Saturday, January 4, 2020

Martí, el incomprendido*

Por Enrisco
Entre el enredo con las dos Cármenes y el nacimiento de la hija de Carmen 2, al prócer cubano Nueva York le resultaba asfixiante. Así que se fue a Venezuela a refrescar. Al rato regresó a Nueva York donde estaba más a gusto con sus compatriotas conspiradores. Y donde los barcos iban y venían de La Habana con noticias y cartas. Digamos que era el sitio donde mejor se captaba la wifi del momento.
A eso se dedicó: a cartearse con generales de la guerra pasada y a incitar a los aspirantes a generales de la siguiente. Mientras tanto escribió Ismaelillo, poemario que habría revolucionado la poesía latinoamericana si lo hubieran leído cuando lo publicó, en la primavera de 1882. Se lo dedicó al hijo para que pudiera entenderlo a los 30 años más o menos. “Si alguien te dice que estas páginas se parecen a otras páginas, diles que te amo demasiado para profanarte así”. Tenía razón. Ni Martí ni sus versos se parecían a nadie.
Desde Nueva York Martí enviaba a las revistas más prestigiosas de Latinoamérica sus notas sobre la ciudad y la sociedad norteamericana. Mil y una formas que veía lo impresionaban, pero no le gustaban. En 1884 dirigió la revista La América, cuya redacción estaba en el 756 de la famosa Broadway y fue cónsul interino de Uruguay, puesto que ocupará oficialmente más tarde y también de Argentina y Paraguay. Días en que Martí lo mismo producía críticas de arte que pasaportes.
Pero la patria llamaba. Con insistencia y tremendo carácter. El proyecto más serio para liberar a Cuba del dominio español lo diseñaron el dominicano Máximo Gómez y el cubano Antonio Maceo. Martí fue a visitarlos al hotel Griffou para brindarle sus servicios y darles sugerencias. Llegó en mal momento. O más bien excepcional: Gómez iba a darse un baño. Mientras esperaban a que Gómez terminara, Maceo le explicó que lo de ofrecer sus servicios estaba bien, pero las sugerencias mejor se las guardaba en el bolsillo del chaleco. No lo dijo directamente, pero quedaba claro que los expertos eran ellos y no Martí que durante la guerra estuvo en cualquier parte menos en combate. Martí se fue ofendido y durante un buen rato se alejó de planes guerreros que iban fracasando uno tras otro.
Regresó Martí a firmar artículos y pasaportes, o a fundar la Sociedad Literaria Hispanoamericana de Nueva York. Hasta creó una revista para niños: La Edad de Oro; que escribía de tapa a tapa. Lo mismo adaptaba un cuento, que una biografía, que hablaba de arquitectura. “Para los niños es este periódico —decía en la presentación— y para las niñas, por supuesto. Sin las niñas no se puede vivir, como no puede vivir la tierra sin luz”, lo que estaba muy progre para la época. Hoy, sin embargo, le harían tragar los cuatro números de la revista por decir un par de líneas después “el niño nace para caballero, y la niña nace para madre”.
Y hablando de madres: Carmen 1 se le aparecía a cada rato con el niño en Nueva York. Y entre Pepito que no acababa de entender el Ismaelillo y Carmen 2 que seguía dando vueltas por ahí, no había manera que Carmen 1 y Martí se reconciliaran. Más fácil fue reconciliarse con Gómez y Maceo porque la patria, con todo y lo exigente que era, sí se dejaba querer por los tres. Así que, de regreso a su labor patriótica, a partir de 1887 cada 10 de octubre (fecha del inicio de la primera guerra de independencia) Martí daba un discurso a sus paisanos para enamorarlos con la idea de tener patria.
Si usted no cree en el poder de la palabra, espere al próximo capítulo.

*Publicado originalmente en Nuestra Voz

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