Sunday, January 14, 2024

Cuba en los 1930: una historia familiar

Dr. Jorge Alfredo Belt Muñoz

Por Guillermo A. Belt

Jorge Alfredo Belt Muñoz nació en La Habana el 4 de octubre de 1868, y seis días después Carlos Manuel de Céspedes dio comienzo a la Guerra Grande con el Grito de Yara. Vivió diez años de su niñez en guerra. Tenía 17 años a la muerte de su padre, y se hizo cargo de su madre hasta que ella murió. A la edad de 19 se graduó de Derecho en la Universidad de La Habana. Inmediatamente comenzó a ejercer la abogacía. Dos años después, el 30 de agosto de 1889, era juez del juzgado municipal de El Cerro.

Desempeñaba igual cargo en otro juzgado de la capital cuando, al inaugurarse la República de Cuba en 1902, el Presidente Tomás Estrada Palma lo nombró Secretario de la Presidencia. En 1906 se vio en la necesidad de regresar al ejercicio de su profesión para atender urgentes obligaciones familiares. Al aceptar su renuncia, Estrada Palma le dijo en una carta manuscrita:

Los dos podemos decir que estamos fundidos en una sola pieza, porque en el pensar i en el sentir recta i honradamente nos hallamos por completo identificados.

Fue abogado de Estrada Palma hasta la muerte del primer presidente de Cuba, que halló a don Tomás en una escasez de recursos, por no decir pobreza, nunca más conocida en nuestro país por sus exmandatarios. Representó a importantes compañías y entidades, nacionales e internacionales. Tuvo éxito profesional, gozó de excelente reputación como hombre de bien, y sobre todo fue un padre ejemplar.

Murió el 27 de octubre de 1932 de un paro cardíaco, en su casa de Paseo 4, El Vedado. Esa misma tarde tuvo lugar su entierro en el Cementerio Colón. El día siguiente, el diario The New York Times publicó la noticia del fallecimiento[1], dando cuenta en los dos párrafos finales de un dato curioso: los tres hijos del Dr. Jorge Alfredo Belt Muñoz habían asistido al sepelio en circunstancias extraordinarias.

Traduzco los párrafos finales mencionados:

Le sobreviven tres hijos, Alberto, Alfredo y Guillermo. En la actualidad, Alfredo se encuentra en la Legación de Panamá, donde solicitó protección como asilado político tras los asesinatos políticos recientes, y se dice que los otros hijos están escondidos.

Las honras fúnebres han tenido lugar esta tarde en el Cementerio Colón. Alfredo estuvo presente, acompañado por un funcionario de la Legación panameña para garantizar su condición de asilado, en tanto que los hijos más jóvenes recibieron garantías, según se dice, por parte de Orestes Ferrara, Secretario de Estado, que les permitieron estar presentes en el sepelio.


Lectores asiduos del Times habrán leído otro despacho desde La Habana, del 21 de octubre, publicado el día siguiente, sobre el motivo del asilo de Alfredo y el ocultamiento de Alberto y Guillermo. En un libro transcribí el texto de esta noticia, hallado en línea hace varios años, cuyo original lamentablemente he perdido. Lo copio a renglón seguido.[2]

The Panamanian Legation informed the Secretary of State today that Dr. Alfredo Belt, a son of the prominent Cuban attorney Dr. Jorge Alfredo Belt and an Opposition leader, had taken refuge in the legation. El Heraldo de Cuba on Sept. 29 reported that Dr. Alfredo Belt had been arrested as one of the assassins of Dr. Vasquez [sic] Bello, President of the Cuban Senate. The paper was suspended and its editor was held in jail for several hours. Dr. Belt is said to have gone in hiding at that time, together with his brothers Guillermo and Alberto.

El 27 de septiembre de 1932, alrededor del mediodía, el Dr. Clemente Vázquez Bello, Presidente del Senado y muy allegado al Presidente Gerardo Machado, salió del Habana Yacht Club rumbo a su casa. Viajaba en su automóvil, conducido por su chofer, en el asiento trasero junto a un policía que era su única escolta. Varios hombres de la organización clandestina ABC, opuesta a Machado, a bordo de otro automóvil alcanzaron el de Vázquez Bello, le dispararon desde atrás con escopetas recortadas y lo mataron.

El asesinato formaba parte de un plan tan espectacular que terminó siendo la trama de una película. Días antes, otros miembros del ABC, dando por sentado que el entierro del prominente político tendría lugar en el Cementerio Colón y que el Presidente Machado asistiría, habían colocado una gran cantidad de explosivos bajo el panteón familiar, utilizando el túnel de la cloaca que conducía al mismo. Situados a más de 700 metros y mediante un cable, los conspiradores provocarían la explosión con la que esperaban matar a Machado.

Aunque el plan basado en el asesinato de Vázquez Bello fracasó porque a última hora la familia del político decidió enterrarlo en su natal Santa Clara, y a pesar de que los explosivos sólo fueron descubiertos días después, la represalia por la muerte del íntimo amigo de Machado fue inmediata y brutal. Esa misma tarde, la porra, como se conocía la policía secreta de la época, mató a tiros y en su casa a los tres hermanos Freyre de Andrade, así como al Dr. Miguel Ángel Aguiar, miembro de la Cámara de Representantes.

El Heraldo de Cuba, periódico favorable a Machado y vocero del gobierno, recibía información confidencial de personeros del régimen. A la 1 de la tarde del 27 de septiembre la edición del Heraldo circuló con esta noticia, que copio del libro antes citado, p. 161. Evidentemente se trataba de una filtración puesto que el asesinato de los Freyre ocurrió dos horas más tarde, el de Aguiar un poco después, y el del Dr. Ricardo Dolz no se produjo porque el catedrático universitario y exsenador logró escapar gracias al aviso de un amigo influyente que le aconsejó huir de inmediato ese mismo día. El Heraldo, en su afán de primicia, había dado cuenta de asesinatos que aún no habían ocurrido.


El lector comprenderá que los tres hermanos Belt se hayan ocultado después del 29 de septiembre, cuando el Heraldo publicó la noticia del arresto de Alfredo Belt, hijo mayor del Dr. Jorge Alfredo Belt Muñoz, como uno de los asesinos de Vázquez Bello. Que la noticia fuera falsa no representaba ninguna garantía para Tío Alfredo, como tampoco para Tío Alberto ni para mi padre. También comprenderá que un poco después Alfredo Belt haya recurrido al asilo político.

En una historia como esta no puede faltar mi madre, testigo y mucho más de algunos de los acontecimientos aquí relatados. De sus memorias, que ella modestamente tituló Apuntes y garabatos, escritas a mano en la década de 1980, tomo los párrafos pertinentes.[3]

Al regresar a La Habana (de la luna de miel) nos encontramos con que nuestra Villa Mar-y-Sol aún no estaba terminada y por tanto fuimos a vivir a Paseo 4, la casa de mi suegro, Jorge Alfredo Belt. ¡Qué hombre tan gentil, tan sonriente, tan encantador!...

Por fin nos instalamos en nuestra propia casa, esa Villa Mar-y-Sol, tan llena de recuerdos, tan parte de mi vida…Íbamos Guillermo y yo en su automóvil hacia La Habana cuando al pasar por Calzada, en El Vedado, vimos varios automóviles estacionados en la acera donde vivían los hermanos de Carmen Freyre (abuela hoy día de nuestros nietos Lamadrid). “Veamos qué sucede”, dijo Guillermo, dando la vuelta y parando junto a la entrada. En ese momento salía Alberto Mendoza y Freyre y al vernos se acercó y le dijo bajito a Guillermo: “No te bajes, vete de aquí. Acaban de asesinar a mis tres tíos.” (Fernando, Gonzalo y Guillermo Freyre de Andrade.) “La porra sólo buscaba a uno de ellos, pero al no saber quién era quién, asesinó a los tres.”


Otro acontecimiento de mi primer año de casada, que ocurrió acabado de mudarnos y estando yo en las primeras semanas de gestación, fue una especie de Huida a Egipto

Estábamos almorzando en casa (recuerdo el pijama de satín azul que yo llevaba puesto) cuando llegó, agitadísimo, José, el jardinero gallego de Paseo 4. “Váyase, huya, señorito Guillermo, que la policía secreta lo anda buscando”, nos dijo, casi sin poder respirar.” Salté la tapia del fondo para venir a avisarle”, susurró.

Acababan de asesinar a Vázquez Bello…En la confusión de las primeras horas se pensó en el hijo de Alfredo Belt, el revolucionario antimachadista, y ése debía ser, por deducción errónea, Guillermo. En aquellos días de la porra machadista, ser acusado era ser sentenciado. Por lo tanto, la única defensa era la huida. Nos montamos en el pequeño Ford de Guillermo – el bellísimo Pearce Arrow que mi padre me había regalado quedaría en el garaje – y tomamos a toda velocidad la carretera hacia Arroyo Arenas, sin rumbo fijo.

De pronto se nos ocurrió un refugio: el central Pilar, del General Rafael Montalvo, íntimo amigo de mi suegro y de mi padre, que era su abogado. Llegamos a la reja del batey, cerrada por lo incierto del clima revolucionario de entonces, y un ayudante de Montalvo nos preguntó quiénes éramos.” El Dr. José Agustín Martínez y su señora”, respondimos. Aún sin abrir la verja, regresó el Coronel Consuegra. “El Dr. Martínez está en Europa con su esposa”, nos dijo severamente (lo cual era cierto). Montalvo, curioso, salió a ver quiénes éramos. Comprendió al instante y nos hizo pasar. “Bien”, nos dijo, “quédense aquí. Diré a todos que son ustedes sobrinos míos, venidos de Chile, ya que tratar de esconderlos sería imposible y contraproducente.”

Allí en el Pilar estuvimos hasta octubre, cuando mis padres ya estaban de regreso. De pronto, una llamada de Papá. Alfredo Belt acababa de sufrir un ataque al corazón. Partimos inmediatamente para Paseo 4, donde murió a los pocos minutos de llegar nosotros. Fue una profunda pena para Guillermo, y también para mí, porque conocer a Alfredo Belt era quererlo, y yo lo quería muchísimo.


Tiempos turbulentos, aquellos que les tocó vivir en Cuba a nuestros mayores. Los recordamos aquí con escuetas noticias de la prensa nacional y extranjera, enriquecidas por la crónica de mi madre, testigo de excepción y valiente protagonista a lo largo de la vida de mi padre. Para ellos, mis abuelos y tíos son estas líneas en prenda de admiración.






[1] A mi hermano Juan y su esposa Elizabeth debo esta noticia, así como todas las citadas o copiadas aquí de The New York Times.


[2] Belt, Guillermo A. Tiempo para todo bajo el sol/A Time to Every Purpose, 163. Colección Pulso Herido, Academia Norteamericana de la Lengua Española, 2020.


[3] Martínez Viademonte de Belt, Elisa. Apuntes y garabatos. McLean, Virginia, 2007. Publicadas privadamente.

Sunday, January 7, 2024

The Continuing Relevance of Compadrazgo Spiritual Kinship in Latin America




By Roland Alum

Compadrazgo, from the gender-neutral gloss compadre in Spanish, literally means co-parenthood (i.e., shared parenthood). In its most elemental sense, the term refers to the spiritual and ritual kinship established between the parents and the godparents of a child over his/her baptism, which is the first of the seven Roman Catholic sacraments, an archetypal rite of passage. Common throughout Latin America, this sociocultural institution enmeshes biological and symbolic-religious parentages into a kin-like interpersonal relationship. It further evolved into an ever-expanding network of systemic “kinship by choice” characterized by a flow of highly respectful social and even reciprocal material responsibilities, especially among the adults involved.

The elaborate compadrazgo system has been studied mainly by sociocultural anthropologists, chiefly in Mesoamerica and the Andean region. Sir Edward Tylor, the pioneering British anthropologist, was an early commentator on Mexican ritual kinship, and twentieth-century ethnographers, such as the late Hugo Nutini (1928–2013), theorized the cultural phenomenon in the countries south of the Río Grande. Researchers have reported countless variations of religious, quasi-religious, and even secular compadrazgo occasions throughout the Americas. (Interestingly, it is not found in eminently Catholic societies, such as Ireland, and compadrazgo traditions in Spain and Portugal tend to be less intricate than their “New World” counterparts, yet it is prevalent in the Philippines, which was colonized by Spain).

For Anglo-Catholics, as well as the followers of other Christian rites that practice baptism —such as Anglicans and Episcopalians— the individuals involved in these ceremonies are not expected to form kin-like groups. However, in much of Ibero America, participants are typically drawn into a quasi-sacred relationship that at times supersedes even consanguineal and affinal relations. The terms “compadres” (masculine/neutral) and “comadres” (feminine) have become tantamount to “chums” or “buddies” —sometimes even “accomplices”— in everyday discourse throughout the region.

Despite the continued importance of compadrazgo among Latin Americans (as well as Hispanics in the United States), it seems that many contemporary anthropologists tend to either overlook the phenomenon or view it as a passé subject. This is somewhat ironic, given that compadrazgo traditions have proven to be both pliable and enduring. Here, I present some observations that connect contemporary practices with long-standing issues and discussions in the study of compadrazgo.

One form of change and variation that anthropologists might examine relates to who participates in compadrazgo. Both religious-based and secular types display vast geographic variation and are often subject to rather arbitrary local parishes and/or folk interpretations. The primordial baptism ceremony symbolizes a cleansing rebirth that marks a child’s initiation into the world’s Christian community. Technically, only one adult sponsor of either gender is required by Catholic Church rules, but customarily, both a man and a woman stand as godparents. Lately, I have observed among US Hispanics in my own community in northern New Jersey the addition of more than one duo as symbolic godparents at the ceremony.

Another set of changes and continuities has to do with the responsibilities that godparents have toward the neophyte and their compadres. In theory, the godparents are responsible for the child’s religious upbringing. Although there are no legal obligations, godparents are morally expected to raise the child in case of the parents’ absence. They are also usually expected to assume certain financial responsibilities for the godchild, as well as for the fiesta that normally follows the ceremony. I experienced these expectations myself upon standing recently as godfather to two Mexican siblings in a remote rural hamlet of the state of Puebla (see image of the baptism invitation below).

The relationship between the five individuals involved is characterized by an elaborate etiquette that includes expressions of deference, trust, and reciprocity of various kinds. This reverent conduct among the adult co-godparents encompasses addressing each other as “compadre” or “comadre,” respectively, while adopting the formal and more respectful usted form that replaces the informal tú in Spanish.

Although baptism co-godparenthood remains the classical form of compadrazgo, these types of ties grew exponentially to incorporate a large number of occasions throughout the region. Examples include other Catholic sacraments, such as first communion, confirmation, and matrimony, as well as nonreligious rites of passage, such as school graduations and quinceañeras, along with quasi-religious rituals that bless pets and other animals, as well as objects (e.g., a house, a tractor or an automobile). In the Mexican state of Tlaxcala alone, Hugo and Jean Nutini reported discovering over 30 occasions for compadrazgo.

At the same time, there seems to be much continuity when it comes to the functions of compadrazgo, which include, in some cases, the reinforcement of social hierarchies. The question of who is included in co-godparent bonds is subject to regional variation. In some areas, for example, all of the co-godparents of an individual may be considered mutually compadres, too, although it is understood that this is ultimately optional. A Mexican-born anthropology colleague reported to me that even the parents of her co-godparents treated her as an instant comadre. Yet the basic social functions remain, to wit:

(1) extending personal networks and family alliances,

(2) intensifying existing ties among consanguineal and affinal kin and friends,

(3) fostering harmony and social solidarity (e.g., mutual support in difficult times), and

(4) enhancing local prestige (more godparents means greater prestige, i.e., social capital).


Further, scholars have distinguished between horizontal and vertical forms of compadrazgo, the former involving co-godparents of a similar social level (e.g., class, ethnicity), and the latter referring to selection of co-godparents from a higher status. Compadrazgo among equals serves to bolster group solidarity, whereas vertical compadrazgo could establish and reinforce patron-client relationships. A case in point was dictator Rafael Trujillo in the Dominican Republic (1930–1961), who stood as godfather to hundreds of children baptized en masse, with him expecting political loyalty from the new ritual kinspeople. I met some of these individuals during my own field research there in the 1970s.

Although some researchers might have forecasted the demise of compadrazgo among Latin Americans due to economic development, secularization, internal and transnational migration, and the growing presence of Protestant and evangelical churches in the region, compadrazgo has endured and adapted to such changes. Instances of compadrazgo do not seem to be diminishing in ever-expanding Latin American cities or, for that matter, among Hispanics in the United States. Scholars have also found that compadrazgo ties often survive after conversions to Protestantism. Besides, even in the case of baptism, according to Catholic Church rules, only one godparent needs to be Catholic.

New communication technologies have also offered novel opportunities for the establishment and continuation of compadrazgo ties. Nowadays, an overseas-based couple might participate remotely as baptismal godparents at a ceremony taking place in, say, South America. At the church, there would stand proxy godparents —called padrinos de brazos (literally, “arm godparents”)— who ceremonially hold the neophyte in their arms for the ritual, though the emigrants’ names still appear in the baptism certificate as the rightful godparents. Resources could flow from the overseas padrinos to the new ritual kin, given that, again, there is an expectation of noblese oblige.

While some foreign anthropologists might tend to overlook compadrazgo, lately I have found that many Latin American anthropologists still give proper weight to its analysis. The two main characteristics of compadrazgo, its plasticity and its inconsistencies, have allowed the institution to meet the challenges of a dynamic and postmodern world. From a social-scientific standpoint, compadrazgo offers a unique opportunity to empirically study a “kinship by choice” tradition in a time of rapid social change.



===Roland Armando Alum: An AAA “Distinguished Member,” is an external Research Associate with the Center for Latin American Studies at the University of Pittsburgh, vice-chair of both the New Jersey Certified Psychoanalysts Advisory Committee and the N.J. Center for Hispanic Policy, Research & Development, as well as a trustee of DeVry University-NJ.

Perfil del miembro de la AHCE Guillermo A. Belt

 


Monday, December 18, 2023

NOTA DE PRENSA: INVESTIDOS DOS NUEVOS ACADÉMICOS EN LA AHCE

De izquierda a derecha: Armando Valladares, J.A. Albertini, Ernesto Díaz Rodríguez, Ileana Fuentes, y Eduardo Lolo

El pasado 16 de diciembre tuvo lugar en la sede de la Biblioteca Pública de Miami en Westchester el Acto de Investidura de la Lic. Ileana Fuentes y del Sr. Ernesto Díaz Rodríguez. Respondieron sus discursos de investidura el Dr. Eduardo Lolo y el Sr. J.A. Albertini, respectivamente.

La Lic. Ileana Fuentes llegó a los Estados Unidos en la Operación Pedro Pan. Ha escrito extensivamente sobre la cultura del Exilio y se caracteriza por sus estudios de cariz feminista sobre la mujer. Además de sus trabajos historiográficos en órganos de prensa, es coautora, entre otras obras, de Dengue: La epidemia secreta de Fidel, y Un enfoque feminista para el Siglo XXI. Recientemente completó sus memorias tituladas Retrato de Wendy: Memorias. Su Discurso de Investidura tuvo por título: “De historia a hystoria: Apuntes para enmendar la ausencia de las cubanas en la narrativa nacional.”

El Sr. Ernesto Díaz Rodríguez fue preso político en Cuba por muchos años. En prisión desarrolló su vocación literaria, escribiendo algunas de sus obras tras las rejas. Por presiones internacionales fue excarcelado en 1991 luego de 22 años de cautiverio. Autor de varios libros, algunos de ellos escritos en la cárcel y sacados clandestinamente del país en diminutos pedazos de papel. Entre ellos, Un testimonio urgente, así como Rehenes de Castro y La campana del Alba, este último un poemario para niños. Su Discurso de Investidura se tituló: “La vital transparencia que hace invencible la verdad.”

Las palabras de clausura y la entrega de Diplomas estuvo a cargo del embajador Armando Valladares, poeta, pintor y escritor de, entre otros, del más famoso libro de la historiografía cubana del Exilio hasta ahora: Contra toda esperanza, traducido a decenas de idiomas. En la actualidad, es presidente del Capítulo de la Florida de la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio.

Con la incorporación de Ileana Fuentes y Ernesto Díaz Rodríguez, nuestra institución cuenta ya con 65 Miembros Numerarios (residentes en los Estados Unidos) y 7 Miembros Correspondientes (viviendo en países de Europa y América Latina.).

Thursday, November 30, 2023

Angel Pérez Herrero (1942-2023)

 


Por Enrique Del Risco

La conciencia del privilegio de conocer a gente excepcional suele ser asunto póstumo. No fue el caso con Ángel Pérez Herrero, fallecido en La Habana el pasado 24 de noviembre. A Angelito, quien fuera nuestro profesor de Historia del Arte mucho antes de que se convirtiera en estrella del programa Escriba y lea, bastaba tenerlo delante para saber que se trataba de alguien fuera de lo común. Con su traje de tres piezas, corbata, pasadores, yugos, pañuelo y el resto de la parafernalia de profesor republicano que conservaba en medio del calor asesino de las aulas de la Universidad de La Habana Pérez Herrero parecía venir más que de otro tiempo, de otro mundo. Porque si el calor hacía parecer su atuendo fuera de lugar la chabacanería socialista que imperaba por aquellos tiempos hacían a Angelito y sus maneras algo tan anacrónico como un caballero medieval con armadura y lanza en ristre.

43 años tenía Angelito cuando lo conocí, o sea, trece años más joven de lo que yo soy ahora mismo. Tal elegancia en alguien a quien la revolución lo había sorprendido con apenas 16 años no se debía a la inercia de quien ya no sabía ser de otra manera. Enrique Sosa, otro profesor admirable -y su “competencia” en las clases de arte- era doce años mayor que Angelito pero intercalaba sin esfuerzo sus apariciones de traje con otras con sandalias, jeans y camisas de colores. En Angelito su ropa y sus maneras eran más que un rezago del pasado, una declaración de principios. El rostro afeitado, la brillantina en el pelo, el aroma a colonia que lo envolvía y la pipa que siempre recuerdo apagada eran un complemento de la elegancia de espíritu con que transmitía su versión del devenir del arte universal. Tanto cuidado y afectación entre la tosquedad que lo rodeaba habría sido risible de ser falsos, afectados. Pero Angelito se resistía a ser vulgar sin renunciar a la picardía. Sabía entender el mundo en que se movía y si notaba algún despiste en un estudiante en lugar de decir “está detrás del palo” la traducía como “anda al dorso del madero”. Reivindicaba sin rubor la condición un caballero y si alguna estudiante dejaba caer un bolígrafo al suelo Angelito se lanzaba felinamente desde el estrado para adelantársele. Al fin, al devolverle triunfal el bolígrafo proclamaba para todos: “una mujer se convierte en dama cuando le permite al hombre comportarse como un caballero”.

Así, tan anacrónico en su tiempo como Don Quijote en el suyo Angelito nos permitía acceder a otra posibilidad de ser sin pretender que lo imitáramos. No descarto que su elegancia, con mucho que fuera natural en él le sirviera como herramienta pedagógica para conducirnos desde nuestra adolescencia semisalvaje a la posibilidad de emocionarnos con obras de arte que nos hablaban a más de dos milenios de distancia. Con la magia oscura y torpe de sus diapositivas modeló nuestra sensibilidad hacia el arte -nos hizo más humanos vale decir- al tiempo que nos hizo soñar con el momento en que estuviéramos frente a los originales. Y así, sin énfasis, nos demostraba en carne propia cómo se podían decir palabras como “talasocracia” o “criselefantino” sin parecer pedante. Decían que era hermano de quien había sido el cacique ideológico del país -algo que no parece ser cierto- pero las clases de Angelito se le escurrían al catecismo marxista contenido en cada onza de conocimiento que se despachaba en aquella facultad. Angelito no ignoraba la existencia de las clases sociales ni la influencia que los privilegiados podían tener sobre la producción de arte pero de alguna manera nos dejaba claro que en la producción de belleza hay impulsos que escapan a la dinámica entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción. Y sabía reconocer ese mismo impulso entre sus discípulos ajenos a su propio talento e incentivarlos para siempre diciendo, por ejemplo “García González, usted tiene madera de escritor: este examen suyo me lo demuestra”.

La página que Ecured le dedica da cuenta de las múltiples condecoraciones que recibiera en vida -sin dudas todas merecidas- aunque raras en un país que tan poca atención le presta al talento y al esfuerzo verdaderos y útiles. Ninguna de aquellas distinciones le evitó, sin embargo, que sus días finales los pasara en una situación lamentable al punto que se tuviera que organizar una colecta para reunir "insumos esenciales como toallas húmedas, jabones, pañales para adultos, y cremas para escaras, así como alimentos". El olvido por parte del Estado que alguna vez lo colmó de distinciones pudo darle una idea del valor exacto de aquellas a la vez que sirvió para distinguirlo de aquellos servidores dóciles a los que se les premia de modo más persistente con muchos menos méritos. Que sus estudiantes se movilizaran allí donde el Estado al que había servido por tantos años fallaba -como de costumbre- debió ser justo consuelo para Angelito, quiero pensar. Estimula saber que la huella que dejaste en tus estudiantes regresa a ti cuando más lo necesitas.


 
Al menos en mi caso particular no recuerdo clases universitarias más útiles que aquellas que nos impartió Ángel Pérez Herrero en aquella facultad. Gracias a ellas los museos y galerías con que me encontré en el futuro ya no fueron almacenes de objetos frente a los que solo cabían el desdén o el snobismo. Angelito me ayudó a perderle el miedo a la elegancia, a la belleza y al éxtasis que esta puede producir; a disfrutarlos sin dejar de ser yo. Como mismo él se permitía participar en nuestras bromas sin perder su compostura de caballero intemporal. Casi cada vez que visito un museo le agradezco en silencio haber abierto esa puerta donde bastaba con darnos clases y repartir notas. Más de una vez, al encontrarme cuadros de George de La Tour en un museo los fotografiaba y le hacía llegar la imagen a Angelito. No me pregunten por qué pero esos cuadros de mujeres en penumbras, iluminadas únicamente por una vela siempre me remiten al más elegante de mis profesores. Ya no podré seguirle enviando fotos de cuadros de La Tour pero donde quiera que se haya marchado Angelito cada vez que yo decida entrar a un museo le tocará acompañarme.

Tuesday, November 28, 2023

Anuario Histórico Cubanoamericano #7

 


INDICE

INTRODUCCIÓN A LA HISTORIOGRAFÍA CUBANA DEL EXILIO (1959-2023), Eduardo Lolo

REVOLUCIÓN CUBANA: NACER SIN HISTORIA, Luis Leonel León

EL EXILIO MEXICANO DE JOSÉ MARÍA HEREDIA, Aejandro González Acosta

LA HISTORIA DE LA TUBERCULOSIS EN CUBA, Federico R. Justiniani

¡LA BOLA SE VA…!, René Álvarez

LA COMPARSA DE SAN PEDRITO AL RESCATE DE LAS “MÁSCARAS A PIE” Ismael Sambra

LA INFLUENCIA DE LA MÚSICA CUBANA EN LOS EE.UU. Eloy Cepero

DRAMAS REALES DE LA FARÁNDULA CUBANA DEL AYER, María Argelia Vizcaíno

ROBERTO DIAGO, AFRO-CUBAN PAINTER, Alejandro Anreus

FERNANDO POO, 1869: DESTINO FINAL. (ESTADOS UNIDOS, FERNANDO POO Y EL EXILIO POLÍTICO CUBANO DESDE
1868) José Raúl Vidal y Franco

CUBA, LA HABANA Y JOSÉ MARTÍ EN LA OBRA DE GUILLERMO CABRERA INFANTE, Waldo González López

JOSÉ MARTÍ: UNA VIDA SIN ACABAMIENTO, Alberto Müller

NADIE MUERE DEL TODO (ACERCA DE RAFAEL E. SAUMELL),Eduardo Lolo

FACTS ABOUT CUBAN EXILES, Sam Verdeja

LOS MISTERIOS DEL ESTUDIO SOBRE LA CULTURA DE LA POBREZA EN CUBA, POR OSCAR LEWIS, Rolando A. Alum Linera

LA SABIA DUBITACIÓN DE MÁXIMO GÓMEZ, J. Marat-Peres

LA REPÚBLICA QUE PERDIMOS, Pedro Corzo

LA DIPLOMACIA EN LA REPÚBLICA DE CUBA, Guillermo A. Belt

EL APORTE DE LOS ISRAELITAS A LA REPÚBLICA DE CUBA, 1902-1959, Raúl Moncarz, con Ivy Torres Morales

LA HABANA: LAS CONDICIONES QUE LA CONVIRTIERON EN EL CENTRO DE LA INDUSTRIA MUSICAL DEL CARIBE DURANTE LA REPÚBLICA, Antonio Gómez Sotolongo

LA PATRONA DE CUBA Y LA CUBA DE LA PATRONA, Julio Estorino

LOS SERVICIOS DE SALUD EN LA HABANA REPUBLICANA, Federico R. Justiniani

LA POLÉMICA AURELIANO-CHIBÁS: PRELUDIO DE LA DEBACLE REPUBLICANA, Octavio de la Suarée

EL BÉISBOL CUBANO NO ESCAPÓ A LA DESTRUCCIÓN DEL CASTRISMO, Jorge Morejón

FRACASOS DE LA REPÚBLICA, LA APARICIÓN DE FIDEL, CASTRO Y EL OCASO DE LA DEMOCRACIA EN CUBA, Manuel Gayol Mecías

LA CONSTITUCIÓN DE 1940: OBRA CUMBRE DE LA REPÚBLICA, Néstor Carbonell Cortina

DOSSIER EL PRESIDIO POLÍTICO CUBANO PRESIDIO POLÍTICO CUBANO CONTRA EL TOTALITARISMO, Pedro Corzo

EXPRIMIENDO LA MEMORIA, José Luis Fernández

POESÍA NACIDA ENTRE REJAS, Ernesto Díaz Rodríguez

RECUERDOS DE UNA ADOLESCENTE MENOR DE EDAD CONDENADA A SEIS AÑOS DE PRISIÓN POLÍTICA, Genoveva Canabal de Felisgrau

VIVENCIAS DE UN JOVEN PATRIOTA EN LAS PRISIONES DE LA TIRANIA TOTALITARIA CASTRISTA, Ramiro (“Manino”) Gómez Barrueco

ORIGEN Y SIGNIFICACIÓN DE PLANTADOS, Ángel De Fana

HISTORIAS DE HORROR Y PATRIOTISMO, DESPUÉS DE ISLA DE PINOS, Ángel Pardo

HUELGAS DE HAMBRE EN CUBA: LA REBELDÍA DE OFRENDAR LA VIDA, J. A. Albertini

¿DE VICTIMARIO A VÍCTIMA? ANÉCDOTA DEL FUGAZ INTERCAMBIO DE IDEAS DE UNA PRESA POLÍTICA CON
UNO DE SUS CARCELEROS, Ana Lázara Rodríguez

PRISIONEROS POLÍTICOS CUBANOS, INCIDENCIA DE STRESS POST TRAUMÁTICO Y EL EFECTO
INTERGENERACIONAL FAMILIAR, Irvin Flores

EFEMÉRIDES DE LA REVOLUCIÓN CUBANA: OBRA CUMBRE DE LA HISTORIA SOBRE LA INDEPENDENCIA DE CUBA, Alberto Sánchez de Bustamante, Jr.

RESEÑA DE UN HUÉSPED NO INVITADO: LA VOZ TANGENCIAL DEL INDIO EN LA LITERATURA HISPANA, DE EDUARDO LOLO, Liliana Soto-Fernández

LA FAMILIA BORRERO: APORTE A LA HISTORIA LITERARIA Y ARTÍSTICA DE CUBA, Jesse Fernández

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FALLECE EL ACADÉMICO RAÚL EDUARDO CHAO

Raúl Eduardo Chao pronunciando su Discurso de Investidura en 2018. (Foto de Circe Lolo)


Raúl Eduardo Chao (1939-2023), llegado al Exilio tan temprano como en 1959, es la más reciente baja de nuestra institución, en la cual fuera investido como Miembro Numerario en el año 2018. Se caracterizó por haber sido un muy activo académico, tal y como se comprueba revisando los números editados del Anuario Histórico Cubanoamericano (del cual fue un asiduo participante) y sus muchos libros publicados. Sus estudios universitarios y su desarrollo laboral fueron en el campo de la ingeniería química, la docencia, y la consultoría técnica a empresas industriales y de servicio público, funciones todas en las cuales se destacó notablemente. Pero también, de forma paralela, llevó a cabo, como acucioso investigador y prolífero autor, una importantísima obra historiográfica con más de una treintena de libros a su haber; de lo cual se colige que fue un hombre que cabalgó por igual en palabras y en ciencias, como un tenaz remanente del intelectual renacentista o un Janus de incógnito mirando con un rostro hacia la historiografía y con el otro en dirección al mundo científico.

Entre sus obras más destacadas en el campo de la historiografía se encuentran Cuba Colonial (2014), Rescatando a Martí (2016), La Guerra del 68 (2017), Cuba 1887 (2018), La Insurrección en Cuba (2018) y, de más reciente factura, Cuba 1933 (2020), así como Adoctrinamiento en Cuba: tres generaciones de cubanos sometidos a las tergiversaciones y falsedades del marxismo (2022), etc.

Tuvo una muy cercana musa y colaboradora: su esposa Olga Isabel Nodarse, fallecida recientemente, como si se hubieran puesto de acuerdo (por lo que tiene el amor como fusión de almas) para comparecer ante el Creador uno inmediatamente después del otro. Entre ambos confeccionaron libros tales como Cartas y documentos de Cuba que cuentan su historia: viejos papeles de la Cuba cotidiana (2022), y Civilizaciones e imperios: cómo surgieron, tuvieron éxito y desaparecieron (2023), el último de los cuales constituye la obra postrera de ambos.

Vaya hasta sus familiares y amigos nuestro más acongojado pésame por esa doble pérdida en tan corto lapso. Siempre los recordaremos juntos, tomados de la mano; en la vida y en la obra. Ahora también en la Eternidad.

Dr. Eduardo Lolo, secretario de la AHCE

Editor del Anuario Histórico Cubanoamericano.

Sunday, October 29, 2023

María Badías-Valero (1959-2023)

Esta semana ha fallecido la escritora y pintora exiliada María Badías-Valero. Casada con el escritor de Mariel Roberto Valero tuvo estrechas relaciones con otros integrantes de este grupo incluido Reinaldo Arenas. Para el primer número del nuestro Anuario le pedimos a Badías una colaboración para un dossier dedicado a Arenas. Como manera de recordarla reproducimos aquí su texto publicado en aquel número.

Mi primer viaje con Reinaldo Arenas: El Gran Cañón del Colorado

Por María Badías Valero

“Rey es la persona más triste que he conocido”, dijo el poeta Roberto Valero cuando le pregunté cómo era Reinaldo Arenas. “Pero te puede engañar. Tiene un sentido del humor extraordinario y te vas a divertir mucho con él”. Ya lo había empezado a conocer a través de su novela El mundo alucinante. Poco después me lo presentó Roberto, quien en breve sería mi esposo. Ambos éramos estudiantes en la Universidad de Georgetown en Washington, D.C., donde Roberto había obtenido una beca para hacer su doctorado en literatura latinoamericana, y estaba organizando un panel sobre autores cubanos llegados por el Mariel. Arenas, quien ya contaba con reconocimiento internacional, sería la figura más destacada.

A comienzos de mayo de 1982, dos años después del éxodo del Mariel, en cuya oleada llegaron Reinaldo, Roberto, y más de cien mil refugiados cubanos a las costas de los Estados Unidos (en aquellos tiempos la estrella norte de los perseguidos de nuestro planeta, y en especial de los que huían del régimen castrista), Roberto y yo nos encontrábamos haciendo planes para nuestras primeras vacaciones juntos. El semestre había concluido, y como los dos teníamos trabajos universitarios, no nos tocaba ni estudiar ni trabajar hasta agosto. Roberto estaba deseoso de ver los Estados Unidos, país que idolatraba, y yo siempre estaba lista para cualquier viaje. Habíamos ahorrado dinero para nuestro primer apartamento, y podíamos ahorrar más si postergábamos la mudanza hasta mediados de julio. Nuestros ahorros nos permitían un viaje, y él me preguntó que adónde quería ir.

“El gran sueño de mi vida siempre ha sido ir al Gran Cañón del Colorado”, le dije. Le conté que de chiquita había leído un libro ilustrado sobre unos niños que viajan al Gran Cañón con sus abuelos, y que después me había topado con fotos y dispositivas que me dejaron incurablemente ilusionada. Pero en parte se lo dije en broma. Era un viaje imposible.

Roberto había leído el mismo libro y se había dejado seducir por las mismas imágenes. Pero él no se dejaba limitar por ningún obstáculo.

“Pues vamos al Gran Cañón”, dijo.

Le dije que el Cañón quedaba casi al extremo opuesto del enorme país, y busqué un mapa para demostrárselo. Agregué que nuestros ahorros no eran tantos, y que en menos de un par de meses teníamos que poner un depósito y el primer y último mes de alquiler para un apartamento.

Él miró el mapa detenidamente, trazando una ruta con el índice.

“Estos son los Estados Unidos”, declaró. “Aquí eres libre, y puedes ir a dónde te dé la gana. El sistema de carreteras es excelente, tenemos mapas, y tú tienes un carro. Y en cuanto al dinero, no te preocupes. Ahora mismo voy a llamar a Arenas, y ya vas a ver cómo lo entusiasmo para que venga con nosotros. Él vendrá con su amigo Lázaro, y como vamos a repartir los gastos entre cuatro, nos va salir muy barato”. Me miró feliz, con una expresión libre de toda duda. “Tú quieres ver el Gran Cañón del Colorado. Vas a ver el Gran Cañón del Colorado”. Se levantó y fue al teléfono a llamar a Reinaldo, quien se apuntó con entusiasmo. Unos diez días después, aún incrédula, estaba al timón rumbo a Nueva York para recoger a Reinaldo y a Lázaro, la primera parte de nuestra aventura hacia el Gran Cañón del Colorado.

Reinaldo vivía en un edificio viejo cerca de Times Square. En su apartamento, modesto pero amplio, todo estaba dispuesto en un orden impecable. Colgado en la pared detrás de su escritorio y su máquina de escribir, un retrato de Virginia Woolf velaba el sitio como una versión británica de la Caridad del Cobre. Nos alojó en un apartamento vacío cerca del suyo (“miren, este sitio está vacío hace meses y yo puse un colchón muy bueno y algunos muebles ahí’) donde caímos rendidos después de pasar una noche inolvidable dando vueltas por el festival del barrio italiano en la calle Mulberry. Rey perdió una cantidad considerable de dinero en un misterioso juego al azar con un personaje que tenía el don de convencer a cualquiera que estaba a punto de ganarse una fortuna si solo jugaba una vez más (“si gano, no paramos hasta Oregón”), y después comimos en el barrio chino. Al día siguiente partimos bien temprano, armados con el mapa y los cálculos de Roberto, listos para conquistar el oeste. Solo que nos llevó casi dos horas salir de la ciudad. Cada vez que cruzábamos el puente que nos sacaba de la ciudad, volvíamos a caer otra vez en dirección a Manhattan. “Esta maldita ciudad no me deja salir de ella”, dijo Rey. Nueva York fue su segunda patria, y ya ejercía una extraña atracción sobre él.

Una vez que logramos escaparnos de Nueva York, avanzamos sin contratiempos. Nuestra primera parada notable sería el Gateway Arch de San Luis, el monumento más alto de los EE.UU., una obra maestra del arquitecto Eero Saarinen. Impresionante desde la lejanía, el arco resplandecía plateado como un espejismo al fondo de las praderas, los graneros y las vacas. Reinaldo no quería montarse en el elevador que va hasta la cima del arco, ofreciendo vistas memorables de la ciudad y sus entornos. “Ustedes van y sacan fotos”, dijo, pero finalmente fue y disfrutó enormemente. Esa noche descansamos en las afueras de San Luis, y la mañana siguiente paramos a desayunar en un McDonald’s, donde había un mapa enorme de los Estados Unidos. Rey me preguntó que dónde estábamos y que dónde estaba el Cañón, y yo se lo señalé. Miró el mapa unos segundos e hizo unos trazos en el aire con la mano. “Ah, entonces casi llegamos. Vamos por aquí, seguimos así, doblamos para abajo, manejamos toda la noche, y mañana estamos allá”. Nos faltaban unos tres días de viaje.

Por donde quiera que íbamos éramos una sensación, yo con el pelo en trenzas pegadas y ellos con sus acentos, y todos, claro, hablando español. Después de atravesar varios estados, finalmente salimos de Kansas y entramos en Colorado. Siguiendo la ruta 70 hacia el oeste, el pobre Toyota empezó a renquear; avanzaba lentamente y pensé que había algún problema con el motor. Entonces vimos nieve a ambos lados de la carretera, y me di cuenta de que estábamos subiendo una montaña. Habíamos llegado a la cordillera de las Rocosas. Salimos del auto con gran alegría y terminamos en una guerra de bolas de nieve. Esta fue nuestra introducción a los majestuosos paisajes del oeste, primero las montañas nevadas y después los desiertos de piedra roja. Cuando pasábamos por el desierto pintado, especulábamos acerca del misterioso origen de esos paisajes, y yo me puse a dar explicaciones de que si la erosión, los procesos geológicos, etc. “Nada de eso”, dijo Reinaldo. “Lo que pasa es que todas las noches unas locas despatarradas se ponen a pintarrajear el desierto para que vengan los turistas y ellas se enriquecen vendiéndoles Coca-Cola y camisetas”. Así se resolvió el misterio.

Seguimos por Colorado y Utah, pasando por la foresta de árboles petrificados, los cañones del Escalante, los arcos naturales… Todo obra de los extraterrestres, según Rey, y yo no quise seguir con mis aburridas explicaciones científicas. En algún momento Roberto sugirió que nos retratáramos tirados en el desierto leyendo la revista de arte y literatura Linden Lane, que aún publica Belkis Cuza Malé desde algún sitio de Texas, y Rey convirtió esto en retratarse desnudo, solo cubierto por una revista Linden Lane.

Llegamos al Gran Cañón, al área de Desert View, por la mañana. Después de pasar un buen rato contemplando el deslumbrante panorama, decidimos hacer el descenso hasta el río Colorado. Pronto nos enteramos que las famosas mulas estaban reservadas por meses, que nadie había cancelado, y que había una lista de espera para las cancelaciones. “Vamos a pie”, no sé quién dijo, y nos dirigimos hacia el comienzo del camino que baja hacia el río, donde vimos un letrero dando varias advertencias, entre ellas, de no tratar de bajar hasta el fondo del cañón y volver a subir el mismo día, de llevar agua y comida, etc. Roberto me miró. “Ya sabes cómo son los americanos de exagerados”, le dije. Y con eso los cuatro, frescos y ligeros sin el peso del agua, comida y demás bultos recomendados por los americanos exagerados, comenzamos nuestro descenso.

Imposible describir la belleza, los paisajes, las sensaciones… Las entrañas de la tierra, abiertas y dispuestas a contar su historia de diluvios, terremotos, erosión, y vaya, quién sabe si hasta invasiones de extraterrestres. A medida que avanzó el día, soleado y de un cielo azul salvaje, el fresco de la mañana se evaporó y dio paso a un calor seco, abrasador. No sé a qué hora llegamos al fondo, pero el sol ardía y parte del plan había sido ir a nadar en el río, así que nos quitamos la ropa y nos lanzamos a las aguas del Colorado. Bien recuerdo el momento en que mi cuerpo entró al agua. Con el calor que hacía, y sin saber que el río proviene de los deshielos, descubrí que aquella agua estaba a uno o dos grados del punto de hielo. Todas las funciones vitales del cuerpo cesaron, y por un momento sentí que hasta el aire en los pulmones se me estaba congelando. Salí corriendo hacia el calor. Roberto y Rey también salieron corriendo despavoridos. “Bueno, listo, ya les podemos contar a nuestros nietos que nos bañamos en el río Colorado al fondo del Gran Cañón”, dijo Roberto. “No me meto ahí ni aunque me lo pidiera la misma Gertrudis Gómez de Avellaneda”, dijo Rey. Pero nuestro amigo Lázaro no estuvo de acuerdo. “Esto no es nada”, dijo, y se volvió a tirar en el río una y otra vez, burlándose de nosotros. Se divirtió mucho con la broma, pero le iba a salir cara. Después de explorar el fondo del Cañón, empezamos el ascenso.

Al principio todo iba bien, a pesar de que el hambre y la sed ya se hacían presentes. El espectáculo que nos rodeaba era una gran distracción, e íbamos entretenidos comentando nuestras experiencias y haciendo chistes sobre el chapuzón en el río. Las paredes del Cañón cambiaban color con la luz dorada del sol que iba bajando hacia el oeste… Y de repente alguien apagó la luz. Oscuridad total. Oscuridad –y frío.

Los paisajes impresionantes desaparecieron. Empecé a sentir el cansancio, el hambre y la sed se agudizaron, y no podía ver nada. Roberto y yo íbamos en silencio cogidos de la mano, poniendo un pie delante del otro en la pura esencia del color negro, con la memoria de los precipicios que nos rodeaban. Como a mitad del camino había un campamento que claro, estaba lleno (habíamos visto esto posteado al lado del aviso de los americanos exagerados). “Roberto, podemos parar aquí, nos tiramos en la tierra y subimos mañana”, sugerí. “¿Estás loca?” me dijo. “Estamos rodeados de alacranes y coyotes y quién sabe más qué”. Le dije que los alacranes y compañía estaban en sus cosas y no iban a meterse con nosotros si no nos metíamos con ellos. “Sigue, dale, pon un pie delante del otro y sigue, que ya casi hemos llegado. Si paras, no vas a poder seguir.” Podíamos sentir a Rey y a Lázaro que se iban quedando más y más atrás. En algún momento Rey pidió que necesitaba ayuda con Lázaro. El estar en el río tanto tiempo le había provocado hipotermia; no podía caminar y estaba temblando. Entre los tres tuvimos que cargarlo, y literalmente lo sacamos arrastrado del Gran Cañón.

Creo que nunca he logrado un estado Zen tan perfecto como en aquellos momentos. Todo mi ser se concentró en mis pisadas. Cuando por fin salimos, Roberto y yo dejamos a Reinaldo con Lázaro sentados en el muro a la entrada del camino, y fuimos a la tienda del centro de visitantes a comprar agua y algo de comer, y después al carro a buscar una manta para Lázaro. La tienda estaba al cerrar y lo primero que vimos fue paquetes de galletas Oreo, así que compramos varios y algunas botellas de agua. En el camino de vuelta al muro donde Rey nos esperaba con Lázaro, quien se veía grave, nos tomamos dos botellas de agua y engullimos dos paquetes enteros de Oreos entre los dos.

Años más tarde Lázaro y yo compartimos nuestros recuerdos del viaje y de cómo casi no salimos del Gran Cañón, y él me contó una parte de la historia que yo no conocía. Me dijo que antes de salir de Nueva York Reinaldo se había quejado de que yo iba a ir en el viaje. “No sé por qué Valero tiene que traer a una mujer en este tipo de viaje. Ellas se quejan de todo y se cansan enseguida”, le dijo. Según Lázaro, cuando él y Rey empezaron a quedarse atrás, él le dijo a Rey, “Oye Rey, mira, ahí va la mujer delante de nosotros”. “Cállate, Lázaro”, le dijo Rey. “Eso no es una mujer. Eso es un demonio”.

El regreso del Gran Cañón estuvo lleno de más sorpresas y aventuras. En lugar de volver a Nueva York, Rey y Lázaro quisieron pasar unos días en Washington para conocer la ciudad y ver los museos. Rey quería ir a tocar el pedazo de la luna (“la luna es mi madre”, decía) que tienen en el museo Smithsonian del Aire y del Espacio, y al entrar nos encontramos frente a un gigantesco mural del suroeste americano. Nos retratamos sonrientes y engreídos porque acabábamos de estar entre esos paisajes. Yo, una jovencita que recién cumplía el sueño de su vida, y ellos, unos marielitos que habían llegado a los cayos apenas dos años atrás, y ya habían logrado atravesar los Estados Unidos y experimentar algunas de sus grandes maravillas.

Saturday, October 28, 2023

Historia y masoquismo: "La impotencia ante la historia se ha transformado en enfermedad crónica"

 


Por Jorge Ignacio Domínguez López

En 1920, tras visitar Cuba y quedar fascinado por ella, el escritor norteamericano Joseph Hergesheimer diría que el encanto de La Habana radicaba sobre todo en el hecho de que era "una ciudad que no se siente abrumada por la historia". El nuevo libro de ensayos de Enrique Del Risco, titulado Historia y masoquismo (Ediciones Furtivas, Miami, 2023), podría tomarse como una explicación a la imposibilidad de decir hoy algo como lo que afirmaba Hergesheimer.

Página a página, Del Risco hace una disección de las raíces, manifestaciones y efectos del totalitarismo en general y, como ejemplos minuciosos, en su expresión cubana. Con la exégesis de meras anécdotas o síntomas superficiales de la relación entre el poder totalitario y los gobernados, se va dibujando también esa relación a ratos —¡casi siempre!— agónica entre el ser humano y la historia. De ese y otros temas del libro conversamos recientemente.

En Leve historia de Cuba, escrito a cuatro manos con Francisco García González en la Cuba de los 90 y publicado finalmente en 2007, hay una relectura de la historia del país desde el humor y la mordacidad. A ratos, Historia y masoquismo se lee como una versión seria de Leve historia de Cuba. ¿Te parece aceptable esa comparación? ¿Qué relación hallas —o no— entre los dos libros?

No lo había pensado, pero es factible la comparación. Y productiva. En ambos libros están presentes un par de obsesiones mías que, como todas las manías, empeoran con la edad: la obsesión por la historia cubana y por los efectos de esta en la vida de los cubanos, tanto colectiva como individual.

La diferencia fundamental entre ambos libros es que si la respuesta en Leve historia de Cuba se daba desde la ficción y partía de la impotencia que sufrimos la mayoría de los humanos frente al destino colectivo, en Historia y masoquismo voy un poco más allá, usando las armas del ensayo en lugar de las de la ficción. En mi nuevo libro la impotencia ante la historia se ha transformado en enfermedad crónica, uno de cuyos síntomas más notables es la adicción a la misma dinámica que es la fuente de nuestros pesares, como se diría en un bolero.

Me refiero a la cultura totalitaria. Porque pienso que la dinámica totalitaria no obedece a la naturaleza específica del pueblo cubano. Responde más bien a la lógica del propio sistema, a cuya atracción no es ajena ningún pueblo. Porque hay que tener presente que el totalitarismo apela a los mismos instintos universales que antes satisfacía la religión, instintos que no se han apagado por mucho que las sociedades se complazcan en parecer ahora más laicas.

En los asuntos que trata Historia y masoquismo tenemos la confluencia de dos niveles de interpretación usualmente incompatibles. Uno es el de la historia, que es contingencia, hechos únicos e irrepetibles en el tiempo, y otro nivel es el de la psicología, con sus instintos incrustados en lo más profundo de la psiquis humana que un sistema tan aberrante como el totalitario logra potenciar de una manera escandalosa.

En el primer ensayo de la segunda sección del libro ("Historia") analizas la irascibilidad del totalitarismo cubano ante el humor. Mañach, en su Indagación del choteo habla de "esa afición al desorden, ese odio a la jerarquía, que es esencial del choteo". Pero Mañach se refiere al carácter del cubano, mientras que tú hablas de "humoristas profesionales". ¿Ves algún paralelismo entre las reacciones del régimen ante “el choteo” y el “humor profesional”?

Cuando se trata de analizar las relaciones entre el Estado y el humor por fuerza tenía que referirme a los humoristas profesionales. Porque, por mucho que el Estado haya intentado controlar las respuestas humorísticas a la realidad que él mismo impone, el humor del cubano de a pie ha quedado siempre fuera de su control.

Puedo recordar épocas completas donde ningún humorista profesional hacía referencia a la situación política, pero no recuerdo una sola etapa de mi vida donde los chistes populares no se burlaran implacablemente del sistema. En uno de los primeros chistes que retengo en la memoria se preguntaba que entre el choque entre el avión donde viajaba Fidel y el avión de Raúl quién se salvaría. La respuesta era "Quien se salva es el pueblo". Todo el mundo —incluso en las familias castristas— se sabía chistes, aunque solo los contara en círculos muy reducidos, de mucha confianza.

Debo añadir que ese choteo al que se refiere Mañach —que siempre trato de distinguir del humor popular, que son fenómenos que pueden partir de una actitud similar pero no son idénticos— tiene un doble filo. Si por un lado funcionaba como una forma de resistencia blanda frente a la rigidez totalitaria e intentó ser suprimido durante los primeros años de castrismo, luego ha pasado a ser instrumentalizado por el poder en su versión más populachera con los actos de repudio y las marchas de apoyo al Gobierno. El choteo de que hablaba Mañach ha demostrado ser más resistente que los sistemas políticos por los que ha atravesado el país, pero ni es responsable de la existencia de estos como no lo es de su desaparición.

En cambio, contra los humoristas profesionales —un sector que durante toda la República no dejó de satirizar al poder de turno— el castrismo fue implacable desde el mismo comienzo, mucho antes de que se enfilara contra otros sectores de la sociedad. Cuando la mayoría de los estudiosos fija el inicio de la censura castrista en el "Caso PM" en el verano de 1961 ignora que ya el 6 de febrero de 1959 Fidel Castro había llamado al pueblo a un boicot contra la publicación humorística Zigzag por haber publicado una caricatura que lo incomodó sin siquiera ser especialmente irrespetuosa. Y cuando el líder del país enfiló sus cañones retóricos contra la principal publicación humorística del país —que había estado a la cabeza de la crítica del batistato— el resto del gremio ya quedó advertido para siempre.

Es importante insistir en que, descontando a los representantes del batistato, los humoristas —junto a los jueces y periodistas que cuestionaron la aplicación industrial de la pena de muerte— fueron de los primeros en sufrir acoso oficial, pero, como en aquel famoso poema de Martin Niemöller, nadie dijo nada porque la sociedad asumió que no era con ella. Eso fue uno de los errores iniciales de la sociedad cubana frente a la revolución triunfante: no entender que los humoristas constituyen uno de los sensores más finos con los que contamos para detectar altas concentraciones de autoritarismo y fanatismo. Los humoristas están siempre entre los primeros en ser acosados por los regímenes autoritarios: en parte porque lo que menos que te perdonan es que no te los tomes en serio y en parte porque el mayor riesgo profesional de los humoristas es que a ellos mismos nadie se los toma con seriedad. Excepto los represores, claro.

En varios de los textos que conforman el libro te refieres al papel legitimador que la Nueva Trova tuvo para el régimen cubano. El cine, la literatura, las artes plásticas (en especial el afiche), el teatro... jugaron de algún modo ese mismo papel en las décadas del 60 y el 70. ¿Por qué te parece la Nueva Trova un caso que merece un análisis más insistente?

Primero hay que recordar que la tradición musical cubana es mucho más sólida que el resto de las disciplinas artísticas y que el público local tiene un oído más atento para la música que para otras manifestaciones. También debemos recordar que desde la aparición de los cassettes, la música para circular no necesitaba de la intermediación de un Estado que se había adueñado de las imprentas, las galerías, los cines, los teatros, la industria cinematográfica, los estudios de grabación etc.

También hay que distinguir a Silvio Rodríguez del resto de los propagandistas más ramplones dentro de la Nueva Trova, incluido Pablo Milanés que como compositor lírico podía ser exquisito, pero en términos propagandísticos siempre fue muy elemental, como si no se lo creyera del todo o como si no consiguiera compaginar su costado lírico con las exigencias de la propaganda. En cuanto a Silvio, debe recordarse que antes de convertirse en una suerte de retórico oficioso del régimen con su baba amorosa ("solo el amor engendra la maravilla", "que sin esperanza dónde está el amor", etc) desarrolló un discurso de resistencia que circulaba de mano en mano a través de los cassettes que mencionaba antes.

Se trataba de una resistencia muy limitada, nunca antagónica, pero que manifestaba de manera clara el rechazo a ver sometida su individualidad al gran proyecto colectivo, tal y como se le exigía al hombre nuevo, su renuencia a ser mero repetidor de la propaganda estatal. De esa mínima resistencia ética y estética a convertirse en pura propaganda las canciones de Silvio sacaron buena parte de su fuerza, de su encanto, un encanto que para muchos perdura hasta hoy. Pero incluso dentro de esa resistencia había mucho de rendición ética y estética a ese monstruo insaciable que es el Estado totalitario.

Ese sometimiento con los años y los compromisos creados se ha ido haciendo más profundo. En un documental reciente Silvio ha llegado a afirmar :"Yo siempre supe que la Revolución era más importante que yo. Eso lo tuve claro. Y eso fue lo que me salvó". Cuando Silvio habla de salvación lo hace en un sentido policial pero también religioso. Es ahí, con esa convicción religiosa —religiosa en el peor sentido, el más pobre— donde todo el posible humanismo que Silvio intentaba definir y defender en sus canciones se va al carajo. Es esa mezcla de retórica humanista con fe en el sentido de la Historia encarnado por la Revolución (nótense las mayúsculas) a lo que empezó a apelar el régimen cuando ya la propaganda real-socialista de la primera mitad del castrismo había perdido toda eficacia.

Pero también está el resto de los neotrovadores cuyas canciones no son aprovechables por la retórica del poder pero tampoco consiguieron cortar su cordón umbilical con el castrismo y su retórica "revolucionaria". Esos que emplazaban tímidamente al sistema al mismo tiempo que se consideraban sus hijos, sus herederos y continuadores, y se presentan a sí mismos como los verdaderos "revolucionarios". Con una relación tan dependiente de la retórica del poder es muy difícil crear un discurso verdaderamente auténtico y autónomo.

En cambio, el verdadero logro de la Nueva Trova en su conjunto fue crear una música cubana auténticamente triste. Hasta entonces, incluso en los boleros cubanos más plañideros y cortavenas, había mucho de impostura, de sobreactuación, de juego. Se fingía un dolor que luego era negado en la próxima composición del autor, (cuando no negaba esa tristeza en la misma canción como ocurre con "Lágrimas negras"). Las canciones de la Nueva Trova son en cambio genuinamente tristes, una tristeza permanente que —sospecho— emana de la impotencia esencial de una generación que se veía en el mejor de los casos como mera imitadora de la anterior sin nada realmente nuevo que hacer o que decir.

Escuchas aquello de "a los héroes se le recuerda sin llanto" en una canción donde a la muerte se la llama "artesana del sol" y no te queda otro remedio de sentir una lástima infinita por esos jóvenes que se llamaban "revolucionarios" pero no tenían otra opción que venerar e imitar mansamente a los que los precedieron. O morirse de una buena vez.


En la introducción a Historia y masoquismo rechazas la predeterminación del totalitarismo a favor de una tesis que lo considera un peligro constante que puede asolar a un país cuando coinciden ciertos hechos, personajes o elementos fortuitos en un momento de su historia. ¿Cuáles son entonces para ti esos elementos que nos hicieron caer como pueblo en un régimen totalitario que ya tiene el sabor de lo eterno?

Una vez que se cae en la trampa totalitaria existe la tentación de buscar una predeterminación, un fatalismo en la historia anterior. De girar toda la discusión en torno a la culpa colectiva. Pero como dije antes, el totalitarismo ha florecido en pueblos tan distintos que la búsqueda de raíces culturales, históricas o idiosincráticas se vuelve un contrasentido. Visto todos los casos a la vez lo que sí tienen en común es la situación de crisis e inestabilidad política, económica o social —con la consecuente desconfianza hacia la posibilidad democrática— que refuerza la siempre latente "nostalgia del absoluto" presente en las sociedades modernas de que habla George Steiner. Una situación que es aprovechada por un aspirante a tirano, un partido o incluso una potencia extranjera para instaurar un régimen que pretende convertir la exaltación temporal de las revoluciones en algo permanente.

¿Qué tienen en común alemanes, italianos, rusos, polacos, cubanos, venezolanos, albaneses, checos, húngaros, chinos, coreanos del norte o camboyanos? Para mí lo único que los une son esos momentos de crisis —no necesariamente económica— que han sabido aprovechar individuos, partidos o potencias con muchas ambiciones y muy pocos escrúpulos.

Disculpa la alegoría elemental: uno puede ser responsable de haberse emborrachado, pero si en medio de la borrachera alguien te viola un juez dictaminaría que el responsable de la violación es el violador. El que quiera buscar una explicación ideosincrática del totalitarismo tiene que tener en cuenta el experimento de las dos Coreas: con los mismos coreanos se construyó uno de los sistemas totalitarios más perfectos del planeta y uno de los capitalismos democráticos más pujantes de la actualidad.

Por otro lado, la tentación totalitaria sigue presente en cualquier sociedad incluyendo EEUU, donde vivo. Puede ser bajo la consigna "Make America Great Again" que agita un personaje como Trump, cuyos pujos autoritarios me recuerdan muchísimo a los de Fidel Castro. O también en la forma de ese totalitarismo por cuenta propia que es la corrección política: con el pretexto de la erradicación de la desigualdad y de la opresión a las minorías se pretende imponer principios morales por encima de la ley —condenando a gente a la marginación y al ostracismo sin llevarlas a juicio— y se intenta regular la vida cotidiana en esferas en las que ni el peor stalinismo soñó inmiscuirse.

Hasta ahora las instituciones democráticas norteamericanas y el sentido común han prevalecido frente a las presiones desde ambos extremos, pero nada garantiza que una buena crisis termine empujando a la sociedad hacia alguna trampa totalitaria.
 
Al final de "El sueño de los otros", uno de los textos de la primera parte de tu libro, planteas una serie de preguntas sobre el efecto a largo plazo (¿o eterno?) del totalitarismo. ¿Crees que muchos cubanos de la Isla "están así" porque siguen viviendo bajo un régimen totalitario que ya dura más de seis décadas o que "son así" ya para siempre, porque el régimen, en efecto, logró cambiar el carácter del cubano?

El carácter es uno de los rasgos más profundos —y por eso mismo más indefinibles— en la identidad de un pueblo, pero 64 años no son pocos para un pueblo joven, siete más que toda la República, periodo que sin dudas dejó huellas en el carácter nacional. Cambios hay con cada generación: basta escuchar las quejas que los que llevan dos meses en Miami tienen sobre los que acaban de llegar. Los emigrados siempre terminan convertidos en expertos en encontrar diferencias con los que llegan después.

Pero, hablando más en serio, si algo parece haber cambiado de manera profunda en el carácter del cubano es la confianza. Los regímenes totalitarios están especialmente interesados en minar la confianza que sus súbditos tienen en el resto de la sociedad y en sí mismos porque esa confianza es fundamental tanto para cambiar la sociedad como nuestras vidas.

El cubano puede seguir arrogante como siempre, pero la autoestima la siente lesionada. De esa desconfianza se nutren sistemas como el cubano para conseguir que la gente dependa de ellos y para que no se ponga de acuerdo para actuar de manera diferente. Una desconfianza que nos persigue a donde quiera que vayamos y que ha lastrado muchos empeños colectivos e individuales.

Que un régimen tan meticulosamente aberrante y pretencioso deje huellas profundas en la gente no debería sorprender a nadie. Si los peores instintos humanos existen incluso en sociedades donde se les castiga, ¡cómo no van a florecer allí donde se les premia! Lo que de veras me sorprende son los jóvenes que salen de Cuba tan funcionales y decentes como los que han crecido en condiciones mucho más favorables. Y ese detalle, además de sorprendente, es muy alentador.