Thursday, May 25, 2023

Desde el referente Cuba, una propuesta para la interpretación de la historia (II) II- La cultura, cuerpo y razón del movimiento social

Por Vicente Morín Aguado.

Cultura es un concepto amplio, con diversas acepciones, cuyo valor histórico vamos a definir. Los arqueólogos adelantaron la esencia del término al catalogar sus descubrimientos, por ejemplo, Cultura taina, identifica a los indios arahuacos agroalfareros, existentes en las Antillas a la llegada de los europeos. Los Tainos habitaron el oriente cubano en su expansión de este a oeste desde la amazonia, se estima unos mil años antes del presente. Era la más avanzada de las culturas aborígenes del arco antillano.


La cultura caracteriza a los pueblos, de entre muchas anécdotas aleccionadoras, recuerdo la siguiente:

Orestes Ferrara Merino fue un joven italiano que, entusiasmado por las aventuras libertarias de Garibaldi, desembarcó en Cuba, cruzó la peligrosa trocha de Júcaro a Morón, barrera fortificada española que pretendía aislar la insurrección cubana en el oriente del país, incorporándose a las tropas de Máximo Gómez en Las Villas.

Proclamada la República en 1902, Ferrara llegaría a Presidente de la Cámara de Representantes, siendo Jefe de Estado su amigo personal y compañero de la manigua mambisa, el General José Miguel Gómez. (Presidente 1909 a 1913)

En uno de los debates parlamentarios, alguien desde su púlpito expresó con vehemencia: “Cuba puede llegar a ser la Suiza de América.” A seguidas llegó la respuesta tajante: “Si claro, pero deberíamos empezar a importar suizos.”

Los demagogos populistas deben sentirse heridos por frases de esta naturaleza, a sus seguidores ingenuos les digo, amigos, no se trata de que los suizos sean superiores a los cubanos, todos las personas somo iguales, merecemos iguales derechos, INALIENABLES, incluyen lo mismo al asesino convicto que al médico salvador de vidas. La diferencia es el asunto que hoy nos motiva, La Cultura y la historia.

A través de una milenaria evolución, los humanos fueron desarrollando, principalmente debido al trabajo, facultades que les permitieron adaptarse al medio, transformarlo en parte o en mucho, y a la vez estaban cambiándose a sí mismos. Se trata de un conjunto de conocimientos, habilidades, herramientas materiales, tradiciones, comportamientos, que conforman una particular relación humana con la naturaleza y entre las personas.

El término incluye desde cómo arar la tierra, el hábito de ahorrar dinero, cuidar las infraestructuras comunes, diseñar con belleza los artículos y herramientas, las llamadas bellas artes, hasta la actitud hacia los líderes comunitarios, llegando a la forma de gobierno generalmente aceptada.

Aunque el hombre es parte de la naturaleza, tal cual otro mamífero gregario, dada su capacidad de conocer el mundo, se presenta ante ella como algo diferente. Es una valiosa cualidad adquirida, a la vez, peligrosa, porque cuando asoma la arrogancia, suele hacerle olvidar su indudable pertenencia al medio natural del cual es parte.

Ese conjunto de cualidades humanas, que se expresan en lo individual y a la vez en colectivos, es LA CULTURA. Otra característica significativa de tan importante término es su constante evolución, dada la capacidad humana de proponerse nuevos retos, buscando apasionadamente mejorar el bienestar alcanzado, sinónimo de algún éxito en nuestra diaria y obligada relación con la naturaleza, y vale reiterarlo, la relación es también entre nosotros.

Por tanto, no existe una cultura dada de por siempre, veamos otro ejemplo de nuestra historia:

Hombre premonitor, característica de los líderes, José Martí, apóstol fundador de nuestra República, al escribir las Bases del Partido Revolucionario Cubano (Año 1892), advertía:

“El Partido Revolucionario Cubano no se propone perpetuar en la República Cubana, con formas nuevas o con alteraciones más aparentes que esenciales, el espíritu autoritario y la composición burocrática de la colonia, sino fundar en el ejercicio franco y cordial de las capacidades legitimas del hombre, un pueblo nuevo y de sincera democracia, capaz de vencer, por el orden del trabajo real y el equilibrio de las fuerzas sociales, los peligros de la libertad repentina en una sociedad compuesta para la esclavitud.” (Artículo No. 4)

Hay dos alusiones directas a la cultura predominante en la Cuba de entonces:

1-    El espíritu autoritario y la composición burocrática de la colonia.

2-    Los peligros de la libertad repentina en una sociedad compuesta para la esclavitud.

La nueva república nacería tras cuatro siglo de administración colonial, a escasos años de haberse abolido legalmente la esclavitud. Era evidente que ambas formas de enfrentar la vida laboral, las actuaciones en sociedad, la actividad política, pesarían en la conducta de los cubanos. Martí advertía sobre rasgos culturales negativos, que deberíamos erradicar para crear una nueva cultura de libertad, capaz de garantizarnos un mayor bienestar y éxito como nación.

El más brillante de nuestros próceres cayó en combate tres años después de suscribir esta premonición. ¿Logramos erradicar las malas costumbres?

La respuesta es un Si y un No. La evolución social transcurre en medio de contradicciones. Las sucesivas constituciones de 1901 y 1940, establecieron con claridad, sobre todo la segunda, la prevalencia de la igualdad de todos los cubanos ante la ley, los derechos de las minorías, y la plena prevalencia de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Otra cosa es la actuación de cada persona, de los diversos colectivos humanos, movidos por la voluntad de sus integrantes, en particular, bajo la influencia decisiva de los llamados líderes.

Por ejemplo, la campaña de saneamiento emprendida bajo la administración militar del general Wood, liderada por el sabio cubano Carlos Juan Finlay, además de erradicar la fiebre amarilla, dotó al país de una mejor red de caminos, mejoró la conducta de los ciudadanos en cuanto a la sanidad hogareña y en los espacios urbanos. El resultado: un cambio cultural beneficioso.

Sin embargo, todo movimiento social es en sí mismo contradictorio, las tradiciones, forma elemental de trasmisión de la cultura, suelen arraigarse y prevalecer mucho más tiempo del debido, cuando ya hay avances del conocimiento y experiencias válidas que indican la necesidad de ser cambiadas.

Hay una lucha incesante entre lo que está, es dado a una generación, y lo nuevo, lo que puja por nacer. No todas las tradiciones deben prevalecer, tampoco lo contrario. Este proceso mueve la sociedad más o menos rápidamente en un complicado cruce de direcciones, que tienden hacia un destino común, una flecha, diríamos un norte predominante, cuya ecuación final ha de ser el progreso.

Sin embargo, suelen existir equivocaciones colectivas, a partir de líderes carismáticos, que pueden llevarnos al borde de una catástrofe. Casos evidentes sobran, menciono la Alemania Hitleriana, el Japón de igual tiempo y, ya ustedes saben lo que ocurre ahora en nuestra patria, la querida Cuba.

De lo anterior se deduce otra conclusión, si bien la cultura es cambiante, a la vez está dada de por sí para una generación, en tiempo y espacio. La sociedad recibe esa herencia, que le es propia, y con ella actúa, creyendo que es la mejor forma de enfrentar los retos.

Volviendo a los suizos y los cubanos, es importante acotar otra particularidad de la historia, el desarrollo desigual. Suiza tiene una larga historia republicana que se remonta a la Edad Media, cuando aún Colón no había nacido. En Cuba diríamos de broma, cuando El Castillo del Morro era de yaguas. (La Yagua es una frágil hoja, desprendida de la porción alta del tronco de la Palma Real, árbol nacional cubano)

Mientras la esclavitud y el despotismo colonial corroían la sociedad nuestra, los suizos ejercitaban sus derechos en una república excepcional, enclavada entre los imperios europeos. Evidentemente, al hablar de cubanos y suizos, se trata de dos culturas distintas, con desiguales niveles de progreso social, y por tanto, este factor influye poderosamente en los resultados al enfrentar el medio que nos rodea.

Recordando a Cristoforo Colombo, el Gran Almirante de la Mar Océana, para muchos el marino mayor de todos los tiempos, al ejecutar su atrevida empresa marítima, sin preverlo, promovió con su voluntad y liderazgo, al mando de un puñado de hombres, la más grande revolución de la era moderna, redondeando definitivamente nuestro planeta a los ojos de sus habitantes, en especial, los gobernantes de las naciones existentes a finales del siglo XV.

Es triste apreciar el derribo populista de sus estatuas, culpando al excelso marino de la dominación colonial, incluyendo el genocidio sobre la población autóctona del Nuevo Mundo, sumada la esclavitud de los africanos al establecerse las plantaciones de cultivos de exportación en diversos parajes del inmenso territorio cuyo velo histórico descorrió el atrevido genovés.

Esclavitud, crueldad, guerras de conquista, genocidios, eran cosa común de la cultura euroasiática y africana desde mucho antes que Susana Fontanarrosa pariera a su hijo ilustre junto al mar de Liguria. Evidentemente Colón no estaba en la capacidad, tampoco formada parte de la cultura heredada de su tiempo, de irle a la contra al sistema de dominación imperante a finales del siglo XV.

Celebro que al menos los marxistas ortodoxos cubanos no han decretado todavía el derribo de sus efigies, aunque lamentablemente echaron abajo otras igual de importantes para contar con objetividad la historia nacional, de entre varias, la de Tomás Estrada Palma, primer presidente de la República.

Al lado de los innegables méritos que avalan al Almirante genovés, deberían competir en ventaja, sin derribarle, esculturas de quiénes retaron con valor e inteligencia a la cultura dominante, contribuyendo a que la historia diera un paso más hacia la civilización.

Una contrapartida notable fue Bartolomé de Las Casas, compañero de viaje de Colón en su segunda incursión americana. El obispo de Chiapas se adelantó a su tiempo, demostrando la otra cara de la cultura, cuya expresión es la constante voluntad humana por cambiar para mejor la sociedad.

La honestidad política e intelectual de este hombre extraordinario se revela en dos vertientes: de un lado, respetó y admiró la obra del marino, hasta el punto de copiar para la inmortalidad su Diario de Navegación del primer viaje, salvando el único testimonio escrito de la hazaña. A la vez, comprendió la incongruencia entre el descubrimiento europeo y el genocidio de la población nativa, dedicando su vida a la redención de los llamados indios.

Ha de notarse que inicialmente propuso liberar a los indios sustituyéndolos por esclavos africanos, que según teorías erróneas, dados los limitados conocimientos biológicos, eran considerados físicamente más resistentes a la rudeza del trabajo. Nada para reprocharle, hombre de su tiempo, actuaba en pleno siglo XVI, no en la época en que Google, con su rápido motor de búsqueda, me ha permitido confirmar en un segundo, la pertenencia del valiente Fraile a la orden de los Dominicos.

Seguiremos escribiendo, la próxima vez abordaremos el desarrollo desigual de los pueblos.

 

 

 

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