aquí la primera bomba van a salir corriendo.

Yo no pude aguantar ese insulto y le respondí - ¡Usted está equivocado comandante, nosotros si vamos a despegar pase lo que pase! Entonces, uno de los guardaespaldas se me aproximó y Fidel lo detuvo. Creo que se dio cuenta que nos había insultado, se me acercó, me puso la mano en el hombro y me dijo en voz baja – No te molestes que yo lo hago para levantarles la moral.

Allí terminó todo y el día del bombardeo Bourzac y Alberto Fernádez lograron despegar, pero no pudieron interceptar los B-26. Carreras y yo corríamos para montarnos en el T-33 número 715, y uno de los B-26 de la Brigada 2506 lo destruyó con los cohetes. Después supe que había sido René García, uno de los viejos pilotos de la Fuerza Aérea que se había exiliado, muy buen piloto que era.

Cuando Fidel Castro llegó a la base en horas del mediodía para ver los daños causados y pasó junto a nosotros no pude aguantarme y le dije: - Se dio cuenta comandante lo que le dije el otro día – nosotros íbamos a despegar bajo cualquier ataque y Bourzac y Fernández lo hicieron. Me ignoró y siguió de largo haciendo preguntas.

El 18 de abril, por una orden errónea de Fidel Castro, la aviación cubana bombardeó tropas propias; ¿Cómo se produjo esa trágica circunstancia?

El problema fue que Fidel Castro no estaba en realidad dirigiendo los combates, se limitaba a dar órdenes que aseguraran esto o lo otro y, el día 18, se le ocurre mandar un batallón, el 113 de las milicias, por un camino dentro de la ciénaga para tratar de cortarle la retirada a las fuerzas de la Brigada 2506, que habían desembarcado y que se encontraban en Playa Larga.

Lo único que se nos informa es que, a partir de dos kilómetros después de donde veamos los impactos de nuestra artillería, podíamos atacar todo lo que viéramos.

Cuando llegamos a la zona, incluso dejamos más de dos kilómetros sin tocar, fueron aproximadamente cuatro kilómetros y descubrimos unos camiones con tropas que estaban por un caserío llamado Soplillar y los atacamos, creándole muchas bajas a nuestras propias tropas.

¿Considera usted que la invasión de Bahía de Cochinos reforzó el poder y el mito de Fidel Castro?

De eso se encargó el absoluto control de los medios de información. Fidel se encontraba en el central azucarero Australia, a 52 kilómetros de la linea del frente de guerra.

Todas esas fotos de Fidel tirándose de un tanque T-34 o montado en otro tanque SAU-100, disparando contra el buque Houston, que ya estaba hundido por nuestra aviación, es pura pantomima. Esas fueron fotos para las postalitas creadas por los fotógrafos del régimen.

Cuando eso sucede ya no había nadie en toda el área, los invasores se habían internado en la Ciénaga de Zapata. Hace 60 años que están tomándole el pelo a los cubanos. Desgraciadamente con esa distorsión de la historia han influenciado en las nuevas generaciones que no conocen la verdad de lo ocurrido.

¿Mantiene usted contactos con pilotos de la Brigada 2506?

Si, como no, yo fui muy amigo de René García y de Gustavo Ponzoa, ya fallecidos, y mantengo amistad también con Matías Farias.

*Tomado de Cibercuba

Nadie se va del todo. Un libro sobre la diáspora musical cubana*


Por 
Ana Rivero

En ferias del libro en Cuba, a lo largo del país, se ha presentado un libro que nos revela, a los residentes en la isla, una parte de la geografía espiritual de nuestra patria que ha estado velada por mucho tiempo, un amplio territorio musical que se ha intentado estigmatizar o incluso desaparecer de nuestra historia reciente. Es un volumen muy especial sobre la diáspora musical cubana. Quizás muchos investigadores hubieran podido escribir un libro similar, pero el autor de Nadie se va del todo. Músicos de Cuba y del mundo (Ed. La Luz, 2017) es Joaquín Borges-Triana, un periodista melómano, dueño de una buena mezcla de conocimiento académico y «conocimiento de vida» que le ha servido para expresarse con toda autoridad sobre el tema en cuestión.

El propio título del libro es tentador. La diáspora musical cubana existe, aunque no se mencione de ese modo en los medios oficiales. Cuántas veces ha sucedido que, nada más haberse exiliado, un músico pasa a la categoría de «prohibido», tanto en la radio como en la televisión. Otros, que «no se han ido del todo», pero que han osado expresar alguna crítica no autorizada (a la sociedad cubana o a su gobierno), más bien están «marcados», o sea que los realizadores del espacio decidirán si se hacen notar demasiado o no en su trabajo. Y casi siempre deciden no buscarse problemas haciendo que «por su propia voluntad» el músico «marcado» también entre al grupo de «los prohibidos».

Pero el libro de Joaquín es libre y objetivo. No está escrito con el ánimo sectario que reparte elogios de acuerdo a las posiciones políticas de los artistas. Este libro está escrito desde el amor y el interés por la música cubana, sea interpretada en Barcelona, en Miami o en Reikiavik. Y por eso es revelador, porque con la información que aparece en Nadie se va… se despierta la curiosidad por los músicos que (prácticamente desconocidos entre quienes viven en la isla), han intentado continuar (o han iniciado) su carrera en el extranjero. Son los músicos «transterrados», como los llama Joaquín, y su labor, durante las dos últimas décadas del siglo XX y los primeros diecisiete años del actual, llena las casi trescientas páginas de este libro.

La lectura de Nadie se va… ayuda a esclarecer las diversas rutas que ha recorrido la música cubana y el modo en que la apropiación de una cultura cosmopolita ha influido en las nuevas producciones. De igual modo, es posible conocer el modo en que la industria musical también ha abierto las puertas a muchos músicos cubanos y lo complicado que puede ser un nuevo modo de trabajo con exigencias y horarios no comunes en la Isla.

Al adentrarse en este libro muchos escucharán por primera vez el nombre de músicos con larga carrera fuera de la isla, que a pesar de haber estado mucho tiempo lejos han logrado mantener su identidad cultural, aderezada con influencias de otras naciones y comunidades. Se sorprenderá el lector y melómano al descubrir que, en ocasiones, cuando se está lejos de Cuba más fuerte se vuelve la impronta de lo cubano, tal vez como una manera natural de mantener el vínculo con la patria en medio de la confusión y el drama de la emigración.

En este ambicioso volumen caben todos: salseros y jazzistas, cantantes líricos, rockeros y raperos, entre otros. Joaquín Borges-Triana nos muestra el modo en que, en sus recorridos por diferentes circuitos musicales del mundo, los cubanos han dejado entrar en sus producciones otros ritmos, algunos añejos, otros contemporáneos… lo que demuestra la interacción cultural que puede generar la diáspora, y que beneficia tanto al inmigrante como a la sociedad que lo recibe. En este libro Borges-Triana demuestra cómo el intercambio generado por estos músicos, alimenta y renueva la cultura cubana independientemente del sitio donde esta se muestre. La música ha ayudado a que Cuba no se cierre al mundo, y esto, tal como lo demuestra el autor, es algo que ha ocurrido desde siempre. Ahora es una cuestión más visible, pero a los músicos cubanos siempre les ha gustado experimentar, viajar, explorar, dialogar…

Caben todos y cabe todo, Nadie se va… contiene una parte valiosísima de la música y de la vida de hombres y mujeres perseverantes que tratan de desarrollar su trabajo y su pasión, en un medio a veces hostil, no solo por tratarse de inmigrantes, sino por ser músicos, muchas veces virtuosos, que insisten en no irse por lo puramente comercial. Entre estas páginas no podían faltar artistas como Celia Cruz, Willy Chirino, Arturo Sandoval, Gema Corredera, Pavel Urquiza, Mike Porcel, Lucrecia, Descemer Bueno, Boris Larramendi, Las Krudas y muchos otros que han aportado o siguen aportando a la cultura musical cubana, y a esa categoría tan compleja que trasciende posicionamientos metafísicos llamada "lo cubano".

Aparte de los datos puramente musicales Nadie se va… nos muestra la aventura que significa ser músico cubano en el extranjero. Para eso el autor se sirvió de su intercambio personal con varios amigos que le aportaron de primera mano datos sobre la vida cotidiana de los artistas, sus impresiones frente a un estilo de trabajo diferente al cubano, la cohesión de los grupos y las perspectivas de quien trabaja a solas ante las diferentes situaciones que se deben encarar. Al interesarse por la obra musical tanto como por el ser humano que la ejecuta, se trasciende la pura investigación para lograr, más que un libro, una conversación donde nos identificamos con las ilusiones, y también frustraciones, de otras personas que están tratando de salir adelante con lo que mejor saben hacer.

Es importante señalar que el espíritu crítico de Borges-Triana no se nubla solo porque esté hablando sobre músicos cubanos. Cuando hay que elogiar, elogia; cuando hay que amonestar, también lo hace. Es así como Pitbull no sale bien parado, «su obra no posee pretensión artística ninguna y solo es portavoz de una remarcada intención comercial». No todo puede ser diamante, sin embargo queda un buen sabor de boca al conocer sobre tantos músicos que han brillado gracias a su genio artístico. Es imposible mencionarlos a todos, pero no hace falta, porque al final del libro nos encontramos con una «Discografía esencial recomendada» (quinientos discos en total) que puede servir para tener una idea de lo diversa y valiosa que es la producción de la diáspora musical cubana. Esto, luego de diez capítulos de teoría, música, anécdotas, letras de canciones, historia y crítica de la mejor, donde, eso sí, abundan los aplausos que el autor argumenta acertadamente.

Este es un libro que debe estar en las bibliotecas de las escuelas de música y de las universidades de Cuba, pero hay un lugar donde sería sensacional que estuviera, y es en las librerías de los aeropuertos de la Isla, no solo por lo significativo del título como tal, sino por el fragmento de historia de la música cubana que contiene, más allá de estereotipos y de lo que comúnmente en materia de música se vende y promociona en estos sitios.

Nadie se va del todo… no termina en su última página, ni en el último disco de esa lista que, seguramente, a su autor le costó resumir. Este es un libro en constante evolución, pues los cubanos no paran ni de hacer música ni de buscar otros horizontes. Estos dos últimos años han estado llenos de noticias, grabaciones, presentaciones y talentos emergentes, al final, el tiempo dirá quienes conseguirán pasar la gran prueba, pero documentar todo cuanto se pueda sobre la diáspora musical cubana es una labor imprescindible para apoyar nuestra música, para reencontrarnos y reconocernos en el otro, sin que importe la distancia.


*Tomado de la revista Árbol Invertido.

Ana Rivero (La Habana, Cuba). Licenciada en Periodismo (Universidad de La Habana). Profesora, periodista y crítica de arte. Ambientalista y feminista. Reside en la provincia Mayabeque, Cuba

Sunday, September 5, 2021

La historia como sorpresa


Por Enrique Del Risco

Estudiar, reconstruir y analizar el pasado siempre ha sido tarea complicada. Cuentan que cuando a Zhou Enlai, primer ministro de Mao Zhedong le preguntaron en 1972 sobre la revolución francesa respondió que todavía era muy pronto para opinar. De poco valió que luego el político aclarara que se refería a las revueltas estudiantiles -entonces recientes- de mayo de 1968 en Francia y no a la ya distante revolución de 1789. Desde entonces la anécdota equívoca quedó como otro ejemplo de sabiduría oriental a la hora de enfrentarse al pasado. Como lección de que el pasado nunca nos queda lo bastante lejos como para analizarlo con imparcialidad y desapasionamiento. El pasado, por distante que parezca siempre encuentra un modo de hacerse relevante, presente. No hay pasado inocente. como tampoco hay pasado aburrido: solo hay profesores aburridos.

La importancia del pasado la entendieron desde un principio los regímenes totalitarios como el comunista o el fascista que hicieron de la Historia, con mayúsculas, su nueva religión. No por gusto tanto Adolf Hitler como Fidel Castro apelaron al final de sus respectivos alegatos de defensa al juicio de la Historia. Cuando Castro anunció que la historia lo absolvería no hacía más que resumir la grandilocuencia retórica del líder nacionalsocialista: “Aun cuando los jueces de este Estado puedan condenar nuestra acción, la historia, diosa de la verdad y de la ley, habrá de sonreír cuando anule el veredicto de este juicio y me declare libre de culpas” dijo Hitler. Pero, como todo aspirante a tirano debe saber, para controlar por completo el pasado hay primero que hacerse del poder. “Quien controla el presente controla el pasado y quien controla el pasado controlará el futuro” enunció con precisa ironía el escritor George Orwell en su novela 1984. Con no menor ironía los soviéticos resumían la continua manipulación del pasado con vista a ajustarlo a las necesidades del presente totalitario diciendo que nadie puede predecir el pasado que le espera.

Todo lo anterior debe darnos una idea de lo arduo de la tarea que nos ocupa a nosotros, miembros de la Academia de Historia de Cuba en el Exilio, preocupados por reconstruir el pasado cubano. A las naturales adulteraciones que el tiempo, la distancia o la falta de documentos se añade la labor de una maquinaria estatal que cada día acumula toneladas de falsificaciones sobre la realidad cubana de manera que no podamos conocer el pasado, comprender el presente, ni imaginarnos el futuro. El mismo Estado que monopoliza los archivos, la educación, las imprentas y hasta la opinión pública se encarga de sobornar o amenazar de diferentes maneras a los investigadores nacionales y extranjeros. Es cierto que no consigue construir una narración convincente del pasado y el presente del país, pero los enturbia lo bastante como para que generaciones de cubanos no sepan a qué atenerse cuando se trata de conocer y razonar su realidad.

Podemos repetirnos una vez y otra que la verdad está de nuestro lado pero nunca será suficiente. Tarea de los historiadores no es creerse poseedores de la verdad sino demostrar cada centímetro de esta con evidencias concretas, documentos, datos. Obligación de historiadores es no esperar a que el pasado nos venga a dar la razón sino escuchar, con toda la modestia posible, las lecciones que nos pueda dar. Porque la Historia es ante todo una gran lección de humildad. Al mostrarnos, sin mistificaciones, lo inconmensurables que son las tareas que cada época le pone a los seres humanos, nos ayuda a entender mejor la grandeza ajena y la pequeñez propia. La Historia es una lección de humildad también porque pese a todo lo que podamos saber de ella nunca será suficiente para entender el presente o predecir el futuro. Si acaso servirá para que los nuevos hechos nos sorprendan un poco menos.

Sin embargo, existe un peligro para la reconstrucción del pasado histórico igual o mayor que las falsificaciones creadas por el Estado totalitario y ese peligro es nuestro propio deseo de justicia. El peligro de que, queriendo compensar el dolor y la impotencia acumulados por tantos años, justifiquemos cualquier intento de compensar unas falsificaciones con otras de signo contrario. Una manera equivocada de entender la justicia, debo decir. Nada más justo con el sufrimiento de las víctimas que no exagerarlo. Si queremos que nos asista la razón esta debe nacer del apego estricto a la verdad. De eso y del convencimiento de que alguna conexión intocable debe existir entre la verdad y nuestra profesión. Por mucho que se defienda hoy el reemplazo de los hechos por los sentimientos y de la verdad por la postverdad —el nuevo nombre elegante de la mentira— debemos resistir esas tentaciones. Ser humildemente fieles a los hechos, sobre todo a aquellos que más le incomodan a nuestra idea del mundo, es el mejor modo de honrar a un tiempo la verdad y la vocación que alguna vez nos llevó a interesarnos por nuestro pasado común.

Saturday, September 4, 2021

Acto de investidura



Hoy sábado 4 de septiembre a la 1:00 PM tendrá lugar un acto de investidura de la AHCE en el William V. Musto Art Center, ubicado en 420 15th Street, Union City (NJ). En el mismo será investido el Dr. Rolando A Alum, quien ha impartido cátedra en universidades estadounidenses y latinoamericanas, fungió como Subsercretario de Educación de EE.UU. para la Región Federal II y otros cargos importantes. Sus muchos escritos han sido publicados en revistas académicas, libros, enciclopedias, etc. Coeditó con Leonel de la Cuesta el ya clásico Las constituciones cubanas (1974) y es autor de varios ensayos sobre temas históricos cubanos e hispanoamericanos.

 Su discurso tiene por título “Intelectuales extranjeros desilusionados de Cuba Socialista.” La respuesta al discurso del Dr. Alum estará a cargo del Dr. Octavio de la Suarée, Secretario de la AHCE y Editor del Anuario Histórico Cubanoamericano que publica nuestra organización. Entregará el correspondiente Diploma de Membrecía y hará las conclusiones de la actividad el Dr. Enrique Del Risco, Secretario de Publicaciones y Redes Sociales de la Academia.

Locos por la rumba

Habría sido interesante viajar en algún vapor de la línea Nueva York-Habana un siglo atrás. A la ida con el barco cargado de turistas yankis deseosos de escapar del frío invernal y de la Ley Seca todo el año.

A la vuelta, con esos mismos turistas, ya resacosos, desafinando con sus maracas de souvenir y, junto a ellos, músicos cubanos impacientes por llegar a Nueva York. No solo para dejar de oír esas maracas con arritmia sino también incorporarse a la entonces lenta pero imparable invasión de música latina a los Estados Unidos y convertirse en los bisabuelos musicales de Bad Bunny.

Al principio no debieron notarlos mucho. En esa época Nueva York, como Chicago, estaba llena de tipos con estuches de guitarras. Lo extraño era que al abrir los estuches sacaran guitarras y no ametralladoras Thompson como dictaba la moda. O botellas de whiskey destilado en bañaderas. Si algo traían en sus estuches aquellos músicos, además de guitarras, sería ron Bacardí.

Al fin y al cabo, su negocio era el de promover productos locales. De aquellos vapores desembarcaron el Sexteto Habanero, el Trío Matamoros, el Septeto Nacional, Don Azpiazú y su Orquesta y muchos más. Su misión: grabar sus canciones (urticantes y contagiosas como ciertas enfermedades, pero más divertidas) en los estudios de Columbia, la RCA Victor o de la Paramount en Manhattan o en la vecina Nueva Jersey.

En estudios gringos María Teresa Vera añoró sus “Veinte años”, Miguel Matamoros lloró sus “Lágrimas Negras” e Ignacio Piñero recomendó “Échale salsita”.

Una vez impresas aquellas canciones en discos de goma laca viajaban a la isla para enardecer a sus ávidos bailadores y causar conflictos laborales: se cuenta que cuando el empleador de Matamoros descubrió que era el autor de los sones que enloquecían a toda la república le regaló cien pesos con una nota que decía “un artista de su calidad extraordinaria merece mejor destino y no sería justo de mi parte tenerlo de chofer en mi casa”.

Pero el éxito de aquella música no se limitó al oasis alcohólico de los gringos.

Tanta viajadera a Cuba terminó haciéndolos adictos a algo más que al alcohol local: descubrieron que, de vuelta a su país, cuando escuchaban aquellas grabaciones el whiskey de bañadera les sabía a Bacardí tomado a la sombra de un cocotero. O algo parecido.

La consagración llegó el 13 de mayo de 1930. Ese día Don Azpiazú y su Orquesta grabaron en la voz de Antonio Machín el pregón “El manisero” de Moisés Simons.

Fue en el estudio de la RCA Victor en el 18 West de la calle 46, en Manhattan. Su éxito dejó chiquita la palabra “apoteósico”. De aquella grabación se vendieron un millón de copias que equivalen hoy al éxito de tres o cuatro “Despacito”.

Todos querían grabar “El manisero”. Hasta Louis Armstrong cambió el “maniiiii” por “Marieeeee” y una jerigonza que le iba muy bien a su estilo improvisatorio. Todavía tres años más tarde los hermanos Marx la tarareaban en su comedia surrealista Duck Soup.

A la adicción de los gringos por cualquier música vagamente caribeña se le llamó Rhumba Craze (Locura de la Rumba). “Rhumba” le llamaron a sones, guarachas y congas porque les sonaba exótico: a Bacardí a la sombra de un cocotero y aquella “H” metida en el medio era como la sombrillita del trago.

Luego los catalanes Enric Madriguera y Xavier Cugat se dieron cuenta de que el negocio estaba en lo exótico y lo convirtieron en fábrica de chicharrones tropicales con violines y maracas.

La locura por la rumba pasó, pero en el 2001 “El manisero” entró en el Salón de la Fama del Grammy Latino.

En 2005 fue incluida en el Registro Nacional de Grabaciones por estar entre las canciones que son “cultural, histórica o estéticamente importantes” para Estados Unidos.

Y por enseñarle a los gringos que había vida más allá del foxtrot, el charlestón y el whiskey de bañadera.