Monday, August 14, 2023

PRIMERA RESPUESTA MINIMA A UN CUBANO DR. EN CIENCIAS HISTORICAS


Por: Vicente Morín Aguado.

Cubadebate, el portal web fundado por Fidel Castro, totalmente bajo el patrocinio del estado cubano, publicó este 24 de julio el artículo titulado Los días en que se nublaron los sueños. La primera intervención norteamericana, firmado por el Dr. en Ciencias Históricas Eduardo Torres Cuevas.

Lo primero es lo primero, por tanto, vamos a centrarnos en los preámbulos de esa intervención, asunto que el Dr. Torres Cuevas soslaya, tal vez porque implica abordar verdades incómodas, igual a desmentir falsedades que entrañan inconvenientes para un intelectual probadamente fiel al Partido Comunista de Cuba (PCC), y por supuesto, al omnipresente Comandante en Jefe de la Revolución Cubana, Fidel Castro Ruz.

El profesor que escribe en Cubadebate es uno de los autores de los libros de texto de la asignatura Historia de Cuba en la enseñanza media. De los programas rectores para maestros y alumnos, tengo a mano el de 11no grado, donde se dictamina:

“En la labor de auto preparación para las clases de Historia, además de la bibliografía que se recomienda en cada una de las unidades, constituyen fuentes fundamentales 5 textos de Fidel Castro muy valiosos por los aportes que hacen al análisis de nuestra historia, son ellos:

• El análisis histórico de la Revolución contenido en el Informe Central al Primer Congreso del Partido Comunista de Cuba.” (Siguen otros 4 discursos en la lista)

Este documento, hecho público al leerlo su autor en la sesión inaugural del 1er Congreso del PCC, 17 de diciembre de 1975, nos dice:

“España era entonces una de las primeras potencias militares de Europa. Ningún pueblo de América luchó en condiciones tan duras y difíciles por su independencia. Cuba fue el Vietnam de fines del siglo pasado.”

Después de subirle la parada a quien luego va a “derrotar”, el Comandante cuyas propias “batallas” no pasaron de 300 hombres bajo su mando directo, continúa comentando contradictoriamente:

“España estaba exhausta, sin recursos ni energía para continuar la guerra. El ejército español ya sólo controlaba las grandes plazas. Los revolucionarios dominaban todo el campo y las comunicaciones interiores. Muchos prestigiosos generales españoles habían sido derrotados a lo largo de la contienda.”

Los hechos no se ajustan a esta última evaluación, y por supuesto, la alusión a Vietnam está fuera de tiempo y espacio.

Para mejor comprensión del lector, los cubanos alzados contra la monarquía colonialista, crearon de inmediato una República en Armas, autoridad civil suprema, itinerante por los campos del país, porque jamás tuvieron una población donde plantar de forma estable sus oficinas.

La jefatura del ejército libertador estuvo siempre sometida a este poder civil, sujeto a una Carta Magna, de las que hubo cuatro, la última, conocida como Constitución de La Yaya, regía en abril 24 de 1898, cuando España le declara la guerra a Los Estados Unidos, recibiendo al día siguiente igual respuesta estadounidense.

Intentando acomodar su relato, sin desentonar, cauteloso, Torres Cuevas explica que:

“Una vez concluida la contienda con el triunfo del Ejército Libertador y pactadas las condiciones de paz con España, se convocaría, según sus artículos 40 y 41, a una nueva Asamblea Constituyente que elaboraría la definitiva carta magna para la República de Cuba, independiente, democrática, laica y soberana. No fue lo que ocurrió.”

SI y NO; hubo Asamblea Constituyente, formada por 31 prestigiosos legisladores cubanos; y NO, verdad incómoda, el ejército libertador cubano NO ganó la guerra y tampoco la guerra estaba ganada.

Al iniciarse las operaciones militares entre los Estados Unidos y España, comenzó “una nueva guerra superpuesta” a la que ya libraban los patriotas independentistas, la situación militar antes de esa intervención pudiera describirse con la frase un equilibrio en precario.

(Las comillas porque se trata de una opinión de Torres Cuevas, tomada de otros escritos suyos y la comparto. Las negritas porque es mi propia opinión.)

Se trata de una situación típica de las guerras irregulares, donde el bando refugiado en los campos no puede ser desalojado por el ejército gubernamental, sin embargo, tampoco los insurrectos, en Cuba les llamaron mambises, conseguían batallas decisivas frente a su enemigo y mucho menos ocupar las ciudades.

Las columnas españolas, al moverse de un lugar a otro, eran emboscadas con frecuencia, sufriendo importantes bajas, nutriendo a los rebeldes de municiones y otras vituallas.

Es intencionalmente desmedido decir que “el ejército español solo controlaba las grandes plazas”, porque durante los 3 años de guerra, en una ocasión, por apenas 6 días, los independentistas tomaron una ciudad de relativa importancia, sucedió el 30 de agosto de 1897, cuando unos 1200 mambises, al mando del mayor general Calixto García, asediaron y ocuparon Victoria de Las Tunas*, retirándose 6 días después, no sin antes reducirla a escombros por las llamas.

¿Cuál era el tamaño real de esta ciudad?

Fundada en 1796, el censo de población de 1887 indica 12049 habitantes para el ayuntamiento de Las Tunas, cifra que incluye a la mayoritaria población rural, en tanto el censo de 1899 contabilizó 19984 pobladores en el Municipio de Puerto Padre, al cual pertenecía Victoria de Las Tunas.

La pequeña villa tomada por los libertadores no aparece en el listado de las ciudades con más de 10 mil habitantes en los censos citados. La urbanización de la región oriental no superaba el 20% según la estadística de 1899.

Sin embargo, este hecho de armas tuvo una notable repercusión mediática, tanto en España como en la joven potencia al Norte de Cuba, porque el genocida gobernador de la colonia, Valeriano Weyler, había proclamado con soberbia triunfalista, la pacificación del territorio bajo su omnímodo mando, como resultado de la llamada “reconcentración”, consistente en obligar a la población rural a trasladarse hacia los poblados, con el objetivo de privar a los rebeldes de recursos alimenticios y humanos.

La tragedia recurrente aumentaba porque el fuego destructor se convirtió en un arma de guerra para los cubanos alzados contra España. El General en Jefe Máximo Gómez ejecutaba con esmero La Tea Incendiaria, es decir, una antorcha vegetal aplicada  a los campos de caña de azúcar, fábricas, y en general a toda instalación capaz de proporcionar ingresos a la monarquía ibérica.

Este último factor es omitido por Torres Cuevas al valorar las causas del calamitoso estado de la Isla antillana al iniciarse la dominación de los Estados Unidos.

La dimensión de los combates ha de tenerse en cuenta al valorar las derrotas encajadas a prestigiosos generales, porque durante los tres años de guerra, los cubanos juntaron más de mil hombres en un combate solamente en dos ocasiones. La primera en Mal Tiempo, 17 de diciembre de 1895, durante la invasión de oriente a occidente, en las cercanías de Cienfuegos, donde pelearon unos 2500 hombres del bando libertador frente a una cifra indeterminada, superior al millar, por la parte española.   

El encuentro resultó una breve escaramuza porque el objetivo estratégico de los rebeldes era continuar hacia Matanzas y La Habana, provincias ricas y pobladas, aún no incorporadas a la guerra.

La inferioridad numérica de los españoles destaca, incorporando al análisis bélico un factor poco comentado, pero frecuente en las campañas militares caracterizadas por enfrentamientos repetidos a lo largo del tiempo, casi siempre con la victoria de uno de ellos, sin llegar al aniquilamiento del otro.

Sucede que el bando en desventaja va acostumbrándose, por así decirlo, a las cargas del enemigo y cada nuevo encuentro será más reñido. Los testimonios de Mal Tiempo apuntan en esa dirección. Otras evaluaciones militares, lejos del apasionamiento, lo confirman.

José Miró Argenter, catalán de nacimiento, jefe del estado mayor del titán de piel oscura Antonio Maceo, al mando de la caballería en Mal Tiempo, dejó en su diario de guerra un breve recuento del combate:

"Firme aún, la infantería española, rodilla en tierra, resistió con un fuego mortífero y las puntas de las bayonetas, para que nadie pasara. Al grito de "arriba Oriente, al machete, viva Maceo", abren brecha los orientales y acuchillan sin piedad durante quince minutos. No duró más tiempo el drama.”

Otro general cubano presente, Enrique Loynaz del Castillo, padre de la célebre poetiza, premio Cervantes, Dulce María Loynaz, evaluó así los hechos:

"La jornada de Mal Tiempo probó una vez más la capacidad del soldado español, mucho mejor armado como estaba, y más disciplinado para vencer en el campo abierto a tropas sin ninguna experiencia previa en combate."

El propio Miró Argenter comentó que Maceo se quejaba de la imposibilidad de una batalla decisiva que jamás llegó a producirse, llamándola “el Ayacucho cubano”.

Un factor no menos importante al caracterizar esta guerra es que los mambises carecían de artillería, el Mayor General Calixto García, al tomar Las Tunas el 30 de agosto de 1897, utiliza por vez primera varios cañones de mediano calibre. El ejército mambí empleó esta vez unos 1200 soldados.

Tampoco los cubanos contaban con fuerzas navales, únicamente algunas expediciones con refuerzos en armas y hombres, llegadas desde el vecino norteño, lograron burlar la vigilancia de la armada peninsular.

No menos significativo es el hecho igualmente probado por la historiografía militar, de la presencia activa de un número de cubanos cifrado en 30 mil según datos conservadores, combatiendo en calidad de voluntarios y guerrilleros, alzando la bandera española.

La guerra de Cuba, como se le llamó en la península, era de hecho una guerra civil.

Al momento de licenciarse, el ejército libertador contaba con 59 104 combatientes, según el registro oficial a cargo del mayor general Carlos Roloff, inspector principal.

Solo unos 25 mil del total estaban realmente armados, listos para entrar en combate, divididos en 6 cuerpos de ejército, a su vez formando concentraciones menores, debido a razones elementales de subsistencia dado el dominio español de las ciudades, puertos y centros de abastecimiento en general, conjugado con la ruina prevaleciente en los campos.

John Lawrence Tone, autor de Guerra y genocidio en Cuba, 1895-1898 y Fernando J. Padilla en su tesis Volunteers of the Spanish Empire (1855-1898), coinciden en que del total de combatientes registrados en el bando insurrecto, como mínimo el 25 %, se incorporó al final de la contienda, cuando la intervención de los Estados Unidos hizo predecible la segura derrota española.

Por si fuera poco, la fiebre amarilla, por entonces una pandemia equivalente al Covid-19 de hoy, diezmaba a la población. La conjunción de los factores antes citados, determinó la muerte de unas 200 mil personas en menos de dos años.

La hazaña militar de conducir un ejército guerrillero del oriente al occidente de una isla estrecha, atravesando 1200 kilómetros, combatiendo y evadiendo a decenas de miles de soldados enemigos, y sobre todo la tragedia humanitaria prevaleciente, fueron ampliamente divulgadas por la prensa norteamericana.

El hecho de llamársele prensa amarilla a la cadena del magnate Hearst, un pro imperialista declarado, no cambiaba la dramática situación en la Isla, que originó una creciente solidaridad del pueblo estadounidense hacia los desvalidos cubanos.

Los Estados Unidos fueron desde antes de estallar la guerra, el refugio principal de los cubanos perseguidos por el despotismo monárquico, a la vez que destino mayoritario de una emigración patriótica, base social del movimiento independentista fuera de Cuba.

En tierras norteamericanas vivió y predicó durante una década el bien llamado Apóstol de nuestra independencia, José Martí, fundando el Partido Revolucionario Cubano (PRC), la organización unificadora de los patriotas, responsable de la guerra del 95, bajo el ideal de fundar una república democrática.

Tampoco el Congreso de Washington podía eludir su compromiso con el sistema político imperante en su país, expresado en el preámbulo de la célebre Joint Resolution, firmada en vísperas de la intervención:

“El pueblo cubano es, y de derecho debe ser libre e independiente.”

Al paso de un siglo y cuarto, del cual llevamos ya 71 años de dictadura continuada entre Fulgencio Batista, Fidel Castro, su hermano Raúl y el designado de hoy, la tragedia ha crecido exponencialmente desde aquel 10 de octubre de 1868, cuando Carlos Manuel de Céspedes inició nuestras guerras por la independencia, alzándose en armas al conocer una orden de detención contra su persona por “infidelidad” a los gobernantes.

 

NOTAS:

*Victoria de Las Tunas era el nombre dado por los españoles en 1869 a la villa, fundada en 1796. Estuvo dos veces en manos cubanas, en 1876 y en 1897. En ambas ocasiones incendiada antes de ser abandonada por los patriotas. Los españoles se atribuyeron una “victoria” cuando en 1869, fuerzas libertadoras se retiraron a las puertas de la ciudad, desestimando la posibilidad de tomarla.

Saturday, August 5, 2023

Historia, totalitarismo y archivo

En la entrevista que le presentamos a continuación el miembro de la AHCE Enrique Del Risco se refiere, entre otros temas, a la importancia de la labor de nuestra institución:




Tuesday, August 1, 2023

Alta mar*

Por Guillermo A. Belt

 

   
                                            I

Era de noche y llovía. Noche cerrada, sin estrellas, en el país de la estrella solitaria. Llovía a cántaros. Así me gusta, dijo el hombre en voz baja, mucho más baja que el tono habitual entre sus compatriotas. Claro que le gustaba la oscuridad, la de esa noche elegida por él de entre muchas otras noches, en las que a alguna gente le habría temblado el pulso, por decirlo finamente, pensó.

Si te vas a jugar la vida (siguió pensando), juégatela sin perder la cabeza (sonrió para dentro). Estos tipos – no pensó estos hijoeputas, como habría exclamado un hombre de la capital, porque él era del campo, donde los insultos se borran con el filo del machete – no andan con boberías. Si te ven alejándote de la costa en un bote, y de contra de noche, te tiran unas cuantas ráfagas de ametralladora y casi seguro que no vas a hacer el cuento. Esta noche como boca de lobo y el aguacero son mis mejores aliados, mejor dicho, los únicos, pensó pero no lo dijo.

Coño – ahora sí pensó la palabrota de uso frecuente y significado múltiple en la capital, siempre la capital, donde se te pegan algunas cosas, quieras o no, aún así él nunca la diría en presencia de una dama, así pensó, dama – si fuera solo mi vida la que estaba en juego, vaya, me la jugaría una vez más. En la sierra me la jugué varias veces, no tantas como mi bisabuelo en la manigua durante la guerra grande, la que duró diez años, pero, en fin, cada vez que hizo falta. Pero ahora la cosa cambia. Es la vida de mi mujer y de los dos chiquitos, y con eso sí que no se juega.

La mujer, huesuda y desgarbada, arrugada por el sol, guajira ella también, del mismo pueblo que su marido, amiguitos de la niñez, novios formales en la adolescencia, siempre supieron sus padres y todos sus parientes, hasta ellos mismos, que un día se iban a casar. Y lo hicieron, en la iglesia, cuando todavía eso se usaba, antes que cambiaran las cosas, antes que el campo se volviera todavía más duro, recordaba ella, y se fueran a la capital, arrastrada junto con sus chiquitos por el optimismo de su marido, el pobre, tan valiente y tan confiado en que las cosas les irían mejor, tenía que ser, cómo no.

Los chiquitos, un varón y una hembra, la parejita que muchos buscan y todos celebran, flacos como la mamá, tostados por el sol, tienen 11 y 9 años, faltan muchos para las arrugas. El varón es el mayor, como debe ser, dijeron los amigos del padre, tomando cerveza y fumando tabacos, cuando todavía había de todo eso, hasta en el campo. Le pusieron José Prudencio de la Caridad en el bautizo, cuando todavía eso se usaba. Nada de Hermenegildo, como me puso la vieja, la pobre, siempre con el santoral a mano, porque nací el 13 de abril, fecha del santo, sin saber que ese santo era el patrono de la monarquía española, de los veteranos de las fuerzas armadas y hasta de la Guardia Civil, y yo que tampoco lo sabía, Dios me libre, hasta que me lo contó un gallego, no sé si serán cuentos de camino, o si de verdad este santo es tan famoso, explicaba el padre, orgulloso de que ya nunca los amigos podrían decirle chancletero.

Menos mal que no pesan mucho, o no los aguantaría el bote, hecho a mano entre gallos y medianoche, con ayuda de buenos amigos cuyos nombres nunca le daré a nadie, amigos que saben de motores, hélices y cosas por el estilo, gente de mar, no como yo, que la primera vez que lo vi, desde una loma adonde me llevó mi abuelo, puse una cara tan azorada que el viejo me dijo, esa cara es como la que puso Balboa al ver el mar del sur, y yo, para mis adentros, quién será ese tipo, y dónde rayos queda el mar del sur. Ni nunca le contaré a nadie cómo llegamos a la playa, ni quién me prestó el camión, y de contra lo manejó, y luego me ayudó a echar el bote al agua.

Un agua tan oscura, en esa noche sin estrellas, ni luna ni nada. Tranquila, eso sí, pero solo por un ratico, porque cuando nos alejamos de la costa que ni se veía, aquello cambió y empezaron las olas. Enfila la punta del bote hacia la ola, me dijeron los que sabían de esas cosas, nunca te pongas de lado a la ola porque se te puede virar el bote. Trata de mantener la velocidad pareja, para no forzar el motor, que no es muy fuerte que digamos, y para ahorrar gasolina. Sobre todo, que no se pare el motor, allá afuera, en alta mar, porque si no lo puedes volver a encender rápido, también se te puede virar el bote con las olas y eso sería el desastre. Con esos truenos, quién duerme, pensó, pero no dijo ni pescado frito.

Los niños, cansados de tanto trajín, se durmieron pronto, acurrucados por la madre, muerta de miedo por dentro, valiente a los ojos de los chiquitos para darles ánimo. Estaba completamente en manos del hombre, y nunca más segura, pensó, que protegida por este marido fiel, padre de mis hijos, que los quería a los tres más que a nada en este mundo, de eso no tengo la menor duda. Poco a poco ella también se fue quedando dormida, el aguacero perdido de vista y las estrellas alumbrando la corriente del golfo.

El hombre, al timón improvisado, de pie, muy derecho, tan derecho como cuando salía a pasear en aquellos domingos, montado en su yegua Canela, con su guayabera recién planchada, su sombrero de yarey y su machete al cinto, cabalgando por la calle principal de su pueblo, adoquinada frente a la iglesia y el ayuntamiento, la alazana criolla luciendo su paso corto y parejo, jinete y animal una sola pieza. Ahora, su mirada clavada hacia adelante, calculando las olas lo mejor que podía, yo que no soy marinero, ni pescador ni cosa por el estilo, pensó nuevamente. Callado, porque nada tenía que decir, y para no despertar a su mujer y sus hijos, mejor así.

                                                        II

Amanecía, un día claro y sin nubes con promesa de sol. Las olas de la noche cedieron su imperio a otras más suaves, y fue entonces cuando el motor cedió también. Se había quedado sin gasolina, o se cansó de trabajar, como me acuerdo que me cansaba yo, guiando el arado para trazar los surcos bien rectos en la tierra colorada, arreando a Perla Fina y Flor de Mayo, sin gritarles, como se arrea a los bueyes que conocen sus propias fuerzas mejor que uno mismo.

No importaba, las olas empujaban el bote hacia unos cayos que se perfilaban cada vez más cerca. Eran los Cayos de las Marquesas, vaya nombre rimbombante, pero Hermenegildo no lo conocía, así que no lo pensó. Tampoco gritó tierra, como el marinero del cuento que le contaron en tercer grado, allá en la escuela de su pueblo. Lo que hizo fue decir, suave para no asustarla, vieja, mira esto. Ella lo miró primero a él, antes de mirar para ningún otro lado, se dijo a sí misma, porque hace rato que no le veo la cara a mi marido, el pobre, toda la noche en vela y yo dormida.

Lo demás, lo que sintieron, las caritas de sorpresa y alegría de sus hijos, eso no se lo contaron nunca a nadie. Tampoco, la emoción con que oyeron primero y vieron después el avión blanco con una franja anaranjada, que dio un par de vueltas sobre la playa desierta, y al cabo de lo que les pareció un gran rato, la enorme lancha de potentes motores, eso sí es un barco y lo demás es bobería, dijo el hombre, esta vez en voz alta, la lancha que los recogió y llevó a la estación de la guardia costera en Cayo Hueso, unas 25 millas al este de los benditos cayos, donde los procesaron (palabra nueva, extraña porque aquí tenía un significado muy distinto del que tenía allá) antes de despacharlos sin mayor demora a ese lugar, Miami, que ellos, los recién llegados, pronunciaban tal como se escribe.

Todo eso y mucho más se lo guardaron para revivirlo, junto con las añoranzas de su tierra, en la intimidad. A sus hijos, cuando crecieron, les fueron explicando los motivos que los lanzaron a la gran aventura marítima. Ningún riesgo, ninguna pena fueron demasiado grandes para impedir que les dieran a sus hijos la oportunidad de una vida mejor, libres de elegir su camino. José Prudencio de la Caridad, quien a los quince años acortó su nombre a José P., porque los amigos le aseguraron que una inicial después del nombre de pila resultaba muy elegante, estudió Oceanografía con una beca en la universidad estatal. Le atraía el mar, tan generoso que había sido con él y su familia, tanto que a veces soñaba con las Marquesas. Amparito – cuando nació el día de Nuestra Señora de los Desamparados, su madre, que también sabía usar el santoral, dijo, ya está, ni una Socorro más en esta casa, conmigo basta y sobra, la niña se llamará Amparo – se graduó de enfermera, gracias a los ahorros de sus padres, y becada ella también, dos estudiantes de primera, estos guajiritos de Remanganagua, es un decir, decían los dos, muertos de risa, a los amigos que en inglés les preguntaban dónde quedaba eso.

Veinte años después de la imprevista llegada a aquellos cayos del cuento, el destino, o la suerte, o la Virgen de la Caridad del Cobre que el muchacho había aprendido a venerar junto a su madre, quiso que José P se encontrara a bordo del barco de un americano, cazatesoros en el fondo de los mares, cuando éste, al cabo de muchos años, dio finalmente con los restos del Nuestra Señora de Atocha. Navegando rumbo a España junto con otros siete barcos, como escolta de una gran flota, el Atocha y todos esos galeones de guarda, repletos de monedas y joyas de oro y plata, se hundieron muy cerca de los Cayos de las Marquesas, en 1622, a causa de un huracán.

Por haber zarpado de La Habana en septiembre, en plena temporada de tormentas, los galeones españoles perdieron la apuesta contra la mar, caprichosa en los favores que a su antojo concede o niega a los hombres que se atreven a retarla, redactó mentalmente, en español, José Prudencio de la Caridad, mientras contemplaba desde cubierta como iban saliendo de las aguas en brazos de los buzos los lingotes de plata, las barras y discos de oro, las cajitas de marfil, las perlas orientales, el cáliz de oro, y una piedra que se usaba como antídoto de venenos, junto a una completa colección de útiles médicos, de esto hasta sale una novela, válgame Dios.

*Tomado de Cuando llegamos. Experiencias migratorias. Academia Norteamericana de la Lengua Española. Gerardo Piña-Rosales (Ed).

Monday, July 31, 2023

LOS DIOSES IMAGINARIOS. NUEVA OBRA DE MANUEL GAYOL MECÍAS

 

Acaba de aparecer un nuevo libro de Manuel Gayol Mecías, quien preside el Capítulo de California de nuestra institución. Se trata de una novela que tiene como subtítulo Historia mítica de un mundo paralelo. Marja y la Isla de Sin Al-Uz, cuya atmósfera de seguro identificarán, cuando no sentirán, los sobrevivientes del naufragio de la Historia en una Isla que muchos llevan grabada al dorso de la frente, para que sientan su tenaz presencia aunque haya pasado mucho tiempo desde que dejaran sus huellas huérfanas de yoes en el polvo del cual provinieron.

“Una mañana la Isla tembló porque los monstruos del averno se encarnaron en las mentes de muchas personas”, apunta el autor en este libro fascinante, repleto de humor, imaginación y aventuras. “Se convirtieron en locos enfurecidos que poseían el razonamiento de la maldad”, adiciona el narrador. Una novela en la que dioses y hombres actúan con la encarnizada intensidad de quienes, al borde del abismo, saben que un paso atrás significa desaparecer, caer para siempre en la insondable eternidad del olvido.

Con el sello editorial de Neo Club Ediciones y Palabra Abierta, el libro llama la atención por el acabado de su edición. Para más información y cómo adquirirlo, hacer click en el siguiente enlace de Amazon: https://www.amazon.com/Los-dioses-imaginarios-Historia-paralelo/dp/B0C9S7P5Y2


Sunday, July 23, 2023

De las armas y las letras: Un guerrero y sus memorias. Epílogo

Por Guillermo A. Belt

 

Con las armas se defienden las repúblicas, afirma Cervantes en el capítulo XXXVIII de la primera parte del Quijote. En la disyuntiva entre las armas y las letras planteada en esa cita se inspiró el título de la serie de artículos publicados hasta la fecha sobre el sentir y pensar de Enrique Loynaz del Castillo, para conocimiento de las juventudes que dentro y fuera de Cuba tienen el derecho y el deber de llamarse compatriotas suyos.

Varios años han pasado desde que leí por primera vez Escambray: la guerra olvidada, de Enrique Encinosa, por recomendación de mi amigo Tony de la Cuesta, historiador y profesor universitario quien por sobre todo combatió sin tregua por la libertad de Cuba. En el prólogo de su segundo y más detallado esfuerzo de investigación histórica, como él mismo lo califica, Encinosa nos dice:

La guerra de guerrillas en Cuba –de 1959 a 1966- contra el régimen de Fidel Castro fue un conflicto que el mundo desconoce o ha ignorado y la historia – escrita por los vencedores- ha distorsionado.

Fue una guerra brutal y larga. En Cuba, desde mediados de 1959 hasta finales de 1966, unos cuantos miles de humildes – y mal armados- campesinos se enfrentaron, en lucha desigual, al poderío militar del régimen de Fidel Castro. Sin suministros adecuados, acosados por bien armadas huestes enemigas, los guerrilleros fueron eventualmente derrotados pese a la furia y tenacidad con que combatieron.

Pese a todas las dificultades, la etapa de los alzamientos guerrilleros merece ser estudiada profundamente. La guerra campesina abarcó las seis provincias de la Isla, siendo la campaña militar más extensa llevada a cabo en Cuba desde el inicio de la República en 1902. Desde los tiempos de los mambises nunca se había combatido con tanta fiereza en suelo cubano.

Mucho me temo que nuestros jóvenes compatriotas, tanto en Cuba como en el ya larguísimo exilio, saben muy poco, o nada, de los siete años de guerra de guerrillas documentados por Enrique Encinosa. Tampoco es probable que conozcan de la fiereza y el heroísmo de los mambises que pelearon en nuestras tres guerras por la independencia: la Guerra Grande, la Guerra Chiquita y la que Martí llamó la Guerra Necesaria.

Enrique Loynaz del Castillo tenía 14 años cuando conoció al general Serafín Sánchez, veterano de las tres guerras, estando ambos en el exilio. Tanto insistió en unirse a la expedición organizada por Máximo Gómez y Antonio Maceo en 1885 que Serafín Sánchez, obtenida la anuencia del padre del adolescente, aceptó incorporarlo como ayudante suyo. La esposa del general le confeccionó el uniforme: pantalones largos, los primeros que vestiría, y una chamarreta.

Fracasado el intento debido a complicaciones ajenas a los patriotas cubanos, Loynaz nunca dejó de trabajar por la libertad de Cuba. Recaudó fondos, escribió artículos, fundó clubes revolucionarios y periódicos en la República Dominicana y en Costa Rica. Apadrinado por Serafín Sánchez y por el general Francisco Carrillo viajó a Nueva York para conocer a José Martí, quien poco después lo envió a San José como secretario de Antonio Maceo. Allí Loynaz hace amistad con el héroe y con su hermano José, y salva la vida del vencedor de Peralejo cuando sufre un atentado a la salida del teatro en la capital costarricense.

Diez años más tarde Loynaz logra su propósito. Martí lo designa para acompañar a los generales Carlos Roloff y Serafín Sánchez en la expedición que los llevaría a desembarcar en Las Villas en 1895. El escritor y ahora guerrero, en su libro titulado Memorias de la guerra, recoge episodios vividos a lo largo de la contienda, primero como uno de los ayudantes de Maceo, luego en calidad de jefe del Estado Mayor del general Sánchez. En la presentación del libro, Dulce María Loynaz dice lo siguiente sobre las dotes de escritor de su padre:

No había olvidado su elocuencia, pero lo que me sorprendía era que sin la carga emocional del instante, del calor humano de las multitudes, ese combustible generador de tanto noble empeño, desprovisto de todo en la soledad de su vejez, era también capaz de cincelar un párrafo con elegancia casi clásica o llevarnos a presenciar un combate con el dinamismo de una cinta cinematográfica.

En la serie de artículos cito extensamente las palabras de Loynaz del Castillo describiendo combates, principalmente aquellos en los que participó, porque nos llevan a presenciar el heroísmo de las cargas al machete, así como la resistencia física y el valor de la infantería mambisa. Los guerrilleros del Escambray y los que combatieron en condiciones desiguales en las seis provincias contra el poderío militar de la dictadura también lo hicieron heroicamente, esta vez con revólveres y escopetas enfrentados a helicópteros, aviones, morteros y metralletas.

Los mambises del siglo 19 y sus sucesores en el siglo 20 dejaron lecciones de valor y perseverancia, tanto en el campo de batalla como en el exilio, que no debemos ni podemos olvidar. Valga el modesto esfuerzo de la serie sobre Memorias de la guerra como un aporte más a la memoria colectiva de los cubanos dispuestos a recobrar las libertades que nuestros mambises  defendieron con las armas.

Saturday, July 22, 2023

El improbable viaje de mi tío de la Cuba comunista a figura clave en el alunizaje del Apolo 11

Su fascinación por los viajes espaciales comenzó en Cuba y lo siguió hasta el exilio en Nueva York y Florida. Los héroes de este país vienen de todas partes.

Por Rick Jervis

No conocí muy bien a mi tío, Miguel Hernández, mientras crecía.

Vivía en Houston, Texas, que, para un niño cubanoamericano como yo que creció en Miami, era tan lejano y extranjero como Anchorage o Reykjavik. Sabía que era primo hermano de mi mamá y lo llamábamos “Chichi”. Visitaba Miami al menos una vez al año con su esposa, Tere, y sus dos hijos, Michael y Jorge Luis, que eran un poco mayores que yo. Todos jugábamos béisbol o íbamos a la piscina juntos, luego se iban de nuevo.

Sin embargo, para nuestra familia, Miguel era una leyenda viviente, alguien que trabajaba para la NASA, almorzaba con astronautas y se reunía con presidentes. Sin embargo, no fue hasta mucho más tarde que descubrí la profundidad de su papel en ayudar a los astronautas estadounidenses a llegar a la luna, y el camino improbable de La Habana a Houston que lo llevó allí.

Mientras celebramos el 50 aniversario del alunizaje del Apolo 11, que ocurrió hace 50 años el sábado, habrá películas y foros y merecidos elogios de nombres conocidos como Buzz Aldrin y Neil Armstrong. Pero una legión de ingenieros, matemáticos y el inmigrante cubano ocasional también ayudaron a realizar esa hazaña hercúlea.

“Nunca imaginé que estaría involucrado en este tipo de trabajo”, me dijo Miguel recientemente. “Pero siempre me interesó”.

Un ojo hacia las estrellas


Cuando era un niño que crecía en Cuba, hojeaba copias de Aviation Week & Space Technology, lo que despertó un interés temprano en los viajes espaciales. En 1959, poco después de que Fidel Castro se apoderara de la isla y comenzara a conducirla hacia el comunismo al estilo soviético, una réplica del Sputnik I soviético, el primer satélite en orbitar la Tierra, llegó en un barco al puerto de La Habana. Miguel, entonces de 17 años, se maravilló con la esfera de metal pulido con cuatro antenas que podría dar la vuelta a la Tierra.

Mientras Castro nacionalizaba empresas y se apoderaba de viviendas, Miguel, de 19 años, se volvió contra el gobierno, repartiendo panfletos anticastristas y denunciando al régimen. Cuando sus amigos activistas comenzaron a caer en prisión, Miguel huyó de Cuba, dirigiéndose primero a Miami y luego a la ciudad de Nueva York para vivir con familiares. Tenía $100 en el bolsillo y no sabía inglés. Su tía le prestó un abrigo, dos tallas más grande, para sobrevivir a los inviernos de Nueva York.

Trabajó en la sala de correo de American International Underwriters (ahora AIG) en el centro y tomó clases de inglés por la noche. Pero su mente a menudo se desviaba hacia el cielo. En su tiempo libre, leyó cómo el cosmonauta soviético Yuri Gagarin se convirtió en la primera persona en viajar al espacio en abril de 1961, seguido unas semanas más tarde por el estadounidense Alan Shepard. Asistió al desfile de teletipos de la ciudad de Nueva York para John Glenn, el primer estadounidense en orbitar la Tierra. Se maravilló cuando, poco después, el presidente John Kennedy prometió que Estados Unidos sería el primero en poner un hombre en la luna.

"Dije: 'Estas personas están locas'", comentó.

Cuando aprendió suficiente inglés, Miguel asistió a la Universidad de Florida y se graduó en ingeniería mecánica. Cuando los reclutadores de la NASA visitaron su campus en 1966, aprovechó la oportunidad de trabajar en la agencia espacial. Fue asignado al recién inaugurado Centro Espacial John F. Kennedy cerca de Cabo Cañaveral, Florida, entrenando astronautas para las nacientes misiones Apolo. Miguel y un equipo de otros ingenieros se encargaron de aprender todos los sistemas necesarios para impulsar a un hombre al espacio y enseñárselos a los astronautas a través de simuladores. Su especialidad: propulsión y cohetes.

Un proyecto peligroso

Apenas unas semanas después de su nuevo trabajo, ocurrió una tragedia. Miguel observó con horror desde la sala de control cómo un incendio en la cabina arrasaba el módulo Apolo 1 durante un ensayo de lanzamiento de prueba, matando a los tres astronautas. “Eso tuvo un impacto terrible en todos”, dijo.

Las misiones continuaron y en 1969 aumentaba el rumor sobre el alunizaje del Apolo 11. Miguel se dejó llevar por el fervor. Él y su equipo trabajaron en turnos de 24 horas, verificando dos veces los sistemas y preparando a los astronautas para llegar a la luna. Mike Collins, el menos conocido de los tres pilotos del Apolo 11, fue el más amable, dijo Miguel, aunque los tres, Collins, Aldrin y Armstrong, apreciaron y absorbieron el entrenamiento.

"Había que tener la confianza de los astronautas", dijo. "No podías decirles en ningún momento algo que luego podría estar equivocado. Eso podría costarles la vida".

Miguel vio el alunizaje como millones de personas en todo el mundo: en un televisor en su sala de estar con su familia, y completamente asombrado. “Fue un logro para todo el mundo”, dijo. “Fue algo que no solo hizo Estados Unidos, fue algo que hizo la raza humana”.

Más tarde ese año, Miguel transmitió la misión Apolo 12 en español para la estación de radio La Fabulosa WFAB en Miami. También recibió la Medalla Presidencial de la Libertad por su papel en el espeluznante rescate de la misión Apolo 13 en 1970, que casi quedó varada en el espacio después de que explotara un tanque de oxígeno, paralizando un sistema clave. En total, entrenaría a los astronautas para las misiones Apolo 1, 7, 9, 11, 13, 15 y 17, tres vuelos de la estación espacial Skylab y las dos primeras misiones del transbordador espacial.

Quizás su mayor logro fue una ruptura considerable en la barrera de color de la agencia. En un momento en que las tensiones raciales aún estallaban en los EE. UU. y el movimiento por los derechos civiles estaba llegando a su cúspide, Miguel era el único latino en su departamento y el único que conocía en la NASA.

Dijo que nunca se sintió discriminado; todos estaban demasiado concentrados en las misiones para preocuparse por la raza o las nacionalidades. Aunque creo que eso es cierto, también creo que no siempre podría haber sido fácil ser un emigrado cubano en la década de 1960, trabajar junto a colegas hiperinteligentes que no se parecían ni hablaban como usted y comunicarse en un idioma que aprendió unos años antes.

Nada de eso se interpuso en su camino, por supuesto.

La frontera de la próxima generación

Miguel dejó la NASA en la década de 1980 y aprovechó su conjunto de habilidades y experiencia únicas en un negocio exitoso, Hernandez Engineering, que tuvo un contrato con la agencia espacial durante décadas. Hoy, con 77 años y jubilado, viaja por el mundo con su esposa y disfruta de las frecuentes visitas de sus hijos y cinco nietos.

Por suerte, ahora vivo en Austin, a dos horas en auto desde Houston. He llevado a mi esposa y a mis dos hijas a visitar a Miguel en su casa en el suburbio de Seabrook en Houston y en su rancho cerca de College Station. Me encanta verlo bromear con mis hijas, cocinarles la cena o ayudarlas a limpiar la maleza de su rancho.

Mi hija mayor, Elle, de 8 años, adquirió recientemente una fascinación incansable por el espacio exterior y los astronautas y espera ser el primer ser humano en Marte. Miguel le ha prometido acceso especial a las instalaciones de entrenamiento de la NASA y presentaciones a los astronautas la próxima vez que estemos en la ciudad, una perspectiva que hace que Elle se ría gozosa.

Un día, mientras gira suavemente en gravedad cero en la Estación Espacial Internacional, se asomará por una ventana y mirará hacia la Tierra y pensará en aquellos que abrieron su camino hacia las estrellas.

Friday, July 21, 2023

My tio's unlikely journey from communist Cuba to key figure in Apollo 11 moon landing

 His fascination for space travel began in Cuba and followed him into exile in New York and Florida. Heroes in this country come from all over.


By Rick Jervis

I didn’t know my tío, Miguel Hernandez, very well growing up.

He lived in Houston, Texas, which, for a Cuban American kid like me growing up in Miami, was as faraway and foreign as Anchorage or Reykjavik. I knew he was my mom’s first cousin and we called him “Chichi.” He would visit Miami at least once a year with his wife, Tere, and two sons, Michael and Jorge Luis, who were slightly older than me. We'd all play baseball or hit the pool together, then they were gone again.

To our family, though, Miguel was a living legend, someone who worked for NASA, lunched with astronauts and met presidents. It wasn’t until much later, however, that I discovered the depth of his role in helping U.S. astronauts reach the moon — and the unlikely path from Havana to Houston that got him there.


As we celebrate the 50th anniversary of the Apollo 11 moon landing — which occurred 50 years ago Saturday — there will be films and forums and well-deserved praise of household names such as Buzz Aldrin and Neil Armstrong. But a legion of engineers, mathematicians and the occasional Cuban immigrant also helped realize that Herculean feat.

“I never imagined I’d be involved in this type of work,” Miguel told me recently. “But I was always interested in it.”

An eye toward the stars

As a boy growing up in Cuba, he'd rifle through copies of Aviation Week & Space Technology, sparking an early interest in space travel. In 1959, shortly after Fidel Castro took hold of the island and began steering it into Soviet-style communism, a replica of the Soviet Sputnik I — the first satellite to orbit the Earth — arrived on a ship in Havana Harbor. Miguel, then 17, marveled at the polished metal orb with four antennae that could circle the Earth.


As Castro nationalized companies and seized homes, 19-year-old Miguel turned against the government, handing out anti-Castro pamphlets and denouncing the regime. When his activist friends began landing in prison, he fled Cuba, heading first to Miami and later to New York City to live with relatives. He had $100 in his pocket and knew no English. His aunt lent him a coat — two sizes too big — to survive the New York winters.


All it takes is a series of policies:Venezuela was my home, and socialism destroyed it. Slowly, it will destroy America, too.

He worked in the mailroom of American International Underwriters (now AIG) downtown and took English classes at night. But his mind often drifted skyward. On his spare time, he read of how Soviet cosmonaut Yuri Gagarin became the first person in space in April 1961, followed a few weeks later by American Alan Shepard. He attended the New York City ticker-tape parade for John Glenn, the first American to orbit the Earth. He marveled when, soon after, President John Kennedy promised that America would be the first to put a man on the moon.

"I said, 'These people are crazy,'" he said. 


When he had learned enough English, Miguel attended the University of Florida, graduating with a mechanical engineering degree. When NASA recruiters visited his campus in 1966, he jumped at the chance to work at the space agency. He was assigned to the newly-opened John F. Kennedy Space Center near Cape Canaveral, Florida, training astronauts for the nascent Apollo missions. Miguel and a team of other engineers were tasked with learning all the systems required to propel a man into space and teach them to the astronauts via simulators. His specialty: propulsion and rockets.

A dangerous project

Just a few weeks into his new job, tragedy struck. Miguel watched in horror from the control room as a cabin fire swept the Apollo 1 module during a test launch rehearsal, killing all three astronauts. “That had a terrible impact on everyone,” he said.

The missions continued and by 1969 buzz was mounting for the Apollo 11 moon landing. Miguel was swept up in the fervor. He and his team worked 24-hour shifts, double-checking systems and readying the astronauts to reach the moon. Mike Collins, the lesser known of the three Apollo 11 pilots, was the nicest, Miguel said, though all three — Collins, Aldrin and Armstrong — appreciated and absorbed the training.

50th anniversary:I worked on the Apollo 11 moon mission. Here's how a team of heroes achieved greatness.

"You needed to have the confidence of the astronauts," he said. "You couldn't at any moment tell them something that later turned out to be wrong. That could cost them their lives."


Miguel watched the moon landing like millions of others around the world: on a TV set in his living room with his family — and in complete awe. “It was an accomplishment for the whole world,” he said. “It was something not just that the United States did — it was something the human race did.”

Later that year, Miguel broadcast the Apollo 12 mission in Spanish for La Fabulosa WFAB radio station in Miami. He also received the Presidential Medal of Freedom for his role in the hair-raising rescue of the Apollo 13 mission in 1970, which was nearly stranded in space after an oxygen tank exploded, crippling a key system. In all, he would train astronauts for the Apollo 1, 7, 9, 11, 13, 15 and 17 missions, three Skylab space station flights and the first two Space Shuttle missions.

Perhaps his greatest achievement was a sizable puncture in the agency’s color barrier. At a time when racial tensions still flared in the U.S., and the civil rights movement was reaching its apex, Miguel was the only Latino in his department and the only one he knew of at NASA.


He said he never felt discriminated against; everyone was too focused on the missions to care about race or nationalities. Though I believe that’s true, I also think it couldn’t have always been easy being a Cuban émigré in the 1960s, working alongside hyper-intelligent colleagues who didn't look or talk like you and communicating in a language you learned just a few years earlier.

None of that got in his way, of course.
The next generation's frontier

Miguel left NASA in the 1980s and parlayed his unique skill set and experience into a successful business, Hernandez Engineering, that contracted with the space agency for decades. Today, 77 and retired, he travels the world with his wife and enjoys frequent visits from his sons and five grandchildren.


As luck has it, I now live in Austin, a two-hour drive from Houston. I’ve taken my wife and two daughters to visit Miguel at his home in the Houston suburb of Seabrook and at his ranch near College Station. I’ve relished watching him joke with my daughters or cook them dinner or helping them clear brush on his ranch.


My eldest daughter, Elle, 8, recently acquired a tireless fascination with outer space and astronauts and hopes to be the first human on Mars. Miguel has promised her special access to NASA training facilities and introductions to astronauts next time we’re in town, a prospect that makes Elle giggle with delight.

One day, spinning gently in zero gravity in the International Space Station, she’ll peer out a window and look down at Earth and think of those who blazed her trail to the stars.

Rick Jervis is the Austin-based correspondent for USA TODAY. Follow him on Twitter: @MrRJervis.

Sunday, July 16, 2023

De las armas y las letras: Un guerrero y sus memorias XXVII De las armas y las letras: Un guerrero y sus memorias XXVII

 Por Guillermo A. Belt

 

General Juan Bruno Zayas
A partir del mes de mayo de 1896 hay reveses muy serios en el intento del General en Jefe Máximo Gómez de enviar refuerzos al general Antonio Maceo, quien se batía exitosamente en la provincia de Pinar del Río a pesar de verse obligado a combatir con los pertrechos arrebatados al enemigo ante la falta de una expedición de auxilio.

El primer contingente de doscientos hombres al mando del general Mayía Rodríguez había sido detenido por orden del Consejo de Gobierno, ocasionando el primer conflicto entre el gobierno civil y la autoridad suprema del Ejército Libertador. Entonces Máximo Gómez dispone la marcha inmediata del general Juan Bruno Zayas al frente de una fuerza heterogénea, debilitada por su numerosa impedimenta. El 17 de mayo sufre una derrota en Matanzas, y el 20 de este mes otra, en la finca Carolina, donde pierde la vida el general Esteban Tamayo. Zayas se ve obligado a retroceder a la jurisdicción de Sagua con un contingente reducido a doscientos hombres.

Al frente de cien jinetes con cien tiros cada uno emprende Zayas su nueva marcha a Occidente. El 22 de junio entra en la provincia de La Habana. Todo el mes de julio lo pasa el general Zayas intentando rehacer su maltrecha brigada, reducida a menos de la mitad tras varios combates. El 30 de julio, a una legua de El Gabriel se enfrenta a una columna española de infantería y caballería y una poderosa guerrilla. Cercado, Zayas intenta saltar una cerca, su caballo queda detenido en ella, y batiéndose a pie, revólver en mano, el general cae muerto de una estocada que le atraviesa el cuerpo.

En un último esfuerzo Gómez recurre al Mayor General Mayía Rodríguez, quien inicia la marcha a Occidente el 3 de septiembre al frente de doscientos hombres con sesenta mil tiros. El 19 cruza la Trocha, y el 7 de octubre marcha hacia la vía férrea entre Sagua y Santo Domingo. Cuando la tropa hace alto en el batey del demolido ingenio Colorado para que descanse la infantería, aparece súbitamente la caballería española. Mayía Rodríguez ordena la carga y al frente de su escolta y del Estado Mayor obliga a retroceder al enemigo. La infantería española abre fuego y el general Rodríguez resulta herido de bala en una rodilla, la que le quedaba sana pues la otra la tenía anquilosada desde la guerra anterior por un balazo. En estas condiciones se dispone la retirada de los mambises hacia las lomas de Cienfuegos y Trinidad. Así terminó el último intento formal de llevar auxilios al general Maceo, nos dice Enrique Loynaz del Castillo en  Memorias de la guerra.

Otra gran pérdida para la causa de la libertad de Cuba es la muerte del general José Maceo. El 5 de julio de 1896 el León de Oriente cae combatiendo en la Loma del Gato, jurisdicción de Songo. Loynaz cita la Orden del Día expedida por Máximo Gómez al conocer la noticia:

“La suerte ha querido una vez más poner a prueba nuestros corazones de patriotas, y ha descargado el más duro golpe sobre uno de nuestros guerreros más esclarecidos y hermano de nuestro gran compañero de gloria y penalidades, el Lugarteniente General del Ejército. El Mayor General José Maceo, Jefe del 1º Cuerpo de Ejército, ha muerto el día 5 en la Loma del Gato. Los guerreros no lloran sus muertos y sí juran sobre sus tumbas imitar su ejemplo y levantar más alta la bandera que defendieron.”

General José Maceo

Recordemos que Loynaz del Castillo había hecho amistad con José Maceo cuando se habían conocido estando ambos en el exilio. Martí había enviado al joven Loynaz a Costa Rica como secretario de Antonio Maceo, quien le encargó convencer a su hermano para contraer matrimonio, lo que Loynaz logró. La muerte de José, como luego la del general Antonio, de la cual se enteraría tardíamente, habrán sido golpes muy duros en lo personal, además del impacto en el ánimo de sus compañeros de guerra. Pero aún faltaba el  golpe más duro de todos, la muerte de Serafín Sánchez, presenciada por su jefe de Estado Mayor.

Loynaz dedica cinco páginas de su libro a la figura de Serafín Sánchez. Había nacido Serafín Sánchez el 2 de julio de 1846 en la romántica Sancti Spíritus, la de ondulantes calles solitarias y colonial arquitectura, la de los vetustos guardapolvos que vieron asomar los angélicos rostros de la belleza criolla al paso de los recios caballeros de capa y espada. Cerca de la ciudad como digno marco de su grandeza empínase a los cielos la cordillera cuyo silencio de siglos iban a interrumpir los jinetes apocalípticos de la guerra.

Tuvo una niñez tranquila, nos dice Loynaz, en la finca de su padre, el rico hacendado don Joaquín Sánchez, y los estudios de primeras letras a cargo de su venerable madre, doña Isabel Valdivia, gran cubana, que como la ilustre madre de los Maceo dio en cada parto un paladín de la Patria. Fue su mentor aquel gran carácter, Honorato del Castillo, guía de la juventud espirituana, a cuyo frente se lanzó a la guerra al grito libertador de Yara.

Tenía 20 años Serafín Sánchez cuando comenzó a guerrear. En la batalla de Júcaro, a las órdenes del general Ángel Castillo, sucesor de Honorato, fue ascendido a capitán. Luego pasa a Camagüey. El día funesto de Jimaguayú, la última orden del general Agramonte la recibió el capitán Serafín Sánchez al frente de su compañía, desplegada en las lindes del potrero.

Muerto Ignacio Agramonte, el presidente Céspedes encarga el mando de Camagüey al general Máximo Gómez. A sus órdenes Serafín Sánchez combate en Palo Seco, Nuevitas, Santa Cruz, la Sacra, el Naranjo y las Guásimas. … el 6 de enero de 1876 forzando la Trocha penetró en Las Villas el general Máximo Gómez al frente de las tropas camagüeyanas y villareñas. Con ellas iba el ya comandante Serafín Sánchez. A las órdenes directas del general Gómez combatió en la Reforma, la Campana, Paso Cataño, el Jícaro y otras gloriosas acciones de guerra.

Lamentables divisiones y malquerencias entre cubanos, incluyendo rebeliones militares en Las Villas, Camagüey y Oriente, dan al traste con la República y se produce la capitulación del Zanjón. Serafín Sánchez empieza a conspirar para renovar la lucha por la libertad. Y así lo hizo, pues apenas transcurrido un año, levantóse en armas con Francisco Carrillo y Emilio Núñez, en el territorio de Las Villas en apoyo del movimiento revolucionario iniciado por José Maceo, Calixto García y Quintín Bandera en la plaza Dolores de Santiago de Cuba.

Al fracasar este nuevo intento, Serafín Sánchez y Francisco Carrillo, generales ambos, lograron refugiarse en el extranjero. En busca de trabajo para el sustento peregrinó el general Sánchez por distintos países con su inseparable amigo el general Carrillo. Tremendas vicisitudes no doblegaron aquellos espíritus animosos. En la casa del patriota don Eduardo Hernández hallaron albergue, pero tenían que turnarse para salir pues sólo poseían un par de zapatos entre los dos.

General Serafín Sánchez

Loynaz recuerda la frustrada expedición en 1884-85, planeada por Máximo Gómez y Antonio Maceo, en la que Sánchez y Carrillo estaban destinados a Las Villas. Fue entonces cuando conocí a esos dos excelsos cubanos los que a fuerza de ruegos insistentes consintieron en mi incorporación como ayudante del general Sánchez, en la intentada expedición, sobreponiendo mi fogoso entusiasmo a la inexperiencia de mis catorce años.

En 1895 Loynaz se encuentra nuevamente con Sánchez, radicado ahora en Cayo Hueso como escogedor de tabaco en la fábrica de tabacos del señor Hidalgo Gato… Ganaba cuatro pesos diarios, tres para su casa y uno para los fondos revolucionarios. Terminaba siempre temprano porque en sumando los cuatro pesos suspendía su trabajo. Mi objetivo, decía, no es el dinero, sino un medio de esperar el toque de llamada.

Cuando suena el toque, Loynaz acompaña a Serafín Sánchez: … desembarcamos en la noche del 24 de julio de 1895, natalicio del Libertador Simón Bolívar, dos centenares de expedicionarios y entusiastas, armados e instruidos en el ejercicio de maniobras militares…

Pisaban suelo cubano a una milla del puerto de Tunas de Zaza, y marcharían con rumbo a la ciudad de Sancti Spíritus, en cuyas inmediaciones se acampó.

Regresemos ahora a las operaciones militares del general Serafín Sánchez en Las Villas. Escribe a su esposa, Josefa Piña de Sánchez, encareciéndole que no cesara de pedir una expedición de 3,000 rifles y un millón de cápsulas que a su juicio bastarían para terminar la guerra. El 10 de noviembre de 1896, de regreso por las estribaciones de la cordillera, sostuvo el general Sánchez reñido combate en el Marino, finca inmediata a los Altos de Alberichs, o Boca de Toro, donde la columna invasora celebró gloriosa función de armas…Continuó la marcha el general Sánchez, por la cordillera de Banao, entrando en la llanura de Sancti Spíritus el 17 de noviembre. Con el general Sánchez venía el general Rosas, y con su brillante Estado Mayor y Escolta, el general Francisco Carrillo.

Al oscurecer y acampar en Manaquitas, las fuerzas mambisas son acometidas súbitamente por numerosa Guardia Civil. El general Sánchez encabeza la carga al frente de su Escolta y Estado Mayor, poniendo en fuga a la Guardia Civil. A un prisionero le dice Serafín Sánchez, según escribe Loynaz: Te pongo en libertad para que vayas enseguida a decirle al general López Amor que el mismo que le encendió la leva en Palo Prieto, el general Serafín Sánchez, va con una columna a Paso de las Damas. Que me siga.

A las once de la mañana del 18 de noviembre Sánchez llega a Paso de las Damas, magnífico potrero situado en la margen oriental del río Zaza. Sobre la escarpada margen del río, dominando el paso llamado de las Damas, colocó todo el regimiento de infantería de Remedios, al mando del brigadier José González Planas. Al otro lado del río situó una avanzada del mismo regimiento y una patrulla de jinetes exploradores, encargados de recorrer constantemente nuestro rastro, por donde, naturalmente, era de esperar el enemigo. La presencia de nuestro mejor regimiento de infantería sobre la empinada barranca del Paso de las Damas era suficiente garantía de seguridad hacia el rastro.

En la margen opuesta del Zaza sitúa un fuerte destacamento de caballería de la brigada de Sancti Spíritus, con orden de mantener parejas de exploración constante para impedir el acceso al Paso de la Larga. Fortalece así ambos pasos, situados a la izquierda y derecha en los extremos del frente de combate. Sánchez le encarga a Loynaz situar una tercera avanzada sobre el camino que debían seguir después del combate esperado. Cuando Loynaz regresa de cumplir esta orden encuentra a su general instalado en su tienda de campaña, junto al general Carrillo.


De repente, del otro lado del río, sonó un cañonazo, cuyo proyectil, a pocos metros de nuestra tienda de campaña, estalló. Enseguida, nuevas detonaciones de cañón y fusilería y gritos de nuestra gente: “¡A caballo, el enemigo!” …La agilidad mental del general Sánchez le permitió adivinar el verdadero objetivo del enemigo, que era forzar el Paso de la Larga, donde seguramente estaba llegando cuando rompió el fuego, en amago de finta, sobre el Paso de las Damas.

Sánchez, seguido de algunos ayudantes, galopa hacia el Paso de la Larga luego de ordenar a Loynaz que dirija a todos los hombres disponibles, sin esperar la formación de sus unidades, al Paso de la Larga donde el general los situaría. …Partí a escape hacia el Paso de la Larga. Llevaba en alto la bandera de Cuba que acababa de arrancar de la tienda de campaña.

Encontré al general Sánchez enojadísimo, porque el destacamento colocado sobre la alta cuesta del vado de la Larga había descuidado la exploración del lado opuesto del río y cuando sintió las detonaciones por el rumbo de las Damas fue que descubrió el grueso del enemigo vadeando ya el Paso de la Larga.

Sánchez establece un arco de resistencia que comprende una pequeña eminencia del terreno, donde se sitúa él junto con su escolta y Estado Mayor. También se sitúan allí los generales Carrillo y Rosas con sus ayudantes. A la derecha de esta posición están la infantería y caballería al mando del brigadier José Miguel Gómez, y a la izquierda, apostado sobre el Paso de las Damas, el regimiento de infantería de Remedios al mando del brigadier González Planas.

Luego de varias operaciones, incluyendo detener una carga temeraria y suicida de la escolta del general Carrillo, iniciada sin autorización, tras reforzar las líneas de combate de los mambises y siendo las cuatro de la tarde, se ve al enemigo desbordar la margen del río hacia las fuerzas cubanas, tras un fuego intensísimo. Loynaz obtiene autorización del general Sánchez para ponerse al frente de una compañía de infantería del brigadier González Planas, llegada para reforzar la línea de José Miguel Gómez, cuyos hombres han quedado sin parque.

A la carrera ocuparon los infantes, por mí conducidos, la posición que había defendido hasta su última cápsula el brigadier José Miguel Gómez. Al tenderlos en tierra ocupé la extrema izquierda de aquella línea desplegada a menos de cien metros de la infantería española que avanzaba impertérrita con vibrantes descargas…Minutos después vi tambaleándose mi caballo y me tiré de él antes de que me cayera encima. Otro caballo me envió enseguida el general Rosas…En lo más vivo del tiroteo, alcanzado por varios proyectiles, cayó también el 2º caballo que me envió el general Rosas, sin darme tiempo, esta vez, para evitar que me aprisionara debajo de él. Mientras unos infantes me extraían, sucedió algo inesperado, tremendo, abrumador…

El general Sánchez, que fijaba los anteojos en dirección de la lucha sostenida por nuestra compañía y acababa de ordenar al brigadier González que la reforzara ya con todo su regimiento, me vio caer sin levantarme, y dirigiéndose al teniente coronel Indalecio Salas, que estaba a su lado, le dijo: “Mataron a Enriquito. Lo siento por Juanita.” En esos instantes se estremeció: una bala le había entrado por el hombro izquierdo y salido por el derecho, destrozándole la aorta y con ella la vida del gran prócer de la Patria. Vacilando sobre su caballo exclamó: “¡Me han matado!” Arrojó un buche de sangre y aún pudo añadir: “Eso no es nada, siga la marcha.”

El general Carrillo asume el mando y ordena la retirada inmediata del cadáver del general Sánchez, junto con los cadáveres de los ayudantes y ordenanzas que habían caído defendiendo la vida de su jefe. Mientras la tremenda desgracia abatía la izquierda de la línea cubana, a la derecha llegaba el salvador refuerzo: toda la infantería del brigadier González Planas, recibida con aclamaciones y desplegada inmediatamente frente al enemigo.

Loynaz pregunta al brigadier si han matado a Serafín Sánchez. González Planas le contesta:

“Vaya para allá que hace falta. Déjeme esto a mí.” Nuestro autor describe muy emotivamente su encuentro con el cadáver del general que había aceptado llevarlo como ayudante, a los catorce años, en una expedición para liberar a Cuba del dominio español. Los hombres de González Planas resisten sin retroceder una pulgada hasta las siete de la noche, hora en que el grueso del enemigo se retiró para acampar junto al río… Ya el cadáver del general Sánchez había llegado a Pozo Azul, donde el general Carrillo dispuso acampar.

No muy lejos un carpintero construía su ataúd. Sobre la tapa de cedro esculpí con afilado cortaplumas estas palabras: “Mayor General Serafín Sánchez, Por Patria, 18 de noviembre de 1896.” A las seis de la mañana (del día siguiente), en silenciosa marcha, lo llevamos en hombros a enterrar en un áspero recodo de la finca Las Olivas. Contaba cincuenta años aquella noble vida, toda ofrendada a la libertad de Cuba.

Monday, July 10, 2023

Desde el referente Cuba, una propuesta de interpretación de la historia. (III)


Por Vicente Morín Aguado.

(III) El desarrollo desigual de la humanidad.

Si un acontecimiento de alcance universal muestra a todas luces el desarrollo desigual de la historia es el bien llamado descubrimiento, cuyo protagonista inicial fuera Cristóbal Colón, a quien igualmente le cabe en justicia el largo título que le adjudicaron los Reyes de España: Gran Almirante de la Mar Océana.

Si aceptamos que descubrir significa quitar el velo, la capa que oculta algo, no caben dudas de que eso hizo Colón para la mayor parte de humanidad, completando así, de forma efectiva, la comprensión de nuestro planeta como un mundo único, redondo cual enorme pelota celestial.

Ningún descubrimiento parte de cero, había sospechas de ese mundo ignoto antes del primer viaje colombino, sin embargo, no era noticia cierta, confiable y precisa. Menos aún, y este es el aporte principal del genovés, dar el viaje de ida y regreso en un tiempo razonable para las expectativas de su época, estableciendo así, para siempre, la conexión ecuménica del mundo.

Una pregunta viene al caso: ¿Por qué el descubrimiento se origina en Europa? La iniciativa, la dirección del suceso, vino de Este a Oeste y no al revés. La respuesta está en el desarrollo desigual de los pueblos, hasta hoy una constante de la historia universal.

Acudo al Padre Bartolomé de las Casas, quien copió y salvó para nosotros el Diario de Navegación del primer viaje de Colón. Un extracto del contacto inicial con los que luego serían llamados en su conjunto, americanos, dice:

“No tienen algún hierro: sus azagayas son unas varas sin hierro, y algunas de ellas tienen al cabo un diente de pez, y otras de otras cosas. Ellos todos a una mano son de buena estatura de grandeza y buenos gestos, bien hechos. Yo vi algunos que tenían señales de heridas en sus cuerpos, y les hice señas qué era aquello, y ellos me mostraron cómo allí venían gente de otras islas que estaban cerca y les querían tomar y se defendían. Y yo creí y creo que aquí vienen de tierra firme a tomarlos por cautivos. Ellos deben ser buenos servidores y de buen ingenio, que veo que muy presto dicen todo lo que les decía, y creo que ligeramente se harían cristianos; que me pareció que ninguna secta tenían. Yo, placiendo a Nuestro Señor, llevaré de aquí al tiempo de mi partida seis a Vuestras Altezas para que aprendan a hablar. Ninguna bestia de ninguna manera vi, salvo papagayos, en esta isla». Todas son palabras del Almirante.” (www.librosmaravillosos.com Cristóbal Colón, Diario de abordo)

A pesar de la simplicidad de su vida, estos humanos ya experimentaban en carne propia el desafío de otros similares a ellos, que sin estar los europeos de por medio, venían a tomarlos por la fuerza.

Durante milenios, las diversas culturas humanas practicaban, según sus posibilidades, la hoy detestable acción de someter a los vencidos a su arbitrio, obligándoles a trabajar para los vencedores. Aunque para los populistas que hoy  abundan, interpretando el pasado con los conceptos alcanzados hoy, la conquista y colonización significan un pasado horrendo y condenable, debemos decir que NO, fueron parte obligada de la forja que le ha permitido a la humanidad llegar hasta el presente. Lo repudiable es intentar seguir aplicando, cinco siglos después, lo que en su tiempo era inevitable.

El conocimiento de la conquista de América prueba que el asunto es parte reiterativa del desarrollo social de la humanidad. Los Aztecas, cito solo un caso relevante, etnia líder entre otras muchas rivales que habitaban el valle de México, crearon un estado que ejercía dominio sobre las poblaciones vencidas por ellos. Recibían tributos en especie, junto a cierto número nada despreciable de humanos privados de libertad, literalmente esclavos. Una parte de esta servidumbre era sacrificada a los dioses en liturgias que incluían el canibalismo.

La esclavitud pervivía en el medioevo, no fue una idea colombina, tampoco ajena a las culturas africanas al sur del Sahara. Está probado que unos africanos cazaban a otros, vendiéndolos por partidas a los comerciantes europeos, establecidos en la costa, lejos de los peligros múltiples de la selva.

No vamos a condenar ni a los aztecas ni a los reyezuelos africanos por tales prácticas, porque lo haríamos según la moralidad adquirida tras largos siglos de luchas sociales. Lo esencial es que, la idea de esclavizar, someter a los vencidos, tiene una muy antigua data, lo peor es que ha sobrevivido peligrosamente hasta hoy.

No obstante, sin lugar a dudas, la Europa del renacimiento, ya en pleno siglo XVI, debatiéndose entre La Inquisición y los adelantos de la Ciencia, contenía el mayor progreso alcanzado por la humanidad hasta entonces. Los Estados Nacionales, cimentados mediante el absolutismo monárquico, por muy antidemocráticos que fueran, representaban una unidad de poder, una organización coherente de seres humanos bajo leyes estatales, un aparato burocrático capaz de hacerlas cumplir, junto a un despliegue de la manufactura y el comercio, apoyados en la suma de lo más productivo de la ciencia y la tecnología del mundo conocido. 

Se agrega la experiencia histórica también acumulada, de guerras de conquista, así como de la administración y manejo de los sometidos. El conjunto significa en una línea cronológica no menos de un milenio de ventaja respecto a las relativamente muy jóvenes culturas del nuevo mundo que para ellos acabó por develar el Gran Almirante genovés.

La palabra Nuevo Mundo se ajusta perfectamente a su significado histórico. Los estudios recientes-ADN, fechados radio carbónicos, así como la acumulación de evidencias arqueológicas-, prueban que la presencia humana en la masa continental así llamada, se remontan a unos 30 o 40 mil años atrás. Para la arqueología es un breve espacio de tiempo si consideramos que la humanidad surgió en África en una escala del tiempo que supera ampliamente el millón de años.

La diferencia de un milenio en el desarrollo histórico y no el tan citado uso de las armas de fuego, explican mejor el éxito de un jefe hábil al mando de escasos cientos de hombres, digamos Hernán Cortés o Francisco Pizarro, derrotando a decenas de miles de combatientes, apoderándose de extensos territorios.

La experiencia histórica demuestra que allí donde ya existían formas primigenias de dominación, estados constituidos, ha subsistido hasta el presente la población autóctona. Parece una paradoja, pero la respuesta está en que los dominadores indígenas prefirieron un mínimo de privilegios en abierto o callado contubernio con el poderoso conquistador foráneo, facilitando la tarea de los invasores.

Al mismo tiempo, el estudio de las culturas del nuevo mundo arroja a todas luces que eran pueblos en franco proceso de desarrollo, capaces de conquistas científicas y técnicas de gran valor. La conquista y colonización no tienen justificación moral, se explican por la ley del desarrollo desigual de la historia.

La diferencia entre europeos y americanos está en el conjunto, se expresa en elementos básicos de la cultura humana: la escritura como forma básica de trasmisión de conocimientos, la agricultura apoyada en numerosos ingenios mecánicos; el empleo de animales de tiro como El Caballo; el uso de la rueda; la navegación de altura; la fundición metalúrgica, que permite fabricar no solo las tan citadas armas de fuego, sino todo tipo de artefactos de labranza y otras muchas máquinas; y por último, lo más importante: la organización social, basada en el Estado Moderno centralizado.

La religión, siempre controversial, jugó un gran papel, no puede soslayarse. Se trata de una ideología monoteísta, bien estructurada, con su propia organización, centralizada también, cuya doctrina básica es de fácil predicación y aceptación. La unidad estado-religión, era muy fuerte y se apoyaba en propósitos comunes bien identificados.

Junto al justo repudio por la conquista y la colonización, visto en el sentido de experiencia histórica que está fuera de lugar en la actualidad, el encuentro entre europeos, asiáticos y africanos de un lado, y los aborígenes del nuevo mundo del otro, dejó el saldo extraordinario de nuevas culturas. Surgieron los llamados “pueblos nuevos”, según el decir del antropólogo brasileño Darcy Ribeiro. El cristianismo acendrado en Las Américas, contrasta por el mayor número de fieles y su probada Fe, cuando se le compara con la pérdida de religiosidad de la sociedad europea contemporánea.

Por si fuera poco, Los Estados Unidos de América se convirtieron en la primera potencia mundial y líderes de una forma de gobierno, herencia de la Grecia clásica dos mil 500 años atrás, establecida por primera vez en el Nuevo Mundo, hoy extendida a todo el planeta como símbolo de la democracia. Ni siquiera los más autoritarios dictadores dejan de copiarla, por más que sea para ellos letra muerta o imagen pública de legitimidad necesaria.

Un simple repaso  a través de los últimos cinco milenios del devenir universal muestra, sin lugar a dudas, sucesivos momentos en los que unos pueblos estuvieron a la cabeza del progreso, cediendo luego ese sitios a otros. Los árabes, por ejemplo, sacudieron de la modorra medieval a la Europa rural, fruto de la desintegración del otrora poderoso Imperio Romano. Hoy sin embargo, el mundo musulmán se debate entre los que pugnan por dejar atrás reglas de un pasado ya inaceptable, y los que desean eternizar la discriminación de las mujeres, la organización en clanes familiares y hasta el gobierno teocrático, propio de un estadio social fuera de la modernidad.

La humanidad de estos tiempos ha sido capaz de crear una red de comunicaciones casi instantánea, uno de cuyos éxitos es la capacidad de acumular en el pequeño espacio material de un teléfono, todo el saber alcanzado durante cinco mil años desde que surgió la escritura.

A contrapelo, los genocidios étnicos no cesan, en unos países la gente vive regularmente más de 80 años, en tanto hay otros donde es difícil superar los 50. Para colmo, todavía persisten en sus empeños conquistadores trasnochados, tratando de retrotraer el mundo a los tiempos del nazismo.

En mi país, Cuba, un dictador marioneta ofende el título de presidente de una nación, intentando continuar la oscura saga de 60 años de violaciones de todos los derechos humanos, cuya Declaración Universal ha sido firmada desde 1948, y ratificada por sucesivos gobiernos cubanos, incluido el actual violador.

Lo peor es que, con tal de conservar el poder, en medio de la catástrofe nacional, quienes ahora desmandan buscan desesperadas alianzas con lo más retrógrado del universo político internacional, apoyando a Rusia en su inaceptable invasión a Ucrania.

Los retrocesos históricos también forman parte del desarrollo desigual, merecen un estudio aparte, porque hay doctrinas como la marxista, que afirman un determinismo lineal ascendente, ampliamente refutado por el decursar del tiempo.

Este ensayo continuará…