Thursday, February 10, 2022

“Alberto Saumell Soto: un testimonio recuperado sobre Jesús Menéndez”

Por Rafael E. Saumell

El 22 de enero de 1948, cerca de las nueve y media de la mañana, dos destacados políticos cubanos, Jesús Menéndez Larrondo (1911-1948) y Alberto “Beto” Saumell Soto (1908-1991), se conocieron y reunieron en la oficina del segundo en la ciudad de Bayamo donde este ocupaba el cargo de alcalde desde 1944. Representaban dos bandos políticos opuestos: el Partido Socialista [Comunista] Popular (PSP), y el Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo)[1]. Horas más tarde, Menéndez caería asesinado por el Capitán Joaquín Casillas Lumpuy (1907-1959), en la terminal de trenes de Manzanillo.

            En aquella fecha fungía como presidente de la república el Dr. Ramón Grau San Martín (1882-1969), electo en 1944 y afiliado a los auténticos. Asimismo, Menéndez dirigía la Federación Nacional de Obreros Azucareros y era Representante a la Cámara. ¿Qué hacía el sindicalista en Bayamo y por qué se presentó en el despacho de Saumell?

            Precisamente de eso trata el testimonio escrito por Saumell bajo el título “La muerte de Jesús Menéndez”, reproducido a continuación y en su totalidad, fechado el primero de noviembre de 1977, a petición de Josefina Ruiz, añade, quien según consta en el texto “necesitaba estos datos para escribir un libro sobre la vida y muerte de Jesús Menéndez.”[2]  

            ¿Cómo llegó este documento raro y excepcional a mis manos? Él me lo entregó en su casa, ubicada en Calle 19 No. 263 entre 17 y 19, Vedado, La Habana, Cuba. Gracias a valiosos intermediarios, logré sacarlo de Cuba y recuperarlo más tarde. En la dirección indicada, el autor residió por varios años hasta que se marchó de la isla entre 1979 y 1980. Vivía en el ostracismo, sin conexión alguna con el gobierno de Fidel Castro, salvo los lazos histórico-políticos que mantuvo con movimientos y personas vinculadas a la rebelión contra Fulgencio Batista a partir de marzo de 1952, rotos después de 1959, sobre todo cuando su hijo Alberto Saumell del Valle fue arrestado y a renglón seguido condenado a prisión por los tribunales revolucionarios.[3]  

Años atrás, Beto Saumell también se había destacado por su rebeldía contra la dictadura (1925-1933) del general Gerardo Machado Morales (1871-1939), por la cual fue enviado a la cárcel en Isla de Pinos (1931), donde compartió idéntico destino junto a otros sancionados, entre ellos Carlos Prío Socarrás (1903-1977), quien llegaría a ser presidente de la república (1948-1952), Raúl Roa García (1907-1982), Ministro de Relaciones Exteriores (1959-1976), y su amigo entrañable Pablo de la Torriente Brau (1901-1936), quien lo cita en repetidas oportunidades en Presidio Modelo (1969).[4]

            ¿Cómo lo conocí? No a causa de llevar un mismo apellido, sino por mediación de Segundo Curti Messina (1910-2000), Representante a la Cámara y ministro en los gobiernos de Ramón Grau San Martín (1882-1969) y Carlos Prío Socarrás, entre 1944 y 1952. Ambos tenían para mí el poderoso atractivo de haber sido individuos muy prominentes en la política nacional antes de 1959, y de haber pasado al anonimato desde entonces. Igualmente, se habían quedado en la isla, tal y como lo hizo Grau San Martín. Según Curti Messina, esa decisión la tomaron porque “este muchacho” [Fidel Castro] “…no era el dueño del país”.[5]

            Cuando Eduardo “Eddy” Chibás (1907-1951) decidió romper filas con los Auténticos (1947), y fundar el Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo), Saumell lo secundó, y este dato lo señala en el documento en cuestión. Fue uno de los dirigentes nacionales de la nueva entidad y con ella militó más allá del balazo que se disparó el propio Chibás (5 de agosto de 1951), en uno de los estudios de la radioemisora CMQ, el cual le costó la existencia (16 de agosto). [6]

            A partir del golpe de estado 10 de marzo de 1952, dado por el expresidente Fulgencio Batista (1901-1973), se sumó a los esfuerzos para derrocarlo, como lo demuestra el comandante Húber Matos (1918-2014) en el capítulo 3 de Cómo llegó la noche (2002)[7]: “En la casa de Nelson Béquer, en Manzanillo, un grupo de líderes regionales del Partido del Pueblo Cubano (ortodoxo), nos reunimos con dos miembros de la dirección nacional, los legisladores Alberto Saumell Soto y Luis Orlando Rodríguez (1912-1989). Ellos plantean que no queda otro camino que la lucha, que nos organicemos clandestinamente para responder con hechos hasta acabar con la dictadura” (39).

Anteriormente expliqué que para 1977 Beto Saumell vivía desconectado, a la fuerza, de la vida pública nacional. Sin embargo, no estaba fuera del alcance de periodistas e investigadores sobre el período republicano que lo consultaban con cierta frecuencia para conseguir informaciones y valoraciones sobre personas y sucesos con los cuales estuvo vinculado. Eso explica por qué fue visitado por Josefina Ruiz con respecto a “la muerte de Jesús Menéndez”. Al parecer se sabía que él había sido una de las últimas personas que habló con el sindicalista antes de ser asesinado pero no había una declaración suya grabada o de puño y letra.

De lo que no existía duda era que el capitán Casillas Lumpuy lo mató en el sitio, el día, y a la hora admitidas. Sin embargo, hay dos versiones consistentes en declarar que: a) Menéndez disparó primero y el militar ripostó con ventaja mortal para él; b) Menéndez no llevaba ningún arma consigo. El testimonio de Saumell aclara que el visitante le enfatizó estar desarmado, que su misión en la provincia se basaba en hacer gestiones ante ciertos administradores de ingenios para que empezaran a cumplir con las disposiciones del Diferencial Azucarero.[8] Subrayó que no intentaba promover huelgas, que estaba avisado de planes de atentado contra su persona y por eso le pidió apoyo y acompañamiento al alcalde de Bayamo.[9]

Hace seis años esa polémica volvió a alcanzar vigencia debido a un artículo del historiador Newton Briones Montoto (NBM) con el sugestivo encabezamiento “La muerte de Jesús Menéndez: una historia mal contada.”[10] A resultas de ello, Steve Cushion, historiador inglés, redactó una “Carta abierta a NBM.” Hubo otras refutaciones reconocidas por Briones Montoto en “Respuesta a una historia mal contada”, procedentes de Pedro Antonio García, de Angelina Rojas Blaquier, y de Vladimiro Roca. Finalmente, el sitio Cubadebate publicó una entrevista a Teresita de Jesús Menéndez Cervera, hecha por Felipa de las Mercedes Suárez Ramos: “El orgullo de ser hija de Jesús Menéndez.”

Recomiendo con gran énfasis leer todos esos trabajos debido al valor argumentativo que muestran, a las diatribas políticas que manifiestan y las potentes tensiones ideológicas que aún existen a la hora de valorar el período republicano y el actual. De manera similar, confieso que me da mucha alegría haber salvado del olvido las páginas e, insisto, “estos recuerdos” de Beto Saumell, para que sirvan de reconocimiento adicional a su muy meritoria trayectoria personal de entrega y sacrificios consecuentes, en beneficio de su nación y por más de medio siglo. Ojalá que aparezcan más escritos suyos o sobre su persona de ahora en adelante, por un mejor porvenir. 



[1] Hasta 1947 Beto Saumell fue miembro del Partido Revolucionario Cubano (Auténtico), cuando Eduardo Chibás sentó las bases para la formación del Partido Ortodoxo, tal y como lo aclara él en el documento.

[2] Para reforzar la originalidad de dicho documento ver la copia facsimilar incluida en este trabajo. No se hizo ningún cambio ni en la ortografía ni en la sintaxis. Al cierre de este trabajo, aún no he podido hallar ninguna bibliografía de Josefina Ruiz dedicada a Menéndez. Por consiguiente, es posible que esta sea la primera ocasión en que se publiquen íntegramente “estos recuerdos” del antiguo alcalde. 

 

[3] Ver Enri Saumell, “Beto Saumell: alcalde de la dignidad”. http://www.cubademocraciayvida.org/web/article.asp?folderID=136.

 

[4] Consultar, por ejemplo “XLII: Lo que nos contó Saumell”. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1969: 413-420.

[5] Conocí a Curti Messina hacia 1975 y mantuve conversaciones con él regularmente en su casa del municipio Playa hasta 1988 cuando salí de Cuba. La frase entrecomillada me la dijo en una de mis visitas.

[6] Consultar La Enciclopedia de Cuba. Gobiernos republicanos. Tomo 14. Editor Vicente Báez. San Juan y Madrid: Enciclopedia y Clásicos Cubanos, Inc.: 423-424.

[7] Barcelona: Tusquets Editores, S.A.,  tercera edición, 2007.

[8] Portell Vilá explica qué fue el diferencial azucarero: “En enero de 1946 el Presidente Grau San Martín ponía en práctica otra original idea para una distribución equitativa de las ganancias de la industria azucarera. Se le llamó el “diferencial azucarero” porque se hacía cargo de la diferencia que había en cuanto a ganancias por la venta de azúcares a Estados Unidos a un cierto precio, y la venta en el mercado mundial, donde los precios eran más altos. En opinión del Dr. Grau San Martín ese exceso diferencial de ganancia no podía ser para el fabricante y vendedor de azúcar solamente, sino que debía ser a beneficio de todo el país” Nueva Historia de la República de Cuba (Miami, Florida, La Moderna Poesía, Inc., 1986: 579-580).

[9] Sin embargo, Portell Vilá contradice en varios aspectos esenciales lo planteado por Menéndez de acuerdo con  el testimonio de Saumell: “de 1947 en adelante hubo una guerra abierta de los “auténticos” contra los comunistas, como en otros tiempos…El hecho más sensacional en la nueva pugna tuvo lugar en enero de 1948, cuando el congresista Jesús Menéndez, miembro del Partido Socialista fue muerto a balazos…cuando trataba de abrirse paso a través de una fila de soldados para arengar a los trabajadores de un central azucarero a fin de que paralizaran sus trabajosera un hombre terrible con una pistola e iba armado al surgir el incidente.” [mi énfasis] Nueva Historia de la República de Cuba: 569-570).

[10] Espacio Laical # 2, 2016: 78-85. 078_La_muerte_de_Jesus_Menendez_-_una_historia_mal_contada.pdf (espaciolaical.net)

Vladimiro Roca. “¿Una historia mal contada? Espacio Laical #3-4: 102-106. ESPACIO LAICAL No 3-4 2016.pdf 

Steve Cushion. “Carta abierta a Newton Briones Montoto”. Espacio Laical # 1, 2017: 72-75.  072-075CartaNewtonBriones.pdf (espaciolaical.net)

Newton Briones Montoto. “Respuesta a una historia mal contada.” Espacio Laical # 1, 2017: 76-82. 076-082RespuestaUnahistoria.pdf (espaciolaical.org)

Pedro Antonio García. “La historia tal como fue.”  Bohemia. 21 de enero, 2017.  La historia tal como fue | Revista BohemiaRevista Bohemia

Angelina Rojas Blaquier. “A propósito de una historia mal contada.” Trabajadores 5 enero, 2017.

A propósito de una historia mal contada • Trabajadores

Felipa de las Mercedes Suárez Ramos. Cubadebate. 22 enero, 2018. “El orgullo de ser hija de Jesús Menéndez.” http://www.cubadebate.cu/especiales/2018/01/22/el-orgullo-de-ser-hija-de-jesus-menendez/print

 La muerte de Jesús Menéndez

Por Alberto Saumell Soto


Quamquam animus menimisse horret incipiam”.

[“Ante lo cual mi memoria retrocede con dolor”]

.Virgilius.


        


  
El día 22 de Enero de 1948 ocupaba yo el cargo de Alcalde Municipal de Bayamo, elegido por el Partido Auténtico. Me encontraba en mi despacho de la alcaldía esa mañana, como de costumbre, atendiendo durante las primeras horas del día a todo el que a mí se dirigía, sin audiencia previa. Como a las nueve y media entraron a mi despacho los dos más connotados líderes comunistas de Bayamo, los señores Riverón y Fleitas, para decirme que el líder sindical comunista Jesús Menéndez quería hablar conmigo, que él estaba afuera con el también líder comunista Paquito Rosales, exalcalde municipal de Manzanillo, en espera de que le concediera una entrevista. Les dije que con mucho gusto los recibiría tan pronto como terminara con las audiencias que tenía por delante. Riverón y Fleitas salieron y cuando terminé los mandé a pasar a mi despacho. Tras la presentación porque yo no conocía personalmente a Jesús Menéndez aunque lo había oído nombrar como dirigente sindical azucarero y representante a la Cámara por el Partido Comunista, los invité a sentarse y les dije:

“¿En qué puedo servirles?”

“Vine a verlo por un asunto muy especial”, me dijo Menéndez, “Yo ando en ciertas gestiones con los administradores de ingenios sobre el Diferencial Azucarero, porque no se está cumpliendo con esa ley en muchos centrales, y al llegar aquí para hablar con el administrador del Central Mabay, se me ha informado que me van a hacer un atentado cuando llegue al ingenio”.

“Yo no creo eso”, le dije, “porque el gobierno auténtico no persigue a nadie por sus opiniones políticas ni usa ese tiránico sistema de los atentados. Aquí hay libertad y respeto para todas las opiniones, incluyendo las de ustedes, puesto que tienen su partido perfectamente legal y sus representantes a la Cámara, de los que Ud., Menéndez, es uno de ellos, y al Senado”.


            “Mire señor Alcalde”, me dijo en un tono conciliador y confidencial, “eso es así; pero yo le aseguro que esta información que me han dado viene de fuentes fidedignas y estoy seguro de que me están velando y me van a hacer el atentado. Si no estuviera seguro no vendría a decírselo a Ud., que me ha sido recomendado por sus condiciones de hombre recto, por mis compañeros Riverón y Fleitas”.

“Bueno, en ese caso”, le repliqué, “yo lamentaría mucho que en mi término municipal, del cual soy alcalde, ocurriera un hecho semejante, no sólo contra Ud. sino contra cualquier ciudadano. De modo que si hay algo que yo pueda hacer en su favor, lo haré con mucho gusto. Pero la verdad es que me cuesta mucho trabajo creer en eso. No obstante, si Ud. quiere, yo puedo acompañarlo hasta el Central Mabay y así podré ayudarle y comprobar lo que haya de cierto en su afirmación”.

“¡No sabe cuánto se lo agradecería!”, me contestó.

“Bien, pues ahora mismo podemos salir para allá en mi auto”.

Salimos y me puse al timón de mi auto Chevrolet acompañado por Jesús Menéndez, que iba en guayabera…bueno, todos íbamos en guayabera, y se sentó a mi lado, al lado de él, junto a la ventanilla, iba Paquito Rosales, detrás Riverón, Fleitas y Raúl Sánchez, joven empleado del ayuntamiento a quien le decíamos el Gallego.

Noté que Jesús Menéndez no llevaba revólver. Le pregunté:

“¿Pero Ud. no usa revólver?”

“Nunca uso revólver”, me contestó.

“Tampoco yo lo uso”, le dije, “porque cuando yo era muchacho veía a los políticos menocalistas y liberales siempre armados de tremendos cuarenta y cinco y con sombreros de jipijapa, y juré que si algún día yo fuere político no lo usaría. Y así lo he cumplido. Nunca uso revólver ni sombrero de jipijapa”.


Por este estilo íbamos conversando por el camino de terraplén que partía desde la carretera de Manzanillo hacia el Central Mabay. Había dos caminos para ir a Mabay, uno más largo que iba directamente al pueblo de Mabay que está al lado del ingenio, y otro más corto que conducía al ingenio por una colonia de caña en donde hay un portillo de entrada en esa colonia y de ahí en línea recta hasta un portón por el que se entra en el batey del ingenio. Cerca del portón había una casita de madera habitada por una mujer viuda de un obrero accidentado, que la administración le entregó para que ella cuidara de dicho portón o talanquera cuando venía algún vehículo, y como era la costumbre, todos le daban una propina a la mujer. Esta vez, cuando me iba se dirigía desde su casita al portón para abrirlo, lo cual era algo perfectamente normal. Lo que no era normal fue que cuando ya estábamos cerca vimos a dos guardias rurales armados en el portón. La mujer abrió antes de que nosotros llegáramos; pero cuando llegamos uno de los guardias nos dijo que tenían órdenes de no dejar pasar. Desde luego yo observé que estaban un poco nerviosos y que habían estado hablando como secreteándose apenas hubimos llegado. Le contesté al guardia:

“Yo soy el alcalde de Bayamo y nadie puede impedirme entrar aquí; de modo que si Ud. tiene una orden que cumplir, cúmplala, pues yo tengo la orden mía como alcalde de que nadie me puede impedir entrar”.

Y pisé el acelerador para entrar. Entonces me pidió que lo llevara hasta la oficina del ingenio a ver a su jefe, el capitán no sé qué. Le dije que sí y se montó en el guardafango del auto. Por supuesto que ellos, los soldados, me conocían, y no se imaginaron que yo pudiera ir ese día al ingenio, así es que no sabían qué hacer ante mi imprevista presencia…y nada menos que con Jesús Menéndez. Dentro del batey rodamos hasta la casa de las oficinas y parece que al oír el ruido del motor de mi auto salió de adentro el capitán jefe del Escuadrón 35 de Bayamo.





Debo aclarar que hasta hacía poco había sido jefe de dicho Escuadrón el Capitán Casillas Lumpuy, que después fue [sic] trasladado creo que para Palma Soriano. Durante el tiempo en que estuvo en ese cargo se portó correctamente conmigo como alcalde, y en algunas ocasiones en que su actuación no se ajustaba a la ley le llamaba la atención y se ponía en su lugar, porque es cierto que en el gobierno auténtico los militares estaban completamente sometidos a los dictados de las autoridades civiles.

Por eso el capitán al salir de la oficina y vernos bajar del auto acompañados del soldado que le habló enseguida del problema, se puso pálido y nervioso al recibir la sorpresa extraordinaria de verme a mí con los demás, entre los que venía Jesús Menéndez. Nos dirigimos hacia él; le presenté a Jesús Menéndez como líder azucarero y a los demás. Le dije:

“El señor Jesús Menéndez viene a hablar con el administrador del ingenio señor Bohorques, sobre un problema del diferencial azucarero. Dígame, capitán, ¿qué pasa aquí que veo guardias y que no me querían dejar pasar?”

“No, no pasa nada”, dijo el capitán muy nervioso y casi tartamudeando, “es que Ud. sabe, se trata de un problema que no tiene importancia. ¡Cómo no, ustedes pueden pasar! ¡Ya lo creo!”.

“Bueno, mire, el señor Menéndez quiere hablar con el señor Bohorques. Vamos a su casa”.

“Sí, ¡cómo no! Por aquí, él vive allí en aquella casa”, dijo.

Un poco más allá estaba la casa de vivienda del administrador señor Bohorques. Llegamos; tocamos; salió Bohorques; nos saludamos; le expliqué la misión que nos llevaba allí. Nos mandó a pasar inmediatamente y ya en su despacho nos invitó a sentarnos alrededor del buró frente al cual él se sentó. El capitán preguntó si podía quedarse a oír la conversación. El propio Menéndez le dijo que con mucho gusto, que allí no iba a tratarse ningún secreto, sino el problema del diferencial azucarero.

Durante un cuarto de hora aproximadamente estuvieron discutiendo el asunto con absoluta corrección por ambas partes. Al fin, el administrador señor Bohorques le dijo a Menéndez:

“¡Chico, yo creía que venías a otra cosa! Pero creo que tú tienes razón en este planteamiento. Vamos a hacer una cosa, vamos a firmar estos acuerdos mañana aquí mismo”.

“No, yo no puedo venir mañana porque tengo que ir al Central Estrada Palma, y de ahí a Manzanillo en donde permaneceré hasta mañana para ir después a Bayamo”, le contestó Menéndez.


“Bueno, entonces, mañana por la tarde nos reuniremos en el despacho del alcalde de Bayamo para firmar y dejarlo todo terminado, ¿le parece bien?”, dijo Bohorques.

“Me parece bien”, aceptó Menéndez.

“Esa es la casa del pueblo y tendré mucho gusto en ponerla a la disposición de ustedes”, dije yo en un tono festivo, contento al ver que aquéllo [sic] había terminado bien.

De ahí salimos para dirigirnos al paradero de Mabay, donde Menéndez y Paquito Rosales tomarían el gas car hacia Yara, cerca del límite del municipio de Bayamo y ya perteneciente a Manzanillo, para desde este lugar ir al Central Estrada Palma en un trencito de vía estrecha.

Al salir de la casa del administrador el capitán se despidió cordialmente de nosotros. Un poquito más adelante se acercaron cinco obreros del central que venían del pueblo situado al otro lado del batey y le dijeron a Menéndez:

“Venimos a verlo para que venga con nosotros a la casa del sindicato en el pueblo, pues allí están reunidos nuestros compañeros esperándolo para que les hable”.

“No es conveniente”, dijo Menéndez, “hablar en mítines y reuniones ahora pues cualquier palabra mal interpretada puede dar lugar a crear conflictos innecesarios. La mía consiste en hablar directamente con los administradores de ingenios para resolver este problema en favor de los trabajadores. Después que yo termine mi labor vendré el día que ustedes me señalen, para hablarles”.

Se despidieron y nosotros nos dirigimos, por el batey, hacia la salida que comunicaba con el paradero.

Cuando llegamos al paradero le dije:

“Me parece que Ud. tenía razón. Creo que efectivamente lo estaban velando. Me extraña todo ésto [sic]. Yo averiguaré qué es lo que pasa. Iré en cuanto pueda a ver al Presidente para plantearle este problema”.

“Yo se lo dije, alcalde, que estaba seguro de que me querían hacer un atentado aquí en Mabay. No sabe Ud. cuánto le agradezco que me haya acompañado hasta aquí, pues si no es por eso quién sabe lo que hubiera pasado”, me dijo en un tono que reflejaba un verdadero sentimiento de gratitud.

“¡Bueno! Creo que el peligro ha pasado ya…menos mal”, le dije. En eso llegó el gascar. Antes de subir me abrazó conmovido y me repitió:

“¡No sabe Ud. cuánto se lo agradezco!”.

Subió al gascar con Paquito Rosales. Nosotros regresamos a Bayamo haciendo comentarios sobre el caso y en cierto modo contentos porque había fracaso un atentado.

Ese mismo día, cuando me encontraba en mi casa en Bayamo, puse el radio para oír el noticiero de la CMQ. Alrededor de las ocho de la noche, no recuerdo bien la hora exacta. Como era la costumbre entonces, interrumpieron la transmisión con el “¡Flash! ¡Flash! ¡Última hora!... Acaba de caer abatido a balazos en la estación de ferrocarril de Manzanillo el líder obrero y representante a la Cámara Jesús Menéndez. Se dice que un tal Capitán Casillas Lumpuy es el que lo mató”.

La verdad es que me conmovió profundamente la noticia, pues en lo poco que lo traté observé que Jesús Menéndez era muy medido en sus palabras, muy dedicado a su labor y muy correcto en su trato, por lo que simpaticé con él en esa primera y única vez en que nos relacionamos.

Dos o tres días después vinieron a mi casa Riverón y Fleitas. Conversamos sobre el caso. Por distintos conductos había llegado el relato de lo sucedido, tanto de amigos míos que por casualidad estaban en la estación de Manzanillo cuando lo ocurrido, como de amigos de Riverón y Fleitas. Todos concordaban en los datos siguientes:

Jesús Menéndez se bajó en el paradero de Yara, primer pueblo que hay en la jurisdicción de Manzanillo cuando se va desde Bayamo hacia allá. Aquí tomó, junto con Paquito Rosales, un trencito de vía estrecha para ir al Central Estrada Palma. En este central habló con el administrador. Los obreros le pidieron también que les hablara en una reunión de trabajadores y él les dijo lo mismo que les había dicho a los de Mabay. Regresó a Yara por la misma vía para tomar aquí el tren de por la noche que iba de Bayamo a Manzanillo, a fin de regresar al día siguiente a Bayamo para firmar en la alcaldía la documentación del Central Mabay, como ya hemos dicho. En el paradero le esperaba el Capitán Casillas, aunque no estoy seguro si venía en el tren o ya estaba esperándole en la estación; pero allí estaba. Le dijo a Jesús Menéndez que él quería que lo acompañara, cuando llegaran a Manzanillo, al cuartel, para una entrevista que deseaba sostener con él. Menéndez le dijo que no tenía que ir a ninguna parte. Ya en el tren, Casillas se sentó a su lado y Paquito Rosales en el asiento de enfrente. Casillas insistía en un tono aparentemente amistoso para que lo acompañara, “porque, mira que te conviene, etc.”, con la negativa rotunda de Menéndez. Cuando llegaron a Manzanillo, había dos guardias armados en el andén esperando. Se bajaron y entonces Casillas le dijo:
Capitán Joaquín Casillas Lumpuy
“Bueno, chico, no me vas a acompañar”.

“No me fastidie más, compadre, ya le he dicho que yo no tengo que ir a ninguna parte con Ud.”, le contestó Jesús Menéndez, dándole la espalda. Ahí mismo cayó Jesús Menéndez cuando Casillas sacó el revólver y le tiró por la espalda. Paquito Rosales salió huyendo y Casillas se fue [sic] con los soldados dejándolo tirado en el piso del andén. Otras personas lo recogieron y llevaron para la casa del sindicato de Manzanillo, en donde lo velaron hasta su traslado para La Habana. En La Habana le hicieron el entierro. No hubo huelgas de protesta por parte del proletariado ni una seria protesta por parte del Partido Comunista, que tenía sus representantes y senadores en el Congreso. Poco después la esposa de Jesús Menéndez, cansada de pedir que se hiciera justicia y parece que decepcionada con sus propios compañeros, se suicidó pegándose fuego.

Esta visita de los comunistas Riverón y Fleitas tenía como objetivo preguntarme si yo podría hacer una carta de protesta por el crimen y exigir que se hiciera justicia, para publicarla en todos los periódicos. La hice. En ella expresaba, más o menos, que yo estaba seguro de que el gobierno auténtico haría justicia, etc., y que aunque yo no podía probarlo, era vox populi que el asesino había sido el Capitán Casillas, y pedía para éste el castigo más severo. No publicaron la carta en todos los periódicos, no sé por qué; pero sí en el periódico Hoy y en una revista azucarera cuyo nombre no recuerdo [Azúcar] y que publicaba el Sindicato del Azúcar.

Mientras tanto, el capitán Casillas, que tenía un querendango en Bayamo, venía con mucha frecuencia a la ciudad en un auto cuña con la capota baja. Se jactaba, haciendo correr la voz, y era cierto, que él andaba solo en el auto “a ver si hay algún timbaludo que se atreva a enfrentarse conmigo”. No hubo ningún timbaludo que lo hiciera de aquéllos [sic] a quienes correspondía hacerlo; pero yo, que no usaba revólver ni era “timbaludo”, pensando que podría encontrarme con él en cualquier momento y enfrentarnos a causa de mis declaraciones, tuve que usar revólver, por si acaso.

Efectivamente, uno de esos días iba yo caminando por la calle General García conversando con un conocido en dirección a la calle Saco, cuando vi a Casillas parado en la esquina de Saco y General García hablando con un amigo. Con esa rapidez mental que se apodera de uno en los momentos de peligro, me dije: “Si me bajo de la acera y cruzo la calle, para evitar un problema, se va a creer que le tengo miedo y entonces sí me va a atacar o me va a coger la baja. Tengo que seguir, pase lo que pase, y resolver de una vez”.




Así lo hice, hablando con mi acompañante, pero sin saber lo que decía y muy alerta para dispararle rápidamente si hacía cualquier movimiento sospechoso. Al pasar por su lado, lo miré, me miró, no me dijo nada, como en las novelas de guapos, yo seguí, crucé la calle Saco mirando de reojo por si hacía algo; pero no, se quedó muy tranquilo conversando con su amigo…y así ya yo sabía que ese no me haría nada. Después, en varias ocasiones, me topé con él, siempre sin hablarnos, y así per saecula saeculorum. Años más tarde cayó abatido a balazos al tratar de fugarse al ser cogido prisionero, en Santa Clara, por los rebeldes. Sic poenam dedit.

Por esa época ya se había producido la escisión del partido auténtico. Yo estaba con Chibás y eso me impidió ver al presidente Dr. Ramón Grau San Martín. No obstante, se supo que el autor intelectual del complot había sido el General Genovevo Pérez, jefe del ejército, que por dinero que le dieron algunos dueños de ingenios que no cumplían con la ley del diferencial azucarero, se prestó a ese crimen. Ignoro qué ha sido del gordo General Genovevo Pérez, pero supongo que estará disfrutando tranquilamente del producto de su crimen en algún lugar del planeta.

Estos recuerdos han sido escritos para la señora Josefina Ruiz, escritora inteligentísima que necesitaba estos datos para escribir sobre la vida y muerte de Jesús Menéndez, lo que ha hecho con pena, pero con suma complacencia, el doctor Alberto Saumell Soto, Abogado Emérito de Bayamo, en primero de noviembre de 1977.

Friday, January 28, 2022

LA PALABRA GUAGUA ENTRE CUBANOS



Por Antonio Gómez Sotolongo

A estas alborotadas horas los buques despachados levan sus anclas para transportar nuestros preciosos frutos a países lejanos; los vapores de Regla comienzan su incesante crucero de una banda a otra de la bahía, así como las guaguas lo verifican desde Marianao a la plaza de armas.

En Cuba, el ómnibus de sangre o guagua fue, durante buena parte del siglo XIX -y deplorablemente lo ha vuelto a ser desde finales del siglo XX-, un medio de transporte público y colectivo que se utilizó para dar solución a la necesidad de mover, en un espacio urbano cada vez más extenso, en el que se desarrollaba un vertiginoso comercio, a grupos numerosos de pasajeros que no disponían de un medio de transporte privado. En cuanto a la aparición de aquellos carruajes en las calles de La Habana José María de la Torre[1], nos dice que:

Los ómnibus (cuyo origen se remonta al siglo pasado), se establecieron primero desde Regla a Guanabacoa en 1839 y después desde el Cerro a la Habana, en 1840; los de Jesús del Monte en 1844; los de Príncipe en 1850, y los del Cerro a Marianao, en 1855.

En cuanto al significado de la palabra guagua entre cubanos, Esteban Pichardo[2] registra en su Diccionario tres acepciones; la primera, «cualquier cosa que no cuesta dinero ni trabajo, o de precio baratísimo, y cuando se espresa en modo de adverbio De guagua», y especifica en cuanto a esta acepción que «antes se decía de Guaguanche[3], de gorra»; la segunda, «Insectillo especie de cochinilla[4]»; y la tercera, «especie de coche u ómnibus usados en la Habana para viajar a los suburbios por un estipendio tan barato que le ha merecido la aplicación de aquella palabra, o quizá por la Inglesa Wagon».

De estas tres acepciones es posible encontrar numerosas referencias en la prensa periódica, en la literatura, en documentos y en diccionarios de la época. Las siguientes las he tomado del Diario de la Marina y en ellas se puede apreciar el uso de la palabra guagua como sinónimo de gratis o barato: 

Noticias Locales. Tacón. Escauriza. El Circo.  (DM, 7 mar. 1848). [...]. Escauriza rebosaba de gente, los paganos[5] estaban en razón de tres a uno con los «guagüeros[6]». [...].

Crónica Local. Guagua. (DM, 10 mar. 1852) Con este título nos remite un suscriptor lo siguiente: «Toda persona que quiera rapé sin que le cueste nada puede ocurrir a la calle de Factoría esquina a la de Vives, en cuya azotea ciernen picadura al viento».

En esta otra se relacionan los precios baratísimos con la guagua:

Crónica Habanera. (DM, 18 jul. 1847). [...]. No fue en Cuba donde existió el Paraíso, por más que digan los poetas. Sin mosquiteros, sin nieve y sin carruajes, no es una morada agradable nuestra patria.

Esto lo repetimos cada día, cuando achicharrados por el sol y casi ahogados con el polvo, entramos en la Lonja y apuramos un vaso del exquisito agraz helado que allí se destila, tomando después asiento en la económica Guagua para ir a respirar los aires del Cerro o de Jesús del Monte. [...].

Y en la siguiente se juega con dos de las acepciones de la palabra guagua: como gratis y ómnibus:

Noticias Locales. Guaguas de guagua. (DM, 19 nov. 1848). Por inconvenientes que no ha podido allanar la empresa no se estrenan ya mañana los coches de la nueva línea de Jesús del Monte, y los aficionados a la guagua tendrán que esperar algunos días para hacer el vieje redondo gratis.

En su obra citada[7], José María de la Torre nos dejó una hermosa página en la que podemos leer la palabra guagua como sinónimo de ómnibus, y ver, como en un grabado de Federico Mialhe, el vertiginoso comercio que se desarrollaba cada día en La Habana:

No bien resuena el estampido del bronce poco antes de despuntar el día cuando entran por las puertas de la ciudad los alegres campesinos, que con sus ayes lastimeros vienen de las inmediaciones, a abastecer los mercados con todo lo que un fertilísimo suelo ayudado del arte produce para sustento y regalo del hombre. Otros circulando por las calles de intra y extramuros, permanecen durante la mañana, ocupados en la venta por menor de sus provisiones. A estas alborotadas horas los buques despachados levan sus anclas para transportar nuestros preciosos frutos a países lejanos; los vapores de Regla comienzan su incesante crucero de una banda a  otra de la bahía, así como las guaguas (ómnibus) lo verifican desde Marianao a la plaza de armas; los vaqueros y lecheros invaden las plazas; los ligeros repartidores de periódicos serpentean por las calles introduciendo los periódicos por entre las rendijas de las cerradas puertas y ventanas; las iglesias van llenándose de ancianas, beatas y madrugadoras que corren a la primera misa de la mañana; los encargados de la limpieza de la ciudad comienzan la higiénica tarea de despejar las calles de cajones y barriles de pestilente basura: los cocineros salen con sus canastas a proveerse en los mercados, que progresivamente van llenándose de toda clase de gentes ocupadas en la venta por menudeo; las bodegas se abren para dar entrada a la multitud de jornaleros y obreros que concurren a ellas, bien a tomar la mañana, bien a desayunarse una taza de café, para marchar en seguida a sus respectivos trabajos.

Fue este vertiginoso comercio el que hizo necesario el uso de un tipo de transporte colectivo capaz de mover a numerosos grupos de pasajeros en una ciudad que se expandió rápidamente. Así que, visto lo visto, y leído lo leído, me es posible concluir que fue durante la primera mitad del siglo XIX, en La Habana, donde se comenzó a utilizar la palabra guagua para significar el ómnibus o diligencia, y muy probablemente fue extraída, por asociaciones metafóricas, de la síntesis de dos palabras: Wagon y guaguanche, y no solamente de la palabra inglesa como se ha repetido una y otra vez.

Este artículo fue publicado el 2 de septiembre de 2020 en el blog del autor. En línea: https://eltrendeyaguaramas2epoca.blogspot.com/2020/09/la-palabra-guagua-entre-cubanos.html



[1] Torre, José María de la. 1857. Lo que fuimos y lo que somos o la Habana antigua y moderna. Habana: Imprenta de Spencer y Compañía, p. 120

[2] Pichardo, Esteban. 1862. Diccionario provincial casi razonado de vozes cubanas. Tercera edición, notablemente aumentada y corregida. Habana: Imprenta La Antillana, p. 120

[3] Pichardo registra en la misma obra y página que el guaguanche era un pez muy abundante en los mares de Cuba, y que la palabra se utilizaba como modismo que significaba «lo mismo que de guagua».

[4] En la actualidad se conoce en Cuba la Guagua verde de los cítricos, un insecto que ataca a las plantaciones jóvenes.

[5] Los que pagaron el billete de entrada.

[6] Los que no pagaron

[7] Torre 1857, 174

Thursday, January 27, 2022

Entrega de El Titán a Felipe Lázaro


Video del acto realizado por el Centro Cultural Cubano de Nueva York en ocasión de la entrega de su primer premio El Titán al editor, editor y poeta Felipe Lázaro. El acto se realizó en el aniversario 35 de la fundación de la Editorial Betania en Madrid, España, en enero de 1987, editorial que ha servido para publicar la obra de cientos de escritores cubanos exiliados y de muchos otros silenciados dentro de la Isla.

Wednesday, January 19, 2022

La muerte de Rodríguez. Un fusilamiento en Cuba asolada por la guerra*

 

Por Richard Harding Davis. New York Journal. Febrero,1897

Adolfo Rodríguez era el único hijo varón de un campesino cubano que vive a nueve millas de Santa Clara, más allá de las lomas que rodean la ciudad por el norte.

Al estallar la revolución el joven Rodríguez se unió a los insurgentes, dejando a su padre, madre y dos hermanas en la finca. En diciembre de 1896, cuando fue arrestado por un destacamento de la Guardia Civil, unidad selecta del ejército español, se defendió con el machete hiriendo a tres guardias.

Fue juzgado por un tribunal militar por alzarse en armas contra el gobierno y condenado a ser fusilado una mañana de tantas, antes del amanecer.

Lo recluyeron en la prisión militar de Santa Clara junto con otros treinta insurgentes, todos condenados a morir, uno tras otro, en mañanas sucesivas a partir del fusilamiento de Rodríguez.

El fusilamiento se llevó a cabo en la madrugada del 19 de enero, a media milla de la ciudad, en la llanura que se extiende desde las fortificaciones hasta las lomas tras las cuales había vivido Rodríguez por diecinueve años. Al morir había cumplido los veinte.

Fui testigo de su fusilamiento, y lo que sigue es el relato de cómo enfrentó la muerte. Los amigos del joven no pudieron estar presentes porque habría sido temerario presentarse en medio de aquella multitud. Quiero pensar que aunque Rodríguez no pudo saberlo hubo allí, en el momento de su muerte, un espectador involuntario y compasivo que se consideró su amigo.

Aunque eran más de las cinco de la mañana cuando el pelotón de soldados emprendió la marcha de salida del pueblo, la luna llena de la noche anterior aún brillaba, penetrando la bruma. Iluminaba las dos millas de llanura interrumpida por crestas y barrancos, y cubierta de matorrales, cactos y palmitos. La neblina se asentaba en las hondonadas de las crestas, como anchos lagos, y a un costado de la llanura se veían las murallas de la ciudad antigua. Del otro lado se alzaban lomas cubiertas de palmas reales, tan blancas a la luz de la luna como centenares de columnas de mármol. Entre las fortificaciones se extendía a intervalos regulares una hilera de fogatas prendidas por los centinelas durante la noche, que resplandecían.

Pero a medida que avanzaba el día y palidecía la luz de la luna se iban apagando los fuegos, y cuando creció el número de soldados la luna era ya una bola blanca en el cielo, sin brillantez alguna. De las fogatas sólo quedaban cenizas, y el sol no acababa de nacer.

De tal suerte que aún después de formar filas a lo largo de tres lados de un cuadrado hueco, los hombres apenas podían verse unos a otros en la luz incierta del amanecer.

Eran unos trescientos soldados, miembros del Cuerpo de Voluntarios. Se desplegaron en la llanura detrás de su banda, que tocaba una garbosa marcha a tiempo doble mientras los oficiales galopaban sobre la hierba de un lugar a otro en busca de un lugar idóneo para el fusilamiento. Más allá de las filas de soldados la banda militar continuaba tocando alegremente.

Unos cuantos hombres y muchachos, que habían abandonado el lecho atraídos por la música, se movían en las crestas de las lomas, detrás de los soldados y a medio vestir, sin afeitar, soñolientos, bostezando y estirándose nerviosamente mientras titiritaban en el aire frío y húmedo de la mañana.

Por disciplina, o dada la naturaleza de su cometido, o porque sólo estaban medio despiertos, los soldados no hablaban en las filas y permanecían inmóviles, apoyados en los rifles, de espaldas a la ciudad, mirando hacia las lomas allende la llanura.

Detrás de los soldados el grupo de hombres también guardaba un adusto silencio. Sabían que cualquier cosa que dijesen sería tergiversada en palabras de apoyo al condenado o de protesta contra el gobierno. Así que nadie habló; hasta los oficiales daban órdenes en hoscos susurros, y los hombres insertos en la multitud no se juntaban sino que se miraban con sospecha unos a otros, guardando distancia.

Aumentaba la luz y con ella llegaba a la carrera un grupo grande de personas encabezado por dos figuras vestidas de negro. Los soldados se colocaron en posición de atención, y parte de la doble fila se replegó abriendo el cuadrado.

En nuestro país el condenado a muerte camina una distancia corta desde su celda al cadalso o hasta la silla eléctrica, y los muros de la prisión lo ocultan de la vista de los demás. Aún así suele ocurrir que el corto viaje resulta demasiado largo para sus fuerzas y su coraje.

Pero esta mañana los españoles misericordiosos obligaron al prisionero a caminar por más de media milla sobre un escabroso campo abierto. Yo pensé que vería a este hombre, sea cual fuese su fortaleza en otros momentos, dando traspiés y vacilando en su cruel trayectoria. Pero al acercarse pude ver que iba al frente de todos los demás, que los sacerdotes a cada lado de él daban dos pasos por cada uno de los suyos, tropezando con sus vestimentas y en los hoyos en su afán por mantenerse a la par del condenado, y que caminaba erecto con aire marcial, a paso rápido a la cabeza de ellos.

Buen mozo, de cara amable al estilo campesino, tenía barba puntiaguda y leve, grandes ojos melancólicos y una amplia cabellera negra y ensortijada. Era demasiado joven para tamaño sacrificio, y parecía más napolitano que cubano. Bien podrías imaginártelo sentado cómodamente al sol en los muelles de Nápoles o Génova, mostrando con la risa su blanca dentadura. Llevaba al cuello un escapulario nuevo, por sobre su camisa de lino.

Aunque parezca una ligereza en un momento como este, confieso que sentí gran satisfacción cuando vi que el cubano, al pasar por mi lado, llevaba un cigarrillo entre los labios, sin arrogancia ni bravuconería pero sí con el aire despreocupado de un hombre que marcha hacia el castigo sin miedo, haciendo saber a sus enemigos que lo pueden matar pero no asustarlo.

Todo terminó muy pronto, bruscamente, con misericordiosa rapidez salvo por un terrible error. La multitud se detuvo al llegar a las filas de soldados que formaban el cuadrado. El condenado, los sacerdotes y el pelotón de fusilamiento de seis jóvenes voluntarios entraron al cuadrado y la fila se cerró tras de ellos.

El oficial que sujetaba la cuerda que ataba las manos del cubano a la espalda y pasaba por su pecho la dejó caer en la hierba y desenvainó la espada. Rodríguez dejó caer el cigarrillo de los labios, se inclinó y besó el crucifijo que el sacerdote le ofrecía.

El sacerdote de mayor edad se hizo a un lado y rezó rápidamente en un alto susurro mientras que el otro, más joven, se alejó hasta colocarse detrás del pelotón de fusilamiento, se cubrió la cara con las manos y se volvió de espaldas. Ambos habían pasado las doce horas anteriores junto a Rodríguez en la capilla de la cárcel.

El cubano caminó hasta el sitio que le indicó el oficial, dio la espalda al cuadro de soldados y volvió la cara hacia las lomas y el camino entre ellas que conducía a la finca de su padre.

Cuando el oficial dio la primera voz de mando el reo se enderezó hasta donde lo permitían sus ataduras, levantó la cabeza y fijó la vista inmóvil en la luz matinal que acababa de asomar por sobre el lomerío.

Su aspecto era de tanta indefensión patética, pero al mismo tiempo de tanto valor y dignidad que al instante me hizo recordar la estatua de Nathan Hale que se alza en el parque del ayuntamiento por encima del ruido de Broadway, brindando una lección diaria a las multitudes que en pos del dinero pasan bajo ella.

Los brazos del cubano, como los de la estatua, estaban atados, y estaba parado en firme con el peso del cuerpo descansando sobre los talones como soldados en formación, con la cara levantada y sin temor, como en la estatua. Pero con esta diferencia: aunque probablemente estaba tan dispuesto a dar seis vidas por su patria como lo estuvo el rebelde americano, a Rodríguez, por ser sólo un campesino no se le ocurrió decirlo, y por ende no vivirá en bronce durante muchas vidas de otros hombres, sino que será recordado simplemente como uno de los treinta cubanos fusilados en Santa Clara al amanecer de cada día.

El oficial había dado la orden, los hombres habían levantado los fusiles, el condenado había oído el sonido del cerrojo de las armas y había permanecido inmóvil. Entonces ocurrió un acto de tortura del más cruel refinamiento imaginable, aunque fue accidental. Cuando el oficial levantaba la espada lentamente y se preparaba para dar la señal, uno de los oficiales cabalgó hasta él y en silencio le señaló algo que yo había observado con cierta satisfacción, y era que el pelotón de fusilamiento, debido a su colocación, al disparar haría blanco en varios de los soldados apostados en el extremo opuesto del cuadro que habían formado.

El capitán de la tropa hizo una señal a sus hombres para que bajasen los fusiles, caminó por la hierba y puso la mano sobre el hombro del prisionero que aguardaba.

No resulta agradable pensar en el choque emocional del condenado. El hombre se había armado de valor para recibir una descarga de balas por la espalda. Creía que en un instante se encontraría en otro mundo. Había escuchado la orden y el sonido al montar los rifles Máuser, y en ese momento supremo una mano humana se posó en su hombro y una voz le habló al oído.

Uno esperaría que cualquier hombre arrancado así de regreso a la vida se sobresaltara, temblando ante el aplazamiento de la condena, o se desmoronara del todo. Pero este joven volvió la cabeza sin vacilación, siguiendo con la vista la dirección que el oficial le indicaba con la espada, y entonces asintió solemnemente con la cabeza, se cuadró de hombros, se colocó en el nuevo lugar, y enderezó la espalda manteniéndose erecto.

Esta demostración de dominio de sí mismo supera sin duda alguna los actos de heroísmo en combate, alentados por miles de compañeros. Este hombre estaba solo, mirando hacia sus lomas tan conocidas, con sólo enemigos a su alrededor y sin ninguna fuente de la que tomar más fuerzas que las que había en su fuero interno.

El oficial al mando del pelotón de fusilamiento, molesto por su metida de pata, desenvainó la espada apresuradamente, los soldados apuntaron con los fusiles, el oficial alzó la espada, la bajó y el pelotón disparó. La cabeza del cubano cayó súbitamente hacia atrás, casi entre los hombros, pero el cuerpo cayó lentamente, como si alguien lo hubiese empujado suavemente por detrás y el hombre hubiera tropezado.

El joven cayó de costado sobre la hierba mojada, sin un solo movimiento ni sonido, y quedó inmóvil.

Costaba creer que él se proponía quedarse allí, que todo terminaba así, sin una palabra, que el hombre vestido de lino no se levantaría y continuaría caminando en dirección a las lomas, como parecía haber comenzado a hacerlo, hasta su casa. Costaba creer que no había alguna equivocación en todo esto, o cuando menos que alguien lo lamentaría, o diría algo, o correría a levantarlo del suelo.

Pero, afortunadamente, él no necesitaba ayuda, y los sacerdotes regresaron – el más joven con lágrimas bañándole el rostro – se pusieron sus vestiduras y leyeron un breve responso por su alma, mientras el pelotón de fusilamiento permanecía de pie con las cabezas descubiertas, los soldados que formaban el cuadro hueco arreglaban sus arreos, cambiaban las armas de posición y se alistaban para la orden de marchar, en tanto que la banda comenzaba a tocar de nuevo a doble tiempo tras la interrupción causada por la descarga de fusilería.

El cuerpo continuaba sobre la hierba, sin que nadie lo tocara, y nadie parecía recordar que había llegado allí por sus propios pies, ni se dieron cuenta que el cigarrillo seguía encendido como un pequeño círculo de fuego vivo en el lugar donde el hombre se había parado desde el principio.

Ese cuerpo pertenecía ya al pasado, y el pelotón se sacudió como una serpiente enorme, se deshizo en pedazos pequeños y comenzó a marchar alegremente, tropezando en la hierba alta y tratando de mantener el paso al compás de la música.

Los oficiales dirigieron a los soldados al pasar cerca del cuerpo en el traje de lino, tan cerca que los que cerraban la marcha tuvieron que separarse de la columna para no pisarlo. Cada soldado al pasar volteaba a ver el cuerpo, algunos estirando el cuelo con curiosidad, otros mirándolo despreocupadamente y algunos sin ningún interés, como si estuviesen viendo una casa a la vera del sendero, o una carreta que pasaba por allí, o un hoyo en el camino.

Un joven soldado tropezó con una enredadera y cayó hacia adelante justo frente al cuerpo. Enrojeció visiblemente ante la risa burlona de sus compañeros. Los espectadores soñolientos emprendieron la marcha a ambos lados de la banda militar. Ellos también habían olvidado lo sucedido. Los sacerdotes guardaron sus vestiduras en una bolsa, se arroparon en sus pesadas capas y se apresuraron a seguir a los demás.

Todos parecían haber olvidado el cuerpo con excepción de dos hombres que venían lentamente hacia él desde el pueblo conduciendo una carreta con un ataúd sin cepillar, cada uno con un cigarrillo entre los labios y el cuello envuelto contra las brumas de la mañana.

En ese momento el sol, cuya salida prometía un brillo que se advertía ya sobre las lomas, apareció de repente en todo el esplendor del trópico, como una esfera roja y feroz, llenando el aire de luz y de calor.

Las bayonetas de la columna de soldados en retirada refulgían, un gallo cantó con brío en una finca vecina, una docena de trompetas contestó el reto con las alegres notas del toque de diana, y desde toda la ciudad las campanas de las iglesias llamaron a las primeras misas del día. La ciudad de Santa Clara y su mundo todo parecía desperezarse y despertar para dar la bienvenida al nuevo día.

Pero al unirme al final de la procesión y mirar hacia atrás, la figura del joven cubano que ya no formaba parte del mundo de Santa Clara dormía sobre la hierba mojada, con los brazos inmóviles aún atados fuertemente a la espalda, el escapulario torcido sobre la cara y la sangre de su pecho derramándose en el suelo que él quiso liberar.

*Traducido por Guillermo A. Belt, miembro de nuestra academia.

Saturday, January 15, 2022

La violencia y los cambios políticos en Cuba*


Por Vicente Morín Aguado

El 10 de octubre de 1868 Carlos Manuel de Céspedes se alzó en armas contra el poder de España, leyendo una proclama ante un centenar de esclavos, liberados en el acto, junto a un puñado de seguidores, marcando un hito en la historia de la violencia como medio de los opositores para alcanzar sus objetivos frente al poder político establecido.

El Manifiesto del 10 de octubre es de hecho nuestra primera declaración de independencia, no fue consensuada como lo hicieron antes en Filadelfia los firmantes de la universal carta de la libertad norteamericana, no podía serlo, quien entonces se convertía en Padre de la patria, actuaba con la urgencia de una orden de arresto en su contra, felizmente interceptaba en el cercano Manzanillo por un familiar.

Conspiraciones y acciones armadas anteriores habían terminado en la ejecución por garrote vil de los principales implicados, el abogado bayamés, hombre de palabra y acción, de entre sus razones para acudir a la violencia, la primera suscrita fue que “España gobierna la isla de Cuba con un brazo de hierro ensangrentado.”

Desde entonces la violencia de los amantes de la democracia, todo lo opuesto al poder despótico de la monarquía ibérica, debió enfrentar en nuestra patria un combate desigual, signado además por la impronta de Cuba en el mundo. Céspedes lo consigna en sus palabras de nuestro Día de la Independencia:

“Cuando un pueblo llega al extremo de degradación y miseria en que nosotros nos vemos, nadie puede reprobarle que eche mano a las armas para salir de un estado tan lleno de oprobio. El empleo de las más grandes naciones autoriza ese último recurso. La isla de Cuba no puede estar privada de los derechos que gozan otros pueblos, y no puede consentir que se diga que no sabe más que sufrir. A los demás pueblos civilizados toca interponer su influencia para sacar de las garras de un bárbaro opresor a un pueblo inocente, ilustrado, sensible y generoso.”

Si cambiamos la monarquía absoluta por el totalitarismo castrista, al paso de siglo y medio, salvando distancias obvias, estamos en las mismas.

La proclama contiene un primer concepto de la mayor importancia, se dice último recurso, porque los rebeldes del sesenta y ocho acudieron a las armas luego de intentar infructuosamente convencer al poder de la necesidad de los cambios.

Décadas de intentos reformistas terminaron en el fracaso de la llamada Junta de Información, convocada por el ministro español de la corona Cánovas del Castillo, que solo un año antes del alzamiento fue disuelta por la arrogancia colonial cuando, lejos de hacer concesiones, decretó nuevos impuestos, en tanto el llamado “Cuerpo de voluntarios”, combinado con una concentración cada vez mayor de tropas regulares, reforzaron la represión.

¿Qué distingue al uso de las armas con fines políticos, si de nuestra causa se trata?

Al precepto anterior debe agregarse la definición de un objetivo civilista, democrático, republicano, ajeno a toda dictadura. Una vez alzados, no pasó un año y ya en Guáimaro se proclamó una constitución donde el poder civil estaba por encima de las prerrogativas militares, inclusive la cámara legislativa podía destituir al Presidente de la estrenada República en Armas.

Sin ánimos de historiar, desde la enseñanza secundaria sabemos del Pacto del Zanjón, la infructuosa Guerra Chiquita y por fin, la gran guerra del 95, que dio paso a la intervención norteamericana, cuyo colofón fue la República, inaugurada en 1902.

El general pacificador Martínez Campos enfrentó, de un lado la protesta, cara a cara, de su homólogo libertador Antonio Maceo, en Mangos de Baraguá (15 de marzo de 1878), ambos masones, por cierto, uno europeo blanco, el otro negro antillano; paralelamente la Isla conoció de nuevos intentos reformistas, al permitir las autoridades coloniales el surgimiento del Partido Liberal Autonomista en 1878.

Fue el primer partido político de nuestra historia, muchas de sus figuras ocuparon importantes cargos durante la república, en plena concordancia con una proclama inusual si consideramos la tradicional intransigencia cubana, dada a conocer por Máximo Gómez desde el central Narcisa, Yaguajay, en diciembre de 1898.

Previendo el futuro republicano, el General en Jefe del Ejército Libertador aconsejaba:

“Para andar más pronto el camino de la organización nacional elegid para directores de nuestros destinos, a los hombres de grandes virtudes probadas, sin preguntarles en dónde estaban y qué hacían mientras Cuba se ensangrentaba en su lucha por la Independencia.”

El autonomismo ha sido tratado malintencionadamente por el oportunismo historiográfico, ligado a la política, dominada por la supuesta legitimidad de la violencia como único recurso posible.

Según el profesor Luis M. García Mora, este reformismo, digamos tardío, “…condensaba las principales preocupaciones de las elites criollas y concretaba los problemas del momento. Un programa que, en definitiva, reflejaba el más puro sentido liberal (libertad de imprenta, reunión y asociación) y, en último término, la admiración al sistema de autogobierno que el liberalismo británico había instaurado en el Canadá”.

Entre 1878 y 1894, hasta el fracaso de una nueva convocatoria reformista desde Madrid, esta vez del ministro Maura, terminó imponiéndose la terquedad: ni los hijos de Sagunto y Numancia veían a bien el liberalismo británico, ni los criados bajo el sol tropical estaban dispuestos a jurar lealtad a Rey alguno, así fuera formalmente.

Siguiendo el curso de los acontecimientos, entra en liza premonitoria la ética política de José Martí, al fundar el Partido Revolucionario Cubano (PRC), casi al final de una década de exilio en los Estados Unidos (abril de 1894).

El bien llamado apóstol de nuestras libertades aporta detalles sustanciosos al uso de la violencia como instrumento revolucionario. La explicación está contenida en las bases fundacionales de la organización:

“Artículo 5°- El Partido Revolucionario Cubano no tiene por objeto llevar a Cuba una agrupación victoriosa que considere la Isla como su presa y dominio, sino preparar, con cuantos medios eficaces le permita la libertad del extranjero, la guerra que se ha de hacer para el decoro y el bien de todos los cubanos, y entregar a todo el país la patria libre.”

Al aceptar la violencia armada como último y obligado recurso, el Maestro por antonomasia, previene que una agrupación instituida para conseguir la república no puede aprovechar sus indudables ventajas de triunfador para dominar luego en la política nacional. El papel del PRC se limitaría a entregar a todo el país la patria libre.

Sobre la contienda militar que conscientemente se estaba provocando, abundan las advertencias en cuanto a su alcance, métodos y moderación. El Manifiesto de Montecristi, firmado por Martí y Gómez en la humilde vivienda campesina del dominicano, electo General en Jefe del Ejército Libertador de Cuba, (25 de marzo de 1895), expresa ante el mundo que:

“Sólo es lícito al Partido Revolucionario Cubano declarar su fe en que la revolución ha de hallar formas que le aseguren, en la unidad y vigor indispensables a una guerra humana, benéfica y culta, el entusiasmo de los propios cubanos, la confianza de los españoles y la amistad del mundo.”

Nunca antes un partido político, unos líderes dispuestos al combate, hablaron con similar diafanidad de hacer una guerra “humana, benéfica y culta”. No debe extrañarnos, la ética martiana había mostrado sus definiciones muchas veces. El también brillante periodista en suelo estadounidense, al comentar en 1883, el homenaje al recién fallecido Carlos Marx enfatizó:

“Espanta la tarea de echar a los hombres sobre los hombres. Indigna el forzoso abestiamiento de unos hombres en provecho de otros. Mas se ha de hallar salida a la indignación, de modo que la bestia cese, sin que se desborde, y espante.”

Cualquier forma de dictadura, incluida la del proletariado, era rechazada por el ideario martiano.

A propósito, recalcamos que Máximo Gómez Báez fue electo, no designado ni auto propuesto, Jefe militar supremo, después de una votación convocada por el PRC entre todos los veteranos activos de las luchas independentistas anteriores.

Martí murió apenas iniciada su experiencia militar en los campos de Cuba libre, Gómez y Maceo comandaron la invasión a occidente, campaña militar que le hizo escribir al general Daniel E. Sickles, veterano de la guerra civil norteamericana: “La marcha de Gómez, desde el punto de vista militar, es tan notable como la de Sherman, debemos poner a Gómez y Maceo en la primera fila de la capacidad militar.”

A pesar de estos méritos incuestionables, la guerra no parecía concluir en breve, generosa y humana como la pensara el Maestro. Todo lo contrario, la tea incendiaria impuesta por los libertadores arruinó la agricultura, considerada la fuente de ingresos principal del colonialismo, cuya respuesta fue aún peor, al decretarse el llamado Bando de la Reconcentración de Weyler, antecedente tropical del fascismo europeo.

Maceo se quejaba, según cuenta su Jefe de Estado Mayor, el general catalán Miró Argenter, de la urgencia por lo que llamaba el Ayacucho cubano,interprétese, una batalla decisiva que pusiera final a la contienda.

Los mambises dominaban en los campos, ocasionalmente hacían incursiones tomando por breve tiempo algunas ciudades menores, pero les era imposible mantener la conquista. España había concentrado en la Isla 200 mil soldados frente a no más de 5000 del bando libertador. Sumando el dominio sobre el mar y las numerosas fortificaciones urbanas de gran tamaño, la guerra se mostraba interminable.

Finalmente, los Estados Unidos, desde siempre un expectante vecino cada día más poderoso, le declararon la guerra a España, no sin antes reconocer el Congreso de Washington en una célebre Joint Resolution que “el pueblo de Cuba es, y de derecho, debe ser libre e independiente.”

Tuvimos al fin la República, signada con la controversial Enmienda Platt, igualmente votada en la capital norteamericana, cuyos 8 artículos tutelaban desde la Casa Blanca nuestra estrenada libertad.

La violencia no nos abandonó al izarse en el Morro la bandera de la estrella solitaria, alcanzó alturas poéticas cuando en su natal Matanzas, Bonifacio Byrne publicaba su poema Mi Bandera, el 5 de mayo de 1899, bajo la ocupación militar norteamericana. Cantemos al menos una estrofa:

Orgullosa lució en la pelea,
sin pueril y romántico alarde;
¡al cubano que en ella no crea
se le debe azotar por cobarde!

Es difícil encontrar un cubano que no sea capaz de recitar un fragmento de esta composición literaria claramente opuesta a la presencia extranjera en el país al cual regresaba Byrne, precisamente de un exilio en Tampa, EE. UU., obligado por la represión colonial.

No es fácil explicar cómo sociológicamente se trastruecan los sentimientos humanos, porque jamás el poeta hubiera podido publicar, incólume, sus versos durante la dominación española y faltaban casi dos años para ver flotar, única y soberana, la bandera que fue inspirada, como muchas otras, en los colores franceses de la libertad.

El irse a las armas siguió siendo práctica común en el país cuando un bando no lograba imponer sus propósitos o veía amenazados sus intereses, de lo cual dieron fe los liberales al levantarse en armas dos veces: 1906 y 1917.

Un nuevo hito de violencia inundó la vida urbana, vinculado a la prórroga de poderes que convirtió al presidente electo Gerardo Machado en dictador-1928-, quien empleó a la policía, el ejército y paramilitares en su afán por gobernar contra una mayoría opositora de amplio espectro. La respuesta fue igual de violenta, con la preferencia por los atentados con armas personales y los explosivos.

La impronta quedó sembrada en la vida nacional, desde entonces abundó el pistolerismo hasta en las universidades, cuya consecuencia mayor fueron planes premeditados, entre ellos destaca el asalto al cuartel Moncada por Fidel Castro.

La operación militar ejecutada en Santiago de Cuba el 26 de julio de 1953, ocurría después que el general Fulgencio Batista había desplazado con el apoyo del ejército y la policía al gobierno legítimo. Siguió una represión cada vez mayor a sus opositores, que igualmente respondieron, en escalada, con bombas, atentados y la formación de cuerpos armados para sacar al dictador de su lugar.

Sin embargo, Batista se mostró conciliador en cierta forma, otorgando un trato excepcionalmente blando a su oponente Fidel Castro, durante los dos años de una sentencia de 15, que cumplió en el Reclusorio Nacional de Isla de Pinos. La condena terminó en amnistía para el joven asaltante, junto a sus compañeros sobrevivientes de los sucesos del Moncada-mayo de 1955-, sin que, por ello, ni Fidel, ni su antiguo vecino entre las cercanas localidades orientales de Birán y Banes, Fulgencio, aceptaran un diálogo nacional propuesto en esa fecha por el veterano diplomático Cosme de la Torriente.

Lo peor fue que el dictador abandonó irresponsablemente el Palacio presidencial la madrugada del 1ro de enero de 1959, dejando a la desbandada al país, con un ejército que en lo fundamental se mantenía intacto frente a los cientos de rebeldes comandado por el hombre del uniforme verde olivo.

El alegato de Castro ha recorrido el mundo bajo el título La Historia me absolverá. Del texto copiamos:

“Había una vez una república. Tenía su Constitución, sus leyes, sus libertades, Presidente, Congreso, tribunales; todo el mundo podría reunirse, asociarse, hablar y escribir con entera libertad. El gobierno no satisfacía al pueblo, pero el pueblo podía cambiarlo y ya sólo faltaban unos días para hacerlo. Existía una opinión pública respetada y acatada y todos los problemas de interés colectivo eran discutidos libremente. Había partidos políticos, horas doctrinales de radio, programas polémicos de televisión, actos públicos, y en el pueblo palpitaba el entusiasmo. Este pueblo había sufrido mucho y si no era feliz, deseaba serlo y tenía derecho a ello. Lo habían engañado muchas veces y miraba el pasado con verdadero terror. Creía ciegamente que éste no podría volver; estaba orgulloso de su amor a la libertad y vivía engreído de que ella sería respetada como cosa sagrada; sentía una noble confianza en la seguridad de que nadie se atrevería a cometer el crimen de atentar contra sus instituciones democráticas. Deseaba un cambio, una mejora, un avance, y lo veía cerca. Toda su esperanza estaba en el futuro.”

Esta era la república que una abrumadora mayoría de cubanos saludó, aplaudiendo al Comandante victorioso recorriendo de oriente a occidente el archipiélago caribeño, bendecido por el año nuevo.

Si alguien tiene dudas de la traición premeditada de Fidel Castro a sus promesas previas a la conquista del poder, le recordamos que el 7 de febrero de 1959, cuando todavía no estaba planteado el conflicto con los Estados Unidos ni era ostensible su alianza con la Unión Soviética, después de una madrugada de conciliábulos en una casa del vedado, con el barbudo dirigiendo las propuestas, se deslizó subrepticiamente, al mejor estilo de una estafa vulgar, una reforma a la constitución de 1940, carta magna que sostenía la república reseñada por el Comandante en La Historia me Absolverá.

Sencilla y llanamente, volviendo a una práctica ejercida por el dictador derrotado y vilipendiado, el poder legislativo pasaba al Consejo de Ministros, y el Consejo de Ministros a su vez, era designado bajo personal supervisión del Primer Ministro, cargo ocupado por el propio Comandante en Jefe del Ejército Rebelde, con la rúbrica de un Presidente puesto a dedo por él mismo.

La provisionalidad de tal sistema de gobierno duró 17 años, hasta que en 1976 el Partido Comunista de Cuba ordenó un referendo, aprobando la nueva Constitución Socialista, cuyo artículo # 5, ¿recuerdan el mismo número en las bases del PRC martiano?, esta vez establecía la supremacía del partido único y gobernante sobre el estado y la sociedad en su conjunto.

La violencia resurgió, en abril de 1959 Fernando Pruna Bertot, de 23 años, se alzó junto a una decena de partidarios de la democracia, en las montañas de Pinar del Río. Ya en esos momentos cientos de opositores a la traición castrista estaban encarcelados, alrededor de mil combatieron a la nueva dictadura en el macizo montañoso de El Escambray, mientras en la fortaleza militar de La Cabaña, el Che Guevara mandaba con desbordado entusiasmo los pelotones de fusilamiento.

Este 2022 ha comenzado con más de 600 jóvenes detenidos en Cuba, a la espera de largas condenas tras las multitudinarias manifestaciones pacíficas del 11 de julio pasado. Decenas de ellos fueron ya sentenciados y cumplen prisión.

Resumiendo, la trayectoria de oposición No-Violenta en Cuba, cuyo hito inicial, no primer antecedente, está en la fundación del Comité Cubano pro-Derechos Humanos por Ricardo Bofill en 1976, los autores apelan a la probada experiencia del fin de diversas dictaduras de izquierda y derecha en el mundo, para finalmente concluir que:

“La resistencia no violenta es más capaz de movilizar a los ciudadanos para exigir cambios y también para obtener la solidaridad global, la sanción, el aislamiento político, diplomático y económico del régimen y las personas y entidades que violan los derechos de los cubanos, como se logró con el boicot al régimen de apartheid en la Sudáfrica segregacionista.”

A contrapelo, la dictadura continuista del títere Diaz-Canel actúa como si a su alrededor no pasara nada y el país siguiera en los mejores momentos de la dominación del déspota de las botas y el uniforme verde olivo, presuntuoso consumidor de literatura universal.

No obstante, el dilema de la Violencia como último recurso, o el apego a la paciente batalla de la No-Violencia, vuelve a plantearse, como en los tiempos de Céspedes y Martí, porque, a fin de cuentas, la democracia sigue esperando en Cuba.

Vicente Morín Aguado es periodista independiente asociado al Havana Times. Este es el 11no de varios trabajos exclusivos para el Instituto de Estudios Cubanos de Morín Aguado que ahora reside en los Estados Unidos.