Por Antonio Gómez Sotolongo
A veces, buscando
una cosa encuentro otra, y eso me pasa también con las letras. Ya no recuerdo
lo que buscaba en las páginas del Listín Diario cuando encontré lo que voy a
contarles, quizás algún dato sobre las danzas cubanas, o puertorriqueñas a las
que desde el siglo XIX y muy entrado el XX le llamaban merengue, o quién sabe
qué. El caso es que me encontré de pronto con una hermosa escena habanera y no
pude hacer otra cosa que amarrar a San Dimas, con la fe puesta en que más tarde
encontraría lo que buscaba, y me dispuse a leer aquellas letras notadas al
pasar. Acababa de encontrar, en las páginas digitalizadas del Listín Diario, la hermosa crónica que a continuación transcribo:
LA FIESTA
DE DESPEDIDA DE GABRIELA MISTRAL EN LA COMEDIA DE LA HABANA.
Leyó la
ilustre intelectual sus poemas inéditos. El producto de esa fiesta cultural se
destinará a editar un tomo de poesías selectas de Martí.
(Sto.
Domingo. Listín Diario, 6 jul. 1931 pp. 1, 6) (De nuestra
redacción en la Habana)
Habana,
julio 1º. Bella y lucida fiesta la celebrada anoche en el
Principal de la Comedia, de esta capital. La gran poetisa chilena Gabriela
Mistral, leyó sus últimos poemas, todavía inéditos, en una fiesta cultural cuyo
producto será destinado a sufragar los gastos de la edición de un tomo de
prosas selectas del gran Martí, conforme a la iniciativa del Instituto de
Educación de la Liga de las Naciones, la cual se propone publicar en francés
obras de autores latinoamericanos.
Interesantísimo el
programa que los entusiastas propulsores de la fiesta, Francisco
Ichazo y Mariano
Brull, confeccionaron. La concurrencia muy selecta y brillante, integrada por un
escogido grupo de la intelectualidad cubana y por la concurrencia de
distinguidas personalidades del Cuerpo Diplomático extranjero y miembros del
servicio consular acreditado en esta capital. Entre aquellos, en primer
término, recordamos a su excelencia el Ministro de Chile, y el Embajador de la
República azteca, y entre los segundos al Cónsul General de Chile, nuestro
dilecto amigo Sr. Sebastián Q. Gelabert. Completaban la audiencia bellísimas
mujeres, poetas, escritores, artistas y una buena representación de la prensa
local y extranjera los cuales tuvimos la suerte de encontrarnos.
JOSÉ MARTÍ,
CABALLERO
Comenzó la sutil y
amable disertación de la señora Blanca
Z. de Baralt, que durante diez años de permanencia en Nueva York
conociera y tratara con casi diaria frecuencia al extremo de darle en su casa
hospitalidad, a José Martí. Dijo de cómo se hacía estimar y admirar el grande
hombre y fue señalando detalles de la conversación, de sus gustos y
preferencias, descubriendo rasgos esenciales en la reconstrucción de su
persona.

Teatro Principal de la Comedia (1921-1955)
«Recuerdo como si
fuera ayer, la primera vez que vi a Martí. Era yo jovencita de 18 años y le fui
presentada en una reunión. No tenía ausencias de él, era para mí un señor
cualquiera, un encuentro fortuito de sociedad. Mas a los pocos minutos de
conversación, con habilidad que no he visto igualada, sin interrogatorio, había
averiguado cuáles eran mis gustos, mis inclinaciones, mis esperanzas. Tocó la
hora del arte, señaló precisamente las obras que me apasionaban. Discutió
conmigo, cuadros, música y libros de la manera más natural, con absoluta
sencillez, sin hacerse sentir la diferencia que existe entre una niña y un
sabio. Del mismo modo se hizo conocer de mí. Pude apreciar al instante que era
un hombre superior, de vastos conocimientos y de alma grande. Nunca desmintió
aquella impresión primera. No quisiera dar aquí una idea de la frivolidad de
Martí sin indicar las mil facetas de su espíritu, abierto a todas las
manifestaciones de la vida y al punto me permitiré contar una anécdota que de
seguro sus historiadores desconocen. Pocos días antes de mi matrimonio, me dijo
Martí:
-Blanca: voy a pedirle un favor.
-Usted dirá. -dije.
-Quiero que me deje ver su trousseau.
-Bueno -exclamé-. Tal día irán mis amigas a casa; venga usted también, o un
poco antes si le parece.
Y continúa la
señora Baralt: «Llegó y con mi madre y mis hermanas estuvo examinando como un
chiquillo vestidos y sombreros, haciendo un fino comentario y poniendo nombres
a varios de ellos. Un tiempo después, encontrándome con mi marido, recordó la
prenda que había vestido y me dijo: Veo que lleva usted el sombrerito casto.
En otra ocasión reconoció el vestido discreto, o el abanico perverso,
nombres puestos por él el día de la exposición del trousseau.
Yo le recuerdo
-agrega la señora Baralt- como un joven de genio alegre, y sólo en los últimos
tres o cuatro años, cuando pesaban sobre su alma las grandes preocupaciones y
responsabilidades que entrañaban la idea de lanzar a su pueblo a la revolución
donde tenían que morir muchos combatientes, se tornó grave y pensativo. En los
meses que precedieron a la guerra del 95, cuando Martí era perseguido por el
espionaje de la colonia, cambiaba de residencia a menudo para despistar a los
agentes que le buscaban. Venía a veces a pedirnos albergue sabiendo que nuestra
casa era la suya; y cuenta mi marido que una noche en que Martí durmió en su
cuarto con él, lo despertaron unos suspiros profundos y unos quejidos
lastimeros.
-¿Que tiene, Martí?- le preguntó Luis alarmado. Abriendo los ojos exclamó:
¡Ay las madres, las madres, cuánta sangre y cuántas lágrimas van a correr en
esta revolución a que voy a lanzar a mi país! Sentía el peso de la tempestad
que iba a desencadenar y su alma sensible se condolía de los sufrimientos
inherentes a la revolución.
Habla luego la
señora Baralt de la gran facilidad que tenía Martí para escribir y comentar las
obras y poemas escritos por él durante aquellos años. Refiere a su biblioteca,
a sus libros predilectos, desde El Cuervo, de Poe, a Las noches,
de Musset. Comenta sus gustos e inclinaciones.
Dice: Su
preferencia por el chocolate, con poco azúcar, que acabamos de anotar, me
recuerda sus aficiones gastronómicas. Como verdadero artista, Martí tenía una
gran agudeza de los sentidos y el paladar estaba en él desarrollado al extremo.
Era gourmet a lo Brillat-Savarin y sabía combinar el menú de la comida
que hacía honor a la pericia de un embajador. Frugal en su sustento ordinario,
cuando se trataba de obsequiar a sus amigos sabía elegir los platos más
exquisitos y los vinos más raros, como experto que era en la materia. Conocía,
a fuerza de buscarlos, los lugares de la metrópoli neoyorquina donde un
especialista ignorado del gran público confeccionaba un plato suculento.
Imposible seguir a
la señora Baralt en su interesantísima disertación sobre Martí, y trabajo de
tan nobles y bellos aspectos en que la anécdota salta como chorro de oro,
merece más bien la transcripción. La señora Baralt fue ovacionada al terminar
la lectura.
La Sra.
Durán Castillo
Leyó una selección
de poemas de Martí la bella y distinguida dama señora Águeda Azcárate de Durán
Castillo. A fe que el tino de lo escogido corrió parejo la admirable
interpretación de la recitadora, a la que muy pocas veces hemos podido ver
siquiera igualada en la lectura de versos de Martí.
Las
señoritas García Orellana
Números de canto y
piano, siguieron. La primorosa voz de la señorita Rosario García Orellana
ofreció el lírico regalo de exquisitas canciones, acompañada al piano por su
hermana María.
Poemas de
la Mistral
Hubo un profundo silencio y comenzó la gran poetisa americana la lectura de sus poemas. Cruzaron por la sala, dejando en cada espíritu una trémula caricia de alados poemas: Carta a Rodolfo Ortega; los nocturnos (tres composiciones bellísimas) El gesto, La pajarita y Canciones de Cuna… Al terminar, la concurrencia, puesta de pie, la ovacionó largo rato. Gabriela Mistral tiene el secreto de la palabra que sólo entiende el corazón.

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