Friday, September 22, 2023

“Donde están la paz y la libertad, está la patria”. Entrevista con el escritor, académico e investigador cubano-mexicano Alejandro González Acosta*

 

Por William Navarrete

Tiendo un puente telefónico entre París y Ciudad México para entrevistar al académico, escritor e investigador cubano-mexicano Alejandro González Acosta. Nuestra conversación fluyó como si nos conociéramos de toda la vida. Por eso lamenté no haberlo encontrado en las diferentes ocasiones en que he viajado a Ciudad de México, donde vive desde hace unos 35 años. 

Conversador nato y con miles de anécdotas y vivencias por contar, ha sido también uno de los investigadores más eminentes de la UNAM, de la que es doctor en Letras Iberoamericanas y en donde trabaja desde hace tres décadas sin ganas de jubilarse. Ha recibido numerosos reconocimientos por su trabajo, como el Premio Sor Juana Inés de la Cruz (1989) y el Premio Internacional Inca Garcilaso de la Vega de ensayo (1990). Es fundador y miembro numerario de la Academia Mexicana de Estudios Heráldicos y Genealógicos y en este ámbito ha realizado estudios sobre la descendencia de Moctezuma II por la línea femenina de Isabel Tucuichpoch, así como de la Benemérita Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística. Con unos 20 libros publicados de diferentes temas ha sido director de numerosos proyectos de investigación sobre historia y literatura. Ostenta un extenso currículo que lo hizo acreedor en 2017 de la Gran Orden y Collar Triunfo de la República, recibida en la ciudad de Puebla.

―Naciste en La Habana en la convulsa década de 1950. ¿Puedes hablarnos de tus orígenes y de tus primeros pasos por la ciudad?

―Nací en el barrio del Vedado, en 1953, en el antiguo hospital Nuestra Señora del Carmen, frente al edificio López Serrano. Ese hospital lo llamaron después Camilo Cienfuegos. Mis padres vivían en la calle 1, esquina a Calzada, cerca de donde estaba la pizzería Dona Rossina. Allí permanecí hasta los cinco años de edad en que nos mudamos a la calle Neptuno, en Centro Habana.

Mi padre, Elpidio José González González, era hijo de gallegos que se habían establecido en Sagua la Grande, antigua provincia de Las Villas, entonces una ciudad muy próspera. Aunque él había estudiado para contador, en realidad se asoció con dos amigos para poner un restaurante de comida española llamado La Moda, sito en las calles San Miguel e Industria, en Centro Habana, razón por la que nos mudamos para este barrio. El restaurante, después de que el gobierno castrista lo confiscó, pasó a llamarse El Hanabanilla. El caso es que, por su céntrica posición, venían muchas personas importantes a comer allí. 

En cuanto a mi madre, Mercedes Acosta del Castillo, descendía de catalanes y canarios, y había nacido en Aguada de Pasajeros, un pueblo que después de la división administrativa de 1976 pertenece a la provincia de Cienfuegos. Era, como muchas mujeres de la época, ama de casa.

―¿Qué recuerdos tienes de ese barrio de Centro Habana, epicentro comercial de La Habana antes de 1959?

―Para que tengas una idea de la importancia de la cuadra en que vivía ―calle Neptuno No. 212 entre Industria y Amistad― te puedo decir que, hoy en día, cuando alguien quiere mostrar la maravilla que era La Habana de entonces, la foto que reproduce siempre es la de mi cuadra. Vivíamos en los altos de la tienda Luxor, que vendía objetos y ropas exóticas, como bien dejaba suponer su nombre, y casi frente a la tienda Roseland. Colindante estaba el edificio en cuyos bajos se hallaba La Casa del Perro, una tienda de objetos para mascotas, la primera de su tipo en Cuba.

Tuve la suerte, desde pequeño, de frecuentar a personas que fueron importantes para la cultura del país. Mi padrino, por ejemplo, era el gran compositor Osvaldo Farrés, muy amigo de un tío paterno. Y nuestro vecino en la calle Neptuno, cuya casa daba pared con pared con la nuestra, era el gran fotógrafo profesional de celebridades y de La Habana elegante de aquellos tiempos Joaquín Blez Marcé, nacido en Santiago de Cuba en 1886, al que considerábamos como un miembro más de la familia, al punto que terminamos por abrir una puerta para comunicar directamente nuestras casas. Vivía allí con su hermana y su esposa Lydia D’Otres de la Riva. Blez me adoptó como si fuera su sobrino y recuerdo que me llevaba a pasear en su Buick, el auto que estacionaba en un garaje de varios pisos en Galiano y Concordia. Íbamos a las ruinas del antiguo ingenio Taoro, al pueblo de Jaimanitas por la antigua carretera de Cangrejeras y almorzábamos en un restaurante de madera casi sobre la playa de Baracoa que se llamaba Hollywood, donde se reunió el Grupo Orígenes. Blez me dejaba hurgar en su papelería y archivo, lo que para mí significaba un viaje por La Habana fastuosa de décadas anteriores. 

Al mudarnos para ese barrio, me matricularon en una escuela que estaba en Trocadero y Consulado, el Colegio Academia Santa Cruz, privado, que luego cuando lo nacionalizaron lo renombraron como Guillermo Llabre y lo trasladaron al final del Paseo del Prado, entre Genios y Refugio, de modo que caminaba todos los días por la calle Neptuno y doblaba a la izquierda para seguir por la alameda arbolada del paseo que brillaba como un crisol, porque la limpiaban con chorros de agua todas las mañanas. Como a veces llegaba antes de que empezaran las clases, me daba un salto hasta el monumento de Juan Clemente Zenea, sito en La Punta. Allí aprendí de memoria el primer poema de mi vida, A una golondrina, de este autor bayamés fusilado por las autoridades españolas de la Isla en 1871.

También recuerdo la “Casa de la bruja” que, cosa de muchachos, era como llamábamos a la mansión de la última descendiente de Frank Maximiliam Steinhart, un alemán naturalizado norteamericano que primero fue cónsul en La Habana hasta que renunció en 1907 y se convirtió en propietario de los tranvías capitalinos y en una de las personas más pudientes del país. A la casona la llamábamos así porque en ella vivía todavía una descendiente del hijo del fundador de aquel imperio familiar, también llamado Frank. La señora salía de su casa en un flamante Rolls-Royce, con su chofer. Un mayordomo les abría la puerta, algo que nos llamaba la atención a todos en aquellos primeros tiempos de Revolución.

―¿En dónde cursas tus primeros estudios? ¿Y qué recuerdos tienes de los primeros años del triunfo del castrismo?

―Como dije, empecé mis estudios primarios en una escuela privada llamada Colegio Academia Santa Cruz. Mi último curso antes de que la nacionalizaran y pasase a llamarse Guillermo Llabre fue el de segundo grado, de cuya graduación, que tuvo lugar en el antiguo Teatro Alkázar (luego Musical y ahora una ruina absoluta), conservo fotografías. Por cierto, en la misma esquina quedaba la heladería El Anón de Virtudes, propiedad de unos chinos que fabricaban los mejores helados del país y que, por supuesto, el gobierno castrista no tardó en confiscar y borrarla del mapa. 

Recuerdo que en casa se hablaba de la posibilidad de irnos del país, pero los planes se frustraban porque mi abuela paterna vivía todavía y no podían incluirla en el viaje pues era demasiado anciana. A nadie de la familia, incluido yo, le interesó nunca el tema político. Cuando el ataque al Palacio Presidencial en 1957 oímos los tiros desde la casa y lo único a lo que atinó mi madre fue a esconderme debajo de la cama. 

Por supuesto, después de 1959, el ambiente escolar se politizó y como todos los niños tuve que cantar aquella cancioncita que decía: “Qué viva Cuba, y viva Fidel / y todos los que lucharon junto con él”. También recuerdo particularmente el momento de la Crisis de Octubre pues caminaba con mi padre hasta la casa de un tío que vivía en Malecón y Perseverancia, y vimos en las bocacalles los sacos de arena puestos para los atrincheramientos y la gente que cantaba en grupos una especie de conga que decía “La ORI, la ORI, la ORI es la candela / No le digan ORI, díganle candela …”. En efecto, esas siglas correspondían a las Organizaciones Revolucionarias Integradas, el preámbulo que aunaba a las organizaciones “revolucionarias” anteriores y primer eslabón creado, antes del Partido Unido de la Revolución Socialista (PURS) y, luego, Partido Comunista de Cuba (PCC), para ejercer más tarde el control totalitario.

―Tu escolaridad continúa entonces en aquel difícil periodo entre las décadas de 1960-1970…

―La secundaria la cursé en lo que había sido el antiguo Colegio de Los Escolapios, en las calles San Rafael y San Nicolás, que rebautizaron, como todo, José Antonio Echevarría, y que luego mudaron para el cuarto piso de la Manzana de Gómez. Luego me tocó la época en que crearon experimentalmente un grado 13 antes de finalizar los estudios preuniversitarios. Entonces nos llevaron a un “concentrado” (proveniente de varias escuelas secundarias) que instalaron en un edificio frente a la Plaza de Armas, que había sido la antigua embajada norteamericana en La Habana. A ese concentrado lo llamaron Forjadores del Futuro y recuerdo que entre mis compañeros de clases estaba la poeta Reina María Rodríguez. Después cursé el bachillerato en el antiguo Instituto de La Habana, llamado ya José Martí, y lo terminé en 1974.

―¿Fue entonces que comenzaste tus estudios de Letras?

―Ese año no hubo ninguna posibilidad de estudiar una carrera de Letras. Lo único que se le acercaba y por lo que tuve que optar entonces fue Pedagogía, que se cursaba en el Instituto Pedagógico Enrique José Varona, en la antigua Ciudad Militar Columbia, rebautizada Ciudad Libertad. Allí, lejísimos de donde vivía, cursé la carrera hasta que me gradué en 1978.

Eran años difíciles porque a la vez que estudiábamos teníamos que formar a los alumnos de los destacamentos pedagógicos llamados Manuel Ascunce Domenech para que dieran clases en las llamadas ESBEC (Escuelas Secundarias Básicas en el Campo) y en los ISPEC (Institutos Preuniversitarios en el Campo). De esa forma estudiábamos y trabajábamos a la vez. Por suerte, lo que llamaban “servicio social”, una especie de periodo obligatorio en el que trabajabas donde te mandaran para retribuir lo que supuestamente habían costado tus estudios, lo pude hacer en el mismo Instituto Pedagógico en el que estudié.

En paralelo estudié Periodismo, mediante los cursos nocturnos para trabajadores, porque no me veía toda la vida como profesor. Era una manera de abrirme las puertas hacia otras posibilidades.

―¿Y te sirvió de algo?

―Tanto que, gracias a una propuesta de mi amigo, el escritor Senel Paz, empecé a trabajar en 1983 para Cartelera, una especie de magazín que publicaba el Ministerio de Cultura con todos los eventos artísticos y culturales que ocurrían en la ciudad. Allí estuve hasta 1985 y durante ese tiempo ingresé también en la Academia Cubana de la Lengua.

―Justamente sobre este tema deseaba indagar pues tengo entendido que fuiste el miembro más joven que entró en una institución de este tipo… ¿Qué puedes contarnos de esta? 

―La Academia de la Lengua Cubana, fundada en 1926, disponía en 1952 de una sede en el Palacio del Segundo Cabo, concedida por el presidente de la Republica Carlos Prío Socarrás, siendo entonces su director don Ernesto Dihigo López-Trigo. Por supuesto, en 1959 Fidel Castro abolió las restantes academias no gubernamentales, como la de Historia y de Bellas Artes, y solo sobrevivió la de la Lengua, albergada ya en las propias casas de sus directores. 

Un concurso de circunstancias hizo que, el 23 de abril de 1983 y con 29 años de edad, me convirtiera en el miembro más joven que había ingresado en ese tipo de institución en el mundo. Resultó que yo frecuentaba a Dulce María Loynaz pues en esa época vivía ya en El Vedado, justo al doblar de su casa. También habían fallecido, por vejez, unos cuantos miembros anteriores de la Academia y a Dulce María, quien la presidía entonces, se le ocurrió que debían “rejuvenecer” un poco el grupo. Fue entonces que propuso mi nombre.

La condición de académico es vitalicia, con lo cual, aunque en el exilio, sigo perteneciendo a esta y, por razones biológicas me he convertido hoy en día en su decano, pues todos los miembros actuales han ingresado después de mí.


―¿Qué recuerdos tienes de esta gran escritora?

―Con Dulce María sucede lo mismo que con Lezama: resulta que ahora todo el mundo la conoció. Ella me llamaba “El Benjamín”, por ser el más joven del grupo. Según las afinidades, Dulce María recibía en el portal de su casa los miércoles y los viernes entre las 5:00 p.m. y las 7:00 p.m. a dos grupos distintos de personas. Cuando se acababa el tiempo pedía permiso y se retiraba, pues decía que lo que no se podía decir en dos horas no debía ser muy importante. Y añadía que cuando una persona era, como ella, muy vieja, no le quedaba ya mucho tiempo para desperdiciar. Todos mis recuerdos sobre ella los conté en mi libro La Dama de América, publicado en Madrid, en las ediciones Betania.

―¿Conociste a los familiares de Dulce María?

―Conocí a su medio hermano Enrique que vivía en la casona colonial medio derruida de Línea y 8, en El Vedado. Esa casa fue la que sirvió de escenografía para la novela Jardín, publicada por Dulce María en 1951. Como solía suceder con muchos hombres cubanos del siglo XIX, el general Enrique Loynaz del Castillo había tenido una esposa oficial (de la cual se divorció) y cuatro hijos con ella (Dulce María, Flor, Carlos y Enrique); pero también se casó después y tuvo otros con mujeres con las que no se casó y uno de ellos fue este otro Enrique que menciono. Dato curioso, cuando Dulce María falleció, como ya había ganado el Premio Cervantes, el Ministerio de Cultura cubano solicitó a la Junta de Andalucía la financiación para reparar la casa de la escritora sita en la calle 19, argumentando que había sido en esta donde se habían dado cita en diferentes momentos Federico García Lorca, Juan Ramon Jiménez, Blasco Ibáñez, Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí, entre otros destacados intelectuales españoles. Así obtuvieron los fondos, sin que la Junta se enterara de que, en realidad, ninguno de ellos puso nunca los pies en la casa que ayudaron a restaurar, sino que fue en aquella otra de la de la calle Línea, hoy prácticamente en ruinas.

También conocí a Flor Loynaz, quien vivía en una hermosa quinta entre La Lisa y el Country Club llamada Santa Bárbara. Cuando Flor falleció en 1985 cargué su ataúd en el cementerio junto a Eusebio Leal, Juan Emilio Frigulls (un antiguo cronista del Diario de La Marina, más tarde en Radio Reloj) y Delio Carreras Cuevas (cronista oficial de la Universidad de La Habana). Su casa la heredó Dulce María. Inicialmente una alemana radicada en Cuba, Helga Neuffer, representante de la firma Bayer, quiso comprarla, pero un día Gabriel García Márquez pasó por allí y le gustó, preguntó de quién era y se antojó de que la convirtieran en la Sede del Nuevo Cine Latinoamericano. Tal vez influyó también el hecho de que allí fue donde Tomás Gutiérrez Alea filmó su película Los sobrevivientes (1979). 

Inmediatamente, el Gobierno hizo las gestiones y le compró la casa a su propietaria. Al parecer, según la propia Dulce María y para hacer honor a la verdad, se la pagaron a un precio conveniente, considerando el valor que entonces podía tener en Cuba. Cuando Flor murió, el único familiar conocido que quedaba vivo era justamente ese medio-hermano que mencioné. Como solía beber y Dulce María no confiaba en lo que podía suceder, me pidió que fuera yo quien, en representación de la familia, asistiera al acto de inauguración de dicha sede, que se celebraría justamente un 4 de diciembre de 1986, día de Santa Bárbara. 

Ese día asistí a los discursos inaugurales, delante de Fidel Castro. Recuerdo y lo cuento en mi libro La Dama de América (p. 31) cuando Gabriel García Márquez dijo públicamente que “los pueblos latinoamericanos tenían no solo el derecho de producir y exportar drogas hacia los Estados Unidos, para compensar todo lo que les habían robado, sino también para minar su juventud y que no dispusieran de soldados para combatirnos”. Entonces vi cuando Fidel Castro hizo un gesto de aprobación, sonrió y aplaudió discretamente, que para mí quería decir que seguramente desde mucho antes había anotado en su mente aquella sugerencia.



―¿Es cierto que a Dulce María ciertas personalidades del mundo de la cultura trataban de sacarle objetos de valor de su propia casa?

―No mientras yo viví en el país, que yo sepa. Ella sabía muy bien el valor de sus cosas. El embajador de España entonces, don Antonio Serrano de Haro Medialdea, se ocupaba de abastecerla frecuentemente. En una ocasión, cuando lo del Mariel, azuzados por la presidenta del CDR, le hicieron un mitin de repudio. En esa época la acompañaban Flor y su amiga de toda la vida Angelina Busquet. Fue Eusebio Leal, cuya casa (en realidad, vivía en un departamento encima de la mansión de la familia Albear que le prestaron después de uno de sus numerosos divorcios), colindaba con la de Dulce María, quien me avisó para que fuéramos a socorrerlas pues yo vivía entonces muy cerca de ambos. La presidenta del CDR la detestaba y tuvimos que encararla para que suspendieran aquel mitin absurdo. Las tres pobres ancianas estaban aterrorizadas. 

Más tarde, ya en México, intervine ante el escritor don Eulalio Ferrer, mostrándole la obra de Dulce María, pues sabía que él podía influir para que don Inocencio Arias, el hombre fuerte de la cultura en España entonces, intercediera para que le otorgaran el Premio Cervantes.

―Tengo entendido que fue en ese periodo en que trabajaste para la casa de modas La Maison…

―En efecto, cuando entré en la Academia de la Lengua ya trabajaba como vicepresidente de CONTEX, en 1985. Fue Cachita Abrantes quien me invitó inicialmente a trabajar en relaciones públicas y de prensa para la firma y su evento Cubamoda, pues buscaban a alguien que tuviera cierta prestancia y que hablara varios idiomas. Fueron dos amigas suyas de esa época, Giselle Artaud (modelo principal de La Maison) y Marilú Hornia, quienes le hablaron de mí y así fue como entré.

Fue una época muy interesante, a pesar de lo difícil que era trabajar con Cachita dado su carácter voluble y caprichoso. Como trabajaba en relaciones públicas me ocupé de muchas personalidades que visitaban entonces la Isla, como Naty Abascal (duquesa de Feria), Carolina Herrera, miembros de la familia Rockefeller, Paco Rabanne, la duquesa de Alba, Kenzo, Robert de Niro, Treat Williams, Christopher Walken, Jeremy Irons, Harry Belafonte y su esposa, que era diseñadora, y muchos más que visitaban entonces la Isla sin que nadie se enterara porque la prensa no lo mencionaba. Era la época en que muchas modelos despuntaron y, entre estas recuerdo, además de las mencionadas, a Laura Brouté Depestre, a Rosa (también bailarina del Copa Room del hotel Riviera) e incluso a la propia Alina Fernández Revuelta, hija no reconocida de Fidel Castro que también llegó un buen día para modelar.



―¿Te fue fácil salir de Cuba? ¿Cómo y cuándo lo lograste?

―Yo había logrado en dos ocasiones que, previo concurso de oposición, me concedieran una beca para cursar estudios en El Colegio de México, pero las dos veces me negaron la salida, a pesar de que yo no tenía ningún problema político, pero tampoco era miembro de la UNEAC ni de la UPEC. En 1987, volví a ganar la beca y gracias a Lucía Sardiñas, una persona que trabajaba en el Comité Central, pude obtener el anhelado permiso. Esta persona era la colaboradora de José Felipe Carneado, el responsable de Asuntos Religiosos en dicho Comité Central. Un día, la viuda de Regino Pedroso vino a una reunión de la Academia acompañada por ella. Fue entonces que me preguntó qué podían hacer ellos para tener alguna atención con Dulce María y yo le dije que su mayor sueño sería la publicación de Memorias de la guerra, de su padre, el general Loynaz, varias veces postergada. Así fue como las memorias fueron publicadas entonces. Establecí con Lucía Sardiñas una sólida y sincera relación de amistad y gratitud, hasta el día de hoy.

Llegué a la Ciudad de México un 15 de agosto de 1987 gracias a algunos amigos mexicanos que reunieron el dinero para pagarme el boleto. Primero me presenté en El Colegio de México y luego ―como me habían indicado en La Habana― fui a ver al entonces ministro consejero de asuntos culturales de Cuba en México, el escritor Miguel Cossío Woodward (quien había sustituido al poeta Fayad Jamís), que al verme en vez de darme la bienvenida preguntó molesto que qué hacía yo en México.

―¿Y finalmente conseguiste estudiar en dicha institución? 

―Solo pude estudiar cuatro semestres en el Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios (CELL), y fue una etapa de mucho aprovechamiento, pero un personaje detestable, quien ya falleció, me sacó con el pretexto de que un trabajo escolar que había presentado no servía. Lo cierto es que ese mismo trabajo ganó luego el premio de ensayo Sor Juana Inés de la Cruz, en 1989. 

Al final, lo que sucede conviene, porque gracias al gran poeta y humanista mexicano don Rubén Bonifaz Nuño, a quien considero mi padre putativo, pasé de ser un simple becario a convertirme en investigador de la UNAM. Y desde entonces he desarrollado toda mi actividad profesional en esta Universidad donde he realizado numerosas investigaciones sobre la historia del Virreinato, entre muchos otros temas. 



―¿Cómo vives tu cotidianidad en la abigarrada capital de México?

―Desde que llegué vivo en Tlalpan, durante unos años en un cuartico diminuto en una azotea, al que llamé “mi celda franciscana con vista de Sheraton”,  hasta que pude pasar a un apartamento más grande y propio y traer a mi madre. Con mucho esfuerzo construí mi propia casa en este barrio en el que me instalé desde el principio, porque es uno de los pocos sitios del DF en donde la tierra no tiembla. De hecho, Tlalpan quiere decir “lugar en tierra firme”. Curiosamente, aquí en este antiguo pueblo vivió también 15 días José Martí, cuando vino de España y lo invitaron, en 1875, con 22 años de edad, a la inauguración del cementerio de Tlalpan que queda a la vuelta de mi casa. También en este barrio (entonces capital del Estado de México) vivió durante casi tres años José María de Heredia, donde publicó la revista Miscelánea, periódico de arte y literatura, que pude publicar en su integralidad, en un libro de más de 500 páginas armando como un rompecabezas los diferentes números atesorados por diferentes bibliotecas del mundo. 

―¿Has regresado a Cuba? 

―Una sola vez, en 1992, pues mi madre vivía aún en la Isla. Viajé un 7 de febrero por su 70 cumpleaños. El viaje fue una odisea que vale la pena contar y por sí solo explica por qué nunca más regresé. Como había hecho algunas declaraciones que al régimen no le gustaron se me dificultaba el regreso, pero mi amigo el escritor y académico mexicano Gonzalo Celorio Blasco, que era entonces como el virrey de la cultura universitaria, pues era su coordinador de Difusión Cultural de la UNAM, organizó una delegación oficial para poder incluirme en ella y que yo pudiera entrar al país. Y una vez más gracias a Lucía Sardiñas conseguí un permiso de 72 horas, extensible a una semana, pues al llegar dijeron que a mi pasaporte le faltaba el sello de permiso de residencia en el exterior. Pero para colmo, a la hora de salir no aparecía en la lista del vuelo, y gracias a Gonzalo Celorio, el “seguroso” de turno no tuvo otra opción que dejarme subir al avión ya que mi amigo le dijo que sin mí él tampoco se iba, lo cual traería serios problemas con la UNAM. Así fue como viajé en una diminuta silla plegable detrás del piloto en una nave de Mexicana de Aviación, el 11 de febrero de 1992, última vez que estuve en la Isla, sin que haya regresado desde entonces, ni pretenda volver a hacerlo.

Por suerte, pude sacar a mi madre en 1994. Y en 1996 me convertí en ciudadano mexicano “por servicios prestados a la cultura y la educación”, un caso extremadamente raro entonces. Y entre los servicios prestados estuvo la redacción de los libros de texto oficiales sobre la historia de México por encargo del doctor Ernesto Zedillo, quien entonces era Secretario de Educación y no pensaba ni siquiera convertirse más tarde en presidente. Cuando se enteró de esa concesión, mi amigo Carlos Alberto Montaner me comentó: “Eres el segundo cubano en la historia en conseguir la ciudadanía mexicana por esa vía”. A lo cual mi pregunta lógica e inmediata fue: “¿Y quién fue el primero?”. Y respondió: “El boxeador ‘Mantequilla’ Nápoles, pero él tuvo que matar a puñetazos a un par de rivales para que se la dieran”. Afortunadamente, no tuve que recurrir a esos extremos.

De Cuba ni siquiera tengo nostalgia pues siempre digo que uno debe tener nostalgia de los lugares gratos: París, Venecia, Florencia, Granada y sitios como esos, no de uno en donde se sufrió. Yo he hecho mío, como lema, el ex libris de José María Heredia, poeta del siglo XIX cubano al que he dedicado varios estudios. Dicho ex libris dice: “Donde están la paz y la libertad, está la patria”. (Ubi pacis et libertas, ibi patriae).

No tengo además ninguna esperanza en el futuro de Cuba. Con lo cual recuerdo la frase de Oscar Wilde que citaba, a su vez, mi maestro don Raimundo Lazo: “Un pesimista no es más que un optimista muy bien informado”.

[Publicado originalmente en Cubanet]

*Alejandro José González Acosta (El Vedado, La Habana, Cuba, 1953). Doctor en Letras Iberoamericanas por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, con Mención Honorífica. Investigador en el Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM (Biblioteca y Hemeroteca Nacionales de México), con 33 años de antigüedad. Su principal campo de especialización ha sido el Estudio de Fuentes, realizando el rescate de varias obras desconocidas o perdidas, para el completamiento de la bibliografía mexicana. En 1993 fue Co-Fundador (junto con los doctores José Pascual Buxó y Arnulfo Herrera Curiel), del Seminario de Cultura Literaria Novohispana en el Instituto de Investigaciones Bibliográficas, del cual se desempeñó como Co-Titular durante varios años. Contribuyó a gestionar para este Seminario el apoyo de la DGAPA y luego del CoNaCyT, durante varios años. Con estos colegas, también inauguró y cofundó la Maestría en Literatura Mexicana de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, en 1994.

Dirige el Proyecto de Investigación “Rescate de José María Heredia. Edición Crítica de sus Obras Completas”, auspiciado permanentemente por la UNAM y durante tres años por el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología. Actualmente es Co-Responsable del Proyecto “Las Literaturas en México en la Época Novohispana. Historia y Corpus Multidisciplinario”. Proyecto PAPIIT Nº IG-4204018, Etapa 29. Responsable Titular: Dra. Ana Castaño Navarro. Desarrolla varios temas investigativos de interés peersonal y profesional: Cultura, Arte y Literatura Virreinales, Historia y Literatura Mexicanas de la primera mitad del Siglo XIX, y Temas Hispanoamericanos en general. Como parte de su Proyecto Principal Individual relacionado con el estudio del poeta cubano-mexicano José María Heredia (1803-1839), ha publicado ya varios libros como autor único: El enigma de Jicotencal. Estudio de dos novelas sobre el héroe tlaxcalteca (UNAM, 1997); Dos novelas indigenistas: <Jicotencal>, de José María Heredia y <Xicoténcal, príncipe americano>, de Salvador García Baamonde (Edición, Estudio y Notas, UNAM, 2002); Miscelánea. Periódico crítico y literario (Edición, Estudio y Notas, UNAM, 2007); y Teatro del México Independiente: Tres dramas poblanos sobre Xicoténcatl El Joven (Edición, Estudio y Notas; Colección Al Siglo XIX, Ida y regreso, Coordinación de Humanidades-UNAM, 2017), así como numerosos estudios ensayísticos y artículos de historia y crítica literaria, en libros colectivos y revistas especializadas.

Otros libros suyos ya publicados están referidos a sus investigaciones virreinales, como Crespones y campanas tlaxcaltecas en 1701 (UNAM, 2000); Hernán Cortés en Cholula, de Fermín del Rey (Edición, Estudio y Notas, UNAM, 2000); y La Milagrosa Aparición de la Virgen María de Guadalupe, de José Lucas Anaya (Edición, Estudio y Notas, UNAM, 1995). En todos estos casos se aportó para la bibliografía nacional documentos desconocidos, incompletos, o que se daban por perdidos, propiciando su completamiento y enriquecimiento.  Entre sus libros publicados más recientes están: Biografía de un grupo: los primeros 100 años de la Tertulia Artístico Literaria “Los Pergaminos” (Jalapa, Editorial Las Ánimas - Academia Nacional de Geografía e Historia - Legión de Honor de México, 2016); La Dama de América. Textos y documentos sobre Dulce María Loynaz (Madrid, Betania, 2016); y La flama del tiempo. Testimoniales y estudios poéticos. Homenaje a Rubén Bonifaz Nuño (Coordinador en colaboración y Coautor, Universidad Autónoma Metropolitana, Dirección General de Publicaciones, 2018).

Están ya en prensa o en revisión para publicarse próximamente varios libros: Asedios a Sor Juana. Ensayos, estudios y reseñas (Universidad Veracruzana); Cuba: historia de un error (Madrid, Betania); y Fulgores de Fulgencio (Madrid, Editorial Verbum). Recibió tres veces el Premio Nacional Universitario en Cuba (1978, 1983 y 1984).  Reside en México desde 1987, y a partir de 1996 es Ciudadano Mexicano, mediante Decreto Presidencial, por “haber prestado señalados Servicios a la Nación en la Cultura y la Educación”. Obtuvo el Premio Nacional de Ensayo “Sor Juana Inés de la Cruz” (Sociedad Cultural Sor Juana Inés de la Cruz, 1989), y el Premio Especial Internacional “Inca Garcilaso de la Vega” (Gobierno del Perú - Instituto Panamericano de Geografía e Historia de la Organización de Estados Americanos, 1990). Es Miembro de Número de la Benemérita Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística (1989), Fundador y Miembro de Número de la Academia Mexicana de Estudios Heráldicos y Genealógicos (1990), y Miembro Legionario de la Legión de Honor Nacional de México (2011). Ingresó como Miembro de Número de la Academia Cubana de la Lengua en 1983, y desde esa fecha es además vitaliciamente Miembro Correspondiente Hispanoamericano de la Real Academia Española. También es Miembro Correspondiente en México de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (2017). En 2017 fue elegido Miembro Correspondiente de la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio, con sede en Washington. Es Miembro y Secretario de la Ilustre Cofradía y Tertulia Cultural “Los Pergaminos” (fundada en 1919). En mayo de 2018 fue seleccionado como miembro del Consejo de la Crónica de la Ciudad de México, integrado por las 100 personalidades más destacadas del país, sustituyendo al fallecido pintor José Luis Cuevas, y actualmente es Miembro de su Consejo Ejecutivo. En 2018 ingresó como Académico de Número de la Academia Nacional de Historia y Geografía de México, patrocinada por la Universidad Nacional Autónoma de México desde 1929. En septiembre del mismo año, fue nombrado Miembro de la Junta Directiva de la Filial Mexicana de la Sociedad de Escritores y Artistas Españoles, de la cual además es Miembro Correspondiente en México. En el mes de julio de 2022, ingresó como Miembro de Honor de la Academia de Letras y Artes “Juan Rueda Ortiz”.

Ha obtenido distintos premios y condecoraciones, pero más recientemente fue distinguido con la Gran Orden y Collar Triunfo de la República (2017), entregada por el Ciudadano General Secretario de la Defensa Nacional y la Presidencia de la Academia Nacional de Historia y Geografía, en la Ciudad de Puebla de Zaragoza. Avanza en la Reconstrucción de la Biblioteca privada de José María Heredia, según una escueta e incompleta lista autógrafa de 1833, y prosigue en el estudio, análisis e identificación de autoría de dos manuscritos escritos en lengua náhuatl con alfabeto latino, que se cree sean los más antiguos existentes, pertenecientes a una colección privada mexicana: Amatlahcuilolli itoca. Ediftolla macozque tlaxcaltecah (1535) y Doctrina Christiana (1556). Pertenece al Padrón de Asesores y Tutores del Posgrado en Letras de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, desde 1999. Es miembro del Comité Editorial del Boletín del Instituto de Investigaciones Bibliográficas (Revista de la Biblioteca Nacional de México), y del Consejo Editorial del mismo Instituto.

Tuesday, September 19, 2023

LOS GÉNEROS DE LA MÚSICA CUBANA: DEL LIBRE MERCADO A LA PROPAGANDA CASTRISTA

Por Antonio Gómez Sotolongo

Los géneros de la música popular profesional cubana creados durante la Colonia y la República fueron el resultado de largos procesos de prueba y error en los que el público tenía la última palabra y la educación la primera.

El público tenía la última palabra porque los compositores-intérpretes creaban modelos que se realizaban en el mercado y el público los compraba o no; y la educación tenía la primera palabra porque ese público aceptaba o no los productos de la música de acuerdo con los hábitos de escucha que había adquirido a través de la familia, la escuela, los medios de comunicación y el grupo humano en el que se había desarrollado.

Era la sociedad la que proponía sus modelos en los gustos de los individuos que adquirían los productos de la música popular profesional, y el mercado disponía de esos gustos para crear riquezas y multiplicar sus capitales.

Los géneros de la música folclórica fueron también el resultado de largos procesos espontáneos de grupos humanos en los que el público y el creador eran por lo general los mismos, o al menos todos los individuos participaban de algún modo en el hecho musical a través del canto y/o el baile, y no intervenía el mercado.

Dicho esto, la sociedad era la responsable de la educación musical de cada uno de sus individuos, y si esa sociedad era funcional o disfuncional así pudieron ser los gustos de sus individuos.

En la dictadura castrista, todos los géneros musicales se convirtieron en medios de propaganda del régimen. Los géneros de la música cubana que hasta 1959 tuvieron una inigualable explosión en los mercados por su variedad y calidad, quedaron congelados dentro de la Isla al abolirse la propiedad privada y destruirse la economía de mercado capitalista; y los géneros de la música folclórica, fuente principal de los géneros de la música popular cubana, al ser supervisados también por los ideólogos del PCC, perdieron toda espontaneidad y pasaron a formar parte de la propaganda del régimen.

Custodiados de cerca por el MINCULT, el MININT y el PCC, a través de las Casas de Cultura, escuelas y otras instituciones, todos los géneros de la música cubana creados durante la Era del castrismo quedaron bajo la supervisión de los ideólogos del Partido y dejaron de ser el resultado de largos procesos espontáneos de grupos humanos en los que intervenían el compositor-intérprete, la sociedad, el mercado y el público, a partir de entonces el Partido se colocó en el lugar que había ocupado el Mercado y la música dejó de ser un proceso espontáneo regido por las leyes del mercado y se convirtió en un proceso regido por las ideologías castristas. Y aunque en la larga carrera por vencer los dictados ideológicos el Hip-Hop cubano ha conseguido algunas importantes escapadas, aún no es suficiente, aún no consigue ningún género de la música popular cubana de la Era castrista colocarse en un nicho del mercado internacional como el que tuvieron hace ya más de 60 años; entre otros, la habanera, la criolla, la guajira, el danzón, el mambo, el cha-cha-cha, el bolero, y la conga. Santo Domingo,

Wednesday, September 13, 2023

Soy la hija de Martí


Por Manuel Vázquez Portal

Carmen Miyares fue la mujer definitiva, total de José Martí.
Arcón secreto de toda confidencia.
Verdadero reposo del guerrero.
Meretriz del lecho, dama del salón, compañera de ansias, amiga de agonizante cotidianeidad, timón de casa,
Palinuro de la familia, medicina del alma.
Madre de María.
¿Momento turbio del futuro apóstol? ¿Se aprovecho Martí de una familia en quiebra con un cabeza de familia desvalido?
¿Abusó “el Don Juan” de la vulnerabilidad de una mujer en crisis?
¿Codició el poeta la mujer del prójimo? ¿Traicionó al amigo?
¿Encontró Carmen Miyares algo grandioso en él que no tenía, o ella no le veía en Manuel Mantilla?
Veámoslo con los ojos del doctor Antonio de la Cova.
Apunta De la Cova:
<< Cuando el Apóstol cubano José Martí llegó a Nueva York el 3 de enero de 1880, se albergó en el hogar de su compañero del presidio político, Miguel Fernández Ledesma, en el 337 W. 31 Street. Pocas semanas después, se mudó para la residencia del matrimonio de Manuel Mantilla y Carmen Miyares, en el 49 E. 29 Street, en Manhattan, a seis cuadras de distancia.
Hasta ahora, los escritores han presentado una versión incorrecta y nebulosa sobre Manuel Mantilla. José Manuel Castañón, en Cuba: hablo contigo; sigo hablando contigo (2001) página 117, indica que “en el Centro de Estudios Martianos con Fina García Marruz, le informaron de la vida de Carmen Miyares, “mujer abnegada y luchadora que para mantener a su esposo paralítico y los tres hijos del matrimonio –Manuel, Ernesto, y Carmen, – puso una pensión en Nueva York, a donde fue a alojarse como huésped José Martí.
Tres años después, Rubén Pérez Nápoles, en Martí: el poeta armado (2004), página 230, describe a Manuel Mantilla como “un anciano achacoso y estaba inválido, por lo que en la práctica difícilmente funcionaban las relaciones normales del matrimonio”. El censo de Nueva York de 1880 y el certificado de defunción de Mantilla desmienten estas versiones propagadas durante más de un siglo.
El certificado de defunción No. 519022 de Manuel Mantilla confirma que cuando falleció al mediodía del 12 de febrero de 1885, tenía la edad de 42 años con dos meses y dos días. Por lo tanto, cuando Martí fue a residir en su hogar en 1880, Mantilla tenía 37 años de edad. El censo federal de 1880 lo confirma.
Pérez Nápoles se equivoca al decir que Mantilla era un anciano inválido que no podía tener relaciones matrimoniales. La columna 20 del censo de 1880 pregunta si la persona está “Mutilado, lisiado, postrado en una cama, o con discapacidad.” En la casilla que le corresponde a Mantilla, esta selección no está marcada como cierta.
El certificado de defunción de Mantilla indica que enfermó un año antes de morir, a principios de 1884, afectado por “enfermedad mitral del corazón” que fue la causa principal de su muerte. Como resultado de dicha condición, cinco meses antes de fallecer, Mantilla fue afectado por “congestión de los pulmones, riñón y el hígado.”
Carmen Miyares nunca tuvo que trabajar para “mantener a su esposo” como alega el Centro de Estudios Martianos. El censo de 1880 indica que Mantilla era comerciante a comisión y que su esposa era ama de casa. La familia Mantilla y sus dos huéspedes eran atendidos por una sirvienta alemana y un cocinero cubano. El certificado de defunción de Mantilla indica que estaba empleado como comerciante>>.
Despejadas estas primeras dudas veamos la otra parte que relata el doctor de la Cova,
<<El certificado de nacimiento de María Mantilla señala que ella nació a las 4:40 AM el 28 de noviembre de 1880. (José Francisco Martí Zayas-Bazán nació el 22 de noviembre. Puntería que tenía Martí para embarazar en febrero, y que sus hijos nacieran bajo el signo de Sagitario).
La fecha indica que, si Martí es su padre, la engendró en febrero, (como a su primogénito) pocas semanas después de conocer a la señora Carmen Miyares de Mantilla. (Deslumbramiento mutuo y fulminante que los llevó a la cama). Aunque el certificado de nacimiento señala a Manuel Mantilla como el padre, parece que él no fue quien dio la información ya que su edad de 40 años no es correcta y aparece como desempleado. También la edad de Carmen Miyares es errónea por cinco años, dando a especular, parece probablemente que la doctora Annie M. Brown, quien asistió el parto y firmó el certificado de nacimiento, fue quien anotó los datos. La residencia de la madre, donde ocurrió el nacimiento, es 243 Grand Avenue, Brooklyn, lo que significa que la familia Mantilla se había mudado de donde residían en Manhattan el 5 de junio de 1880, según la fecha del censo.
Todos los relatos históricos concuerdan que Martí vivía como huésped de los Mantilla en febrero de 1880. Sin embargo, cuatro meses después, cuando Carmen Miyares estaba en avanzado estado de embarazo, Martí ya no residía con los Mantilla. El censo federal de Nueva York del 8 de junio de 1880 demuestra que para esa fecha Martí se alojaba en la casa de huéspedes de Henry C. Beers y su familia, en el 345 Fourth Avenue de Manhattan, lejos de la familia Mantilla.
Cuando la esposa de Martí, Carmen Zayas Bazán llegó a Nueva York en diciembre de 1880 con el hijo de ambos, escuchó los rumores que su marido era el padre de María Mantilla. Al poco tiempo, Carmen volvió a Cuba con su hijo y obtuvo pasaporte sin el consentimiento de su esposo, valiéndose de la ayuda del cónsul español.
Tras la muerte de Manuel Mantilla, Martí regresó a vivir con Carmen Mantilla y su familia. El 22 de enero de 1895, el Ministro Español en Washington, Emilio Muruaga, envió un cable al gobierno norteamericano señalando a Manolito Mantilla como “el hijastro del Sr. Martí, el agitador cubano.”



En 1915, Carmen Mantilla viajó a La Habana y se hospedó con la familia Baralt. Allí entregó la biblioteca personal de José Martí al doctor Julio Villaldo.
Carmen Mantilla falleció el 17 de abril de 1925 y fue inhumada en el cementerio Woodlawn en el Bronx, donde posteriormente la acompañaron dos hijos.
Diez años después, su hija María Mantilla ofreció la evidencia más contundente que existe respecto a su paternidad en una carta de nueve páginas que le envió a su hijo, el actor César Romero, el 9 de febrero de 1935.
La misiva relata la vida de José Martí y afirma: “Yo quiero que sepas, querido, que él era mi padre, y yo quiero que tú te sientas orgulloso de eso. Algún día, hablaremos mucho sobre esto, pero claro, esto es solamente para tu conocimiento, y no para publicidad. Esto es mi secreto, y Papá lo sabe.
El 23 de enero de 2004, las nietas de María Mantilla, Victoria y Martí Romero, hijas de Eduardo Romero, viajaron a La Habana y donaron la carta original a la Fragua Martiana. La prensa oficialista castrista reportó la visita y el obsequio del documento, pero no identificaron a las hermanas Romero como las biznietas de José Martí ni tampoco mencionaron que María Mantilla se identifica en la misiva como la hija de Martí.
Por otra parte, un estudio antropométrico realizado por el antropólogo, arqueólogo, médico legal, espeleólogo e historiador doctor Ercilio Vento Canosa, explica, en una entrevista concedida al periodista Yamil Díaz Gómez, que hay un 74.3 % de compatibilidad entre José Martí y María Mantilla, lo que es un % muy por encima del índice de la casualidad.
Los que se desglosaría de la siguiente manera: Forma coincidente de la cara, 1. De las cejas, 2. Ojo, 9. Nariz 5. Labios ,3. Mentón y mejilla, 5. Pelo, 1. Orejas, 12. Manos, 5. Piel, 1. Espacio inter-naso-bucal, 2.
El propio Martí, aunque, como caballero de su época se llevó el secreto a la tumba, le escribe el 9 de abril de 1895: << Y mi hijita ¿qué hace, allá en el Norte, tan lejos? ¿Piensa en la verdad del mundo, en saber, en querer, ─en saber, para poder querer, ─querer con la voluntad, y querer con el cariño? ¿Se sienta, amorosa, junto a su madre triste? ¿Se prepara a la vida, al trabajo virtuoso e independiente de la vida, para ser igual o superior a los que vengan luego, cuando sea mujer, a hablarle de amores, ─a llevársela a lo desconocido, o a la desgracia, con el engaño de unas cuantas palabras simpáticas, o de una figura simpática? ¿Piensa en el trabajo, libre y virtuoso, para que la deseen los hombres buenos, para que la respeten los malos, y para no tener que vender la libertad de su corazón y su hermosura por la mesa y por el vestido? Eso es lo que las mujeres esclavas, ─esclavas por su ignorancia y su incapacidad de valerse, ─llaman en el mundo "amor". Es grande, amor; pero no es eso. Yo amo a mi hijita. Quien no la ame así, no la ama. Amor es delicadeza, esperanza fina, merecimiento y respeto>>.
Y aquí, a 1 mes y 10 días de su muerte, Martí no usa “hijita” como un apelativo cariñoso simplemente, sino, que lo eleva a la categoría de sustantivo legitimador de su paternidad.
En testimonio revelado a la escritora Nydia Sarabia, Maria Teresa Bances, (Teté) viuda de José Francisco Martí, años antes de su fallecimiento dijo: <<Yo no conocía personalmente a María Mantilla. Con mi esposo este tema era delicado y nunca se habló de la existencia de María. Pero llegó el Centenario de Martí en 1953. Como única hija política de Martí fui invitada a un banquete donde asistiría (Fulgencio) Batista que era entonces el presidente de turno…Al fin me convencieron y fui al banquete…Cuál no sería mi sorpresa al anunciar la llegada de María Mantilla. Cuando la vi por primera vez en persona y bastante cerca, me impresionó el parecido que tenía con Pepe Martí, mi esposo, ya fallecido…A medida que la veía conversar con los que la rodeaban, me percataba de que en sus ademanes, su sonrisa, su forma hasta de sentarse, aparte del parecido físico como la cara, las manos, eran tan iguales a las de Pepe Martí, que no pude por menos de convencerme que existía un parentesco entre ambos>>
Como última prueba, el cruce de cartas entre María Mantilla y Gonzalo de Quesada y Miranda, muchos años después. Dice María: <<Yo, como usted sabe soy la hija de Martí, y mis 4 hijos: María Teresa, César, Graciela y Eduardo Romero, son los únicos nietos de José Martí […] Y también quiero dar a conocer los nombres de los cuatro biznietos de Martí. Robert y Holly Hope –hijos de Graciela, y Victoria María y Martí, las hijas de Eduardo […] No me quedan muchos años más de vida, quiero dar a conocer al mundo este secreto que guardo en mi corazón con tanto orgullo y satisfacción>>.
A lo que Gonzalo de Quesada y Miranda responde: << Todos sabemos que usted lo es, y que si por ejemplo nosotros los Quesada nunca lo hemos expresado públicamente es porque no ha sido hasta ahora en que usted autoriza y hasta desea que se haga saber>>.

Monday, September 11, 2023

¿De mujer? Pues puede ser

Por Manuel Vázquez Portal


No niego que tengo cierto problema personal con lo impoluto. Lo hierático. Lo marmóreo. Lo solemne. Lo sacralizado. Lo intocable.
¡Que soy un irreverente! Eso no hay siquiera que discutirlo.
Me gustan los seres humanos con virtudes y miserias. Con valores y defectos. Con audacias y miedos. Con amores y odios. Con corduras y delirios. Con prudencia y desasosiegos. Con creencias e incertidumbres. Con contradicciones y coherencias. Con actitudes y consecuencias. Con criterios y dudas. Con aflicciones y regocijos. Con pudores y procacidades. Con mesuras y descomedimientos.
No creo en los fabricados de una sola pieza; a mi entender, dejan de ser humanos.
El Martí que reverencio, que venero, que admiro no es el del busto de la escuela, y mucho menos el de los panegíricos utilitarios de políticos y académicos; sino, ese otro tipo que acertaba y se equivocaba, que dudaba y arremetía, que elogiaba y fustigaba, que juzgaba y perdonaba, que se despeñaba y escalaba, que soñaba y ponía en práctica, que se fatigaba y renacía.
El Martí que reverencio, que venero, que admiro no es ese ser perfecto, inmaculado, santo (o diablo) que han fabricado las distintas tendencias ideológicas para usarlo o ponerlo a su servicio; sino, ese otro tipo maltrecho, y recompuesto, por un destino que no pudo evadir, y que lo condujo por los más abruptos senderos, por los más oscuros dédalos, por los más luminosos amaneceres. Un tipo que vivió a como sus circunstancias le impusieron, y que no se rindió.
Fue niño y emprendió malcriadeces y trastadas.
Fue adolescente y se masturbó desaforadamente escondido en un baño.
Fue joven y galanteó hasta a las mismísimas brujas.
Fue hombre y erró, y acertó, y gozó, y sufrió, y rió, y lloró, y amó, y odió.
Fue un ser humano antes que poeta, y héroe, y apóstol, y maestro, y gloria, y mármol.
No me le quiten ni me le pongan. No me le coloquen <<máscaras y vicios>> que él detestaba. Déjenme verlo con los trazos con que él mismo dibujó su ser y su imagen. No me lo adornen ni me lo desformen. Despójenmelo de leyendas negras y de mitificaciones áureas.
Aquellos que no puedan admirarlo con desinterés y bondad, por los menos, envídienlo con cortesía, pero, no intenten demeritarlo ni sobrevaluarlo, porque su propia vida los desmentirá.
¿Fue un patriota sin par?
Su historia lo prueba.
¿Fue un poeta extraordinario?
Sus versos lo evidencian.
¿Fue un visionario histórico?
Su legado teórico y práctico lo prueba.
¿Fue un beodo repugnante?
Sus contemporáneos lo niegan.
La leyenda negra partió de una caricatura enemiga en La Política Cómica, publicada el 25 de marzo de 1895, que lo dibuja en un lugar público, junto a una mesa con una botella y una mujer sentada en sus piernas.
Y sobrevino el mote de Pepe Ginebrita y la coña de que era un templón.
Mas, lo cierto es que Martí no bebía Ginebra. Solo bebía Mariani, una bebida estimulante y muy famosa en la época que, según se sabe, era preferida por el Papa León XIII, el presidente estadounidense William McKinley, la Reina Victoria de Inglaterra y Thomas Edison.
Martí gustaba del vino. Lo elogia en varios de sus poemas. Y hablando sobre la fabricación del vino que recién comenzaba en las américas nuestras, califica al vino de: <<culto pagado a las generosas uvas>>, y más adelante agrega: << Hay en la vid algo del espíritu del hombre. Los alcoholes abominables agobian y embrutecen. El vino, sano y discreto, repara las fuerzas perdidas>>. A ese texto también pertenece la célebre frase, <<nuestro vino es agrio, pero es nuestro vino>> que tanto repiten por ahí los citadores de oído, sin apenas saber de dónde coño salió.
Martí no era un curdonauta.
Sabía disfrutar, en las pocas veces que pudo, porque las más de las ocasiones no tenía ni dónde caerse vivo, de los excelentes sorbos de vinos reparadores.
¿Fue un Don Juan?
¿Un Casanovas?
¿Un Bradomín?
¿Un templón cubano?
Su historia de amor lo desdice.
Y esto requiere un poco más de calma.
Martí fue un hombre hecho de amor. Amor a todo lo existente. Al universo y a todas sus criaturas, realidades y sortilegios. Pero su amor mayor fue a la Patria, y la Patria, como ideal, ha sido la única que le correspondió a su altura, convirtiéndolo en eternidad. Luego Carmen Miyares, su gemela en sexo y espíritu. El resto fueron amores inacabados.
¿De mujer? Pues puede ser.
Solo amó con la intensidad de todo su espíritu a cinco de ellas. Y cinco no es siquiera un buen average para un supuesto Marqués de Bradomín.
Los Ligones baratos, los Templones aficionados, los Donjuanes, son proclives al disfrute de las cáscaras, sin detenerse a buscar la almendra, y sin comprometer la fibra honda de la fruta agridulce que es el amor. Y…
Perdónenme esta leve distracción, esta mínima subtrama, esta breve digresión.
Es que me ha venido, ahora mismo a la memoria, una escena que disfruté junto a mi abuelo Pablo Vázquez, quien cursó una escuela de 66 años casado con mi abuela Panchita Marín y murió junto a ella.
Era un plácido atardecer campestre. Abuelo Pablo, rodeado de muchos de sus nietos, derramaba sabiduría sobre nosotros. Y, está más que sabido, que, cuando un grupo de hombres está hablando “cosas de hombres”, es siempre sobre mujeres. Uno de mis primos mayores contó:
─Abuelo, lo hice tres veces anoche con Dorita, la vecina.
Abuelo lo miró hondo. Puso los ojos pícaros. Y de la voz le brotaron como sutiles tijeretazos que le desataron todos los amarres a la risa:
─ ¿Tan malos te quedaron los dos primeros que tuviste que repetir?
Juro que entonces no saqué conclusiones. Aún ni siquiera tenía muy claro por dónde le entraban las veces a Dorita. Pero no lo olvidé. Cuando el abuelo Pablo Vázquez decía cosas había que recordarlas por si se necesitaban en el futuro.
Y, pensando en lo Ligones, los Templones, los Donjuanes y Martí, he comprendido mejor al abuelo.
Martí no veía el amor como algo únicamente carnal y desechable una vez usado. No mentía para conquistar. No veía a la mujer como una mariposa que había que atrapar y luego abandonar. Mientras que el Don Juan siente compulsión irresistible a seducir, engañar y huir. El Don Juan es un esclavo de la cantidad. Es un adicto. Es desafiante. Es burlesco. Es desprecio a la mujer que, una vez conseguida, ha de abandonarse. Y quizás por eso, más que un Don Juan, como algunos quieren pintarlo, Martí fue un padecedor iterativo. Sobre tal detalle, Gonzalo de Quesada y Miranda apunta: <<Martí no fue ni nunca pudo ser el tipo del enamorado frívolo, del clásico Don Juan>>.
Y si acudimos a la parte exterior, no emocional del hecho, nos damos cuenta de que Martí no reunía las cualidades físicas del Don Juan típico. Tenía solo a su favor poseer el aura del rebelde heroico y la locuacidad suficiente para hechizar, pero, era chiquitico (apenas 5 pies y 46 centímetros, y unas 138 libras de peso), cabezón, patizambo, con las orejas tan separadas de la cabeza que asemejaba un SUV con las puertas abiertas, feas cicatrices de los grilletes en los tobillos y los párpados algo corroídos por la cal de las canteras. Y aunque el alma de la mujer es como el corazón con que Dios ve lo invisible, el refrán popular de “caballo grande ande o no ande” también juega su papel, y, según otra leyenda muy propia del imaginario popular cubano, Martí, lo único que tenía de equino no era visible a los ojos, y quizás por ahí le salía el agua al coco.
Por lo que les propongo que hagamos un recorrido ligero por los amores de Martí.
Según el propio Gonzalo de Quesada y Miranda, cuando Martí llega a esa edad en que el varón necesita amancebarse, y ello ocurre en la Zaragoza de 1870, tras la primera deportación que sufrió, se cuentan unas 14 aventurillas sin resultados. Pero que, en una de ellas, y en la cual ya el futuro apóstol juega en serio, han sido muchos los que dedujeron que con Blanca Montalvo se inició en el amor y en el sexo. <<Allí tuve un buen amigo, / allí quise a una mujer>>. El amigo era el joven pintor zaragozano Pablo Gonzalvo, y la mujer Blanca Montalvo.
Blanca Montalvo era la cuarta de una familia modesta de seis hermanos, de la que Martí, se enamora y, a pesar de la oposición paterna de la muchacha, la relación fue adelante y se veían a escondidas. Este fue, al parecer, el amor inaugural e inolvidable para el joven de 22 años que era el Martí de entonces, y por ello afirmará 20 años después: <<Amo la tierra florida, / musulmana o española, / donde rompió su corola / la poca flor de mi vida>>. Focalizo los dos últimos versos, porque esta confesión metafórica viene a corroborar la opinión de muchos de que, con Blanca Montalvo, Martí chocó con la bola por primera vez.

Todo indica que Martí nació para que el amor no le permitiera llegar a extra inings. El segundo gran juego, fue con la actriz mexicana Rosario de la Peña. Una mujer que sin ser escritora está ligada a la historia de las letras de su país en el Siglo XIX. A las tertulias en su casa asistía lo más granado de la intelectualidad de la época. Martí la conoció en 1875. Lo introdujo ante ella el médico y poeta Juan de Dios Peza.
Y ahí mismo el tipo se encalabernó de nuevo. Y volvió a chocar con el cinturón de castidad que aquella mujer interpuso a su pasión, y a la pasión de todos lo que quisieron quimbársela. ¿Sospechoso? Bueno. Habrá que averiguar sobre la sexualidad de la Charo.
No aceptó nunca a ninguno.

Rosario de la Peña y Llerena

La quisieron ligar Manuel Acuña, Ignacio Ramírez, Guillermo Prieto, Ignacio Altamirano, Justo Sierra, Manuel María Flórez, Juan de Dios Peza, y José Martí; y no fue hasta más de 50 años después, ya con 77 años de edad que Rosario confesó sus simpatías por Martí. Le respondió a un reportero:
─ ¿Cuál era el más simpático? ─ Preguntó el periodista.
─Pepe Martí, ¡Qué duda cabe! Era el Libertador un hombre agradable, en extremo insinuante y en los ojos traía todo el sol de su isla nativa.
Pero ya no se valía. Después que el Pepe había demostrado con su obra y con su vida que era un ser grandioso, todo el mundo lo halló simpático, atractivo y luminoso, pero antes de reventar tuvo pocas flores que comer,
Y hasta ahí las clases con la azteca sobre quien se conserva este escopetazo que el Pepe le metió a boca de jarro:
En ti pensaba, en tus cabellos
Que el mundo de la sombra envidiaría,
Y puse un punto de mi vida en ellos
Y quise yo soñar que tú eras mía.
Ando yo por la tierra con los ojos
Alzados ─ ¡oh, mi afán! ─ a tanta altura
Que en ira altiva o míseros sonrojos
Encéndiolos la humana criatura.
Vivir, ─Saber morir; así me aqueja
Este infausto buscar, este bien fiero,
Y todo el Ser en mi alma se refleja,
¡Y buscando sin fe, de fe me muero!
(29 de marzo de 1875)
¿Después?
Después: María García Granado, de quien hace unos días les chismee todo cuanto le he arañado a la historia. Amor letal. Tragedia griega. Mariconá del destino.
Y a renglón seguido:
Carmen Zayas-Bazán.
<<Es tan bella mi Carmen, es tan bella>>. A grandes trancos sobre su belleza y su fealdad: Martí y Carmen se conocen en México. En febrero de 1875 se hacen novios. En diciembre de 1877 se casan. En enero de 1887 viajan a Guatemala. A los once meses de casados tienen a su hijo, José Francisco Martí y Zayas-Bazán. Por entonces viven en La Habana. Martí vuelve a conspirar y lo vuelven a deportar. Y ahí empieza la gran candanga. Parece hacerse realidad aquello de que “cuando la pobreza entra por la puerta, el amor huye por la ventana”. Carmen le escribe:
<<Mucho más que tú tienen méritos esos hombres que lucharon y que hoy se rinden, no a un gobierno que combatieron sino a las necesidades de sus hijos no satisfechas… Sacrificar a todos y cantar purezas lejos del contagio, olvidando cuánto hay de más sagrado en la tierra, y más serio en la vida, ni es valor ni así se cumple con el deber>>.
¡Cómo para mandarla al carajo!
Sin embargo, viene Carmen a Nueva York. No hay arreglo entre ellos. Piensan distinto. Carmen no es la compañera que Martí necesita. La falta de comprensión, de amabas parte, hace que Carmen regrese a La Habana con Pepito, en marzo de 1885.
Carmen no volvió a Nueva York hasta mediados de 1891. Habían pasado seis años separados y ya era demasiado tarde para el matrimonio. Carmen Miyares estaba de pícher de relevo con las bolas de Martí.
Las amigas le contaron a Carmen Zayas-Bazán y la camagüeyana cogió un berrinche de Tínima y muy señor mío. A espaldas de Martí, y con la ayuda de Enrique Trujillo, se fue al consulado español para solicitar su regreso a La Habana. Lo que Martí consideró una traición.
<<Eva me ha sido traidora (la Zayas-Bazán) / Eva me consolará (la Mijares)>>. ─Aclaro aquí que Martí usa el nombre bíblico de Eva porque ambas se llaman Carmen y en el nombre de Eva resume al género, que, según él, es símbolo de pecado y consuelo a la vez)
Nunca más volvieron a verse la Zayas-Bazán y él, aunque se escribían periódicamente y Martí le siguió enviando regularmente una mesada.
Y así llegamos a la recta final del partido amoroso de Martí.
La santiaguera María del Carmen Miyares Peoli fue la mujer definitiva de aquella <<alma trémula y sola>> que llegó al noveno ining el 19 de mayo de 1895 con un relicario colgado al cuello donde guardaba amorosamente la imagen de María Mantilla, la hija que nunca reconoció, fruto de su doble play con Carmen Miyares, quien, al saber la noticia, escribió a su amiga Irene Pintó de Carrillo:
<<Figúrate que será de mi vida sin Martí, el afecto más grande de mi vida, toda la felicidad se ha ido con él: ya para mí el sol se eclipsó y viviré en eterna tiniebla. Martí se había fundido en nuestras almas de tal manera, que, a pesar de todas nuestras desgracias, éramos criaturas felices por el cariño tan grande y desinteresado que nos teníamos>>.
Martí no fue, no podía ser, un Don Juan.
Había demasiado amor, demasiada entereza y demasiado compromiso en él:
Yo sólo sé de amor. Tiemblo espantado
Cuando, como culebras, las pasiones
Del hombre envuelven tercas mi rodilla;
dejó escrito.

Wednesday, September 6, 2023

La habitacion propia de la negra cubana*

Por Yesenia Selier


A Inés María Martiatu, intelectual afrocubana que se plantó y me dijo, “Afrocubanas no sale para la imprenta hasta que no me mandes tu ensayo. Este libro no estará completo sin tu voz.”



La vilipendiada identidad afrocubana, escarmentada sangrientamente en La masacre del Doce, La masacre de la Escalera y la Conspiración de Aponte, se ha hecho a la luz, acompasándose también a las tendencias globales de la Diáspora Africana. Ella, aún tierna criatura busca horizontes y espejos en que mirarse. Para los que la pensamos ha habido un marco de referencia en el Movimiento de los Derechos Civiles, la figura y el movimiento de Malcom X y Black is Beautiful.

Aunque el postmodernismo ha colocado en el centro la otredad, implosionando el esencialismo de siglos enteros de pensamiento humano; lo negro continua siendo mayormente pensado por intelectuales blancos; reinventado por los poderes y saberes en cuanto aspecto sea posible imaginar. En esta dinámica no solo se expresan realidades coloniales, post-coloniales?, sino también una falta real, numérica, de producción intelectual desde la negritud.

Virginia Wolf hace casi un siglo, en el ensayo “Una habitación propia” (2005) reflexiona sobre las condiciones necesarias para que una mujer pueda escribir novelas de ficción. “500 libras al año y una habitación propia, donde pueda escribir sin interrupciones”. Y me pregunto si detrás del análisis subsecuente que pudiera derivarse, salvando las inmensas distancias, geográficas, históricas y temporales, pudiéramos encontrar acá, alguno de los dilemas de nuestra ausencia discursiva, puesto que el icónico ensayo, ilustra excelentemente los dilemas del sujeto subalterno para articular su experiencia, recrear, crear. La Woolf ratifica la necesidad de ser sujeto de sí misma, como premisa fundamental del creador, mujer en este caso, con una denuncia explícita de la constricción mental que para la mujer supone la sociedad patriarcal

El patriarcado, tábula rasa contra la cual se han rebelado las feministas de todas las épocas, ha sido un paisaje, remoto o , cuanto menos, inconstante, para las mujeres negras. Según bell hooks, las construcciones simbólicas sobre las mujeres negras, fueron creadas para enfatizar su condición de cuerpo sacrificable (hooks, 1992). Pensemos en Cecilia Valdés, María la O, “La mulata” del teatro bufo, modelos todas, más allá de sus cualidades, de mujeres disponibles, o de moralidad caída (Martiatu, 2008), pero por sobre todo, sacrificables. Una mujer negra, y ahí hablan más las estadísticas que los esterotipos, se encontrará en cualquier época, más probablemente, en el fondo del continuo de la pobreza, menos educada y con más hijos y carecerá, también, más probablemente, de proveedores masculinos, económicos y/ o afectivos. Así también, una mujer negra, en cualquier época ha sido más fácilmente usada y abandonada sexualmente; diana fácil de la violencia verbal y física y degradada de sus atributos femeninos; del marco de la fragilidad y del de la belleza, despertando, en fin, menos simpatías por sus penas,

La alienación del negro y de lo negro, y muy especialmente de la negra, es una constante en el vaivén de lo histórico y lo cotidiano; y en él se imponen nociones fundamentales, fundacionales si se quiere, convenientemente distanciadas de los umbrales de la ética: nuestras valoraciones sobre el arte y nuestras valoraciones estéticas. En las primeras, en las que no ahondaré por falta de “una habitación propia”. Apenas nótese la centralidad de la noción de “alta cultura”, denotada por los cánones artísticos occidentales en nuestra apreciación del arte. Es interesante que el contestado término afrocubano, es aceptado por los académicos cubanos por más de cincuenta años para clasificar la música de ascendencia africana. La definición orticiana, crea una válvula de escape para digerir la ruidosa y temible omnipresencia del tambor y la clave en lo cubano. Tenemos un cuarto aparte no solo para lo que los sacos de ébano, pertinazmente recrearon de África, sino también creaciones autóctonas como la rumba y la conga, y hasta el mismo son y sus subgéneros; imposibles sin la alternancia de sus creadores en el “alto” y “bajo” mundo. La necesidad de contener lo negro, se extiende como curiosa tendencia a lo largo de nuestra historia: en una cárcel, en la noción de lo “folklórico” o en una agencia de rap. En esa contención se expresa la tensión omnipresente de la cubanidad, ¿qué hacemos con el negro?

A la negra, eterna doméstica en el imaginario popular le toca el incontestable terreno de la estética. Pasa, bemba, ñata, “negra bonita”, “tremenda blanca se perdió” ...juicios de valor empotrados al sentido común cubano, es el telón de fondo, uno de ellos, sobre el cual se constituyen nuestras identidades. La concomitancia de la condición femenina con lo bello, y la centralidad de la apariencia, es otro. Aunque se ha abundado el tema de la estética negra en diferentes documentos culturales, líricas de rap, poesía y algún que otro escrito en Cuba, después de la década del noventa, este continúa siendo el punto álgido, irresuelto, para la mayorÍa de las mujeres negras de la Diáspora y el que más nos afecta en la vida cotidiana.

Más allá del charco, otro telón lo constituye el carácter agresivo, sutil colonizador de la subjetividad, del estado postmoderno globalizado. En el contexto del neoliberalismo se exageran el lugar y el valor de la opción personal, con un rechazo a la acción colectiva y un enfoque mayor en el éxito propio. Son los ecos del neo-conservadurismo, uno bien despierto, revitalizado con Viagra y sangre nueva, listo a enterrar cada conquista social de los años sesenta, presto a certificar la defunción del feminismo y la instauración de su impostor, el postfeminismo.

La autora del artículo durante un performance en Washington Square

  El infame postfeminismo enmarca, al menos, una serie de actitudes de las mujeres contemporáneas. Rechazo al feminismo en sí, como doctrina estigmatizante y androgénica, que aunque gestó nuevos grados de libertad para la mujer, no consiguió su felicidad, y una noción extendida de que la equidad está garantizada legalmente en las sociedades contemporáneas. Así se orquesta un retorno a la geografía corporal y a las presiones normativas sobre el cuerpo: disminuido de tallas, mejorado con cirugías, corregido con inyecciones; en una estandarización extrema de lo bello y de lo sexy. Flaca, retocada, esquilada como una oveja, una mujer postmoderna se prescribe: exitosa profesionalmente, una dulce esposa, pero no espantar las ganas del esposo y una madre abnegada, empoderada solo por el consumo. “Sex and the City”, es el súmmum de la conciencia femenina ideal, en el contexto postfeminista.

En un contexto donde el poder se iguala a la capacidad para el consumo, la tábula rasa de las afrodescendientes dista abismalmente de las mujeres blancas. En Estados Unidos, investigaciones muestran que mientras el patrimonio neto promedio (entendido como la diferencia entre los valores acumulativos y la deuda) de una mujer blanca soltera entre los 36-49 años es cuarenta y cinco mil dólares el de una mujer negra soltera en el mismo rango de edades ¡es de solo cinco dólares! En el país del cual ha trascendido una discusión intelectual por más de 200 años sobre los derechos de los negros y un exitoso movimiento por los derechos civiles en los 60 se contempla en la actualidad una involución de los valores conquistados hace 50 años.

En el cuerpo de las mujeres negras estadounidenses, ha muerto el pelo malo, y se impuesto el pelo muerto. Los fabulosos “tachos” y los míticos “productos” que han aguado la boca de las negras cubanas por decadas, admirando los productos del “brutal”, consisten en casi 90%, implantes de pelo natural. La clientela del implante fue expandiéndose silenciosamente, en principio solo para iniciadas que “entraban por la puerta de atrás para que nadie se enterara”, alcanzando en la actualidad niveles prácticamente normativos.

La estigmatización de cada rasgo de la fisionomía negra, fue una de las obsesiones de la modernidad. Más que grito de moda, el “vicio” del implante, reempaqueta la noción del pelo bueno y es el centro de la exploración del documental de Chris Rock, “Good Hair (2009). Mujeres de distintas edades, clases y niveles educativos confiesan a la cámara, sin el menor conflicto que “el pelo lacio, relajado, ayuda a que los blancos se relajen y uno luce más compuesto”. “Hacerse el pelo” es parte de lo que es ser una mujer negra, nos dice la actriz Nia Long, “un hombre negro debe acogerlo, aceptarlo”. Debemos según esta afirmación, hacernos el pelo, porque no tenemos uno; un hombre negro debe aceptar el absurdo gasto de que una mujer sea completada en su opresión. “Hemos venido a peinar la opresión y explotación cada mañana. Te la pegas o la superpones cada día. ¿Cómo vas a pensar claramente cuando sufres explotación todo el tiempo? Hay necesidad de un movimiento básico para recapturar el hecho de que no controlamos algo tan cerca de nosotros como el pelo en nuestra cabeza” , dice el reverendo Al Sharpton, sobre el desriz que ha usado por más de 20 anos.

Los hombres afroamericanos, con las dificultades estructurales e históricas para su integración a la sociedad americana, y la definitiva tendencia endogámica, son los conejillos de indias de este vicio. “El vicio del implante es una inversión más costosa que la educación de los hijos”, comenta Sharpton. Andre Harrell, empresario musical, agrega que “El precio de mantener una mujer es como el precio de mercado de bienes raíces en Nueva York, va por el cielo. El precio de una visita a la peluquera te puede dejar en bancarrota”. Por si esto fuera poco el implante impone bizarros límites a las relaciones personales e íntimas de las parejas. En cuanto a las opciones recreativas: ni playas, ni piscinas, el pánico a la lluvia y el traumático, “Do not touch” en la cama. “Si estás con una chica con implante”, concéntrate en sus senos, aconseja Harrel, jocosa y dolorosamente a un tiempo.

El documental incluye voces menos adormiladas por las presiones del capitalismo tardío, que impone y rinde a muchas mujeres a esta aberración íntima, estética y económica. Sheila Bridges, diseñadora interior, una mujer negra con alopecia, abraza en lo más hondo su condición y su diferencia afirma que las mujeres negras “usamos el pelo como si fuera una divisa (...) y nuestra autoestima esta atada a él. En la actualidad los standares son completamente irreales e inalcanzables para una mujer negra.”

Más allá de una villanía preconcebida, según Derrida (1997) la noción de humanidad es definida ante todo como hermandad, es un concepto en fundamentalmente falocéntrico. La hegemonía es además, invisiblemente blanca. Mujeres, blancas y negras en cada lugar del globo, hemos avanzado increíblemente en términos de nuestra educación, participación económica y social, con derechos ganados de jure y de facto, pero hay mucho camino por recorrer aun en términos de una equidad y respeto consistentes, en nuestra vida diaria.

Este escrito no pretende impugnar a mis hermanas desrizadas, pero como parte de asumir su diversidad y complejidad, la subjetividad negra, me ha parecido indispensable, abordar críticamente algunas de nuestras realidades. Nuestras opciones, aún las más personales, tienen consecuencias políticas, más allá de los cantos de sirena. La negra y el negro, desrizados o no, blanqueados o no, no adulteran las consecuencias sociales de la tecnología clasificatoria del racismo. Pero, como afirma una de las entrevistadas por Rock en “Good Hair”, “dejar el pelo en la textura en que sale de mi cabeza, es visto como un acto revolucionario y hay que tener convicción para llevarlo”.

Las negras cubanas, en la periferia del consumismo, desde el lugar en que se encuentre en el continuo del tejido social y educacional, libran sus batallas diarias también frente al espejo. Mientras cantamos “ La Bayamesa” y honramos el escudo nacional con la imagen de “La Cubana”, trigueña hermosa de cabellos largos, lacios, bajo el gorro frigio, carecemos de una habitación propia. El diez por ciento de la población de la ardiente Habana donde se concentra la quinta parte de la población insular, vive aún en grimosos solares y de ellos la mayoría son negros y negras. Invito entonces a que nos atrevamos todas, a tomar una habitación para nosotras, a recrearla cada mañana ante el espejo, a documentar en cualquier modo posible nuestra experiencia y a pelear, cuesta arriba como el salmón, los criterios negadores y opresivos de nuestra auténtica belleza.

 

Bibliografía:

 

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____''Selling Hot Pussy:Representations of Black female Sexuality in the Cultural Marketplace."

 ____“Madonna: Plantation Mistress or Soul Sister?”

          “Understanding Patriarchy” En “The Will to Change: Men, Masculinity and Love". Atria Books,   2004.

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West, Cornell. Race Matters . New York:Vintage, 1994.

Woolf, Virginia, “Una habitación propia.” Seix Barral, Barcelona, 2005



*Publicado en Afrocubanas: historia, pensamiento y prácticas culturales. Edit. Daisy Rubiera Castillo, Inés María Martiatu. Editorial de Ciencias Sociales, 2011.

 

 

 

 

 

La bailarina española

Por Manuel Vázquez Portal

Ese título no existe en la obra poética de José Martí. Los versos que recrean las ondulaciones del cuerpo, los taconeos sobre el tablado de la soberbia gallega y la rosa en la provocadora boca de Agustina Otero Iglesias, sólo llevan sobre los octosílabos geniales un número diez a la manera romana, es decir, X.
Versos Sencillos, ese libro que el pueblo cubano recita de memoria desde la más temprana infancia y que parece una cédula de identidad, fue escrito ─diría el propio poeta─ <<como jugando>> y por ello se pregunta en su prólogo:
<<¿Por qué se publica esta sencillez, escrita como jugando, y no mis encrespados Versos Libres, mis endecasílabos hirsutos, nacidos de grandes miedos, o de grandes esperanzas, o de indómito amor a la libertad, o de amor doloroso a la hermosura>>.
Ninguno de los poemas que integra Versos Sencillos tiene título algunos, solamente los números.
Sin embargo, no es únicamente el X, el poema que ha sido arbitrariamente titulado; al número IX (nueve), se le llama, La niña de Guatemala; al XXXIX (treinta y nueve), Le dicen La Rosa Blanca, y otros más, como, Yo soy un hombre sincero, al número I (uno).
Pero no es sobre este delirio de renombrarle a Martí sus poemas que quisiera escribir sino sobre quién era esa bellísima bailarina gallega que el poeta se negó a aceptar que lo fuera y la calificara de <<divina>>.
Martí encontró a Agustina Otero Iglesias, quien más tarde se nombró Carolina Otero, pero que fue más conocida como La Bella Otero, una noche de invierno en un teatro de Nueva York donde ella actuó en más de una ocasión, y él pudo entrar porque, dice el poema, no estaba la bandera española.
El siglo XIX fue prolijo en cortesanas deslumbrantes ─lo que hoy llamaríamos en Cuba jineteras despampanantes. El París de por entonces, en particular, era la capital donde rutilaban las más hermosas, libres y osadas hembras de la Belle Epoque.
En la Ciudad Luz se codearon Cora Pearl, la fogosa pelirroja que convirtió la procacidad y el desparpajo en su santo y seña; la bellísima Liane De Pugy, quien vaciaba bolsas muy rentables por sólo dejarse ver mientras se bañaba y era masajeada por sus sirvientas; la aristocrática Cleo de Merode, quien arribó a Paris como bailarina de ballet clásico, y resultó una de las cortesanas más codiciadas de la ciudad; Emilianne de Alencon, una bisexual radiante que ─según la describen─ era dueña de perversidades como para competir con el Marqués de Sade.
Entre esa miríada de hermosuras que vivía de la más refinada prostitución y cuyos protectores eran los hombres más adinerados del orbe, comerciantes multimillonarios, afamados artistas, grandes políticos, príncipes y reyes, se encontraba una mujer por quien muchos hombres se suicidaron o se hicieron matar: Carolina Otero, La Bailarina Española.
Su nombre verdadero era Agustina Otero Iglesias, y había nacido el 4 de noviembre de 1868 en un pueblito pobrísimo de Pontevedra, España.
Hija de madre soltera y violada a los diez años, partió de la aldea con una compañía de cómicos portugueses que pasó por la localidad.
En Barcelona se hizo amante de un banquero que la promocionó como bailarina, y con él se fue a Marsella y después a París, donde, a los veinticuatro años, decidió cambiar su nombre, demasiado vulgar, por el de Carolina, y dio comienzo a su leyenda.
Carolina no solo se dedicaba a la danza, también podía actuar en el teatro y hasta cantar, al punto de que llegó a representar el protagónico de la ópera Carmen, de Bizet.
En la cúspide de su fama poseía su templo en el Folies Bergere de París. Visitó Nueva York, Europa, Argentina, Rusia y Cuba, entre otros países.
Como bailarina creó un estilo en el que se mezclaban el flamenco y el fandango con otras danzas exóticas, y danzaba envuelta en gasas transparentes bordadas con pedrería que insinuaban sus armoniosas formas.
Fue la primera artista española que logró fama internacional y a los treinta años amasaba una de las fortunas más importantes de su tiempo.


Cuentan que sirvió de inspiración a grandes artistas de su época ya que tenía medidas perfectas de busto, cintura y caderas; es decir, 97-53-92, y desplegaba una sensualidad de serpiente adiestrada.
Se dice que el célebre arquitecto francés Charles Delmas modeló las cúpulas del hotel Carlton, de Cannes, alucinado por la extraña forma de sus senos.
Hay quienes afirman que reunió un tesoro en joyas costosísimas, y uno de sus amantes, el Zar de Rusia Nicolás II, le entregaba en cada uno de sus encuentros una joya de la corona de su país, en tanto, un banquero alemán le obsequió un collar que había pertenecido a la reina María Antonieta.
Según el cotejo de algunas nóminas se ha llegado a la conclusión de que entre sus incontables amantes estuvieron Guillermo II de Alemania, Nicolás II de Rusia, Leopoldo de Bélgica, Alfonso III de España y el político Aristíde Brian, con quien Carolina sostuvo una relación hasta que él murió.
También fue amante de Cornelius Vanderbilt, uno de los más grandes multimillonarios norteamericanos de todos los tiempos y el poeta italiano Gabrielle D'Annunzio le escribía versos, y De Dion, célebre propietario de una firma automovilística, le regaló el último modelo de su coche.
Carolina envejeció, y la afición que siempre había sentido por los casinos devino patológica. Comenzó a vender todas sus propiedades hasta que se arruinó. Se dice que dejó sobre los tapetes rojos una fortuna de cuarenta millones de francos oro.
Terminó instalándose en una habitación alquilada en un edificio insignificante de Niza, donde apenas tenía los muebles indispensables para sobrevivir. Se dice que su familia gallega le ofreció ayuda, pero ella la rechazó.
Carolina Otero tuvo una larga vida, murió el 10 de abril de 1965.
A grandes saltos, y sin tener en cuenta cientos de relatos, y las propias memorias de la Bella Otero, aquí está la historia, vida y muerte de la mujer que deslumbró a José Martí, en una gélida noche neoyorkina, y que le arrancó uno de los más intensos poemas que se halle en su obra.

X
El alma trémula y sola
Padece al anochecer:
Hay baile; vamos a ver
La bailarina española.

Han hecho bien en quitar
El banderón de la acera;
Porque si está la bandera,
No sé, yo no puedo entrar.

Ya llega la bailarina:
Soberbia y pálida llega:
¿Cómo dicen que es gallega?
Pues dicen mal: es divina.

Lleva un sombrero torero
Y una capa carmesí:
¡Lo mismo que un alelí
Que se pusiese un sombrero!

Se ve, de paso, la ceja,
Ceja de mora traidora:
Y la mirada, de mora:
Y como nieve la oreja.

Preludian, bajan la luz
Y sale en bata y mantón,
La virgen de la Asunción
Bailando un baile andaluz.

Alza, retando, la frente;
Crúzase al hombro la manta:
En arco el brazo levanta:
Mueve despacio el pie ardiente.

Repica con los tacones
El tablado zalamera,
Como si la tabla fuera
Tablado de corazones.

Y va el convite creciendo
En las llamas de los ojos,
Y el manto de flecos rojos
Se va en el aire meciendo.

Súbito de un salto arranca:
Húrtase, se quiebra, gira:
Abre en dos la cachemira,
Ofrece la bata blanca.

El cuerpo cede y ondea;
La boca abierta provoca;
Es una rosa la boca:
Lentamente taconea.

Recoge, de un débil giro,
El manto de flecos rojos:
Se va, cerrando los ojos,
Se va, como en un suspiro...

Baila muy bien la española;
Es blanco y rojo el mantón:
¡Vuelve, fosca a su rincón
El alma trémula y sola!

Monday, September 4, 2023

La que no murió de amor

Por Manuel Vázquez Portal

Quien crea que María Cristina García Granados le arrancó a José Julián Martí y Pérez un solo poema, esta más perdido que el secreto que ella misma se llevó a la << bóveda helada>> de lo que verdaderamente ocurrió entre ellos.

María Cristina García Granados no murió de amor.
Parece ser que fue el choque de dos empecinados temperamentos atrapados en las normas morales de una época, y el resultado no pudo ser mas dramático. Ella se empecinó en no vivir sin él, y él lamentó profundamente no haber podido traicionar su palabra empeñada, romper con Carmen Zayas-Bazán y desbarrancarse delirio abajo con María García Granados.
María Cristina lo quiso gobernar. Y él le dijo que no, qué no. Y el destino les pasó la cuenta a ambos. Porque el destino sí que no anda creyendo en empecinamientos, torceduras, caprichos y rejuegos: es inexorable, y una vez dictado no hay Layo de Tebas que no muera a manos de Edipo.
─Hace seis días que llegaste a Guatemala, y no has venido a verme.
Dijo ella.
─Nunca más he vuelto a ver a la que murió de amor.
Se lamentó luego él.
Lo ocurrido con ella, indica que se suicidó.
Lo ocurrido con él, indica que, 17 años y 9 días después, se suicidó también.
Ella se adentró en el río, emperradisima, y murió el 10 de mayo de 1878.
Él se adentró en Dos Ríos, encojonadísimo, y murió el 19 de mayo de 1895.
Mayo fue para ellos el mes más cruel.
¿Razones de ella?
Desde concepción romántica de la honra, hasta perreta adolescente de joven consentida (sobradamente se sabe que procedía de una familia con fortuna y poder como para complacerle todos sus caprichos; no por casualidad, la llevaron en andas obispos y embajadores), por no conseguir lo que quería.
¿Razones de él?
Aberrado sentido del honor. Complejo de no participación. Le pidieron más que Abdala y el soneto 10 de octubre que escribió con apenas 16 años. Machismo cubano a pulso. ¿Quién cojones les dijo a Máximo Gómez y a Antonio Maceo que él era discursos nada más y que no tenía cojones para fajarse a tiros por sus ideas? Y ahí estuvo, cayendo de cara al sol, para demostarlo.
Pero mirémoslo con calma.
Primero lo supuestamente fáctico, según testigos de la época.
Luego, lo contra fáctico, lo especulativo, según la visión de nuestra época.
Versiones del tiempo de los hechos señalan que María padecía, como Margarita Gautier ─la dama de las camelias─ de tuberculosis, y no era esta, por entonces, sin vacuna y sin penicilina aún, una enfermedad que permitiera adentrarse en las aguas frías de un río: (Se entró de tarde en el río / La sacó muerta el doctor)
Un poema anterior al IX (La niña de Guatemala) de Versos Sencillos, hace sospechar que José Martí conocía el padecimiento de la joven ─según algunos datos, era una herencia familiar─ y lo escribió para consolarla y halagarla.
<<Terrestre enfermo, que a sus solas llora
El furor de los hombres, la extrañeza
De su comercio brusco, y su odiadora
Feral naturaleza,─
Siento una luz que me parece estrella,
Oigo una voz que suena a melodía,
Y alzarse miro a una gentil doncella,
Tan púdica, tan bella
Que se llama─¡María!>>.
Ello ocurre por los meses finales de 1877, poco antes de que Martí partiera para México, donde el 20 de diciembre se casaría con Carmen Zayas Bazán, y el poema IX de Versos Sencillos ─conocido como La Niña de Guatemala─ se publicó muchos años después, en 1891, y había sido escrito mientras el propio Martí se recuperaba de su flaca salud en una zona rural cerca de New York, quizás trabando ya amistad con la pelona.
El 26 de marzo de 1877 había arribado Martí a Guatemala, procedente de México. Porfirio Díaz había establecido una dictadura militar, y ello, provocó que Martí abandonara la tierra azteca. 

<< ¿Del tirano? Del tirano / Di todo, ¡di más!>>.

El poeta y prócer cubano conocería a María Cristina García Granados en La Academia de Niñas de Centro América, cuando fue invitado a impartir lecciones de redacción y composición. Él la descubrió disfrazada de dama egipcia en una fiesta del colegio y quedó fascinado con la visión.
María era hija del general Miguel García Granados, un patriota guatemalteco que había sido presidente del país y contaba con una ilustre y numerosa familia.
Miguel García Granados


El patriota y pedagogo cubano, José María Izaguirre, uno de los insignes bayameses que se uniera a Carlos Manuel de Céspedes, exiliado en Guatemala, tras diez años de guerra que concluyeran con El pacto del Zanjón, (tras el cual el mismísimo General Antonio Maceo, tumbó la mula para Santo Domingo), y donde el gobierno de José Rufino Barrios le dio oportunidad de instruir a la juventud, fue quien presentó al joven José Martí a la sociedad guatemalteca, entre la que se distinguía la familia García Granados.
Es el propio José María Izaguirre quien, para que hoy tengamos una idea de cómo lucía María Cristina García Granados, nos la describió con detalles precisos y lenguaje elegante:
<<Entre las hijas del General había una llamada María, que se distinguía de sus hermanas como la rosa se distingue de las otras flores. Era alta, esbelta y airosa: su cabello negro como el ébano, abundante, crespo y suave como la seda; su rostro, sin ser soberanamente bello, era dulce y simpático; sus ojos profundamente negros y melancólicos, velados por pestañas largas y crespas, revelaban una exquisita sensibilidad. Su voz era apacible y armoniosa, y sus maneras tan afables, que no era posible tratarla sin amarla. Tocaba el piano admirablemente, y cuando su mano resbalaba con cierto abandono por el teclado sabía sacar de él notas que parecían salir de su alma y que pasaban a impresionar el alma de sus oyentes>>
El retrato lo completa, muchos años después, la descendiente de José Joaquín Palma, Ana Eugenia Cintrón Palma, quien afirmara en una entrevista:
<<María Cristina era una mujer independiente, interesada en las letras, una mujer inquieta, con una personalidad carismática, sin ser bella, era muy atractiva, con un pelo ondulado, castaño oscuro largo (Nótese cierta contradicción entre esta descripción y la de José María Izaguirre), ojos muy lindos y con personalidad extrovertida>>.
Para cuando José Martí escribió Versos Sencillos, ya su matrimonio con Carmen Zayas Bazán andaba a tropezones y quizás aquel amor de juventud frustrado por la palabra empeñada, vino a su memoria con los matices de la idealización: <<Era su frente ¡la frente / Que más he amado en mi vida!>>
Carmen Zayas Bazán



Sin embargo, el requiebro escrito por María Cristina García Granados, casi una semana después de que él regresara de México, ya junto a Carmen, sobre quien Martí escribiría: <<Es tan bella mi Carmen, es tan bella /que si el cielo la atmósfera vacía /dejase, de su luz dice una estrella / que en el alma de Carmen la hallaría.>> parece desdecir lo afirmado por Martí, dice María en su esquela:
<<Hace seis días que llegaste a Guatemala, y no has venido a verme. ¿Por qué eludes tu visita? Yo no tengo resentimiento contigo, porque tú siempre me hablaste con sinceridad respecto a tu situación moral de compromiso de matrimonio con la señorita Zayas Bazán. Te suplico que vengas pronto, Tu niña.>>
Lo cual hace evidente que Martí fue un <<hombre sincero>>, que no le embarajó el tiro a la María. Y si la pasó o no por la piedra, fue sin engaños.
Es entonces José María Izaguirre quien viene a explicarnos, como testigo presencial, lo que realmente sucedía.
Asegura Izaguirre que María:
<<Tenía veinte años de edad, y hasta entonces había permanecido insensible a los tiros del amor. Su familia era su encanto y a ella consagraba los tiernos afectos de su corazón. Sin embargo, desde que Martí frecuentaba la casa, se notó en ella cierta tristeza que nadie se explicaba, así como el silencio en que se encerraba delante de él. Era evidente que algo pasaba en su interior; pero ese algo nadie se lo explicaba y quizás ella misma ignoraba la causa de lo que le pasaba>>.
También, Ana Eugenia Cintrón Palma, novelista, guatemalteca y tataranieta del poeta y prócer cubano José Joaquín Palma, explica:
<<No creo que pasara de lo platónico. Ella sabía desde un principio que él estaba comprometido en México y que se tendría que ir a casar. Pero aun así en sus anhelos de adolescente desarrolla por él un amor platónico muy profundo. Todos los relatos coinciden con que ella le producía a él una ternura inmensa, porque sabía que era un amor imposible, que era una niña a la que él no podía comprometer>>.
Y continúa Izaguirre:
José María Izaguirre


<<Lo que sí sabía ella era que cuando veía a Martí experimentaba un deleite supremo y que cuando él estaba ausente su tristeza aumentaba, su ansiedad de verlo era mayor y no cesaban estos tormentos hasta que él se hallaba de nuevo en su presencia>>.
Y aquí lo especulativo.
¿Le alcanzaron realmente a María Cristina las coyundas morales de la época para contrarrestar el empuje brutal, natural, y animal de sus hormonas desagüacatadas?
Solo ella nos lo podría responder. Y se fue con el secreto.
¿La extroversión, la información cultural y la tendencia a ser independiente, le sujetaron suficientemente las pantaletas frente a un seductor de alto calibre como era Martí?
Solo ella y él lo supieron.
¿Se adentra en las frías aguas de la tarde por simple rabieta de muchacha despechada, por soberbia, o con el fin de limpiar la honra que imponía una época donde el himen, más que una membranita insignificante, era el sello de garantía de la decencia y la compostura, al mismo tiempo que un estrecho cepo donde la mujer tenía que aprisionar sus instintos naturales?
Especulaciones van. Especulaciones vienen.
Y de que Martí hizo esfuerzos harto lisonjeros para impresionarla, dan cuenta estos otros versos que escribió poco después de conocerla vestida de dama egipcia en La Academia de Niñas de Centro América, muchos años antes de los Versos Sencillos:
Si en la fiesta teatral —corrido el velo—
Desciende la revuelta escalinata,
Su pie semeja cisne pequeñuelo
Que el seno muestra de luciente plata.
[…]
Quisiera el bardo, cuando al sol la mece,
Colgarle al cuello esclavo los amores;
¡Si se yergue de súbito, parece
¡Oh! Cada vez que a la mujer hermosa
Con fraternal amor habla el proscripto,
Duerme soñando en la palmera airosa,
Novia del Sol en el ardiente Egipto.
Amo el bello desorden, muy más bello
Desde que tú, la espléndida María,
Tendiste en tus espaldas el cabello,
¡Como una palma al destocarse haría!
Desempolvo el laúd, beso tu mano
Y a ti va alegre mi canción de hermano.
¡Cuán otro el canto fuera
Si en hebras de tu trenza se tañera!
El flechazo, para decirlo de manera cursi, fue mutuo y fulminante. Si ella logró sobreponerse al furor de sus hormonas, Martí tuvo que pujar contra sus alegres gónadas para respetarle la integridad, y eso seguirá siendo un enigma para el que la historia no nos da otras pistas para desentrañarlo.
También para los que de modo abyecto, retorcido, piensan que Martí se aprovechó de la intensa pasión que María Cristina García Granados sentía por él, el propio Izaguirre aclara:
<<Este sentimiento, desconocido para ella, fue creciendo de día en día hasta tomar los caracteres de una verdadera pasión, y aunque ella lo disimulaba por el recato propio de una joven educada en el amor a la honra, bien comprendió Martí lo que le pasaba. Caballero, ante todo, y ligado por igual sentimiento a otra mujer a quien había jurado ser su esposo, se abstuvo de fomentar con sus galanterías o con demostraciones de afecto aquella pasión que parecía próxima a tomar las proporciones de un incendio. Su papel se limitó desde entonces a tratarla simplemente como amigo, y fue separándose poco a poco para que María comprendiese que no debía entregarse al sentimiento que la dominaba, pues por más que él reconociese sus merecimientos, como los reconocía, y que simpatizase con ella, no podría corresponder a su pasión>>.
Sin embargo, la pasión, el amor desenfrenado, devino ceguera, y ante la imposibilidad de consumación tomó los rasgos del suicidio romántico y, olvidando los cuidados que debía mantener para con su enfermedad, María arrancó, muchos años después, el hondo lamento del poeta:
¡Nunca más he vuelto a ver / A la que murió de amor!
IX
Quiero, a la sombra de un ala,
Contar este cuento en flor:
La niña de Guatemala,
La que se murió de amor.

Eran de lirios los ramos,
Y las orlas de reseda
Y de jazmín: la enterramos
En una caja de seda.

Ella dio al desmemoriado
Una almohadilla de olor:
El volvió, volvió casado:
Ella se murió de amor.

Iban cargándola en andas
Obispos y embajadores:
Detrás iba el pueblo en tandas,
Todo cargado de flores.

Ella, Por volverlo a ver,
Salió a verlo al mirador:
El volvió con su mujer:
Ella se murió de amor.

Como de bronce candente
Al beso de despedida
Era su frente ¡la frente
Que más he amado en la vida!

Se entró de tarde en el río,
La sacó muerta el doctor:
Dicen que murió de frío:
Yo sé que murió de amor.

Allí, en la bóveda helada,
La pusieron en dos bancos;
Besé su mano afilada,
Besé sus zapatos blancos.

Callado, al oscurecer,
Me llamó el enterrador:
¡Nunca más he vuelto a ver
A la que murió de amor!

Saturday, September 2, 2023

Conferencia "1963: El año del cuero duro"

Esta conferencia conmemora el 60 aniversario de un año difícil para la resistencia cubana que la historia recoge como el "Año del Cuero Duro". 1963 fue el año más espinoso para nuestros heroicos patriotas cubanos que operaron en las montañas y llanos de Cuba durante años en contra del totalitarismo que se adueñó de la isla.



Ceremonias de investidura en Miami: Waldo González López, René Álvarez, Sam Verdeja y Alberto Müller

 


 

ACADEMIA DE LA HISTORIA DE CUBA EN EL EXILIO, CORP.

Email: directiva@academiahce.org

P.O. BOX 521364

Flushing, NY 11352

La Junta Directiva nacional de la AHCE invita a sus asociados en el estado de Florida y al público en general al Acto de Investidura de los siguientes Académicos Electos:

Waldo González López, René Álvarez, Sam Verdeja y Alberto Müller.

 

FECHA Y HORA:

Viernes 15 de septiembre de 2023 a las 6:00 PM

 

LUGAR:






4000 West Flagler Street.

Miami, FL 33134

 

Estacionamiento disponible.

 

 

¡QUEDAN TODOS INVITADOS!