Por Carlos Manuel Estefanía Aulet
La reciente publicación de mi libro Trotskistas cubanos. Una historia
enterrada durante años continúa generando valiosas reacciones entre
investigadores e intelectuales cubanos. Una de las más significativas ha sido
la del profesor Rolando Alum Linera, académico, etnólogo y
antropólogo, investigador asociado externo del Centro de Estudios
Latinoamericanos de la Universidad de Pittsburgh, miembro de la Academia de la
Historia de Cuba en el Exilio y del PEN Club Internacional de Escritores
Cubanos en el Exilio, además de colaborador habitual de Periódico
Cubano.
El profesor Alum tuvo la gentileza de hacerme llegar una
carta de felicitación por la publicación del libro. Más allá de sus palabras de
reconocimiento, compartió un testimonio familiar de extraordinario interés
historiográfico, pues procede de su tío materno, Pascasio Linera (Guanabacoa,
1920 – Miami Beach, 2008), dirigente sindical auténtico, obrero textil,
perseguido por la dictadura de Batista, exiliado y posteriormente incorporado a
la lucha en el Escambray durante los meses finales de la insurrección.
Según recordaba Pascasio Linera, ya desde los primeros
meses de 1959 el nuevo Gobierno revolucionario marginaba e incluso perseguía a
los militantes trotskistas. Resulta especialmente revelador que este testimonio
no provenga de un simpatizante del trotskismo. Al contrario, Pascasio no
compartía sus posiciones políticas. Sin embargo, pertenecía a una generación
del movimiento obrero cubano en la que las diferencias ideológicas no impedían
mantener relaciones de respeto, solidaridad y reconocimiento mutuo entre
quienes habían combatido las dictaduras.
Esta observación confirma una de las conclusiones
fundamentales desarrolladas en Trotskistas cubanos. Una historia
enterrada durante años: la eliminación del trotskismo cubano no fue un
episodio tardío asociado a la institucionalización del régimen, sino una
política iniciada prácticamente desde el triunfo revolucionario, cuando todavía
coexistían diversas corrientes dentro de la izquierda cubana.
El profesor Alum recuerda igualmente otro episodio
ilustrativo de aquellos años. Su tío fue acusado públicamente de «mujalista»
por David Salvador en una intervención televisiva en 1959. Décadas después,
ambos coincidieron casualmente en el exilio, en Los Ángeles, donde David
Salvador terminó reconociendo el carácter injusto de aquella acusación y pidió
disculpas. El episodio refleja hasta qué punto la descalificación política
sustituyó al debate dentro del naciente régimen revolucionario.
Las reflexiones del profesor Alum no se limitan, sin
embargo, al pasado. En su carta señala una paradoja que merece atención.
Mientras el régimen castrista persiguió y desarticuló al trotskismo cubano,
determinados grupos trotskistas internacionales han continuado defendiendo
durante décadas a ese mismo régimen. Como ejemplo recuerda la visita realizada
por Yoani Sánchez y Orlando Luis Pardo Lazo a una universidad de Nueva York en
2013, donde organizaciones trotskistas interrumpieron la conferencia con consignas
contra los invitados y en defensa del Gobierno cubano. Según relata, cuando
algunos asistentes intentaron explicarles hechos ampliamente documentados, como
las UMAP o la persecución de homosexuales y disidentes, aquellos activistas
rechazaron tales testimonios calificándolos simplemente como propaganda de la
derecha.
Esta contradicción histórica ya había sido advertida en
los propios años sesenta. El profesor Alum remite acertadamente al ensayo
de Joseph Hansen, Trotskyism and the Cuban Revolution: An
Answer to Hoy (1962), escrito en respuesta a la campaña de difamación lanzada
por el periódico Hoy, órgano oficial del antiguo Partido Socialista
Popular. Hansen denunciaba cómo el estalinismo cubano recurría a las mismas
falsificaciones históricas utilizadas durante décadas por la burocracia
soviética para desacreditar a Trotski y a sus seguidores, presentando toda
crítica revolucionaria como una forma de colaboración con el imperialismo.
Asimismo, sostenía que aquella campaña pretendía desviar la atención del
creciente problema de la burocratización del proceso revolucionario tras la
caída de Aníbal Escalante.
Joseph Hansen fue una figura central del trotskismo
estadounidense y uno de los principales dirigentes del Socialist Workers Party
(SWP), con influencia en la Cuarta Internacional durante el siglo XX. Su
trayectoria combina militancia revolucionaria, producción teórica y
participación en la dirección de organizaciones marxistas, pero también refleja
los límites históricos y estratégicos del trotskismo como corriente política.
Su etapa más conocida fue su cercanía a León Trotsky
entre 1937 y 1940 en México, donde actuó como secretario y miembro del equipo
de seguridad. Aunque este vínculo le otorgó autoridad simbólica dentro del
movimiento, su papel histórico en este período ha sido en ocasiones idealizado
por la tradición trotskista, que tiende a convertir la proximidad a Trotsky en
un criterio de legitimidad política.
Tras el asesinato de Trotsky, Hansen asumió posiciones de
dirección en el SWP durante décadas, destacando más como organizador de prensa
y aparato teórico que como estratega político con impacto real en procesos
históricos de masas. Su actividad estuvo concentrada en la esfera de la
discusión interna del marxismo revolucionario estadounidense, con limitada
influencia fuera de ese círculo.
A nivel internacional, participó en la reunificación de
sectores de la Cuarta Internacional en 1963. Sin embargo, este proceso no
resolvió las fracturas estructurales del trotskismo, que continuó fragmentado
en múltiples corrientes con escasa capacidad de intervención unificada en la
política mundial.
Su análisis de la Revolución Cubana constituye su aporte
más debatido. Hansen defendió tempranamente al régimen surgido tras 1959 como
una forma de “Estado obrero en transición”, una interpretación que ha sido
criticada por su tendencia a encajar procesos nacionales complejos dentro de
esquemas teóricos rígidos del marxismo ortodoxo. Esta lectura fue influyente en
sectores trotskistas, pero también mostró los límites del aparato conceptual
del movimiento para explicar revoluciones lideradas por fuerzas no proletarias
clásicas.
Su obra y su legado permanecen principalmente dentro del
campo del marxismo militante, sin haber trascendido significativamente al
pensamiento político académico general ni haber generado una teoría con
capacidad explicativa dominante sobre los procesos revolucionarios del siglo
XX.
Falleció en 1979, dejando una producción teórica
relevante dentro del trotskismo, pero también un legado asociado a las
tensiones internas, reinterpretaciones polémicas y limitaciones estratégicas de
esa tradición política.
El testimonio aportado por Rolando Alum Linera posee un
valor que trasciende la anécdota personal. Constituye una pieza más de la
memoria oral que confirma cómo la represión contra el trotskismo fue percibida
por numerosos militantes obreros ajenos a esa corriente política desde los
primeros momentos de la Revolución. Cuando estos recuerdos familiares convergen
con la documentación de la época y con investigaciones recientes, dejan de ser
simples memorias individuales para convertirse en fuentes historiográficas de
primer orden.
La historia del trotskismo cubano continúa
reconstruyéndose precisamente gracias a la convergencia entre archivos,
testimonios y documentos olvidados. Cada nueva aportación, como la
generosamente compartida por el profesor Rolando Alum Linera, ayuda a rescatar
una parte de la historia de Cuba que durante décadas permaneció deliberadamente
sepultada.
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